Parte 1

POV DRACO

Durante el regreso de Morganville, un viaje de unas cien millas, me estaba mentalizando para regañar a Weasley al entrar a la oficina. Para ello empleaba un sistema a base de Martini, tomando uno cada diez millas (¿Por que un mago viaja en avión? por el alcohol gratis que no se consigue mediante la red flu) . Como me iba a despedir de todas formas, no tenía nada que perder. Tal vez sea una chiquillada regañar al jefe cuando te va a mandar de paseo, pero tenía mis razones. No creo que yo tienda a echar la culpa a otros de mis propios errores. Cuando me expulsaron de San Mungo en Londres en mi primer año como estudiante, por beber mientras estaba de guardia, no culpe al doctor que me pillo. Seis meses después, al perder mi trabajo en una empresa al intentar sacar dinero a un cliente, solo me culpe a mí mismo. Y no guarde rencor al inspector que me sorprendió amañando el contandor cuando trabajaba de taxista en el mundo muggle.

Pero, a partir de entonces, me había reformado. Ya que mis tretas no lograron más que meterme en líos, estaba siendo totalmente honesto con el colegio de aurores Daylight Potter en los seis meses que llevaba trabajando allí. Ni siquiera falsificaba mi asistencia laboral. Y me esforzaba muchísimo. El único problema era que no enseñaba a la perfección o, por lo menos, no enseñaba lo básico. Sabía que iban a despedirme en cuanto llegaran las quejas de los aspirantes a aurores. No me habría dolido tanto perder el trabajo si hubiera tenido mejor opinión de Ronald Weasley. Pero ser despedido por un incompetente me parecía el colmo. El hecho de que considerara que el presidente de Daylight Potter era un incompetenteno obedecía a la posible pérdida de mi trabajo. Era una opinión compartida por toda la escuela. Ronald Weasley ostentaba esa posición porque su marido era el jefazo de la susodicha escuela. Sin el voto de él, Ronald ni siquiera hubiera sido el aseador de la escuela. Solía pasar unas tres horas diarias en la oficina, y las demás tragando como cerdo en los mejores restaurantes, navegando en su barco y corriendo discretamente detrás de mujeres. En este terreno se andaba con cuidado, porque la tolerancia de su marido no se extendía a la actividad extramatrimonial. El verdadero cerebro de la compañía era el equipo de ayudantes que el jefazo Harry Potter, había formado con el paso de los años. Funcionaba a la perfección con eficacia sin importar que el estúpido pelirrojo se autoproclamara el mandamás para ordenarles.

Estaba bastante preparado cuando llegue a Londres. No me notaba borracho, sino que me sentía valiente como un león. La pequeña rubia que trabajaba como recepcionista de Ronald Weasley, me dirigió una sonrisa agradable y trino:

-Buenas noches, señor Malfoy.

Su sonrisa se convirtió en una expresión de alarma en el momento en que, sin siquiera responder, pase por la puerta de batiente y me dirigí al despacho privado de Weasley.

-¡No puede entrar allí! - chilló – El señor director está reunido.

Ya tenía la mano en el pomo. El ruido de pisadas apresuradas me hizo echar una mirada hacia atrás mientras abría la puerta. La secretaria venia corriendo hacia mí. Le guiñe el ojo, entre y cerré la puerta. Al no haber sido anunciada, mi presencia causo un frenesí de actividad. Dejando ver durante un instante sus piernas blancas, una chica rubia, bien proporcionada, salto del sofá de cuero de Weasley, alcanzo su vestido y entro en el baño privado con tanta velocidad que ni siquiera pude verle la cara. Pero aquello no me hacía ninguna falta. Reconocí la pequeña marca de nacimiento justo encima de las caderas redondeadas. Ronald Weasley no era el único hombre en la compañía Daylight Potter que conocía a la archivera Lisa Turpin. Sin embargo, es probable que él tuviera el honor de ser el primero en disfrutarla durante las horas de trabajo. La expresión de consternación en la cara de Weasley se torno en un ceño amenazador al ver quien había interrumpido su reunión. Pero no dijo nada hasta después de arreglarse la ropa. Luego, pregunto con voz fría:

-¿Qué pretende usted al irrumpir aquí por las buenas?

