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Non Mortis Phăgus by Reina Cobra

Books » Harry Potter Rated: T, Spanish, Romance & Drama, Draco M. & Hermione G., Words: 52k+, Favs: 49, Follows: 52, Published: 5-12-12 Updated: 12-9-12
58 Chapter 3: Welcome to the jungle

Welcome to the jungle

— Vamos, Hermione, me estoy congelando — pidió Harry parado en la puerta de las tres escobas.

Llevaban tres horas en Hogsmeade y aún no había conseguido librarse de sus amigos.

— Tengo unas plumas que comprar, vayan yendo y ya los alcanzo — dijo tratando de sonar convincente, para qué engañarse, se le daba bien mentir, no por nada Umbridge había caído en su trapa dos años atrás.

— Te acompañamos — sugirió alegremente.

Ron miró con súplica a su mejor amigo.

— Puede tardarse años, Harry, tú no sabes lo que es — susurró, como si de un monstruo se tratase.

— Será bastante aburrido, solo me gusta un tipo de pluma y si no la consigo pierdo mucho tiempo considerando otras — replicó la muchacha.

Harry asintió y Ron se relajó.

— Ten cuidado, Hermione, si no vuelves detrás nuestro volveremos a buscarte.

Cuando se perdieron entre la gente, comenzó a caminar en busca del regalo ideal para Harry, había visto un anuncio en el profeta de una nueva tienda de artículos de Quidditch, bien podría haberlo encargado por lechuza, pero le apetecía ver alguna novedad para Ron también. Dobló a la izquierda ni bien alcanzó Zonko y caminó una cuadra, notando como cada vez había menos personas y más pueblo.

Tal vez podría conseguirle una pechera de cuero de dragón para Ron, tenía entendido que no tenía ninguna. Dobló a la derecha una vez y a media cuadra vislumbró el cartel del negocio. Cuando se disponía a cruzar la calle notó también que dos personas caminaban en dirección opuesta, acercándose cada vez más y enzarzados en una discusión. Aprovechando su inadvertencia siguió derecho y tomó otra ruta para abordar el local desde la otra esquina. Tan desesperada estaba por alejarse de los alumnos de Slytherin que no advitió que la calle era un callejón sin salida. Maldición.

Si era lo suficientemente rápida podría cruzar nuevamente y realizar la vuelta por la vereda de enfrente, quizás pasara desapercibida, después de todo los chillidos de la muchacha le llegaban con toda claridad, confirmando sus peores temores: Pansy Parkinson. Lentamente se asomó lo suficiente como para darse cuenta de que no tenía modo alguno de huir, la pareja estaba parada a tan solo medio metro de ella. Se refugió nuevamente en la esquina y esperó, intentando por todos los medios no oír la discusión.

— Por favor — rogó Pansy con la voz afectada por el llanto — Haré lo que quieras, cuanto quieras…

A Hermione le llegó un ruidito de desaprobación y pisadas fuertes, como si forcejearan.

— Suéltame — ordenó una voz fría, arrastrando las palabras de manera peligrosa — ten un poco de orgullo.

Pansy lloró con mayor intensidad, haciendo exagerados ruidos con la nariz.

— No lo entiendo ¿Qué es lo que pasó? — inquirió desesperada. Y por algo, nada en especial, Hermione sintió que no tendría que haber preguntado aquello. Tal vez porque sabía que Malfoy detestaba las preguntas o porque no le gustaba hablar de sí, mucho menos de sentimientos, con él todo debía ser sanamente superficial, con mensajes ocultos en frases ingeniosas.

— Me he cansado de ti — declaró fríamente.

Hermione cerró los ojos con fuerza y se llevó las manos al oído, no quería oír más. Detestaba a Pansy Parkinson pero eso no la hacía regodearse en su dolor, a fin de cuentas, desde que ella tenía noción de Hogwarts la muchacha de Slytherin siempre había acompañado las risas, maldades y actuaciones de Malfoy. Era de esperarse que estuviera enamorada de él.

— Dime quién es — ordenó desesperada.

— No sé de qué me hablas.

— Dime quien es ella, Draco.

— Métete en tus asuntos, Pansy y yo haré lo propio.

— Puedes intentar ocultarla, Draco Malfoy, pero tarde o temprano averiguaré quién es y lo pagará.

Se oyó un forcejeo nuevamente y alguien rió con falsa alegría.

— No me provoques, Pansy, no sabes de lo que soy capaz — afirmó severamente y pasó frente al callejón donde Hermione se escondía sin notar su presencia.


