Nota de Autor:

Frozen, Tangled y demás personajes pertenecen a Disney. Esta es una obra de ficción y no es una historia apta para niños.

...

Un corazón helado

por Berelince

22 La Muerte

...

Elsa se estiró en la cama cuando despertó y se percató de encontrarse en su habitación, en Arendelle y no en algún punto del infierno como recordaba. Su primer impulso fue dirigir la vista al exterior. Un débil rayo de luz amenazaba con filtrarse por el resquicio de la ventana empañada y humedecida. Aún debían quedar unos minutos antes de la salida del sol. La muchacha se talló los ojos y exhaló un bostezo cargado de cansancio. Se levantó sólo para percatarse que no llevaba nada puesto en la parte superior de su cuerpo, por lo que se dio a la tarea de buscarse la bata para colocársela encima. La levantó de la alfombra y se la calzó, al tiempo que trataba de hacer memoria sobre los eventos que la habían hecho terminar ahí.

La muchacha chistó con molestia. No podía recordarlo.

Volvió la vista a su cama, tuvo que contener el impulso de gritar y de congelarlo todo.

—¡Dioses! ¿pero qué rayos? —exclamó para sí misma en un susurro sumamente agudo.

Había una joven desnuda en su lecho, una muchacha como de su edad de aspecto notoriamente extranjero con esa piel que se veía saludablemente bronceada y ese cabello castaño de aroma embriagante. Elsa le estudió las formas con suma mortificación. No tenía idea de su identidad, pero había despertado con ella en sus aposentos. La piel exhibía marcas de haber recibido atenciones demasiado apasionadas. La monarca se observó las manos temblorosas sin podérselo creer. Se llevó los dedos a su propio sexo confirmando sus temores... Definitivamente había dormido con ella.

Elsa se paseó nerviosamente con los brazos cruzados sobre el abdomen, ¿Qué se suponía que debía hacer? Estaba amaneciendo. Esconder sus poderes de hielo era una cosa, pero al menos cuando se había acostado con Kyla ella tenía la decencia de ya no estar ahí para cuando iniciaban las actividades del castillo. La muchacha en su cama parecía estar profundamente dormida. Elsa se acercó cuidadosamente para intentar despertarla.

—Oye...

La monarca casi saltó en su sitio cuando escuchó la llave destrancando su puerta. Se volvió, completamente aterrada, sujetándose la bata. Gerda estaba ahí llevando prendas limpias en las manos. La matrona aseguró la salida tras de sí, le dedicó una inclinación y dio los buenos días a su señora como si nada extraño estuviese ocurriendo.

—He de suponer que la pasó bien anoche —declaró la mujer colocándose las manos en la cintura, observó a la joven durmiente, enarcándole las cejas, meneó la cabeza como si su rubia señora simplemente no tuviese remedio.

—Ah... Bueno... Yo... —balbuceó Elsa apenadamente.

Su nana le chistó.

—No importa, niña, yo me encargo de esto —dijo desdoblando la ropa, mientras se acercaba a la joven desnuda para comenzar a vestirla—. No queremos armar alboroto justamente hoy, ¿verdad? —la recargó hábilmente sobre su regazo, pasándole las mangas de un blusón por los brazos. Se puso a abotonarla—. Entiendo si los eventos del día le han reblandecido el juicio, pero los dioses saben que la última doncella no fue muy discreta que digamos...

—¿La última? —exhaló la joven Arnadarl, enredándose las manos en el regazo.

Gerda la miró como si algo no estuviera bien con ella, echó un vistazo alrededor y pareció encontrarle perfecto sentido a todo cuando notó las copas y la comida dispuestas en la mesa.

—Imagino que su hermana tuvo que ver esta vez... —comentó con desaprobación—. La canasta de quesos y el vino tienen toda su firma, debió pasarse con la dosis si usted sigue tan afectada.

—¿Dosis? —soltó Elsa con los ojos muy abiertos—. ¿O sea que ella está drogada? —chilló en un susurro escandalizado. Se pasó las manos por la cabeza hiperventilándose—. Y tú crees que yo... Oh dios mío, esto debe ser algún tipo de broma.

—Tómelo con calma, alteza, está todo bien. Ya le he dicho que es mejor que Kai o yo nos encarguemos de los preparativos cuando surgen este tipo de... Actividades. Los dioses saben que la princesa tiene buenas intenciones la mayor parte del tiempo, pero a veces la sobrepasa el entusiasmo.

Elsa tenía un gesto de incredulidad tan nauseabundo, que le estaban dando arcadas.

—Creo que voy a vomitar... —soltó ahogadamente.

—Oh, no, mi niña, usted tiene que alistarse y bajar, hoy es un día importante —repuso la matrona por primera vez con algo parecido al escándalo.

—¿Tengo que hacerlo? —gimió Elsa nerviosamente—, ¿Por qué?

La matrona resopló con impaciencia.

—Pues, niña, claro que tiene que hacerlo. Su majestad fue muy específico. Dijo que la quería a su lado para supervisar las audiencias, imaginará que es en prevención a la cantidad de gente que espera recibir hoy que es el aniversario de la Reina.

Elsa frunció el entrecejo repasando mentalmente las palabras de su nana.

—Espera, ¿Qué? —inquirió gesticulando con las manos—. ¿No soy yo la... ¿Te refieres a mi madre?

—¿A qué otra persona podría referirme? —respondió la matrona encogiéndose de hombros.

Elsa exhaló, tuvo que sentarse para procesar aquello.

No tenía idea de cómo era posible, pero sus padres estaban vivos. Se mordió el labio sopesando sus posibilidades. Eso tenía que tratarse de un sueño, de una realidad mejor. ¿Acaso se trataba eso de una segunda oportunidad? O tal vez simplemente estaba muerta. Sintió el corazón acelerándosele y las lágrimas escociéndole tras los párpados cerrados.

—¿Se encuentra bien, mi niña? ¿Qué tiene? —preguntó la mucama colocándose a su lado.

—Lo siento, Gerda... —resopló Elsa limpiándose la cara—. Yo... Me siento un poco confusa hoy, es todo.

—Está bien, niña, tome un baño, relájese. Todo volverá a usted en unos minutos— le aseguró amablemente—. Le dejé todo listo en la pieza contigua. Yo me quedaré trabajando aquí. Verá que cuando vuelva, nadie podrá adivinar que ocurrió algo.

La muchacha le asintió. Se arrebujó en su bata y salió al pasillo para meterse al cuarto de baño, tuvo que esquivar a su hermana Anna, quién tenía toda la pinta de estar espiando lo que ocurría en el interior.

—¡Elsa! —balbuceó la muchacha cayéndose de sentón sobre el alfombrado—. ¡Yo quería, ah... Buenos días!...

—¿Anna? —exclamó la rubia, tendiéndole la mano para ayudarla—, ¿Qué es lo que estás haciendo aquí?

Elsa dudó un momento, ignoraba si su hermana y ella se tenían la suficiente confianza para tocarse. Finalmente, la pelirroja le agarró la mano y se puso de pie con una inocente risita.

—Lo siento, Elsa, pero me ganó la curiosidad —confesó apenadamente pasándose un mechoncito tras la oreja—. Nunca he... bueno tú sabes, aún no me imagino cómo es entre chicas.

Elsa se estremeció avergonzada, se arrebujó aún más en la bata, esperando que su cuello no estuviera exhibiendo alguna marca.

—No debería interesarte lo que ocurre en mis aposentos o en mi lecho. Eso es asunto mío —le soltó con seriedad—. ¿No te molestaba a ti cuando todo el mundo te preguntaba por el mechón blanco de tu pelo?

—¿Cuál mechón? —soltó la pelirroja, tocándose el cabello en su confusión.

Elsa agitó la mano.

—Ya sabes cuál, el que tenías a esta altura —le dijo señalándose la parte derecha de la cabeza—, solías decirle a la gente que un troll te había besado ahí.

Anna se estremeció al imaginarlo.

—Pero que idea tan asquerosa, ¿de dónde sacaste tal cosa? Mi cabello siempre ha sido así.

—Entonces yo nunca te...

—No tengo idea de lo que esperas que te conteste —concluyó la pelirroja cruzándose de brazos. Se sentó desvergonzadamente sobre una credenza con pinta finísima—. Entonces, ¿Cómo te fue con ella? ¿Tu magia está en orden?

—Mi magia... Está bien —comprobó la rubia observándose las palmas. Se sentía drenada de poder y perfectamente capaz de manejar el hielo de su interior. Enarcó las cejas al caer en cuenta—. Espera, ¿tú sabías que pasaría esto por pasar la noche con una doncella? ¿Cómo es que lo sabes?

—Uh, pues ¿porque lo haces desde los dieciocho? —soltó Anna encogiéndose de hombros—. A papá casi le dio un infarto ese primer ostara que te pasaste de copas y terminaste encamándote con esa chica delegada de Avalor, ¿recuerdas? —le dijo soltando una risotada—. ¿Cuándo tuvieron que suspender su viaje a Corona para resolver eso? Fue un chismorreo su ausencia en la presentación de la princesa perdida, pero habrían sido peores los rumores en Arendelle, ¿te imaginas?

El rostro de Elsa reflejaba el más profundo terror, pero su cerebro trabajaba a mil por hora absorbiendo la información que recibía.

Ella nunca congeló la cabeza de Anna y sus padres jamás recibieron funestas advertencias sobre su magia, Anna y ella parecían cercanas, así que debieron permitirle vivir de manera normal hasta que el problema a tratar fue su despertar sexual, el cuál parecían fomentar con suma inmoralidad, si bien aquel suceso había terminado salvándoles la vida, pues si lo que Anna le había mencionado era cierto, entonces el naufragio en el que perecieron, no se llevó a cabo.

Anna balanceó las piernas en el aire de manera inocente.

—Seguramente papá se arrepiente de haberte dado permiso de beber, pero oye, así descubrimos que tus poderes se mantienen a raya de esa forma. fue bueno dentro de lo que cabe, ¿no?

Elsa se quedó de piedra ante la lógica de su hermana, ¿A dónde se había ido esa inocencia tan característica suya?

La pelirroja ladeó la cabeza de manera intrigada

—¿Por qué tienes esa cara? —soltó sonriéndole con incredulidad—. ¿Te pasaste de tragos anoche y no sabes quién eres o algo así? —contuvo la respiración de manera escandalizada—. No me digas que tomaste de la botella tú también... ¿Estás drogada? —inquirió divertida.

Elsa negó con la cabeza, se acarició las sienes, reanudando su camino. Le apetecía mucho la idea de cortar esa charla e ir a meterse en la tina.

—No me digas que te sientes culpable otra vez —soltó la muchacha girando los ojos—. Elsa, si realmente quieres a Kyla Frei, escríbele y díselo, habla con ella o algo si quieres salir de la duda sobre sus preferencias. Me dijeron que es la sabia de la princesa Rapunzel así que es casi seguro que la verás aquí tarde o temprano.

Elsa se detuvo en seco conteniendo la respiración, se volvió ligeramente tratando de no sonar tan descorazonada como se sentía.

—¿Kyla está ordenada?

—¿También olvidaste eso? —se extrañó Anna enarcando las cejas—. ¿Elsa, estás segura que no quieres que te revise el médico real?, ahora si me estás asustando.

—Creo que es muy temprano para esto, Anna. Toda esta charla me está molestando.

—¿Sabes qué pienso? Que todo este asunto con Kyla es porque no has podido tenerla. ¿Por qué no arreglas algo con ella y te quitas de problemas? Hazle una propuesta indecorosa. Un polvo y ya, se te acaba la novedad y sigues con tu vida.

—Anna, lo que sugieres es horrible —atajó Elsa con desaprobación—, además, no podría... Ella tiene a quién servir ahora —dijo de manera terminante.

—¿Y eso qué? —soltó la pelirroja como si esa lógica se sostuviera sobre una endeble torre de naipes—. Dile a papá que la compre para ti. No es como si no lo hubiese hecho antes...

Elsa apretó los puños manifestando una fuerte corriente de aire a su espalda—. Dioses ¿cómo puedes decir esas cosas tan desagradables?

—¿Y tú cómo puedes hacer como que ahora te ofenden? —respondió la menor de las princesas, sonriendo con todos los dientes—. No va contigo, hermanita, tú sabes bien quién eres.

Elsa gruñó molesta metiéndose al cuarto de baño, se encerró con un portazo dando por zanjado ese asunto.

La monarca comenzó a desvestirse y se metió al agua perfumada todavía sintiéndose rabiosa. ¿Eran ese tipo de cosas las que se esperaban de ella en ese mundo? ¿Es que acaso ella era esa clase de persona? ¿Su desviada y terrible influencia había corrompido de esa manera a su hermana, alejándola de toda moral? ¿Y qué era lo que ocurría con todos procurándole mujeres como si se trataran de meras mercancías? ¿Es que no creían que fuera capaz de controlarse de otro modo?

Elsa tomó la toalla enjabonada y se la restregó con fuerza en la piel, le parecía que no podría dejar de sentirse sucia en mucho tiempo.

Aun así, se las ingenió para poner buena cara en la sala del trono. Los ropajes reales la hacían sentir más segura, aunque su vestido azul marino le pareciese un tanto ambiguo. Tenía la impresión de que más de una doncella la miraba de manera lasciva e intrigante tratando de descubrir qué ocultaba debajo de su saco de solapas anchas. Elsa decidió ignorarlo todo cuando se aproximó a sus padres y los abrazó cálidamente.

Gratulerer med dagen, mamá! —soltó la muchacha con entusiasmo, besando la mano de su Reina madre. Los ojos cobaltos le brillaban por la felicidad que le provocaba verla con bien.

—Muchas gracias, cariño —sonrió Idunn, tomando a su primogénita por las mejillas. Le pasó los delgados dedos por entre las hebras de cabello platinado peinado hacia atrás, estudiándole aquella trenza francesa congelada con silenciosa aprobación—. Te ves preciosa.

—Creo que exageras, madre. Eres tú la mujer que arrebata las miradas esta noche —sonrió Elsa, señalándola completa—. Todas las damas te envidian, seguro.

La Reina le aceptó el cumplido con novedosa diversión, le hizo una seña para que se sentara con ella.

—Y cuéntame ¿qué has pensado, querida? —le dijo enarcándole una ceja, estudiándole los modos. Parecía aprobar el hecho de que su hija la mirara a la cara y no tuviese la vista puesta en las doncellas de la corte.

—¿Sobre qué cosa, madre? —soltó Elsa tomando una galleta con queso fresco encima.

—Sobre la propuesta de tu padre de integrarte en el concejo como supervisora de la restauración de la ciudad vieja. —contestó alegremente. Le posó maternalmente la mano en el hombro—. Sé que te apasiona diseñar construcciones... Y aunque tu padre no te lo dice a menudo, lo impresionaste mucho con tu idea de la flotilla mercante. El Rey tiene mucha fe en que pronto podrás tomar más responsabilidades.

—¿De verdad? —exclamó la joven rubia con emotiva impresión. Por una parte, la halagaba que su padre dijera estarse haciendo una buena imagen suya; pero otra parte le decía que aquello parecía más bien hacerla a un lado y entretenerla en un proyecto en el que pasaría varios años rodeada de hombres. Suspiró por lo bajo, sabiendo que probablemente ella se lo había buscado.

—¡Oh!, ¿No es Kyla, tu amiga de la infancia esa muchacha de carmesí que hace como que no te mira? —le susurró la Reina con picardía al oído—. Se ha quedado algo bajita, pero se ve encantadora vestida de sabia, ¿No te parece?

Elsa se giró casi sin pensarlo. Su madre disimuló una sonrisa mientras le hacía una seña con la cabeza al Rey Agdar, quién le asintió reciprocándole el gesto. Anna se sonreía a lo lejos, llevándose a los labios su tarro de hidromiel. Toda la familia Arnadarl pareció confabular en ese breve momento de entendimiento, mientras la rubia tragaba saliva, perdida en observarla.

Ahí estaba Kyla Frei toda ataviada de rojo con las manos apoyadas solemnemente en el pomo metálico de su bastón de viaje, Elsa sabía que era ella, pero aquella no se parecía a la joven con la que se reencontrara bajo su sauce alguna vez. Esta se veía delgada y menuda, como si nunca hubiese despertado al jöttun que dormía en su cuerpo. La cadena dorada con el emblema del sol de alguna manera parecía irle muy grande. Sus facciones y la delicadeza de su figura la hacían ver aún más joven, y la cabellera negra que llevaba perfectamente recortada hasta los hombros ofrecía una vista completamente intelectual con los brillantes ojos violetas enmarcados por los finos cristales de los anteojos que llevaba puestos, si bien su expresión era tan intensa como la recordaba, la princesa no pudo evitar pensar que la sabia efectivamente daba la impresión de conocerlo todo, así tan segura como se veía. Su postura era erguida y su gesto confiado, casi podría decirse que lucía un poco arrogante. La princesa de Arendelle notó que la sabia no le quitaba la vista de encima a la joven de larguísima cabellera rubia que caminaba unos pasos por delante y ya se encaminaba alegremente hacia el estrado para saludarla.

—¡Elsa!, sí que ha pasado tiempo, le sonrió con alegría —se dirigió inmediatamente a la Reina para desearle felicidad y salud.

—¿Rapunzel? —exclamó Elsa alzándole las cejas—. Casi no te he reconocido —añadió en disculpa, estudiándole el largo cabello que llevaba recogido en un intrincado trenzado. Brillaba tanto como el oro pulido.

La joven le correspondió con una amable sonrisa.

—Hemos pasado tiempo sin vernos ¿No? Ya extrañaba venir aquí.

La muchacha enredó las manos en el antebrazo de la princesa y la apartó ligeramente del estrado real, llevándose la plática lejos de los soberanos de Arendelle y los cuchicheos de la corte.

—¿Y qué noticias tienes para contarme? —sonrió Rapunzel golpeándola ligeramente con el codo—. ¿Ya te aburriste de romper corazones y piensas sentar cabeza?, ¿Pueden hacer tal cosa las mujeres como tú?

Elsa enarcó las cejas, movió los labios de manera nerviosa sin sentirse muy segura sobre lo que debía contestar.

—He decidido tomarme un tiempo y concentrarme en el trabajo —soltó finalmente como si ya lo tuviese todo planeado—, mi padre me quiere de lleno en el concejo y ya sabes cómo es eso.

Rapunzel bufó como concediéndole la razón.

—Mi padre no deja de recordarme que debería estar utilizando mis encantos femeninos para endulzar a algún príncipe heredero —soltó con fastidio, haciendo como que parpadeaba de manera encantadora. Giró los ojos acompañando un gruñido aburrido—, pero vamos, si mi unión matrimonial con el príncipe de las Islas del Sur ya está más que discutida en el concejo, ¿para qué molestarse siquiera?

—¿Con un Westergard? —escupió Elsa groseramente sin querer. Le hizo una seña a Kyla, para que se reuniera con ellas, como si necesitara una confirmación oficial sobre ese disparate.

La muchacha morena pareció entrar en pánico, pero se acercó un par de pasos hacia ellas, si bien lo hizo con cautela—. Sabia Frei, ¿este chisme del acuerdo formal entre Corona y las Islas del sur es remotamente cierto?

—Eh... Es uno de los tantos prospectos que se enlistan para la princesa, alteza —asintió la morena de manera acartonada—. El Rey Frederic busca el bienestar de nuestra princesa heredera y nuestro amado reino.

—Siempre que tú lo aconsejas, ¿no es así, Frei? —escupió la rubia germana gélidamente.

—Me apena que lo interprete de esa forma, mi señora— susurró la sabia, inclinándose a manera de disculpa.

Rapunzel chistó apartándole la cara.

—No me importa lo que mi padre diga que has hecho para merecerte la orden—le susurró entre dientes—, jamás volvería a darle la espalda a una serpiente como tú. No después de lo que sé que hiciste en realidad.

Elsa notó cómo por un segundo la sabia roja se tensaba, pero se compuso profesionalmente, asintiéndole de buena gana.

—Descuide, alteza —le respondió en tono alegre—, si esa es su mayor preocupación, le prometo practicar encarecidamente mi caminata hacia atrás para facilitarle la tarea.