Tenía la intención de martillearle los oídos con mis opiniones personales sobre él; pero la situación me hizo cambiar de idea. Dirigiéndole una sonrisa amistosa, me senté en una de sus sillas mullidas y encendí un cigarrillo. Weasley me miraba airado.

-No me gusta pasarme la vida en un pequeño salón de clases- comente fríamente – Creo que me iría mejor el puesto de jefe de aurores, ya sabe, dando órdenes a los de ultimo año en misiones para el ministerio.

Dio la vuelta en la mesa y me miro con los puños apretados. No me impresiono mucho. A su edad, Ronald Weasley era delgado, duro y musculoso; cierto que, al tener la misma edad, yo resultaba más delgado, duro y musculoso además de mi natural belleza sangre pura. Y él pesaba diez kilos más que yo.

-De todos los…

-¿Prefiere usted que hable del ascenso con el señor Potter?

Abrió la boca para después cerrarla. Después de mirarme fijamente sin hablar durante unos momentos, preguntó con una voz casi aguda:

-¿Está intentando hacerme chantaje?

Asentí amablemente con la cabeza. Me miro durante un rato, abrió los puños y se froto la nuca. Dirigió su mirada a la puerta cerrada del baño.

-Seré tan buen jefe de aurores como usted director del colegio – añadí de forma razonable.

Mirándome de nuevo, aspiro por la nariz.

-Ha estado bebiendo – dedujo, sin demasiado merito.

-Un poco - contesté – Todos tenemos nuestros pequeños vicios.

-Esta usted borracho.

-¡Y usted es un adúltero! – contraataque con amabilidad.

Apretó los puños de nuevo. Luego dejo caer las manos, derrotado. En lugar de enfadarse, decidió convertirme en compañero de conspiración. Con una sonrisa perezosa, exclamó:

-¡Qué importa, Draco! No tenemos que insultarnos el uno al otro. Usted también se enfadaría un poco si yo irrumpiese en un momento similar. Y no me diga que no ha vivido algo parecido.

Descartó eso con un gesto de la mano.

- Según Kinsey, el cincuenta por ciento de los hombres casados engañan a sus parejas.

- ¿Cuántos de ellos tienen parejas que pueden echarles a la calle sin nada, ni un solo knut?

Se puso colorado.

-¿Quiere que esto se convierta en algo desagradable?

-No – replique – Solo deseo convertirme en el nuevo jefe de aurores.

-No sea absurdo – dijo de mal humor – Tendría que haber alguna vacante.

-Dean Thomas está en coma, y si no despierta en dos semanas, el puesto estará libre.

-Usted sabe muy bien que tenemos previsto colocar a Seamus Finnigan en ese puesto. Colocarle a usted por encima de él originaria un escándalo.

Yo sabía que había ganado, por el hecho de que Weasley estaba discutiendo en lugar de mandarme al diablo.

-Pues cree una vacante – le sugerí – No tengo ganas de seguir en ese salón; así que me tomare dos semanas de vacaciones, hasta que empiece el nuevo trabajo. Las vacaciones pagadas, desde luego.

Durante mucho tiempo, me estudió fríamente. El falso compañerismo había desaparecido de sus ojos. Luego, dijo con tono brusco:

-De acuerdo, Malfoy. Ahora lárguese de mi despacho.

