-En fin… -dijo Antonio, mirando por la ventana al patio del castillo –me gustaría ver a mi hijo… -miró a Isabel que se abalanzó sobre él.

-¡Nunca digáis eso frente a una ventana o puerta, ni siquiera demasiado alto! –estaba enfurecida –Bien sabéis que pasaría y qué revueltas acuñarían Castilla de descubrirse que el príncipe… -en ese momento bajó el tono y disminuyó la velocidad de sus palabras, calmándose.

Antonio se quedó mirándola. No entendía nada de lo que había ocurrido. La sentó en una silla despacio y se arrodilló en el suelo para tenerla a la vista.

-¿Qué os aflige, mi señora? –dijo tomando su mano derecha.

Hubo un gran silencio mientras Isabel miraba al suelo, su puso una mano en la frente y unos segundos después, le miró.

-No os preocupéis, Antonio… simplemente… estoy cansada. No es fácil gobernar estos territorios y… no soy capaz de dar a luz a otro varón.

-¿No amáis a Juan? –el de ojos verdes se levantó, tenso y enfadado con una mirada que helaría el corazón.

-Por supuesto que le amo. Con todo mi corazón porque es mi hijo, pero sabéis que desde que nació hemos tenido que emplear multitud de remedios que casi rozan la brujería para sanarle. Es débil de cuerpo, y aunque es fuerte de espíritu me temo que no es suficiente. Me desharía en pedazos si algo le llega a ocurrir. –Isabel miró al suelo, parecía triste- pero… que más os da a vos. Viviréis durante siglos, amareis a más mujeres y tendréis la ocasión de tener más hijos…

Apenas pudo Isabel terminar esta frase, Antonio se arrodilló y, cogiéndola de las manos cariñosamente, la besó largo y tendido. No era decoroso hacer eso en Castilla y más en aquella época, pero era para él un símbolo de amor que había heredado de Roma, durante los siglos que le tuvo bajo su capa. La miró directamente a los ojos, acariciando sus mejillas.

-En mis más de diez siglos de historia, mi señora, nunca ninguna mujer me había hecho sentir lo que vos. Sois fuerte y luchadora. La única que desde que me conoció me plantó cara y no me vio como un reino, la única a la que casi llegaba a odiar y amar al mismo tiempo. Vos sois la que me hace consumirme en llamas al saber que compartís lecho con otro varón que es vuestro legítimo esposo. Os amo con todo mi corazón, y ojalá sea tarde el día que deberé deciros adiós a vos y a mi hijo, pero después de haberlo visto como rey de Aragón y Castilla.

Isabel no pudo evitar llorar ante esas palabras. Quería y apreciaba mucho a Fernando, pero no podía negar lo que sentía hacía Antonio. Él no solo la hacía sentirse una buena reina que se enfrentaba sus enemigos y administraba un reino cada vez más inestable y al borde de una guerra, le hacía sentirse mujer. Era el único que podía ver ese lado que una reina nunca podía mostrar, no sólo por las convenciones de la época, sino por su estatus. No era la reina consorte, era la heredera que había luchado con uñas y dientes por su trono y corona y cualquier muestra de debilidad podría traer problemas.

-Sé que mi hijo es débil, la mezcla de nuestra sangre no es un buen fruto, somos diferentes pero a la vez tan iguales… es por eso que le pregunto a Dios por qué nos hace esto… no puedo impediros buscar otro varón, si vuestro marido os obliga así deberá ser y sois la única mujer que debe velar por el bien de Castilla y tener herederos…

Pero no era tan fácil. Isabel llegó a pensar que había sido un castigo divino, ya que el único hijo varón medianamente san que había podido dar a luz era el de Antonio. Sí, no era la primera vez que se quedaba embarazada de un niño, pero los otros tres hijos varones que había tenido habían muerto, sin contar que su hija, la princesa María, era gemela de otra que murió a las pocas horas de su nacimiento. Un parto múltiple en esa época era considerado de mal augurio, y aunque Isabel no era supersticiosa, su corte sí. Había sido un duro mazazo para Isabel, pero la reina, como siempre, se mantuvo regia y respetable.

-Alteza… -dijo Antonio- me gustaría saber dónde se encuentra el príncipe Juan en este momento… mi viaje ha sido largo y aunque me gustaría descansar quiero verle…

-Tus viajes siempre son muy largos… -dijo la reina sonriendo.

-Puede… pero tengo todo el tiempo del mundo… -Antonio sonrió y le dio un beso en la frente a Isabel.

-Juan se encuentra ahora mismo estudiando. He decidido que como monarca heredero de Castilla y Aragón deberá tener una educación a su altura. Tendrá que conocer estrategia militar, lenguas como el latín o el griego, matemáticas, heráldica, alquimia…

-No os olvidéis de la música… -dijo en un tono más bajo el de pelo castaño. Antonio desde que era pequeño amaba la música y aprendió a tocar a muy corta edad instrumentos de cuerda que cada vez, abandonaban su tosquedad para ser más perfectos. Tocaba el arpa, la guitarra morisca, la cítara, el laúd… multitud de instrumentos que había aprendido a valorar cada vez más, al igual que la cultura en la corte toledana del rey Alfonso X, el Sabio.

