Capitulo tres
Un silencio sepulcral se hizo presente en toda la habitación. Alfredo seguía besando a Shun, introduciendo su lengua en aquella dulce boquita, tan sabrosa como la recordaba.
Julián permanecía en shock a su lado, dándose cuenta de lo que había provocado él mismo.
Shun seguía en los brazos de Alfredo, con los ojos bien abiertos y las manos tiesas en los hombros del rubio.
"Shun?" llamó alguien súbitamente mientras un hombre entraba a la habitación. "Saori dijo que habías atropellado a alguien y…"
Julián palideció aún más.
Los ojos de Shun se llenaron de lágrimas al tiempo que lograba liberar su boca de la de Alfredo.
"NIISAAAAAAAN!" chilló tratando de soltarse justo cuando Ikki entró en la habitación.
El cosmos del fénix invadió el pequeño cuarto al mismo tiempo que sus poderosas manos alejaban al pobre Shun del pervertido rubio que lo había acosado tan vilmente.
"QUE CREES QUE LE HACES A MI HERMANITO!" rugió Ikki. Alfredo, en ningún momento dispuesto a dejar ir a su precioso angelito, se puso de pie en su cama (a modo de quedar más alto que ese gigante fortachón) y señaló a Ikki con el dedo.
"TÚ QUIÉN CREES QUE ERES, ASQUEROSO MORTAL!" respondió el rubio, listo para freír a ese impertinente santo. Poseidón se quedó mirando a ambos hombres pelear mientras Shun lloraba amargamente en el pecho de su hermano mayor. Sabía perfectamente que Alfredo podía hacer añicos a Ikki con un sólo dedo, y tal vez, pensó, debería dejarlo, el hermanito sobre protector de Andrómeda era la principal razón por la que debían de reunirse con Saori de chaperona.
Pero, otro lado de su cerebro argumentó, si Ikki muriese y no pudiese regresar del infierno (dudaba mucho que los jueces del inframundo lo dejasen salir esta vez) Shun se pondría triste, tan triste que sería absolutamente capaz de ir por él al otro mundo, posiblemente los santos de Atena pensarían que Hades estaba tratando de poseer al pequeño santo de Andrómeda una vez más y lo impedirían, pero para entonces Shun ya se habría dado cuenta de que Julián tenía tanto sus memorias como sus poderes de dios y lo odiaría por no haber salvado a su maravilloso y precioso Ikki cuando tuvo la oportunidad.
Hmmm deshacerse de la molesta presencia de Ikki pero ganarse el odio de Shun, o salvar a ese pajarraco y tener la gratitud de su amado.
No era tan difícil como parecía.
"Alfredo," intervino Julián finalmente, poniendo una mano en el hombro del joven italiano para detenerlo. "Te presento a Ikki, santo de Atena del Fénix y el hermano mayor de Andrómeda."
Alfredo observó a ambos muchachos con ojos llenos de desconfianza.
"Ajá, y a mí que me importa que este santo ridículo… espera… angelito, tú eres el santo de Andrómeda?!" chilló de repente.
Shun asintió con timidez.
"Y esta bestia…" el rubio tragó duramente, volteando hacia Julián. "Hermanos? Hermanos hermanos? Qué tan hermanos?"
El magnate portugués se encogió de hombros.
"Mismos padres, sangre, carne, cosmos, casa y apellido, hasta viven uno junto al otro en el santuario," explicó. Alfredo cayó de rodillas en su cama.
"Como pudiste…!"
Julián suspiró pesadamente, dándole la espalda a Alfredo. "Ikki-san, Andrómeda-kun, es mejor que se vayan, mi pobre amigo está desorientado por el golpe, espero lo disculpen."
Ikki gruñó por lo bajo.
"Que no se vuelva a acercar a mi hermano," advirtió el fénix antes de tomar a su hermanito menor de la mano y llevárselo del hospital, era hora de que ambos volviesen a Grecia con sus respectivos maestros.
Alfredo los vio marcharse con melancolía.
Julián por su parte se acomodó en un pequeño sillón junto a la cama del otro dios y contó mentalmente los segundos que le tomaría reaccionar a su hermano menor.
5… 4 … 3 … 2 ….
"COMO SE LE OCURRE A NUESTRO POBRE HERMANO SER TAN PEQUEÑO Y ADORABLE Y TENER UN PUTO HERMANO MAYOR!? QUE SIGNIFICA ESO DEL HERMANO MAYOR, AH!? NOSOTROS SOMOS SUS HERMANOS! LLEGAMOS ANTES! SIEMPRE HEMOS SIDO SUS HERMANOS! SI ALGUIEN DEBIÓ SER SU HERMANO MAYOR ESE DEBÍ SER YO!"
Julián sencillamente se quitó las manos de los oídos.
"En primer lugar, hermano, si alguien fuese el mayor aquí, sería yo. Siempre soy mayor que tú y eso nunca va a cambiar."
Alfredo hizo un infantil puchero.
"Son solo dos meses de diferencia, tonto," se quejó. Julián se encogió de hombros.
