Capítulo 1

Harry suspiró mientras miraba de nuevo su foto en la primera página de El Profeta. El mundo mágico se preguntaba dónde estaba su salvador y por qué había desaparecido.

Hacía casi un mes desde que había dejado su mundo y, aunque lo echaba de menos a menudo, no se arrepentía de su decisión.

Ahora solo los más cercanos a él sabían por qué se había ido y cómo avisarle si algo ocurría.

Unos meses antes, una agencia de inteligencia internacional había contactado con él y le había hecho una oferta. Había sido lo que le había impulsado a viajar, a pesar de que llevaba un tiempo pensándolo.

Había optado por una semana de turismo y luego iría a conocer algunas personas "especiales".

Los agentes de S.H.I.E.L.D., la agencia que se había puesto en contacto con él, le habían hablado sobre muggles con poderes. Él había estado muy interesado en conocerlos.

Estaban clasificados en diferentes "especies". Entre ellos se encontraban los mutantes, seres humanos con una mutación genética que les daba habilidades especiales.

Debido a la petición de Harry de conocerlos, la agencia lo había arreglado para que Harry fuera aceptado como invitado en una escuela para mutantes.

Harry dio otro sorbo a su té y suspiró. En unos minutos, el agente al que habían enviado para llevarlo a la escuela llegaría y él lo esperaba impaciente.

S.H.I.E.L.D. estaba interesado en que Harry se familiarizara con algunos de esos "casos especiales" que eran tan comunes en América y le habían facilitado el proceso de contactar a esas personas.

También le habían dado un número al que llamar si necesitaba cualquier cosa durante su estancia allí que todavía no había necesitado usar.

Su semana de turismo había sido tranquila, lo cual era inusual teniendo en cuenta que la tranquilidad no formaba parte de su vida.

Levantó la mirada al oír el sonido de coches y sonrió con emoción. Había alquilado una casa con terrenos a las afueras de Nueva York, para tener más privacidad.

Al final del camino de entrada, habían aparecido tres coches negros que se parecían a los que usaba el gobierno, según la televisión.

Se puso en pie y desapareció su taza con un movimiento de su mano. Se aseguró de que la casa seguía teniendo los hechizos protectores en su lugar, y caminó hacia los vehículos.

Desde la guerra, la paranoia había permanecido con él y siempre llevaba encima todas sus cosas en el monedero de piel de moke que Hagrid le había regalado durante su decimosexto cumpleaños, que estaba ampliado con un encantamiento de extensión indetectable.

Para cuando hubo llegado a donde los coches esperaban, un montón de hombres vestidos con traje y con gafas de sol oscuras le estaban esperando.

En cuanto llegó, otro hombre de pelo marrón y ojos azules bajó del coche del medio.

—Señor Potter, soy el agente Phillip Coulson. He sido enviado para llevarlo hasta la mansión X y soy el agente asignado para ocuparme de que esté cómodo durante su estancia en América. —se presentó el hombre.

—Ya veo, le ha tocado hacer de mi niñera. —replicó Harry divertido. —Me presentaría, pero cómo es evidente que no es necesario, me saltaré esa parte.

El agente asintió y le indicó que entrara al coche. Vieron como los demás agentes entraban en los coches y dio instrucciones al conductor de dirigirse a la mansión X.

Coulson observó al adolescente ante él con curiosidad. Debía de tener unos veinte años aproximadamente. Pelo negro muy revuelto y piel pálida, tampoco era muy alto. Pero lo que no encajaba eran sus ojos.

Eran del verde más brillante que había visto nunca y recordaban a joyas relucientes, pero parecían tener muchos más años. Como si el chico hubiese visto demasiado en su vida.

El director Furia no le había dicho demasiado sobre él. Solo que S.H.I.E.L.D. estaba interesado en adquirirlo y que antes tenía que familiarizarse con los tipos de poderes con que tendría que trabajar.

Eso en sí era sorprendente a su edad, porque significaba que S.H.I.E.L.D. quería que el chico trabajara conjuntamente con los Vengadores y los X-Men.

Coulson sabía que no debía fiarse de las apariencias. El chico podía parecer un simple adolescente, pero si depositaban en él tantas expectativas no era casualidad.

Su ficha de información había estado clasificada, lo único que le habían dicho era que era muy poderoso. No se le permitiría abrir la ficha completa hasta que volviera al helitransporte.