-No, no me olvido. Mis hijas son también unas virtuosas de las artes y como reinas, también quiero darles la educación que merecen y precisan para dar buena imagen de Castilla.

En ese momento escucharon unos pies que venían corriendo desde lejos. Eran pequeños y muy rápidos. Isabel y Antonio salieron de la habitación para encontrarse y casi chocarse con el pequeño Juan, que había salido de sus clases.

-¡Padre! –el pequeño saltó a los brazos de Antonio que se agachó un poco para cogerle y elevarle. Sonreía como no había hecho en mucho tiempo, pensó Isabel, y es que Antonio aún tenía una apariencia joven, la misma que su hermana Isabel, que era una adolescente y casi más que un padre, era como un hermano.

-¿Cuántas veces os he dicho que no tenéis que llamarle así? –dijo Isabel cogiendo a su hijo de la oreja. Tras un par de ruidos quejicosos del pequeño, le soltó y este se quedó abrazado a su padre.

-No seáis tan dura, mi señora… la euforia le pudo… -dijo Antonio acomodando al pequeño.

-¿Cuánto tiempo os quedaréis? ¿Pasareis tiempo conmigo? –preguntó el pequeño de ojos saltones, mirándole atentamente y esperando una respuesta.

Antonio miró a Isabel, la cual le hizo un gesto de que debían hablar en privado. Dejó a su hijo en el suelo y se arrodilló:

-Me quedaré el tiempo que su alteza considere, cariño, pero te prometo que pasaré contigo todo el tiempo que mi agenda me permita.

-Él ya sabe que es el príncipe, y que sus padres están muy ocupados administrando un reino que le legaran a él… para que reine con sabiduría y le conduzca a la gloria… -dijo Isabel acariciándole la cabeza a su hijo.

-Ahora, hijo, vete… tenemos que hablar de muchas cosas pero antes de la cena pasaré tiempo contigo…

-¡Pero falta mucho para la hora de la cena! Ni siquiera hemos comido… -dijo el pequeño tratando de buscar alguna excusa para estar con su padre. A Antonio le dolía. Quería a ese niño con todo su corazón, pues era fruto de lo que él llevaba siglos escuchando hablar pero que nunca había sentido, el amor. Antonio le dio una palmada para que se fuera y el pequeño, corriendo, como siempre, se fue hacía el patio, seguramente para jugar con los hijos de los sirvientes.

Isabel caminó hasta un pequeño despacho en el que había una mesa llena de papeles. Se sentó en una silla y respiró hondo. Había hecho venir a Antonio por una razón.

-Han vuelto a echarse atrás con esta propuesta… -dijo la reina, dándole una carta- no hemos podido ni formalizar la relación, ni siquiera merece ser incluida en los libros…

-¿Otra niña que no será desposada con Juan? –dijo Antonio mientras leía la carta.

-Así es… ya lo intentamos hace ocho años con mi sobrina Juana… solo si esa idiota no se hubiera cegado por la codicia de conseguir mi trono por su herencia… ¿No puede conformarse con ser reina consorte?

Y era cierto, la sobrina de Isabel, hija de su hermanastro, fue considerada por muchos años como la heredera de Castilla y produjo una guerra civil entre castellanos, pero finalmente el torno fue para Isabel. Cuando Juan era apenas un bebé, se formalizó un casamiento entre Juana y Juan, pero finalmente, la joven prefirió ingresar en un convento y convertirse en monja. Cuando Juan tenía cinco años, habían pactado también su casamiento con la heredera de Navarra, Catalina de Foix, la cual le sacaba quince años. Por suerte para algunos, ese enlace no llego a producirse. Antonio miró la carta una y otra vez hasta que terminó arrugándola.

-Me duele. Aunque no os lo parezca, Alteza… me duele…

-¿El qué?

-Juan… como heredero de Castilla y Aragón no puede casarse con cualquiera. Solo una mujer podrá ocupar su lecho y bien sabéis que no suele ser la misma que ocupa su corazón –realmente Isabel sabía bien de eso.

-Pero no podemos hacer otra cosa. Es cruel no poder mostrar los verdaderos sentimientos en público a alguien amado… Es la condena del trono, de vivir en una jaula de oro y ser recordados para la posteridad… el no sentir el amor… -dijo Isabel mirando a la nada y dirigiéndose a Antonio posteriormente- al menos no para todos…


Bueeeno un año llevo sin poner otro capitulo de este fic que me encanta! Pero me han ocurrido de cosas en la vida como para poder actualizar no solo este fic, sino también los otros cuatro que tengo por hacer. Espero vuestros comentarios y haberos enseñado alguna curiosidad sobre la historia jejeje y pido disculpas por mi retraso de casi un año pero se terminara! Lo juro, no quedara incompleto!