Disclaimer: Los títulos mencionados aquí no me pertenecen (afortunadamente), sino a sus respectivos creadores. Este fanfic no persigue fines de lucro.

Películas: El Origen de los Guardianes (Rise of the Guardians). Cómo Entrenar a tu Dragón (How to Train Your Dragon). Valiente (Brave). Enredados (Tangled). Los Croods (The Croods). Hotel Transilvania. ParaNorman. El Reino Secreto (Epic).

Advertencia: AU Hogwarts. Multicrossover. Canon. Head-canon. Fanon.

Este fanfic ha sido editado. Los lectores que lo checaron antes, notarán enseguida las diferencias. Obviamente, los nuevos lectores no, sin embargo, si hay dudas pueden enviarlas por medio de un review o por MP.

Escribí el fanfic porque no encontraba nada de mi gusto en el fandom de The Big Four en el AU de Hogwarts (no que los fanfics sean malos, sino que no había variedad). Traté de poner cosas nuevas, crear diversas amistades y rivalidades entre los personajes, e incluí desde OC hasta los personajes originales de las películas y las series.

Disfruten el capítulo.


Prólogo


"El tiempo sólo puede avanzar, ¡pero me gustaría vivir ese día de nuevo!".

—Tite Kubo.


El sonido de las ruedas del carrito era apagado por el ruido generado por la gran cantidad de personas que merodeaban los andenes de la Estación King's Cross ese 1 de septiembre de 2011. Eso no importunó a la niña rubia que empujaba el bien cargado carrito. Su presencia era interesante, ya fuese por las múltiples maletas coloridas, el camaleón que se aferraba a su hombro o por las extrañas ropas que sus padres llevaban. Quizás —y era bueno notarlo— era por la enorme sonrisa que mostraba, a pesar de verse ridícula llevando esa enorme carga por sí sola. Obviamente la gente no podía saber la razón de su alegría, ni tampoco el por qué sus padres no le asistían provocando que uno que otro comentario impropio se les saliera.

No que importara lo que dijeran. Después de todo, no volverían a toparse con las mismas personas de nuevo.

—Cuidado, cariño —le advirtió su madre con tono dulce. Sonrió cuando su hija, más que andar con cuidado, casi tropezaba.

Sin embargo, al final no pudo evitar que una de las ruedas del carrito golpeara una esquina rumbo a la plataforma del tren. El contenido neto se volcó, provocando tropiezos masivos en aquellos despistados que estaban perdidos en sus raros aparatos tecnológicos. Bueno, la niña también había caído, pero no precisamente por eso. El peso había sido demasiado para alguien tan pequeña (ni siquiera su largo cabello rubio hizo alguna diferencia). Sus padres se apresuraron a auxiliarla, pidiendo perdón a los otros afectados, pero sin perder el buen humor. Era increíble que hasta la persona más iracunda por el accidente, se iba con una sonrisa en el rostro, como si nada hubiera sucedido, después de intercambiar unas palabras con los padres.

—Lo siento, Pascal —se disculpó la niña a su pobre mascota. El camaleón no había sufrido daño físico, salvo el susto que se llevó. Se había puesto de un amarillo intenso.

—¿Necesitan ayuda? —dijo una mujer, acercándose a ellos y recogiendo una maleta sin esperar respuesta. Tenía el cabello castaño y tan esponjado que podría haberse confundido con un algodón de azúcar gigante.

Detrás de la mujer estaba un hombre adulto con la tosca apariencia de un cavernícola. Llevaba puesto un viejo traje sastre, tan remendado que era un milagro que se desgarrara con cualquier movimiento. Junto al sujeto, estaba una niña que probablemente tendría sus edad, unos once años, con el cabello tan tupid como el de su madre (era de suponerse que la mujer lo era), salvo que sus ojos tenían el tono de las aceitunas y las pecas no se habían borrado de sus mejillas. La niña, a diferencia del cavernícola en traje sastre, les miraba con atención.

—Descuide, lo tenemos todo bajo control. —dijo la madre de la niña rubia. Tomó la maleta que la mujer desconocida había agarrado, colocándola sobre el montón de nuevo—. Muchas gracias, querida. Es toda una tradición familiar, ¿sabe? En mi primer viaje a la escuela, a mí también se me volcó el carro.

—¿Viaje a la escuela? —interrumpió la niña del cabello esponjoso, acercándose a pesar que su padre no quería—. ¿Ustedes también van a Hogwarts?

El hombre cavernícola la tomó de los hombros y la arrastró unos pasos atrás.

—¡Recuerda que no debemos hablar sobre eso con nadie, Eep! Es lo que le dijo ese hombre gordo bigotón —masculló con irritación.

—¿Y por qué no pueden hablar con nosotros? —inquirió la madre de la niña rubia, confundida—. Si conocen acerca de Hogwarts no pueden ser solamente muggles.

Una expresión aterrorizada cruzó por la cara del enorme y músculo hombre, como si Rapunzel hubiera dicho una palabrota. Miró a todos lados, verificando que nadie lo hubiera escuchado.

—Oh, no se preocupe, acabo de poner un pequeño hechizo de silencio —dijo el padre de la niña rubia, guiñándoles un ojo—. Veo que son primerizos en esto, si me permiten la grosera observación. Aunque no lo crean, los niños de familias de magos y brujas antiguas también se han sentido de esa manera. Así que ahora podremos hablar sin ningún problema, pero tendrá que ser brevemente. El expreso está por salir.

—¿Entonces sí es real? —preguntó la pequeña.

—¡Por supuesto que sí! —respondió—. Hogwarts es la mejor escuela de magia y hechicería del mundo. Mi señora espora y yo estudiamos allí. Los mejores años de mi vida, bueno, contando los que han pasado desde que me case y nació mi hija. Oh, pero qué grosero de mi parte. ¡Aún no me he presentado! —extendió la mano derecha—. Mi nombre es Frederic Soleil de Corona. Ella es mi esposa Arianna, y ella mi hija, Rapunzel.

Como el hombre tosco no parecía dispuesto a estrechar su mano, Frederic se dirigió a la que sería su esposa. La mujer fue amable en recibir su saludo.

—Yo soy Ugga, y él es Grug, mi esposo —cuando soltó la mano de Frederic, Ugga puso sus manos sobre los hombros de su hija—. Ella es Eep. Nosotros somos los Croods.

—Sean bienvenidos al mundo mágico —dijo Frederic educadamente.

—Gracias.

—¿Ya podemos movernos ahora? —preguntó Eep con impaciencia, tras habérsele acabado el interés en las nuevas personas—. El expreso no nos va a esperar para siempre.

—¡Eep! —exclamó Ugga como regaño—. Lamento su comportamiento. Está muy emocionada desde que se enteró que era una bruja.

—Es entendible —dijo Arianna y agregó mirando a Eep—. Habrá muchas cosas asombrosas y bellas que aprender en Hogwarts, dulzura. Si tienes dudas, acude con mi hija. Ella estará más que dispuesta a ayudarte.

Ambas niñas se observaron fijamente. Rapunzel sonrió con amabilidad. Eep correspondió con una sonrisa enorme que mostró sus enormes dientes.

—No perdamos el tiempo, entonces —dijo Frederic quitando el hechizo con su varita y guardándola dentro de una bolsa de su túnica—. Vámonos ya.

Aunque se notó enseguida que a Grug no le hizo gracia tener que ir con ellos, no le quedó de otra cuando su esposa e hija se unieron a los Soleil. Ambas familias se dirigieron a los andenes 9 y 10. Rapunzel dejó que su padre llevara el carrito con sus cosas, pues mantenía una conversación de lo más interesante con Eep. A diferencia de ella, Eep sólo cargaba con dos maletas pequeñas y una mochila que semejaba un búho sobrealimentado.

El señor Croods frunció el ceño cuando el letrero que indicara la plataforma que tendrían que tomar, no estaba.

—Aquí no hay ningún Andén 9¾. El boleto está mal —dijo mostrando el papel como para asegurarse de que estaba en lo correcto—. Seguramente esto es una broma de mal gusto y ustedes son sólo actores pagados.

—Si el andén fuera fácil de encontrar, los muggles podrían entrar cuando quisieran —explicó Ariana con paciencia.

—Entonces mis padres no podrán entrar. Ellos son muggles —meditó Eep.

—Para nada, joven dama —replicó Frederic—. Podrán hacerlo. La entrada está hechizada para que los chicos nacidos de muggles puedan acceder sin problemas. Escucha, mi señora esposa y mi hija te mostrarán cómo tienen que hacerlo tú y tus padres.

Como había dicho, Ariana y Rapunzel empujaron el carrito hacia el punto de medio de la pared. Eep creyó que se estrellarían, pero de un momento a otro desaparecieron, como si sólo se hubieran desvanecido en el aire.

—Ahora es tu turno —indicó Frederic dándole un amistoso empujoncito a ella. Agregó mirando a Grug—. Serviría un poco que usted la apoyara. No se estrellaran contra el muro. Lo prometo.

—Vamos, Grug, deja de poner esa cara —Ugga le codeó un costado—. Eep ha hecho cosas más extrañas que esto. ¡Cuando sea turno de Sandy y Thunk espero que te comportes mejores!

—¿Quieres decir que ellos también serán como Eep?

—¿Acaso lo dudas?

Grug sintió terror al pensar en el pequeño Thunk, el hermano menor de Eep, haciendo flotar los muebles de la casa, o a Sandy, la bebé de la familia, explotar objetos por un berrinche.

—Eep, ven aquí. —ordenó Grug con brusquedad, para no pensar en la posibilidad de tener un hijo mago u otra hija bruja.

Eep se paró junto a su padre.

—¿Y si me pasa algo cuando entre? —dijo, insegura. Probablemente la inquietud que sentía no se reflejó sino hasta ese momento.

—Si tienes miedo, podemos regresar a casa —dijo Grug extasiado con la idea de no ir a un lugar lleno de gente nueva rara y extravagante—. Recuerda, las cosas nuevas no son buenas y sólo traen problemas. Podrías morir al intentar atravesar la pared.

Ella tenía miedo (las palabras de Grug no ayudaron nada a tranquilizarla), pero no quería regresar a casa. Había visto tantas cosas maravillosas en el Callejón Diagon cuando fue a comprar sus materiales para el colegio, que volver sin haber utilizado su varita o usado su escoba le era intolerable.

Grug podría temerle a lo nuevo y a lo desconocido, pero ella no podría. Era una bruja, que pronto entraría a una escuela dedicada únicamente al estudio de la magia y la hechicería. No era algo que las ideas de su padre pudieran lograr disuadir de conocerlas. Entendía la testarudez de Grug, habiendo trabajado tanto tiempo en una mina donde no había cabida para la curiosidad y lo nuevo (de por sí Grug era corto de ideas). Pero a Eep Croods se le había presentado una oportunidad para explorar lejos de la mirada inquisidora de su padre y no la desaprovecharía por nada.

