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Oh my sweetie! fue pensada para constar de tres capítulos que trataran de la vida de Inuyasha y Kagome después del manga y previo a tener hijos —porque esta pareja evidentemente es de las que tendría hijos—, pero en el proceso nunca hallé la inspiración para lograr los tres capítulos. Sí, la idea está y sigue allí, a medio escribir, pero nunca me terminó de convencer, así que quedará simplemente en un capítulo. Mi idea es editar errores y algunas cositas, no reescribir, aunque mi estilo desde el 2014 (fecha en que fue publicado) ha cambiado bastante. En su tiempo, esto participó del Mes de la Felicidad en ¡Siéntate!

#Inuyasha no me pertenece, la historia sí. Fluffly, dulce, ¡no existe la tristeza aquí!

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Oh my sweetie!
by: Mrs Bipolar


Podría decir que todo había comenzado un par de años atrás, cuando habían proclamado al mundo con orgullo que eran una pareja (aunque el mundo lo supiera de antemano y desde el principio), lo cual desencadenó en una serie de hechos que lograron que su relación por fin mutara. Cualquier relación de pareja constaba de varias cosas, desde lo sentimental —sus respectivas declaraciones de amor, que tenían hace mucho tiempo—, hasta lo carnal…, y en eso no tenían muchos puntos a favor.

Inuyasha y Kagome no eran una pareja muy típica. Llevaban un par de meses juntos luego de que Kagome volviera de su época y el trato entre ambos no parecía tanto de una pareja… Muchos «¡Siéntate, idiota!» y «¡¿Qué te pasa, Kagome?!» contrastaban con prácticamente nulos «Te quiero», así que un día ella se dio una tarea simple: besar a Inuyasha.

Cómo no, pasaron por más momentos vergonzosos que excitantes, pero la misión era válida: ellos eran pareja y ella tenía derecho a besarlo de una vez por todas. El pensamiento le daba igual placer como miedo. ¡Por Dios, eran pareja! Entonces, actuarían como una, sin importar la vergüenza del principio, quería besar a Inuyasha de una vez por todas y tocarlo y ser tocada, ¡como todas las parejas!

Sí, besarlo no debía ser difícil.

—¡Te he dicho un millón de veces que no golpees a Shippō!

(Inuyasha golpeó al pequeño por quién-sabe-qué, Kagome se enojó al punto de decidir que él era un idiota que ni merecía que ella estuviese intentando besarlo —ya llevaban varias semanas en ese juego de "¡yo te besaré primero!" y él no daba señales de captar qué pasaba).

—¡Se lo merecía, Kagome!

(Inuyasha no entendía por qué se enojaba tanto).

—¡Claro que no, es un niño y…! ¿I-Inuyasha?, ¿por qué te me acercas as…? ¡Mmph!

(Pero Inuyasha sí entendía que las mujeres soñaban con que las callaran con un beso, cortesía de Miroku).

Besarse no sería tan difícil en comparación a otras cosas venideras (pronto descubrirían, a regañadientes, cuán placentero les era hacerlo para interrumpir al otro en medio de un grito mientras discutían). Al final del día, se rindieron y se besaron como la pareja normal y cuerda que no eran.

Otra prueba un tanto difícil que superar —más por la vergüenza del comienzo y por la inexperiencia de ambos, el temor a equivocarse o dañar al otro— fue al fin compartir el lecho en todo el sentido de la palabra.

—¡I-Inu… yasha!

—Mm… K-Kagome…

Tampoco fue tan difícil.

No costó tanto como creyeron en un principio ser una pareja como Miroku y Sango, con besos fluidos y con alocadas escapadas al bosque que dañaban a veces los oídos de los yōkai cercanos, una pareja que se necesitaba sentimental y carnalmente. Comenzaron a actuar como el matrimonio que eran: un apoyo, un amigo, una razón de levantarse en las mañanas y ser mejor cada día. Eran, después de todos los obstáculos que Naraku les había hecho superar, una pareja hecha y derecha.

Una casi normal.

Ahora, ya declarándole al mundo con orgullo y una sonrisita que sus manos enlazadas significaba que se querían, encontrarían que la misión más difícil sería el día a día. Aunque —pensaban—, ¿qué importaba eso cuando eran felices?


1 | Día a día


Intentó no ponerse nervioso cuando ella se metió a las aguas, igual de desnuda que él. No era que la situación no lo emocionara, sino que no podía dejar de pensar en desagradables posibilidades que le arruinaran el panorama, como que llegara Miroku a molestarlos. Por naturaleza, siempre pensaba en lo peor primero, y ello le dificultó leer el ánimo de su querida mujer. La había sentido llegar cuando ya llevaba unos minutos en las aguas termales, haciendo murmurar a los arbustos al rozarlos para despojarse de sus ropas, caminando con la mirada alta y las mejillas encendidas por el calor del agua y el momento.

Su caótica primera vez databa de dos meses, y fue el inicio de un mundo de experimentación en lugares diferentes a su cama. Por lo mismo, verla ahí fue una grata sorpresa.

Fue el escueto saludo de Kagome al sentarse a su lado que lo hizo preguntar la cosa más estúpida posible:

—¿Estás enojada?

El tono fue cauteloso, repasando todos los errores que podría haber cometido en su vida entera, pero bastó la mirada de Kagome para comprenderlo de inmediato.

—¿Por qué te cuesta tanto decirlo? —reclamó, ofendida y un poco dolida en el fondo—. Idiota —remató.

