Saint Seiya: Siguiente Generación.

Fanfic escrito por: Andrómeda

Primera Fecha de publicación: 3 de junio del 2011; para la página de Facebook: Yuna De Águila (Saint Seiya Omega Ω)

Edición: Rankakiu

Disclaimer: Saint Seiya es propiedad de su autor Masami Kurumada; así como de TOEI Animation LTD.

Nota del editor: Muy buenas a los lectores de este Fanfic. ¡Y llegamos finalmente al cuadragésimo capítulo, el mismo que da cierre a esta maravillosa historia! Sin duda, a lo largo de estos siete años, ha sido todo un proceso de aprendizaje. Ha sido un camino difícil, no obstante, estoy satisfecho y feliz de terminar este proyecto, sin importar el tiempo invertido. Los dejo con el capítulo final, esperando que disfruten la lectura. Saludos.

Rankakiu


En el capítulo anterior de Siguiente Generación: Sara, la diosa Athena de esta era se enfrentó valientemente contra Ares, dios de la guerra; y a pesar de que luchó valientemente, pronto se vio superada. No obstante, apareció una guerrera misteriosa llamada Iocasta que terminó por salvar la vida de Athena. Tras una reflexión, El Héroe Mítico Belerofonte, arrepentido de servir a Ares, decide traicionarlo y pasarse al bando de Athena, en pos de redimir su alma. Mientras tanto, en la mente de Sharon, la mencionada, junto a su hermana Idalia, lucharon contra el dios Deimos, vástago de Ares, hasta someterlo, en donde Idalia aplicó una técnica inusual en él, dando como resultado su posible fin. Ante esa situación, Ares, furioso, intentó matar a Athena, pero para sorpresa de todos, Belerofonte se sacrificó heroicamente, muriendo en compañía de la deidad de la sabiduría y de su gran amigo Aarón de Piscis. ¿Cómo será el desenlace de este conflicto? ¡La Guerra Santa llegará a su fin!


Siguiente Generación

Capítulo 40: Juventud brillante.

Kimiko de Casiopea seguía batallando contra los soldados de Ares, solo que ahora, eran cada vez menos. Definitivamente, los últimos peones del dios de la guerra se contaban en poquísimas unidades. Tras asestar un puñetazo al rostro de uno de ellos, tumbándolo al suelo, Kimiko vio que quedaban los últimos cinco. No había ninguna señal o indicio de que arribarían más de ellos, así que decidió darle fin a su batalla.

La santa de plata elevó su cosmos lo suficiente para acabar con los soldados de un solo golpe, y así fue. Kimiko ejecutó su técnica con la cadena de ataque que tenía e impactó contra el torso de uno de los soldados enemigos, cuya armadura del peto quedó destrozada por completo, cayendo muerto en el acto. Los cuatro restantes, reuniendo valor, se abalanzaron sobre ella, pero no hubo necesidad de esquivarlos. La misma cadena reaccionó rápidamente y en movimientos de zigzag, terminó por derribarlos a todos con el mismo resultado.

Por fin, se habían acabado esas pestes. Kimiko soltó un suspiro pesado, mostrando su agotamiento.

—¡Espero que después de esto, todos piensen dos veces antes de llamarme vieja! —Exclamó. Y ciertamente tenía ese derecho de réplica, ya que combatió como toda una joven guerrera.

De pronto, Kimiko siente dos cosmos muy familiares, manifestándose con mayor intensidad cada vez que transcurrían los segundos.

—¡Imposible…! —La santa volteó a ver a Idalia y a Sharon, y observó cómo sus cuerpos emitían un brillo que la cegó por unos instantes y que hizo que se cubriera los ojos con una mano por instinto. Vio como aquel brillo se desvanecía poco a poco, hasta opacarse por completo.

Kimiko se llevó las dos manos hacia la boca, mostrando su sorpresa al ver como ambas hermanas caían de rodillas. La armadura de Deimos en el cuerpo de Sharon se agrietó por completo y esta se cayó en innumerables pedazos, que luego se convirtieron en polvo, una vez que permanecieron en el suelo. Por suerte, la cota de malla permaneció en el cuerpo de Sharon. La santa de plata, con curiosidad, miro como unos mechones del cabello de ambas hermanas adquirieron un color negro profundo.

Idalia y Sharon inspiraron profundamente y abrieron los ojos al mismo tiempo. Lo habían logrado. Habían derrotado a Deimos y sus mentes volvieron a sus respectivos cuerpos. Las hermanas se sonrieron con dulzura mutuamente.