—Lo haré —dijo con determinación. Empezó a correr sin esperarlo haciendo que él frunciera el rostro y la siguiera muy a su pesar.

Eep cerró los parpados, era imposible no hacerlo. Pero cuando los abrió una locomotora de vapor, de un brillante color escarlata, aguardaba en la plataforma llena de gente. Un rotulo decía «Expreso de Hogwarts, 11 h». Eep echó un vistazo atrás donde estaba una arcada de hierro donde debía estar la taquilla con las palabras «Andén 9 ¾».

Lo había logrado.

Era mucho mejor de lo que había pensado. El humo de la locomotora se elevaba por encima de las cabezas de las personas. Algunos gatos se paseaban entre las piernas de la multitud, había unos cuantos murciélagos sobrevolando a sus dueños. Eep estaba tan fascinado viendo las mascotas de los demás, que deseó fervientemente que Grug no le hubiera prohibido comprar uno. Se habría conformado con una lechuza. Una pequeñita habría estado bien.

Los primeros vagones se encontraban llenos con algunos niños asomándose por las ventanas para charlar con los padres unos cuantos minutos más. Eep fue testaruda en querer encontrar un vagón ella misma, por lo que se despidió apresuradamente de su madre y padre para ir a buscar uno.

—Ve con ella, cariño —le dijo Ariana dándole un beso y abrazo a Rapunzel—. Te escribiremos cada día, así sea sólo para contarte como se ve el jardín.

—Eso suena bien —dijo Rapunzel.

—Cuídate y disfruta tu primer año —le dijo Frederic con tono dulce, a pesar de lo seria que se veía su cara. En público tenían que guardar la compostura.

—Lo haré, padre.

Rapunzel siguió a Eep. Era fácil localizarla por su tupido cabello y por la extraña mochila que llevaba.

—¿Tú la hiciste? ¡Tienes mucho talento! —dijo Rapunzel.

—No es la gran cosa. Mi padre no suele comprarnos cosas, así que nos las tenemos que apañar haciéndolas nosotros mismos. No se me daba bien coser, pero tuve que aprender para hacerme una mochila que me gustara —dijo Eep, encogiéndose de hombros.

—Tus padres son muy apegados a ti.

—Son unos preocupones —dijo Eep—. Papá no quería dejar que viniera. Mamá lo convenció. Cuando el señor gordo vino, él creyó que era una broma de los vecinos. Vivo en Stanhope, y no somos bien recibidos allí. Como mi papá parece un cavernícola malhumorado, no le agrada a la gente.

—No me pareció tan malhumorado.

—Porque no has convivido más de media hora con él.

—Es hora de suban al tren —dijo Ariana suavemente.

Aún no encontraban una vagón vació. Todos estaban ocupados con las personas más extravagantes que Eep hubiera visto. Había un muchacho cuyo cabello podía pasar del azul metálico al rosa neón en segundos. En su recorrido, Rapunzel identificó a algunos sus conocidos de la infancia. Como a Astrid y Heather Hofferson, hermanas mellizas e hijas de Damián Hofferson, un mago que quería asociarse a la empresa de su padre. Astrid era de gesto imperturbablemente serio, con el cabello rubio tomado en una trenza bien apretada, mientras que el cabello de Heather era oscuro, atado en una trenza de lado. A diferencia de Astrid, Heather tenía una expresión más suave, no tan severa. Otra divergencia entre las hermanas, era el color de sus ojos. Por lo que Rapunzel pudo detectar, Astrid le reñía a Heather sobre algo.

Dos compartimentos más adelante, se toparon con un misterioso pasajero cubierto por una gruesa capa de terciopelo violeta. Las ventanas de ese vagón estaban cerradas para que la luz no entrara. Prefirieron evitar la compañía de alguien tan intimidante. Entonces, Rapunzel tropezó contra alguien. Ella cayó al suelo, otra vez en el mismo día. un niño de alborotada cabellera cobriza y mejillas llenas de pecas. Ambos cayeron sobre sus traseros, emitiendo quejidos por el dolor.

—¡Oh, eso no fue nada cool de mi parte! ¡Lo lamento! —dijo él brindándole su mano de inmediato. Era un niño delgaducho que vestía un jersey amarillo con las mangas verdes, demasiado largo para su estatura. Tenía el cabello de tono castaño, tirándole a un tono pelirrojo y las mejillas llenas de pecas—. No suelo fijarme por dónde voy o ver a quienes están a mi alrededor, por lo que he chocado un montón de veces este día.

—No hay problema —expresó Rapunzel tomándole la mano.

—Me llamo Jonathan Stein, pero puedes decirme Johnny —dijo mostrando una enorme sonrisa de dientes un poco chuecos.

—Mucho gusto, Jonathan —sonrió ella con cortesía; era importante que nunca olvidara los protocolos—. Mi nombre es Rapunzel Soleil.

—Y yo soy Eep Croods —dijo Eep.

Los ojos de Johnny se abrieron impresionados al ver el alocado peinado de Eep.

—¡Guau, tu cabello es cosa del otro mundo! ¿Puedo tocarlo? — levantó su mano, pero en un rápido movimiento esa mano fue torcida por Eep.

—No toques mi cabello —soltó. Los niños en Stanhope siempre se habían burlado de ella por su cabello. Decían que parecía un nido de pájaros abandonado.

—¡Auch! ¡Está bien, ya no lo haré! —prometió. Eep lo dejó ir. Johnny se sobó la zona afectada—. Tienes mucha fuerza… ¡Eso es alucinante! ¿Cómo la obtuviste? ¿Hiciste un intercambio de magia con una tribu antigua? ¿Es parte de las habilidades de tu familia? ¡Está de lujo! No tenía idea que magos y brujas pudiéramos desarrollar semejante tremenda fuerza. Oh, tú cabello también está de locos —dijo señalando la enorme trenza de Rapunzel, que le llegaba a la altura de los talones—, ¿te imaginas si das una vuelta y golpeas con tu cabello a alguien? ¡Eso sería muy de onda!

Eep lo observó como alguien observaría un fenómeno natural particularmente perturbador.

—Disculpa, Jonathan —dijo Rapunzel intentado sacar a Johnny de su estado de exaltación—, estábamos buscando un vagón, y si no lo encontramos pronto estaremos en un lío. Sería estupendo si pudieras indicarnos si hay uno desocupado, por favor.

—¡Pueden venir al mío!, y ya te dije que puedes decirme Johnny —ofreció—. Sólo hay otro niño, de nuestra misma edad. Es gracioso cuando logras que diga algo más que "Quiero ir a dormir"… creo que se llama Wes o Welterson, ¡soy muy malo para recordar nombres! Yo salí a buscar a la señora que vende dulces y él se quedó cubriendo la retaguardia.

—La señora que vende dulces no aparece hasta que el expreso está en marcha —explicó Rapunzel.

—En mi humilde opinión, tendría que aparecer antes. Uno no puede controlar cuando su antojo por dulces aparezca. Pero ya será para la próxima. Síganme, las llevaré allá.

Johnny caminaba como si la idea de seguir una línea recta fuera un crimen. Iba de un lado para otro, saltando de la emoción cuando hallaba algo particularmente emocionante. Le siguieron intentando mantener el ritmo de su apresurada caminata. Las llevó a los vagones finales. Rapunzel reconoció a muchos chicos más. Como al hijo de Lord Macintosh, Ferret, que estaba viéndose en un espejo de mano y acicalándose el cabello negro y lanzando besitos a su imagen reflejada (el reflejo le devolvía los besos y los halagos); Rapunzel sabía que era común que él se comportara así aunque sabía que en el fondo Ferret detestaba su prominente nariz. Ferret no estaba solo. Lo acompañaba Manfiker, o Manny, hijo de Lord MacGuffin, que devoraba unas cuantas ranas de chocolate. Ambos compartían el vagón con un niño rubio de cuerpo rechoncho y otro niño delgaducho de cabello castaño y ojos verdes, con las mejillas salpicadas de muchas pecas. A ellos sí no los conocía de ningún sitio.

Johnny hablaba hasta por los codos. Era difícil seguirle el ritmo a su conversación- Rapunzel contestaba a sus preguntas como podía, mientras que Eep le dijo directamente que si no paraba le hechizaría la boca. Si tomó la amenaza en serio o no, no importó cuando Johnny reguló la rapidez con la que pronunciaba las palabras. Al llegar a su compartimento, Johnny les abrió la puerta y les ayudó a subir sus maletas. Justo a tiempo. El expreso ya se estaba poniendo en marcha.

Como había dicho, adentro del compartimento, un escuálido niño rubio con el cabello en puntas miraba ausentemente por la ventana. Sus ojos azules brillaron un poco cuando se percató de la presencia de Johnny.

—¿La encontraste? —preguntó con voz pausada, como si acabara de despertarse.

Johnny negó y se sentó a su lado. El otro se removió en su asiento desparramándose en todo el lugar.

—¿Wee Dingwall? —inquirió Rapunzel cuando ella y Eep terminaron de acomodar sus maletas.

Wee levantó la mirada y su expresión cansada cambió a una un poco más animada.

—Un honor coincidir en este día, mi señora —dijo tan educadamente que Johnny sufrió un shock. ¡Ése no podía ser el mismo chico que había conocido hacía unos instantes! Incluso se había puesto de pie y no volvió a sentarse hasta que Rapunzel y Eep se sentaron en el asiento frente a ellos.

—¿Ustedes dos se conocen? —preguntó Eep.

—De algunas reuniones y fiestas —contestó Rapunzel. Su postura al estar sentada era la de toda una dama. La espalda enderezada, las piernas dobladas y puestas en diagonal, las manos sobre los muslos—. Hace tiempo que no te veía, mi señor. Pensé que Lord Dingwall te convencería para inscribirte en Durmstrang.

—Ferret, Manny y Mérida vendrían a Hogwarts. No quería ser el único en estar lejos —explicó.

—Están hablando muy formal, amigos —mencionó Johnny—, ¿acaso pertenecen a la realeza y no nos han dicho?

—No en mi caso —dijo Wee—, pero mi familia es de sangre pura. Algunas viejas costumbres como los protocolos de etiqueta social, no han sido abandonadas del todo.

—¿Familias de sangre pura? —dijo Eep, confundida.

—En el mundo mágico, se les dice así a las familias de magos y brujas cuyo origen puede datar desde miles de años hacia el pasado. Con sangre pura, se refiere a que ningún muggle ha sido incluido en su árbol genealógico —dijo Rapunzel.

—El profesor Slughorn fue quien me dio la noticia de que soy una bruja —dijo Eep—, él me explicó que en ocasiones, en las familias muggles, nace alguien con magia. Alguien como yo. Pero él no dijo que eso fuera malo.

—Porque no lo es —afirmó Rapunzel—. Me disculpo si mis palabras se malinterpretaron. Yo sólo estaba dando la definición. Personalmente pienso que no hay diferencia si provienes de una familia de "sangre pura" o de una familia muggle. Lo que importa es la persona, no su herencia.

