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Persuasión by Kristall Blauw

Anime » Fullmetal Alchemist Rated: T, Spanish, Drama & Romance, Edward E. & Winry R., Words: 13k+, Favs: 28, Follows: 6, Published: 3-16-12 Updated: 4-30-12
62 Chapter 4: Para Empezar

Estaba pensando —comenzó Winry— que hace tiempo que no hacemos nada juntos. Tu trabajo y mi trabajo nos tienen muy ocupados, por eso compré un par de entradas para la inauguración de la nueva galería de arte. Este sábado a las siete. ¿Qué te parece?

Silencio.

No puedo ir. Tengo una reunión ese día —Edward finalmente contestó.

Con el gesto endurecido, Winry arrugó las entradas para la exposición de arte en su puño derecho. ¿Por qué sucedía de nuevo?

Lo has vuelto a hacer, Edward. Me dejas sola con mis buenas intenciones.

Te había dicho desde hace más de una semana que tenía una reunión. ¿Por qué has gastado en esas entradas?

Creí que yo era más importante que cualquier clase de reunión —los ojos de la rubia se aguaron, estaba a punto de llorar y Edward lo sabía. Se tragó el orgullo por ella y cualquier argumento que tuviera. Sabía que él estaba en lo correcto, había dicho que tenía una cita previa desde hacía tiempo y que ella no debía haber comprado los boletos, de igual manera, sólo quería que parar de llorar.

Lo siento, Winry, perdóname. Es mi culpa.

¿Otra vez? —reclamó con la voz quebrada.

Sólo… perdóname, por favor —suplicó.

Pero prométeme… prométeme que no lo harás de nuevo.

Lo prometo.


PERSUASIÓN

Capítulo 4: Para Empezar

Si bien Winry se quejaba de que su trabajo en la armadora de autos le chupaba la vida, nunca había faltado por el simple y mundano placer de faltar. Le gustaba su trabajo y estaba satisfecha profesionalmente con él, así que nunca había considerado escapar de él a pesar de lo cargado que podía ser algunas semanas. Empero, ahora había solicitado una baja temporal por problemas de salud inexistentes sólo para regodearse en su miseria a gusto.

Acostada en su enorme cama de sábanas azules, Winry se preguntó si cogiendo un poco de helado de la nevera se vería más patética de lo que ya lo hacía. Llevaba encerrada tres días y solamente se levantaba de la cama para ducharse, ir al baño o tomar más comida de la alacena. Ni siquiera abría cuando tocaban el timbre.

Se recriminaba a sí misma por ser tan tonta, por encontrarse en ese estado cuando no tenía ninguna clase de derecho o argumento válido, y se sentía miserable y repugnante a partes iguales. ¿Cómo pudo haberle hecho eso a Edward? Se preguntaba una y otra vez, y no encontraba respuesta alguna. La única respuesta que podía encontrar era su perfecto egoísmo y que no consideró nunca los sentimientos de su ex marido. Que era un ser humano horrible. Pero ¿cómo podría haberlo adivinado? Se habían divorciado hacía muchos años, lo natural sería que le guardara rencor, no que la amara todavía; sin embargo, ella también estaba mal, ¿cómo se le pasó por la cabeza siquiera pedirle ser amigos? No importaba el pasado, ellos ya no podían serlo más. Habían transgredido esa línea y ya no se podría nunca retroceder, nunca volverían a ser unos adolescentes otra vez.

Recordó aquella frase que poca consideración le tuvo en el pasado o que poco reparó en ella, "si son amigos es que nunca hubo amor", y esta vez la entendió perfectamente. No se puede ser amiga de alguien a quien amaste tanto, a alguien a quien amaste simplemente.

Entonces… ¿qué pasaba con ella? ¿Nunca amó a Edward? ¿Por qué quiso ser su amiga? ¿Por qué sintió la necesidad de estar bien cerca de él? ¿Por qué?