—¡Idalia! ¡Sharon! —La exclamación de Kimiko las sobresaltó un poco y voltearon sus cabezas para ver como su superiora iba hacia ellas, con un gesto maternal de preocupación, algo inusual en ella. Kimiko se puso de rodillas y las abrazó fuertemente. —¿Están bien? ¿Qué paso? —Preguntó.

Tanto Idalia como Sharon, aunque un poco sorprendidas por esa muestra de afecto, correspondieron el abrazo de Kimiko. Tras unos segundos, Idalia respondió.

—Todo fue un éxito… Deimos desapareció…

—¿Sharon? —Preguntó Kimiko, con la esperanza de que estuviera frente a frente con su alumna, y no una mera ilusión o que el dios Deimos estuviera engañándolos a todos. Para su alivio, Sharon asintió suavemente y le sonrió a Kimiko cálidamente.

—Estoy bien, maestra Kimiko. —Respondió reconfortante.

Kimiko de Casiopea ya no pudo aparentar más y volvió a abrazarlas de nuevo, esta vez derramando lagrimas a raudales de la felicidad.

—¡Qué bien! ¡Me alegra recuperarlas! —Expresó sinceramente, gimoteando.

Sharon abrió los ojos como platos e hizo una mueca de sorpresa ante el acto afectivo de su maestra.

—¿Maestra Kimiko? —Preguntó con curiosidad.

Ante el gesto de su alumna, Kimiko se dio cuenta de su actitud y rápidamente recuperó la compostura de maestra severa y mujer dura como piedra.

—¡Jum! —Bufó. —¡Fue la emoción del momento! — Kimiko se ruborizó de la pena, mientras Idalia se encogía de hombros y Sharon trataba de contener una risilla.

En eso, la curiosidad se apoderó de Kimiko, mientras observaba los mechones negros en los cabellos de ambas hermanas. La santa de Casiopea tomó gentilmente cada uno de los mechones en sus manos.

—¿Y esto? —Preguntó.

—No podíamos destruir a Deimos, eso sería como matar a Sharon; —contestó Idalia, —por eso… dividí su conciencia entre Sharon y yo; Deimos ya no existe como individuo, y nunca podrá recuperarse. —Explicó.

Kimiko entendió parcialmente el asunto. De todas maneras, al final le restó importancia, quedándose tranquila con aquello de que Deimos había dejado este mundo para bien. Aquel dios ya no podrá dañar a nadie más.

Sharon tosió un poco para llamar la atención de su hermana mayor y maestra.

—Hermana, debemos ir con la señorita Sara. —Dijo.

Tanto Kimiko como su hermana asintieron y las tres guerreras emprendieron una carrera para llegar con Athena y ayudar a su diosa a acabar con la Guerra Santa de una vez y para siempre.


Aarón tenía una inmensurable tristeza en su corazón. Esta Guerra Santa le había costado todos sus antiguos camaradas, y ahora el último de ellos, el gran Belerofonte, había muerto al defender la causa correcta. A su punto de vista, era injusto. Mantenía una mirada baja, mirando el rostro pasivo y sonriente del Héroe Mítico.

—Después de todo no cumplí con mi promesa… —Expresó, derramando más lágrimas. —Yo… yo debía terminar esto con mis propias manos y darles un descanso bajo mi propio poder… —Dijo con melancolía.

—No. —Dijo Athena, poniendo una de sus manos en el hombro de su santo dorado, en señal de consuelo. —Cumpliste con lo que te habías prometido; ahora ellos están en un mejor lugar, esperando por ti. —Sara le sonrió, aunque ella también tenía una mirada triste.

Aarón se limpió las lágrimas.

—Sí… es verdad. —Dijo, mientras Athena acostó a Belerofonte y le cruzaba sus brazos en posición mortuoria. Tras esto, ambos se levantaron.

El santo de Piscis y la diosa de la sabiduría miraron hacia donde estaba tumbado Ares. Pronto, sintieron como el dios estaba recobrando su conciencia. El dios abrió los ojos y levantó la cabeza, devolviéndoles una mirada venenosa. Usando sus poderes, Ares levanto su cuerpo y con un movimiento de su mano, llamó a su espada, la cual voló directamente hacia su dueño. Ares sacudió la cabeza y la movió de un lado a otro. No había sufrido mayor daño. Escupió con desdén.