La navidad estaba a una semana de llegar y los ánimos por entonces estaban divididos; por un lado quienes volvían a casa con temor a no retornar a Hogwarts y los que se quedaban preguntándose si volverían a ver a sus padres. Dentro del castillo sólo se podía contar con la información recibida de las cartas o algún artículo del Quisquilloso, hacía ya meses que El Profeta había dejado de relatar la verdad para poner en su lugar largas y aburridas historias de cómo los aurors del Ministerio habían capturado a personas con menos talento mortífago que Stan Shupinke. Por lo tanto, una importante cantidad de alumnos se quedaría a festejar las navidades al mejor estilo Hogwarts bajo el cuidado y vigilia de Albus Dumbledore.

Harry, por pedido expreso del director, permanecería en el colegio a fin de invertir parte de sus vacaciones de invierno en buscar horrocruxes con Dumbledore; mientras Ron se iría a casa de tía Muriel junto a toda su familia donde probablemente nadie los buscaría; y Hermione — tras declinar amablemente la invitación a casa de Muriel — se quedaría en Hogwarts y estudiaría. No existía ninguna posibilidad de irse con sus padres, puesto que ellos no tenían idea de quién era Hermione Granger, ni que alguna vez hubieran vivido en Londres. Le había costado pero lo había conseguido, los señores Granger vivían felizmente en Canadá ajenos a cualquier mago o hechicera y Hermione podía dormir tranquila, segura de que cuando todo terminara ella volvería a sus padres.

Draco Malfoy también se quedaría en Hogwarts, Hermione se había enterado una tarde en la biblioteca de Salazar Slytherin, mientras ella envolvía los presentes de Navidad y él leía.

— Granger, estás poniéndome de los nervios con ese ruido, es casi tan irritante como tú.

Hermione se encogió de hombros.

— Es el único lugar donde puedo hacerlo sin que Harry, Ron o Ginny me vean. — comentó restándole importancia.

Draco puso los ojos en blanco.

— ¿Cómo te las has arreglado antes sin éste lugar?

La prefecta perfecta se sonrojó mientras una sonrisa culpable se asomaba por sus labios.

— En el baño de Myrtle.

Draco asintió con el rostro serio.

— ¿Y que hay de mi? Veré mi regalo antes de tiempo — dijo con fingida tristeza.

Hermione prosiguió sin mirarlo.

— No lo verás, pues no te regalaré nada — comentó sin pena y sin querer recordó la pelea que había oído a hurtadillas.

El muchacho cerró el libro de un golpe.

— Hieres mis inexistentes sentimientos, Granger — aseveró arrastrando las palabras.

— Si, claro, ya me imagino yendo a la lechucería para enviar algo a Malfoy Manor — soltó una risotada.

Draco se puso de pie, tomó uno de los presentes y comenzó a zarandearlo.

— Eso no sería un problema, estaré en Hogwarts, es la nueva moda.

Hermione alzó una ceja.

— ¿Por qué?

Malfoy la miró dominante, calmo y seguro. Se acercó con lentitud a ella y la arrinconó contra el respaldo del sillón. Respiró con fuerza y ella tembló, porque cada vez le resultaba más difícil resistir su poder dominante. Una mano blanquecina la tomó del mentón, obligándole a mirarle. Sus ojos grises estaban oscuros, como si se resistiera a ir más allá y lo cierto era que no quería asustarla y morderle la boca, porque entonces ella lo abofetearía con ganas y lo mandaría de vuelta a Malfoy Manor. Indiscutiblemente terminaría besándola a la fuerza, tomándola desprevenida, pero para ese momento esperaba haberla debilitado lo suficiente como para no recordar quién era él y lo que había hecho durante años.

No quería que recordara que en primer año se rió de ella con crueldad; tampoco que tuviera una mínima idea de que en segundo año había deseado que el basilisco la matara para así no sufrir por necesitarla sin poder poseerla, aunque luego hubiera sabido que si ella moría lo habría pasado peor; preferiría que no pudiera hacer memoria para saber que en tercer año le había hecho rabiar y sufrir — hasta el punto de recibir una bofeteada por ser tan cabrón — por descubrir que lo suyo era una obsesión sin fin; tampoco sería beneficioso que recordara que en cuarto año le alargó los dientes para que Krum no la invitara al baile, porque él debía ser quien la tomara del brazo y coronara la noche con un beso; mucho menos que tuviera en mente quinto año, cuando se encargó de secuestrarla junto a sus amigos y maltratarla por haber descubierto que no solo le obsesionaba sino también que le amaba como un enfermo y eso se merecía todo su odio, porque los Malfoy no amaban más que a sus madres, sus mujeres son respetadas y cuidadas, no más. ¿Para que continuar con sexto año? Él no quería recordarlo, no había hecho nada particularmente doloroso para ella más que contemplarla, amarla en su totalidad, sabiendo que ése sería él último año en el que podría regodearse mirándola en la clandestinidad y apagando el fuego con otro cuerpo. No quería revivir el momento en el que supo que no podría continuar con su vida sabiendo que ella lo odiaría por convertirse en un ser sin alma; tampoco cuando golpeó la puerta de Albus Dumbledore y dejose caer de rodillas, confesándolo todo. Confesando que por mucho que lo negara él sí amaba y lamentablemente Hermione Granger era la culpable de su bochornosa falla. No hay nada de que avergonzarse, Draco. Eso le había dicho Dumbledore mortalmente serio y él realmente deseaba creerle.