Cambió de canal a la televisión un par de veces hasta que paró en un conocido canal de noticias. Roy y Riza llenaban la pantalla como si fueran unas celebridades pilladas in fraganti. Salían de un restaurante; ella llevaba un bonito vestido azul oscuro y él un traje con una corbata a juego con las vestimentas de ella. Se notaba a leguas por cómo se miraban en el video que salían de una satisfactoria cita. Esa Riza. Si hacía un mes ella misma le había dicho que no tenían nada que ver sentimentalmente. Qué bueno que no había sido tan ingenua para creerle. La cadena televisiva en cuestión estaba haciendo un gran circo por aquello, seguramente para afectar a Roy en las próximas elecciones, pero la rubia dudaba mucho que eso sirviera de algo. La gente estaba tan familiarizada con un Roy y Riza juntos que saberlos en una relación no afectaría en nada, tal vez hasta los votantes se alegrarían por ellos. Además, no caerían en una treta tan baja por parte de la emisora, seguramente el partido opositor le estaba pagando o algo. Eso sin contar que existían muchas mujeres que votarían por Roy por el simple hecho de ser guapo. Qué estúpida forma de elegir al próximo gobernante de su país. ¿Que cómo lo sabía? Había escuchado muchos comentarios así. Tonterías. Pero bueno, por lo menos Roy tenía buenas propuestas y estaba más que exento de cualquier tipo de corrupción en cargos anteriores.

Revolviéndose en la cama, Winry se preguntó si Roy y Riza terminarían igual que ella y Edward. Ellos también habían sido amigos de la infancia, aunque más tardíos, y ahora estaban repitiendo sus mismos pasos: salidas que olían a matrimonio. Rockbell sentía la imperiosa necesidad de correr a decirle a su vieja compañera de escuela que no fuera tan estúpida y cometiera su mismo error, pero temía que la acusaran de no creer en el matrimonio sólo por haber tenido una mala experiencia. Tampoco estaba de ánimos para hacerlo.

—Espero que les vaya bien —dijo a nadie en especial, pues estaba sola, y tenía la mirada perdida en el televisor, el cual desde hacía rato había apagado.

OoOoOoOoOoOoO

Haciendo las maletas, Edward se sabía más seguro que nunca de que haber asistido a aquella reunión de ex graduados había sido el mayor error de su vida. Ahora ni siquiera podía disfrutar del resto de sus vacaciones. Estar en Central le recordaba a sus últimos días con ella y por ese mismo motivo ahora se iba. Debía haberlo hecho mucho antes, el mismo día en que le dijo a Winry que dejaran de verse, pero no lo había hecho. No supo por qué. Tal vez había esperado que ella se apareciera en la puerta de su departamento a rogarle su perdón, como tantas veces él lo había hecho en su matrimonio, o a verla por las calles y comprobar que ella seguía viviendo como si nada hubiese pasado, sin afectarle lo más mínimo. A su pesar, no sabía cuál le desagradaría más. Aún la amaba, no quería verla abatida, no quería verla sufriendo, pero al mismo tiempo quería que sintiera un poco de lo mucho que él había padecido en esos años, en esos últimos días. Guardó la última pieza de ropa y cerró su equipaje.

Mañana por la mañana se marcharía.

OoOoOoOoOoOoO

Por fin había salido de su departamento, aunque fuera sólo para reponer su despensa. No tenía absolutamente nada comestible ya. Paseaba por los pasillos del supermercado recogiendo como autómata lo necesario para su supervivencia por una semana más, sin siquiera fijarse en la caducidad, el precio o la marca.

Mientras caminaba, buscaba la respuesta a por qué estaba así. No debería estar tan afectada, no debería estar sufriendo y no debería tener un vacío en el corazón justo como lo tenía ahora. Ella había propuesto el divorcio, lo cual significaba que ella lo había botado y, más importante, ella solamente había querido estar con él como amigos, perderlo debía haber sido un poco doloroso, pero no desesperante, no desesperanzador ni desastroso.

Tomó un galón de leche en el refrigerador y no pudo evitar de recordarlo a él. Era inevitable. Él odiaba aquel líquido blanco con toda su alma y ella había pasado de todo por hacerlo beber, a veces para torturarlo y otras preocupándose por su bien. Dejó el pasillo de los lácteos con él aún en su mente y escogió algo de verdura.