—No me provoques, Frei—gruñó Rapunzel agitándole el índice en la cara—. Mejor retírate y cumple con tu trabajo buscando bebidas para la princesa Elsa y para mí —se giró con la monarca de Arendelle—. ¿Quieres tomar algo?

Elsa se tensó. Observó a Kyla, que se mantenía inclinada, reverenciándolas a ambas mientras aguardaba tomarles la orden.

—Y-yo estoy bien, gracias. No te preocupes.

Rapunzel asintió con amabilidad, se giró despectivamente hacia la morena

—Que sea una copa de vino para mi entonces, y te quiero lejos después de eso. No me apetece tenerte rondando durante la fiesta.

El corazón de Elsa se le apretó en el puño. Le dolía en el alma ver a su morena interpretando aquel papel justamente ante ella y no a su lado como debería de ser.

—Como ordene, alteza —respondió la sabia con suma tranquilidad.

Elsa conocía lo suficiente los modos de su morena (aún si se veía tan diferente y sus caminos al parecer no se habían cruzado) como para percibir que interiormente debía encontrarse muy alterada, a juzgar por lo tensos que se le veían los nudillos con los que aferraba su bastón.

Kyla les sonrió servicialmente. Efectuó una reverencia para ambas antes de retirarse sin volverse hasta que hubo abarcado una distancia considerable y ridícula para haberla hecho caminado de espaldas. Elsa enarcó las cejas notando cómo la sabia parecía exhibir una ligera cojera al andar. Rapunzel apretó los molares.

—Cuando tenga la oportunidad la colgaré —declaró casi como si se lo dijera para sí misma—, sólo estoy esperando que me brinde la excusa correcta.

—¿Por qué tienes tal antipatía por tu sabia? —inquirió Elsa incómodamente—. ¿No fue por su causa que tus padres lograron encontrarte?

Rapunzel chistó groseramente, volvió su atención a la princesa noruega como si acabara de pronunciarle una blasfemia o algo peor.

—No fueron mis padres, ni ella, fue Eugene —respondió airadamente la princesa germana. Apretó los puños, siguiendo con la vista a su sabia roja—. Ella lo sabía, debió saberlo cuando lo dejó a su suerte.

Rapunzel entrelazó los dedos sobre su regazo y estudió a Elsa con interés.

—Ella estaba muy enferma, ¿sabías? —sonrió para sí misma cuando Elsa le dio su negativa (fingiendo ignorar tal hecho)—. Oh sí... Tenía una tos horrible y debilitante que le había mellado la salud toda la vida y justamente sucumbió a ello ante mis narices cuando mató a Gothel hace tres años. Lo hizo por la espalda, a traición como seguro debe ser su costumbre.

Elsa frunció el entrecejo. Eso no se parecía a la historia que ella conocía.

—Yo estaba tan asustada y agradecida, que la curé sin siquiera pensarlo —dijo Rapunzel como si lo considerara un gran error de carácter—. Fue hasta que regresamos al castillo que supe que el ladronzuelo que me había llevado hasta ahí, había sido ejecutado.

La princesa de Arendelle se llevó la mano a los labios en su impresión. Eso quería decir que el prometido de Rapunzel había muerto a la vista de todos como un vulgar delincuente.

Rapunzel no pudo contener las lágrimas que comenzaron a recorrerle las mejillas por pura indignación.

—Todos me creen una loca porque soy incapaz de ver la valentía de Frei por haber ido en mi búsqueda sin detenerse a arreglar ese malentendido, pero no puedo dejar de pensar que ella lo planeó así.

...Siento que ese día salvé a la persona incorrecta...

Aquella conversación le siguió dando vueltas en la mente a Elsa aún pasadas varias horas. Cuando las pláticas festivas pasaron a la sobremesa e invitados y anfitriones se iban retirando a sus aposentos para procurarse descanso conforme el reloj iba marcando las primeras campanadas de la madrugada. La monarca no sabía muy bien qué pensar. Los cambios parecían ser muy sutiles a primera vista, pero las historias se habían desarrollado de una manera sumamente distinta y estaba segura que aún le faltaban detalles por descubrir.

Por un momento se debatió internamente si debía tentar su suerte y presionar al destino para que este se revelase.

Elsa se detuvo ante la puerta de la segunda planta que se encontraba justo debajo de la suya. En dónde parecía que las posibilidades siempre parecían colocar a Kyla Frei cuando la germana era recibida en su palacio. Revisó el canasto que llevaba entre las manos, se acomodó el saco y se aclaró la garganta.

Suspiró antes de llamar a la puerta, golpeando elegantemente con los blancos nudillos.

Del interior sonó papeleo y cómo se movía una silla de madera, el bastón y los tacones golpeando arrítmicamente contra la duela y el mecanismo de la cerradura liberando el seguro. El rostro confuso de una sabia morena vestida de rojo se asomó por la puerta semiabierta, miraba de arriba a abajo a la monarca que le sonreía apostada en el corredor.

—Hola —soltó la rubia elegantemente.

—¡Oh, su gracia! —exclamó Kyla parpadeando de manera extrañada. Abrió la puerta por completo, sacando medio cuerpo al exterior—, ¿Ocurre algo? —exclamó mostrándose alerta.

—No, para nada —negó la monarca, apreciando la delgada figura de la sabia que no llevaba la capa puesta—. Me extrañó que no nos acompañaras en la cena, así que te he traído algo de postre —comentó señalando el envoltorio que llevaba en su canasto—. ¿Puedo pasar? —le dijo encogiéndose de hombros.

Kyla se tensó, pero se compuso lo más rápido que pudo. Se apartó, reverenciando a la princesa, que se coló alegremente dentro de la pieza.

—Claro, por supuesto. Disculpe —barbotó, tanteándose las yemas de los dedos—. Espero que no malinterprete como una descortesía que me haya quedado aquí —pronunció con cuidado, volviendo a cerrar la pieza—, lo que pasa es que normalmente mi señora no me quiere en su cercanía. Yo tomo mis alimentos en el sitio en donde me hospeden.

—Lo sé, me lo informaron las cocineras cuando recogí esto —comentó, mostrándole las viandas que llevaba consigo.

De pronto el gesto cansado de la sabia se iluminó con una sonrisa agradecida.

—Oh, su alteza, no debió haberse molestado... —le dijo, recibiéndole el paquete de las manos.

—No reniegues de mis atenciones reales —insistió Elsa enarcándole las cejas peligrosamente—. Después de todo, somos viejas amigas de infancia, ¿No es así? Anda, siéntate y come algo conmigo. Dame el gusto.

Kyla dudó cohíbidamente por un par de segundos, pero terminó por asentirle. Se dirigió a la mesa en la que evidentemente había estado trabajando y se puso a recoger un montón de pergaminos que dejó apilados en el escritorio atiborrado de libros. Cerró los frascos de tinta y los apartó, dejando sólo la vela encendida en el centro.

Elsa no pudo evitar que la cojera de la morena resultara más que evidente cuando tenía que estar maniobrando solo con una mano mientras efectuaba alguna tarea, así que se atrevió a hacer la pregunta.

—¿A qué se debe el bastón, amiga mía?

Kyla se detuvo y se miró la pierna, antes de contestarle.

—Sufrí una caída cuando era más joven —respondió, encogiéndose de hombros—. Perdí el paso estando sobre el tejado de casa. En realidad, me había hecho mucho más daño, pero la pierna no me quedó bien después de eso.

—¿Qué era lo que hacías allí arriba? —inquirió la princesa con reproche.

La morena la miró, se sonrió melancólicamente, meneando la cabeza.

—Supongo que ya no importa —soltó reflexiva.

Kyla se aclaró la garganta y acercó otra silla, ofreciéndosela a la princesa, Elsa aceptó continuar con eso y dejar atrás el momento incómodo que se les estaba gestando segundos atrás. Sacó una botella del canasto y dos copas de color plateado. La alzó en el aire en un intento por aligerar los ánimos.

—¿Debería tentarte con algo así? —observó con picardía—. Es vino dulce, pero ni siquiera sé si bebes.

Kyla se encogió de hombros, sonriéndole ligeramente.

—Está bien. No es como que cumpla los preceptos al pie de la letra. Puedo beberme una copa o dos —declaró como si fuera toda una rebelde.

—Así se habla, Frei —celebró la monarca, descorchando la botella. Sirvió la bebida mientras la morena desenvolvía un platón de gofres con mermelada y queso brunost, sonriendo como una niña pequeña.

Kyla alzó la vista, mordiéndose el labio, le asintió a esa princesa que conocía desde hacía mucho, pero que se había convertido en una interrogante abrumadora en cuanto se hicieron mayores.

—Es como en los viejos tiempos —observó con nostalgia—. Aunque por ese entonces lo más intrépido con lo que pasábamos la comida era leche con chocolate.

Elsa se sonrió, devolviéndole el gesto.

—La noche es joven y también nosotras —declaró la monarca con misterio—. Quiero que me lo cuentes todo.

—Así que aquí es cuando todo se pone aburrido —completó con simpleza la académica.

Elsa le hizo una seña reprobatoria, chistándola a manera de regaño.

—En qué te entretenías de todos modos? —inquirió la rubia tomando asiento frente a ella.

—Estaba transcribiendo algunos de mis textos para la Academia y creo que he pasado por alto el paso del tiempo —contestó la germana probando la jalea con el índice—. Su sabio mayor de alguna manera estaba al tanto del trabajo de modificación de instrumentos quirúrgicos que he estado desarrollando con mi abuela.

—¿Trabajas con ella? —soltó Elsa impresionada, cortándose un trozo de queso.

La sabia asintió doblando el wafle relleno de mermelada y queso dulce.

—Cuando puedo librarme un poco de los asuntos del concejo —respondió encogiéndose de hombros —mi abuela siempre está tratando de que aparezca de forma positiva en los libros con mi nombre. Hace parecer que soy la única sabia escribiendo investigaciones en Corona —explicó, girando los ojos, avergonzada.

Elsa le hizo una seña a Kyla para que comiera libremente, la observó atentamente mientras la germana degustaba aquel postre y se sonreía por lo bajo. Al parecer la comida seguía siendo un buen puente de comunicación para llegar a esa morena reticente.

—Parece fascinante —afirmó la princesa, cruzando la pierna de manera seductora.

Kyla tragó intentando que sus ojos no siguieran el movimiento de la monarca, si bien aquello le falló rotundamente. Elsa se sonrió por lo llana que continuaba siendo aquella joven cuando se trataba de responder a sus avances. Al parecer no importaba que esa sabia mantuviera una imagen seria y respetable, seguía teniendo las mismas adorables debilidades que le conocía.

—Ah... Bueno, yo... —balbuceó la germana temblorosamente con los dedos un tanto torpes—. Me gusta hacer este tipo de cosas... Mejorar artefactos o inventarme los míos —añadió apuradamente—. Es... gratificante cuando luego de múltiples intentos se resuelve un problema.

—No me digas —se sonrió Elsa recargando la mejilla en su mano—. Eso parece como que te gusta estar en control de las cosas. Es un rasgo interesante. No es muy propio de alguien que dice seguir a los demás.

Kyla se pasó la mano por el cuello, sonriendo ligeramente. Parecía un tanto abochornada. La princesa soltó una risa que disimuló con gracia.

—Bueno... Sigo a mi abuela, claro —apuntó la muchacha, restándose crédito—, y es bueno... Para la medicina, quiero decir, mientras más investigamos, más vidas se salvan por mejorar los procedimientos...

—Así que te mantienes ocupada —ronroneó Elsa acariciando el borde de su copa—. ¿Y dime, te ha gustado viajar de manera parlamentaria?

La sabia la miraba boquiabierta, como un gato siguiendo a un ave revoloteante, perdida en aquel movimiento. Ambas habían dejado de cartearse de improviso cuando se ordenó con Rapunzel y de repente ahí estaba esa joven monarca avanzando hacia ella con el ímpetu de una locomotora.

—Es refrescante —soltó al fin, cuando logró desviar la mirada, se apretó la rodilla como si se reprendiera mentalmente—. Me temo que mi tiempo como blanca lo pasé en casa estudiando y tratando de encontrar a mi princesa perdida —repuso resignada.

Elsa frunció el entrecejo ante aquella mención.

—No deberías tenerte en tan baja estima —la reprendió la rubia, negando con desaprobación—. Eres una Frei. No necesitas nada de eso.

Kyla esbozó una sonrisa lacónica, los dedos tantearon el emblema dorado pendiente de su cuello. Elsa enarcó una ceja, se inclinó hacia adelante como si pretendiera susurrarle algo en confidencia. La morena dobló el cuerpo en correspondencia para escucharla.

—Y... ¿Ella te trata bien? —preguntó seriamente la princesa de Arendelle—. Noté que Rapunzel se porta un poco ruda contigo.

La jovialidad de Kyla claudicó momentáneamente.

—Me... tolera y aprecio que lo haga... —susurró ensimismada—. Supongo que es un buen trato para alguien como yo —concluyó sin sonar muy convencida.

Los ojos de Elsa se volvieron un par de rendijas, se cruzó de brazos, recargándose en la silla.

—Ella está muy enfadada por la muerte de ese joven Eugene —insistió, sabiendo que quizá estaba presionando más de la cuenta. Los labios de la germana se volvieron una perfecta línea horizontal ante aquella mención—. Ella... te culpa directamente por eso —añadió frunciendo el entrecejo con contrariedad— Aunque honestamente creo que debería encontrarse agradecida de que le devolvieras la vida que le estaba destinada.

—Supongo... Que ella tiene el derecho de pensar lo que guste —susurró Kyla de manera afectada.

De pronto el ambiente se tensó. Los ojos violetas de la germana se clavaron en Elsa como si por instinto hubiese pretendido ver la verdad en ella, pero los desvió hacia la mesa. La joven noble casi le reclamó tal atrevimiento, de no ser porqué se suponía que ella era ignorante de tal hecho. Se mordió el labio, sopesando aquello. Kyla debía encontrarse contrariada por las posibilidades que sabía que había ignorado para cimentar esos eventos.

La morena abría y cerraba las manos en clara muestra de ese tic nervioso que al parecer no lograba dominar del todo. La monarca comprendió que aquello debía estresarle mucho si estaba logrando hacerla murmurar en germánico. La muchacha inhalaba y exhalaba intentando sosegarse al tiempo que el " Zeit heilt alle Wunden. " (El tiempo cura todas las heridas) le abandonaba los labios repetidamente.

La monarca enarcó las cejas, había pasado muchos años repitiéndose mantras sosegadores como para reconocer uno cuando lo veía.

Elsa le aferró las nerviosas manos entre las suyas. La miró directamente a esos orbes amatistas brillantes.

—Kyla... tú me dirías si corrieras peligro, ¿cierto?

La morena abrió y cerró la boca sin contestar del todo. Se enderezó en el asiento, optando por vaciar de un trago la copa de licor que tenía enfrente. El ataque de tos subsecuente la hizo alzarse con los ojos llorosos y la garganta y el estómago ardientes.

—¿Qué es lo que tenía esa botella? —le reclamó a la princesa con enfado, cayendo en cuenta. Se tambaleó cuando el bastón se le resbaló de los dedos, y entonces apoyó las manos sobre la mesa, percibiendo cómo sus sentidos comenzaban a alterarse por algún tipo de sustancia.

Elsa sostuvo a la germana cuando esta perdió el paso, la extranjera se quedó resoplando en su indefensión, clavando la mirada en la duela de manera aletargada. La joven Arnadarl torció las cejas. Sentía a la sabia tan pequeña y frágil así entre sus brazos que casi la hizo abandonar sus pretensiones. Kyla apretaba los dientes sin ocultar lo traicionada que se sentía.

—Es nenúfar azul —susurró finalmente la princesa, rodeándola con los brazos para tranquilizarla.

La académica exhaló mientras era conducida hasta la cama mullida.

Nymphaea caerulea... —soltó débilmente forzándose a permanecer despierta—. La flor azul sacada del Nilo... Me drogaste... Es verdad lo que se dice de ti... —concluyó dolida.

Elsa se mordió el labio sin negar o confirmar la acusación de la extranjera.

—Sigues bien documentada en cuanto a herbolaria... Y enervantes... —murmuró la rubia por lo bajo.

La princesa depositó el cuerpo de la morena en el lecho. Le acarició la frente arrullándola e instándola a cesar el forcejeo.

—¿Por qué?... —repuso la sabia suspirante.

—No debiste hacerlo, Kyla —respondió la monarca enredando los níveos dedos entre hebras de color azabache, tenía la vista cobalto perdida en admirarla, como si se tratase de un bien preciado que le hubiesen arrebatado y se encontrara dispuesta a recuperar—. Ordenarte en Corona —le susurró a manera de reclamo—. Tú... no correrías peligro alguno si fueses mía.

La germana alzó la mano, atreviéndose a tocar la real mejilla de la pálida muchacha que la mantenía aprisionada contra las sábanas. Ese toque helado que parecía sacado de alguno de sus sueños más profundos.

—Quería verte... Elsa... —le confesó en un suspiro ahogado—. Quería respuestas a muchas preguntas... no importaba cómo fuera.

—Estoy aquí... —le susurró colocando la mano sobre la suya—. Quédate conmigo... —la monarca se perdió en aquella mirada purpúrea dilatada mientras acortaba la distancia entre sus rostros.

Se detuvo a escasos centímetros de la sabia, que exhaló entreabriendo la boca de manera inconsciente, evidenciando que podía concederle a su alteza el real deseo.

La princesa se sonrió, delineándole la mandíbula a Kyla con los helados dedos. El pecho le subía y bajaba a la joven añorante como si el frío le hubiese importado menos que el real toque sobre su piel.

—Te arruinaría por completo si con eso consiguiera salvarte...

Elsa le plantó un beso en los labios a la morena y lo dejó ahí, enraizándose en su piel mientras la muchacha se estremecía embriagadamente ante aquel tacto alucinante. Exhaló desfallecida antes de decidirse a corresponderle a la monarca, pero al final, terminó cediendo a ese impulso. Lo hizo de manera hambrienta, inmersa en el momento, con la efusividad de alguien que había deseado aquello más tiempo del que jamás se atrevería a admitir.

Elsa se quitó el saco marino dejándolo caer el suelo, se desabotonó, permitiendo que la germana introdujera las manos en el blusón abierto mientras ella aflojaba los nudos de la vestimenta escarlata. La temperatura de la habitación comenzó a precipitarse en tanto las acciones de las muchachas se volvieron más osadas con cada caricia y roce de sus cuerpos.

La silenciosa conversación que giraba en torno al deseo de corazones anhelantes y labios elocuentes.

La morena suspiraba por lo que estaba sucediendo, el sopor de la droga se mezclaba con la excitación que se le gestaba en las entrañas. El corazón le latía vertiginosamente en esa especie de frenesí; pero de alguna manera, no se dejaba llevar del todo. Su cuerpo parecía debatirse de forma contradictoria mientras Elsa la desnudaba.

La heredera de Arendelle sabía que la germana no se encontraba en sus cinco sentidos, pero estaba segura que ambas actuaban de acuerdo a sus verdaderas aspiraciones, por lo que ni siquiera lo sopesó. Acarició esa piel poco bronceada, extrañándose al echar en falta muchas de las cicatrices y los músculos que debería ostentar esa germana según la recordaba, más las sensaciones que alimentaba ese deseo de poseerla le resultaron conocidas e incontrolables.

Le recorrió el cuello y el torso con los labios hasta que palpó la tensión de esos pechos trigueños que no dudó en devorar hasta casi hacerla desfallecer entre suspiros.

—No, por favor, no... —exhaló la morena cuando la rubia le desabotonó las calzas.

—Shhh... Déjate llevar —insistió la princesa, ignorando la petición de la joven bajo su cuerpo—. Prometo que vas a disfrutarlo...

—No puedo... Yo...

Kyla respiraba agitadamente mientras Elsa la exponía del todo. La piel reaccionó al entrar en contacto con el aire y con aquel toque helado que la hacía actuar de manera demandante, como si sus miembros sólo buscasen imprimirse con la fría mujer que la manipulaba de esa manera tan inquietante.