—¡Es hora del final, Ares! —Exclamó Aarón. En esos momentos, no había tiempo para lamentaciones y tristeza. Aarón, junto a su diosa y camaradas actuales, estaban dispuestos a derrotar a Ares a toda costa. La batalla final era ahora.

—Maldito. —Ares hizo un gesto de asco. Aquel humano era un insolente a su juicio.


Sharon, Idalia y Kimiko llegaron a las entradas del decaído templo de Aries, al cabo de unos minutos de intensa carrera. Las tres empezaron a atravesar dicho templo, cuando, de repente, Kimiko sintió un par de cosmos familiares, deteniéndose en el acto.

—¿Pasa algo, maestra Kimiko? —Preguntó Sharon, un tanto alarmada.

La santa de plata tardó unos segundos en responder.

—Sharon, Idalia, adelántense y lleguen con Athena. —Dijo. —Tengo algo que atender en este lugar, no me esperen. —Continuó, caminando hacia unas pesadas losas y pedazos de columnas. —¿Todavía siguen aquí! ¡Váyanse de una vez! —Gritó. Ante esa reacción, las hermanas retrocedieron unos pasos, asustadas. Kimiko suspiró. —No se preocupen, el único enemigo que queda es Ares. Váyanse. Confíen en mí. —Pidió.

Ante esa respuesta, ambas se miraron entre sí y luego a Kimiko. Asintieron y emprendieron la marcha nuevamente, dejando sola a Kimiko en el templo de Aries. La santa de plata entonces actuó, desplegando su cadena y atándola a las numerosas losas y columnas. Usando su descomunal fuerza, levantó todas esas pesadas piedras en el aire, y estas cayeron en distintas direcciones del templo. Kimiko se acercó al hueco que había debajo de las piedras y cuando los vio, sonrió, extendiendo sus manos hacia ellos.


Mientras tanto, Idalia y Sharon fueron a toda marcha, atravesando sin ninguna dificultad los templos restantes. Algo llamó la atención de las dos amazonas de bronce: con cada templo que recorrían, sentían, por muy pequeño que fuera, los cosmos de los santos dorados, animándolas a continuar para llegar con Athena.

Dichos cosmos no solo les daban fuerza, sino también esperanza, esperanza de que sus camaradas dorados siguieran con vida y que con su ayuda pudieran derrotar al terrible Ares. Aunque, curiosamente, mientras más estaban cerca de llegar a la explanada de la estatua de Athena, el tiempo entre templo y templo se les hacía cada vez más largo. Las escaleras, hacia el último tramo del Santuario, a ambas les pareció interminable. No obstante, al final pudieron llegar a la recamara del Patriarca. Las hermanas se detuvieron un momento para descansar de aquella larga marcha.

Sharon sintió un cosmos en particular, un objeto que la estaba llamando desde su cosmos. Cuando caminó detrás del trono del Patriarca, pudo verlo: se trataba de su armadura de Andrómeda, quien había esperado pacientemente el regreso de su portadora. La armadura resonó y brilló y Sharon encendió su cosmos, haciendo que la armadura se separó en diversas piezas que cubrieron su cuerpo.

La sensación de portar su armadura era infinitamente cálida, un abrazo totalmente bienvenido, como si fuera una amiga antigua que tuviera un largo tiempo de no ver. Finalmente estaban unidas bajo un mismo cosmos.

Idalia colocó una mano en uno de los hombros de Sharon, recordándole la misión que aún tenían pendiente. Ambas asintieron entre sí y partieron lo más rápido posible, llegando, al fin, a la explanada de la estatua de Athena, en donde ambas claramente escucharon el intercambio de palabras de Aarón contra Ares. Las dos se acercaron a sus compañeros de armas.

Idalia habló.

—¡Es hora de tu fin Ares! Ya no tienes soldados, los héroes míticos cayeron y Deimos ya no existe. —Recalcó.

Ares crujió los dientes ante el recordatorio.

Athena tenía fuego en su mirada, uno tan intenso, eterno y brillante, como el mismo fuego del Olimpo. Era tiempo de poner fin a esta Guerra Santa y derrotar a Ares para siempre. Sara encendió su cosmos y pronto este envolvió todo el Santuario, brillando en un dorado perpetuo.

Ares quedó estupefacto ante el cosmos de su enemiga. Los santos, por su parte, quedaron embelesados por la calidez maternal que emitía su diosa.