— No preguntes, no me gusta — su voz sonó ronca, dominante y calma.

Hermione cerró los ojos al sentir su aliento, no debía asentir, solo tenía que pensar en ello y lo lograría, sería un error reparar en su aroma refinado, masculino y frío, o en su figura apuesta, aristocrática y soberbia, mucho menos en sus blancos y afilados dientes… ¡No, maldición! Su cabeza se movió de arriba abajo, entonces él rió burlón.

— Ya, Malfoy, tendrás tu bendito presente, ahora hazte a un lado — bufó molesta y continuó con lo suya, ya no de tan buen humor.

Draco se situó junto a ella y de un movimiento de varita envolvió un regalo para Hagrid.

— Tranquila, Granger, tú tendrás uno también.

Hermione tomó el presente envuelto por el muchacho y deshizo la envoltura. Luego cogió cinta adhesiva y comenzó a cubrirlo a mano.

— Que sepas no me gustan los escregutos de cola explosiva — previno sardónica.

Draco puso los ojos en blanco y de un tirón envolvió los restantes regalos. Hermione lo miró ceñuda y cogió su varita para revertir el hechizo del muchacho.

— ¿Por qué te ensañas en hacerlo a lo muggle? Eres una hechicera — inquirió sin comprender.

Ella sonrió divertida, no todos los días Draco Malfoy reconocía que eras alguien de su especie, o cerca.

— Verás, hacerlo con magia resulta muy fácil, cualquiera lo puede hacer, tenga tiempo o no. En cambio, hacerlo a mano tiene otra connotación, significa que realmente le importas a esa persona y que prefieres invertir un poco más de tiempo en ti, todo se convierte en algo más fuerte que la magia, es el cariño que le pones a la tarea, así que agradecería que dejaras de entrometer tu varita en este asunto.

El muchacho la miró de esa manera en la que parecía querer leerle la mente, con intensidad, determinación y sin pudor. Hermione solía sostenerle la vista durante unos momentos, sin embargo terminaba apartándose, violenta y sonrojada, sin idea de qué estaba pensando antes de que él frenara el mundo ante sus ojos.

— De acuerdo, prestaré atención.

Luego se acomodó en el sillón — lo justo para que Hermione permaneciera sentada — y cerró los ojos. La muchacha no se movió ni apartó la mirada de él hasta que su respiración masculina se suavizó reduciéndose a un simple susurro.

Comenzaba a molestarle recordar con tanta exactitud cada momento vivido con Malfoy. Que no se portara como un cerdo con ella y que hasta hubieran entablado una clandestina y rara amistad no significaba que no estuviera mal pensar en él. Malfoy aún era alguien de quien cuidarse. No era estúpida, aún no le había demostrado — por completo — haber cambiado. Por supuesto, siempre coincidían en la biblioteca los lunes por la tarde, él le dedicaba una mirada examinadora y se largaba sin mediar palabra. Hermione lo había notado, como también lo oscuro que estaban sus ojos y lo aclarados que se ponían cuando él se marchaba. También se cruzaba en su camino de Runas antiguas a Pociones todos los martes, aunque se encargaba de dar una vuelta para no llegar con ella. Los miércoles y jueves no ocurría nada en especial, Hermione solía ir a estudiar a la biblioteca de Salazar Slytherin y si Draco ya no estaba allí leyendo era cuestión de minutos verlo aparecer con sus andares aristocráticos. Los viernes no tenía nada que hacer, por lo tanto se quedaba en su sala común y rara vez descendía al campo de Quidditch para ver a sus amigos entrenar.

— ¿Hermione? — llamó una voz y ella volvió en sí. Anthony Goldstein le sonreía cálidamente, con la mochila colgando del hombro derecho. — ¿Qué haces por aquí?

La muchacha frunció el ceño, no recordaba como había llegado al quinto piso.