—Tus palabras no parecen afectar a tu cuerpo —dijo Elsa sin ocultar la satisfacción que le producía comprobar que las atenciones prodigadas habían logrado humedecerla.

—Me siento tan avergonzada... —jadeó la extranjera, girando el rostro—. Dioses...

El interior de la morena pulsaba en su necesidad por lo que Elsa la invadió de a poco, apoderándose de todo, sintiendo cómo su propio corazón se agitaba al escuchar a esa germana bajo su cuerpo, aferrándose a su espalda y gimiendo por su causa. La monarca apretó los párpados, dedicándose a remontar las punzadas de placer que azotaban su interior. Se mordió el labio cuando se meció en ese ondulante vaivén y sus pechos se tocaron.

Era demasiado lo que podía provocar en ella esa pasión, se pensó la princesa de manera acalorada. Cuando permitía que el deseo fuera el que guiara el timón de sus acciones, sin detenerse a razonar sobre el sitio en donde aquello pudiera hacerla terminar.

Y con Kyla bajo su trato en ese momento, tenía muy claro lo que esperaba conseguir de aquel encuentro.

Su concentración y sentidos estaban enfocados únicamente en complacer a esa germana, en ver reciprocado ese anhelo en esos ojos amatistas de pupilas enormes. Elsa sabía lo que necesitaba para llevar a Kyla al otro lado, pero quería hacerla enloquecer, despertar en ella esa impulsividad que siempre le había conocido y comprobar lo que ya sentía.

Estaba segura que ese fuego ardía en el interior de esa extranjera, y que seguía haciéndolo por ella. La haría percatarse de ello, así debiera pasar toda la noche recordándoselo.

La Reina tomó a la académica por la muñeca y la condujo a explorarle bajo la cintura

—Di mi nombre —le susurró al oído, imperante, entre jadeos, sin detenerse.

—Ah... Elsa... —respondió la muchacha perdidamente entre suspiros —sus dedos habían comenzado a trazar su propio camino una vez que la rubia los dotara de tal poder—. Elsa...

La monarca le cerró los labios con los suyos. Se besaron apasionadamente mientras sus cuerpos oscilaron en aquella danza tan suya, aunque nunca hubiese acontecido en ese mundo hasta aquel punto.

La sabia temblaba por el tacto, admiraba entre nubecillas de vaho, con el calor que bullía en su interior tintándole las mejillas, a la joven que le demostraba sin palabras ese inexplicable deseo de fundirse con ella. Elsa la miraba también por momentos, la morena jadeaba y se estremecía como si aquello le produjera un placer indescriptible y al mismo tiempo le provocara un inmenso dolor. No se distrajo mucho en razonarlo, pues la percibía en su interior, explorándola de esa forma intempestiva, lo cual la descontrolaba y la empujaba a querer sentir más de ella.

—Así... —le gemía con los ojos cerrados tensionándose de placer—. Tú y yo... Es inevitable... Min første kjærlighet (mi primer amor) ... min største kjærlighet (mi gran amor) ... Kyla...

Elsa de pronto sintió que la morena la aferraba firmemente y la hacía tumbarse sobre el vientre, intentó girarse, pero algo parecía haber despertado en Kyla con aquellas palabras, algo intenso e incontenible. Sometió a la monarca en un movimiento y decidió hacerla suya así mismo como se encontraba. La rubia apretó los dientes al ser tomada de esa forma, pero lejos de asustarle, aquello gestó en ella una oleada placentera que amenazó con desbordarla. Cada vez que se movía, podía sentir el cuerpo de su sabia contra el suyo, los músculos en tensión, la respiración pesada e irregular, ese calor de fuego abrasándola en aquel acto prohibido.

Tuvo que amortiguar un grito cuando la morena cerró la mandíbula en torno a su hombro, clavándole los dientes en la carne. Ahí se sintió desfallecer mientras su morena se afianzaba a ella y se estremecía en silencio víctima de la cercanía de su propio clímax.

Ich liebe dich, Elsa... —le susurró al oído, procediendo a besar después la piel enrojecida de la monarca—. Mein Shatz...

Elsa se dejó arrastrar por aquellas palabras tan familiares. Su cuerpo no pudo evitar reaccionar a ellas en el estado en el que se encontraba. Se tensó exhalando un gemido que acompasó el arribo de su orgasmo, el cual remontó en las placenteras oleadas que lograron estremecerla, hasta que pasados varios minutos, pudo ser consciente nuevamente del mundo a su alrededor.

Percibió a su sabia jadeante encima suyo, temblorosa y helada, parecía extenuada, las nubes de vaho comenzaron pronto a flotar por sobre sus cabezas como si se trataran de un mal presagio.

—Kyla...

La morena no le respondió, constreñía la mandíbula mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas, se desplomó entre las sábanas hecha un ovillo, negando por lo bajo, temblorosa y remordiente.

Ich würde mein Leben dafür geben, immer an deiner Seite sein zu können. (habría dado mi vida por estar siempre a tu lado) —susurró dolorosamente la extranjera sin percatarse de que lo estaba pronunciando en su lengua.

—Lo sé... —la cortó Elsa al rodearle el delgado torso. La germana parecía hallarse al borde de la inconsciencia.

Aber ich habe ein Leben ohne dich gemacht (Pero yo hice una vida sin ti) ... Elsa... ich nicht... (yo no)

Das tut mir sehr leid... (Lo siento mucho)

Kyla cerró los ojos, desfallecida. Elsa tragó saliva sintiendo cómo se le tensaba un nudo en el estómago.

Elsa ni siquiera lo había pensado.

Había pasado el tiempo en ese mundo negándose a aceptar el papel que todos parecían indicarle que representaba y ella misma lo había ejecutado con alarmante perfección. No había tenido miramientos en juzgarlos a todos y ofenderse, pero no pensó en lo fácil que se le había dado tomar a Kyla como suya, como si sus sentimientos y su vida hecha no pesaran más que lo que ella deseaba.

Se miró las heladas manos que se cubrieron de escarcha.

¿Es que así es como era ella en verdad?

Era como si la Kyla que conocía en su realidad, la gigantesca, la que era mal vista por quienes cuchicheaban a sus espaldas, la mediocre ante su orden que no figuraba en ningún libro, la drogadicta que se acompañaba de extrañas en burdeles (cosa que incluso ella misma juzgó en su momento), hubiese intercambiado sus propias posibilidades prometedoras para echarse a cuestas los pecados de la princesa voluntariosa y despreciable que estaba hecha la heredera de Arendelle.

Debió hacerlo para que Elsa nunca tuviera que conocer la clase de persona en la que podría convertirse.

Porque esta Kyla Frei no había tenido que vagar y sufrir por ella, su historial como sabia era respetable, estaba ordenada y aunque eso la llenara de culpa y a Rapunzel de resentimiento, seguramente Jenell se aseguraría de protegerla... Y...

Ni siquiera quiso preguntarlo, pero estaba segura que en Corona, la vida hecha a la que la morena se refería debía tratarse de la que estaba disfrutando con Elena Von Schneider, quién en ese mundo debía amarla y ser mejor compañera que ella, que había preferido drogarla y aprovechar la vulnerabilidad que le conocía, para arruinarle la vida que había logrado construir sin ella.

—Dioses, ¿Qué es lo que he hecho? —sollozó la princesa cubriéndose la boca con las manos.

—En este y en mil mundos siempre termino encontrándote y haciéndote daño —susurró una voz a la distancia.

Elsa se giró para encontrarse con otra versión de ella misma parada bajo el umbral de la puerta mirándolo todo. Estaba vestida con pieles abrigadoras, y distintos artilugios de caza. Se veía agotada, lágrimas brillaban en la mirada cobalto, pero no reaccionó ante lo ocurrido, se limitó a negarle a la afectada rubia que se había quedado en ese mundo aferrando tristemente a la morena desmayada que yacía entre sus brazos.

La cazadora suspiró apartándose de aquella puerta que dejó semiabierta, pronto se enfiló a un pasillo de luces titilantes. Se apretó las sienes, estremeciéndose de dolor mientras la sangre le goteaba por la nariz.

Aquella otra vida se había metido en su cabeza como todas las anteriores que había presenciado en aquel infierno de posibilidades que cumplían muy bien la labor de torturar a quién lo presenciaba y tenía que encarnarlo todo de principio a fin.

Se decía que era más misericordioso quedarse dentro, viviendo la falsedad, evitando el dolor, olvidando que existía una realidad aún peor. Ella misma tuvo que apartarse varias veces de escenarios que parecían más que perfectos solamente porque lograba recordar que ella había entrado a ese castillo subterráneo con un sólo objetivo en mente, arrancar a Kyla Frei de las garras de la muerte y no saldría de ahí sin conseguirlo.

A su espalda, yacía un rastro de puertas abiertas que ni siquiera podían contarse, se perdían en la lejanía de ese corredor que parecía extenderse hasta el infinito. Al frente se divisaban todas las puertas que aún se mantenían cerradas. Igualmente, ni siquiera podían enumerarse.

Elsa se apoyó contra la pared constriñendo los molares, se quedó un momento sólo resoplando en su consternación. Frunció el entrecejo al comprender que estaba comenzando a perderse entre aquellas realidades. Cada vez se le dificultaba más diferenciar lo que ocurría y lo que no.

Sacudió la cabeza en un intento por despejarse. Sólo podía esperar encontrar la puerta que la condujera a Hela antes de enloquecer por completo.

La cazadora se pasó el dorso por el rostro limpiándose la sangre y se obligó a dar otro paso hacia al frente. El lobo negro seguía sus pasos, chillándole con preocupación. Elsa le sonrió por sobre el hombro y estiró la mano para aferrar otra perilla y así destrancar una nueva puerta con algún otro destino cruel.

...

En aquel mismo palacio, pero en un plano distinto, a efecto de un poder espectral. Hela observaba con perversa diversión las acciones de la Reina Elsa, así como estaba sentada en un trono hecho de huesos incrustados en un enorme bloque de piedra oscura de ancestrales tallados. Lo veía todo desde una fosa circular que vomitaba flamas azules justo en el centro de aquel salón de techo gigantesco. Por entre las paredes y los tragaluces se enredaban las raíces de Yggdrasil que parecían invadirlo todo como una plaga. La muerte giro la cabeza a su izquierda, en donde Kyla Frei yacía cabizbaja, sujeta con cadenas de la cabeza hasta los pies. La mujer la miró con sorna, mostrándole los afilados colmillos.

—Pero qué interesante chiquilla. Ahora veo por qué te aferrabas tanto a ella, völva —soltó enarcándole las cejas—. Son ustedes una historia de lo más entretenida... Trágica y enfermizamente dependiente, pero ¿Qué acaso no es así siempre con los amantes?

La muerte soltó una risotada aplaudiendo en celebración de su propio comentario.

—¡Elsa! —llamó estresadamente la morena observando la imagen de la joven en aquella pira de llamas azuladas.

Kyla forcejeó con las cadenas que la sujetaban, pero estas no cedieron ni un milímetro. La muchacha se dejó caer de rodillas al piso con los puños apretados y los ojos llenos de lágrimas. No podía soportar ver cómo su Reina se sometía voluntariamente a aquella tortura sin detenerse, en su afán por encontrarla.

—Ya no sigas por favor, mein Schatz... regresa... —se pasó la mano por la frente preguntándose cuánto tiempo más soportaría Elsa aquel castigo—. Dioses... Sácala ya de ahí por piedad —suplicó al girarse hacia la fría mujer sentada a su lado—. No la necesitas. Nunca la has necesitado —le apuntó en un intento de razonar con ella—, deja de lastimarla. ¿Qué otra cosa necesitas? Ya me tienes en tu poder.

—¿Te parece que lo hago?, ¿Que te tengo? —le soltó la muerte, mirándola con resentimiento.

Kyla se encorvó, consciente de tal reclamo. Se tanteó los dedos, paseó la vista de lado a lado, sopesando sus opciones. Finalmente exhaló, tomando una decisión al respecto.

—Si esos son tus motivos... Yo... Te entregaré mi voluntad, Hela... —pronunció con resignación—. Ya no me resistiré más. Si eso es lo que quieres... Seré tuya por completo... Pero por favor... Ya no le hagas daño —dijo, señalando el ardiente fuego azul con el que podía ver a Elsa a la distancia.

La mujer sombría dibujó una sonrisa de triunfo con sus delgados labios.

—¿Podemos hacer un trato entonces? —dijo, al extender la mano de cadavéricos dedos.

Hela materializó un corazón palpitante que se mantuvo suspenso en el aire, el órgano brillaba con intensidad, como una llamarada refulgente. La mano de Hela lo acechaba sin poder tocarlo del todo, como si una fuerza invisible la estuviese rechazando. Kyla suspiró, asintiendo de manera pesarosa.

—Estoy dispuesta a pactar contigo.

—Dilo —demandó la muerte con la mirada chispeante.

Kyla bajó la vista, se observó las manos sujetas por pesados grilletes.

—Yo, Kyla Wendaline Frei —comenzó por lo bajo—, sabia de Corona, hija de Emma y Redmond, nieta de Jenell y Heinrich, que fui tocada por el dios del tiempo y de la muerte... —contuvo el aliento por un segundo como temiendo continuar—. Renuncio a mi voluntad y el control sobre mi cuerpo y mis dones —torció las cejas mientras la muerte la acechaba—.

Lo entrego todo a la señora del Helheim a cambio del bienestar de Elsa Arnadarl, soberana de Arendelle.

Soy... Soy tuya... —concluyó la germana de manera derrotada.

—Que así sea entonces —sonrió Hela, chasqueando los dedos.

La barrera que protegía al corazón de Kyla, perdió su efecto. La muerte sonrió, cuando logró aferrarlo por completo con la mano.

Kyla se presionó el pecho dolorosamente. Hela entonces perforó el órgano vital con las afiladas uñas, inyectando una sustancia oscura en él.

La morena se dobló sobre sí misma mientras un humo negro le entraba por el cuerpo de manera invasiva y se enredaba en ella, como fibras sobrenaturales que se entretejieran entre sus músculos y sus huesos. Apretó los dientes sintiendo que aquello le quemaba el interior en su estremecimiento. Las venas se le remarcaron como si le recorriera tinta por dentro y así se evidenciara su avance. La sabia jadeó al dejar de sentir los miembros atados y notar que su percepción estaba siendo alterada. Mientras aquello se asentaba en su cuerpo su dominio sobre el mismo se iba perdiendo. Los sentidos la fueron abandonando poco a poco y para cuando el humo le llegó a la cabeza ella ya estaba más inconsciente que despierta. Enfocó la vista amatista que se le iba nublando y la concentró en las llamas azules que le mostraron a Elsa. y entonces vio por última vez cómo la cazadora era liberada del pasillo interminable y por fin se rebelaban ante ella las puertas de hueso y obsidiana que conducían directamente al trono de Hela. Fue ahí que la negrura le tintó los ojos y entonces todo para Kyla se oscureció.

La muerte se sonrió chasqueando los dedos, las puertas se abrieron de par en par revelando a Elsa, quién se apresuró trotando hacía ella. La Reina no apartaba la mirada de la sabia encadenada que Hela mantenía a su lado y que no había reaccionado ante su llegada.

La mujer oscura chistó y agitó la mano con lo que las cadenas de Kyla desaparecieron. La muchacha cayó al piso como un peso muerto, igual que un títere al que le hubiesen cortado los hilos. Elsa apretó los dientes y no ocultó su intención de avanzar hacia ella. La ventisca que se le formaba en los puños y se materializó en una lanza de hielo, sólo se vio frenada cuando la muerte agitó su capa, chasqueando el aire como un latigazo.

—Quédate en tu sitio, mortal —le advirtió con alarma— No recuerdo haberte dado permiso de hacer otra cosa.

—¡Me dejaste en ese laberinto de puertas por una eternidad! —escupió la Reina de Arendelle con el viento gélido azotándole los ropajes y el cabello—. Se suponía que querías pactar, ¿Qué infiernos fue esa tontería? —acusó Elsa apuntándola con la mirada chispeante.

La muerte se sonrió, gesticuló con la mano como quien se aparta un molesto insecto de la cara.

—Se supone que así es normalmente, pero ¿Quién cuenta el paso del tiempo en este sitio? —mencionó entretenida. Se acomodó en su trono, tamborileando los reposabrazos con los cadavéricos dedos—. ¿No te agradó ver lo que pudo ser? Supongo que has tomado todas las elecciones correctas, ¿No? —repuso con gracia. La mujer oscura se alzó, mirándola con desprecio desde su puesto en lo alto—. No era contigo con quién me interesaba hacer el trato —contestó, encogiéndose de hombros—. El arreglo ya está hecho, así que puedes marcharte si eso es lo que deseas. Te concedo la oportunidad ya que tu querida sabia ha pagado el precio completo.

Elsa clavó la vista en el cuerpo inerte de su amada. Se sintió rabiar de la impotencia. La habían vuelto a utilizar como moneda de cambio en esos pactos infernales.

—¡No me marcharé de aquí sin ella! —sentenció la cazadora de manera peligrosa.

La muerte enarcó las cejas, se puso de pie, aumentando su tamaño hasta el de un gigante y la observó desde lo alto burlándose de su absurda pretensión.

—Insolente, no puedes interferir en este arreglo —le informó a risotadas—. La völva me ofrendó su alma y todo lo que le quedaba. Solo estoy tomando lo que me fue prometido.

—¡Con engaños, con embustes!

Hela adoptó un tamaño menos atemorizante, se paseó vaporosamente por la sala, rodeando a la monarca como una sombra maliciosa.

—¿Sabes? —comenzó a manera de compartir un detalle curioso—. Yo no lo recuerdo de esa forma... Después de todo, sólo bastó con hundir esa embarcación real para que la völva se desmoronara y decidiera cavarse su propia tumba...

Elsa se tensó, contuvo la respiración comprendiendo a qué evento se estaba refiriendo.

—Eran tus padres, ¿no? —cuestionó la muerte enarcándole las cejas mientras fingía sentir pena—. No fue nada personal, cariño, pero tuve que ponerme firme con tu amorcito —soltó melosamente, meneándole la cabeza como si no hubiese existido otra forma—. Estaba fuera de control, gastando dones y vida que no le pertenecían— informó con gesto peligroso—. No imaginé que sería algo tan drástico, pero Ran es tan temperamental que unas pocas palabras son suficientes para alebrestar los mares —concluyó, colocándose una mano sobre la mejilla con inocencia.

—¿Y esperas que crea algo de eso? —bufó la cazadora con el rencor patente en la voz y el resto de su cuerpo.

—Cuando regresó del fondo del océano con las manos vacías, se arrastró suplicando por ti —continuó la muerte, ignorando la réplica, dando por sentado que lo que ella decía era más importante. Sonrió con todos los dientes clavando los ojos oscuros en la Reina, la joven temblaba de ira—. A decir verdad, creo que debería agradecerte por convertirte en semejante debilidad... —agregó azuzándola—. La völva no me temía y no flaqueaba sin importar el dolor que le causara, pero por ti se entregó sin titubear —concluyó como si le fascinara esa falla tan aprovechable. Rodeó a la Reina mortal estudiándola de arriba a abajo, imaginando lo que su ahora cierva, debía haberle visto en primer lugar—. Debe ser... fascinante querer algo con semejante locura...

El hielo comenzó a materializarse en aquella estancia. La superficie del suelo se cuarteó y los copos de nieve pronto se compactaron volviéndose escarcha. El viento gélido atravesó el aire manifestando lo que la inmóvil figura de la Reina de Arendelle no expresaba abiertamente.

—¿Por qué hiciste todo esto? —le soltó, atenta a los movimientos fantasmales de aquella mujer.

Hela retrocedió con elegancia, subió la escalinata hacia su trono. Al llegar a lo alto, se detuvo para observar a la germana inconsciente. Por un momento, algo en la expresión de la muerte pareció reflejar algo más que suficiencia. Si Elsa no hubiese pensado sólo lo peor de ella, habría jurado que ese rostro dividido mostraba un sentimiento parecido al orgullo que exhibiría una madre que no pudiese evitar hablar sobre las cualidades de su retoño.