"Sigo siendo el mayor," dijo. "Ahora, no puedo creer que te preocupe más el hecho de que tiene un hermano mayor que no somos ninguno de los dos, a que sea un santo de tu hijita consentida."
El rubio guardó silencio un momento.
"ES CIERTO!" exclamó. "Adivinaré, es Saori Kido, no?" Julián asintió. "No me extraña, todos siempre somos hijos de millonarios y gente poderosa, no entiendo como él que es tan orgulloso y digno pudo acabar como un ciervo de Atena."
Alfredo pudo notar como el rostro de su hermano mayor lentamente perdía su color mientras una sonrisita nerviosa le curvaba la boca.
"Ni yo, es curioso no crees?"
Por supuesto el rubio no estaba convencido.
"Que hiciste, hermano?" gruñó, sus ojos centelleando.
"No fue mi culpa!" se defendió Julián. "Me malinterpretaron!"
Aún podía recordar, muy para su vergüenza, aquel fatídico día. Estaba tranquilamente descansando dentro del pequeño Julián Solo, cuando pudo divisar un lujoso crucero a la distancia.
"Vaya," suspiró a través de los labios del pequeño. "Ese no es mi hermano?" y ciertamente, jugando alegremente en cubierta estaba un niño de no más de dos años. Poseidón sonrió ampliamente, era un pequeñito adorable.
"Ja, ahora soy mayor," rió por lo bajo. "Aunque hubiese sido mejor que no fueses millonario, querido hermano, si estuvieses en la ruina sería yo quien te cuidase y protegiese, ojalá fuese así."
Dicho y hecho, una oscura nube de tormenta se posó sobre el crucero, las olas comenzaron a agitarse, sacudiendo el navío. Julián comenzó a chillar, moviendo los brazos.
"NO ERA A LO QUE ME REFERIA! DETENGANSE!"
Pero era muy tarde, el lujoso crucero de la familia se hundió, y solo los dos niños flotando en uno de los restos sobrevivieron. Huérfanos, despojados de toda fortuna.
"Y eso fue lo que ocurrió," suspiró Julián. Alfredo se le quedó mirando con asombro.
"Eres...un verdadero idiota," murmuró el joven italiano.
"Como iba a saber yo que el océano me haría caso?"
Alfredo suspiró y le dio un sonoro golpe en la cabeza a Julián.
"Eres estúpido o te haces?" preguntó. "ES OBVIO QUE EL OCEANO TE HACE CASO, ERES TÚ!"
Ya en Grecia, Shun e Ikki caminaron juntos hacia el templo de virgo. Shun sabía de antemano que sería regañado por su maestro una vez más por haber perdido valioso tiempo de entrenamiento, e Ikki… tendría que arreglárselas con Aioria.
"Seguro que estás bien, Shun?" preguntó Ikki. El menor asintió.
"No puedo negar que me asusté mucho, Ikki," suspiró Shun apretando suavemente la mano de su hermano mayor. "Pero…" Guardó silencio un momento, con las mejillas sonrosadas de vergüenza.
Ikki alzó una inquisitiva ceja.
"Te gustó?"
Shun negó rápidamente, su rostro volviéndose cada vez más rojo.
"Cla-claro que no!" exclamó apenado. Ikki sólo se limitó a reír.
"Me parece bien, tú mejor mantente lindo y virginal por siempre y yo no tendré que lastimar a nadie, hecho?"
Shun se quedó mirando a su hermano. Parecía que quisiese protestar, pero luego se le ocurrió una mejor idea.
"De acuerdo," dijo con una sonrisa. "Siempre y cuando tú te mantengas igual."
Ikki pareció pensarlo un segundo, tal vez dos, antes de volverse completamente rojo y tomar a su hermano por los hombros.
"No tiene nada que ver lo que yo haga, Shun, aquí el más puro del mundo eres tú," explicó el mayor con la más absoluta paciencia. Shun frunció el ceño.
"Ah, no! Eso sí que no!" exclamó. "En algún momento de mi vida quiero enamorarme y tener una familia y una casa, hermano. Y también quiero tener sobrinos a quienes mimar, así que si yo no puedo tener una pareja, tu tampoco!"
Ikki suspiró.
"Esto es sobre esos sueños raros tuyos otra vez?" preguntó con preocupación. Aioria ya había tenido que aceptar que a veces el santo de Andrómeda entraría a su templo de noche para dormir con su hermano mayor. Gracias a Atena que el santo de Leo era bastante comprensivo.
Shun bajó la vista.
"No sé de qué me hablas, hermano," murmuró. Ikki negó suavemente, apoyando su frente contra la de su hermanito menor.
"Sabes que me preocupo por ti, Shun," susurró. "Si estás teniendo pesadillas de nuevo, puedes decírmelo."
El santo de Andrómeda no respondió. Temía decirle a su hermano mayor que la verdad ya no tenía pesadillas de muerte y destrucción como cuando acababan de salir del Hades. Esta vez tenía sueños cálidos, de manos apasionadas recorriendo su piel y besos tan húmedos como amorosos marcando su cuerpo entero.