—Queridos santos, —dijo Athena con dulzura, —llegó el fin de esta guerra. Lamentemos la caída de nuestros camaradas, —expresó, dedicándole a sus guerreros caídos unas lágrimas, —y peleemos al lado de aquellos que continúan entre nosotros. —Su voz nunca había sido tan firme.

Ante la acción de la diosa, Elliot de Sagitario, Yaro de Libra, el maestro Darío, Selenia de Pegaso, Sofía de Dragón, Helena de Cisne, la venerable anciana Oka, y el Patriarca Kiki, acompañaron a su diosa, elevando sus cosmos.

El dios de la guerra no tenía idea de lo que planeaban todos ellos, pero no le importaba; fuera lo que fuera, el plan de Athena no daría ningún resultado. El mismo era uno de los doce olímpicos, y, por lo tanto, imposible de vencer.

—Aunque me elimines, tú también recibiste un duro golpe, —Ares rio abiertamente, —Belerofonte mató a siete de tus doce santos dorados, ¿¡en verdad crees que podrás defenderte de otro ataque!? —Gritó, tratándola de humillar al recordarle las más importantes bajas de su ejército.

Aun cuando fue un golpe bajo para Athena, la diosa, junto a sus santos presentes continuaron elevando sus cosmos para crear el ultimo milagro de la Guerra Santa.

Idalia de Fénix soltó una pequeña risa de burla hacia Ares, lo que molestó al dios.

—¿En verdad eso crees? —Preguntó burlonamente.

Tanto Athena, como los otros santos, e incluso el propio Ares procesaron lo dicho por Idalia, y tras un par de segundos, comprendieron a que se refería la santa de Fénix.

—Entonces… ¡los otros santos dorados…! —Expresó la santa de Pegaso con una desbordada emoción.


En el templo de Aries, Kimiko de Casiopea ayudó a Yuuko de Grulla y a Hakirei de Aries a salir de aquel agujero. Siendo fuerte, la santa de plata no tuvo ningún problema en sacarlos de ahí con sus fornidos brazos.

—Entonces es verdad… dejaron pasar al enemigo. —Kimiko quería una confirmación proveniente de las bocas de ambos.

Yuuko de Grulla procedió a sacudirse el polvo de su cuerpo y armadura. Estaba adolorida por la batalla y con muchos rasguños, pero sin ninguna herida grave. Yuuko simplemente soltó una risilla.

—Él era fuerte, además…

—Al final su intención no era matar a Athena. —Terminó Hakirei por ella.

Kimiko se rio.

—Bueno, si ustedes lo dicen. —Se encogió de hombros.

En esos momentos, Kimiko, Yuuko y Hakirei percibieron los cosmos de su diosa Athena, junto con los de sus compañeros de armas. Los tres elevaron sus miradas hacia la cima de aquella montaña, en donde pudieron visualizar una inmensa luz dorada. Se miraron entre sí, y entendiendo por instinto el plan de su diosa, comenzaron a quemar sus cosmos para unirse a Athena.


En el templo de Tauro, Aldebarán, su guardián dorado, caminó un par de metros, curándose una herida que tenía en su frente con un vendaje improvisado, antes de sentarse apoyado en una columna, que a pesar de lo dañada que estaba, aun se sostenía en pie. El también sintió los cosmos en la explanada de la estatua de Athena y pronto también los del templo de Aries. Se cruzó de brazos y soltó una pequeña risa.

—Ese sujeto tenía un noble corazón, a final de cuentas. —Dijo. —Si hubiera querido, me habría matado sin que yo lo supiera. —Aldebarán encendió su cosmos, mandándolo junto a su diosa.


Yamil de Géminis dio un par de pasos y recargó uno de sus brazos en una columna cercana. Se secó el sudor de su frente con el dorso de su mano.

—Es vergonzoso que se enteren que dejé pasar a alguien por la casa de géminis, —Dijo, sonriendo con sorna, —pero nunca vi un enemigo. —Concluyó, manteniendo su sonrisa. Separó sus piernas, bajó sus brazos y apretó sus puños, concentrando su cosmos.


Por su parte, Akuma de Cáncer dio un resoplido de fastidio, recostado en una lápida de su propio templo. A pesar de sus heridas y de su armadura destrozada, aun podía pelear. Sin muchas opciones, decidió que no haría mal ayudar a sus compañeros.