—Porque esta völva es muy especial —pronunció la muerte de manera inquietante—. No sólo fue mi hermosa aberración, nacida para esto. La he visto crecer, morir y levantarse para este día —pronunció altiva, mirando con superioridad a Elsa, sabiendo que en su limitada capacidad sería incapaz de comprender la maravilla que había logrado—. Sus poderes son casi los de una norna y nunca nadie, ¡Ni siquiera Odín, ha podido comandarlas! —declaró triunfante.

Elsa clavó su lanza de hielo sobre la nieve que ya lo estaba cubriendo todo, miro a la muerte con desafío.

—Su nombre es Kyla Frei y ella nunca te seguirá.

—No tiene que hacerlo por gusto —respondió Hela, extendiendo con languidez el brazo que cubría con la manga larga de su túnica ondeante.

Kyla se enderezó como si hubiesen tirado de su cuerpo con cuerdas invisibles. Los ojos los tenía oscuros y vacíos cuales pozos profundos, la piel se le veía lechosa con las venas remarcadas de un color nauseabundo. Se balanceaba sobre los miembros de manera antinatural y aterradora. El cabello se agitaba a su espalda, mecido por un viento que no existía más que en su cercanía.

Elsa contuvo el aliento ante aquella visión espectral tan semejante a la de sus peores pesadillas.

Las ropas de la sabia pasaron del blanco al negro en un instante cuando la muerte se inclinó frente a ella para depositarle un breve beso en los labios.

—Quiero a esta mortal fuera de mis dominios... —le siseó dulcemente al oído, apartándole un mechón de cabello del rostro—. Ahora.

El guantelete de fuego se materializó en el brazo derecho de Kyla, se encendió en un movimiento con una ráfaga de llamas oscuras, manifestando el poder que la muerte había imbuido en ella. Elsa meneó la cabeza en su incredulidad volviendo a aferrar la lanza de hielo entre sus manos, mientras la sombría germana cargaba hacia su encuentro.

—Esto no puede estar pasando.

La sabia gritó alzando el puño incandescente contra quién en otro tiempo significara su todo, para Elsa, ese hecho le dolió más que la perspectiva de sufrir algún daño físico; pero sabía que ese cuerpo que se movía por mandato de la muerte, no obedecía al verdadero sentimiento de la Kyla que ella había conocido y amado alguna vez. No podía dejarse amedrentar por esa táctica tan sucia.

La Reina arrojó la lanza hacia su atacante e inmediatamente se fabricó una coraza de hielo mientras planeaba lo que habría de hacer.

Kyla extendió los brazos en plena carrera, al instante cientos de líneas brillantes se manifestaron a su alrededor, cada una conduciendo a una sombra suya que ejecutaba una acción distinta. Elsa ya había visto un efecto semejante cuando las visiones le mostraron a una cierva luminosa en las fiestas del Júl. Pero todas las posibles Kylas etéreas que la rodeaban en círculo culminaban en una acción hostil en su contra.

La Reina maldijo por lo bajo, cruzó los brazos sobre su pecho, manifestando un ataque de pinchos de hielo, tal como lo haría un puercoespín cuando se siente amenazado. Al instante las sombras de la morena estallaron en nubes de humo menos una, que terminó la acción que había mantenido suspendida. Elsa exclamó en su impresión, cuando la Kyla real se apareció a su lado y le arrancó de cuajo un trozo de la protección de hielo de un puñetazo encendido.

La germana giró el cuerpo para destruir por completo aquella coraza valiéndose de una de sus larguísimas piernas, pero Elsa reaccionó a tiempo y usó su magia para empujarse en otra dirección mientras el hielo que dejaba atrás terminaba hecho añicos, bajo la bota de la sabia, que sólo giró la cabeza en su ubicación sonriendo como si tal cosa sólo hubiese prolongado lo inevitable.

Elsa jalaba aire pesadamente, así como se encontraba a la distancia, se arrastró sobre la nieve intentando no entrar en pánico al tiempo que el crujir del trote de Kyla sobre la escarcha le perforaba los oídos. Volvió a guarecerse con una barrera cuando ella se apareció nuevamente para destrozarla.

La Reina extendió el brazo y una estaca de hielo le acompañó el movimiento, la sabia flexionó el cuerpo, evitando el ataque, solo para aparecerse instantáneamente en otro punto ciego que Elsa de inmediato se esforzó por anular.

La cazadora plantó el pie sobre el suelo y este crujió elevándola en el aire por medio de un bloque de hielo, miró a la morena desde las alturas cuando apretó el puño y una serie de estacas de hielo se alzaron, perforándole el cuerpo desde todas direcciones, empalándola.

Hela se sonrió desde su trono como si ahí acabara de ocurrir un absurdo. Elsa desvío la mirada, afectada por lo que había hecho con su amada, pero Kyla siguió moviéndose, se retorció desagradablemente hasta liberarse, las heridas humeaban de color negro mientras se le iba reparando el cuerpo. Avanzó hasta el pilar en donde la Reina se mantenía alejada de ella y colocó la palma encima, derritiéndolo con el simple toque. Elsa se tambaleó, y acabó rodando por una montaña de nieve que se hizo para amortiguarse la caída, se alejó cojeando doloridamente, mirando alrededor el regimiento de sombras que la morena tenía a su disposición para ganarle la partida. La monarca se acorazó nuevamente y expulsó una ráfaga de viento helado mientras la germana ocupaba el sitio de la posibilidad que habría de responderle con un ataque de fuego. Los ataques chocaron, anulándose mutuamente, pero Elsa quería ganarse una pausa para analizar mejor la situación. Sostuvo aquel despliegue mágico en lo que se ponía a considerar sus opciones.

Dependiendo de las decisiones que tomara, Kyla cambiaría el lugar con una de esas sombras y terminaría lo que habían empezado, aquello podría estarlo haciendo por siempre y no lograría nada, ya que Kyla podía regenerarse con el poder que había absorbido del jöttun y no parecía cansarse, a diferencia suya.

El fuego le fue ganando al hielo, pese a que la Reina resistía.

Elsa se limpió el sudor de la frente, las sombras de Kyla disminuían conforme se iba gastando sus alternativas, pero no tenía idea sobre si cambiar drásticamente de estrategia dotaría a la morena de un nuevo regimiento de posibilidades fantasmales.

La monarca constriñó los molares, nunca se había imaginado tener que enfrentarse a una habilidad semejante.

Desesperada, Elsa cortó el ataque, que estalló en el aire con un estruendo, se palpó por debajo del cinturón, llevándose a los labios su cuerno de caza. Lo sopló extensamente, la fiel jauría de lobos brillantes se manifestó en su auxilio en respuesta.

Kyla se sacó rápidamente el bastón metálico del cinto y este se transformó en un látigo de acero con el que se abrió paso con terrible facilidad, las bestias caían azotadas o eran impactadas por los golpes llameantes y se desvanecían en una nubecilla de escarcha mientras la monarca seguía materializando obstáculos y hielo en la avanzada de aquella implacable germana que, más que un espectro, parecía un demonio imparable.

La cazadora se agachó justo a tiempo para esquivar la estocada. Kyla había retraído nuevamente su arma y ya volvía a ser un bastón, tan filoso era, que podía utilizarse como una espada. Elsa se sacó una de las dagas que llevaba encima y alargó la hoja con hielo luminoso, en la diestra se formó un escudo que usó para protegerse. Volaron chispas y esquirlas cuando las armas impactaron en violenta coreografía. La Reina lo resintió inmediatamente en los dedos que se le acalambraron y en el brazo que no soportaba bien aquellos embates, pero se obligó a superarlo. Un sólo error de su parte podría ser cruentamente castigado a juzgar por el sonido que producía el arma de la sabia cuando esta cortaba el aire. Kyla era muy fuerte físicamente y extremadamente rápida. Elsa no imaginaba cómo una mujer de su tamaño podía moverse de semejante forma.

Era la primera vez que estar ante ella le producía esa clase de temor.

Elsa retrocedió cautelosamente, se quedó bufando estudiándole los movimientos predatorios. Aquél era el cuerpo de una mujer que se había preparado para la lucha, y que en ese momento no sentía nada por ella.

Todos le habían dicho siempre que Kyla Frei era peligrosa, pero nunca la había visto de esa manera, entre la amabilidad y el cariño que le profesaba, se había cegado a la dureza de esa realidad que a cada segundo se volvía más patente.

Elsa tragó saliva cayendo en cuenta que quizá no tendría oportunidad de derrotar a Kyla en un combate. La sola idea se trataba de un absurdo que no hacía más que acrecentarse como la tormenta que las azotaba de fondo.

El corazón le latía aceleradamente a la noble joven por el miedo y así se reflejó en el paisaje. Resultaba difícil controlar la tempestad de su interior cuando la persona que siempre había estado ahí para calmarla se había transformado en algo que ya no era capaz de reconocer.

La Reina retrocedió un paso, manifestando una capa de hielo bajo sus plantas. El arma se soltó de sus dedos temblorosos y cayó al suelo, partiéndose en agudos fragmentos. los ojos cobaltos le brillaron de sentimiento cuando no pudieron encontrar nada dentro de la mirada de la joven espectral que se movía fatídicamente hacia ella.

Ocurrió muy rápidamente, pero para Elsa todo pasó con extrema lentitud. Un enorme lobo de lomo negro saltó frente a la monarca y se lanzó a toda carrera a impactar a la sabia oscura, que ya había modificado nuevamente su arma para responderle a la bestia con un latigazo.

Elsa reaccionó en aquel instante, gesticuló con los brazos y le hizo un camino al animal, logrando este esquivar el ataque, a costa de recibir ella el golpe en la palma abierta de su mano dominante.

La cazadora se dobló de dolor apretándose la zona que pronto exhibió una línea rojiza cruzándole la mano en diagonal, pero alzó la vista para presenciar cómo aquel fylgja se volvía contra su dueña y se prendía de su brazo, machacándolo ferozmente entre las filosas fauces.

Kyla gritó de dolor y forcejeó desesperadamente con la bestia. El animal la hizo tambalearse, pero se lo quitó de encima a base de puntapiés y fuego negro. Cuando finalmente cayó el lobo sobre la nieve emitiendo un débil gañido, la germana volvió a cargar contra la Reina de hielo, aunque lo hizo jadeante y con los movimientos entorpecidos, el brazo, casi le pendía del hombro de unas cuantas tiras de carne que se reconstruían mientras avanzaba. La Reina lanzó trozos agudos de hielo a manera de protegerse, pero apretó los párpados con el fin de prepararse para el impacto cuando el puño de la sabia se envolvió en llamas oscuras y amagó el puñetazo que habría de destrozarla ahí mismo.

Pero nada ocurrió.

Elsa abrió los ojos, Kyla se había frenado justo frente a ella. Su cuerpo parecía estar batallando con la fuerza invisible que lo hacía moverse. La Reina alzó la vista. La morena derramaba lágrimas de su vista vacía, la mandíbula la tenía tensa por el esfuerzo de resistirse a los comandos de la gobernante del inframundo.

—Kyla...

Kyla gritó de rabia, apretó el puño y se giró hacia la muerte lanzando su ataque. La ráfaga llameante atravesó el aire como un cañonazo, logrando atestarle un golpe directo a la Æsir, derribándola con un terrible estruendo.

Kyla se dobló jadeante sobre sí misma con el cuerpo humeante y la mano temblorosa. El color negro le abandonaba de a poco la piel y los ropajes que ya volvían a ser blancos.

—Kyla... Tú...

—Jamás te dañaría a voluntad, mein Schatz —le aseguró la morena jadeante, la mirada se le había despejado y ya volvía a ser de color violeta—. Aún si la muerte me lo ordenase. Su control sobre mí obedecía a tu bienestar.

La germana sostuvo la mano herida de su Reina, la alzó para mostrársela. Besó con cuidado la línea rojiza que le cruzaba la palma mientras Elsa le asentía en comprensión a sus palabras.

—¡Miserable!

La muerte se levantó hecha una furia, era evidente el daño que el ataque le había causado. Hela se limpió el hilillo de sangre que le escurría del mentón y cerró la mano cadavérica en un puño como una garra. Al instante el cuerpo de Kyla se movió hacía ella como si tirasen de él, sin que la Reina cazadora pudiese hacer algo para evitarlo. La mujer sombría le atestó una bofetada a la morena que la hizo terminar en el suelo, intentando resistir aquella energía oscura que amenazaba con aplastarla.

—Ahora vas a hacer lo que te digo —bramó con ira la señora del Helheim—. ¡Muéstrame el telar!

—¡Nunca! —se rehusó la sabia, exhalando vaho, así como estaba enterrada entre la nieve.

La muerte la alzó del cuello del blusón para situarla ante su vista, como si se tratara de un cachorro mal portado que debiera recibir un buen escarmiento.

—¡No tienes opción! ¡Eres mía! —le recordó con un estruendo.

Dann zwingt mich dazu Miststück! (Oblígame a obedecerte, perra) —le respondió la sabia apretándole los antebrazos y escupiéndole por sobre el hombro.

Hela apretó los dientes ante aquel atrevimiento. Los ojos negros le fulguraron como si se hubiese encendido una chispa dentro de un barril de combustible.

Kyla gritó dolorosamente con los ojos encendidos mientras sus dones se activaban por la fuerza. Un viento sobrenatural les agitó los cabellos y los ropajes mientras cientos de líneas brillantes abandonaban el cuerpo de la sabia y se concentraron en el aire. Luces de colores semejantes a las auroras boreales comenzaron a alinearse formando un intrincado diseño. Hela sonreía expectante mientras las hebras luminosas se entrelazaban mágicamente.

Los símbolos mostraban su pasado y continuaban materializándose en aras de encontrarse con su presente.

Kyla se apretó las sienes emitiendo un alarido mientras la sangre de sus ojos y nariz se encargaban de mancharle el rostro. Los miles de años de la existencia de la Æsir requerían un esfuerzo descomunal que el cuerpo de la germana, aún con la energía vital de un jöttun recorriéndole las venas y toda la magia oscura vaciada en su cuerpo parecían incapaces de manejar. La sabia jadeaba dolorosamente mientras las luces cambiaban y se adelantaban en el tiempo con la clara pretensión de vislumbrar el futuro. La Reina de Arendelle miraba con aprehensión cómo la germana trataba de impedirlo y parecía sufrir cada segundo de ello, sobrepasada por la tarea de manifestar el telar con las posibilidades de un dios.

Elsa la miró bajo aquella luz, testaruda e indómita, negándose a llevar a cabo la tarea para la cual había sido creada. Rebelde como todos los Frei. Idealista como las voces que denunciaron cada injusticia y se repitieron como ecos en cada sitio al que viajó. Con la intensidad de la corriente romántica incitándola al auto sacrificio en pos de un amor por el que lo había dado todo.

La Reina admiró cuánto valor tenía su amada, le reconoció todo el esfuerzo y la voluntad que había sacado inexplicablemente de un corazón helado que nunca había tenido posibilidad, y con el que aún en la muerte seguía luchando.

Elsa se observó las manos enguantadas.

No se imaginaba cuándo sucedería, pero algún día Hela lograría quebrar ese espíritu. Le arrancaría a Kyla la voz para que nunca más pudiera oírle los reclamos y la fustigaría tanto que la dejaría irreconocible. La haría seguirle los pasos arrastrando cadenas por toda la eternidad, abriéndole las puertas a otros tiempos y espacios esparciendo algo tan terrible que sólo serían visibles la culpa y la desesperanza en el semblante de su encorvada figura.

Y entonces Elsa sujetó con fuerza el arco en su puño. No pensaba permitir que Hela saliera de aquello triunfante.

Realizó un movimiento con su mano, con lo que el hielo se materializó entre Kyla y la muerte, empujando a la sabia lejos del alcance de Hela. La germana cayó sentada, al borde del colapso, sobre la nieve cuando su espalda golpeó el tronco de una raíz de fresno blanco gigantesca.

La Reina se giró con el arco preparado y la vista fija hacia el trono en donde se encontraba la muerte, distraída como estaba con la atención fija en los hilos de las posibilidades que seguían entretejiéndose en el cielo.

La joven cazadora tomó aire con los ojos brillantes en su determinación, echando mano de toda la suerte que poseía. liberó la mágica saeta que voló como un juramento en aquel paisaje congelado.

Un grito horrorizado retumbó en la cavernosa estancia.

Hela se estremeció cuando la flecha traspasó el oscurecido corazón de su völva fabricada. Había mantenido la valiosa pieza flotando en su cercanía, pero el disparo había sido certero y devastador. El corazón se congeló en un instante, se cuarteó en su centro y terminó por hacerse añicos justo en su cara desfigurada por el horror de presenciar tal hecho.

Las luces se extinguieron de inmediato, desdibujando el telar. La diosa de la muerte exclamó un alarido dejándose caer al suelo, donde manoteó tanteando los fragmentos de aquella pieza congelada que terminaron por desmoronársele en las manos.

Kyla se estremeció a la distancia, con dedos temblorosos se aferró el pecho que lentamente se fue tintando de rojo.

La muerte bramó maldiciendo todo el infierno echando mano de su magia en un intento por salvar su mal habido corazón destrozado. La Reina emprendió la carrera hacia su sabia, la morena la miraba con los ojos muy abiertos. Su expresión denotaba la impresión de ver manifestada aquella posibilidad que había brillado en la mirada de Elsa bajo el sauce cuando eran tan sólo unas niñas. Aquella difícil decisión, motivada por un sentimiento que intentó toda la vida comprender. Sonrió al caer en cuenta que era el amor que la monarca sentía por ella el que habría de liberarla del yugo eterno de esa prisión invernal. Kyla tosió sanguinolentamente como si hubiera querido reírse del infortunio de Hela y ya no se movió.

Cuando Elsa se arrodilló a su lado, Kyla yacía inerte, con la cabeza cabizbaja y un hilillo de sangre resbalando de su labio. El humo negro le abandonaba el cuerpo en su vaporoso movimiento al tiempo que la nieve a su alrededor comenzaba a tintarse de carmín.

La Reina de Arendelle bajó la mirada, estudiándose las palmas enguantadas y temblorosas.

Recordaba haber visto aquella misma imagen en una pesadilla detestable: su sabia muerta, con el pecho sangrante, recargada contra un árbol blanco en un lúgubre paisaje nevado. Se sujetó las sienes, estallando en llanto.

Lo que había sido un terrible augurio se convirtió en un acto de piedad en aquel momento cuando Elsa comprendió que ese golpe final debía ser dado por su mano.

—Tú lo habías visto... —le susurró al abrazar con fuerza el cuerpo de su amada, sus emociones se debatían entre la pena y la ofuscación—. Que este sería tu final... Y aun así...

Elsa entrelazó los dedos con los de su germana, manchándose con su sangre.

Ella la amaba demasiado. Lo hacía con el alma, y habría disparado esa flecha las veces que fueran necesarias con tal de salvarla de una eternidad en esclavitud, al servicio de la muerte.

Un viento gélido levantó una brisa escarchada arrastrando un lamento lejano.

La mujer blanca jamás existiría.

La Reina bajó la vista, se conmovió al mirar el semblante de su sabia. Parecía tan cansada, como si todas las muertes de las que había despertado le hubiesen cobrado el precio y sólo se hubiese quedado dormida. Elsa derramó lágrimas silenciosas, esperando que así se lo permitiese aquel sitio.

No creía que su morena se fuera a levantar después de aquello.

El lobo de lomo negro se acercó cojeando para echarse en el regazo de su dueña, emitió un quejido lastimero a su lado. Elsa le acarició el grueso pelaje y observó dentro de esos ojos cerúleos el deseo de reunirse con su compañera, pues debían emprender un último viaje. Uno a algún sitio más lejano y misterioso en el que sin duda requeriría de la ayuda de su guardián espiritual.

—Ve con ella... —susurró Elsa, limpiándose las lágrimas —Dale alcance por favor y dile que la amo... En la vida, en la muerte y en lo que exista después.