—Estoy totalmente de acuerdo contigo, Punz —dijo Johnny, y miró a Eep—. No te apachurres por eso. Mi padre me dijo que no hay familia de magos y brujas cuya sangre sea pura por completo. Yo soy mestizo. Mi madre es muggle. Aunque hubo un tiempo en que era difícil ser un mago nacido de muggles.

—¿Peligroso?

—¡Ah, seguro tú no lo sabes! —se palmeó la frente—. Bueno, ya lo veremos en Historia de la Magia, pero en resumen, existió un mago tenebroso al que todos temían. No podían nombrarlo siquiera. Ahora no hay problemas, pero antes decían que si pronunciabas su nombre, él te mataría. Cometió muchos crímenes contra los muggles o los que no seguían sus creencias. Se le conoció como Lord Voldemort, o quien-tú-sabes.

—¿Qué le pasó a Lord Voldemort? —preguntó Eep llena de una repentina curiosidad.

—Harry Potter lo derrotó —dijo Johnny—. Él es uno de los más grandes héroes de la historia moderna. Gracias a él los tiempos han cambiado y ya a nadie le interesa si tu sangre es pura o no.

—¡Eso es asombroso! —sonrió—. ¡Quiero saber más! Todo suena tan interesante. Quiero aprenderlo todo. Desde cómo volar hasta cómo convertir una lechuza en una motocicleta. Mi madre me compró una buena escoba cuando fuimos al Callejón Diagon. Aunque no pudimos adquirir una lechuza. Siempre quise tener una mascota.

—Puedo prestarte a Pascal si quieres —ofreció Rapunzel señalando a su hombro donde el camaleón dormitaba.

—¡Nunca había visto un camaleón! —saltó Johnny tan enérgicamente que Pascal se despertó de golpe poniéndose de un color blanco—. ¡Lo siento!

—Descuida, Jonathan, Pascal estará bien —dijo Rapunzel tomando a la criatura entre sus manos—. Pascal ha estado conmigo durante muchos años. Me lo regaló un amigo de mi padre.

—Yo sólo tengo una rana —dijo Johnny metiendo una mano en su bolsillo del pantalón y sacando una rana diminuta de color verde con puntitos dorados—. Se llama Froppy.

—¿Está muerta? —preguntó Eep pues el anfibio no se movía.

—Siempre se la pasa durmiendo. No es nada del otro mundo, y por eso siempre la llevo en el bolsillo—explicó volviendo a colocarla en su lugar—. No es una gran mascota, pero también puedes contar con Froppy si necesitas de una mascota, Eep.

—Gracias, chicos —dijo ella.

De pronto fueron sumergidos en una densa nube oscura. En el exterior se escucharon las quejas de los estudiantes que buscaban a la señora del carrito, que tropezaban por no ver nada.

—Polvos peruanos de oscuridad total. Una broma muy básica —dijo Johnny para alivio de Eep que había creído que algo malo había ocurrido.

La oscuridad no duró demasiado. La luz regresó. Eep les preguntó si se trataba de un hechizo difícil o fácil de hacer.

—Los venden en Sortilegios Weasley —explicó Johnny mientras sacaba su ración de polvos del otro bolsillo que no contenía a su rana—. Son la cosa más fantástica que podrás tener. Bueno, en Sortilegios Weasley encontrarás muchas cosas fenomenales. Compré una caja de pastillas que te inducen el vómito y jalapeños mordedores. Me gustan las bromas, aunque cuando probé un jalapeño mordedor, se me quitaron las ganas de incluirlos. Son terribles.

—Así que esto vendían en esa tienda —pronunció Eep, viendo los objetos con fascinación. Le rogaría a su madre que la llevara a Sortilegios Weasley a comprar unas cuantas de esas cosas maravillosas.

—¿No has entrado a Sortilegios Weasley? —preguntó Johnny con incredulidad.

—El presupuesto que tenía alcanzaba para el material del colegio y nada más —espetó Eep brindándole una furiosa mirada—. Además, tuvimos que comprar rápido, por lo que no pude entrar en todas las tiendas que quería, siquiera para ver que había adentro.

Johnny lució apenado. Sus mejillas se sonrojaron y emitió una pronta disculpa. El ruido de personas corriendo llamó su atención. Por la puerta pasaron dos niños corriendo y riendo fuertemente de cabello rubio y estaban siendo perseguidos por tres prefectos.

—Creo que ellos fueron los de los polvos —dedujo Rapunzel.

—Tienen cara de que pertenecen a Slytherin —pronunció Johnny.

—¿Eso es malo? —dijo Eep. Slughorn no le había contado nada sobre que una de las casas en Hogwarts fuera mala.

—Bueno, ya sabes, hay cuatro casas en Hogwarts, pues dicen que la peor es Slytherin porque han salido muchos magos y brujas tenebrosos de ahí. Además durante el final de la Segunda Guerra Mágica, se negaron a luchar en el bando de Harry Potter y se ocultaron en las Mazmorras del castillo.

—Eso fue muy cobarde —comentó Eep.

—Así es —asintió Johnny—, ¡por eso yo iré a Gryffindor! Es la casa de los valientes. Harry Potter fue elegido en esa casa también. Y dicen que si eres pelirrojo las posibilidades aumentan.

—¿Y eso que tiene que ver? —volvió a preguntar Eep.

—Hay una familia mágica, los Weasley, que perteneció a Gryffindor durante muchas generaciones. Todos tenían el cabello pelirrojo, así que el Sombrero Seleccionador tendrá que elegirme en esa casa —dijo Johnny, cruzándose de brazos a ver quién tenía el valor de rebatirle su lógica aplastante—. ¡Me convertiré en el nuevo héroe del mundo!

—Yo iré a Slytherin —dijo Wee con indiferencia. Eep lo miró con extrañeza, ese chico no lucía como un mago tenebroso—. Mi familia ha pertenecido a esa casa por generaciones. No todos los Slytherin son malos, cabe aclarar. Mi padre no estuvo de parte de Lord Voldemort cuando regresó. Prefirió irse a África para evitar conflictos. Fue una estrategia de supervivencia, no cobardía.

Johnny lo observó sorprendido. Notó que desde que había conocido a Wee, no le había interesado demasiado en preguntarle más cosas acerca de él. No era como si de repente saber que la familia de Wee perteneciera a Slytherin cambiara algo.

—Aun si vas a Slytherin, te seguiré hablando, Wee, me caes muy bien —prometió Johnny—. Y ustedes, Punz, Eep, ¿a qué casa creen que irán?

—Mi padre fue Gryffindor y mi madre a Ravenclaw, así que será alguna de esas dos —contestó Rapunzel.

—Pues mientras no me regresen a mi casa, cualquier casa está bien para mí —dijo Eep, encogiéndose de hombros.

—Pues aunque terminemos en casas diferentes, quiero que sigamos hablándonos, ¿les parece? —levantó su mano en puño. Rapunzel y Wee no estaban familiarizados con el pequeño ritual, así que Eep les mostró que tenían que chocar con su puño el de Johnny para sellar el pacto—. Desde hoy seremos amigos y no importa en qué casa nos quedemos siempre lo seremos.

El resto del transcurso, Rapunzel y Johnny se la pasaron contándole a Eep lo que había sucedido hacia más de una década atrás. Ella escuchaba con completa atención, maravillándose de la historia del valiente héroe que había derrotado a Lord Voldemort en múltiples ocasiones, ¡incluso siendo un bebé! Por supuesto, era obvio que las historias que compartían contenían algunas mentiras, hechos que habían sido malinterpretados o que simplemente se añadieron conforme pasó el tiempo.

Cuando se percataron que faltaba poco para llegar, decidieron ponerse el uniforme. Primero lo hicieron Johnny y Wee, y después les dejaron el vagón vacío para que ellas se cambiaran. Eep sintió una mezcla de emoción y nerviosismo al ponerse la túnica negra. De alguna manera descubrió que todo el tiempo había estado esperando que fuera un sueño, del que se despertaría para encontrarse con el techo y las paredes grises de su habitación en Stanhope.

"Soy una bruja", se dijo con harto regocijo.

Una voz retumbó en el tren.

—Llegaremos a Hogwarts dentro de cinco minutos. Por favor, dejen sus equipajes en el tren, se las llevarán por separado al colegio.

Ya casi llegaban. Johnny y Wee regresaron al vagón, pero Eep estaba demasiado emocionada como para quedarse quieta. Tenía ganas de recorrer el tren de un lado a otro, ver de cerca la locomotora y hablar de magia con cualquiera que le diera la oportunidad.

El tren aminoró la marcha, hasta que finalmente se detuvo. Eep y Johnny empujaban ansiosamente a los demás para salir al oscuro andén. Rapunzel y Wee los seguían de cerca. Era una noche particularmente fría. Entonces apareció una lámpara moviéndose sobre las cabezas de los alumnos.

—¡Primer año! ¡Los de primer año por aquí!

Eep boqueó sorprendida al ver a un hombre muy alto, mucho más que su padre. ¡Incluso era más ancho que Grug! Tenía una tupida barba marrón que le cubría el rostro dejando ver apenas unos ojos negros.

—¡Es Rubeus Hagrid! —chilló con emoción un alumno de primero.

—¿Rubeus Hagrid? —preguntó Eep a Johnny—, ¡no me contaste sobre él!

—¡Es que hay tantas cosas que no se puede hablar de todas, Eep! —dijo Johnny.

—¿Hay más de primer año? —preguntó Hagrid observando el pequeño grupo de niños que temblaban sin control—. Síganme y miren bien a donde pisan.

Tropezando y a tientas, siguieron a Hagrid por lo que parecía un estrecho sendero. Además del frío, estaba tremendamente oscuro. Eep supuso que estaban rodeados de árboles muy tupidos cuando Johnny no vio una raíz y se cayó. Un niño regordete chocó contra ella. Pero Eep no tuvo tiempo de decirle nada porque él le pidió una rápida disculpa y se alejó murmuraron un montón de cosas que no logró entender.

—En un instante, tendrán la primera visión de Hogwarts —exclamó Hagrid, viéndoles por encima del hombro—, justo al doblar esta curva.

Eep se adelantó al grupo cuanto pudo. No había pensado que vería tan pronto el lugar donde estudiaría magia durante siete años. El profesor Slughorn había comentado que Hogwarts era un castillo grande. Pero no dijo nada más que pudiera darle a Eep una idea exacta. Y qué bueno que no lo había hecho. El sendero estrecho se abría al borde de un gran lago negro. Del otro lado, en la punta de una alta montaña, con sus ventanas brillando bajo el cielo estrellado, había un impresionante castillo. Era lo más hermoso que Eep había visto en su vida.

—¡Tienen que subir a esos botes! —indicó Hagrid señalando una flota de botecillos alineados en el agua, en la orilla—. ¡No más cuatro por bote!

Rapunzel, Wee, Johnny y Eep subieron en uno. Hagrid ocupó uno entero él solo, y cuando se aseguró que todos habían subido, dio la señal para que la pequeña flota se movilizara.