Súbitamente, una ola de recuerdos con Edward la golpeó. Eran memorias preciadas por ella, momentos pequeños, frases sencillas, todas las cosas que había intentado enterrar los últimos años sin éxito vinieron a hacerle una dolorosa visita. Lo curioso del asunto no era eso, sino darse cuenta de que cualquier recuerdo que poseía aún fresco en su memoria era de cuando él y ella eran una pareja. Los besos, los abrazos, las sonrisas y las miradas cómplices, las conversaciones al amanecer, sus peleas absurdas, su abrumadora manera de hacer el amor…

La realidad la golpeó como la tormenta previa al huracán. Ahora sí que supo lo tonta e ingenua que había sido. Porque era eso, ¿verdad? Estaba enamorada de él. Ella lo amaba todavía. Lo amaba aún hoy. Los últimos cinco años los había pasado fingiendo tenerle rencor por haber "arruinado su vida", como solía decir; los había pasado teniendo aventuras y no volviéndose a envolver sentimentalmente con un hombre porque aún lo recordaba, porque aún se sabía de él, por lo menos en su corazón. Porque, para empezar, desde siempre fue con él con quien se había imaginado toda su vida, riendo, envejeciendo.

Su matrimonio no había funcionado porque ella esperaba un cuento de hadas de él, exigió más de lo que un estudiante recién graduado podía darle, de lo que aún un joven podía ofrecerle. Se la había pasado exigiendo, sin notar sus propios defectos, olvidándose de que Edward era su amigo, su confidente, su todo aparte de ser su amante. No reparó en él un único momento, sólo en su sueño que poco a poco se fue convirtiendo en una pesadilla. Edward le había dado todo lo que tenía. Había perdido un buen trabajo por ella y se había conformado después con uno más mediocre sólo porque habían necesitado dinero y jamás le reclamó eso. Ni una sola vez. Pero ella no supo valorarlo, ella no supo ver detrás de sus pequeñas acciones. Ella sólo quería cosas grandes. Ella quería color de rosa.

Ella había sido la equivocada.

Pero él aún la amaba. Ella lo amaba a él todavía. ¿Y de qué servía darse cuenta de ello ya? Él no entendería por qué ella se tardó tanto tiempo en notar que todavía lo amaba, no comprendería por qué quería regresar ahora. Seguramente se había marchado, él estaba herido por su culpa, él le había asegurado que no quería volverla a ver. Ella sólo lo hacía sufrir. No tenía derecho de ir ahora a ofrecerle sus sentimientos cuando tuvo tanto tiempo suficiente para hacerlo. Él creería que se burlaba de él. Mas sus sentimientos eran sinceros, ella quería jugar con él. Y tal vez él no se daría cuenta de eso, incluso pensaría lo peor de ella. Pero ella no se rendiría. Quería verlo una vez más. Quería estar con él, donde sea que estuviera.

Quería decirle que lo amaba.

OoOoOoOoOoOoO

Era hora de dormir; Edward apagaba las luces de su departamento. El mismo departamento que le regaló su padre el día que se casó con Winry.

Debía admitir que, al divorciarse, su primer impulso fue venderlo, deshacerse de ese lugar que le traía recuerdos, pero era la única cosa que le había dado su padre en vida, pues él había sido demasiado orgulloso para aceptar cualquier otra cosa que ese hombre le ofreciera antes.

No podían culparlo, había visto como su madre moría sola, esperando por él, y él no se había presentado siquiera al funeral. Si bien habían limado asperezas después de que Edward hubiera cumplido veinte (y era irónico darse cuenta que Winry, quien había sido la intermediaría para reanudar su relación con su ya fallecido padre, era la última persona a la que deseaba ver en estos momentos), él se había negado a que le pagara los estudios. Había sido autosuficiente la mayor parte de su vida y la reconciliación no iba a cambiar su forma de ser. Su padre había aceptado ese hecho y había estado orgulloso de él y su postura, mas cuando se casó con Winry trató de redimirse comprándoles un departamento caro, perfecto para iniciar una nueva familia.

Había tratado de muchas maneras cambiar ese departamento durante el tiempo que siguió viviendo allí en Central antes de radicar definitivamente en Dublith. Mejorando la distribución del espacio, pintando las paredes de colores totalmente opuestos, agregándole aditamentos, mudando los muebles de un lugar o habitación a otra, pero no había servido de mucho, simplemente aprendió a convivir con los fantasmas de su matrimonio. Eso hasta hacía unos cuantos días que descubrió que no podía hacerlo más y no podía empezar de cero nuevamente.