El lobo le golpeó la mano con la frente para confortarla, le dirigió una última mirada a la Reina de Arendelle antes de emitir una luz blanquecina y disolverse en un cúmulo de polvo brillante que se esparció por el aire, mezclándose con los copos de nieve que subieron hasta el cielo.

—Descansa, amor... —susurró la Reina, acariciándole el rostro a la germana. Le prodigó un último beso en los labios a manera de despedida.

—Eres una Frei. Y debes ser libre siempre.

Como si sus acciones debieran acompañar su pensamiento, Elsa se desprendió de su amada.

Kyla Frei ya no le pertenecería a la muerte ni tampoco a ella.

Kyla no sería de nadie, y Elsa por primera vez, se sentía bien con eso.

La Reina la contempló con cariño y suspiró tras aquella profunda realización. No tenía idea de lo que pasaba con los que volvían a morir en el inframundo, pero esperaba que por fin pudiese sentirse en paz.

Su amor, y su recuerdo la acompañarían por siempre, y mientras así fuera, Kyla viviría eternamente en una forma que la muerte jamás podría comprender. Ni con todas sus promesas e intentos por develar la incertidumbre del destino, que para ella ya no importaba.

De pronto Hela pareció caer en cuenta de que Elsa seguía ahí. Se levantó hecha una exhalación de tinieblas, tan atemorizante como podía resultar la muerte misma.

—¡Tú!... ¿Cómo has podido hacer tal cosa? —siseó con furia, agitando sus ropajes. A su alrededor flotaron los fragmentos rojizos escarchados que ya no guardaban ninguna utilidad.

Elsa se giró, se colocó frente al cuerpo de Kyla para protegerlo de la rabia de la oscura mujer que ya se manifestaba como una gigantesca calamidad.

—Así tenía que ser —respondió la Reina, sacándose una flecha del carcaj, volviendo a tensar su arco—, no esperaba que lo entendieras, pero esta locura tenía que terminar.

—¡Tú eres quién va a terminar aquí, maldita! —rugió la señora del Helheim, abalanzándose contra la monarca.

Elsa se mantuvo firme en su sitio mirando de frente a la muerte que se acercaba como una estampida con toda la intención de aplastarla. Las manos abiertas como garras cernían sombras amenazantes sobre su cabeza. El gesto feroz y terrorífico emitía un chillido de pesadilla, mientras la escarcha a su alrededor se levantaba en el aire violentamente.

La joven noble contuvo el aliento. No sentía miedo ni angustia. Si ahí debían de terminar sus días lo haría al lado de su sabia, de pie, sin arrepentirse por nada. Si ese era el final que los dioses habían escogido para que acabara tal amor. Lo aceptaría como la orgullosa hija de los Arnadarl que era. Como la Reina de Midgard que había bajado hasta el infierno para fastidiar a la parca en su propio juego.

Como la Reina de las Nieves que había derretido un corazón que yacía congelado.

—¡Basta ya, Hela! ¡Es suficiente! —retumbó una voz como de trueno en la lejanía.

Uno de los pilares se derrumbó entre ellas cuando un hacha lo partió limpiamente por la base, levantando una polvareda de roca y escarcha.

Elsa se hizo pantalla con el brazo, entrecerró los ojos intentando distinguir algo de la silueta que se dirigía a su encuentro.

Una mano enguantada afianzó el mango del arma, alzándola para echársela sobre el hombro. Hela retrocedió un paso gruñendo por lo bajo. Elsa la observó con la boca abierta. La recién llegada se trataba de una mujer sumamente hermosa e imponente. Una visión de aquel mundo de dioses.

Una valkiria.

Toda ella era luminosa y rozagante. Estaba vestida para la guerra con su armadura de oro, el yelmo cornamentado y una capa de plumas blancas. Sus cabellos eran rojos como el fuego, la melena la llevaba sujeta con un largo trenzado. En el escudo que afianzaba se veía la marca de los Æsir. Torció los labios carnosos en una sonrisa suficiente cuando estudió el panorama que tenía ante ella con esos brillantes ojos ambarinos que asemejaban los de un halcón que fuera capaz de verlo todo y estuviese a punto de lanzarse sobre su presa.

—Yo soy Skuld. —dijo atronadoramente, dirigiéndose a la impresionada Reina —Soy la norna de lo que debería suceder —declaró enarcándole las cejas con suspicacia—. Y creo que alguien tiene que explicarme lo que está ocurriendo aquí.

Un silencio sepulcral se apoderó de la sala del trono, sólo las llamas de la fosa crepitaron a la distancia. Elsa se mantenía al frente del cuerpo inerte de Kyla, observando cómo entre aquellas dos mujeres parecía estar desenvolviéndose algo importante.

Hela se aclaró la garganta, entrelazándose las manos a la espalda. Comenzó a rodear a la norna, como parecía ser su costumbre para tomar el control de la conversación.

—Qué raro que bajes aquí Skuld —ronroneó con extrañeza—. ¿No deberías estar con tus hermanas cuidando las raíces de Yggdrasil? Un descuido demasiado prolongado podría adelantar el Ragnarok.

La valkiria pelirroja bufó como si le hubiese declarado algún disparate.

—Mis hermanas y yo sabemos perfectamente cuándo se llevará a cabo tal hecho y hoy no es el día —contestó, avanzando con suficiencia—. Para ser honesta, baje hasta aquí queriendo averiguar porqué estábamos encontrando anomalías en nuestros diseños. De hecho, quería pedirte razones sobre un jöttun que murió dos veces; pero no pensé encontrar este estropicio...

Elsa y Hela se miraron de reojo. El paisaje nevado y el cuerpo ensangrentado de Kyla Frei eran cosa suya, pero la destrucción de parte del palacio había sido completamente obra de Skuld.

La Norna se sonrió como si pudiese ver tal pensamiento escrito en sus caras. Elsa reconoció la sensación al sentirse escudriñada por aquella imponente mujer, de inmediato comprendió que esa vista ambarina era la que había inspirado el poder de los ojos violetas en primer lugar. Su brillo dorado la traspasaba como el fuego. La Reina apartó la mirada como si estúpidamente hubiese pretendido ver directamente al sol. Esa increíble visión resultaba aún más abrumadora siendo experimentada desde la fuente original. Observó de reojo a Hela, quien parecía hallarse paralizada por un pensamiento semejante.

Skuld asintió como si de pronto hubiese comprendido todo. Se dirigió a la señora del Helheim, extendiéndole la mano enguantada.

—Tienes aquí algo que no te pertenece —le informó tranquilamente.

Hela retrocedió un paso, negando con molestia.

—No lo creo, pero has lo que tengas que hacer y retírate —le respondió dándose la vuelta y dirigiéndose a la escalinata que conducía hacia su trono. Chasqueó con molestia evaporando la destrucción de su palacio. El humo negro se encargó de devolver todo a su estado original. La mujer oscura tomó asiento en su silla, observando en silencio desde las alturas.

Elsa se encogió en su sitio cuando vio que la norna caminaba hacia ella, no negaría que le impresionó la manera en la que había manejado a la muerte, pero no se amilanó. Mantuvo su postura protectora entre ella y el cuerpo de su amada caída. No permitiría que esos dioses dispusieran de ella nuevamente.

Skuld la miró comprensivamente desde su enorme estatura una vez que se encontraron frente a frente.

—¿Me permite, su majestad? —le solicitó con amabilidad.

La Reina frunció el ceño sin poder comprenderlo, pero cedió ante aquella petición. Asintió mansamente y se apartó, permitiendo que la valkiria se posara frente al cuerpo de Kyla. Skuld le estudió el daño, recorrió la vista por las cicatrices, el esqueleto deformado, el hueco helado del corazón faltante. Aquellos ojos dorados leyeron la historia de esa sabia en un parpadeo como Kyla no había logrado hacerlo en toda su vida. La mujer fijó brevemente la vista en Elsa, los ojos ambarinos le brillaban con sentimiento. Volvió la vista hacia la sabia, asintiendo, con los pulgares metidos en el cinturón.

—Así que aquí estabas tú... —se sonrió Skuld como si se hubiese encontrado jugando al escondite y por fin diera con el último jugador que le faltaba—. Menudo viaje has tenido, ¿No?

Elsa se enredó las manos en el regazo sin comprender muy bien lo que estaba pasando. Miró a la norna acuclillarse junto a Kyla, la enorme mujer había dejado su arma de lado y rebuscaba a ciegas dentro de la bolsa de cuero que tenía pendiente del cinturón.

—Mis hermanas me hablaron de esta joven —le explicó a la Reina por sobre el hombro—. La bribona se las ingenió para ser notada en el momento correcto. Ni antes ni después de lo necesario... Es de nornas y magos hacer tal cosa —completó con gracia, estudiando el objeto que se sacó del bolso y sostuvo en el aire.

Una madeja de hilo común.

La Reina de Arendelle la miró con extrañeza. Hela se removió atentamente en su asiento, a la distancia.

—Yo por mi parte, tenía curiosidad —admitió la mujer, estirando la mano, arrancó un cabello larguísimo de la cabeza de Kyla y lo ató al inicio del hilo, removió con cuidado la mano rígida de la sabia para apartarle la tela manchada del pecho.

Elsa se tensó, pero no se movió. Skuld se sonrió por lo bajo mientras impregnaba la madeja con la sangre de la germana. Se quedó observándola como aguardando a que algo importante ocurriera. La norna admiró por un momento el semblante apacible de aquella joven, curvó ligeramente los labios al colocarle la mano sobre los párpados cerrados. Elsa notó aquel movimiento por parte de la valkiria, pero no consideró apropiado ponerse a cuestionar las acciones de una nornir.

Finalmente, Skuld recogió su hacha y volvió a incorporarse. Le dedicó a Elsa un gesto afirmativo con la cabeza a manera de agradecer su cooperación. Caminó hasta colocarse ante la escalinata del trono de Hela, que tamborileaba con los largos dedos, expectante.

—¿Y bien?

—Llévate al jöttun y date por bien servida —dijo la norna de manera terminante—. El destino que le tendiste a esta völva terminó aquí.

Hela se enderezó, la ofensa de aquel juicio quedaba patente en lo crispado de su gesto.

—No puedes arrebatármela —soltó, apretando los dientes—, es mía. El destino no se puede cambiar —le recordó con astucia.

Skuld se encogió de hombros como si ella tampoco pudiese hacer algo al respecto.

—He estudiado el tapiz de la völva y en vista de que esta mortal ha tenido sólo media vida y sus acciones ocasionaron muchos cambios importantes que deben ser reparados... Mis hermanas y yo acordamos hacerle un nuevo telar.

—Esas son tonterías —bufó la mujer oscura con enfado.

—No es la primera vez que deshago un trabajo terminado, Hela. Ya deberías saberlo —pronunció Skuld con significado. Se sonrió bajando la mirada hacia su palma abierta—. Además, la muchacha ya ha tomado su decisión.

Le mostró el hilo con suficiencia exhibiendo cómo el material había cambiado. Ahora era dorado y brillante. Elsa contuvo el aliento, pues se decía que aquel material lo usaban las nornas sólo para tejer el destino de la vida de los héroes.

—Ella nunca volverá aquí —le aseguró como recitando una profecía—. Cuando muera, Kyla Frei viajará directo con Freyja y espero que tengas cuidado porque podría malinterpretar que las cosas ocurran de otra forma. Con ella, o con alguno de sus seres amados.

Hela apretó los dientes con ira. Asintió de mala gana volviendo a tomar asiento en su silla. Le hizo una seña a la nornir indicándole que se retirara. Skuld le dio el gusto, alejándose un par de pasos, luego se giró fingiendo que se despistaba.

—Ah, sí, casi me olvido... —le dijo agitando el índice en el aire—. Las almas que tienes varadas en la entrada de Niflheim, serán trasladadas a Fólkvangr, con los Vanir.

—¡Eso no es justo! —exclamó la muerte, volviendo a incorporarse con rabia—. Odín y Freyja ya se reparten la mitad de los muertos cada uno.

—Debiste pensarlo antes de dejarlos a su suerte —contestó la nornir con simpleza.

—Ella lo sabía... —siseó la muerte, cayendo en cuenta al posar la vista en Elsa—. Esa chiquilla tenía la bendición de Skadi, una Vanir, así que la völva se aseguró de contar con el favor de los dioses superiores...

—¿Qué esperabas? —respondió Skuld enarcándole las cejas ante aquella obviedad—. Mientras más tortuoso volviste su camino, más fuerte le parecía a Freyja el amor de estas dos. Era imposible evitar que intervinieran... Hasta yo logré conmoverme...

Hela apretó los puños, pero no respondió a aquella provocación. Volvió a sentarse en su silla, aferrando los reposabrazos con fuerza.

—Bien. Que así sea entonces —concedió con molestia—. Llévatela de aquí —le dijo, colocándose la mano sobre la sien como si estuviera sobreviniéndole una terrible migraña—, no quiero volver a ver a esta pequeña bruja embustera.

Siendo la hija de Loki, Hela, quién había crecido acostumbrada a engañar y salirse con la suya, tuvo que conformarse con rumiar su derrota ante aquella mortal de Midgard. Pasaría años preguntándose en qué momento, la germana había trazado todo su plan y aceptado de buena gana el dolor y la injusticia que le otorgaría el favor de los otros dioses al final, cuando sería verdaderamente importante su juicio.

Concluyó que Kyla Frei era más peligrosa y rastrera de lo que aparentaba y a partir de entonces sostendría que los Vanir le habían hecho un favor al arrebatársela y endilgarse ellos el problema de lidiar con ella.

Skuld regresó hasta donde Elsa seguía esperando, la valkiria se había guardado el hilo dorado en la bolsa y el hacha de guerra se la había dejado atada al cinturón. Se inclinó, alzando con facilidad el cuerpo de la morena entre los brazos. Se giró hacia la Reina de Arendelle que se debatía en su nerviosismo, si bien la nornir, sabía que la joven tenía preguntas qué hacerle.

—¿Ha terminado por fin? —soltó Elsa con cautela.

Skuld le asintió alegremente.

—Reina sabiamente, Elsa Arnadarl —le dijo la norna a manera de brindarle un buen consejo—. Fuiste tocada por Skadi para dejar tu huella en el mundo. Vive con libertad y sin miedos. Aprovecha tu vida mortal, hasta que tengamos que volver a encontrarnos.

—¿Y cuándo será eso? —inquirió la muchacha con preocupación.

—¿Cómo saberlo? —le dijo la norna sonriéndole con misterio.

Elsa se sonrió por lo bajo comprendiendo las palabras.

Un montón de plumas blancas se desprendieron de la capa de la norna, se agruparon para transformarse en un carro de guerra tirado por blancos corceles. La mujer colocó a Kyla en el asiento y se volvió para hablarle por última vez antes de retirarse.

—Será mejor que despiertes, majestad y averigües por ti misma lo que ocurre en el mundo de los vivos. Ya no tienes nada que hacer en el reino de los muertos.

Las plumas blancas volaron por los aires y rodearon a la monarca hasta que todo a su alrededor se volvió blanco.

—Felicidades por tu victoria —escuchó decirle a Skuld, seguido del sonido de las riendas, el relinchar de los caballos y el girar de las ruedas de la carroza.

Elsa abrió los ojos, jalando aire de manera confusa. Las manos delgadas de Jenell Frei la sostuvieron durante aquél breve momento de confusión.

—Tranquila, niña —le dijo para sosegarla—. Todo está bien. Ya estás de vuelta, respira profundo e intenta calmarte.

Elsa jadeó siguiendo el sonido de su voz. La vista se le fue aclarando hasta que los manchones ante sus ojos comenzaron a cobrar más forma. El cuerpo de Kyla le descansaba contra su cuerpo, tal cual lo había dejado antes de partir al mundo espiritual.

—Bienvenida —le dijo la anciana al devolverle la mirada.

—Jenell, usted...

Elsa no completó la frase. El ojo derecho de la sabia estaba completamente blanco, ciego. El precio que hubo que pagar por el insensato que habían emprendido juntas.

—Si Odín pudo desprenderse de uno de sus ojos en la búsqueda de conocimiento, ¿Quién sería yo si no ofreciera ambos por mi nieta? —exclamó la mujer con sentimiento cuando una mano de dedos largos y delgados le acarició la mejilla.

Elsa bajó la mirada. Kyla estaba viva, tocando agradecidamente a su abuela, lloraba en silencio, así como ella.

Danke schön, Oma... —susurró la morena en su lengua, de manera conmovida.

Gott sei Dank... —sonrió la matrona correspondiéndole con dulzura.

Las mujeres Frei y la Reina de Arendelle se sonrieron con alivio después de haber pasado por toda aquella incertidumbre, por un momento reinó la tranquilidad hasta que Kyla exhaló dolorosamente.

La muchacha se inclinó hacia adelante, constriñendo los dientes. Elsa la sostuvo entre sus brazos, Jenell se incorporó para ayudarla a enderezarse. Kyla se apretaba el pecho como si algo en él la estuviese quemando por dentro.

—¿Qué te pasa, amor? —exclamó Elsa, también otorgándole espacio—. ¿Qué es lo que sientes?

Kyla intentó contestarle, pero no fue capaz de articularlo. El cuerpo de la germana se vio rodeado por un brillo dorado mientras la joven tensaba la mandíbula y las lágrimas le resbalaban por las mejillas, se encogió temblorosamente sobre los codos en el lecho, gimiendo entre espasmos que debían estarle causando un daño indescriptible. Elsa se apartó cuando Kyla estiró un brazo exclamando un alarido. Los huesos le crujían internamente y la piel se le iba reacomodando entre los temblores de aquella increíble transformación. Los largos dedos y las manos pesadas se retrajeron en si mismos como si tuvieran por propósito encogerse. Lo mismo ocurrió con los brazos, las piernas, el torso, la espalda doblada y el resto de todo ese cuerpo hasta que en conjunto guardaron las proporciones ideales de una joven académica que se encontrara cerca de cumplir sus veinte años de edad.

Elsa abrió la boca en su conmoción, aquella apariencia no correspondía a la de una sabia blanca semigigante ni a la de una chica maldita que siempre había sido demasiado baja de estatura para ser normal, La que se estaba revelando en ese momento ante los ojos estupefactos de la Reina de Arendelle, se trataba de la verdadera Kyla Frei. La dueña de ese fylgja que tenía forma de lobo en el mundo espiritual y que la protegió siempre con fiereza y lealtad.

El afilado y anguloso rostro se fue redondeando hasta adquirir un aspecto saludable, las sombras la fueron abandonando cuando el rubor le tintó las trigueñas mejillas. El cabello se oscureció hasta que brilló de color negro azabache, derramándose como cascada, largo y sedoso en su natural fiereza. La morena se estremeció como si la hubiesen punzado con un hierro al rojo vivo y los estigmas de todas las muertes que llevaba marcadas en la piel resplandecieron con incandescencia cuando se convirtieron en nubes de vapor que le abandonaron a presión la carne hasta que esta quedó lisa e inmaculada.

Kyla resopló agotadamente, con los músculos tensos cuando el fulgor dorado finalmente la abandonó. El cuello del blusón le pendía del hombro, viniéndole ahora este demasiado grande. La morena apretaba los ojos en una mueca dolorida cuando Elsa se atrevió a llamar su atención.

—Kyla, cariño, ¿Te encuentras bien? —inquirió nerviosamente—. ¿Eres en verdad tú?

La sabia abrió los ojos, jadeó en su impresión y se giró para encarar a la dueña de aquella voz que la había nombrado.

Elsa contuvo el aliento al vislumbrarla. El rebelde cabello negro le caía sobre el lozano rostro y la mirada que la contemplaba con un asombro semejante al suyo, era de un color azul muy claro, como el del cielo despejado en un perfecto día de verano.

La joven sonrió con un entusiasmo que no hizo nada por ocultar el alivio de reconocer a la mujer que la apreciaba de pies a cabeza con esos ojos cobaltos tan brillantes.

—¡Elsa! —exclamó la germana al observarse las manos—. ¡Dioses! Se palpó el pecho cálido y retumbante. Por favor dime que esto es el mundo de los vivos, no podría soportarlo si esto se tratara de otro hildring del Helheim.

