Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La trama es completamente mía y esta prohibido su uso sin mi autorización.


Prólogo.

Se oyó un grito desgarrador en la lejanía. Un grito largo y plasmado de dolor. Un grito cuyo eco se extendió por todo el lugar hasta llegar a los oídos de ella.

Isabella cuadró los hombros, tensó sus piernas y echó a correr con más ímpetu que antes. Jadeaba con fuerza mientras zigzagueaba por entre los árboles del bosque, persiguiendo el sonido de aquel grito. Se le heló la sangre y el corazón se le congeló dentro del pecho. Su espalda, enfundada con la chaqueta de Edward, le ardía a febril pero ella hizo caso omiso a ello.

¿De qué le servían ahora, cuando sabía que ya era demasiado tarde?

Entonces, al fin llegó a su cruel destino. Y la vio, allí, de rodillas en el piso, con el rostro enterrado entre sus manos y el cuerpo temblándole con fuertes sacudidas.

Su cabello rubio, que a la luz del día brillaba con una luz propia e inigualable, se arremolinaba alrededor de su rostro y sus manos. Su piel, que antes se veía con un hermoso tono tostado, había perdido por completo el color y se había quedado blanco como la cal. Y su cuerpo, enfundado en un hermoso vestido blanco, se sacudía violentamente al compás de los sollozos que salían de sus labios carnosos.

Isabella sintió que la tierra se le habría bajo sus pies. Lo buscó con la mirada, desesperada, deseando febrilmente que aquello se tratase de una broma realizada por él. Pero no era así. Ya no.

El aire se le atascó en la garganta cuando lo comprendió todo. Se sintió mareada, adolorida completamente, y al instante supo el porqué de aquello. Era ella. Ella que le traspasaba su dolor inmenso. Ella con quién siempre Isabella compartió sus emociones y sensaciones porque eran hermanas, unidas por la misma razón que todos ellos estaban unidos.

Como pudo, se aproximó a ella, tambaleándose sobre sus pies ante el dolor y la agonía. Mientras más se acercaba a ella, más mareada se sentía y justo cuando estuvo a su lado, el corazón se le encogió dolorosamente bajo el pecho a la vez que se le creaba un nudo en el estómago. Cerró los ojos con fuerza cuando el deseó de alejarse de allí la invadió. No podía hacerle eso. No podía dejarla sola con su dolor.

Cayó de rodillas al suelo, reteniendo las lágrimas que deseaban salir de sus ojos. Alzó sus manos temblorosas hacia las de ella, para separarlas y apartarlas de su rostro. Pero, cuando sus manos hicieron contactos, a Isabella se le dobló el cuerpo ante la ola demoledora de dolor que la atacó de repente. Jadeó, en busca de aire ya que el golpe de dolor la había dejado sin aliento.

-Fui una tonta, ¿sabes?

Isabella dio un respingo al oír su voz. Alzó la mirada para encontrarse con sus ojos azules, llenos de dolor y agonía que ella perdió el hilo de sus pensamientos al percibir sus sensaciones y emociones.

–Fui una tonta al pensar en que "él" me iba a dejar ser feliz a su lado –continuó ella, ignorando la reacción de Isabella–. ¡Fui una completa idiota al pensarlo!

–No digas eso. –A pesar del nudo que tenía en la garganta, Isabella se esforzó por musitar esas palabras–, Eso no es verdad.

–¿No lo es? –Soltó una risa amargada, provocando que Isabella se estremeciera de dolor.

–Él te ama y lo sabes –murmuró Isabella.

–¿Me ama? –preguntó la rubia, con su aterciopelada voz llena de dolor e incredulidad–. ¿Esta es su manera de demostrármelo? –Sus manos, blancas como la cal, se alzaron a la altura suficiente para que Isabella pudiera ver el pedazo de tela, chamuscado y con las orillas quemadas, que sus manos contenían. Isabella se estremeció y un dolor agudo le atravesó el pecho como una daga. Era un pedazo de tela de su camisa. De la camisa de él–. ¡Pues vaya manera de demostrarlo!

Isabella solo pudo sacudir la cabeza. ¿Qué más le podía decir? Tampoco ella comprendía las razones por las cuáles "él" había cometido semejante locura. ¿Por qué? Esa era la pregunta que rondaba por su mente. ¿Por qué a ellos que nunca dañaron a nadie?