Tampoco estaba dispuesto a decirle a su hermano que soñaba con dos niños mucho más jóvenes que él que dominaban sus suspiros y sus besos y ente medio de toda esa pasión discutían uno con otro y suplicaban más atención de su parte que el otro.
Y Shun, en vez de sentirse repugnado por su pedófila imaginación, sentía gran orgullo de ser el centro del universo para ambos pequeños. El hecho de saberse el ser más importante para ellos lo llenaba de una calidez difícil del explicar.
Gracias a todos los dioses, sin embargo, sus dos pequeños amantes estaban creciendo en sueños, y desarrollaban cada uno una personalidad totalmente encantadora.
El más alto era muy calmado y maduro, y se preocupaba de las necesidades de sus acompañantes antes de las suyas propias. Sin embargo, era esa misma madurez la que hacía sentir a Shun algo lejano al muchacho, como si le fuese imposible alcanzarlo en su propia fría altivez.
El menor, por otro lado, era infantil e impaciente, quería todo, inmediatamente, sin quejas, sin problemas, sin segundos desperdiciados en pensar. A pesar de ser tan malcriado, el meno también sabía apreciar a sus compañeros (principalmente a Shun) y ocupaba cada aliento en recordarle a Shun que había sido elegido porque era el mejor de todos y que, como tal, tenía que sentir orgullo de su lugar. Que era por lejos el más hermoso y siempre sería el más querido.
Sólo había un problema con sus preciosos amantes de sueño.
Ambos esperaban que Shun escogiese a uno.
Y Shun sabía en su corazón que los amaba a ambos, aunque los amase de formas totalmente distintas, tan distintas como lo eran ellos, jamás sería capaz de escoger a uno por sobre otro.
Y eso, era el pensamiento que lo atormentaba en la noche.
Algún día, en sus sueños, sus pequeños amantes se harían hombres y lo forzarían a escoger, y al verlo tan indeciso e inseguro, se sentiría hastiados de su debilidad y lo dejarían atrás.
Estaba seguro.
"No es nada, Ikki," susurró Shun finalmente con una leve sonrisa, no de alegría, claro que no, una de sus practicadas sonrisas para tranquilizar a su hermano mayor. "El entrenamiento con el maestro Shaka es bastante duro, y me duele mucho la cabeza en la noche, como siempre tengo los ojos vendados."
Ikki frunció el ceño, no muy contento con semejante respuesta.
"No sé que pretende Shaka," gruñó para sí mismo. "Ustedes dos son tan diferentes como la noche y el día, no sé cómo alguien tan frío como él pretende enseñarte algo a ti."
"Oí eso, Fénix," suspiró Shaka, quién en ese preciso momento bajaba las escaleras de las doce casas para alcanzarlos. "Shun fue escogido por las estrellas para sucederme como Santo de Virgo. Cualquier diferencia de carácter que tengamos no debería ser un impedimento para que tu hermano aprenda los caminos del cosmos."
Ikki negó, ya cansado.
"Mientras no acabe como un autómata como tú?" susurró por lo bajo, apretando con cariño en hombro de su hermano. "Nos vemos Shun, mañana te llevo el desayuno."
Sin esperar una respuesta, Ikki comenzó a correr hacía la casa de Leo, de seguro Aioria estaría esperando por él como todooooodos los días que salía con Shun. Que ese sujeto no tenía vida?
Shun se quedó observando a su maestro, decir que no era intimidante, aun después de haber vivido casi un año juntos, sería mentir.
"Maestro…" murmuró respetuosamente Shun. "He regresado."
Shaka asintió.
"Me pregunto a qué se refirió tu hermano con Autómata. Es una palabra que nunca había escuchado antes, al menos no en el contexto de nuestra conversación." Shun prefirió cambiar el tema inmediatamente o tendría otro debate teológico con su serio maestro. Nunca podría entender la reticencia de Shaka a experimentar emociones humanas. Si bien no tenía que correr por todos lados como Afrodita Kanon, o pasear por el pueblo buscando a la próxima conquista como Milo, seguramente algo tan simple como comer alguna golosina o descansar en la hierba por el puro placer de hacerlo no lastimarían el orden interior de su maestro.
Sin embargo, Shaka nunca lo haría.
El camino hacia el Nirvana no había alejado demasiado de los deseos humanos, al punto que, Shun creía, nunca podría entenderlos de nuevo.
En cierta forma, sentía mucha pena por su maestro.
"Lamento la demora, maestro," dijo Shun finalmente con una respetuosa reverencia. "No volverá a ocurrir."
"Estoy seguro de que no ocurrirá, Shun," respondió Shaka caminando nuevamente hacia su templo. "Ahora ven, tenemos que entrenar para recuperar todo ese tiempo perdido, además, Atena dijo que irás a Portugal el próximo mes, también recuperaremos ese tiempo."
El joven santo de Andrómeda suspiró con pesadez.
"Sí, maestro."
Los desayunos con Ikki y su plan maligno para conseguirle pareja se veían demasiado lejanos.
Continuará.

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