El transcurso fue silencioso. Eep no podía despegar la mirada del castillo, al igual que Johnny. Wee estaba ido en sus pensamientos y no prestaba atención particular a nadie. Rapunzel echó un vistazo discreto al bote de al lado. Un niño estaba metiendo su dedo anular en el agua oscura, congelando la superficie ligeramente.

—¡Bajen las cabezas! —dijo Hagrid cuando la flota alcanzó el peñasco. Todos agacharon la cabeza. Pasaron a través de una cortina de hiedra, la cual ocultaba una ancha abertura en la parte delantera del peñasco. Navegaron por un túnel oscuro que los conducía a un sitio debajo del castillo hasta que llegaron a una especie de muelle subterráneo, donde tuvieron que trepar por entre las rocas y los guijarros.

—¡Esto es fabuloso! —exclamó un niño con largo cabello rubio platinado. A su lado, una niña parecida a él, salvo por tener el cabello amarrado en tres largas trenzas, sonrió—. ¡Qué bueno que no nos contaron nada!

—¡Será toda una locura cuando descubramos todos los pasadizos que oculta este viejo castillo, Tuff! —dijo ella.

—Y que lo digas, hermana.

El niño que había chocado con Eep no paraba de balbucear. Lo acompañaba un chiquillo muy delgado y bajito como para tener once años, que podía entender lo que decía al parecer.

Subieron por un pasadizo en la roca, detrás de la lámpara de Hagrid, saliendo finalmente a un terreno de césped suave y húmedo, a la sombra del castillo. Escalaron unos escalones de piedra y se reunieron ante una gran puerta de roble. Hagrid levantó un gigantesco puño y llamó tres veces a la puerta del castillo.

La puerta se abrió.

Un mago alto, de cabello negro y túnica color azul zafiro, esperaba allí. Tenía una expresión tranquila con una sonrisa alentadora. El primer pensamiento de Eep era que se parecía a su bobo profesor de primaria, un hombre del que los alumnos se burlaban seguido. Sin embargo, en cuanto se percató de las expresiones de admiración en los rostros de algunos de sus compañeros, lo pensó mejor. Quizás se trataba de una persona importante como Harry Potter.

—Los de primer año, profesor Longbottom —dijo Hagrid.

—Muchas gracias, Hagrid, yo les llevaré al vestíbulo —dijo Neville cordialmente—. Por cierto, gracias por conseguir más repelente. Esas babosas carnívoras casi echan a perder las berzas que tienen que estudiar los alumnos este año.

—Puede ser mi imaginación, pero pienso que cada año se hacen más resistentes al repelente —dijo Hagrid—. Creo que le pediré al profesor Slughorn que me ayude a mejorar el repelente. A esta paso, podría haber una invasión.

—Espero que eso no pase —comentó Neville. Luego notó que los niños estaban muy metidos en la charla que mantenían. Sonrió—. Sean bienvenidos a Hogwarts. Creo que algunos de ustedes ya me conocen, pero me presentaré formalmente. Soy Neville Longbottom, soy el profesor que les enseñara Herbología.

Hubo pequeñas ovaciones de admiración. Un estudiante incluso se hiperventiló (el mismo que había estado balbuceando todo ese tiempo).

—Al menos, él sí parece conocer bien tu nombre y quién eres —dijo Hagrid.

—Harás que me sonroje frente a los chicos de primer año. Pensarán que soy un creído arrogante.

—Para nada, Neville —espetó—, ellos nunca podrían conocer a un mejor profesor que tú.

Neville sonrió con modestia.

—Bueno, ya no te quito más tiempo. Nos vemos luego, Neville

—Hasta entonces, Hagrid. —dijo. Cuando Hagrid se fue, Neville abrió la puerta totalmente. El vestíbulo de entrada era tan grande que Eep creyó que su casa cabría tres veces allí. En las paredes había resplandecientes antorchas, el techo era tan alto que no se veía y una escalera de mármol conducía a los pisos de arriba. Neville habló con ellos durante el camino—. No se pongan nerviosos, ni crean lo que los otros chicos les han dicho sobre lo que va a pasar. Cada año lo cambiábamos para que nadie sepa antes lo que le espera.

—¿Nos harán una prueba? —preguntó el chico balbuceador.

Neville se rió.

—Para nada. Sólo estaba bromeando. Nada ha cambiado desde que yo estudié aquí, al menos no lo que pasa en la selección.

—¿Es cierto que usted derrotó a Voldemort, señor? —preguntó una niña sin poder evitarlo. Llevaba el cabello en dos trenzas.

Siempre le tocaba responder a esta clase de preguntas. Las nuevas generaciones seguían alucinadas con lo que había ocurrido hace trece años. No le agradaba que la información terminara tan tergiversada, pero no podía culpar a nadie por esto (quizás a El Profeta y a los que aún creían que la guerra había sido una farsa). Lo que le alegraba era que los niños no sintieran miedo o temor por pronunciar el nombre de Voldemort. Ellos tendrían la suerte de no vivir una época oscura como le a su generación en su momento.

—No, ése fue Harry —respondió— aunque yo hice cosas mucho más impresionantes que él. Pero eso lo aprenderán en Historia de la Magia, si es que el profesor Binns deja de negarse a incluir la historia moderna en la materia.

—¿Podemos preguntarle directamente a usted, profesor Longbottom? —preguntó el niño gordito con esperanza.

—Si tengo tiempo, no veo el motivo de negarme —dijo. Neville los llevó a través de un camino señalado en el suelo de piedra. Eep escuchó el conjunto de voces que salían de un portal situado a la derecha (supuso que el resto de los estudiantes y maestros estaría allí), pero el profesor Longbottom los llevó a una pequeña habitación vacía, fuera del vestíbulo. Al reunirse allí, ya no pudieron fingir que no se sentían nerviosos—. Bueno, antes de que ocupen sus lugares en el Gran Comedor para que el banquete de comienzo, deben ser seleccionados para sus casas. La Selección es una ceremonia muy importante. Mientras estén en Hogwarts, sus casas serán como su familia. Sus clases las tomarán con el resto de la casa que les toque, dormirán en los dormitorios de sus casas y pasarán el tiempo libre en sus respectivas salas comunes.

»Hay cuatro casas en Hogwarts, son Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin. Cada casa tiene su propia historia, y cada una ha producido magos y brujas notables. Pero no me enojaré si quedan todos en Gryffindor. Es más, daré diez puntos a cualquiera de ustedes quedé ahí. Gryffindor fue la casa en la que fui seleccionado.

—¿En serio? —preguntó un niño de brazos fortachones.

—Claro que no, eso sería deshonesto —contestó—. Además de vivir con el resto de su casa, sus triunfos o infracciones a las reglas les harán ganar o perder puntos, respectivamente. Al finalizar el año, la casa que obtenga más puntos será premiada con la Copa de las Casas. La Ceremonia de Selección ocurrirá dentro de unos minutos. Mientras esperan, les sugiero que se arreglen un poco. Volveré cuando lo tengamos todo listo. Por favor, les pido que no se muevan de aquí. Hace dos años un estudiante creyó que sería muy gracioso irse a explorar un rato antes de la selección y no queremos que eso vuelva a suceder.

—Pues no debió decírnoslo, ahora me dieron más ganas de irme a explorar —dijo Tuff.

Neville lo miró fijamente, pero lo dejó pasar por tratarse del primer día. Cuando salió de la habitación el murmullo nervioso se incrementó considerablemente.

—No puedo creer que haya contestado a una de mis preguntas, ¡el profesor Longbottom es tal y como lo describe su biografía! ¡Fue una buena idea haberla leído antes de venir o no sé qué hubiéramos hecho al saludarlo y no reconocer quién es! —comentó el niño obeso con obvia emoción.

—Me gusta leer tanto como a ti, Fishlegs, pero tienes que calmarte —dijo su acompañante. En verdad era bajito, y su cabezota no ayudaba a su aspecto. Suspiró con cansancio cuando Fishlegs extrajo una libreta del bolsillo de su pantalón—. ¡Creí que la habías dejado en el baúl! Hablamos de esto, Legs, no quiero que crean que somos unos nerds sabiondos.

—Yo no te dije nada cuando sacaste tu libreta de apuntes en los botes.

—Eso fue distinto. Quería ver si podía al Calamar Gigante. Creo que las imágenes de él en los libros simplemente no lo hacen justicia.

—¿Lo ves? Es imposible para nosotros evitar ser nerds, Hiccup. Además, los apuntes son importantísimos. Sabes bien que podríamos necesitarlos cuando menos lo esperemos.

—Lo sé, pero no quiero llamar la atención de esa manera —dijo Hiccup.

—Por supuesto que no —interrumpió la voz alegre del mismo niño que había estado con el dedo metido en el agua oscura—, porque empezar a balbucear como lunático y apuntar cosas en una libreta como si se te fuera la vida en ello, no llama la atención. De no ser porque no quieres que creamos que eres un nerd, pensaría que lo que hacen sólo es un pasatiempo.

—Un pasatiempo nada divertido —pronunció su acompañante.

Hiccup les dirigió una mirada torva a los entremetidos. Eran dos niños, una de despeinado cabello marrón claro y piel pálida, y el otro con el pelo color castaño oscuro y una mueca que pretendía ser burlona. Estaba acostumbrado a tratar a ese tipo de mocosos. Donde vivía los había por montones.

—Creo que se les han acabado las palabras, Jackson —dijo el de la cara socarrona.

—Pues se supone que son nerds, ¿no? Tendrían que saber más palabras que las que contiene un diccionario —sonrió Jackson jugando con una vara larga entre sus manos. En una de las puntas se encorvaba como si fuera un gancho.

—Ignóralos, Hiccup —pidió Fishlegs que detestaba las confrontaciones porque usualmente terminaban en encuentros físicos que siempre perdían.

¿Qué importaba replicarles algo sumamente inteligente, si al final todo se reducía a golpear aquello que no habías podido herir con palabras? Hiccup y Fishlegs lo sabían muy bien, no por nada aún tenían moretones en los brazos y en el estómago de cuando Snotlout, el primo de Hiccup, se enojaba cuando lo dejaban como un tonto.

—Tienes razón, Legs, no perderé mi tiempo con un idiota —dijo Hiccup.

—Ay, le hace caso a su novio —comentó Jackson con tono conmovido—. Míralos, Gene, son tan tiernos.

—Yo diría que son algo espeluznantes, pero bueno, para gustos colores —se encogió de hombros, y luego agregó con una sonrisa—. Creo que a nuestro estimado nerd no le gustó tu comentario, hermano.

—¿Pero no lo has oído? Nosotros somos los idiotas, no él. Si nos responde luego de haber afirmado lo contrario, que no perdería tiempo tratando con idiotas, él pierde —miró a Hiccup y sonrió triunfante.