Elsa la recorrió con la vista sin dejar de sonreírse. La apariencia de la muchacha era aún más bella de lo que ya había aprendido a apreciar. Le asintió emotivamente, tomándola de las manos.

—Estás aquí, amor mío. Estás viva, estás en casa y te has librado de esa terrible maldición gracias a los dioses.

—Pero ¿qué ha pasado? —soltó la morena con extrañeza—. ¿Cómo ha sido posible?

La Reina frunció el entrecejo, tan confundida como ella, pero Jenell se adelantó a llenar ese hueco en la conversación.

—Tendrá que explicarle, majestad —le dijo con alegría—. Mi nieta está experimentando por primera vez lo humano que puede ser no saberlo todo.

Elsa abrió la boca, comprendiendo lo que estaba ocurriendo. Miró a Kyla, sonriéndole con profundo afecto.

—Fueron las nornas —le informó, derramando lágrimas de alegría—. Se supone que te devolvieron la vida que te pertenecía.

Elsa miró a la morena como si las palabras de la anciana tuvieran mucho sentido. Kyla torció las cejas como si no comprendiera muy bien la razón de que su amada y su abuela la miraran de tal forma.

—Kyla, tus ojos son azules ahora —dijo la Reina significativamente.

—¿Qué cosa? —soltó la germana en su impresión.

Kyla se desembarazó de las mantas y se puso de pie con torpeza, Elsa la soportó agarrándola de la cintura y la ayudó a moverse a donde quería. La germana aún no estaba acostumbrada del todo a sus nuevas proporciones, apoyó las manos en la superficie de su tocador y alzó temerosamente la vista para estudiar su propio reflejo.

—El violeta se ha ido —jadeó la muchacha al tiempo que repasaba con los dedos sus nuevas facciones, seguía atentamente con la vista azulada a esa joven extraña que se movía como ella. La morena exhaló impresionada. Seguía siendo ella misma, pero de alguna forma se veía muy distinta.

—Ese es el color de ojos con el que naciste, niña —pronunció Jenell con el mismo orgullo con el que la vio nacer—. Solo apreciaste el mundo con ellos hasta tus seis meses de vida, así que... Podría decirse que estás mirándolo todo por primera vez.

Kyla se giró y clavó los ojos cerúleos en Elsa. La miró con intensidad, con la chispa del asombro de un infante que ha hecho un gran descubrimiento. Le extendió una mano elegante y trigueña hacia el rostro y le limpió la línea húmeda del pómulo que la Reina había llorado por ella.

—Puedo verte —le dijo con el sentimiento golpeteándole dentro del pecho—. Todo lo que vi en ti con esos ojos mágicos. Es tan evidente ahora sin ellos... Esto que siento, Elsa...

Es real, siempre fue real —le pronunció, derramando ella sus propias lágrimas de alegría.

Elsa se río nerviosamente en medio del llanto y la abrazó muy fuerte.

Las jóvenes amantes se quedaron un momento así, aferrándose mutuamente, como harían los supervivientes de un barco atrapado en una tormenta demasiado extensa y que por fin tocaba tierra firme.

Resultaba extrañamente reconfortante, se pensó la sabia, cerrando los ojos de manera apacible. No había sombras, ni posibilidades, ni fantasmas, o escenarios alternos. Ninguna voz en su cabeza la llenaba de inseguridades o tristeza. Sólo percibía ese momento en el que su hermosa Reina la sostenía entre sus brazos, y con eso le era más que suficiente.

Para Elsa no resultaba tan diferente el sentimiento. Su morena seguía sintiéndose sólida bajo sus manos, le observó el hombro descubierto, apreciándole la tersa piel, ansiando recorrerla por completo. Los dedos que la sostenían eran gráciles y delicados, pero conservaban ese agarre firme que siempre la había caracterizado, aspiró ese aroma acanelado, deseando poder percibirlo por siempre en esa cercanía.

Cuando se separaron finalmente, siguieron tomadas de las manos como si no quisieran soltarse por temor a perderse nuevamente, si bien el cielo y los dioses fueron testigos de que ellas habían luchado por forjarse un destino juntas, y mantendrían viva esa promesa hasta que tuvieran que volver al mundo espiritual, cosa que esperaban ocurriera muchos años después, cuando Freyja recordara que tenía un par de ancianas enamoradas a las cuales había prometido invitar a su reino.

Esa fue la segunda ocasión en la que Elsa pensó que debía declarar que las fiestas de Freyja fueran eventos nacionales. Eso y que tal vez debían adoptar un gato, el animal guardián de aquella diosa Vanir.

—Sigues siendo más alta que yo —observó la Reina arqueándole las cejas a su sonriente sabia—, aunque creo que ya no tendré que ponerme de puntas y hacer que te inclines para besarte.

La morena juntó la frente con la de la rubia monarca sonriéndole con embeleso. Se besaron fugazmente comprobando la teoría. Elsa rodeó el cuello de Kyla mirando atentamente dentro de esos ojos azul cielo que a cada segundo que pasaba, le parecía que le gustaban más.

—Te tengo y aunque sé que lo había aceptado en el otro mundo, no pienso volver a dejarte ir —declaró mostrándose un poco culpable mientras se mordía el labio con sugerencia—. Necesito que te recuperes pronto y comiences a arreglar tus asuntos, porque mi concejo necesita de una sabia que esté totalmente desquiciada...

—Yo… tengo excelentes referencias sobre eso... —respondió Kyla encogiéndose de hombros, señalándose a sí misma.

—Lo sé —confirmó la Reina de Arendelle, sellando los labios de la morena nuevamente con los suyos.

Kyla no pudo oponer resistencia, si bien se le vio un poco apenada de estar montando aquel papelón frente a su abuela, pero Jenell se sonrió con nostalgia, recordando lo que era sentir el amor de esa manera. Anduvo hacia la puerta y abandonó la pieza, indicándoles antes a las muchachas que no fueran a demorar mucho en bajar. En la primera planta se reunió con Emma, Redmond, Titus y Kristoff, quienes aguardaban en el comedor de la cocina a que la matrona les diera palabra sobre Kyla.

El señor Frei se incorporó nerviosamente al notar el ojo ciego de su madre, pero la mujer alzó las manos para tranquilizarlo. Se dirigió a los presentes informándoles que tenían que prepararse mentalmente para presenciar de cerca un milagro.

...

La Academia de Corona en Oberhavel se vistió de gala esa mañana. Los estandartes del sol y la luna no se habían visto juntos desde hacía varias décadas en una ceremonia de ordenanza en esa plaza, y eso no sería lo más inusual que conformaría aquel evento tan comentado.

Los sabios blancos y los aprendices vestidos de color gris se afanaban alistando los detalles, mientras los de vestimentas negras guardaban las puertas impidiendo el paso a quienes no formaran parte de las comitivas oficiales.

Pues desde que se había corrido la voz sobre la Reina norteña que arribó con el invierno en un trineo salido del mar, se rumoraban todo tipo de historias al respecto.

Algunas hablaban de invasión, otras sobre una declaración de guerra, algunos se acercaron más a la verdad, asegurando que la Reina de Arendelle había aparecido para curar con su magia a la moribunda nieta de la sabia mayor a cambio de llevársela a sus tierras heladas, pues ella era la mejor sabia del continente y la quería a su lado para formar un equipo imparable.

A muchos les hizo sentido aquello último, pues unos días después de su arribo se anunció en todo el reino que Kyla Frei era la persona detrás del pseudónimo de Adolph Heller, el lobo del sol, y sus hazañas, entre las que se contaban importantes investigaciones, avances médicos y científicos, actos heroicos y por supuesto, el haber hecho posible que la princesa Rapunzel volviese a casa. La muchacha fue condecorada con la cruz de honor en evento público y por eso ahora que se rumoraba que la ceremonia de su investidura sería privada, habían estado volando aves y saliendo mensajeros durante días en lo que debió ser el mejor chismorreo de la época.

Se decía que hasta el Rey Frederic mismo y su familia se contarían entre los presentes, asegurándose de que ahí se llevaba a cabo una alianza diplomática entre los reinos de Corona y Arendelle, o tal vez que se gestara una disputa entre las naciones y tal cosa no ocurriese. Las apuestas iban cuatro a una, favoreciendo a la Reina del país noruego, solo porque su toque mágico la había vuelto sumamente popular, admirada y temida por igual.

—Reina Elsa, permítame conducirla —llamó una voz masculina con don de mando, aproximándose por la explanada.

Elsa se giró, saludando cordialmente al Rey Frederic que se veía tan magnánimo como siempre de blanco y dorado. Elsa le dedicó una graciosa inclinación de cabeza mientras el hombre se doblaba ligeramente para besarle la mano. La Reina de Arendelle usaba un vestido azul prusiano ceñido, de caída elegante y escote de hombro a hombro como parecía que sería su nueva predilección en cuanto al tema, salvo que los llevaba cubiertos con una capa marina con charreteras de color dorado, usaba guantes blancos hasta los codos, la banda real le atravesaba el delgado torso y una buena réplica de su corona le adornaba la cabeza que lucía ese impecable peinado de mechones congelados.

El Rey le sonrió casi de manera paternal.

—Y pensar que la última vez que la vi era una niña pequeña y ahora está aquí ordenando un sabio de mis tierras —le dijo conmovido, pensando en los padres ausentes de la pálida muchacha que caminaba a su lado—. No crea que he pasado por alto que se está llevando a la mejor —le informó enarcándole las pobladas cejas—, así que espero que Corona y Arendelle mantengan sus buenas relaciones en el futuro —concluyó sonriendo cándidamente.

—Por supuesto que sí, majestad. Eso ni siquiera necesita enfatizarse —la muchacha se enredó los dedos por sobre el regazo, de manera apenada—. Sé que ya lo hice, pero me gustaría volver a disculparme por la forma en la que llegué sin presentarme con usted antes. Creo que todavía esta mañana seguí escuchando rumores sobre eso. Lo siento mucho.

El Rey Frederic prorrumpió en una sonora carcajada.

—Y hablarán por mucho tiempo más, querida Elsa —dijo el soberano, agitando la mano sin darle importancia—. Les trajo emoción a sus vidas sencillas y aquí en Corona nos encantan este tipo de cuentos. No se sorprenda si luego llega a sus oídos alguna canción que hable al respecto.

La joven se estremeció dolorosamente.

—Dioses, creo que prefiero no enterarme de nada de eso...

El hombre se separó de Elsa sonriendo de manera entretenida y se reunió con su familia en la parte delantera de aquella sala abovedada de techos altos en forma de arco tan semejantes a los de las catedrales góticas. La luz de sol entraba por enormes ventanales que acrecentaban esa sensación de imponencia y se concentraba en el fondo de la pieza. Sonaba al fondo una melodía antigua de percusiones tribales, la lira trossingen, la cítara con arco y la flauta acompasaban a una voz angelical que cantaba en alto germánico, recordando el origen teutón de aquel pueblo.

Justo debajo del emblema del reino, se ubicaba la nave central, que había sido decorada con crisantemos y jazmines blancos. A su espalda se erigían las estatuas de los tres sabios fundadores de la orden, a los costados, en pendones de color carmesí, podían leerse en antiguo germánico los preceptos que habrían de obedecer quienes decidían dedicar la vida al conocimiento.

Ahí aguardaban Jenell Frei, quién como la sabia mayor, habría de llevar a cabo la ceremonia y lucía las prendas negras que lo demostraban; el príncipe Titus que sostenía un envoltorio color carmesí; Elena Von Schneider cargando un pequeño cofre; y por supuesto, su amada sabia morena.

Elsa no pudo evitar sonreír al mirarla, Kyla se veía muy hermosa, toda vestida de finos ropajes de color carmesí, el cabello azabache lo llevaba peinado en un trenzado que le recogía la mitad de la cabellera y le despejaba el rostro alargado. Sostenía una delicada flor de loto de cristal contenida en un orbe dorado entre las manos, lo tanteaba con nerviosismo como si tuviera que asegurarse de tanto en tanto que no lo había soltado. La emoción del momento fue evidente en sus ojos cerúleos tan brillantes cuando alzó la mirada para encontrarse con la de la Reina extranjera, que ese día solicitaría llevársela lejos.

A las dos se les estaba cumpliendo lo que pensaron siempre sería un sueño imposible.

La Reina de Arendelle avanzó a su encuentro. Se colocó frente a la sabia roja y le sonrió ligeramente antes de tomar aire. Jenell le dedicó una inclinación y alzó las manos para pronunciar las tres preguntas que su nieta debería contestar para demostrar que aquello era una decisión de mutuo acuerdo.

—Kyla Wendaline Frei, hoy es el día en que abandonas el color blanco y el rojo tintará tus ropajes en señal de fidelidad a la casa real que habrá de recibirte. ¿Estás preparada para prestar tus juramentos sin dudas en tu corazón?

—Lo estoy —respondió la muchacha con reverencia.

—¿Juras honrar la divinidad de la creación y respetar el sagrado equilibrio que guarda con el reino de los hombres?

—Lo juro.

—¿Juras prestar tus conocimientos y talentos para salvaguardar a la humanidad y a la familia Arnadarl bajo su escudo de armas en sus fronteras y a donde sea que te conduzcan sus mandatos?

—Lo juro.

—¿Juras convertirte en la luz que ilumine la oscuridad de tu ordenante en los tiempos inciertos y dedicar tu vida a acompañarle con dedicación y la fidelidad que demanda la Academia?

La sabia miró a la monarca noruega con intensidad, asintió con la cabeza como si no le quedara alguna duda sobre aquello.

—Lo juro.

Elsa se sonrió, incapaz de contener la felicidad que le alborozaba el corazón. Extendió la mano enguantada, que la morena recibió entre las suyas.

Kyla hincó una rodilla en el suelo, ambas se miraron con intención, la germana tomó aire antes de pronunciar sus promesas.

—Reina Elsa, atendiendo a su llamado, me presento ante usted humilde y purificada, en presencia de los míos y la sede que me ha formado para cambiar mis ropas y emblemas y así ordenarme bajo su real mandato. Me honra su elección e integrarme de esta forma a su noble casa.

Elsa le asintió, animándola a proseguir.

—Como su sabia ordenada honraré su nombre, las costumbres de su tierra y su gente será la mía.

Kyla le dedicó un ligero apretón a los dedos enguantados que aferraba entre las manos.

—La seguiré a donde usted quiera llevarme y sea necesaria, siempre.

La Reina de Arendelle la miró con los ojos brillantes de la emoción antes de soltarla. Se giró hacia Titus, quien le enarcó las cejas alegremente y tomó de sus manos la capa roja.

La estudió por un momento, se veía suave y abrigadora, los motivos de los bordados eran germanos y elegantes, en el centro, el azafrán de su casa era la pieza principal sobre la que armonizaba aquel diseño de hilos rojos. La extendió y se la colocó sobre los hombros a la joven que seguía arrodillada ante ella.

—Yo, Elsa Arnadarl —comenzó con voz regia al tiempo que le ajustaba los broches a la prenda—. como soberana del Reino de Arendelle, te arropo hoy Kyla Frei, con mi escudo de armas y te tomo bajo mi cuidado— le acomodó perfectamente el cuello y la capucha que habría de cubrirle la cabeza, terminando con un ligero apretón de hombros—. Prometo mantener siempre la mente abierta para recibir la sabiduría de la Academia, y mi corazón humilde para aceptarla.

Clavó los ojos cobaltos en la mirada cerúlea que no hacía más que observarla con devoción.

—Me comprometo a escucharte, respetarte y protegerte siempre —concluyó con firmeza.

Elena se colocó junto a Elsa presentándole el pequeño cofre, le sonrió afirmativamente antes de abrirlo y mostrarle a la joven noble la cadena de cien eslabones dorados que terminaban con el emblema de su reino. La Reina la tomó entre sus manos y se colocó frente a su sabia, liberó el cierre de mosquetón, sosteniendo ambos extremos en el aire.

—Con esta cadena habremos de enlazarnos como Reina y Sabia, que sea el símbolo de las promesas que hemos hecho este día y el recordatorio que nos permita llevarlas a cabo.

Elsa le pasó a la morena su nueva cadena y cerró el mecanismo. El azafrán de color dorado quedó pendiente ante su pecho, lo miró con reverencia.

Kyla alzó el orbe dorado por sobre su cabeza a manera de ofrenda y Elsa se lo recibió. Aquel era el objeto que el monarca conservaría como recordatorio de aquel evento y era elección del sabio su figura. La germana había escogido aquella flor en particular por significar sabiduría y ser el símbolo de la victoria del espíritu sobre la adversidad, así que resultaba ser un artículo bastante acertado. Ambas se sonrieron al notar las tres espirales enlazadas talladas en el cuerpo de aquella esfera dorada. La Reina se inclinó ante la sabia y la besó en los labios tal y como dictaba el protocolo de la ordenanza a manera de sellar las promesas dichas, aunque para más de uno de los presentes y ellas mismas, la acción cobraría otro significado.

Jenell asintió en conformidad y volvió a alzar las manos.

—Ahora ponte de pie, Kyla Frei, a partir de este momento eres la sabia real de Arendelle.

Kyla se incorporó mientras la concurrencia aplaudía en celebración del nombramiento. Elsa la miró con el orgullo de haberla hecho cambiar los colores y verla portando, por fin, los escudos de su nación.

Se dieron la mano, estrechando los lazos que habrían de otorgarles el derecho de gobernar juntas.

Terminadas las formalidades se dio paso a un festín al aire libre en el patio de aquella sede. Ahí los invitados y las recién ceremoniadas pudieron degustar exquisitas viandas germanas y conversar animosamente con bebidas espirituosas. Elsa y Kyla se habían repartido la tarea de entretener a los asistentes en el acuerdo de gozar de aquel último momento de individualidad social, antes de que debieran pasar a hacerlo todo en pareja en los eventos formales.

—Así es como siempre debió ser —pronunció mamá Jenell alzando su copa mientras Elsa le asentía con alegría. Nunca vi a mi nieta tan feliz como cuando usted era la responsable de aquel sentimiento —le señaló encogiéndose de hombros—. Todos en casa sabíamos que Kyla no se dejaría ordenar por nadie más, aún si Frederic se lo propusiera.

Elsa le asintió, intentando no recordar las realidades alternativas que presenció en el infierno.

—Hay una cosa que me llamó la atención —mencionó la rubia mirando a su sabia a la distancia—. Kyla cambió mucho ante nuestros ojos, es casi como si fuera una persona totalmente distinta, pero casi nadie ha hecho mención de eso.

Jenell se sonrió, dándole la razón al respecto.

—Sólo es evidente para los que presenciamos la magia de manera directa. Para el resto, todo pasó a formar parte del ajuste que hicieron las nornas —explicó la sabia mayor—. En Arendelle y el resto del mundo, todos darán por sentado que Kyla siempre se ha visto de esa manera, así que no temas tener que dar alguna explicación al respecto.

La muchacha sonrió con alivio, tuvo que admitir que aquello le quitaba un gran peso de encima.

—¡Enhorabuena, sabia Frei! —exclamó la princesa Rapunzel al abrazar a Kyla—. Me alegra mucho que fueras acogida en tan buena casa. No me cabe duda de que la Reina Elsa cuidará bien de ti.

—Se lo agradezco, alteza, a ambos —respondió la morena con alegría mientras Eugene le estrechaba la mano con camaradería.

—Sabia Frei, antes de que te vayas de Corona, aclárame algo —soltó el príncipe consorte al inclinarse con ella en confidencia—. En tu astuto plan para rescatar a Rapunzel ¿Qué papel jugaba el hecho de que mis carteles de búsqueda nunca tuvieran la nariz correcta?

Kyla había mantenido las cejas en alto en espera de otro tipo de pregunta, pero sus labios se fueron alzando por las comisuras conforme el joven fue pronunciando su interrogante.

—En realidad, eso sólo me pareció divertido —confesó la morena, encogiéndose de hombros al sonreír con picardía.

El príncipe Eugene dejó que su mandíbula pendiente en una mueca de profunda incredulidad demostrara su opinión al respecto. Rapunzel soltó una risita, pero le rodeó el brazo entre las manos y le dedicó un gentil beso en la mejilla que logró distraerlo lo suficiente como para ignorar la afrenta pendiente con la sabia roja de Arendelle.