— La verdad no lo sé, he perdido el hilo de lo que me proponía — dijo y se encogió de hombros restándole importancia.

Al ver el rostro estupefacto de Anthony se dio cuenta que probablemente estaría pareciendo una imbécil. Sonrió amigable y movió la mano, como si espantara algo.

— Son los EXTASIS que me tienen algo distraída, suelo pensar más en ellos que en mí — resolvió y para su tranquilidad, el muchacho asintió solemnemente.

— Te entiendo, a mi me tienen igual y eso que no he escogido muchos. ¿Tú qué tal los llevas?

Hermione suspiró y le mostró las uñas mordidas. Anthony aprovechó entonces para observarla en su totalidad, no podía creer que tuviera tanta suerte de encontrarla sola. Por algún motivo siempre que la tenía en vista algo le pasaba, o se le rajaba la mochila, o alguna compañera tropezaba con él o terminaba sin saber muy bien donde estaba. La muchacha le sonrió sonrojada ante su mirada insistente y por cortesía volvió la vista a sus ojos castaños.

— No muy bien. Tal vez se debe a que me veo sobrepasada por los trabajos semanales, las cargas horarias de las materias que curso y ayudar a Harry y Ron. Tendría que tener ya todo resuelto y estar repasando los apuntes — comentó Hermione con inseguridad.

Anthony se rascó la nuca algo nervioso y se sonrojó incluso antes de hablar.

— A mi también se me complica llevarlo al día, ya sabes, siendo jugador de Quidditch pasas más tiempo ejercitándote que estudiando. — y cuando terminó Hermione lo miraba con el ceño fruncido. No había conseguido impresionarla ni un poco.

— Deberías reorganizar tus prioridades, se lo digo todo el tiempo a los chicos.

Anthony prefirió cambiar el rumbo de su conversación e intentarlo nuevamente.

— ¿Cuántos EXTASIS te propones dar? — preguntó fingiendo interés.

— Ocho.

El muchacho abrió los ojos, sorprendido y Hermione sonrió complacida.

— ¡Vaya! Yo me quejaba de tres. ¿Cuántos has resuelto ya?

— Seis, no es un bueno número, tendré que suprimir los viernes libres.

Anthony la tomó del brazo, riendo amigablemente, al tiempo que un ruido de pisadas llamaba la atención de la muchacha. Solo fue cuestión de segundos hasta que él apareció. Iba comiendo una manzana, siempre soberbio, siempre con sus andares aristocráticos, nunca con el jugo de la fruta arruinando su perfección y Hermione se reprendió por pensar en algo tan, tan… Lavender.

Parecía una broma del destino que justo Draco Malfoy tuviera que estar recorriendo ese mismo pasillo en ese momento, porque cuando se detuvo de golpe y fijó su mirada en Hermione — más precisamente en la mano de Anthony sobre su brazo — ella supo que todo iba mal; fueron sus ojos quienes la alertaron, de pronto negros y fríos, de que debía salvaguardar al pobre e ingenuo Anthony Goldstein de su furia. Hecha un manojo de nervios, la muchacha se giró hacia su acompañante, quien observaba también a Draco, pero sin entender el peligro que él podía significar para su integridad física. De pronto Anthony era Cormac y Draco se acercaba con imposible rapidez, listo para arremeter sin piedad alguna; los recuerdos de esa noche volvieron y llenaron su mente. El tiempo había pasado y Hermione había decidido fingir que aquello nunca había ocurrido, pero era imposible negar que sus ojos destilaban la misma furia, el mismo ardor demoníaco.

— Lo siento, Anthony — casi chilló — debo irme, he recordado que quedé con alguien, por algo que...

Hermione jamás sabrá si Goldstein intentó detenerla o siquiera le contestó algo, porque simplemente salió corriendo con el corazón desbocado en dirección opuesta a Draco, quien estaba a tan solo un metro de distancia, con los nudillos blancos por la fuerza y las mandíbulas apretadas remarcando su afilado rostro.

Cuando dobló la esquina decidió espiar el pasillo, solo por si finalmente su huída no funcionaba y Malfoy atacaba al prefecto de todos modos. Prefería poder hacer algo al respecto, defenderlo o detener al Slytherin, lo primero que le saliera.

Draco se había detenido y miraba con declarado odio al muchacho de Ravenclaw, mientras que la manzana rodaba libre por el suelo.

— ¿Qué quieres, Malfoy? — preguntó de mala manera Anthony.

Draco, una cabeza más alto que él, sonrió y eso asustó más a Hermione que sus miradas asesinas.

— Quiero tantas cosas, Goldstein, como destrozarte lenta, muy lentamente.