Hiccup apretó las manos en puños. Fishlegs tragó grueso e hizo otro intento por detenerlo. No lo diría de frente, pero Jackson y Eugene habían sido lo suficientemente listos como para usar lo dicho por su amigo como ventaja. No era usual que les pasara. Hiccup casi siempre ganaba las discusiones (que no incluyeran pelea física).

—El profesor Longbottom regresará en un momento así que terminen este asunto de inmediato —expresó Astrid Hofferson, mirándolos reprobatoriamente tanto a Jackson y Eugene como a Hiccup y Fishlegs.

—Alto, ¿quién te nombró guardián del orden, niña? —preguntó Eugene—, ¿y por qué te metes en lo que no te importa? ¿No te enseñaron modales?

La cara que puso Astrid bien pudo causarles pesadillas a niños más pequeños. En Eugene sólo que la tomara por una gruñona.

—Las reglas son claras. Todos debemos seguirlas. Nosotros debemos continuar con el legado de nuestros padres, ¡piensa en ello antes de hacer tonterías! —le gritó.

—Ehm… ¿cómo lo digo de una manera que no sea ofensiva? —Eugene chasqueó los dedos cuando fingió encontrar una respuesta—: no lo haré.

Astrid estaba contrariada. Eugene se puso frente a ella, con una sonrisa arrogante que ella tenía muchas ganas de machacar.

—No tengo porque hacerte caso, niña —pronunció—. Si quieres hacer lo que declaraste con tanta pasión, pues hazlo y ya. No te fijes en lo que otros hacen o no. No te incumbe.

—Astrid, aquí no —pidió su hermana menor, Heather, sosteniéndole de la muñeca. Su había percatado de la furia que ardía en los ojos azules de Astrid y debía hacer algo para detenerla.

—Quédate fuera de esto, Heather —espetó Astrid zafándose de su mano.

—Deberías hacerle caso a Heather —señaló Eugene— porque estás quedando como una loca que se mete en asuntos que no le atañen por razones que no tienen sentido más que para ti. En serio.

—No me trates como si fuera inferior a ti.

—Pues entonces ya corta esto porque lo único que haces es dejar que otros vean tus complejos —levantó las manos—. Siéntete bien de algo, al menos pudiste darle una salida limpia al espinazo de pescado de allá.

—No te librarás así de fácil, maldito gusano —espetó Astrid.

Heather inhaló fuertemente. Ya había notado que su hermana estaba demasiado enojada con Jackson y Eugene como para dejarlos ir impunemente. Así era Astrid. Sea cual fuera su justicia, ella siempre tenía que ganar. Perder no estaba en su vocabulario siquiera. Le dio espacio, pues sabía que Astrid, a pesar de no agradarle los métodos muggles, lo solía utilizar a falta de varita.

—¡Qué palabra tan fea acabas de usar! —exclamó Eugene boquiabierto. Jackson también contribuyó a la pulla, haciendo una expresión horrorizada—. Y yo que pensaba que la valiente y entrometida salvadora era una chica buena que no usaba palabras groseras como ésa. Estoy decepcionado, profundamente decepcionado.

—Ya cierra el pico.

—No dices que cerremos el pico, pero cuando Gene te dio la oportunidad de acabar con esto, no la tomaste. Me hace pensar que lo que quieres es imponer tu voluntad. Eres tan rígida, As-trid —dijo Jackson, pronunciando su nombre por sílabas como si estuviera hablando con un bebé.

Que no se dijera que Astrid no les advirtió. Agarró del suéter a Jackson, elevando su puño derecho dispuesto a impactarlo para borrarle la sonrisa idiota. Pero no pudo completar su meta. Su cuerpo se sintió extraño, como si no pudiera controlarlo.

—Los dejó unos minutos, y ustedes han creído oportuno iniciar una pelea —dijo Neville con la varita apuntando hacia Astrid—. Esto no es el comportamiento adecuado de jóvenes que comienzan su primer año —le quitó el hechizo de inmovilidad a Astrid. Ella dejó caer el puño hacia un lado y su mandíbula se apretó fuerte cuando observó a Jackson actuar como si nada malo hubiera sucedido—. Ya no hay tiempo para aclarar la situación ahora, pero esto no se quedara así. Ambos tendrán que ir a mi oficina para hablar, ¿entendido?

—Fuerte y claro, profesor Longbottom —dijo Jackson.

—Sí, profesor —asintió Astrid aguantándose el coraje.

Neville los hizo formarse en una fila y les ordenó seguirlo. Salieron de la habitación, volvieron a cruzar el vestíbulo, pasaron por unas puertas dobles y entraron en el Gran Comedor. Eep jamás había visto un salón tan espacioso y espléndido. Se había quedado con la boca abierta y los ojos brillando intensamente. El salón estaba iluminado por miles y miles de velas, que flotaban en el aire sobre cuatro largas mesas ya ocupadas por los estudiantes de grados superiores. En las mesas había platos, cubiertos y copas de oro (¡Qué cosa!, ella no había pensado siquiera que el oro pudiera usarse como vajilla). En la cabecera del comedor, en una tarima, había una gran mesa donde se sentaban los profesores.

Fishlegs chilló al mirar a cada uno de los profesores y no tardó en empezar a balbucear los nombres de cada uno de ellos.

—La directora McGonagall, luce como la describen en los libros. Es una lástima que ya no sea profesora de Transformaciones. Aunque leí que su suplente es igual de buena que ella, la tal Parkinson… incluso obtuvo el puesto de docente para Defensa Contra las Artes Oscuras también. ¡Eso es todo un logro! El profesor Flitwick nos enseñará Encantamientos, y el nuevo profesor de Astronomía, Sandman, aunque no pueda hablar es excelente en su materia. Tendremos Pociones con el profesor Slughorn, qué honor. Y tomaremos Historia de la Magia con Binns… espero no dormirme en sus clases. Ah, el profesor Norte, según lo que nos dijeron la clase de Vuelo se ha vuelto obligatoria desde que la directora McGonagall aprobó que los de primer año pueden unirse al equipo de quidditch. Por supuesto, no puedo olvidar al profesor Longbottom que nos dará Herbología —comenzó a recitar en voz baja—. ¡Oh, por Merlín!, también están los profesores que nos enseñarán las materias optativas en tercer año. La profesora Brown da Adivinación. La profesora Toothiana y su clase de Estudios Muggles. El profesor Bunnymund enseña Estudio de Runas Antiguas. Cuidado de Criaturas Mágicas está a cargo de Hagrid… oí que pocos optan por ésta, ¿por qué será? Las asignaturas de Alquimia y Aritmancia tienen profesores suplentes, aún no han decidido a quienes dar el lugar fijo…

—Fishlegs, silencio —chistó Hiccup y le dio un codazo.

Fishlegs ya no continuó balbuceando.

—Dicen que si noqueas a un prefecto y se lo llevas a Myrtle La Llorona, te cumple el deseo que quieras —le dijo en complicidad un chico de brazos musculoso a otro de piel morena.

—¿De quién escuchaste eso, Snotlout? —le preguntó.

Snotlout le miró con arrogancia, intentando dar la impresión de misterio.

—Tengo mis contactos. Tienes suerte de haberme conocido primero, Guy, nuestra amistad puede ser beneficiosa para ti.

—Si tú lo dices —dijo Guy sin ánimos de replicarle. No conocía muy bien a Snotlout —se lo había topado por casualidad en el tren—, pero tenía la impresión de que no era precisamente el tipo más paciente de todos.

Cientos de rostros los miraban. Algunos estudiantes murmuraban sobre los nuevos. Mientras que los fantasmas del colegio se paseaban entre las mesas. Eep se sintió muy nerviosa. Johnny y Rapunzel le habían contado acerca de Harry Potter, cuando tuvo que haberles preguntado sobre la selección. ¿Tendría que hacer una prueba frente a todos? ¿Qué tal si la fallaba y creían conveniente mandarla de regreso a casa?

Neville colocó un taburete de cuatro patas frente a los de primer año. Encima del taburete puso un sombrero puntiagudo de mago. Eep estaba confundida. Ese sombrero estaba más sucio y remendado que su ropa, ¿para qué lo usarían? ¿Tenían que sacar un conejo de él? No sonaba tan difícil.

Entonces, el sombrero se movió. Una rasgadura cerca del borde se abrió, ancha como una boca y el sombrero empezó a cantar:

"Oh, podrás pensar que no soy bonito,

Pero no juzgues por lo que ves.

Me comeré a mí mismo si puedes encontrar

Un sombrero más inteligente que yo.

Puedes tener bombines negros,

Sombreros altos y elegantes.

Pero yo soy el Sombrero Seleccionador de Hogwarts

Y puedo superar a todos.

No hay nada escondido en tu cabeza

Que el Sombrero Seleccionador no pueda ver.

Así que pruébame y te diré

Dónde debes estar.

Puedes pertenecer a Gryffindor,

Donde habitan los valientes.

Su osadía, temple y caballerosidad

Ponen aparte a los de Gryffindor.

Puedes pertenecer a Hufflepuff,

Donde son justos y leales.

Esos perseverantes Hufflepuff

De verdad no temen el trabajo pesado.

O tal vez a la antigua sabiduría de Ravenclaw,

Si tienes una mente dispuesta,

Porque los de inteligencia y erudición

Siempre encontrarán allí a sus semejantes.

O tal vez en Slytherin

Harás tus verdaderos amigos.

Esa gente astuta utiliza cualquier medio

Para lograr sus fines.

¡Así que pruébame! ¡No tengas miedo!

¡Y no recibirás una bofetada!

Estás en buenas manos (aunque yo no las tenga).

Porque soy el Sombrero Pensante."

Todo el comedor estalló en aplausos al terminar la canción. El Sombrero Seleccionador se inclinó ante la audiencia y luego se quedó rígido otra vez.

El profesor Longbottom se adelantó con un gran rollo de pergamino.

—Cuando los llame, deberán ponerse el sombrero y sentarse en el taburete para que los seleccionen —dijo—. ¡Alistair, Alicia!

Una niña con enormes lentes de fondo de botella y el cabello en un rígido peinado salió de la fila. Se colocó el sombrero y se sentó. Tras unos minutos, el sombrero gritó: «¡GRYFFINDOR!». La mesa más alejada a la izquierda, siendo recibida por el caluroso aplauso de sus compañeros.

—¡Babcock, Courtney!

—¡SLYTHERIN! —gritó de nuevo. Courtney se quitó deprisa el sombrero, haciendo una mueca de asco por lo sucio que estaba. Se dirigió con paso arrogante hacia la mesa de los Slytherin.

—¡Bomba, Mary Katherine!

Mary Katherine se sonrojó furiosamente cuando algunos se rieron al escuchar su nombre. Era una niña pelirroja de ojos verdes y muchas pecas, con un broche en forma de colibrí del lado izquierdo de la cabeza. Ella fue seleccionada para Gryffindor. A Gilbert Bourbon, un niño regordete con lentes, también fue a Gryffindor. Oswald Castell terminó en Ravenclaw.