La muchacha se escabulló de la pareja real para toparse con Elena, quien la recibió con un abrazo afectuoso.

—Felicidades, Kyla. En verdad me alegro mucho por ti, por las dos —le dijo con entusiasmo.

Kyla le sonrió en correspondencia, tomándole las manos con cariño.

—Gracias —le expresó honestamente—. Significa mucho para mí que por sobre todas las cosas nunca dejaras de ser mi amiga. Sabes que siempre contarás conmigo de igual forma.

—Lo sé —asintió la rubia con certeza. Se mordió el labio pensativamente—. ¿Crees poder encontrar tiempo en tu apretada agenda para volver en el otoño?

—¿Ocurrirá algo especial? —inquirió la morena, enarcando las cejas.

—Bueno... —dudó por un momento—. Tu abuela habló conmigo, piensa retirarse y me ha dicho que espera la sustituya en el cargo. Así que quiero que estés ahí para sostenerme la capa cuando sea negra.

—¿Tú? ¿La sabia Mayor? —soltó Kyla en su sorpresa—. ¡No jodas!

—¡Cállate, estúpida! ¡Acaban de ordenarte! —la reprendió Elena manoteándole en el hombro—. Ya debes comenzar a comportarte como una sabia de verdad.

Kyla se reía con las manos extendidas hacia las palmaditas que le amagaba su amiga. La abrazó cariñosamente porque sabía que en el fondo eso era lo que necesitaba.

—Tu madre habría estado muy orgullosa, Elena —le dijo conmovida. —Si pudiese ver la maravillosa mujer que te has convertido. Ella sabía que tú ibas a llegar lejos, así como lo supe yo.

Elena se recargó en el hombro de su amiga y le asintió, derramando lágrimas silenciosas en el proceso—. Gracias, por todo... —le susurró con simpleza.

Las sabias rojas se separaron, limpiándose la cara.

—Mejora este sitio —le encargó Kyla, colocándole la palma en el hombro—. Hay una estatua de Alviss frente a los invernaderos que siempre me molestó, la biblioteca necesita actualizarse y tengo una lista de profesores con los que tengo cuentas pendientes, te la haré llegar un día de estos —le aseguró, guiñándole un ojo, meneó la mano, encogiéndose de hombros—. Hazlo parecer casual, tú sabes, espacía esos despidos algunas semanas los unos de los otros... Ahora, que, si quieres castigar a algunos, los puedo señalar con tinta roja...

—Eres encantadoramente tonta —declaró Elena, meneando la cabeza como si Kyla fuese simplemente irremediable—. Te voy a extrañar —le aseguró, mirándola directamente a los ojos cerúleos.

—Y yo a ti —le correspondió la muchacha repasando mentalmente todo el cariño que se habían tenido.

Elena se aclaró la garganta y se cruzó de brazos, comenzó a pasear ligeramente por aquellos jardines que recorrieron tantas veces en su juventud, mientras Kyla la seguía con las manos entrelazadas en la espalda.

—Supongo que pasaremos estos meses poniéndonos al día ya que tu abuela se irá con ustedes ahora que tú y tu familia se marchan.

Kyla asintió sonriente.

—Me gustaría mucho revisar con su esposo todos los pormenores sobre su traslado a Arendelle —pronunció Elsa, a lo lejos, intercambiando palabras con Emma Frei—. Supe que el rey Frederic lo nombró canciller para tal efecto —la Reina se colocó la mano en el pecho enunciando que se expresaba con total sinceridad—. Será un placer para mí realizar todo lo que esté en mis manos para que sientan que, en mi reino, su familia tiene un segundo hogar.

—Eso sería maravilloso, majestad —agradeció la señora Frei aprobándole el gesto—. Hace mucho tiempo que no podemos tener cerca a nuestra hija. Le agradezco todas las atenciones que se ha tomado para hacer esto posible.

—Pasó tanto tiempo sin ustedes —explicó la monarca refiriéndose a Kyla, negaba como si no lo comprendiera. Se mordió el labio como si no supiera muy bien lo que quería expresar—. Mis padres ya no están vivos, y no hay un sólo día en el que no deseara tenerlos conmigo...

La mujer tomó la mano de la Reina, confortándola.

—No está sola majestad —le aseguró con la mirada verde brillante, su instinto materno no había podido ignorar el sentimiento que emanaba de aquella solitaria muchacha. Frunció los labios, encogiéndose en su humildad—. No es el mejor de los consuelos; pero nuestro amor por Kyla puede extenderse también a usted si así lo permite. Los Frei ya la vemos como parte de nuestra familia.

Elsa le asintió, rodeándola con los brazos. La mujer soltó un gritito ya que el gesto la había tomado por sorpresa, pero de igual forma la envolvió con afecto.

—Yo le agradezco, Emma, por haber criado a una persona tan noble y dulce como mi Kyla — le susurró en su abrazo—. Le prometo que la haré muy feliz.

—Sé que así será, mi niña. Que ambas lo serán.

Kyla observó la escena a la distancia, prefiriendo retirarse. Le pareció que aquello era mejor dejarlo como un momento privado de su amada. La morena se apartó un poco de la interacción social y se cobijó bajo un frondoso, manzano. Apoyó los codos en el barandal de piedra que daba la cara al río Oberhavel y se sumió en sus pensamientos, mientras se sacaba y preparaba la pipa en la que terminó ardiendo tabaco común.

—Te vas a deshacer de ese mal hábito, ¿verdad? —pronunció el señor Frei a sus espaldas, sacándose él mismo una cigarrera del interior de la chaqueta, sonriendo de manera culposa—. Esa capa está recién estrenada y va a terminar oliendo a burley y latakia para antes del anochecer —concluyó con falso reproche.

Kyla suspiró, le hizo un hueco al señor Frei para que se acomodara con ella.

—Lo siento —se disculpó la morena, sin apagar la mezcla que ardía en la cazoleta. Dio una calada y expulsó el humo encogiéndose de hombros, mientras su padre se encendía un cigarrillo envuelto en papel de arroz a su lado—. No lo hago con frecuencia, sólo cuando me siento un tanto nerviosa.

Su padre se sonrió atusándose el bigote, el humo le salió por las fosas nasales en nubecillas de tabaco perfumado.

—Bueno, hija, creo que hace tiempo debí hablarte sobre estas cosas —le dijo con seriedad, rodeándole los hombros con el brazo. Agitó la mano mientras meneaba la cabeza—. Para ser honesto no lo tengo muy claro cuando son dos mujeres, pero cuando un hombre y una mujer se quieren, ellos...

—¡Papá! —lo cortó Kyla histerizada mientras el hombre soltaba una estruendosa carcajada. La muchacha lo miró ceñuda—. ¡Dios santo, por un segundo casi pensé que ibas a decirme esa tontería en serio!

El señor Frei se disculpó con un gesto, tocando la boquilla de su cigarrillo con los labios.

—¿Qué es lo que te preocupa, Wendaline?

Padre e hija se mantuvieron en silencio por un momento, mirando las calmas aguas.

—Esto es... lo que soñé siempre... —comenzó Kyla ensimismada, tanteando su nueva cadena. Frunció el entrecejo con seriedad—. Pero ahora que ya no puedo ver las posibilidades, me inquieta la incertidumbre de no poder controlarlo todo ¿Y si todo sale mal? ¿Si termina de pronto? ¿Si ya no sé interpretar las señales o evitar los conflictos? ¿Si ahora soy pésima sabia y Arendelle se va al demonio por mi causa?

La muchacha se acercó temblorosamente la boquilla de la pipa a los labios en un intento por apaciguar esa verborrea de preguntas que ya no tenía forma de contestar.

—Tu magia te permitió evadir durante mucho tiempo la conexión auténtica con otros, hija. Es normal que te sientas de esa forma —explicó su padre. Observó detenidamente el humo que flotaba en espirales alrededor de su hija única—. Eres una Frei —le dijo con orgullo—. Una muchacha de mundo, ¿no leíste un millar de libros y escribiste varios tu misma? —le señaló mientras la joven le asentía—. Las cosas que has construido con tus manos, incluso las decisiones que has tomado de entre tantas alternativas, has sido siempre tú la que ha estado detrás de todo eso.

—Supongo —contestó la joven con desánimo, como si no se encontrara muy convencida.

El señor Frei se rascó la barba, le dio un golpecito a su hija con el codo.

—Tendrás que trabajar en cómo expresarte y conseguir las mismas cosas que lograbas con tus ojos comunicándote —le ofreció como la acción más lógica a seguir—. No será fácil, pero en algún momento tendrás que empezar —el hombre suspiró, mirando dentro de esos inofensivos ojos azules tan parecidos a los suyos—. Tal vez no lo sientas así ahora, pero que el violeta desapareciera de tu vista quizá haya sido lo mejor.

Kyla comprendió a lo que se refería su padre sin necesidad de emplear un vistazo mágico y eso de alguna forma le sirvió para levantarle la moral. Redmond se encogió de hombros.

—Y si eso no basta, siempre puedes consultarnos cuando tengas problemas —sonrió el hombre, apagándose el cigarrillo y palmearle la espalda.

—Gracias, papá. Lo recordaré —le correspondió Kyla con gesto agradecido. Hizo un ademán para señalar la fiesta en pleno—. Y... ¿Estás de acuerdo con todo esto?

—Yo estoy feliz, si tú lo eres —contestó el señor Frei con simpleza, alzándole la barbilla afilada a su hija—. El amor de los Frei es incondicional.

Kyla se sonrió cuando lo miró enderezarse las solapas y se alejó para regresar al brazo de la señora Frei. El hombre le dedicó una inclinación al príncipe de Cnosos cuando se lo encontró en el camino. El joven se reunió alegremente con la sabia que seguía aspirando su tabaco ahumado y lo recibió sin inmutarse.

—¿Es en serio que te llamas así? —dijo Titus en tono burlón acercándose y colocándose junto a la sabia, donde antes estuviera Redmond Frei—. ¿Por qué nunca me dijiste tu nombre completo? —se extrañó torciéndole las cejas.

La morena le giró los ojos, bufando con fastidio.

—Precisamente por eso —dijo, señalando la sonrisa boba del cretense—. No es necesario decirlo todo, y mucho menos a un zopenco como tú.

—Ya veo... —soltó el barbado, cruzándose de brazos—. ¿Entonces no tiene nada que ver con la forma corta que se pueda emplear para llamarte con afecto?

—Por supuesto que no... —siseó la germana con la boquilla de la pipa entre los dientes.

—¿Wendy?...

Kyla le lanzó de reojo una de sus miradas asesinas.

—No sabes cuánto te desprecio... —exclamó mientras el humo le escapaba por la nariz.

Titus se recargó en el muro de piedra, resoplando groseramente y esbozando una sonrisa de descaro.

—Claro que no —afirmó confiado—. Me quisiste tener a tu lado en tu boda o lo que sea que haya sido esa farsa de hace un rato.

Kyla se sonrió junto con él, sabiendo lo que opinaban de los protocolos y cómo los usaban siempre para beneficiarse.

—¿Y qué es lo que piensas hacer ahora? —inquirió la germana torciendo las cejas. Todavía le resultaba extraño tener que preguntar lo que otros tenían en mente.

—Estaba pensando en terminar lo que comenzaste a enseñarme y continuar mi camino como un sabio en la academia de la luna —respondió estirándose con pereza—. No creas que te vas a deshacer tan fácil de mí sólo porque te vas a ser la mujer de alguien.

—No logré deshacerme de ti en tres años. No creo que pueda ahora —bufó Kyla meneando la cabeza—. ¿Pero estás seguro? ¿Tú? ¿En la orden? ¿De verdad?

—Si te aceptaron a ti, es evidente que aceptan a cualquiera —respondió mirándola hacia abajo—. Además... ¿Qué mejor forma de fastidiar a mi padre? —concluyó sonriendo de oreja a oreja—. Espero que el viejo cuide bien al estúpido de Magnus, porque no pienso continuar su legado.

—¡Pero que tontería! —bufó Kyla incrédula.

—¡Lo ves! —soltó el muchacho señalándola por completo—. Te acabas de ordenar y ya tienes pinta de aburrida, ¿Qué sigue? ¿Anteojos y cuellos altos? Alguien tendrá que proporcionarte buen tiempo de esparcimiento. Antes de que te conviertas en tu abuela.

—¿Quieres decir: en la sabia mayor más sorprendente de la tierra o algo así?

Titus se quedó con la boca abierta, agitó el índice, como si hubiera cambiado de opinión sobre lo que iba a contestar.

—Lo que necesitas es comer y beber hasta que se te olvide ese nombre horrible que tienes ¿Que te prepararon aquí? ¿Tienes tan declarada tu postura que tampoco te gustan las salchichas?

—¿Tú que crees, estúpido?

La sabia y el príncipe se miraron por unos segundos antes de estallar en carcajadas y enfilarse hasta donde se llevaba a cabo el banquete. Lo hicieron abrazados y entre risas, como el par de juerguistas y hermanos que habían sido siempre.

Elsa y Kyla se reunieron por fin ante la mesa, se tomaron de las manos, sonriéndose en complicidad.

...

—¿Sabe lo atractiva que me parece cuando trabaja hasta tarde, majestad? —soltó Kyla desde la posición que ocupaba junto a la ventana abierta por donde se colaba el frescor de la noche —pero me temo que deja desatendida a su pobre sabia que lleva tiempo esperando la acompañe en el lecho.

La morena estaba recargada contra la pared del estudio con los brazos cruzados, tenía la cerúlea mirada iluminada de anhelo fingiéndole un mohín; quién sabe cuánto tiempo llevaba ahí admirando a su monarca en silencio.

Elsa se sonrió soltando la pluma con la que escribía en los pergaminos que ocupaban su escritorio.

—Debes dejar de hacer eso —soltó sin inmutarse—. Pones en evidencia las debilidades de mi guardia.

Kyla se sonrió, colándose de lleno a aquella habitación como un gato que se sabe dueño de la casa.

—Eso no te ha importado en otras ocasiones —le ronroneó, rodeándole el cuello con los brazos detrás de su silla. La Reina se deleitó silenciosamente con el toque. La germana se sonrió—. ¿Es que quieres mantenerte Inmaculada mañana que es un día especial?

Elsa enarcó las cejas mirándola con incrédula desaprobación.

—Ah, ¿Así que es eso? —le inquirió con mofa—. ¿Quieres repetir lo de anoche? Eres insaciable, Kyla Frei.

—Eso que hiciste con el hielo fue muy interesante —le concedió la morena, mordiéndose el labio. Acarició los pechos de la Reina por sobre la tela, notando cómo se endurecían por el toque.

—¿Ah sí? —exhaló la monarca, guardando la compostura—. Quizá debería sujetarte las manos esta vez. Temblabas mucho, creí que ibas a desmayarte o algo.

—No me lo esperaba —se defendió la sabia con el rubor subiéndosele a las mejillas.

Elsa le sonrió con los ojos cobaltos brillantes, hacía meses que el violeta había desaparecido de la gatuna expresión de la morena, pero el sentimiento que reflejaba sentía que lo amaba más con cada día que pasaba redescubriendo a esa extranjera tan parecida a la que conoció en su infancia, pero tan distinta al mismo tiempo.

Kyla seguía siendo divertida y ocurrente, poseedora de una inteligencia apabullante, que amaba la botánica y armar cacharros, que tomaba decisiones pensadas a varios pasos a distancia, aunque no se valiera de la magia (o al menos siempre aseguró tal cosa) que era cálida y apasionada, pero que, por encima de todo, vivía como ella elegía y había elegido amarla a ella.

El misterio había desaparecido de sus vidas, así como las exageradas proporciones y las cicatrices de la piel de la trigueña, ese pesar que ensombrecía a Kyla Frei ya no estaba ahí, reflejándose en un rostro cansado que esperaba recibir el perdón por sus acciones. A los pies del sauce, Elsa la había liberado de aquel yugo al conocer la verdad. No habría viajado hasta Corona a llevársela de haber sido otro el caso, con todo y el chismorreo que se sucedió después de eso y por el que su hermana Anna se sentía tan orgullosa.

La sabia desde entonces le hablaba a Elsa de todo, era un libro tan abierto como el que le había escrito preparándose para su propia muerte. Ella al mismo tiempo, luego de las conclusiones que se había hecho en el Helheim, había aprendido a querer a su morena con libertad. Sin angustias, temores ni malos entendidos.

Elsa se hizo consciente de que por sí misma era una mujer fuerte que podía lograr grandes cosas y que el cariño de su sabia era un complemento al amor propio que había aprendido a procurarse.

Llegaron a la conclusión que el amor de verdad era acompañarse de una forma muy distinta a la que habían leído en las novelas y escuchado en las canciones. Resultaba más natural en su simplicidad, sin complicaciones, ni dramas. Después de todo lo que habían vivido, sentían que ya nada podría afectarlas.

Había pertenencia, pero no posesión. Ellas habían establecido un acuerdo formal en todo aquello y lo respetaban, así como lo hacían entre ellas mismas.

De tanto en tanto Elsa se detenía a admirar con calma a su amada y agradecía que las cosas hubiesen terminado de aquel modo.

La Reina se iba convenciendo de que prefería el cielo en la vista de su sabia, mientras el amatista era un color que iba quedando en el pasado triste que padecieron y era mejor dejar atrás.

—¿Qué pasa? —inquirió la morena ante el real escrutinio.

Elsa había notado que su germana a veces le soltaba esa pregunta en los silencios prolongados como aquel, como si supiera lo que divagaba y buscara alejarla de aquellos pensamientos. No sabía si era porque se había vuelto más observadora con la práctica o si ella le dejaba muy sencilla la tarea.

—Tenerte así me gusta mucho más —ronroneó la Reina al sujetar a la sabia por las caderas para atraerla hacia su cuerpo. Mi bella sabia roja...

Kyla le sonrió tontamente, pero se dejó manipular por la rubia que la acarició furtivamente bajo el blusón con los helados dedos. La germana ladeó la cabeza, recorriendo mechones platinados al percibir placenteramente cómo su piel comenzaba a reaccionar ante aquel toque.

—Su majestad, ¿Qué está haciendo? —pronunció la morena en un suspiro mientras la monarca le aflojaba lentamente los nudos de la prenda y le plantaba ligeros besos sobre la piel expuesta.

—¿No es esta la razón por la que viniste, sabia impaciente? —preguntó Elsa de forma sugestiva.

Kyla se sonrió ligeramente. Alzó la nariz como si la pregunta la hubiese ofendido de algún modo.

—Yo puedo estar aquí por muchas razones —contestó ella, acariciando la mejilla de la acalorada rubia que la observaba expectante sentada a la orilla de su silla. —Podría preocuparme que tu discurso no esté listo, o que continúes sin firmar los tratados que te di el martes... —La germana torció los labios en una media sonrisa para luego sonreír ampliamente con picardía al tomar las solapas del saco de Elsa y deslizárselo por los hombros y los brazos hasta quitárselo del todo. Kyla se inclinó hacia adelante y montó a horcajadas las piernas de la rubia, que alzó el rostro en un jadeo cuando la morena se detuvo a escasos centímetros de tocarla. —pero he de aceptar que estás en lo cierto. Sí que he venido por eso... —admitió con descaro.

Kyla la besó de manera incitante, acarició lentamente los labios de su Reina con la lengua hasta que esta no fue capaz de soportarlo y abrió la boca para profundizar el beso, le recorrió el cuerpo con las manos inquietas mientras se devoraban de forma voraz. La germana se estremeció, restregándose contra el frente de la ofuscada rubia que exhalaba en su excitación, enterrando los dedos en el posterior de la morena

Kyla la apartó, gesticulándole como si fuese una niña que había hecho algo malo. Se puso de pie y la besó nuevamente, jalando a la joven noble del cuello del blusón, se mantuvieron forcejeando por el control hasta que Elsa la arrinconó contra una de las paredes. Ahí se prendó de su cuello y se presionó contra la morena, acariciándole el sexo por sobre la ropa, cosa que consiguió arrancar de la garganta de la sabia algunos suspiros anhelantes.