Hermione se tapó la boca y Anthony empuñó su varita, con el ceño fruncido.

— No sé cómo te permiten estar aquí. — repuso Anthony sombríamente.

Draco se encogió de hombros y jugó con la varita entre sus dedos. Continuaba sonriendo, de una manera espeluznante.

— Dime que no pretendes asustarme con ese pedazo de madera, Goldstein, aunque quisieras no podrías contra mí.

— Tan solo dame una buena razón para no denunciarte con Dumbledore.

Otra cosa que Hermione tampoco sabrá jamás, es porqué salió de su escondite, entrometiéndose.

— ¿Pero que es lo que están haciendo? — les rugió — Tú, Anthony, como prefecto dejas mucho que desear amenazando a otro compañero con la varita; y tú — agregó furiosa y señaló a Malfoy — vendrás conmigo. No puedo creer que un premio anual se rebaje a esto. ¡Qué habría dicho Dumbledore si los hubiera visto!

— Ahora no, Granger. — zanjó Draco con la voz afectada.

— ¡¿Ahora no? ¿Es que estás loco? ¡Cómo es posible que se te ocurra amenazar a un alumno siendo premio anual!

Draco la miró con los ojos cargados de fiereza y se cruzó de brazos, procuró dejar su rostro calmo, imperturbable. Los nudillos blancos reclamaban chocar contra la nariz de aquél cretino o lanzarle una maldición al menos. Respiró con fuerza, conteniendo la lengua.

— Simple, Granger, su cara de imbécil lo pide a gritos — replicó con frialdad, sin hacer otra cosa mirar implacable al Ravenclaw.

— Inténtalo, Malfoy — provocó Anthony.

Hermione se interpuso entre los muchachos y suavizó la expresión cuando se dirigió al prefecto.

— No sigas, Anthony, vete por favor — pidió Hermione procurando no sonar desesperada. Como continuara provocando a Malfoy, poco sería lo que ella podría hacer para detenerlo.

Draco sonrió burlón, lleno de veneno. Anthony, ¿desde cuando lo llamaba por su nombre de pila? Él era y por siempre sería el imbécil de Goldstein.

— ¿Lo ves, Goldstein? Incluso ella sabe que no tienes oportunidad contra mi, mejor corre como una sarasa y refúgiate hasta que pierda el interés por ti — arguyó con retintín, arrastrando las palabras. Sus ojos mostraban peligro sádico, su postura aparentemente calma no era para nada casual y Hermione lo sabía, intuía que todo era premeditado y que solo bastaba un gesto o una simple palabra para desatar su crueldad, su brutalidad salvaje.

— Yo no he dicho eso — se apresuró a decir — pero hazme caso y lárgate — agregó ya sin tapujos y de sopetón.

Anthony se dio la vuelta y subió por la escalera molesto, Hermione pensó que luego se encargaría de hablar con él.

— ¿Tenías miedo de que lastime a tu blandengue novio? — preguntó picado.

Hermione lo fulminó con la mirada e imitó su postura de brazos cruzados.

— No te ha hecho nada para que lo trates así y no, no es mi novio ni un blandengue — dijo con aspereza.

Draco asintió una vez con sorna.

— No siempre estarás para defenderlo, Granger y tienes razón… es un maricón.

— ¡Ya detente! ¿Qué es lo que te ha hecho para que le tomes tanta fijación?

Draco se encogió de hombros. Tenía muchos motivos para desearle la peor de las muertes, que la tocase, por ejemplo.

— Existir — zanjó con crueldad y sonrió con malicia.

Hermione retrocedió ante aquella imagen. Su sonrisa, lejos de provocarle calor, le dio frío y temor, porque sabía que hablaba enserio.

Draco la miró una vez más, con la misma vehemencia que cuando atacó a Cormac, y pasó de largo, dejando a la muchacha llena de temores y preguntas sin respuestas.


Religiosamente, desde aquella fatídica tarde — donde Draco amenazó a Anthony — Hermione pasaba todas sus horas libres y descansos en la biblioteca de Salazar Slytherin, tan solo faltaban dos días para Nochebuena y no podía entender porqué le disgustaba tanto no hablar con Malfoy. Se podía decir que no lo entendía en lo absoluto y la mayor parte del tiempo no compartía su sentido de humor perverso y retorcido, pero no podía negar que era astuto e ingenioso y que mantener una conversación con él enriquecía su vocabulario y fortificaba su rapidez mental.

Por otra parte, decenas de preguntas asaltaban su mente sin dejarla concentrarse y obligándola a releer reiteradamente las páginas de los libros que pasaba mientras nuevos acertijos tomaban forma; ¿Por qué se comportaba como lo hacía? ¿Qué era lo que le molestaba tanto? ¿Era una coincidencia lo de Cormac y Anthony o había otro factor que ella desconocía?