—Ese hombre se parece al músico, por eso no valía la pena matarlo. —Se quejó, y quemó su cosmos.


En el templo de Leo, Javier se sacudió el polvo que tenía encima mientras estaba sentado. Se cruzó de brazos e hizo una cara de ceño fruncido y la boca torcida, un gesto típico de un niño al que hubieran regañado por hacer alguna travesura.

—¡Jum! —Bufó. —Quería un poco más de pelea. —Admitió desde el fondo de su corazón. Sonrió y se levantó, encorvando su espalda y cerrando sus puños, encendió su cosmos.


Maha de Virgo mantenía su postura de meditación de loto. Así como varios de sus camaradas, sonrió.

—El destino sólo es uno. —Expresó con cierto misticismo, elevando su cosmos.


En el templo de Escorpio, Pierre, su guardián, se quejaba del dolor sufrido a causa de su batalla contra Belerofonte. Afortunadamente aún seguía respirando, y con ello tenía su vida para seguir peleando al lado de sus camaradas. Se rascó un poco la cabeza y observó cómo Iñaqui de Capricornio, caminaba hacia él, con su brazo fracturado en un cabestrillo improvisado.

Al ver al santo de Capricornio, Pierre de Escorpio le echó una reprimenda.

—¿¡Por qué me detuviste Iñaqui!? —Su enojo era bastante evidente. Incluso Iñaqui podría jurar que de las orejas de su compañero salía humo.

Iñaqui solo atinó a negar con la cabeza, sonriendo ante la terquedad de su camarada.

—Debíamos hacer lo correcto. —Dijo. —Nuestro deber es defender a Athena, pero ese hombre no era una amenaza, después de todo.

—Aun así, nunca encontrarás un enemigo igual. —Respondió el santo de Escorpio.

Como el resto de sus amigos, Iñaqui de Capricornio y Pierre de Escorpio elevaron sus cosmos. Mientras Iñaqui mantenía los ojos cerrados y su puño –de su brazo sano- cerrado, Pierre, un poco más desgarbado, encendió su cosmos, con ambas manos en su cintura.


En el templo de Acuario, Gabriel caminó hasta quedar al lado de su maestro París. Ambos miraron el horizonte, en donde la luz dorada se intensificaba con cada cosmos que se unía al de Athena.

—Maestro… en verdad los Héroes Míticos pudieron haber sido grandes aliados. —Dijo.

—Así es. —Respondió escuetamente.

Pronto, maestro y alumno quemaron sus respectivos cosmos y lo enviaron junto a su diosa Athena, en un acto de fe de que haría el milagro de acabar con la Guerra Santa.


El dios Ares, totalmente conmocionado, miró a los alrededores del Santuario. En cada lugar había columnas de cosmos, elevándose hasta los cielos y creciendo en energía cada vez más. Si seguían así, pronto lograrían cubrir el mismo universo, y con ello, superar su propio poder. Los cosmos se unían al de Athena, que despedía una luz tan cálida y conmovedora, con un fulgor, que, a diferencia de las estrellas, este era inmortal.

Ares enfureció y dirigió una mirada de desprecio a Aarón.

—¡Maldito! ¿De que sirvió todo esto? —Exigió saber.

—¡Sirvió para refirmar mis ideales, al volver a encontrar gente valiosa para mí! —Exclamó Aarón de Piscis, encendiendo, por fin, su cosmos. —¡Que tú y el resto de los dioses entiendan que nuestra amada diosa Athena defenderá este mundo! —Su cosmos se unió al de su diosa.

—¡Y que nosotros, sus santos la defenderemos al final! —Remató Selenia.

—¡Ahora! —Exclamó Sara, la encarnación de la diosa de la sabiduría, a sus santos. Sara sostuvo con firmeza su báculo e imbuyó su cosmos en el objeto. Todos sus santos, desde la elite, hasta los de bajo rango, encendieron sus cosmos hasta su punto culminante y se dirigieron hacia el báculo de Nike, la diosa de la victoria.

Ares gritó de furia, y se abalanzó contra su enemiga, blandiendo su espada de agudo filo.

—¡Athena! —Exclamó el dios de la guerra con voz potente.

Sara no se movió de ahí, al contrario, mantuvo su posición, reuniendo todos los cosmos posibles en su báculo. Al final no tuvo necesidad de esquivar el ataque de Ares, porque Selenia de Pegaso, en un rápido movimiento, producto de su inmenso cosmos, se interpuso en el camino del dios, atrapando su espada con un choque de sus palmas.

