Prologo: Atrás del muro de cristal.

Y abrí mis parpados por primera vez, para encontrarme en el suelo, recubierta de nieve en una acolchonada capa de cellisca, donde la escarcha como polvo translucido brillaba cual estrella en el cielo oscuro. Me extrañe ante la presencia de ella ante mí, y había descubierto que, acostada me encontraba sobre el suelo.

Adolorida y entumecida me levanté del suelo, sacudiendo la cellisca que caía sobre mí y sacudiendo el vestido de colores celestes, en una pálida y gélida paleta de colores. Y ahí estaba, en un piso cubierto de nieve y escarcha, como si de una alfombra se tratase, con brillante y plateado polvo flotando en las partículas de aire, y yo estaba erguida sobre los escalones a un castillo. Un árbol desnudo estático a un lado y una cerquilla al otro, sujetándose del palacio. Una vista hermosa debería reconocer, una vista digna de cualquiera...pero... había un problema.

No había nadie ahí.

Y por primera vez rapare en aquel muro, en aquel muro que me separaba de enormes y gigantes plantas de colores verdes. Un muro hecho del más puro cristal, encerrándome, alejándome, del mundo real.

Corrí presurosa al límite de aquella pared y camine siguiendo la curveada línea y para cuando termine de dar la vuelta, con el mismo castillo y el mismo árbol, había marcado un circulo perfecto. No había nada más que aquel palacio de muros blancos y techos menta. Nada más que esas enormes puertas de madera. Nada más que ese árbol a la derecha. Nada más que la cerquilla a la izquierda. Nada más que aquel enorme muro de cristal.

"Elsa" Dijo una voz y esperanzada de encontrar a alguien, gire bruscamente mi vista. No había nada ni nadie alrededor. Estaba sola y lo único que recordaba de mí, era simplemente mi nombre. Elsa, como dijo aquella voz furtiva.

Desesperada corrí hacía el enorme muro, donde las plantas y hojas verdes chocaban gigantescas contra aquella esfera, contra aquella curveada barrera. Y apoyé mis palmas en él, veía hacía arriba con mis ojos enfocados en un punto indefinido. Con los leves rayos de esperanza floreciendo en mi interior. Estaba sola y encerrada dentro de aquella esfera. Solo quería huir.

Nadie vino a rescatarme, solo se extendía ante mí, ese manto marrón y las enormes raíces de aquellas plantas. La frustración carcomió lentamente mis tenues esperanzas. Y con miedo aflorando en mi garganta…Grité

Grité lo más que pude, llamando a quien quiera que viniera. Grite desesperanzada. Grité con dolor y miedo. Grité con mi corazón hecho pedazos. Grité para que alguien me ayudara. Grite para salir de ese lugar. Grite, buscando esperanzas. Grite buscando a alguien, a quien sea. Golpeé el vidrio con todas mis fuerzas, esperando romperlo. Lloré, de pura desesperación. Y caí, caí al suelo cubierto de nieve y polvo brillante, con lágrimas gélidas rodando cristalinas sobre mis pálidas mejillas.

—¡Ayuda por favor!—Supliqué con la voz quebrada.

Mis manos palmeando el vidrio. Adoloridas ya por los continuos golpes. Y alcé la vista hacía al frente, donde la muralla me bloqueaba la salida. Y miré mi reflejo destrozado. Mis cabellos platinados deshechos, mis ojos azules cristalizados por el miedo. Y mire mis lágrimas tan claras, brotar de mis ojos traicioneros.

No había salida ya. Esa era yo, destrozada en un mundo pequeño, donde parecía que siempre sería invierno eterno. Encerrada sin nadie a mi lado. Sin nadie que me escuchase.

Y así tan deprisa, escuche el crujir de aquellas hierbas e instintivamente gateé hacia atrás, con mi vista cubierta de pánico, admirando lo que se hallaba detrás de ese cristal. Y lo vi.

Un ojo gigante me miraba desde arriba, tan marrón como la tierra que se hallaba. Proferí un grito de asombro y terror, caminando hacia atrás, temblando de miedo, arrastrándome entre la blanca nieve. Pupila, iris y retina, todo lo podía apreciar desde ahí abajo. Y el ojo gigante parecía verme meticulosamente.

—Vaya, olvidaron esto.

Había dicho su voz retumbante, tan fuerte y perfecta para aquella gigante. Su cabeza tan alta y sus enormes manos. Una verdadera titan.

—Ayuda.—Fue lo único que pude pronunciar, un leve murmullo que se perdió en aquella capa de cellisca. Lo único que pude decir en un momento como este.

Pero pareció no oírme.

Sus manos gigantes se acercaron peligrosamente, instintivamente me tomé de lo primero que hallé. Aferré mis brazos a aquel árbol y me di cuenta de algo. Aquel árbol no estaba vivo. Era de plástico, de madera o metal, no importaba lo que fuera, pero no estaba vivo. Nunca estaría vivo como aquellas plantas que se encontraban atrás del cristal. Nunca estaría vivo como aquellos, en un mundo de libertad.

