Capítulo 2: Encuentro confuso

El sol del atardecer tinturó el cielo de colores anaranjados y rosados, indicando su pronta desaparición en el horizonte. La diminuta luna creciente se dejó entrever en la parte más oscurecida del firmamento, a la sola espera de poder mostrar su pequeña luz en cuanto terminara de caer la noche. Una suave y fresca brisa sopló, provocando un leve escalofrío en el hombre que había permanecido inconsciente por un par de horas. Debido a la ligera sensación de frío, su cuerpo se encogió por reflejo, percibiendo sus sentidos nuevamente el entorno que lo rodeaba.

Frunció su entrecejo y con algo de pesadez, volvió a abrir sus ojos, mostrando el matiz dorado que los caracterizaba. Un suspiro escapó de sus labios y cuando trató de incorporarse, sintió la debilidad de su cuerpo como si algo hubiese absorbido toda su energía. Un agotamiento que, posiblemente, sobrepasaba lo físico y se centraba en lo psíquico. Y, él sabía perfectamente el motivo.

Completamente desalentado, se levantó del piso y se pasó una mano por el rostro para terminar de despertar, detectando algo de humedad en sus mejillas. Sin mayor sorpresa, observó las gotas de agua salina sobre sus dedos y no pudo evitar esbozar una doliente sonrisa. ¡Qué patético! Debió haber llorado durante varias horas hasta quedarse completamente dormido junto al gran árbol sagrado. Afortunadamente, nadie lo había visto en ese terrible estado, de lo contrario se sentiría más deplorable de lo que ya estaba.

Enseguida detectó el portarretratos con la fotografía de su difunta esposa junto a sus pies y lo recogió de inmediato. La contempló nuevamente con esa profunda tristeza que oprimía su corazón cada vez que evocaba su recuerdo. Sin embargo, esta vez, al mirar los ojos chocolates de la sonriente joven, hubo algo diferente que le provocó una sensación de ansiedad en el pecho.

No supo definir la razón de tal angustia, pero creyó recordar vagamente un extraño y peculiar sueño... ¿una pesadilla? Hasta podría jurar que había sido real, pero era demasiado absurdo siquiera considerarlo. ¿Vender su alma a cambio de una nueva oportunidad para salvar a Kagome? Negó con su cabeza. La idea no era del todo tonta, pero era sencillamente imposible. No, aun cuando deseara esa pequeña posibilidad con todas sus fuerzas, no había manera de…

—¡Ya me voy, mamá! Vuelvo enseguida.

«Esa voz…»

Con ojos ensanchados, InuYasha alzó la vista y la dirigió rápidamente en dirección a la casa de los Higurashi. Su cuerpo entero se vio paralizado al tener, a escasos metros él, la figura de la persona que más amaba y que tanto había anhelado volver a ver desde el día del accidente. Allí estaba, alegre y sonriente, hermosa como siempre, su Kagome. ¿Pero cómo? ¿Estaría soñando?

Su corazón latió de prisa ante su simple presencia y sus sentidos reaccionaron de inmediato ante su cercanía, cuando pasó corriendo a su lado, aparentemente, sin percatarse de él. Por acto reflejo estiró sus brazos y la sujetó con fuerza, incrédulo y temeroso de que su perturbada mente le estuviera haciendo una cruel jugarreta.

—¡Kagome! —Instintivamente atrajo a la joven mujer a su cuerpo y la abrazó con fuerza y desesperación. No era una ilusión, era ella—. ¡Estás viva! —dijo con voz casi quebrada, volviendo a inhalar su tan añorado aroma a flores silvestres.

Sin embargo, muy al contrario de lo que el hombre había esperado que sucediera, la muchacha de cabellos azabaches lo rechazó desde el primer instante. De hecho, ella se alteró al verse atrapada por él y no dudó en revolverse y forcejear entre sus opresores brazos para soltarse de inmediato.

—¿Qué te pasa? ¡Suéltame! —exigió ella sin verle la cara, dándole un pequeño empujón para liberarse de su agarre y tomar su distancia.

InuYasha no comprendió nada de lo que estaba pasando. Confundido, observó a la hermosa joven delante de él, examinando rápidamente su rostro y detallando cada una de sus facciones a medida que se alejaba de él. Era Kagome, no cabía duda de ello; incluso su aroma era el mismo. Era ella y, no obstante, lo había tratado como a un perfecto desconocido.