Parte 2

Si se produjo algún escándalo por mi nombramiento como jefe de aurores, ya se había apagado cuando volví de mis dos semanas de vacaciones. En pro de la armonía, a Seamus Finnigan, que esperaba que le ascendieran, le trasladaron a otra región para que no tuviera que trabajar bajo mis órdenes. Y aunque las felicitaciones que recibí de mis compañeros y alumnos me parecieron algo superficiales, no advertí ninguna señal de resentimiento. Es posible que una de las razones por las que aceptaron con tanto furor fuera porque, durante mi ausencia, la escuela había descubierto algo más interesante sobre lo que chismorrear. El idilio entre la archivera Lisa Turpin y el director de la escuela ya era de dominio público. Llevaba tan poco tiempo en mi puesto de jefe que no pude chismorrear con mis trabajadores, por lo que no me entere de ello enseguida. De hecho, lo adivine por observación antes de que se mencionara.

A parte de presentarme en su despacho el primer día de mi nuevo trabajo, que fue un encuentro frio, solía evitar a Weasley. Porque no quería tentar a la suerte. Tras el descubrimiento ocasional de Lisa Turpin, no la vi durante los primeros días de mi vuelta, por lo que me pregunte si me estaría evitando. Habíamos pasado unos ratos bastante ardientes en mi aula. Y mientras los dos considerábamos estos episodios como unos interludios sin trascendencia, creí que por lo menos ella asomaría la cabeza para admirar mi nuevo despacho. Sospechaba que se sentiría avergonzada, debido a que la había pillado coqueteando con el jefe, me molesté en ir a verla. Para poder encontrarla a solas, sencillamente pedí a mi secretaria que me consiguiera el expediente de un estudiante que había muerto en combate. Estos papelotes formaban parte del territorio laboral de Lisa, y sabía que mi petición le llegaría mediante una lechuza. Después de esperar diez minutos, me dirigí a los archivos. Era un lugar perfecto para la intimidad, porque nadie, excepto Lisa, tenía por qué entrar allí. Ella tampoco lo frecuentaba mucho, ya que no contenía más que fila tras fila de expedientes de hacia siete años o más. La encontré en la parte de atrás, justo en un rincón formado por dos hileras de archivos. Asustada por mi inesperada aparición, levanto la vista del cajón en el que estaba buscando.

Hizo una mueca y me dijo:

-Estas adquiriendo la mala costumbre de seguir a la gente a hurtadillas, Draco.

La total ausencia de timidez en su voz junto con la referencia indirecta a la última vez que la había asustado, me convencieron de que no era vergüenza lo que le había mantenido alejada de mí.

- Los pecadores deberían cerrar sus puertas – bromeé maliciosamente - ¿Qué tal estas, Lisa?

-Bien.

Miró de nuevo el cajón. Durante unos momentos admire su línea, hermosa, desde la nariz hasta sus diminutos pies. Finalmente, pregunte:

-¿Te apetece que salgamos juntos una noche de estas?

Negó con la cabeza sin mirarme.

-Lo siento, Draco. Es que últimamente estoy muy ocupada a estas horas.

Su respuesta me sorprendió. Lisa siempre había sido una chica normal y saludable, pero con la altura moral de una gata callejera. Los únicos hombres de la oficina a quienes no había favorecido con sus encantos eran sencillamente los que no se lo habían propuesto.

-No has entendido la pregunta, querida.

La sujete ligeramente del brazo y la acerque hacia mí. Momentáneamente, su seno redondo se apoyo contra mi pecho; pero, antes de que pudiera abrazarla, se retorció y se escapo. Me asombro la expresión casi recatada que había en su cara.

-Ya no soy así – me advirtió - Solo juego con un hombre, Draco.

- ¿Oh? ¿Quién es el afortunado?

-No es asunto tuyo.

Cerró el cajón en él había estado buscando, y empezó a hurgar en otro.

-¿La cosa va en serio con ese tipo?

Apenas asintió con la cabeza.

-¿Tanto como para casarte?

Me echó una mirada y, luego, volvió al cajón.

-Con el tiempo, quizá. Ahora mismo no. Todavía no hemos llegado a ese punto.

-¡Oh! – fue todo lo que se me ocurrió decir, así que finalmente susurre con convicción: - Pues te deseo mucha suerte, Lisa.

