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El gigante de piedra

El Jefe de la Oficina de Aurores paseó por el Vestíbulo, pasando revista a sus hombres. Todos tenían la mirada al frente, impasibles, a pesar de que en sus cabezas había un cúmulo de pensamientos y preocupaciones y, sobre ellas, aquel ruido infernal. Como de piedra golpeando piedra, quebrándose.

―Está bien, esto es lo que ocurre. Esta mañana se ha producido un terremoto en las montañas que circundan el colegio. El terremoto, ya de por sí inusual, ha dado paso a algo mucho peor, a mi parecer. Una… figura gigantesca ha aparecido de entre las montañas y se dirige al colegio.

Todos los aurores se quedaron mirando a su Jefe.

―¿Una figura gigantesca? ¿Quiere decir un gigante, señor? ―preguntó uno de los aurores. Varios se miraron entre ellos, no dando crédito a lo que su jefe decía, a pesar de que era la persona más sincera que alguna vez habían conocido.

―No, Garrett, no es un gigante, es algo peor. Es un gigante de piedra. Porta una espada larga, de piedra también. Hasta ahora, todos los esfuerzos por detenerle han sido en vano ―se calló un momento y miró a los aurores. Todo el cuerpo estaba allí ―. Sólo quedamos nosotros. Vamos a ir hasta esa cosa y vamos a detenerla. Ya conocéis el plan de ataque. En marcha ―sin embargo, antes de que todos saliesen, se dirigió a uno de sus hombres ―. Potter, no quiero ninguna heroicidad ahí fuera, ¿entendido?

Harry Potter asintió con la cabeza, sin decir nada. Los aurores fueron saliendo del Vestíbulo, por parejas. Todos tenían presente el plan de batalla que habían planificado, aunque nunca lo habían empleado contra algo como lo que se iban a enfrentar ahora.

―¿Por qué me habrá dicho eso? Siempre voy con cuidado.

―Bueno, eres Harry Potter, fuiste el Elegido así que… Es normal que piense que quieras hacer alguna heroicidad ―explicó Ron Weasley, su mejor amigo y compañero en aquella misión.

―No voy a hacer ninguna heroicidad, Ron, hay un gigante de piedra ahí fuera.

―Ya sé que no harás tal cosa, pero…

Pero no dijo nada más, pues en cuanto cruzaron el puente de piedra, lo vieron. Era alto, mucho más que el más alto de los gigantes que alguna vez hubiesen podido ver. Prácticamente llegaba a la torre más elevada del Castillo. Era una mezcla de piedras, tierra y hierbajos que hacían las veces de pelo. En lo alto de la cabeza tenía matojos revueltos y sus ojos eran dos esferas brillantes. En su mano derecha portaba una larga espada de piedra que iba arrastrando, pues debía ser muy, muy pesada.

―Merlín bendito… ―soltó Ron.

El gigante de piedra había llegado hasta el estadio de quidditch. Alzó la espada y la descargó de lado contra una de las torres, derribándola. La madera se astilló y quebró en miles de pedazos que cayeron sobre el campo. Acto seguido, hizo lo mismo con el resto del campo.

―¿Cómo vamos a detener a esa cosa? ―preguntó uno de los aurores.

―Seguiremos el plan de ataque, ¡en marcha! ―ordenó el Jefe de Aurores.

Los aurores al completo fueron hasta las cercanías de lo que quedaba del campo de quidditch. El gigante de piedra, tras terminar su tarea, se percató de la reciente llegada, pero no prestó demasiada atención a los aurores.

―Formación de ataque… ¡Disparad!

Uno a uno, todos los aurores dispararon ráfagas hacia el gigante. Aunque a este se quejaba, más bien parecía como si un montón de mosquitos le revoloteasen alrededor. Alzó su espada y la descargó fuertemente contra los aurores.

―¡Cuidado! ―gritó uno.

―¡A cubierto! ―se oyó que gritaba otro.

La espada golpeó fuertemente contra el suelo, provocando un pequeño terremoto. Quienes estaban más cerca de la zona de impacto se tambalearon o cayeron, pero algunos no pudieron escapar a tiempo y fueron aplastados.

Dos veces más, el gigante alzó su espada y la descargó contra los aurores, aplastando a varios.

―¡Retirada!