—Embustera —resopló la Reina susurrándoselo en el oído—. De todas las sabias, opté por ordenar a la peor del continente.

—No puedes culparme por mis debilidades —jadeó la académica sosteniéndole la mano—. Eres hermosa y una estupenda amante. Deberías aceptar tales halagos.

Kyla se escabulló, recorrió la pieza a paso ligero y salió por la puerta, indicándole a Elsa que esperaba ser perseguida. La Reina no se hizo esperar. Dejó todo lo que hacía y se lanzó a la caza de aquella morena que se deslizaba en su diversión por el corredor de la tercera planta y la conducía de esa forma a los aposentos reales, los que compartían desde que desembarcaron al volver de Corona. La sabia tenía una pieza junto a la de la Reina por si alguien ajeno lo preguntaba, pero rara vez era utilizada. Las muchachas se disfrutaban la compañía con bastante regularidad y dormir juntas era lo mínimo que esperaban al final de sus faenas.

Elsa atrancó la puerta tras de sí, mirando con hambre a la morena que se paseaba por la pieza y se desprendía de la capa color escarlata, lanzándola sobre la cama. La monarca la abrazó por la espalda, moviéndose con ella.

—Tendrás que pagar una gran penitencia por haberme corrompido —le susurró de manera peligrosa.

Kyla se meció, rozándola con todo el cuerpo.

—No tengo idea de lo que habla, majestad —soltó fingiendo inocencia. —yo en este asunto soy la menor. Ni siquiera tenía idea de lo que hacía cuando usted comenzó a tocarme de manera inapropiada...

—Seguramente —sonrió la rubia de manera burlona.

—Usted es perversa desde siempre —continuó Kyla mirando a Elsa de reojo—. Robarle su primer beso a una niña de siete años... ¿En qué estaba pensando?

La joven noble se frenó en su sorpresa. Recordaba muy bien aquel evento.

—¿Estabas despierta? —balbuceó aturdida.

Kyla se giró, tomando a Elsa por la cintura mientras le sonreía alegremente.

—No, pero siempre fue un sueño muy agradable.

Unieron los labios y los cuerpos a la tenue luz de las velas y el brillo de la luna que se filtraba por el ventanal central. Las manos prodigaron generosas caricias. Las bocas buscaron carne tersa y deseable de la cual alimentarse. Se recorrieron las formas y se admiraron con ensoñación, lo aderezaron todo con susurros y palabras dulces que acompañaron sus acciones. Se provocaron los sentidos hasta que fue imposible contener el deseo y se tumbaron sobre el lecho, jadeantes y con los ojos oscurecidos.

Elsa hizo una floritura con los dedos apresando con hielo a Kyla, la inmovilizó por las muñecas, mientras la muchacha le forcejeaba. La Reina desabotonó el blusón y descubrió aquel pecho que subía y bajaba de manera arrítmica, lo recorrió con las manos heladas y los labios, haciendo caso omiso de los estremecimientos y los gemidos que arrancó de los labios de la morena bajo su cuerpo. Aquello era música para sus oídos. La joven noble se sonrió con malicia y alargó el brazo para hacerse con la capa roja, le cubrió la mitad del rostro a su sabia con la capucha y continuó provocándola, prodigando caricias fantasmales al tiempo que la iba liberando del resto de sus ropas. Elsa tuvo que respirar hondo para sosegarse, sentía la urgencia humedeciéndole los interiores, pero se levantó de igual forma, separándose de la germana, que tuvo que aguardar en su confusión, mientras percibía cómo la Reina removía entre sus cajones.

Finalmente, cuando retornó, Kyla pudo oír cómo Elsa se sacaba las prendas y parecía maniobrar con algo, la escuchó suspirar y estremecerse por algún motivo, la sabia se removió con intriga, estimulada, sintió a la Reina montándola a horcajadas y tantear la entrada de su sexo con algún objeto que se percibía helado y bulboso.

—Santo... Cielo. ¿Eso es? —suspiró, imaginando lo que su amada planeaba— ¿Cómo lo...

—Te sorprendería saber la cantidad de cosas que se pueden conseguir cuando tienes los canales correctos —contestó casualmente la muchacha, presionando ligeramente y volviendo a retraerse—, y los medios para llevarlas a cabo...

La monarca suspiró, meciéndose cada vez con un poco más de fuerza, Kyla se tensó ligeramente sin lograr hacer caso omiso a los sonidos que producía su amante, ni a la manera en la que esta le saboreaba los pezones.

—Ah... Cariño, no estoy muy segura de... —la joven se estremeció al sentir que el objeto se valía de su propia humedad para invadirla, presionándose contra sus paredes interiores—. Ah... Scheiße... —exclamó desfallecida apretando los dientes.

—Deja que tu cuerpo se acostumbre —le susurró la monarca sensualmente.

—Por eso no debo dejarte sola —jadeó Kyla de manera arrebatada sin lograr que le disgustara aquello—. Eres una inmoral...

—¿Por qué no admites que lo estás disfrutando?

Kyla giró el rostro, aun sabiendo que lo tenía semicubierto.

—¿Qué es lo que sientes? —inquirió Kyla entre suspiros al oído de su reina. Apretó los párpados al percibir cómo el frío del cuerpo de su Reina imprimiéndose contra el suyo contribuía a acrecentarle la sensación placentera.

—A ti... —respondió Elsa jadeante entre mechones platinados que envolvían su total concentración—. Te siento a ti.

—¿Te gusta eso? —inquirió la sabia mordiéndose el labio.

El compás de aquel vaivén se intensificaba respondiendo a la excitación que les producía escucharse en aquella oscuridad.

—Sí... —confesó la monarca de forma temblorosa—. es... Santo Dios... —se interrumpió tras un espasmo, se silenció como si el cuerpo le demandara seguir trabajando hasta lograr su clímax.

—¿Es en serio que nombras a tu Dios ahora? —exhaló la morena de manera juguetona.

La Reina se tensó dolorosamente en ese momento frenándose de pronto.

—¿Crees que no deberíamos? —cuestionó reverente.

—No sugerí que te detuvieras —bufó la sabia sin ocultar su ofensa—, no cuando eres responsable de iniciar esto.

Elsa le sacó a Kyla la capucha y le liberó las manos, observó el rostro acalorado y sonrojado de su amante, esbozó una sonrisa mientras le recorría los muslos con los helados dedos.

—¿Crees posible librar tus propias culpas? ¿Cuándo me dedicas ese gesto y tu cuerpo responde de esta forma al mío?

—No puedo evitarlo, majestad —se defendió la morena encogiéndose en su sitio, removiendo la cadera para presionar el objeto que tenían dentro, contra las entrañas de la Reina, la monarca exhaló un suspiro por respuesta—. Esto es más fuerte que yo, creo que he caído víctima de un embrujo.

—Pues debe ser el mismo que me aqueja —contestó Elsa, presionándose contra su sabia.

—Si así lo han querido los dioses... —exhaló aferrándola.

—Así lo he querido yo —corrigió la joven rubia, la determinación de sus palabras le iluminaban la mirada.

Kyla torció los labios en una media sonrisa entretenida.

Las amantes retomaron la tarea de mecerse la una contra la otra, luego de su breve pausa, descubrieron que aquello era más placentero que en un inicio, por lo que se dedicaron a disfrutarlo. Los embistes de sus cuerpos se acrecentaron conforme se sintieron más cercanas a ese límite tan añorado. El calor las llenaba por completo y este transpiraba de forma patente por sus poros y su aliento. Entrelazaron los dedos y se apagaron los gemidos con los labios y los dientes. Se observaban en pequeños atisbos, cuando sus pensamientos lograban separarse de las sensaciones sólo para admirar los estragos que la una lograba producir en la otra. El cabello les goteaba en las puntas que tenían contacto con la piel. Las facciones las delataban cuando se contraían rítmicamente en ese ondulante movimiento. Los músculos se tensaban y temblaban en esa dulce agonía, la tez se iba tintando de carmín por el esfuerzo. Los corazones les retumbaban en los pechos que se tocaban por alucinantes momentos.

Ojos cerúleos se clavaron un instante en los cobaltos antes de cerrarse en un espasmo que sacudió a la sabia y la hizo desfallecer si bien fue por un par de segundos. Esa sensación como de morir, pero no hacerlo realmente sino de llegar al cielo en lugar de eso. Abrazó fuerte a la rubia que se estremecía alcanzando su propio límite y le susurró palabras que la arrastraron a alcanzarlo. Le permitió recuperar el aliento con el rostro escondido en su cuello, la mejilla reposaba ligeramente sobre un cálido hombro trigueño entre hebras acaneladas de color negro azabache. Se quedaron un momento sólo así, siendo conscientes la una de la otra y del latir de sus propios corazones antes de tener que separarse.

—¿Qué tan mágico crees que será eso? —dijo Kyla momentos más tarde, jugueteando con su flequillo, mientras la Reina remojaba aquel artilugio de marfil y lo devolvía a la profundidad de su cajonera—. ¿Te imaginas que después dé a luz a alguna chiquilla de cabello platinado y tez trigueña que nos llame mamá y se vuelva un pequeño dolor de cabeza para nosotras por el resto de nuestros días?

Elsa soltó una risotada y se regresó a la cama, se colocó de lado para mirar los ojos celestes de la desnuda morena que descansaba plácidamente bajo las sábanas.

—¿Pero qué tonterías dices? —le espetó la monarca sonriendo incrédulamente—. Es sólo un juego. No existe la más remota posibilidad biológica de que algo como eso ocurra.

—Tienes razón —admitió la sabia cruzándose los brazos tras la nuca mientras la Reina le enredaba los miembros alrededor del torso trigueño y suspiraba—. Podría ser un niño también —concluyó lógicamente.

—Eres tan estúpida... —soltó Elsa girando los ojos.

—¡O un muñeco de nieve horrible! —se carcajeó la trigueña agitando los pies y encogiéndose sobre si misma cuando Elsa comenzó a manotearla en castigo.

—Tuve una infancia difícil, ¿sí? Olaf tiene su encanto, además, ¡No se me da bien hacer personas! —le dijo con las mejillas encendidas—. ¡Lo mío son las construcciones!

—Y la confección de vestidos provocativos y sensuales —apuntó la germana como si eso también contara como talento.

—Solo porque sé lo mucho que sufrirás en público teniendo que conformarte con mirar solamente —le explicó Elsa divertida, apretándole el abdomen.

La germana se giró, acomodándose contra el pecho de su Reina, mirándola con reclamo.

—Lo hago. Todo el tiempo, por eso tengo que venir a suplicarte por sexo como una cualquiera.

—No es como que se te dificulte la tarea —le soltó la monarca, guiñándole—, pero siempre estaré aquí para liberarte de esas tensiones, cariño.

—Te amo —susurró Kyla, cálidamente. Los ojos color cielo denotaban la honestidad de aquella declaración pronunciada en el lecho, entre los níveos brazos reales.

—Lo sé —contestó Elsa al besarle la mejilla con el corazón retumbante.

Cuando Elsa despertó, Kyla ya se había retirado, pero de alguna forma, lo había anticipado. Había muchas cosas por hacer. Se estiró para desperezarse y ordenar le preparasen el baño, mientras acomodaba en su mente toda una lista de tareas. Esperaba que su sabia se hubiese anticipado y ya tuviera algo elaborado como tenía por costumbre.

Cuando la Reina se hubo alistado y no encontró a su morena ni en sus aposentos, ni el estudio, ni las cocinas. Pensó que sólo había otro lugar al que podía ir justamente esa mañana.

Tal como dedujo, encontró a Kyla en los jardines, ya estaba acicalada, toda vestida de rojo, el azafrán dorado le pendía de la brillante cadena del cuello. Tenía la palma sobre el tronco del viejo sauce estudiando fijamente las vetas y las ramas como si ocultaran un gran secreto. Se giró cuando los pasos de la Reina les llegaron a los atentos oídos. La morena le sonrió amorosamente al tiempo que le dedicaba una elegante reverencia.

—Buenos días, amor —la saludó con alegría.

Elsa le correspondió el gesto, reuniéndose con ella.

—Una vez te soñé de esta forma —admitió de manera pensativa, palpando el cuerpo del árbol.

—Sé que soñaste más que eso —se burló Kyla, mirándola de reojo—. Tranquila, también lo hice yo.

Elsa se mordió el labio.

—Fuiste tú la que...

—Creo que fuimos ambas —la cortó Kyla encogiéndose de hombros. Torció las cejas estudiando las ramas dobladas—. Algo ocurrió durante ese equinoccio que pudimos encontrarnos así, cuando nuestros deseos parecieron coincidir aún a la distancia —Kyla sonrió nostálgicamente, recordándolo—. Fue así que descubrí que mis sentimientos se reflejaban en los tuyos —Se detuvo a pensarlo detenidamente—. Aún no estoy segura, pero creo que pudo ser un empujón por parte del destino.

Elsa miro el árbol con el respeto y cariño que le guardaba y llamó la atención de su distraída sabia.

—Vamos —le dijo extendiéndole la mano—. Tenemos que trabajar.

Kyla aferró los dedos de la monarca y la acercó hacia su cuerpo para plantarle un beso en los labios antes de tener que convertirse en su sombra y seguirla por los jardines palaciales.

—La sigo, majestad.

—Más te vale que así sea siempre —le respondió, enarcándole las cejas.

Gerda las encontró en la entrada y las riñó informándoles que el sol estaba por salir. Las muchachas se disculparon entre risas y subieron a la carrera las escaleras del castillo. Anna se encontró con ellas en el camino y le lanzó a Kyla una bolsita anudada de cuero que le atrapó hábilmente, le hizo una seña de agradecimiento, mientras la princesa bajaba y ellas subían.

Finalmente se detuvieron en el pasillo, ante una puerta doble que se encontraba cerrada. Kyla las abrió de par en par revelando que, del otro lado, tres pisos abajo, parecía estarse llevando a cabo una fiesta en la oscuridad. El pueblo de Arendelle se concentraba en la ciudadela del castillo, alzando la música y los cantos que hablaban sobre el cambio de estación.

Elsa se adelantó y sacó al cuerpo al exterior, la gente la vitoreaba y exclamaba con alegría mientras su hermosa Reina de las Nieves les aseguraba que ese día se terminaba el invierno.

Kyla la siguió, colocándose en su cercanía.

—Te dije que estaría contigo en primera fila la próxima vez que recibieras el Ostara —pronunció con alegría la morena, pasándose la capucha encima—. Lo harás bien, mein Schatz. Tú puedes.

Elsa se sonrió, recordando esa carta suya que lo había comenzado todo. Apretó los puños en la baranda de aquel balcón y cerró los ojos, tomando aire, pensando en todo lo que tenía que agradecer a Freyja en esos días de fiesta que estaba dispuesta a dedicarle en cuerpo y alma a los dioses Vanir.

El viento helado sopló con gentileza, meciéndole los cabellos al tiempo que el primer rayo de luz se asomaba por las montañas nevadas. Elsa tomó aire y comenzó a cantar, lo hizo primero como una breve entonación, hasta que pronunció palabras.

La oss flyge langt av sted /

permitámonos volar muy lejos

Du og E /

tú y yo

langt av sted /

volemos lejos

Mellom hav og himmelen /

entre el océano y el cielo

Speile oss i stjernene /

reflejándonos en las estrellas

La gente comenzó a seguir el cántico, las voces se mezclaron con los tambores y las flautas de sauce que armonizaron la melodiosa voz de su mágica soberana.

hånd i hånd i evighet /

de la mano y por más que la eternidad

Du og E /

tú y yo

med kjærlighet /

con todo este amor

Sveve over fjell og fjord /

por sobre montañas y fiordos

Du og E /

tú y yo

Til nattens ro... /

hasta que anochezca en el bosque...

Kyla se había mantenido observándola con embeleso, pero desanudó la bolsa de cuero y dio un paso al frente, presentando ante su Reina las humildes semillas que habría de tomar entre sus manos.

Til árs ok friðar (por un buen año y paz) —pronunció la sabia roja en la lengua de aquella tierra.

Elsa le asintió, se llenó las manos en cuenco, las sostuvo en alto, recibiendo los primeros rayos de sol de primavera.

Y entonces las lanzó por los aires.

La oss flyge langt av sted /

permitámonos volar muy lejos

Du og E/

tú y yo

langt av sted /

volemos lejos

Mellom hav og himmelen /

entre el océano y el cielo

Speile oss i stjernene /

reflejándonos en las estrellas

hånd i hånd i evighet /

de la mano y por más que la eternidad

Du og E/

tú y yo

med kjerlighet /

con todo este amor

Sveve over fjell og fjord /

por sobre montañas y fiordos

Du og E /

tú y yo

til nattens skog... /

en el silencio de la noche...

Elsa sonrió haciendo caso omiso de los vítores. El futuro era incierto, y era suyo.

Algún día, cuando Ozur se retirara finalmente para dejar libre su puesto, sorprendería a su sabia roja y le colocaría un anillo en la mano para nombrarla directora de la Academia de la Luna. Se haría en la Catedral con toda la celebración y significado que guardaría para ella y para todos y no existiría problema alguno porque el nombramiento del sabio mayor siempre se había hecho así. La haría vestir los ropajes negros que denotarían su rango y la morena portaría el azafrán de Arendelle en el pecho, aunque para Elsa, Kyla nunca dejaría de ser el sol.

Porque tenía ideas, planes y ambiciones y confiaba plenamente en que su morena estaría a su lado para que entre las dos hicieran historia.

La académica le devolvió el gesto a la Reina y le arqueó la ceja de manera suspicaz. A veces daba la impresión de que la sabia podía seguir viendo más allá, pero eso nunca lo aclaró del todo. Si seguía existiendo magia dentro suyo o no, Kyla no lo reveló, esa respuesta se quedó en los confines de una mente que había escogido quedarse en el ahora y sobrellevar la incertidumbre como habrían de hacerlo todos los demás.

Las semillas se esparcieron por el viento con una alegre ráfaga que las levantó en el aire. Kyla torció los labios en una media sonrisa siguiendo su trayecto hasta que su mirada se posó en la de Elsa.

Los ojos de la Reina y la sabia se encontraron por un instante que pareció congelarse en el tiempo.

Nota Final:

La canción "Norwegian dream" pertenece a The Green Children (TGC)

Veintidós capítulos, como los Arcanos mayores del Tarot, me pareció un número interesante de lograr, dada la naturaleza de esta historia. El título hace referencia a la carta y a su respectivo significado, el cuál simboliza la transformación y el inicio de cosas nuevas, es además la carta que corresponde al planeta Plutón y al signo de Escorpio, el cuál es el signo zodiacal de nuestra temeraria germana. El último detalle entre el montón de curiosidades que plagan este fanfic.

¿Qué puede decirse, luego de haber pasado cuatro años escribiendo CH? Lo que comenzó como una idea vaga que se convirtió en toda una odisea, tanto para sus protagonistas como para mí misma. Agradezco a mi insomnio haber llegado tan lejos, a mi obsesividad apremiante y a los momentos que eran tan difíciles de sobrellevar como para que escribir se volviera un aliciente. A mis buenos lectores que se hicieron presentes y también a los que se mantuvieron silenciosos, pero pendientes de esta historia, y por supuesto, a mi Karen.

Algunas personas ya me han expresado una curiosa angustia porque CH concluyera y siento que comparto el mismo sentimiento, si bien lo experimento de una forma distinta. Extrañaré escribir a Kyla Frei y a Elsa Arnadarl, y ese mundillo mágico que giró a su alrededor; pero el amor ha de ser libre, así que habrá que dejarlas ir y aprovechar que un ciclo se ha cerrado antes de comenzar con otro. Aún no sé lo que habré de escribir luego de esto, pero me llevo un gran aprendizaje y una increíble experiencia. Quizá por fin sea el momento de trabajar en el arte de esta historia ahora que ya no es prioritaria su escritura… No lo sé, alguna manera he de encontrar para sacarme a estas mujeres de la cabeza, aunque sé que se quedan en mi corazón.

Espero que disfrutaran tanto este viaje, como yo lo hice documentándolo.

Gracias por leer y que los dioses les sonrían siempre.