Y me retire. Fue más tarde, aquel mismo día, al verla salir del despacho de Ronald Weasley con una sonrisa radiante, cuando se me ocurrió la idea de que el hombre en cuestión era el mismo director. Si ella esperaba casarse con él, le aguardaba una sorpresa: él jamás se divorciaría de su fuente de ingresos por muy enamorado que estuviera. Al día siguiente, descubrí que había acertado. Mi secretaria estaba convencida de que yo iba a ser su jefe durante bastante tiempo, así que probó nuestra relación sirviéndome un plato de cotilleos de la escuela. Este banquete incluyó una referencia al asunto de Lisa Turpin y Ronald Weasley. Al aceptarlo yo sin comentarios, pero con una sonrisa alentadora, no faltó nada más para que me contase toda la historia. Descubrí que la mitad de los trabajadores estaba hablando de aquello, porque los protagonistas no se esforzaban por mantenerlo en secreto. Lisa Turpin entraba y salía del despacho de Ronald Weasley a voluntad, mientras la secretaria-recepcionista del director negaba la entrada a todo visitante con la excusa de que éste se hallaba "reunido". La opinión de la pequeña rubia acerca de este trabajo de centinela quedaba en secreto, era la única persona del colegio que no cotilleaba. Mi secretaria también me contó que Lisa no ocultaba el hecho de ser la amante del jefe, y que parecía sentirse orgullosa de su posición. No es que alardease de ello precisamente, pero su actitud no dejaba ninguna duda entre las otras trabajadoras de que consideraba a Ronald Weasley como de su propiedad privada.

-Como si creyera que cualquier otra se fuera a interesar en un hombre casado – dijo mi informante virtuosamente – Cuando habla de él, le llama Ron, aunque en seguida cambia a "Señor Weasley" si hay otra chica presente.

Descubrí que él parecía no percatarse de este cotilleo. Fuera de su despacho, resultaba tan cortésmente formal con Lisa como con cualquiera de las demás trabajadoras. Por dentro… Dado que esa parte no pasaba de ser, evidentemente, nada más que conjeturas por parte de los trabajadores, deje de escuchar en aquel momento. Preferí hundirme en mis propios pensamientos. El asunto me dejo vagamente preocupado. Todo el mundo, menos su pareja, sabía que Ronald Weasley flirteaba de vez en cuando. Pero nunca lo había hecho abiertamente. Si Harry Potter llegara a oír solo una palabra del amorío, desaparecería mi ascendencia sobre aquél; y estaba casi seguro que me despediría enseguida, si llegaba a durar el tiempo suficiente después de la revelación, para que él pudiera tomar esa decisión contra alguien.

Luego, después de pensarlo bastante, decidí que, con el cotilleo tan extendido como estaba, tarde o temprano, Harry Potter se enteraría de todo. Y entonces, mi puesto correría peligro. Pero quizá no tanto si yo pudiese contar con algún apoyo por parte del niño que vivió. Hubiera preferido el status quo; es decir, que el principal accionista del colegio no se enterase de la infidelidad de su marido. Pero, si era inevitable que lo descubriese, creí que sería mejor que lo supiese por mí. Si abordaba el problema correctamente, seguro que podría asegurar mi trabajo contra cualquier eventualidad.

Decidí visitar a Harry Potter la primera noche que yo estuviera seguro de que su marido no se encontraba en casa.

Parte 3

Llego mi oportunidad a la noche siguiente. El periódico de la mañana anunciaba que iba a celebrarse un banquete de caridad, y que Ronald Weasley sería el orador principal. La fiesta empezaría a las ocho de la tarde; así que planeé mi llegada a la casa de los Weasley-Potter para una hora después. Los dueños del colegio vivían en una gran casa de granito de Sheridan Drive, que no era de los barrios más selectos de la ciudad. Con el dinero de Potter, supuse que tenían elfos pero, al parecer, no estaban aquella noche, ya que Harry Potter abrió personalmente la puerta. De seguro gracias a la entrometida de Granger y sus supuestas acciones igualitarias.