Entonces Neville pronunció el nombre de Eep. El nerviosismo que había sentido se esfumó de golpe. Avanzó hacia el taburete, se colocó el sombrero y se sentó. Creyó que no pasaría nada hasta que casi salta al escuchar una vocecita en su oreja.

—Mmm, interesante. Veo mucho talento, una mente clara y sincera, muy curiosa y ansiosa por aprender de todo lo que te sería ideal para ti. Pero hay algo más en ti, algo que te hace diferente… ya sé dónde te pondré. ¡HUFFLEPUFF!

Eep sonrió y respiró aliviada. No le importaba estar en Hufflepuff, sólo le alegraba que por fin tuviera la seguridad de que no la harían volver a su casa (a menos que rompiera seriamente las reglas). La selección continuó. A Elena Craig, una niña de cabellos rubio caramelo y dientes de conejo terminó en Slytherin. Después le tocó a Wee Dingwall que fue seleccionado en la misma casa que Eep.

—¡Domani, Guy! —dijo Neville.

—¡RAVENCLAW!

Bajó del taburete, sonriendo con orgullo, seguido de la mirada recelosa de Snotlout que mascullaba maldiciones. El siguiente fue Mitch Downe, pelirrojo con mirada atontada y enormes frenos en sus dientes. Él quedó en Gryffindor.

—¡DunBroch, Mérida!

Una niña con una cabellera de rizos pelirrojos, tan esponjada que apenas se le veía la cara, se colocó con mucho esfuerzo el sombrero.

—¿Ella es alguna prima tuya, Victoire? —preguntó Eve Kwan, una buena amiga de Victoire Weasley, en tono bajito y tímido.

—De no ser porque su cabello parece un inmenso algodón rojo, diría que se parece a Lucy—admitió Victoire.

—Oh, curioso. Muy curioso. Veo un espíritu fuerte y una voluntad decidida. Ahí reside una búsqueda por libertad muy perseverante. Así es —dijo el sombrero.

Mérida revoleó los ojos.

—Corta el rollo, trasto viejo—apresuró, enojada—. Me estás apretando mucho la cabeza y está comenzando a darme una jaqueca. Si no me envías a Gryffindor ya, te voy a prender fuego.

El sombrero rió.

—Ya veo. Sé dónde tienes que ir… ¡GRYFFINDOR!

Felizmente Mérida aventó el sombrero al aire para ir corriendo a su mesa, donde sus compañeros se partían de la risa por ver a Neville cachando el trasto para que no cayera al suelo.

—¡Fitzherbert, Eugene!

—¡SLYTHERIN!

Eugene sonrió con satisfacción y bajó del taburete. Dejó el sombrero al siguiente en la lista para ir hacia su mesa, dedicándole una mueca arrogante a Astrid de paso. Astrid se colocó el sombrero y fue seleccionada para Gryffindor. A su hermana Heather, la envió a Ravenclaw.

—¡Haddock, Hiccup!

El amigo de Fishlegs tomó el sombrero. Había estado tan nervioso que casi se tropieza con su túnica (le quedaba demasiado grande).

—Ah, esto es claro como el agua. Inteligencia, y una capacidad buena para superar difíciles obstáculos —evaluó el sombrero—. Quieres demostrar que eres valioso… quizás Slytherin te venga bien. Ahí van los que ambicionan grandes cosas…

—Genial, un trasto viejo me conoce mejor que mi familia—pensó Hiccup recordando que Stoick se había negado a aceptar que su hijo era un mago. Por su padre, estuvo a punto de perder el tren a Hogwarts. Si Gobber no hubiera estado allí para ayudarle, ni siquiera habría podido salir de Berkshire. Tenía mucho que demostrar. Tenía que enseñarles a todos quién era…

—¿Pretendes mostrarte cuando no sabes siquiera qué eres?

La pregunta lo tomó por sorpresa, y aunque trató de responderla, las palabras no vinieron a él.

—Mmm, siendo así, entonces Slytherin no es para ti… ¡RAVENCLAW!

Hiccup soltó el aire que no sabía que había estado reteniendo. Se quitó el sombrero y avanzó con pasos torpes a la mesa de Ravenclaw. Fishlegs Ingerman le acompañó unos minutos después, aunque lo había esperado. Si había una persona más que perfecta para embonar en Ravenclaw, ésa era Fishlegs.

Luego le tocó a Snotlout Jorgenson, el primo de Hiccup, con quien el sombrero se tardó varios minutos en decidirse. Al final lo envió a Hufflepuff para la enorme frustración de Jorgenson, que había querido ir a Gryffindor o Slytherin. Como tenía una expresión terrorífica, sus compañeros evitaron hablarle para hacerle sentir bienvenido (parecía que en cualquier momento golpearía a alguien). Snotlout apretó los puños y, enfurruñado, se quedó mirando hacia la mesa de Ravenclaw, donde Guy y Hiccup parecían estar compartiendo los primeros saludos.

Eve Kwan fue enviada a Gryffindor.

—¡Drácula, Mavis!

Una menuda figura tapada con una larga capa de terciopelo morado avanzó hacia el taburete. Eep y Rapunzel la reconocieron como la persona desconocida que había ocupado un vagón ella sola. Manos blancas salieron debajo de la capa para desabrochar el broche de oro que la sostenía. La capa se deslizó hasta el suelo, revelando a una niña de pálida piel, cabello negro y enormes ojos azules. Un par de filosos colmillos se dejó entrever en sus labios cuando la niña sonrió hacia el profesor Longbottom.

Al parecer, Hogwarts admitió a una estudiante con relación a los vampiros.

Murmullos recelosos y miradas desconfiadas fueron dirigidos a Mavis. No se conocía antecedente alguno que indicara que un vampiro podía estudiar en un colegio de magia, así que ella se convirtió en novedad enseguida. El sombrero la eligió para Slytherin.

A Ferret Macintosh y a Manny MacGuffin, amigos de Wee Dingwall y Mérida Dunbroch, fueron seleccionados para Gryffindor cuando fueron sus turnos. Miranda Orson, una niña regordeta con el cabello castaño claro agarrado en dos trenzas, fue a Hufflepuff.

—¡Overland, Jackson!

Jackson no había demorado en ponerse el sombrero y sentarse en el taburete. Él sabía exactamente lo que buscaba. Los otros estudiantes se percataron en ese momento que Jackson no llevaba zapatos, y que al pisar dejaba marcas congeladas en el suelo. También la vara que llevaba era extraña, y que los profesores no le hubieran prohibido llevarla lo hacía todo más misterioso.

—Tú ya has tomado una decisión —dijo el sombrero, apreciativo—. Yo te habría enviado a Ravenclaw. Tu mente es asombrosa. Tus conocimientos son vastos. Sin embargo, tus ambiciones rigen todas sus acciones.

—Si es así, no pierdas más el tiempo y mándame a donde pertenezco—pensó Jackson.

—Si así lo quieres ¡SLYTHERIN!

Jackson se bajó del taburete, dirigiéndose a donde Eugene lo esperaba. Compartió una mirada cómplice con su amigo.

—¿Listo para lo que viene, hermano? —dijo Fitzherbert.

—Por supuesto, Gene —respondió con una gran sonrisa.

Después de Overland, Isaac Pearson y Marius Prince fueron elegidos para Slytherin también. A Deborah Peterson le tocó Gryffindor. Y a Mariska Tannen a Ravenclaw. A un niño flacucho y de largo cabello rubio llamado Gabriel Spencer, lo envió a Gryffindor. Los gemelos Tuffnut y Ruffnut Thorston terminaron en casas distintas; a Tuffnut le tocó Hufflepuff, y a Ruffnut, Slytherin. Fue un shock grande para ambos, pues siempre habían estado juntos, sin embargo, no había nada que hacer al respecto.

El último estudiante que terminó seleccionado en Gryffindor fue Reid Truman (un niño paliducho, de sonrisa estúpida y ojos azules que miraban todo con nerviosismo). Michael Sacher fue a Hufflepuff y Rachel Sinclair a Ravenclaw.

—¡Soleil, Rapunzel!

La larga trenza de Rapunzel atrajo la atención del comedor entero. Pascal se ocultó detrás, en la nuca de su dueña para pasar desapercibido.

—¡Cuántas sorpresas me he llevado esta noche! —dijo el sombrero cuando ella se lo puso—. Eres especial, sumamente especial. Tienes sueños hermosos y una mente curiosa, a pesar de esos recuerdos que te causan tanto dolor…

Rapunzel sintió mucha incomodidad. Sus padres le habían dicho que el Sombrero Seleccionador era capaz de ver más allá de lo superficial, por lo que no tenía que sorprenderle que hubiera visto sus memorias pasadas.

—Le ruego, mi señor, que no diga nada más, por favor —pidió.

—Está bien, sólo diré… ¡HUFFLEPUFF!

Rapunzel se obligó a sonreír. Le alegraba saber que iría a la misma casa que Eep y Wee. Le dio un vistazo a Johnny, quien estaba decidido a entrar a Gryffindor. Sin embargo, unos minutos después, el sombrero lo mandó a Hufflepuff. Con un encogimiento de hombros, Johnny aceptó de buena gana la decisión y se dirigió hacia donde sus amigos esperaban.

—Bueno, puedo ser un héroe aunque esté en Hufflepuff —dijo.

Cuando Victoire Weasley se puso el sombrero, aquellos que conocían la fama de su familia dedujeron que terminaría en Gryffindor como todos los Weasley. Teddy Lupin, sentado en la mesa de los leones, esperaba tenerla pronto con ellos. Sorpresivamente, Victoire no fue a Gryffindor, sino a Ravenclaw, rompiendo una tradición familiar de varias generaciones. Teddy pensó que Fred pagaría muchos galeones por verla.

El último en la lista fue Thomas Xarxus que fue enviado a Hufflepuff. Entonces le profesor Longbottom enrolló el pergamino y se llevó el Sombrero Seleccionador. Minerva McGonagall se había puesto de pie. Miraba con expresión severa a los alumnos, sin embargo, podía percibirse el brillo orgulloso en sus ojos.

—Sean bienvenidos a un año nuevo en Hogwarts —dijo—. Espero que este banquete permita que los de grados superiores den una explicación extensa de las reglas a los de primer año. No quiero más chicos de primer año tratando de noquear a los prefectos para llevarlos con Myrtle, ¿entendido? Bien, ahora que comience el banquete.

Fishlegs había leído que Dumbledore solía decir unas cuantas palabras alocadas para hacer aparecer la comida, pero se imaginaba que McGonagall no haría lo mismo. De todas formas eso poco importó cuando los platos en las mesas de pronto estuvieron llenos de deliciosos platillos. Eep babeó, asombrada por la cantidad de comida que había aparecido. No tardó en llenarse el plato con lo que estuviera a mano.

—Wow —dijeron sus compañeros cuando engulló una docena de salchichas en menos de tres minutos.

—Si no comes despacio, te dará una indigestión —le dijo Rapunzel extendiéndole una servilleta. Eep tragó de golpe lo que tenía en la boca y la miró.