El sonido de la puerta paró su ensimismamiento. ¿Quién podía ser? Nadie le había visitado durante su estancia allí, pues nadie sabía que vivía allí y Alphonse se había pasado más temprano a despedirse, tendría guardia esa noche, por lo que no podría pasarse antes de que él se marchara.

Curioso, se acercó a la puerta sólo para encontrarse con Winry a punto de marcharse. A pesar de ser ella quien había ido a buscarlo, lucía tan sorprendida como él por su encuentro, como si no hubiera esperado verlo allí.

Ambos rubios se miraron por unos segundos, tal vez minutos, el tiempo era lo de menos en esa situación. Ella no sabía cómo decir lo que tenía en la punta de la lengua y él no tenía idea de qué debía hacer. Estaba seguro de que no la volvería a ver por mucho que su torpe corazón lo deseara, así que no se había preparado para un nuevo encuentro, sin contar que ni siquiera tenía una idea de por qué ella querría hablarle. ¿Quería torturarlo otra vez? ¿Tentarlo? ¿Burlarse? No lo sabía, no lo quería averiguar tampoco.

—¿Puedo pasar? —pidió ella en un hilillo de voz. Su valor se había esfumado en cuanto lo tuvo de frente.

—No —Edward respondió cortante y por puro impulso. Solo quería que ella se marchara de allí.

Winry respiró profundo. Ya estaba preparada para una reacción de ese tipo; se lo merecía, pensó.

—Quiero hablar contigo.

—No hay nada de qué hablar —le contestó poniendo cara de póker. No quería que ella leyera sus emociones, que viera lo inestable que podía ponerse estando frente a ella. Suficiente era con que conociera sus sentimientos.

—Necesito decirte algo.

—No me interesa escucharlo.

—Pero yo necesito decirlo, necesito que me escuches —suplicó. Edward miró su expresión abatida, sus ojos llenos de desconsuelo y por fin obtuvo la respuesta a su pregunta: le disgustaba más verla así, llena culpa y arrepentimiento. La prefería feliz y burlándose de él, que triste y rogándole por algo.

—Es mejor que te vayas.

—Por favor —dijo, enganchando sus dedos a la manga de su camisa, impidiendo su escape—, perdóname. Es todo mi culpa. Perdóname por favor.

A Elric le resultó chocante todo eso. Winry no era del tipo que se disculpaba con tal vehemencia, no por orgullo o soberbia, sino porque solía pensar que ella siempre tenía razón, que siempre estaba en lo correcto y le costaba darse cuenta cuando estaba en un error. Ese era su gran defecto. Pero él no estaba en posición de remediar su dolor, se encontraba demasiado roto, temía acabar aún peor después de eso.

—Por favor, escúchame —siguió rogando ella. Con un suspiro derrotado, Edward la dejó hablar, empero, no la dejó entrar al departamento. Lo que sea que tenía que decirle que lo hiciera en la puerta. Otro mal recuerdo en ese lugar y podría mandarlo al carajo.

Winry no habló inmediatamente, sino que lo miró directamente a los ojos. Ella esperaba que él pudiera ver la sinceridad en ellos, que se convenciera de que todo lo que decía era verdad. La boca se le secó en el pensamiento de que él la rechazara, que la dejara sola con sus sentimientos, que le dijera que estaba harto de ella. Quería estar con él nuevamente, no quería dejarlo ir. Lo necesitaba.

—Yo… lo siento. Perdóname. No quise herirte. Fui una tonta, no te consideré. Ni ahora ni antes. Has estado sufriendo mucho por mi culpa y no sé qué hacer para enmendar mi error —esperó un momento a que Edward dijera algo, a que le reclamara tal y como había esperado, pero él no hizo nada. Se quedó impávido frente a ella.

Rockbell apretó los puños fuertemente. Edward no estaba dando señales de rechazo, pero tampoco estaba aceptando sus disculpas y eso le producía desasosiego en su interior. No podía saber cuál sería una reacción a sus palabras siguientes. Su rostro no mostraba señales de ningún tipo de sentimiento. A esas alturas no podía decir si la rechazaría o la aceptaría, mas también era demasiado tarde para retractarse.