En otro momento tal vez no habría reparado en ello, en sexto año bien se había sobrepuesto al acontecimiento con McLaggen, sin embargo ahora las cosas eran diferentes; él ya no era Draco Malfoy, no sabría asegurar qué era exactamente lo que había pasado entre fin de año y el comienzo de séptimo; solo podía suponer que algo había desencadenado el cese de las miradas furiosas, los comentarios acerados y el odio. ¿Eran amigos? Quizás no literalmente, pero su relación se aproximaba lo bastante como para no desear maldecirse a toda hora. De todos modos, eso no le daba ningún derecho de comportarse como lo había hecho.

Pensándolo bien, no tenía mucho sentido que Malfoy tuviera un problema personal con Antonhy como en su momento no habría podido tenerlo con Cormac. ¿Podía estar molesto? Si algo había aprendido Hermione, era que Draco Malfoy solo perdía la compostura con Harry y Ron, era algo muy personal, una cuestión de pieles. Juntarlos era tan recomendable como llamar híbrido a un centauro: el resultado era nefasto. No tenía sentido alguno suponer que algo o alguien había echado por la borda la paciencia del premio anual, lo cual dejaba fuera de juego que lo de Cormac y Anthony fuera una coincidencia, además de su fatídica respuesta: "Existir".

Entonces su mente juntaba las siguientes palabras y Hermione se cabreaba por permitirse ser tan reverendamente ingenua, estúpida e incoherente como para dar rienda suelta a algo tan remotamente posible: ¿Podía ser ella el motivo del comportamiento de Draco Malfoy en ambas situaciones?

Hermione soltó un bufido y cerró el libro de un golpe.

Sabía que faltaba de fundamento y coherencia, pero era lo único que le quedaba por considerar. Suponiendo que Malfoy estuviera decidido a arrancarle la cara a cualquiera que se le acercara, ¿Cuál era su motivo? Él no tenía ningún derecho y mucho menos poder sobre ella — obviando, claramente, la bochornosa debilidad que la asaltaba cuando él la miraba o arrinconaba — no existía nada entre ellos para que actuara así. De hecho, estaba realmente cabreada, ella tenía la total libertad de enroscarse con el calamar gigante si así lo deseaba.

Aireada, se puso de pie dispuesta a dejar el tomo que leía en su lugar y largarse. No tenía ningún sentido seguir esperando a que Malfoy se dignara a aparecer y darle respuesta cuando sabía que no le respondería, — porque detestaba que hiciera preguntas — más aún sabiendo que la estaba evitando. Cualquier persona con dos dedos de frente lo habría notado si hubiera prestado atención; aquella semana no la había acompañado desde Runas Antiguas hasta pociones y cuando ella había aparecido no le había dedicado ni una sola mirada, procurando irse con suma rapidez en cuanto la clase se diera por terminada. También había evitado frecuentar la biblioteca de Salazar Slytherin y cuando ella se lo había cruzado yendo a cenar él simplemente había tomado un atajo, sin siquiera dedicarle una mirada.

Era un cretino, arrogante y descarado. Él se había portado como un salvaje y ella era la que tenía que pagar los platos rotos.

Depositó el libro entre un tomo verde y otro azul, procurando no recordar un pequeño paquete verde escondido debajo de su cama que esperaba ser entregado en dos días.

Pisando con mayor fuerza de la necesaria, volvió sobre sus pasos y se quedó congelada al ver quien estaba de espaldas, frente a la chimenea encendida.

Draco se dio vuelta y la miró de esa manera penetrante, demoledora.

— Buenas tardes, Granger — concluyó luego de estudiarla. Su voz, fría, calma y arrastrando las palabras, la desestabilizó por unos momentos. Se odió internamente por ser tan idiota, no le daría el gusto de ver lo que dentro suyo él podía provocar con solo dirigirle la palabra, después de generarle abstinencia de Malfoy.

Hermione lo miró con fiereza y se acercó unos pasos.

— ¿Qué demonios quieres? — soltó de mala manera.

Draco alzó una ceja mortalmente serio.

— De donde vengo es de buena educación saludar — comentó con la voz grave.

Y fue la gota que rebalsó el vaso. Hermione bufó y cerró las manos en sendos puños.