—En mi casa como una vez al día. No me importa un dolor de estómago por comer demasiado.

—Lo lamento. No lo sabía, Croods.

—Llámame por mi nombre, Punz —dijo Eep—. No estoy molesta, sólo que estoy consciente de lo que podría pasarme si como apresuradamente. Pero asumo el riesgo. La comida es deliciosa.

—Podrías entrar a esos concursos de comida, Eep —dijo Johnny pasándole una charola con jugosos filetes bañados en salsa de tomate—. Ganarías.

Wee asintió a lo dicho por Johnny aunque él no supiera nada acerca de esos concursos muggles. Wee no se había servido demasiado, sólo un poco de tocino frito con pudín y unas cuantas zanahorias al vapor. En la mesa de Ravenclaw, Fishlegs comía chuletas de cerdo con salsa de carne y jugo de calabaza mientras leía su libreta de apuntes. Hiccup conversaba con Guy. Habían encontrado gustos similares entre ellos y mantenían una animada discusión sobre las asignaturas.

—No te preocupes, Hiccup, es difícil que los hechizos salgan perfectamente al primer intento, incluso a los hijos de familias de sangre pura —explicó Guy para después morder un pedazo de un bombón de menta.

—Así que es así. Cuando leí los libros que pidieron en la listo, no mencionaba demasiado sobre condiciones de sangre. Es un alivio saber que no hay nada porque preocuparse —dijo Hiccup mordisqueando una tostada embarrada con crema de avellanas.

—No hay diferencia entre un mago de linaje puro y uno nacido de muggles. Es sólo un concepto antiguo que no debería usarse ya —comentó Guy.

—Me sorprende no me repudies por ser hijo de muggles —Hiccup terminó su tostada, pero se notó que deseara comer algo más—. Fishlegs y yo nos topamos con una chica en el tren que nos dijo: "Típico de hijos de muggles", o algo así. Me hizo sentir un poco incómodo.

—Me da igual la pureza de la sangre. Ninguna familia de magos y brujas puede jactarse de no tener una sola gota de sangre no mágica en sus árboles familiares. Además, lo que importa es lo que hay aquí dentro —se golpeó el pecho— y aquí también —dijo señalándose la cabeza—. Así que no vuelvas a sentirte incómodo, Hiccup. De igual manera, haz leído todos los libros que nos piden y unos cuantos más por curiosidad, eso es raro, ¿sabías? Pocos lo hacen.

—Me gusta leer —dijo—, y cuando descubrí que era un mago no dude en aprender todo lo que pudiera. Mi padre no quería que me relacionara con el mundo de la magia, así que iba con Fishlegs para leer sin que intentara quemar mis libros o mis cosas para el colegio.

Guy expresó su estupefacción con un jadeo. No podía creer que un padre pudiera hacerle una cosa así a su hijo.

—Eso es terrible —interrumpió Heather en su conversación—. Oh, disculpen, no quería meterme, pero fue imposible no escucharlos. Lamento interrumpirlos.

—No es para tanto —Hiccup se encogió de hombros. Pretendió que no le avergonzaba que Stoick lo viera como un fenómeno por ser mago—. Eres la hermana de Astrid, ¿verdad?

—Duro, pero cierto —dijo ella—. Pido una disculpa por la actitud de mi hermana. No suele ser así a menos que se tope con personas tontas.

—Pues el tal Jackson tiene que ser un idiota de primer para haber obtenido esa reacción por parte de ella —comentó Hiccup.

—Ustedes son mellizas, ¿cierto?

—Así es —dijo Heather—, en realidad, mi cabello es rubio como el de Astrid, sólo que pedí a mi padre que le cambiara el tono. Antes nos confundían mucho, por lo que el cambio me ahorró muchos problemas.

—Me imagino que con su carácter, tu hermana no hace buenas migas con cualquiera —comentó Hiccup.

—Y que lo digas. Astrid no es fácil de convencer —dijo Heather.

Desde la mesa de Gryffindor, Astrid miraba con insistencia hacia donde estaba Heather. Le preocupaba haber quedado en casas diferentes. Astrid tenía como meta conseguir todos los triunfos posibles para su casa. Para traer orgullo a su apellido y a su padre. Bajó la mirada hacia su plato, no tenía hambre, pero tenía que comer si quería estar al 100% el día siguiente cuando comenzaran las clases. Miró de reojo a compañera de año, Mérida, que charlaba con Macintosh y MacGuffin sobre algo que no le interesaba.

—Pensé que terminarían en Slytherin como sus padres —dijo Mérida masticando sin ninguna delicadeza un trozo de ternera asada. Disfrutando no tener que sufrir las miradas reprobatorias de su madre Elinor sobre su falta de modales al comer—. Es una sorpresota.

—No tanto como tú viniendo a Hogwarts. Creímos que irías Beauxbatons, como quería tu madre —dijo Macintosh—. Tu padre sí que tiene agallas. No muchos pueden jactarse de cambiar la opinión de Elinor. Aunque admito que me hacía mucha ilusión imaginarte con la túnica de Beauxbatons. Acabas de romper mis ilusiones, DunBroch.

—Qué gracioso, Macintosh, sé bien que eres tú quien quiere ponerse esas túnicas aburridas. Quedarían bien con tu gran narizota.

—Peleen no ahora —pronunció MacGuffin, nervioso.

—No vamos a pelear, Manny—dijo Macintosh, quien era el único que podía entender lo que MacGuffin decía.

MacGuffin sonrió agradecido para concentrarse de nuevo en su plato con tiras de tocino y puré de papas.

—Bueno, al menos pasó algo bueno —dijo Mérida.

—¿Cómo qué?

—Cuando sus padres se enteren que han quedado en Gryffindor, gritarán tan fuerte que podremos oírlo hasta acá. Ya lo veo en El Profeta. Magos adultos casi se mueren por enterarse que sus hijos no quedaron en Slytherin.

—Espero que no envíen un vociferador —dijo Macintosh, imaginando al serio y estoico Lord Macintosh mandando una carta de las que saldrían sus gritos histéricos, culpando a Ferret por algo de lo que no tenía control.

—Al menos no fue Hufflepuff, como Wee, aunque le queda.

—Y que lo digas.

En la mesa de Slytherin, Jackson y Eugene ya habían logrado hacer migas con los otros miembros de su casa. Jackson era muy sociable y era muy gracioso. Eugene era recurrente con sus comentarios, siempre al blanco y salvaguardaba palabras inteligentemente, una habilidad muy apreciada por los Slytherin. Alejada del ruido, Ruffnut comía sola. Haber quedado en Slytherin no le molestaba, sino el hecho de que Tuffnut no estuviera allí también. No dependía de él, pero era un poco duro. ¿Qué era lo que los diferenciaba que terminaron así? Ya comprendía porque sus padres les habían dicho que les esperarían grandes sorpresas. Escuchó la risa estruendosa de Tuffnut en la mesa de Hufflepuff. Eso la instó a levantar la mirada para encontrarse con que su hermano había hecho amistad, al parecer, con Snotlout Jorgenson casi de inmediato.

—Ustedes dos son tan divertidos —la voz melosa de Courtney provocó que Ruffnut dirigiera su atención a donde la niña rubia hacia un esfuerzo por integrarse al grupo que rodeaba a Jackson y Eugene. Sintió algo extraño, pero decidió ignorarlo y seguir comiendo.

Enfrente de Ruffnut, Mavis comía una cosa que parecía panqueques con lombrices. Marius e Isaac pusieron cara de asco, pero la vampira los ignoró, disfrutando de su cena.

—¿Cómo puedes comer eso, Drácula? —preguntó Elena Craig, sintiendo nauseas.

—Es mi comida favorita después del queso a-grito —dijo, devorando otra porción de panqueques con lombrices vivas que revolvió las entrañas de Craig.

—Creo que voy a vomitar —informó. Los que estaban a sus lados se apartaron un poco por si cumplía su amenaza.

Cuando el banquete finalizó y la profesora McGonagall se puso de pie de nuevo, informó que estaba prohibido acercarse al pantano que ciertos gemelos Weasley habían dejado años atrás. No podían entrar al Bosque Prohibido. El celador Filch —demasiado viejo ya para ostentar su cargo, pero que había pedido que no le quitaran el empleo— pidió que se recordara que no se puede hacer magia en los recreos ni en los pasillos. Las pruebas de quidditch serían diferentes este año, ya que los de primer año que pasaran la clase de Norte podrían presentarse.

—¡Y ahora, como ya es tradición en el colegio, y antes de ir a dormir, entonemos una canción! —era la primera vez que la voz de McGonagall sonaba con un poco más de emoción. Ella agitó su varita, como si tratara de atrapar una mosca, y una larga tira dorada apareció, se elevó sobre las mesas agitándose como una serpiente para luego transformarse en palabras.

—¡Y a cantar! —animó Minerva.

"Hogwarts, Hogwarts, Hogwarts,

enséñanos algo por favor.

Aunque seamos viejos y calvos,

o jóvenes con rodillas sucias,

nuestras mentes pueden ser llenadas

con algunas materias interesantes.

Porque ahora están vacías y llenas de aire,

pulgas muertas y un poco de pelusa.

Así que enséñanos cosas que valgan la pena saber,

haz que recordemos lo que olvidamos,

haz lo mejor que puedas, nosotros haremos el resto,

y aprenderemos hasta que nuestros celebros se consuman".

Cada uno terminó como pudo. Unos cantaron tan fuerte que lastimaron los oídos de los que estaban cerca. Tuffnut hasta se paró en la mesa. Cuando la canción terminó, McGonagall pidió a los prefectos que llevaran a los de primer año a sus respectivos dormitorios.

Adrian Flint era uno de los prefectos de Slytherin. Tenía trece años, y la razón por lo que ostentara un título de prefecto a esa edad, era por sus altas notas. Se le consideraba un prodigio y uno de los estudiantes más brillantes de todos los tiempos. Rebeca Robinson también era prefecta. Era una chica guapa de quinto año, de piel morena y largo cabello castaño. Llevaron al grupo de primero hacia las Mazmorras. Rebeca les explicó qué era lo que les esperaba siendo alumnos de Slytherin.

—Después de la Segunda Guerra Mágica, la casa de Slytherin no quedó en una buena posición. Eso se ha ido agravando con los años. Las otras tres casas se han unido con una meta en común: jodernos la vida. No esperen justicia en Hogwarts. Pocos profesores hacen caso a las quejas de los Slytherin. Sin embargo, no es como si estuviéramos desprotegidos. Hemos creado reglas que deben seguirse si quieren hacer de su estancia aquí más agradable.