Los aurores que quedaban se retiraron hacia el Castillo, confiando en que sus fuertes muros les protegiesen. Una vez allí, tocaba hacer recuento de daños.

―¿A cuántos hemos perdido? ―preguntó Ron.

―A más de la mitad ―contestó uno de los aurores. Tenía una profunda herida en la frente.

―¿Habéis visto a Potter? ―el Jefe preguntó a sus hombres. Ninguno supo contestar ― Maldita sea.

Mientras tanto, en los restos del campo de quidditch, Harry Potter se ocultaba entre la madera astillada. El gigante de piedra rebuscaba entre las ruinas, esperando buscar algo, quizás a él. ¿Acaso había visto que no todos los aurores habían vuelto al castillo? ¿Creería que no todos los que se habían quedado estaban muertos?

Por suerte, Harry estaba fuera del radio de acción de aquella cosa, atento por si se acercaba. No podía salir de las ruinas sin llamar su atención, así que lo único que le quedaba era hacer algo. Miró alrededor. Entonces lo vio, una escoba.

Mientras tanto, varios alumnos intentaban ver algo a través de una de las ventanas de la Sala Común de Gryffindor.

―¿Veis algo? ―preguntó un alumno de tercero.

―No, yo no veo nada. Desde aquí no podemos ver lo que pasa fuera ―comentó una chica.

―¿Por qué nos habrán mandado a cada uno a nuestras salas comunes? ―se quejó un alumno de segundo.

―Pues porque ahí fuera hay un gigante de piedra. Y por si no lo sabéis, viene hacia aquí. Por suerte, los profesores han conjurado un escudo, pero están evacuando la escuela. Así que recoged vuestras cosas ya ―ordenó Rose Weasley, prefecta de Gryffindor.

Los alumnos obedecieron y abandonaron la Sala Común de Gryffindor.

―Rose, ¿no estás preocupada? ―Albus se aproximó a ella, con un deje de preocupación en el rostro.

―¿Por qué iba a estarlo?

―Bueno, nuestros padres están allí abajo, combatiendo a esa cosa.

Rose bajó la cabeza, avergonzada.

―Sí, lo estoy, pero en fin, he crecido viendo a mi padre volver tarde por las noches, a veces con heridas en la cara. Sé lo que es, así que no estoy demasiado preocupada.

Tras comprobar que los alumnos ya se habían ido, salieron.

―Quiero verlo, ¿tú no?

―¿Al gigante de piedra? Albus, ya le hemos visto, ¿por qué otra vez? ―quiso saber Rose, esta vez preocupada.

―Vamos, los profesores están muy ocupados evacuando a los alumnos. Y al menos, podremos ver a los aurores en acción. Ya sabes que quiero ser auror, ¿no?

Rose se detuvo para meditar la propuesta. Cierto era que tenían que irse, pero una parte de ella pensaba como Albus. Quería ver al gigante. Se mordió el labio inferior pero, al final, aceptó.

―Sabía que podía contar contigo. Vamos ―sonrió Albus.

Corrieron por un pasillo, hasta una ventana donde tenían plena visión del gigante. Pero algo iba mal.


Pegó una fuerte patada y alzó el vuelo. Lo propio habría sido huir, ponerse a cubierto, pero lo cierto es que aquel momento le recordaba muchísimo a cuando tuvo que volar en escoba para escapar de un dragón. Se elevó, por tanto, hasta la cabeza del gigante, de aquel coloso de piedra, y le miró a los ojos.

Un punto vulnerable.

Apuntó con su varita y pronunció el hechizo para la conjuntivitis. Este dio de lleno en los ojos, provocando que el gigante se echase hacia atrás y empezase a agitar los brazos. Funcionó. Al menos tenía ojos con los que podía ver.

Ahora, era el momento de marcharse.

―¡Potter, cuidado!

El Jefe de la Oficina de aurores estaba ahí abajo. Miró a un lado y vio, demasiado tarde, aquel enorme brazo de piedra volando hasta él. Le golpeó de lleno, quebrando la escoba y mandándole lejos de allí. Lo único que sintió fue aquel golpe. Después… nada.