Sus ojos se dirigieron hacia un lado, hacia la cabaña que se imponía al lado de ellas. Su cabaña. La cabaña donde ellos habían planeado ser felices y vivir juntos. La cabaña que tanto Isabella como los demás, ayudaron a formar ya que él les había pedido su ayuda. La cabaña que ahora refulgía entre las brazas de fuego, entre las llamas que la estaban consumiendo completamente. Y al frente de la cabaña, el acantilado que su hermana tanto amaba.

Al principio, le pareció una idea bastante descabellada cuando ella se lo dijo. ¿Construir una cabaña en frente de un acantilado? ¿Para qué? Pero entonces, cuando ella se lo explicó, todo cobró sentido. Y claro, Isabella aceptó inmediatamente.

–No puedo soportarlo –gimió la rubia, con el dolor impregnado en sus palabras–. No puedo y no quiero.

–Sí puedes. –Isabella, desesperada, tomó sus manos con fuerza, ignorando la ola de dolor que la invadió al hacer esto. ¿Cómo su hermana podía soportar aquel dolor tan desgarrador? No lo sabía.

–Siento que me estoy muriendo por dentro –sollozó la rubia.

Entonces, Isabella lo vio. Sus ojos se abrieron como platos, su corazón se congeló dentro de su pecho y el cuerpo se le tensó de forma automática. El cuerpo comenzó a temblarle de la misma forma que temblaba el cuerpo de su hermana hace unos segundos atrás. No. No, aquello no podía ser posible.

–No. –Sofocó un grito de dolor.

Su hermana soltó el agarre de sus manos de forma brusca, hosca. Se levantó del suelo, tambaleándose un poco y dejando que el vestido blanco le rodeara el cuerpo de una forma mágica, hermosa.

–Lo siento –masculló la rubia, mientras miles de lágrimas, que parecían brillar como luceros en sus mejillas, bañaban su rostro–. Pero debo hacerlo. No lo soporto. No puedo vivir con esto.

El corazón de Isabella se agitó, adolorido, rogante. Notó que algo le rozaba las mejillas y que allí, en su rostro, algo brillaba. Se llevó una mano al rostro, sorprendida al notar que sus mejillas estaban bañadas en agua y que esa agua brillaba con luz propia. Estaba llorando. Por primera vez, en tantos años, estaba llorando.

Del pecho le brotaron miles de sollozos incontrolables, mientras que su cuerpo se sacudía al compás de ellos. El dolor le atravesaba el corazón como una daga y le impedía el respirar bien.

Detrás de ella se escucharon los pasos rápidos de su compañero, que seguramente había previsto esto y corría para tratar de detenerlo, de que no se llevara a cabo. Pero ya era demasiado tarde. Su hermana ya había tomado la decisión.

–Por favor –sollozó Isabella, con desesperación–. No lo hagas, por favor.

Su hermana la ignoró. Caminó tranquilamente, con el rostro embargado de una tranquilidad que sorprendió a Isabella. Su semblante era tranquilo, pacífico e incluso tenía una sonrisa en la boca, aunque las lágrimas que bañaban sus mejillas delataban el hecho de su dolor.

Y cuando se colocó en la orilla del acantilado, Isabella sintió un vacío en el pecho que la dejó sin aliento. Intentó pararse, correr al lado de su hermana y salvarla de allí, incluso sentía ese peculiar ardor en la espalda que la podía ayudar, pero su cuerpo no respondía, parecía congelado. Solo pudo alzar las manos hacia su hermana, sollozando y rogándole con la mirada.

–Lo siento –murmuró su hermana y luego le sonrió tranquilamente–. Te amo, hermana. Nunca lo olvides.

–Y yo te amo a ti, hermana –musitó como pudo Isabella, entre lágrimas–. Pero por favor no me hagas esto.

–Adiós…

Entonces, su hermana estiró los brazos a su costado, cerrando los ojos con su semblante tranquilo. Se colocó de espaldas al acantilado, mientras el viento azotaba su rostro hermoso y le secaba las lágrimas, que brillaban con la luz de la luna.

El corazón de Isabella comenzó a latir desbocado, agitado, frenético.

Entonces, su hermana dejó caer el cuerpo hacia atrás, sonriendo. Y a los segundos, desapareció,

El corazón de Isabella se paralizó.

– ¡No!


Aquí una de mis nuevas historias. Espero que les guste ya que es de un género nuevo para mí.

Haganme saber que les parece por medio de los Review. Los quiero mucho a todos. Besos.

Isa Pattinson Masen.