—¡Hasta nunca Ares! —Exclamó Selenia, dando un salto en medio circulo con todas las fuerzas de sus piernas y con ello arrebatándole la espada al dios de la guerra.

—¡Maldita mocosa! —Gruñó ferozmente Ares. El dios estaba a punto de voltearse y con ello soltar un golpe contra la castaña, pero la cadena de Andrómeda lo detuvo; primero sujetándolo de la muñeca derecha y después el par de cadenas se enrollaron en su torso, impidiendo cualquier movimiento de sus brazos. Ares, al mirar a Sharon, pudo ver como su armadura pasaba de sus tonos rosados, a tonos dorados.

—¿¡Pero que…!? —Ares no pudo terminar, ya que, después de Sharon, Helena elevó su cosmos a tal punto que también su armadura se tiñó de oro puro, la santa rubia hizo su parte y lanzó una de sus técnicas congelantes, haciendo que el hielo se formara en sus piernas, hasta la altura de sus muslos. Para el dios era una sensación demasiado fría, como un millar de cuchillas penetrando hasta los huesos.

—¡Imposible…! —Ares abrió desmesuradamente los ojos, al ver como Idalia de Fénix y Sofía de Dragón estaban al lado de Athena, protegiéndola. Sus cosmos estaban tan encendidos, que las armaduras no solo se restauraron hasta cierto punto, sino que incluso se volvieron doradas, como las de sus compañeras de armas.

Para sumar más a su desgracia, Selenia aterrizó detrás de él, y la santa de Pegaso no dudo en moverse. Blandió aquella enorme espada y con ella atravesó al propio dios de la guerra en la espalda. La hoja filosa sobresalió de su pecho, llevando consigo un rastro de sangre.

—¡Athena! —Gritó colérico por el dolor y más que nada, de su aparente e inminente fracaso.

—¡Sara! ¡Rápido! —Exclamó Selenia, aun sosteniendo la espada de Ares.

Athena lanzó un rayo de hermoso brillo de su báculo, que contenía los cosmos de sus santos y de ella misma. Dicho rayo impactó contra el dios de la guerra, abrumando su propio cosmos. Ahora sentía que su ser, su alma estaba siendo desintegrada y apresada en contra de su divina voluntad.

Y no se equivocaba en absoluto. Con horror, Ares miró sus pies y vio como empezaban a descomponerse en cientos de esferas luminosas, y estas iban a parar en su espada. Con eso, Ares entendió que su enemiga buscaba sellarlo por largo tiempo dentro de su propia arma. Aquella realización hizo enfurecerlo más.

—¡Me están subestimando! —Bramó a todo pulmón el dios de la guerra.

—¡Tú también nos estas subestimando! —Replicó Selenia, elevando aún más su cosmos, y como consecuencia, su armadura también pasó a ser de un bello dorado.

Ahora la desintegración alcanzó hasta su cintura.

—¡Ares! —Exclamó Athena, llamando la atención del dios, sosteniendo con todas sus fuerzas el báculo de Nike. —¡Yo no estoy sola! — Exclamó.

De las ultimas cosas que vio el dios, fueron los cosmos de los santos de Athena y el cosmos de la propia diosa. Vio como una a una, aparecían las constelaciones, más brillantes que nunca, de Pegaso, de Dragón, de Cisne, de Andrómeda y de Fénix. Detrás de esas constelaciones, estaban las de la eclíptica solar, los doce caballeros dorados representados en las constelaciones de Aries, Tauro, Geminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis. De igual forma, estaban presentes las constelaciones de Grulla y Casiopea. Todas las constelaciones emitieron un cosmos, unido bajo una misma y noble causa, lo que eclipsó el cosmos del propio Ares.

—¡Mis santos siempre me prestarán su fuerza para proteger este mundo! —Exclamó Sara, y su báculo desprendió un brillo aún más intenso, tan intenso que era capaz de borrar la oscuridad del universo.

Ares trató, inútilmente, de elevar su cosmos, pero ya era demasiado tarde. La unión de los cosmos de sus enemigos generó una especie de Big Bang universal que terminó por abrumar su propio cosmos. Los brazos y torso del dios de la guerra empezaron a desintegrarse también en aquellas partículas de luz. Ya no tenía caso luchar. Ares bajó la cabeza en señal de derrota, y uno de sus últimos actos fue simplemente reír de la desesperación.