Los dedos firmes y delgados sujetaron la esfera donde me hallaba recluida, y me vi de inmediato rodeada de nieve y brillantina. Mis pies se separaron del suelo y media parte de mi cuerpo, pareció flotar en los aires, entre la escarcha y brillos plateados.

Sus ojos chocolates me miraron. Enormes y redondos parecía admirar mi prisión de cristal. Y luego sus ojos se desviaron a mí. Me ladeo levemente, hasta que termine de nuevo en pie y miré al gigante tratando de soltarme de aquel árbol sin vida.

—¡Ayúdame!—Grite agitando mis brazos, mis ojos azul cielo, sobre el vidrio reflejados. Pero no me oyó, paso de largo.

Como si no pudiera verme. Como si no pudiera oírme.

No me veía, realmente.

Agito mi esfera haciendo que flotara de nuevo en el aire, rodeada de una tormenta de nieve. Blanco fue lo que vi por esos momentos y después dejo de agitarme y extrañamente había terminado en las ramas delgadas del árbol. En la parte más alta, para variar.

—Bueno, puede venderse bien—Dijo la mujer con su profunda voz y me alzó, levantándome y colocándome en una repisa de madera junto a una enorme cristalera. Y lo vi.

Una enorme habitación repleta de gigantes. Adornos de madera y cristal perfectamente colocados en más repisas y muebles pintados de azul. Gigantes más enanos sonreían jugando, tomando entre sus manos los muñequitos de trapo y corriendo por toda la estancia. Varios pasaron frente a mí, pero por más que chillé y grité…ninguno me oyó. No me oían, no me veían. Estaba completamente sola, en un mundo de nieve, a las afueras de un castillo irreal, sentada en los escalones falsos de aquella esfera.

A los lados del globo de vidriado, había otros más acomodados. Con casitas, parroquias y fuentes, otros más con solo un adorno, como un ciervo, un trineo o un caballo. En otros un bosque en miniatura o un lago falso. Pero ninguna se hallaba habitada. Nadie se encontraba en ellas, como yo. Porque todos eran libres, menos yo.

Por la ventana, con cortinas de seda corridas, carruajes enormes y caballos gigantes paseaban por las callejuelas anchas y largas de aquel gran lugar. Personas enormes saludaban y reían, charlando felices entre ellos. Como los envidiaba, tenían razones por las cuales sonreír.

Y ahí estuve, en esa repisa, sin nadie que me hablara o respondiera, sin nadie que me viera.


El castillo era acogedor. Cuando había ingresado tras sus puertas, en la cama me esperaba un camisón de algodón y en el pequeño armario, un abriguito de color blanco. Ahí dormía, ahí jugaba e incluso leía. Era una rutina.

Los gigantes enanos sacudían mi esfera, regalándome una tempestad de nieve, con aquellas chispas de plata centellear entre el blanco. Y me despertaban por la mañana, con sus golpes estruendosos contra el cristal. Sin embargo, nunca salí a verles. Nunca salí a ver como la nieve se arremolinaba en nubecillas parecidas al polvo. Nunca salí porque no me apetecía ser ignorada. No me apetecía flotar entre los aires y terminar en las ramas del árbol sin vida.

Me quedaba sobre aquella cama de sabanas azules, viendo el techo de color blanco. Unas veces tomaba una pelota pequeña y la hacía golpear contra la pared contraria. Mi ventana permanecía abierta, pero nunca me digne a salir y ver el panorama de lo ocurrido allá afuera.

Me divertía escuchando al cascabel sonar y tejía peluches de trapo y a veces trataba de recordar. No sabía nada de lo que me ocurrió antes de ser atrapada en esa esfera de cristal. Yo sabía que había sido libre antes de ser una prisionera en aquella cristalina prisión. Pero me era imposible recordar algo más que mi nombre. Solo recordaba un tono chillón y más joven hablándome por mi nombre. Gritándome y suplicándome, pero ni siquiera entendía aquellas frases. Recordaba una zanahoria también, pero era ilógico que tuviera algo que ver. Recordaba unas hebras rubias y trajes azules, recordaba pelaje café y recordaba, vagamente, unos ojos verdes.

Pero todo lo demás eran imágenes turbadas y borrosas en colores opacos. Y yo me sentía horrible cada vez. Con una monótona rutina, incesantes golpes y nadie que me veía. Esa era mi vida, dentro de los muros de aquel palacio.

Así que me esperaba lo mismo cada día. Porque así era.


Me revolví en mi cama, enredándome entre las sábanas y revolviendo mis cabellos platinados, que luego desenredaba con el cepillo que yacía en una mesita. Dormía plácidamente, cuando mi tranquilidad fue turbada de inmediato, por sonoros golpes.

Gemí molesta por aquellos niños gigantes. Y sin siquiera atención prestarle, me giré cubriéndome hasta la cabeza con las azules cobijas.