—Regla uno, nunca vayan solos a cualquier sitio. Hemos acordado con los grados superiores de nuestra casa que estén al pendiente de los novatos. Las bromas son usuales, y no crean por un instante que son inofensivas. A Atenedora Gray casi le dejan ciega —explicó Adrián—. Regla dos, no vayan con los profesores Bunnymund o Brown si alguien les hace algo. Ellos los van a ignorar, o en el peor de los casos, harán que se disculpen con sus victimarios. Los demás profesores tampoco sirven para algo, excepto por la profesora Parkinson. Ella está de nuestro lado. Regla tres, la contraseña se cambia regularmente, depende si los de las otras casas atrapan a uno de nosotros para sacársela con métodos poco ortodoxos. Nuestra contraseña actual es No te metas con las serpientes.

—¿Eso es en serio? —preguntó Mavis.

—Regla cuatro, entre los Slytherin las mentiras están prohibidas —contestó Rebeca—, por lo que puedes confiar que lo que te decimos es cierto.

—Y por último —dijo Adrian cuando finalmente llegaron a lo que parecía la entrada a su salan común—, somos Slytherin. No hay orgullo en eso en la actualidad, pero tampoco es un castigo. Somos lo que somos, y no nos interesa lo que el mundo piense de nosotros. La regla cinco es para mantenernos unidos, para ayudarnos entre sí. No nos portamos como idiotas con los de nuestra casa, ¿entendido? Bien, espero que la primera semana no tengamos que hechizar a nadie que se crea moralmente superior a nosotros por no ser Slytherin.

No te metas con las serpientes —dijo Rebeca. Una entrada oculta se abrió, revelando un largo pasillo oscuro, iluminado con antorchas de color verde—. No crean que es un sitio donde practicamos magia oscura. Es más cálido de lo que parece.

Rebeca tenía razón. Si bien Slytherin no pudo hacer mucho por su reputación durante esos trece años, al menos los alumnos que habían sido seleccionados allí antes que ellos, dejaron un lugar más agradable. El verde imperaba, pero era contrastado por muebles de otros colores y distintas decoraciones. Incluso había un afiche dibujado a mano, donde Voldemort tenía pintados unos bigotes y moscas volando sobre él, como si apestara.

—Y tenemos una hermosa vista del Lago Oscuro, sólo no se asusten cuando pase al Calamar Gigante —les explicó Rebeca.

—Nuestras habitaciones son distintas a las de las otras casas. La privacidad es importante, por lo que Salazar Slytherin construyó habitaciones donde tres personas cupieran. Cabe aclarar que no son dormitorios mixtos, por lo cual mujeres y hombres no compartirán habitación —dijo Flint.

—Ahora que están al tanto de las reglas, lo único que me queda por aclarar es sobre nuestro trabajo como prefectos. Si tienen dudas o alguien se mete con ustedes, vengan a buscarnos a Adrian o a mí, o a cualquier prefecto de nuestra casa —pronunció Robinson.

—¿Harán algo al respecto? —preguntó Marius con interés.

La sonrisa de Adrián y Rebeca le erizó los pelos de los brazos.

—No querrás saberlo, Prince —respondió ella provocándole un escalofrío—. ¡Ah, es cierto! Verán, este año es especial porque se han abierto las pruebas para entrar al equipo de quidditch a estudiantes de primer curso. Esto sucedió porque los profesores notaron que algunos tenían mucho talento como para esperar al segundo año. Además una profesora insistió mucho en que cierta bruja hizo lo imposible por incluir a un chico de primero, rompiendo las reglas, por lo que la directora tuvo que ceder. Si desean entrar al equipo, Flint y yo los estaremos esperando dentro de un mes en el campo de quidditch. Aunque sólo será si logran pasar el examen de vuelo del profesor Norte.

Marius puso una cara pensativa, evaluando si presentaría la prueba o no. Isaac estaba en las mismas, pero ser tan pequeño y escuálido no le aseguraba un lugar en el equipo. Jack y Eugene compartieron una sonrisa cómplice.

—Será pan comido —dijo Eugene.

—Claro que sí, Gene —asintió.

Ruffnut pensó sobre la prueba. Sólo tenía una noción básica de lo que era volar en una escoba (ella y su hermano habían montado la vieja escoba de su padre, pero no había sido bueno, casi se mueren). Sin embargo, su madrina le había dado dinero para comprarse lo que quisiera, y ella se compró una escoba. El quidditch sonaba peligroso, lo que hizo la idea más atractiva. Quizás podía intentarlo.

Tal como los prefectos habían explicado, las habitaciones estaban acondicionadas para que tres personas se instalaran. Jackson y Eugene no habían quedado juntos, pero lograron convencer a sus compañeros para realizar un cambio logrando que su habitación fuera para ellos dos y no para tres. A Ruffnut le tocó compartir con Mavis y Courtney, y no era que le alegrara mucho. No soportaba a Courtney, y Mavis era muy tímida para su gusto. Al parecer, tampoco les agradaba a ellas dos. Bien, no era un gran problema. Podía estar sola.

Mavis no habló con Ruffnut, había visto su sonrisa diabólica cuando mencionaron lo del quidditch y prometió a su padre no juntarse con gente que luciera sospechosa. Así que se limitó a desempacar sus cosas sin siquiera mirarla. Lo único que escuchaba era como Courtney se quejaba de lo poco amplia que era la habitación y que no cabría ni la mitad de su equipaje.

En la Torre de Gryffindor, las compañeras de Mérida la miraban con diversión. Nada más llegar al cuarto ella se había arrojado a la cama y quedado dormido en una posición chueca.

—Creo que debería de despertarla —musitó Eve—. Se ve que está en una posición incómoda.

—DunBroch puede dormir como se le dé la gana. No debemos molestarnos en prevenirle un dolor de espalda —dijo Astrid, cepillando su cabello con fuerza—. No es nuestra responsabilidad cuidarla —replicó dejando el cepillo en la mesita y acomodándose para dormir.

Kwan hizo lo que Astrid le pidió. No quería contradecirla. Tras el banquete, Astrid había tenido que ir la oficina del profesor Longbottom junto a Jackson Overland. Ella no sabía exactamente lo que había ocurrido, pero Hofferson había llegado con un humor de perros y maldiciendo muchas veces el nombre de Jackson.

Mientras, en los dormitorios de Ravenclaw, Hiccup estaba sentado cerca de uno de los enormes ventanales, sus compañeros ya estaban dormidos y él debería estarlo, sin embargo quería mantenerse despierto un poco más para comprobar que no se trataba de un sueño. Es que realmente era algo alucinante. Nunca había creído que la magia existiera, y ahora, estaba en un colegio donde le enseñarían a usarla. Sonrió al recordar la incredulidad que sintió al leer la carta, pero su sonrisa fue borrada de inmediato por el recuerdo de la expresión que su padre puso cuando se enteró de la anormalidad de su hijo. No era como si su padre le mirara con orgullo antes, pues Hiccup nunca había cumplido con las expectativas de ser un Haddock. No tenía un cuerpo fuerte y era propenso a meterse en muchos problemas por sus alocadas ideas.

"No pienses en eso", se dijo ocultando su cabeza entre los brazos.

Esa noche la luna estaba en cuarto menguante y parecía que se burlaba de la pequeñez de Hiccup. Éste se levantó para irse a dormir. Necesitaría de todas sus fuerzas para soportar su primer día de clases.

En el sótano de la escuela, tras hacer que Johnny dejara de reírse por la manera tan graciosa que tenían los Hufflepuffs para entrar en su sala común, Rapunzel y Eep se habían ido a prepararse para dormir.

—Tu cabello es hermoso, Soleil —elogió Miranda. Rapunzel había soltado su trenza revelando un larguísimo cabello rubio, brillante y sedoso, al que cepillaba con todo el cuidado del mundo. Pascal ya estaba acurrucado en una de las almohadas en la cabecera.

—Debe de llevarte mucho tiempo peinarlo y trenzarlo —dijo Eep.

—Para nada —admitió—. Ya estoy acostumbrada, además es mejor tenerlo en una trenza. Si lo llevara suelto, lo pisarían.

—Eso es un crimen —dijo Miranda tocando uno de los largos mechones—, al menos puedes tenerlo suelto aquí, Soleil, te prometo que siempre me fijaré al caminar.

—Gracias, Orson —sonrió Rapunzel.

—Por las barbas de Merlín, estoy ansiosa por empezar —dijo Eep.

—Yo también —admitió Miranda.

—Entonces, es mejor que durmamos ya —indicó Rapunzel dejando el cepillo de cerdas de unicornios sobre la mesa. Se acomodó procurando no mover la almohada donde su camaleón dormía—. Buenas noches.

—Buenas noches, Punz —dijo Eep.

Bostezó y cerró los ojos.


Acá unas cuantas aclaraciones:

Como en ese tiempo no sabía cuál era el apellido de Rapunzel ni tampoco el nombre del reino, decidí crearle uno. Soleil es francés, y quiere decir Sol (cinco puntos por mi originalidad). El apellido de Guy también es inventado, porque, pues él no tenía. Domani es italiano, y significa Mañana. Como tampoco dijeron los nombres de los padres de Rapunzel (al menos yo no me enteré), les había puesto Erioll y Catleya, pero se los cambié por los que tienen en el canon.

El apellido de Johnny es Stein, y se lo puse al no conocer su apellido real (gracias por darnos ese dato hasta la segunda película, productores). En el canon es Loughran. Pero lo deje en Stein porque, rayos, ya saqué la tercera parte y sería medio cabrón cambiárselo tan de repente.

Sé que Heather es hermana menor de Dagur, pero ni modo, eso salió años después de que publicara esto en fanfiction. Por lo que Heather y Astrid son hermanas aquí (y además porque me desagradaba que el fandom tratara tan mal a Heather sólo por "interponerse" en el Hiccstrid).

Aunque esto se centra en The Big Four, habrá tramas alternas que incluyan a los demás personajes. Yo no me concentro en un solo personaje.

En esta primera entrega no hay parejas. De verás. Podrán encontrar uno que otro momento de una ship, pero nada más. Yo shipeo de todo, y sepan que no tengo nada en contra del canon, sólo que hice este fanfic principalmente para crear una infinidad de posibilidades para los personajes (y porque el canon me aburre después de un tiempo; en Danny Phantom, ya me harté del Danny/Sam y eso que los shipeaba intensamente). En lo que llevo de la tercera entrega, mis lectoras pueden pedirme escribir algo sobre su ship favorita y suelo dárselos.

Si tienen un personaje favorito de antemano les digo que no planeo irme por el lado bonito de la vida. Estoy escribiendo siguiendo preguntas como: "¿Qué carajos pasaría si Astrid conociera a Mérida, pero ella no le agradara porque, aunque comparten ciertos rasgos como la habilidad con las armas, en lo demás son diferentes como agua y aceite?"; intento mantener el IC como sea posible, pero creo que OoC es leve.

¿Y qué más? Ah, sí, verán referencias a muchos animes, series y caricaturas que veo. Y unas cuantas frases de autores que me he leído o que me han pasado. Principalmente de la saga "A song of ice and fire", y un montón de animes, mangas… la parte de la canción del Sombrero Seleccionador proviene de "Harry Potter y la Piedra Filosofal".

Ahora sí. Nos leemos luego.