«¿Por qué?…»

Cualquier jovencita, probablemente, habría gritado a todo pulmón para pedir ayuda o huido de regreso a su casa para llamar a la policía, pero Kagome siempre mostraba reacciones diferentes ante situaciones obvias. De hecho, ella se caracterizaba más bien por ser una chica curiosa, a veces de mal carácter, intrépida y que gustaba ayudar al prójimo. Contradictoriamente a lo que cualquiera hubiera hecho, ella se detuvo a unos metros del hombre y lo observó de reojo. Ella era consciente de la clase de peligros que existían en la actualidad y que no se podía confiar un 100% en los desconocidos, pero… él no le pareció un vil ladrón o un asesino en serie. Más bien parecía alguien perdido; él se veía aturdido por algo. Además, de haber querido hacerle daño, ya lo hubiese hecho, ¿no?

—Creo… creo que me estás confundiendo con alguien —resolvió la joven Higurashi, tras considerar el evidente desconcierto del hombre.

Sin dejar de lado la cautela, la azabache dio un par de pasos hacia atrás antes de darle, posteriormente, la espalda y bajar a paso rápido por las escaleras del templo.

—¿Eh? —InuYasha tardó unos segundos en reaccionar, pero cuando se dio cuenta del rápido alejamiento de su mujer, se alteró y corrió tras ella para darle alcance—. No, ¡espera, Kagome! ¡KAGOME!

El escuchar su nombre en boca de aquel extraño de cabellos largos, la estremeció. El miedo comenzó a hacer mella en ella, obligándola a empezar a correr. Esto no era normal, mucho menos que un desconocido supiera, aparentemente, su identidad. Quizás, hubiese sido más prudente llamar a la policía desde su casa, en lugar de otorgarle el beneficio de la duda.

No fue capaz de llegar demasiado lejos cuando sintió una fuerte mano apoderarse de su brazo, reteniéndola de su huida. Sin siquiera voltearse, supo que era el mismo hombre de hace unos momentos, pero ella ni siquiera trató de encararlo esta vez. Por el contrario, hizo un rápido ademán para liberarse del repentino e indeseado agarre y así poder continuar su camino.

—¡¿Qué es lo que quieres?! ¡Suéltame o gritaré! —advirtió enérgicamente, preparándose para correr hasta la próxima intersección.

La mujer miró rápidamente a su alrededor, detectando a un grupo de gente a menos de una cuadra, que se preparaba para cruzar la calle en el paso cebra. Tal vez, podría perder al hombre entre la multitud, sin necesidad de acudir a la violencia o tener que armar un escándalo. Sin embargo, si las cosas no mejoraban, sin duda, gritaría a todo pulmón.

—Kagome…

—¡Ya deja de seguirme, ni siquiera te conozco! —exclamó ella, dando por concluido el peculiar encuentro y emprendiendo su carrera.

¡Ni siquiera te conozco!

¡No te conozco!

Las últimas palabras de la azabache retumbaron con eco en la cabeza de InuYasha, apuñalando su corazón en cada imaginaria repetición. Permaneciendo en una especie de shock, el mundo a su alrededor comenzó a girar, tornándose la atmósfera opresiva. De verdad que no comprendía absolutamente nada de lo que estaba pasando. ¿Por qué Kagome no sabía quién era? Estuvieron casados, ¡maldita sea! ¡¿Qué clase de pesadilla estaba viviendo?!

Aturdido y con la mente en blanco, vio a Kagome alejarse rápidamente de él y desaparecer de su campo de visión. De pronto, pareció recordar aquel gran vacío y dolor que se había arraigado en su alma desde que ella lo había dejado definitivamente. La agonía de perderla para siempre y de no volver a verla jamás.

Un exhalo de sorpresa escapó de su boca. Desconcertado, abrió sus dorados ojos estrepitosamente, dándose cuenta de un detalle importante y que había olvidado en cuanto abandonó el templo para seguir a la joven… ¡Kagome estaba muerta! La habían enterrado esa misma mañana y… ¿Qué clase de broma era ésta? ¿Acaso se estaría volviendo realmente loco? ¿O tal vez sólo estaba soñando despierto, añorando que la mujer que había visto fuera ella sin serlo? Eso explicaría su constante evasión, pero...

—¡Una pandilla atrapada! ¡El alza de precios en los productos de primera necesidad! Lleve su diario y entérese de las últimas noticias.

Un viejo vendedor de periódicos llamó repentinamente la atención del oji-dorado. Curioso, se giró hacia él y dirigió su vista al estante de periódicos que estaban a la venta en ese momento. Instintivamente, buscó la fecha impresa con la mirada y lo que vio, ciertamente, lo descolocó.

—¿15 de abril del 2012? —susurró aún incrédulo.

—Así es, señor, son los últimos periódicos de hoy. ¿Desea comprar uno?