Uno, dos tres…cuatro, cinco, seis. Los golpes no cesaban y de vez en cuando mi casa era sacudida, y luego era invadida, por aquellos mismos ruidos. Siete, ocho, nueve y…

¡Ya fue suficiente! Me levanté furibunda y ladeándome gracias a las sacudidas originadas por los golpecillos de un gigante ingenuo que le agradaba fastidiar. Me puse mi vestido encima y salí corriendo a las afueras del castillo, para cesar aquellos golpecillos.

Una niña gigante de 9 años golpeteaba con su dedo índice la superficie del vidriado. Y de seguro cautivada por el tintineo de una mini campana que yo había puesto en una de las ramas del árbol. De cabellos castaños oscuros y ojos azules vivaces, sonreía de lado a lado, escuchando las notas agudas brindadas por aquella campanilla. Pero para mí eran demasiado molestos esos ruidos.

—¡Oye! ¡Ya basta! ¡Intento dormir!—Grité y no espere respuesta. Ni tampoco me esperaba una mirada de asombro por parte de la niña.

Me miro incrédula, sorprendida y alegre. Pero yo sabía que debía estar viendo los escalones o la nieve, porque a mí nadie me veía.

—¡Una muñequita!—Exclamó sonriente y alegre, dejándome a mí en la sorpresa de aquello.

¿Una…Una muñequita? ¿Acaso me veía? ¡Pero nadie puede verme!...espera un momento…¡Puede verme!

Sujeto entre sus palmas, mi esfera de cristal y me contemplo aún con sorpresa grabada en su rostro.

—Eres hermosa.

Yo no podía salir de mi dicha de que alguien pudiese verme. Al fin alguien que podía charlar conmigo y demás. Así que agradecida traté de responder, pero la niña me miro quieta, aún con su sonrisa. Podía observarme, pero no escucharme. Y supuse que serían por aquellas barreras de vidrio.

No importaba, me veía, y eso era lo que contaba.

Le sonreí contenta y soplé sobre el vidrio, empañándolo en el acto y satisfecha con aquel resultado, mi dedo índice escribió sobre la superficie, "Gracias" se leía en letra curvada.

Y me di cuenta, de que cualquier niño podía verme. Sin embargo, yo estaba dentro de mi esfera para darme cuenta. Tan desdichada que no me enteré. Porque hace un día, un bebe me saludó con la mano y pensaba que saludaba a la niña que afuera del local se encontraba.

—De nada.—Me contestó contenta y miro hacia ambos lados en busca de su madre.—¡Te llevaré conmigo a las Islas! Un bellísimo recuerdo de Arendelle.—Me dijo, y era cierto. Los gigantes más grandes hablaban con sus voces graves. "Pobre reina Anna" decían unos y ese nombre me sonaba familiar…otros decían "extrañaremos a la reina de las nieves" y yo me quedaba extrañada…otros dialogaban "pero está llevando a Arendelle por el rumbo correcto" y me daba cuenta del lugar donde estaba.

Además, estaba contenta de que aquella niña me llevara. La primera que me veía, me saludaba y se preocupaba.

—¡Y serás mi amiga!—Dijo con entusiasmo la pequeñuela y le sonreí agradecida. Me miro preguntándome si es lo que quería y alce los pulgares contenta, diciendo si con mi cabeza. Ensancho su sonrisa y me preguntó.—¿No te da frío?—Yo solo negué—¿Cómo te llamas?—Esta vez tome un palito que yo usaba y escribí sobre la nieve mi nombre de cuatro letras.—¡Qué bonito nombre Elsa! ¡Yo me llamo Lía!—Me dijo por ultimo.

Y me alzó más arriba envuelta en sus armoniosas risas, me sujeto con delicadeza, como si fuera alguien frágil y me llevo sin correr al saber que me golpearía si ella avanzaba de forma rápida.

La misma gigante de cabellos castaños y ojos chocolate, limpiaba una mesa de madera lustrada. Miró a la niña y sonrió. La chiquilla saco de su bolso rosado, monedas que me parecían tan grandes como para subir sobre ellas y deslizarme sobre la nieve [si hubiera colinas, claro está.]

La mujer tomo aquellas y las guardo en un cajón. Saco un paño color grisáceo y la vista se me bloqueó. Sentí como me alzaban, de seguro era Lía quien me llevaría a su casa.

Cuando oí la campana de la puerta, supe entonces que habíamos salido de aquella tienda.

—Vamos a casa, Elsa.


¡Hola! Yo sé que debería estar subiendo el nuevo capítulo de "Baile de Invierno" pero no me resistí a subir este fic. Es Helsa como se habrán de imaginar. Pero de una forma diferente xD

En primer lugar, debo agradecer a "Kaotik Angel" porque ella me inspiró a hacer este fic. Ella inventó la trama y público la historia en el fandom de "Inazuma eleven" me inspiré y aquí estoy. Obviamente será diferente, pero la trama original es parte de ella. Así que créditos a ella.

Otra cosa, mañana publico nuevo cap de Baile de Invierno

Y espero les agrade esta idea de Helsa

Bye Bye ;)