— ¿¡Ah, si! Pues de donde yo vengo, es de buena educación saludar siempre, no solo cuando me plazca, mucho menos luego de evitar a esa persona durante días; como también es de buena educación arreglar los problemas hablando, no amenazando y mucho menos a los golpes. De donde vengo es buena educación no ser un gilipollas y explicar lo que se hace cuando maltratas a alguien, no desaparecer. — exclamó aireada, ya no se mantenía quieta en su lugar y su cabello se erizaba a medida que ella alzaba el tono.

Malfoy no cambió su postura ni se amedrentó por tener a la muchacha convertida en una leona furiosa. Un asomo de sonrisa curvó sus labios.

— ¡Vaya! ¿De dónde vienes, Granger? Tienen un amplio concepto de buena educación— se mofó arrastrando las palabras.

Hermione caminó presurosa, marcando con excesiva fuerza cada paso, hasta que lo alcanzó y le atizó un golpe en el brazo implicando en él toda su frustración y molestia. Un golpe que él supo retener a tiempo

— Vete a la mierda, Malfoy. — cortó y se dejó caer en la butaca más cercana.

Draco suspiró con un leve dejo de hastío.

— ¿Qué es lo que quieres, Granger? — preguntó secamente.

Hermione sonrió con sorna

— ¿Acaso ahora te importa? Todo un caballero, Malfoy. Pero hasta hace una hora quería hablar contigo, aunque tú llevabas muy bien la tarea de evitarme, ¿Por qué no continúas con ella y me dejas en paz?

Draco se encogió de hombros definitivamente molesto.

— Lo haría si no estuvieras aquí hablándome — resolvió de manera calma, conteniendo las palabras. Solo ella podía enfurecerlo lo suficiente como para hablar de más.

Hermione le lanzó con un cojín directo al rostro.

— Si mal no recuerdo fuiste tú quien me habló en primer lugar — dijo la muchacha, la cara de ardía de lo molesta que estaba, no podía creer que después de todo él volviera a ser el mismo ególatra consentido de siempre.

— Ya te lo he dicho, tengo buena educación — comentó socarrón. Burlarse era su única arma para mantener bajo control la cólera que aún lo invadía.

— Oh, si, he tenido el honor de apreciarlo. No estoy muy segura si fue cuando tú dejaste con la nariz rota a Cormac o cuando amenazaste con hacer lo propio con Anthony… ¡A no, fue cuando te comportaste como un cerdo conmigo quitándome la palabra!

Draco cortó el camino que los separaba y la tomó de los brazos con fuerza, demostrando así cuánto ella podía desquiciarlo, pero sin lastimarla.

— ¿Qué es lo que pretendes? No quería hablar contigo porque estaba cabreado y cuando lo estoy soy todo menos respetuoso, educado o tranquilo. No pienso, simplemente actúo ¿Acaso querías que te insultara o que hablara de más? No me tientes, Granger, puede no gustarte oírme hablar después de todo.

La soltó tan bruscamente como la había acogido e impuso las distancias nuevamente. Hermione lo miró con miedo en los ojos, pero sin bajar la cabeza un ápice, por supuesto, su coraje de Gryffindor no se lo permitía.

— No tenías razón para amenazarlo.

Draco le dio la espalda y respiró varias veces.

— ¿Desde cuándo Goldstein te interesa tanto? — inquirió con la voz grave, arrastrando las palabras. Dominando, exigiendo una respuesta satisfactoria. Intimidándola.

Sin embargo Hermione no era un conejillo asustadizo, le haría frente aunque le costara horrores.

— No es Anthony, es Cormac y es la próxima persona que se atreva a hablarme ¿Qué es lo que está pasando, Malfoy? ¿Cuál es el problema?

Y a Draco no le pasó desapercibido que ella se refiriera al imbécil numero uno como Anthony y a él continuara tratándole de Malfoy. Llevaban tres meses pasando casi todo su tiempo libre juntos y aquél idiota simplemente por ser un sumiso conseguía un trato superior y más calido del que él recibía. Lentamente la enfrentó de ese modo que sabía le era más difícil contradecirle.

— Vete acostumbrando entonces. — sostuvo implacable sin quitar sus oscuros ojos de ella. Hermione lo miró con asombro hasta que la furia se hizo de ella, nuevamente.

— ¡Y una mierda! Quiero respuestas, Malfoy. No puedes ir por la vida golpeando a quien no te guste.

Draco sonrió sin alegría, confiriéndole a su rostro un aspecto peligroso.

— Ponme a prueba — propuso fríamente.

Hermione le sostuvo la mirada un instante. Luego, llena de furia, tomó sus pertenencias y salió de la biblioteca echando chispas.


— ¿Qué le has hecho a Goldstein? — preguntó divertido.

Él se encogió de hombros y continuó jugando con la varita.

— Se repondrá, lamentablemente — contestó aburrido.