No era la primera vez que ella se molestaba por no decirle «Te amo». Ambos sabían que Inuyasha no era bueno con las palabras y Kagome jamás le había exigido cambiar, pero quería saberse querida de vez en cuando, en forma de palabras y no sólo acciones. Le gustaba escuchar esas cosas e Inuyasha no las decía jamás, a menos que su vida peligrara, lo que no pasaba desde que Naraku y la Perla de Shikon habían desaparecido del mundo.

La situación era la menos indicada para reclamar eso. Ambos desnudos y sin saber qué decir (uno porque era un negado cuando de arreglar situaciones se trataba y otra porque estaba enojada), en unas aguas termales cerca de la aldea que resultaban estar convenientemente escondidas… ¡No podían estar peleando en vez de intentar otras cosas más interesantes con menos palabras coherentes!

—Keh, mira Kagome…

¿Cómo le explicaría todo?

Era día martes y aquello sólo corroboró su irracional odio por el segundo día de la semana. En un martes había perdido a su madre, suficiente razón para que le resultara un día desagradable, y ahora los odiaba más porque estaba intentando dar explicaciones que resultaban patéticas e inconexas a Kagome de por qué no le podía decir todos los días que la amaba. Porque lo hacía —cosa que sabía desde mucho tiempo y reafirmó al separarse de su lado por tres años, y coincidentemente Kagome había desaparecido un día martes.

No era que no quisiera decirlo por orgullo. Se había tenido que forjar a fuego, hacerse fuerte desde pequeño y no demostrar debilidad, y por mucho tiempo había creído que querer a alguien no era más que un punto débil. Pero ahora que miraba a Kagome comprendía que esa idea que tenía arraigada en su interior debía desecharla de una vez: Kagome lo hacía más fuerte y era gracias a su amor que había logrado muchas cosas buenas. Era gracias a ella que era tan feliz ahora.

¿Cómo le explicaría que él amaba su estúpida forma de ser tan ella, sus día a día, sus rutinas?

En su día a día tenía cosas pequeñas que lo hacían feliz, empezaría él a explicarle a la chica.

Amaba levantarse antes que el sol lo hiciera; correr libre hasta un campo donde entrenaba con Tōtōsai —que vigilaba el avance de la espada y su dueño—; ir a los campos de arroz por unos minutos y observar tanto el entorno hasta que pareciera querer robarlo; pasearse por donde se cultivaban las hierbas medicinales y buscar a Kagome de allí, yendo juntos a almorzar, más allá del mediodía, por el bosque donde se conocieron o en una cabaña que tenían; quejarse de la comida asquerosa de Kagome y terminar golpeado; ir a hacer encargos con Miroku mientras Sango y Kagome hablaban de lo que fuera (porque podrían pasar cien años hablando sin que se les agotaran los temas), atendiendo a los aldeanos aproblemados; volver a casa y recostarse en la cama.

(Inuyasha entonces le confiaría un secreto a su esposa, algo que amaba incluso más que recostarse en su cama luego de un largo día):

Cuando Kagome estaba ya en ella y podía recostarse a su lado, pasar su brazo por su cintura y dormir juntos.

Eran cosas pequeñas e insignificantes, tal vez. Hubiese sido más valeroso decir que su mayor felicidad fue cuando sintió la adrenalina susurrándole al oído que moriría al enfrentarse a Naraku, pero no era la verdad. Prefería ser feliz con Kagome susurrándole al oído un travieso «Te amo, idiota», por más veces que se lo hubiese dicho ya a lo largo de sus días juntos.

(Pero lo último se lo guardó).

—Kagome.

Ella se volteó; le evitaba la mirada de a poco, como evaluando si esas excusas sobre que al hanyō le hacían felices los días que pasaba con ella, aunque fueran insignificantes y pequeños para otros, eran suficientes para la actitud de él. Inuyasha aprovechó ese momento para evadir la mirada sin que ella lo notase, sintiendo su «estúpida cara arder», según sus pensamientos. Cerró las manos en puño y se dijo que no era tan difícil.

—¿Sí?

—Bueno… —«¡Kagome se lo merece, díselo!», le bramaban sus pensamientos al comenzar a hablar.

Exhaló lentamente la palabra, como si estuviese molesto con ella. Se sorprendió tanto o más que Kagome al notar que lo decía con naturalidad, era muchísimo más fácil decirlo que pensarlo (como solía suceder con los sentimientos).

—Estoy… —titubeó, alzando la mirada y observando con falso interés un punto del horizonte a su izquierda. Sentía su cara arder, furiosa. La chica lo observaba curiosa, casi divertida.

Notó que era martes y que estaba estúpidamente enamorado de ella como para que le hiciera admitir que sí, estaba estúpidamente enamorado. No había planeado que llegase enojada y desnuda a las aguas termales, como contradiciendo a propósito lo que los pensamientos de él indicaron, aunque llevaba varios días extraña y esquiva por culpa del mismo tema.

—Yo… estoy… Tú sabes, Kagome. —No bufaría. Una palabra no le ganaría de ningún modo. Aun así, fue un susurro, casi tímido, el que salió de su boca—. Estoy… enamorado de… ti.

—Eso ya lo sé, Inuyasha. —La sintió más cerca y el suave tacto de su mano en su mejilla—. Gracias.

Se acercó a él, besándole la mejilla con dulzura. «¡Tal vez las aguas termales no se desaprovechen!», rió Kagome en sus pensamientos, divertida.

—Keh, qué molesta eres, Kagome —se susurró, notando cómo una sonrisa tiraba de sus labios.

Podría haber sido un insignificante roce, pero si era de ella… era como tomarse una botellita de felicidad entera.