Conmocionado, InuYasha se sostuvo la cabeza y negó con un leve movimiento. Su mente se perdió momentáneamente en sus pensamientos, a medida que su cerebro trataba de asimilar toda la información. Esa fecha… Esa fecha era de hace dos años atrás. ¡Dos años! ¿Cómo era posible?

El eco de una risa macabra se dejó escuchar en alguna parte de su subconsciente. El recuerdo de aquello que había considerado tan sólo una peculiar quimera, producida por los absurdos anhelos de su corazón, lo golpeó de lleno. Una realidad imposible de imaginar y sin embargo, tan perceptible en estos instantes como el mismo aire que estaba respirando. A su mente llegaron varias de las frases dichas por aquel ser de origen infernal que se había presentado ante él, impactándolo con cada palabra dicha con su siniestra voz…

Dime, InuYasha, ¿de verdad darías tu valiosa vida con tal de volver a ver a tu mujer?... ¿Qué dirías si te digo que puedo cambiar el destino de esa joven?... Sólo soy alguien que quiere ayudarte a obtener lo que más deseas… volver en el tiempo para volver a ver a tu querida Kagome y salvarla de la muerte…

Estupefacto, InuYasha miró su mano, creyendo remembrar el tortuoso dolor en todo su ser al simple contacto físico con aquel demonio; el instante en que decidió entregar su alma a cambio de poder regresar en el tiempo.

¿Así que no había sido sólo un producto de su imaginación? Realmente había tenido una conversación con el mismo diablo y sellado un trato suicida con él. Una leve sonrisa irónica se dibujó en sus labios. Ni en sus más locos sueños hubiese imaginado que las cosas terminarían de este modo. De hecho, en ese momento había pensado que sería trasladado inmediatamente al lugar del accidente, quizás, un par de horas antes de que todo ocurriera. Pero… ¿dos años? Al parecer, ese demonio resultó ser mucho más condescendiente de lo esperado, a menos que tuviese algún otro malicioso plan en mente. Sí, esa era una temible probabilidad.

¿Por qué lo había regresado precisamente a esa fecha? Un día cualquiera, posiblemente, sin relevancia alguna y… ¡No! Ese día había sido el comienzo de todo. Un día que marcó su vida para siempre y de manera radical, alumbrando su oscura existencia con un cálido rayo de luz. El décimo quinto día de abril fue cuando conoció a Kagome. Hoy era el día en que ambos se vieron por primera vez. ¿Entonces era por eso? Kagome no lo había reconocido porque, en realidad, ¿el momento de su encuentro aún no había llegado? ¿Cuál era el objetivo de esto?

Y entonces, la revelación de aquella silenciosa respuesta lo golpeó con rudeza. Una verdad tan simple, pero que conllevaba la decisión más importante de su ahora limitada vida… el giro de sus acciones que lo definirían todo.

Aquel demonio le estaba dando la oportunidad de cambiar la trayectoria de su destino. Podía evitar conocer a Kagome y, por ende, no someterla a ninguno de los riesgos que tendría que pasar por estar a su lado… Si lo hacía, ella no tendría razón alguna para estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado y… morir. Sus vidas, simplemente, tomarían rumbos separados. Pero, ¿era eso lo que realmente había deseado al sellar su pacto? ¿Siquiera podría imaginar la idea de vivir alejado de ella y empujarla, posiblemente, a los brazos de otro hombre?

No, no podía. No lo soportaría. Él quería estar con ella y crear ese encuentro que le dio sentido a su mundo. Era egoísta, lo sabía, pero… pero…

Casi por reflejo, InuYasha miró su reloj de pulsera y vio la hora. Las manecillas indicaban exactamente las siete y veinticinco de la noche, lo que significaba que...

Pero recuerda, si llegaras a fallar y tu mujer terminara por cumplir con su fatídico destino durante este tiempo… ¡su alma me pertenecerá!

Como un flash, las últimas palabras del demonio chocaron repentinamente contra él. El rostro del oji-dorado cambio drásticamente, reflejándose el miedo en cada una de sus facciones al ser consciente de la vil trampa en la que había caído. A su memoria llegó también un fragmento de los acontecimientos de este día, palideciendo en el acto. Su corazón se agitó furiosamente y creyó sentir su cuerpo entero temblar.

—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó el vendedor de periódicos, el cual había estado presente en todo momento, siendo espectador de los extraños cambios fisionómicos del aturdido hombre.

Ignorando al anciano vendedor, InuYasha emprendió una desesperada carrera por encontrar a Kagome, llegando rápidamente a la intersección en donde la había visto desaparecer entre la multitud. Trató de concentrarse; necesitaba recordar urgentemente el lugar exacto en donde había sido su primer y singular encuentro. Si no llegaba a tiempo… No, ¡no quería ni pensarlo!