—Es una tontería… —Dijo, con una sonrisa de locura y resignación, mientras sus hombros y cuello se convertían en esferas de luz. —¡Athena! —Exclamó, subiendo su mirada hacia la diosa y Sara le devolvió la vista; Ares la miraba con desprecio y extrañamente, con una pizca de admiración, mientras que Athena le miraba con cierta tristeza. —Podrás haberme vencido, pero tus actos no pasarán impunes ante el Olimpo. ¡El Olimpo estará sobre ti! Esto… aun no acaba... —Esas fueron las últimas palabras de Ares.

El dios volvió a bajar la mirada. Su cabeza, lo único que quedaba, pasó a volverse de un color blanco. El rostro de Ares se volvió inexpresivo y por fin se desintegró en esferas de luz. Todas ellas terminaron siendo absorbidas por la espada.

El arma de Ares emitió un brillo rojizo final y desató una onda expansiva que tumbó a Selenia al suelo, y los demás fueron obligados a cubrirse como pudieran. Idalia y Sofía cubrieron con sus cuerpos a su diosa Athena; al mismo tiempo, la espada emitía una gran columna de luz, elevándose tan alto como el cielo oscurecido por las gruesas nubes grises. La punta aguda de la espada se incrustó pesadamente en el suelo, y todos los presentes ahí, pudieron ver cómo los últimos remanentes del cosmos de Ares tambaleaban, como flamas débiles a punto de extinguirse. Dichas flamas, tras un par de segundos, se esfumaron por completo. La espada emitió otro brillo, más tenue, y en la hoja de agudo filo apareció el sello de Athena, cuyo nombre estaba escrito en el clásico alfabeto antiguo griego.

Instantes después, Athena, junto a sus santos escucharon un enorme estruendo a kilómetros de distancia. Se trataba del templo del dios de la guerra Ares, que, ante la ausencia del cosmos de su propietario divino, la estructura tan maravillosa ya no pudo sostenerse. Aquel templo fue sacudido por un temblor de magnitud considerable, siendo partido en dos. Las columnas se destruyeron, así como las cornisas e imágenes que adornaban el lugar. Todo se desplomó y los cimientos cedieron, hundiéndose el sitio sin que nada lo impidiese. Todo el templo de Ares fue sepultado bajo tierra, para no volverse a ver ni levantarse nunca.

Los cadáveres de los innumerables soldados de Ares se secaron en extremo y quedaron ennegrecidos, para después convertirse en polvo fino, uniéndose a la tierra unos, y desperdigados por el viento los otros. Los únicos cuerpos que no sufrieron ese efecto fueron los de los Héroes Míticos.

El cielo espesamente nublado, aquellas nubes densas grises que anunciaban la muerte, dieron un rugido en forma de truenos, para después irse despejando cada vez más, hasta que estas desaparecieron del todo, dejando ver un cielo nocturno, el verdadero cielo, lleno de vida y estrellas que lo adornaban, con su brillo de millones de años.

Después vino la merecida calma.

Ares había sido vencido.

La humanidad estaba a salvo del juicio de los dioses de nueva cuenta.

¡La Guerra Santa había terminado, una vez más, con la victoria de la diosa Athena!

Selenia se reincorporó, sentándose y dirigiendo su vista hacia ese hermoso cielo nocturno.

—Al fin, todo acabó… —Expresó, suspirando pesadamente, con la alegría de estar viva para ver otro amanecer más.

Athena se acercó a ella.

—Así es. —Sonrió. —Todo acabó. —La diosa puso una de sus delicadas manos en uno de los hombros de Selenia.

No muy lejos de ahí, el caballero de Piscis buscaba a una persona especial. Cuando chocó miradas con Sharon, Aarón fue corriendo directo a ella.

—¡Sharon! —Exclamó Aarón, abrazándola efusivamente y levantándola del suelo, dando un par de vueltas con ella. Sharon soltó un pequeño grito, seguido de varias risas. Después Aarón la colocó gentilmente en el suelo. —¡Me alegra que estés bien! —Dijo con alegría desbordante, tomando delicadamente las manos de la chica entre las suyas, más grandes y fornidas. —Creí que no te volvería a ver.

—Aarón… —Esta vez fue la santa de Andrómeda que abrazó fuertemente al caballero dorado. —Yo también temía por ti… —Expresó, derramando lágrimas de felicidad al ver a su querido santo sano y salvo.