De todas formas, era difícil no sentir un cierto deseo de proteger a este chico. Parecía tan inocente mirando por la ventana con la emoción de un niño cuando llegan las navidades…

De pronto, los ojos del adolescente se clavaron en los suyos y le costó todo su esfuerzo no sobresaltarse ante el conocimiento que esos ojos albergaban.

— ¿Hay algo que deba saber sobre esta escuela o los mutantes que asisten?

—No mucho, la verdad. Está dirigida por el profesor Charles Xavier, también conocido como profesor X. La gente suele sorprenderse porque está en una silla de ruedas, pero eso no limita sus poderes. —comenzó decidiendo responder. —La mansión es también la base de operaciones de un grupo de mutantes conocido como los X-Men y dirigido también por el profesor.

— ¿Los X-Men? ¿Y qué se supone que hace ese grupo?

— ¿Has oído hablar sobre el conflicto mutante?—preguntó Coulson. Harry asintió. —En ese conflicto hay dos bandos: uno de ellos es conocido como la Hermandad, son un grupo de mutantes que apoyan la superioridad de los mutantes sobre los humanos y creen que la mejor manera de protegerse es acabar definitivamente con nosotros. El otro grupo son los X-Men, que se oponen a los ideales de la Hermandad, abogando por la igualdad entre humanos y mutantes.

—Ya veo, otro conflicto de purismo de sangre. —murmuró Harry más para sí que para los demás.

Coulson y los otros dos agentes que lo acompañaban lo miraron confundidos y él les sonrió cuando se dio cuenta.

—Es solo una tontería.

Coulson asintió, aunque no estaba satisfecho, y esperó que la ficha resultara algo más esclarecedora que el chico mismo.

El resto del viaje transcurrió en silencio. Harry trató de entablar conversación con los agentes, pero al notar que se veían incómodos, desistió y pasó el resto del viaje mirando por la ventana.

Unos veinte minutos después, llegaron a una zona a las afueras de un pueblo donde se alzaba una gran verja de hierro y un camino de piedras.

El coche se detuvo y Harry y Coulson bajaron. En la entrada había un hombre y una mujer esperándolos.

—Agente Coulson. —Saludó la mujer antes de girarse hacia él. —Soy Jean y este es Scott.

—Harry Potter. —se presentó.

—Un placer, señor Potter. El profesor nos ha enviado para acompañaros hasta su estudio.

Harry asintió a la mujer pelirroja y caminó junto a ellos. El agente Coulson también los acompañó en silencio.

La única que parecía dispuesta a hablar era la mujer, Jean. Ella le fue explicando lo que era cada zona por la que pasaban y Harry escuchó atentamente, almacenando toda la información.

La mansión tenía un aspecto cálido y hogareño, con suelos de madera y paredes de piedra. Era bonita y al mismo tiempo se notaba que era una escuela.

No tardaron mucho en llegar al despacho del profesor y Scott llamó a la puerta.

—Adelante, Scott. —invitó una voz desde dentro.

Harry sintió una sensación de déjà vu al ser escoltado al despacho de un director que sabía quién estaba al otro lado de la puerta sin abrirla. Era como volver a ser un niño y Harry casi se echó a reír ante la ironía. Él nunca había sido un niño, después de todo, y ahora lo era aún menos.

—Jean, Scott. Buenos días, Phil.

Después el profesor lo miró y Harry estuvo a punto de volver a echarse a reír ante la expresión de sorpresa en su rostro.

Había descubierto cómo se las arreglaba para saber quién se acercaba en el momento en que su mente le pasó por encima, pero la avanzada técnica de oclumancia que Harry dominaba le había impedido incluso detectarlo.

En la sala también había otro hombre apoyado contra la pared y otra mujer sentada en una silla. La mujer era alta y delgada, de piel oscura y tenía el pelo blanco y ojos azules eléctricos. Vestía un traje ajustado que debía facilitar sus movimientos.

El hombre, por otro lado, era también alto y robusto, de aspecto algo salvaje. Aparentaba unos treinta años, tenía el pelo marrón oscuro y los ojos casi negros. Llevaba una camiseta blanca sin mangas que marcaba todos sus músculos y unas chapas de identificación sobre ellas, como las del ejército.