Blaise soltó una risita baja y se sentó en una butaca individual.

— El muy manso no recuerda como fue que terminó bajo una capa helada del lago, supongo que fue otra de tus innovaciones. — siguió su amigo. Al menos él si lo había encontrado magistral — ¿Evitando a la leoncita otra vez?

Draco puso los ojos en blanco.

— Se puso como una fiera, ya sabes como es, tiene demasiada moral.

Blaise asintió en silencio.

— En cuanto a eso, me abordó hace solo unos minutos, estaba rodeando las mazmorras.

Malfoy le prestó verdadera atención y alzó una ceja.

— ¿Hiciste lo de siempre? — preguntó tranquilamente.

El muchacho sonrió dejando a la vista sus blancos dientes.

— Por supuesto, le llame sangre sucia.

Draco suspiró y se dejó caer a lo largo del sillón.

— Ya se le pasará, Goldstein se lo tenía merecido. — afirmó aburrido nuevamente.

— Tú sabías que la Weasley esa estaba por allí, ¿Verdad? — preguntó Zabini, ya no tan seguro.

— Si tu pregunta es si pretendía dejarlo morir, hazla directamente. — Draco no lo miraba, pero Blaise dejó de reírse y adoptó una pose más seria.

— No pretendías dejarlo morir ¿no?

El muchacho exhaló con fuerza y de su varita salió una serpiente nívea, con la consistencia del humo.

— No podría hacerlo.

No es que le faltasen ganas, pero él no era un asesino, por mucho que le gustasen las artes oscuras, no soportaría ver la vida escaparse de nadie, incluso del imbécil numero uno… además, ella lo odiaría, sería algo que jamás le perdonaría.

— ¿Por qué ahora, Draco, por qué decidiste reclamarla?

— Si te contesto, ¿dejarás éstas mariconadas por hoy?

Blaise asintió sin sonreír, aquello significaría mucho más para él de lo que su amigo podría imaginar.

— Porque algún día alguien lo hará por mi y ya no habrá vuelta atrás.


— Hermione, deja de hacer eso — se quejó Ron.

— ¿Hacer qué, Ron? — preguntó de mala manera.

— Ese ruido con los dientes, me estas poniendo nervioso — apuntó incómodo.

Entonces ella se detuvo, estaba rechinando los dientes, increíble.

— ¡Oh…! Lo siento, no me di cuenta.

Su amigo se encogió de hombros y cerró el baúl.

— Lo haces a menudo últimamente, es raro que lo diga justamente yo, pero con todo esto creo que no estamos disfrutando nuestro último año como simples adolescentes. Pronto se acabarán las risas por tiempo indefinido, me gustaría entonces pensar que cuando tuve la oportunidad de reír y divertirme simplemente lo hice. — puntualizó Harry algo abatido.

Un nudo se formó en la garganta de Hermione, si solamente él supiera que ella rechinaba los dientes por el desgraciado y mal agradecido de Malfoy. Pero no podía decírselo y se sintió culpable por delegar en Harry un peso que no le correspondía.

— Descuida amigo, traeré cosas interesantes de la tienda de los gemelos, nos encargaremos de llenar nuestras mentes de buenos recuerdos para cuando los necesitemos — aseguró Ron y le sonrió, no sin antes mirar de manera cómplice a Hermione.

— Eso mismo — se apresuró a decir — incluso podríamos hacer una fiesta de… inicio del torneo de Quidditch.

Ron soltó una risotada incrédula, a la cual Harry se le unió y Hermione no pudo evitar reírse a la par. Insólito y poco convincente, ella proponiendo algo ilegal ¡ja, imposible!


¿Qué les ha parecido? Acepto críticas constructivas o sugerencias - siempre y cuando sean dadas con respeto - puesto ahora es el momento de mejorar, cuando la termine será demasiado tarde!

Debo pedirles disculpas por haber tardado más de la cuenta en actualizar, debía preparar un examen para la U y no tenía tiempo de escribir, por suerte me salió bien, asíque algo menos de qué preocuparme!

En general el tiempo de actualización será de una semana, si todo va bien puede ser menos, eso lo veré. Desde ya pido perdón si alguna vez me toma un poco más de días, sepan que para mi es tan molesto como para ustedes no actualizar.

MUCHAS GRACIAS por los reviews, siempre los contestaré uno por uno. También agradezco a quienes agregaron ésta historia a favoritos, como las alertas del fic y del autor, me hacen muy feliz!

Y si no es mucho pedir - es ahora cuando viene la letra chiquita - déjenme un review para saber si la historia gusta o si es una porquería!

Con cariño, R.C


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