Casi por reflejo su cuerpo se movió entre la gente, abriéndose paso por varias cuadras. Frustrado, frunció el entrecejo y soltó una maldición en voz baja, mientras sus ojos se movían inquietos de un lado al otro. Sus presurosos pasos lo guiaron automáticamente hasta un gran cruce cebra en cruz cerca de una farmacia. La luz roja del semáforo cambió a verde para los peatones y cuando estuvo a punto de continuar su camino, la vio.

Sin embargo, esa sensación de alivio al finalmente encontrarla, no le duró más que una fracción de segundo. En el mismo instante en que la vislumbró, detectó un vehículo del otro lado, sin muchas intensiones de frenar ante la señal de tránsito y a punto de llevarse a cualquiera que estuviera por delante.

—¡KAGOME!

El instinto protector de InuYasha se activó de inmediato, llenándolo de la suficiente adrenalina para acortar la distancia entre él y la azabache en un parpadeo. De un tirón, la atrajo a su cuerpo y la envolvió en un fuerte abrazo, girando sobre su propio eje para esquivar ágilmente al imprudente conductor. Cual torero que evadía los cuernos de un furioso toro en la arena, realizó grácilmente su maniobra evasiva por reflejo, quedando él con su espalda dirigida hacia la calle y ella segura, cerca de la vereda.

Antes de saber lo que había ocurrido, Kagome se vio sorprendida entre los fuertes brazos de un hombre que la mantenía firmemente pegada a su cuerpo. Percibió el agitado vaivén de su fornido pecho, así como el claro retumbar de su corazón. Inmediatamente sintió sus mejillas arder debido a la vergüenza. Los murmullos a su alrededor la incomodaron, además de revelarle el hecho de casi haber muerto atropellada por un acelerado vehículo de no ser por esta persona. ¡Él le había salvado la vida!

—¿Estás bien? —inquirió InuYasha, inquieto, separándose ligeramente de ella para incitarla a que lo mirara.

Algo aturdida al escuchar la masculina voz del hombre, Kagome se atrevió a levantar la vista y, sin imaginarlo, su corazón dio un vuelco en su pecho ante el penetrante contacto con aquellos ojos del color dorado. ¡Hermosos, únicos y atrapantes! Por un instante, se sintió perdida e indefensa.

—Y-yo…

Unos orbes que transmitían tanta calidez y familiaridad, pero que también reflejaban miedo y preocupación. Cual imán sintió la atracción de su mirar, imposibilitada de despegar la vista de él o siquiera moverse de su lugar. Un sentimiento nuevo y temerosamente desconocido, pero al mismo tiempo, sumamente atrayente surgió dentro de ella. Un sentimiento que no supo explicar, ni definir en esos momentos. Tal vez, la curiosidad podría ser un buen justificativo.

InuYasha por su lado tragó fuertemente saliva al sentir su garganta terriblemente seca. Por un segundo, su mente había quedado completamente en blanco, no pudiendo hacer más que contemplar embelesado a la azabache. Instintivamente, descendió sus pupilas hacia los sonrosados y entreabiertos labios de ella, sintiendo el urgente impulso de besarla, estrecharla contra su cuerpo y decirle lo mucho que la había extrañado, pero dadas las circunstancias, no tuvo otra opción más que contenerse.

¡BIIIIIP!

La abrupta irrupción del agudo sonido de un claxon, rompió inmediatamente todo encantamiento, volviendo a InuYasha a sus sentidos y recordándole la angustia que había sufrido hace unos instantes a causa de Kagome. Sin siquiera proponérselo, la soltó, frunció el ceño, enojado, y exteriorizó su preocupación de la mejor manera que sabía hacerlo… gritando.

—¡¿En qué diablos pensabas, niña tonta?! ¡¿Acaso querías morirte?! —estalló entre reproches, sin pensar en nada más que la seguridad de ella. ¡Por poco y la perdía de nuevo!

—¿Q-qué? Yo… ¡Yo no hice nada! —Se defendió Kagome, tras salir de su estupefacción inicial. El repentino reclamo del oji-dorado la había tomado por sorpresa—. ¡Fue ese conductor loco que no respetó la señal!

—¡¿Qué no sabes que debes esperar a que los carros se detengan antes de cruzar la calle?!

—¡Eres un idiota! ¿Primero me persigues y luego me gritas? ¡¿Qué te pasa?!

