Prólogo

Zeus caminaba por los pasillos de su palacio en el Olimpo con una sola cosa en mente.

Hacía apenas unas horas desde que él y sus hermanos, Poseidón y Hades, habían sellado un pacto sobre el río Estigia de no tener más hijos con mortales.

Pero antes de eso, habían tenido un último hijo. Un niño creado por la mezcla de la sangre de los tres. Un niño inmortal y muy poderoso, hijo de los Tres Grandes y príncipe de los dioses.

Sin dejar de pensar en él, no tardó en llegar a la habitación del infante.

La habitación había sido especialmente adornada por él y sus dos hermanos, de forma que mezclara perfectamente elementos de sus tres reinos como las nubes, las sombras y el agua del mar.

En el centro, en una cuna hecha de huesos entretejidos con algas y tumbado sobre un colchón de nubes, yacía dormido un bebé.

Zeus se acercó y cogió cuidadosamente a su hijo antes de quedarse observándolo varios minutos.

El niño era la imagen pura de la inocencia, con algunos mechones de pelo oscuro como el ébano, piel pálida como el alabastro y unos rasgos delicados como el cristal.

Sintió acercarse una presencia y levantó la vista para ver entrar a su hermano Poseidón.

―Está dormido.―le advirtió.

El dios de los mares asintió y se acercó para acariciar con suavidad la mejilla del niño con una leve sonrisa. Su rostro estaba tan en paz mientras dormía que parecía imposible.

―Los demás están deseando conocerlo.

― ¿Cómo reaccionó Anfitrite a la noticia de que tienes un nuevo hijo?―preguntó Zeus.

―Mejor de lo que esperaba, aunque probablemente se deba a que no he estado con otra mujer para tenerlo.―respondió Poseidón divertido.

―Lo mismo ocurre con Hera, y tengo entendido lo mismo sobre Perséfone. Hera en realidad le ha tomado cariño.

―Cómo no iba a hacerlo. Es tan dulce.―replicó el dios de los mares.

El niño se revolvió un poco en brazos del dios y sonrió suavemente en sueños, pero no se despertó. Los dos hermanos se quedaron un rato así, mirando al niño dormir y saboreando el agradable sentimiento de saber que este último hijo suyo no moriría. Después de todo, era el icor de los Tres Grandes lo que corría por sus venas.

―Hermanos, la familia espera para conocer a nuestro hijo.―les recordó una voz desde la puerta.

Los otros dos dioses se volvieron hacia el recién llegado y, al sonido de la voz del dios del inframundo, los ojos del bebé se abrieron. El rostro normalmente sin emociones de Hades se enterneció cuando sus ojos se toparon con unos brillantes orbes esmeraldas.

―Pues no los hagamos esperar más. Vamos a conocer al resto de la familia, pequeño.

Durante unos meses, todo fue bien en el Olimpo. Los dioses adoraban al pequeño príncipe y varios de ellos le ofrecieron algunos dones especiales.

La diosa Artemisa le ofreció la habilidad de hablar y entender a los animales, su gemelo Apolo le concedió una afinidad con la pintura, la diosa Afrodita prometió que no jugaría con su corazón y que se enamoraría de la persona más adecuada; y Ares le dio la fuerza para superar las mayores dificultades en tiempos difíciles.

Todos sabían que el pequeño dios sería poderoso, como su príncipe estaba destinado a ser.

Pero una noche, una sombra se coló en la habitación del bebé. La diosa recogió al niño dormido y salió del Olimpo.

En Inglaterra, entregó al pequeño dios a un anciano llamado Dumbledore y, en un momento de compasión, Némesis permitió que el niño conservara la pulsera con su nombre que sus padres le habían regalado.

El anciano tomó al niño y lo dejó esa misma noche en la puerta de una casa en el Valle de Godric, donde la familia Potter lo encontró e intentó adoptarlo sanguíneamente.

Para su sorpresa, el niño no heredó su sangre sino solo su magia, pues el icor de los dioses era demasiado fuerte, aunque ninguno de ellos lo supiera.

Tampoco importó demasiado: el niño tenía el pelo negro, más oscuro y revuelto que el de James, y los ojos verdes, más oscuros y brillantes que los de Lily.

Ambos supieron que aquel niño era muy especial.

Esa misma mañana, Zeus descubrió que Harry había desaparecido. Los dioses comenzaron una búsqueda frenética por todas partes, pero nadie lograba encontrar al niño. Era como si la propia esencia del bebé se hubiera desvanecido, o hubiera sido ocultada.

«Mi pequeño ha desaparecido. Mi pequeño ha desaparecido y nadie consigue encontrarlo» pensaba el dios de los cielos.

Con un sobresalto se dio cuenta de que estaba llorando y, enfadado, lanzó rayos y tormentas se cernieron sobre las mayores ciudades, pero no le importaba. No podía sentir la esencia del bebé.

«Mi niño, espero que estés bien. Ojalá pudiera sentirte al menos» pensaba al mismo tiempo Poseidón mientras, sentado en el trono en su palacio submarino, esperaba noticias por parte de alguna criatura.

Esa no sería una buena noche para que los hombres salieran a navegar: el propio mar estaba enfadado.

«Oh, Harry, mi dulce e inocente Harry. Tú estás por ahí perdido, lejos de todos los que te queremos, y mientras tanto yo tengo que estar aquí, escuchando a los muertos quejarse. Espero que algún fantasma u otro dios te encuentre pronto» pensó el dios del inframundo sentado en su trono de hueso.

Finalmente, en una noche de Halloween, Harry Potter se convirtió en El-Niño-Que-Vivió y el mismo anciano que lo había dejado en la puerta de la casa de los Potter lo dejó en la puerta de la casa de los Dursley, con su verdadera apariencia atenuada.

Mientras tanto, en el Olimpo, los dioses habían perdido casi toda la esperanza de encontrar al pequeño dios en algún momento cercano y las peleas que la presencia del infante había detenido comenzaron de nuevo. Con tres dioses mucho más huraños e irritables, destrozados por la pérdida de su tan querido hijo.