Lo había visto solo en una ocasión después de verlo en mi juicio, durante una de sus poco frecuentes visitas al colegio. Entonces no nos habíamos saludado. Pero aquella primera vista después de tantos años me había impresionado tanto que me pregunté por qué Ronald Weasley iba detrás de otras mujeres cuando tenía algo tan agradable en casa. Se me ocurrió que posiblemente lo hacía porque Potter era frígido, ya que, aunque resultaba un hombre hermoso, su belleza podía carecer de atractivo, ser frio, nunca como la candente hermosura de Lisa Turpin. Ante mi estaba un hombre delgado y elegante, de la misma edad que yo. Y ofrecía un rostro delicadamente esculpido, rodeado de una cabellera negra y suelta. Me miró curiosamente.

- No tengo por qué presentarme pero no creo que haya problema en que quieras hablar con el jefe de aurores ¿Verdad, Potty? – me vi tentado a probar mi suerte hablándole de la misma forma con que lo hacía en Hogwarts – ¿Puedo pasar?

-Por supuesto – dijo, apartándose a un lado para dejarme entrar.

Me llevó a un gran salón, lleno de caros muebles estilo Luis XIV, y me indicó una elegante silla con las patas en forma de garras. Él se sentó en un sofá provisto de unas patas similares. Cuando estuvimos los dos acomodados, volvió a mirarme con curiosidad.

-Potter no vengo a tener una charla amistosa de ex compañeros de colegio ni mucho menos vengo para agradecerte las mil y un estupideces que has hecho por mi familia, la verdad poco me importa lo que ha pasado en tu vida los últimos años y tampoco creo que te interese saber de la mía. – hice una pausa para mirar ese par de esmeraldas que no demostraban sentimiento alguno - Se trata de un asunto muy delicado y viniendo aquí arriesgo mi trabajo.

Sus finas cejas se elevaron pero no hizo ningún comentario. Para mi sorpresa, el león arriesgado y sentimental de Hogwarts había desaparecido para ser sustituido por un hombre maduro que no se dejaba afectar por las palabras de un viejo enemigo.

-Es cierto que también hubiera comprometido mi empleo si no hubiese tomado esta decisión. Me encuentro entre la espada y la pared, como suelen decir los muggles.

Sólo aguardó expectante.

-Se trata de tu marido, Ronald Weasley.

Una expresión cautelosa recorrió su cara pero desapareció al instante. Y su mirada se torno fría.

-Antes de seguir Malfoy, tal vez debas saber que quiero mucho a mi marido.

-Me doy cuenta de ello. Y por eso he tardado tanto en hacer algo que pudiera perjudicar su relación. Pero ha llegado un momento en que es inevitable que te enteres, por otras fuentes, de lo que yo voy a decirle. Prefiero que lo sepas de mí.

¿Desde cuándo nos tuteábamos el cara rajada y yo?

-¿Por qué? – preguntó aun observándome.

-Weasley cree que soy el único que lo sabe. Es cuanto descubra que estas enterado, supondrá que he sido yo quien te lo ha dicho. Y me despedirá en seguida.

-¿No será solo una suposición?

-No, si yo esperara unos días más. El asunto se ha convertido en un cotilleo generalizado. Lo saben prácticamente todos los que trabajan en el colegio. Tarde o temprano, te enterarías de un modo u otro.

-Comprendo. Y tú, al ser el primero en confiármelo, esperas conseguir mi ayuda para mantener tu puesto de jefe de aurores.

-¿Eso es malo? – pregunté – Considera mi situación, Potter. Yo sé algo que no quisiera saber, y jamás he tenido la intención de utilizarlo en contra de Weasley. Yo no tengo la culpa de que la noticia se haya extendido. Claro que espero conseguir tu ayuda. Es mi única posibilidad de salir de esta situación irreversible. Si esperara a que otra persónate lo dijera, perdería mi trabajo con toda seguridad. Sin tu ayuda, eso ocurrirá de todas formas, pero es un riesgo que debo correr.