—Keh, pasa que te salvé la vida, niñita —respondió InuYasha sin más, sintiéndose de cierta forma, victorioso—. Pero descuida, no tienes que agradecérmelo.

La azabache enmudeció e InuYasha se tuvo que morder la lengua para no continuar con sus estúpidos reclamos. Fue extraño, pues por alguna razón, no fue capaz de detenerse o controlar sus palabras. Todo había surgido de manera tan natural que, podía jurar que los acontecimientos y frases dichas se habían repetido de manera casi idéntica a lo que él recordaba.

—Bueno… pues gracias —dijo finalmente Kagome, después de analizar la situación, rompiendo con ello el incómodo silencio—. ¿Sabes? Creo que comenzamos con el pie equivocado —afirmó con una amable sonrisa, restándole importancia a todo lo anterior—. Soy Kagome Higurashi, aunque parece que tú ya lo sabes.

—Yo… yo sólo… —lo habían tomado desprevenido. ¿Qué responderle? No podía decirle que venía de algo así como el futuro, que era su esposo y que había tenido la oportunidad de cambiar su fatídico destino. Debía pensar en algo rápido—. Escuché tu nombre hace un tiempo por casualidad cuando fui a visitar el templo.

—¿Si? ¿Entonces es por eso? —Inquirió Kagome algo dudosa, escrutándolo fijamente—. Realmente me dio la impresión de que me conocías de alguna parte… parecías algo afectado.

—No soy bueno para relacionarme con las personas y… quería conocerte —indicó con un suspiro, esquivando rápidamente la mirada de ella. No estaba mintiendo en todo caso.

—Ya veo, pero todavía no me has dicho cómo te llamas.

—InuYasha… InuYasha Taishô.

—Muy bien, InuYasha, entonces… ¿te gustaría ir a tomar algo… a manera de agradecimiento?

El oji-dorado parpadeó un par de veces, dando un paso involuntario hacia atrás. Al hacer ese pequeño movimiento, sintió algo deslizarse del interior del bolsillo de su pantalón, quedando suspendido de una fina cadena de oro. Extrañado tomó el objeto en su mano derecha y lo observó con curiosidad.

«¿Naraku?» Leyó mentalmente sobre la cobertura del redondo objeto y un par de ojos rojizos se dejaron ver ante él a manera de fugaz destello.

Repentinamente, la aplanada tapa dorada se abrió, mostrando en su interior un reloj. Reparó en la hora que fijaban las puntiagudas manecillas y en su singular proceso regresivo que giraban en contra del tiempo, fuera de toda lógica. Notó también dos fechas señaladas en la parte media derecha del dial, una encima de otra. La una indicaba la misma fecha que había visto en la portada de aquel periódico y la otra era…

Fue en ese momento en que lo comprendió todo. Aun cuando quisiera evitarlo, había cosas que no podían ser del todo cambiadas. Su encuentro con Kagome en esa intersección y salvarle la vida en ese instante nunca fue y nunca sería una mera casualidad; era parte de su destino, de su historia para que se pudieran conocer… y enamorar.

—Ehmm... ¿sigues allí? —inquirió Kagome, tratando de llamar la atención del hombre al verlo tan sumido en sus pensamientos—. Entonces, ¿aceptas venir conmigo o no?

InuYasha volvió a alzar la vista hacia ella y sonrió.

—Claro.

Al parecer, las cosas se darían por sí solas a partir de ahora. Seguramente, sería vigilado constantemente por ese demonio e incluso sería sometido a una serie de trampas. Pero, aun si debía repetir y vivir toda su historia de nuevo, no se arrepentiría nunca, pues cada minuto al lado de la mujer que amaba, lo conservaría en su corazón y en su alma hasta el día de su muerte.

Continuará…

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N/A: ¡Hola a todos!

Antes que nada, ¡muchísimas gracias por todos sus comentarios! En especial a: Fireeflower, Raven Sakura, DannySaotome, bruxi, AyaAndPame, Marlene Vasquez, Gialeslie, Sele de la Luna, Kira Jaeger, Faby Sama, Karla222, lindakagome y inuykag4ever. No saben cómo me ha alegrado leer a cada uno de ustedes y saber que les gustara el comienzo de esta nueva historia. Espero seguir manteniendo su interés durante el trayecto n_n.

¿Qué les está pareciendo hasta aquí? ¿Qué creen que pase de aquí en adelante? ¿Naraku se mantendrá al margen o buscará mil maneras para estropear la vida de InuYasha? Sí, todos sabemos que es un demonio tramposo xD. Las cosas no serán nada fáciles para nuestro querido oji-dorado…

¡Besos y nos vemos en el próximo capítulo!

Con cariño,

Peach n_n