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Voz

Abrió los ojos y lo primero que vio fue el techo, agrietado. Movió la cabeza y se percató de que estaba en la Enfermería. Alguien debía de haberle llevado. Miró a un lado y vio a su prima Rose, sentada al borde de la cama sobre la que Albus estaba tumbado. Había estado llorando.

―Rose, ¿qué ocurre? ¿Qué ha pasado?

Rose contuvo un sollozo.

―Oh, Albus… Ha ocurrido algo.

Minutos después, entraban en una sala de piedra, sin más decoración o muebles que una mesa de piedra en el centro, con un cuerpo encima, inmóvil.

Sin vida.

―¿Pa… papá?

Allí estaba su padre, tumbado sobre aquella mesa de piedra. Tenía profundas heridas en todo el cuerpo. Estaba muerto.

―¿Albus?

Ron Weasley se acercó por detrás de él.

―¿Tío Ron? ¿Qué ha pasado?

―Tu padre hizo todo lo posible por detener al gigante de piedra, pero… No fue lo bastante rápido. El gigante le golpeó en pleno vuelo y cayó desde gran altura. No sobrevivió ―Albus abrazó a su tío mientras lloraba ―. Te dejaremos solo.

Ron y Rose salieron, dejando a Albus. Este se sentó en el suelo, apoyándose en la mesa de piedra. Ni siquiera tenía valor de mirar ahora a su padre. Finalmente, se quedó dormido, a pesar de todo lo que debía de haber dormido ya.

Horas después, despertó. Miró a un lado y vio algo que le llamó la atención. Había una figura delante de él, con forma humana, aunque no tenía rostro alguno. Era toda una figura oscura.

―¿Pero qué…?

No tengas miedo.

―¿Quién habla? ―había sido una voz que no procedía de ninguna parte, ni siquiera de la sombra que había delante de él.

¿Quién soy yo? Sólo soy un ente, algo sin cuerpo. Llevo aquí tanto tiempo, que no puedo determinarlo.

―¿Y no sabes cómo has llegado hasta aquí? ―quiso saber Albus?

No. Lo único que sé es que tú has destruido una de mis prisiones.

Albus frunció el ceño.

―¿Prisiones? ¿Te refieres a ese coloso de piedra?

Exacto.

Entonces, Albus recordó algo más. Otra cosa de la que aquella voz había hablado. Había mencionado prisiones, en plural.

―¿Has dicho "prisiones"?

Desgraciadamente, hay más como esa a la cual te has enfrentado y derrotado. Y lamento decir que han despertado… Y vienen hacia aquí.

―¿Qué eres? ¿Una especie de espíritu atrapado? ―quiso saber Albus.

Oyó una risa baja.

Exacto. Podría decirse que sí. Hace tiempo, un mago de este castillo me maldijo y destruyó mi cuerpo. Quedé reducido a la nada, a la no existencia, prácticamente. Por alguna razón, esos colosos se han convertido en mis prisiones. Y no podré ser liberado hasta que alguien los destruya. Y tú has destruido uno. Dime… ¿Destruirás el resto?

Albus se mantuvo alerta. Cuidado. No todos los días una voz que venía de ninguna parte le explicaba que era un espíritu atrapado y le pedía a uno que, por favor, le liberase.

―¿Cómo sé que puedo fiarme de ti?

No puedes. He ahí el problema. Sólo puedo decirte dos cosas, dos cosas que, tal vez, te hagan considerar mi oferta. Una es que puedo traer a tu padre de vuelta a la vida, pero eso sólo ocurrirá si derrotas a todos los colosos.

―¿A todos?

Hasta el último ―sentenció la voz.

―¿Cuántos hay? ―quiso saber Albus.

Eran ocho en total. Quedan siete.

Siete. El número de la suerte. Pero, ¿suerte para quién?

―¿Qué es lo otro que me ibas a decir?

Ah, sí. Los colosos han empezado a moverse. Pronto vendrán más. Pero puedes meditar lo que te he propuesto. Cuando quieras volver a hablar conmigo, no tienes más que venir aquí.

La voz no volvió a sonar. Albus, por su parte, abandonó la estancia y caminó por los pasillos. Se encontraba mejor, aunque la pena por la muerte de su padre no podía quitársela nadie ahora. Sin embargo, si la voz tenía razón, había una posibilidad de traerle de vuelta.

Se encontró a Rose frente al Gran Comedor. No sabía por qué, pero sus pasos le habían llevado hasta allí. Quizás es que estuviese hambriento.

―Hola, ¿cómo te encuentras? ―se interesó ella.

―Bueno… ―la verdad es que no sabía cómo se sentía, más que nada porque todavía tenía presentes las palabras de la voz.

―No te preocupes, come algo, estarás hambriento.

―Gracias, Rose.

Albus miró a su alrededor. La escuela había sido evacuada y así seguía. Únicamente quedaban los aurores y ellos dos. Su tío Ron comía con ellos.

―¿Se sabe entonces qué era eso?

―Un gigante de piedra, Albus. Sabemos que ha venido de las montañas. Estaba hecho de las mismas montañas. Pero desconocemos qué clase de magia lo ha hecho posible.

En cierta medida, Albus también lo desconocía, aunque no podía evitar recordar a la voz y, sobretodo, lo que había mencionado que aquel coloso era una prisión. Así como también que había más como él.

Entonces, notaron un temblor.

―¿Qué ha sido eso? ―preguntó Rose, asustada. Se acercó a su padre y este pasó un brazo por sus hombros, para protegerla.

―Viene de fuera ―confesó Ron.

Todos salieron al patio, donde ya era noche cerrada.

―¿Veis algo? ―quiso saber un auror, mientras escudriñaba en todas partes.

―Oh… por Merlín ―soltó Albus.

Allí arriba, en la más alta de las torres del castillo, la Torre de Astronomía, algo que había posado, aquello que había hecho temblar el castillo entero. Hecho de piedra, tierra y matojos, igual que su predecesor, esta vez era algo distinto, no un hombre o ser antropomórfico, sino una especie de… animal.

Era un pájaro, un enorme pájaro de piedra que acababa de centrar su atención en ellos. Con un profundo grito, como el de un ser alado, descendió tras desplegar sus alas.

―Todos dentro, ¡ya! ―gritó el Jefe de aurores.

Entraron corriendo en el castillo.

―¿Qué hacemos ahora? ―quiso saber Rose, angustiada.

―Vosotros dos salís de aquí ―ordenó Ron, quien tenía su varita en la mano.

―Puedo ayudar ―soltó Albus.

Ron le miró, incrédulo.

―¿Estás de broma? Eres un menor de edad y deberías haber abandonado con el resto de alumnos hace mucho, Albus.

―Por si no te has dado cuenta, tío Ron, he sido yo quien ha derrotado a ese primer coloso.

―¿Primer coloso? ―se dio cuenta Ron ― ¿Quieres decir que hay más como ese y el que está fuera?

Seguían oyendo al pájaro de piedra. Albus, por su parte, echó a correr hasta la habitación donde descansaba el cuerpo de su padre.

―¡Eh, tú! ¡Está bien, acepto!

No esperaba menos.

―¿Qué tengo que hacer?

Presta mucha atención a lo que voy a decirte. A partir de ahora, deberás andarte con cuidado.