Durante un rato, me estudio sin expresión. Luego, dijo:

-Ya que has llegado hasta aquí, creo que deberías contarme el resto de la historia Malfoy.

Respire profundamente.

-Weasley tiene una amante.

No sé lo que Potter deseaba escuchar, tal vez que Weasley estuviera desviando los fondos del colegio. Pero, evidentemente, no esperaba aquello. Su cara no cambio nada; sin embargo, sus ojos reflejaron el asombro más claramente que si hubiera chillado.

-¿Quién? – preguntó con una tranquilidad poco natural en él.

-Una archivera llamada Lisa Turpin, sangre pura. Es una chica de nuestra generación, una Ravenclaw sino mal recuerdo.

-¿No será solo un cotilleo entre el personal? ¿Tal vez porque ha sido demasiado amable con ella?

Negué con la cabeza.

-Prácticamente hacen alarde de ello delante de todos en colegio. O por lo menos, ella sí que presume de la conquista. Parece que Weasley no se da cuenta del cotilleo. Además, se que es más que un cotilleo. Weasley supone que soy el único que lo sabe porque, sin querer, una vez les interrumpí en un momento inoportuno.

Su cara seguía inexpresiva, pero observe que estaba más pálido.

-¿Crees que sólo es un coqueteo o que Ron toma a esa chica en serio?

Me encogí de hombros.

-Ella cree que va en serio. Se le ha oído decir que alberga esperanzas de casarse. No sé nada en cuanto a los sentimientos de Weasley.

-¡Espera casarse con él!

Su tono era tan áspero que sorprendió.

-No he dicho "espera", sino "alberga esperanzas". Hay una diferencia considerable.

Me miró fijamente durante mucho tiempo; luego, dirigió su atención a la chimenea y la contemplo durante un rato aun más largo. Finalmente sin mirarme, dijo:

-Quiero a Ron lo suficiente como para perdonar un desliz, Malfoy, con tal de que termine la relación. Pero jamás me quedaría con un hombre si pensara que amaba a alguien más. Tengo que saberlo.

El silencio creció entre nosotros hasta que él se volvió para contemplarme tranquilamente.

- ¿Estás dispuesto a hacerme un favor para conseguir mi apoyo, Malfoy?

-¿Qué clase de favor?

-Descubrir exactamente qué significa esa mujer para mi marido.

-¿Cómo? – pregunté – No puedo leer los pensamientos de Weasley; no puedo usar magia y mucho menos mi varita por si lo recuerdas.

-Existen otras maneras. Descubre cuanto tiempo pasan juntos, donde van, qué hacen, y como la trata. Una mujer sabría, por observación, si otra está enamorada de un hombre. ¿No puedes describir los sentimientos de un hombre hacia una mujer?

-¿Quieres que les siga?

Hizo un gesto de impaciencia.

-Le toca a usted decidir eso. No me importa el método que emplee, pero tengo que saber lo que siente mi marido. Es tan importante para mí que le garantizo su puesto de trabajo si lo descubre.

Al parecer, llevarle la contaría lo ponía de mal humor; ya ni siquiera me tuteaba. Me levanté de la silla.

-De acuerdo, Potter, tratare de averiguarlo.

Me siguió hasta la puerta principal. Cuando me volví para despedirme, me puso una mano en el brazo y me miró a la cara.

-Dime, Malfoy, ¿Te has dirigido a mi solamente para proteger tu puesto de trabajo?

- ¿Qué insinúas? – pregunté.

-¿Conoces muy bien a esa Lisa Turpin?

Dudé un momento y dije vagamente:

-Hace algún tiempo salíamos juntos.

Sonrió con amargura.

- Lo sospechaba. Me parece que hubieras ido a proponer una mayor discreción a mi marido, de no haber un interés personal. Esto nos convierte en unos aliados más estrechos ¿Verdad?

No negué la acusación de sentir un interés personal por Lisa. Si Potter era tan listo como para encontrar un punto débil en mi historia, que yo ni siquiera había considerado, me alegraba de que su intuición hubiera reforzado mi objetivo.