Por su parte, el gigante centró su atención en el castillo, protegido por una especie de escudo mágico. Caminó hasta él y, justo cuando estaba delante, pasó una mano por encima. El escudo actuó por voluntad propia y rechazó al coloso. Este apartó la mano, la cual se había desintegrado en parte. Entonces, alzó su espada y la hincó contra el escudo. Al principio parecía como si la espada se estuviese volatilizando, pero, finalmente, el escudo comenzó a ceder, hasta el punto de desaparecer.

―¡Todos a cubierto! ¡Aseguraos de que no queda nadie en el castillo! ―gritaba el Jefe de aurores.

Mientras tanto, dos alumnos, prefectos de la escuela, observaban atónitos como el escudo mágico cedía.

―Albus… ¡Albus! Tenemos que irnos de aquí ―imploró Rose.

―Tienes… Tienes razón.

Corrieron para escapar del castillo antes de que aquella cosa lo destruyese.

―¡Albus, cuidado!

Uno de los puños del gigante golpeó contra una de las torres. Una avalancha de escombros y polvo casi los cubre, pero Albus a su prima y a sí mismo a tiempo. Entonces, vio algo plateado que caía al suelo. Una espada.

Miró alrededor. El gigante había golpeado justo en el despacho de la directora McGonagall. Los antiguos objetos del director Dumbledore se habían esparcido por el pasillo, entre ellos, una espada plateada que había pertenecido al fundador Godric Gryffindor y que Albus reconoció de las veces que su padre y su tío Ron le habían hablado de ella: reluciente, con rubíes engarzados en la empuñadura.

Tomó la espada y la empuñó.

―¿Qué esperas hacer con eso? Ni la magia ha podido detener a esa cosa.

Vieron que el gigante se afanaba por derribar torres y muros.

―Algo se podrá hacer, ¿no crees?

Instintivamente, alzó la espada hacia el gigante, apuntándole con ella. Esta, entonces, relució y mandó un rayo de luz plateada hacia el gigante, señalando un punto de su cabeza. El gigante se percató de la luz y se dirigió hacia ella. Albus, por su parte, bajó la espada, dejando esta de relucir.

―¿Qué ha pasado? ¿Qué has hecho, Albus? ―quiso saber Rose, angustiada porque su primo acababa de llamar la atención de aquel coloso.

El gigante asomó la cabeza por el gran boquete que tan sólo hacía un momento que había abierto en la pared. Se quedó mirando durante un momento a Albus antes de acercar la mano, muy posiblemente para agarrarle. Albus, en vez de apartarse, miró a Rose un momento.

―Albus… ¿Qué vas a hacer?

El joven sonrió, miró entonces a aquella gigantesca mano de piedra que se acercaba a él y corrió hacia ella. La esquivó por un breve momento y saltó hacia el brazo, agarrándose como mejor pudo a los hierbajos que le crecían.

Y de inmediato, aquello fue como una montaña rusa, una de esas de las que su tía Hermione le había hablado y a donde le llevó una vez, de pequeño. El gigante apartó rápidamente la mano y Albus tuvo que sujetarse bien.

―¡Albus! ―oyó que gritaba su prima Rose.

El gigante se golpeaba el brazo con la otra mano, pero Albus consiguió retirarse a tiempo. Golpeaba y clavaba la espada contra tierra y roca, pero nada le hacía. Entonces, recordó cómo la luz de la espada había señalado justo a la cabeza, así que, a duras penas, escaló hasta la cabeza. En ese punto, el coloso ya era consciente de que tenía a Albus en un punto vulnerable, como un parásito que tuviese que quitarse de encima cuanto antes.

Entonces, sobre la cabeza, apareció un símbolo dibujado que el joven no pudo interpretar, pero alzó la espada con fuerza y la descargó contra él. Como si de mantequilla se tratase, la espada se clavó perfectamente sobre la cabeza. El gigante gritó y gimió, pero lo que Albus sintió fue como si una montaña se derrumbase. El coloso cayó de rodillas, pero todo su cuerpo había comenzado a quebrarse. En cuanto estuvo lo suficientemente cerca del suelo, Albus saltó y rodó.

Del coloso, no quedó más que rocas sin vida. Se podría decir que todo había terminado, pero una especie de cuerdas negras salieron de los restos del coloso y volaron hacia Albus. Este se levantó y corrió, pero las cuerdas negras eran más rápidas. Se le clavaron como agujas en el cuerpo, haciéndole caer. Lo último que vio fue a unas figuras corriendo hacia él, antes de desmayarse por completo.