—Estoy… estoy aquí para recuperarte —dijo finalmente, colocando una mano en el torso de él—. He sido una tonta; no me di cuenta de que te amaba ni siquiera cuando tú me lo gritaste en la cara. Pero ahora lo hago. Te amo, Edward. Nunca dejé de hacerlo, simplemente dejé de notarlo. Dios, te amo tanto y no quiero perderte nuevamente. Necesito que lo entiendas, que te des cuenta de que estoy siendo sincera.

Edward se quedó en shock. Jamás pensó que Winry iría allí a decirle todo lo que siempre había deseado, pero jamás soñado. A pesar de ello, él estaba sin palabras. Todo eso estaba mal. El simple hecho de que ella estuviera frente a él en ese momento era un error.

Se hizo el silencio entonces. Sólo hubo silencio entre los dos. Edward no sabía qué decir ni qué sentir, tenía la sensación de que todo lo que acontecía era equivocado y Winry creyó que podía llorar. Por más que la amara, ella lo había lastimado tanto que no podía aceptarla de nuevo. El nudo en la garganta le hizo cada vez más difícil de respirar y se llevó la mano que tocaba a Elric al corazón. No pudo evitar que las lágrimas abandonaran sus ojos. Era tan débil. Se odiaba por llorar frente a él. Sabía lo mucho que él odiaba verla llorar, lo mucho que le molestaba y dolía ser él la causa, y allí estaba ella, dándole más sentimientos negativos de los que ya tenía. Pero no podía controlarse, solamente se tragó sus sollozos y esperó una respuesta en silencio.

Sin embargo, la respuesta no llegaba. Edward no hablaba, no la tocaba ni le gritaba; tampoco la reconfortaba de ninguna forma. Winry pensó que se merecía su indiferencia, que había juntado los méritos suficientes para estar sufriendo de esa manera.

Limpiándose las lágrimas con el dorso de su mano, la ingeniera entendió que lo mejor era retirarse de allí. La estaba rechazando y ella lo sabía, lo sabía desde el momento en que él había abierto la puerta. Haber pensado siquiera que él la recibiría de brazos abiertos había sido una estupidez. Ella era una estúpida por hacerlo todo tan mal y tan tarde.

—Te entiendo —dijo con voz entrecortada—. No tienes que decirme nada. Yo entiendo.

Pero, estando a punto de dejar el umbral de la puerta, la voz de Edward resonó en sus oídos y se coló en su corazón magullado.

—Esto es estúpido, es demasiado tarde…

Winry sonrió con una amargura. Todo era muy evidente. Se habían roto demasiadas cosas que ya no se podían reparar. Que era mejor olvidar. No todas las personas ni todas las ocasiones merecían una segunda oportunidad.

Y ella ya lo sabía.

Sabía que era demasiado tarde.


Muchas gracias a la canción de Leonel García, "Para Empezar", por la inspiración para este capítulo. Es hermosa.

Originalmente esto sería dos capítulos. Uno desde el punto de vista de Winry (obviamente narrado en tercera persona) y otro del de Edward. Pero no vale la pena alargar más las cosas, así que fui intercalando la idea original (que además sería demasiado corta) y terminé con una narración omnisciente para abarcarlos a ambos.

Y, por si no lo han notado, este es el último capítulo. Persuasión se acaba, definitivamente, en el próximo, que es el epílogo. Aprovecho para decirles, gente bonita, que he agregado algo al primer capítulo. No se apuren, no afecta a la trama. Es un recuerdo y va al principio. Me pareció apropiado.

Agradezco, como siempre, su apoyo a la gente que me comenta (saluditos especiales a Miu Furinji, también, que dibuja muy bien aunque ella crea que no):

-Miu Furinji

-Yimel Elric

-LenaLeon

-Edwin29

-Dama Azul

-Athenafrodite

-fandita-eromena

-Kumi Shihori

-ChoMi-ChoMi

-doshi-san

-hyosei

-Anahis

-sakura himura

Trataré de publicar el epílogo lo más pronto posible, no quiero alargar más la espera. Y ya saben, si hay algún error, me avisan.

Besos, abrazos y galletitas de Kristall Blauw


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