Los dos se fundieron en un abrazo tierno y romántico, con Sharon recargando su cabeza en el pecho de Aarón, y este, acariciando gentilmente el cabello de la amazona.

A Selenia, junto con Helena, Sofía, e incluso la propia Athena, les pareció una escena de lo más linda y enternecedora, con excepción, claro, de Idalia, quien carraspeó un tanto molesta, alejándose lo más que pudo de la escena.

Athena vio el horizonte. Pronto, los primeros rayos del sol dejarían paso a un nuevo amanecer para el Santuario y el mundo. Sara vio como poco a poco, Kimiko de Casiopea y Yuuko de Grulla aparecía en el horizonte, acompañada del resto de los caballeros dorados. Sonrió al ver a todos sus santos con bien.

La santa de plata le devolvió la sonrisa a Athena. Tras mirar a su alrededor vio como Sharon y Aarón se mantenían abrazados cálidamente. Aquello no hizo sino aumentar más la sonrisa de Kimiko.

El silencio reinó en el lugar unos momentos, hasta que fue roto por Kimiko de Casiopea. La santa de plata elevó su brazo, y en un tono triunfante exclamó:

—¡Todos! ¡Salve la diosa Athena y las niñas de bronce!

El patriarca Kiki negó con la cabeza, algo divertido. No haría ningún daño el unirse a la ocurrencia de la santa de plata.

—¡Salve la diosa Athena y las niñas de bronce! —Exclamó.

—¡SALVE LA DIOSA ATHENA Y LAS NIÑAS DE BRONCE! —Once caballeros dorados siguieron con la exclamación, elevando de igual manera sus puños.

Aarón miró dulcemente a Sharon y la dejó libre de su abrazo. Señaló con su cabeza y la santa de Andrómeda pudo ver que Selenia de Pegaso, Sofía de Dragón, Helena de Cisne y su hermana mayor, Idalia de Fénix, la esperaban para que se unieran a ellas. Sharon caminó hasta encontrarse con sus amigas.

Sin decir una palabra, Selenia alzó su puño a los cielos, y las cuatro niñas de bronce no tardaron en unírsele, chocando sus puños con el de ella, en señal de victoria, siendo las estrellas testigos de una nueva era de paz.


Y así es como concluyó la Guerra Santa de Athena contra Ares en esta era. El santuario, junto con la humanidad que protege, al fin pueden descansar tras la cruenta batalla sufrida, seguros de que verán de nuevo cada amanecer del sol sobre la tierra.

La leyenda de sus ancestros, de Seiya y sus amigos, ha perdurado lo suficiente para inspirar a esta, la siguiente generación, a ser la esperanza del mundo, a nunca darse por vencida, y encender sus cosmos hasta el infinito para crear milagros. La fe puesta en Athena es imperecedera.

La guerra ha terminado, sin embargo, es seguro que nuevos retos, nuevos desafíos y nuevas batallas sucederán para poner a prueba constante a las nuevas santas de bronce. Pero, sin importar el enemigo, podemos estar con la certeza absoluta de que esta generación será capaz de superar cualquier obstáculo.

Con el fin de esta Guerra Santa, nace una nueva leyenda, una que, al igual que la de Seiya y compañía, inspirará a las generaciones sucesoras. El brillo de las estrellas en el firmamento, así como las historias que han contado a lo largo del tiempo, seguirán existiendo en los siglos que están por venir.

Y las constelaciones de las cinco santas de bronce, en el cielo infinito, emitieron un fulgor eviterno, más fuerte que nunca, acompañando a la juventud brillante.


FIN.


Notas finales de la autora Andrómeda: ¡Muchas gracias por leer esta historia! Este fanfic surgió por mero capricho, y es un gusto saber que hayan seguido esta historia hasta el final. Muchas gracias.

Notas finales del editor: ¡Y ahí lo tienen, gente de Fanfiction! Tras largos siete años, finalmente ha concluido este proyecto de edición. Si bien, a lo largo de todo este tiempo que estuve trabajando en este fanfic, tuve varios problemas de diversa índole que atrasaron un tanto su actualización, nada quita la satisfacción de ver un trabajo terminado. Espero que no solo hayan disfrutado de este último capítulo, sino también de la historia completa. Eso sería todo de mi parte, esperando verlos de nuevo, ya sea en otro trabajo de edición, traducción u original. ¡Hasta pronto y gracias a todos!