—Buenos días. —Saludó educadamente.

—Buenos días. —Devolvió el saludo el profesor recuperándose con rapidez. —Debe de ser el señor Potter.

—Harry, por favor. —Murmuró aguantando el impulso de corregirlo.

—Harry, es un placer conocerte. Nos sorprendió mucho cuando nos dijeron que habías estado interesado en conocer nuestra escuela.

—Sí, bueno, digamos que soy demasiado curioso para mi propio bien.

—La curiosidad no es mala. —Murmuró el profesor sonriendo.

—En cierta medida, no. Pero cuando traspasa ciertos límites puede ser peligrosa. —Replicó sonriendo un poco.

—Tomad asiento. —Indicó Xavier. —Ya has conocido a Jean Grey y Scott Summers. Estos son Ororo Munroe, también conocida como Tormenta, y Logan Howlett, conocido como Lobezno. Los cuatro son profesores aquí.

Harry asintió en dirección a ellos como saludo y ocupó un asiento junto a Tormenta. El agente Coulson ocupó el asiento restante y los demás fueron a apoyarse contra la pared contraria a Lobezno.

—El director Furia ha arreglado las cosas para que te quedes aquí durante un tiempo indefinido. Me preguntaba si ibas a asistir a las clases.

—Oh, no, gracias. La escuela no es lo mío, recibí un tipo de educación diferente de la que tengo entendido que enseñan aquí.

— ¿Y qué tipo de educación fue si puede saberse?

—En realidad, no estoy seguro de si debería hablar de ello. No sé cuánto les ha contado Furia sobre mí.

—He de admitir que no nos dijo demasiado. Solo que estabas interesado en conocer algunos mutantes y que tú decidirías cuánto contarnos de tu vida. —Harry se tensó un poco, pero estaba contento de que su opinión de él no comenzara por su pasado. —También dijo que tenías un poder. ¿Te importaría compartirlo con nosotros?

—Oh, yo… yo no tengo exactamente un poder…

— ¿No eres un mutante?—preguntó Tormenta con interés.

—No. Yo soy genéticamente normal, pero tampoco soy exactamente humano como lo entiende la gente normal.

— ¿Hay más como tú, entonces?

—Sí, toda una comunidad esparcida por el mundo. —respondió mirando al profesor.

— ¿Una comunidad oculta de gente con poderes?—preguntó el agente Coulson incrédulo.

—Así es.

— ¿Y qué poderes tenéis?—preguntó Logan con un bufido sarcástico.

—Como ya he dicho, no tenemos un solo poder. Podemos hacer muchas cosas diferentes.

— ¿Cómo os las arregláis para ocultar toda una comunidad? ¿Es que los niños no cometen errores?—preguntó Jean algo escéptica.

—Tenemos una ley, conocida como el Estatuto Internacional del Secreto que prohíbe que hablemos con nadie sobre nuestro mundo. Y sí, a veces los niños tienen un desliz, pero es tan sencillo como borrar o modificar la memoria de quien lo haya oído.

— ¿Puedes hacer eso?—Murmuró Scott mirándolo con cautela desde detrás de unas gafas de sol.

—Sí, ahora mismo podría borraros la memoria y no me recordaríais en absoluto, yo nunca habría estado aquí para vosotros. O también podría modificarte la memoria y hacer que, durante el resto de tu vida, creas que te llamas Emilia Dobby y eres una bailarina de ballet.

El profesor Logan soltó una carcajada y Harry le dio una sonrisa. A juzgar por las miradas que los dos profesores habían estado intercambiando al llegar, Logan y Scott no se llevaban demasiado bien.

Los demás miraron a Harry con sorpresa y Harry supo que el profesor estaba intrigado por él.

— ¿Acaso eres un telépata?—preguntó Scott con aún más cautela.

— ¿Eso sería malo?—preguntó él con la misma cautela mostrándose en su rostro.

—Por supuesto que no. El profesor y yo somos telépatas. —intervino Jean mirando a Scott en advertencia.

—No, yo no soy un telépata. Puedo entrar en la mente de las personas, puedo modificar recuerdos y crearlos, pero eso es porque soy lo que mi gente llama un maestro legeremens.

Los demás alzaron las cejas con curiosidad ante el nuevo término, pero no tuvieron tiempo de decir nada antes de que Logan preguntara otra cosa.

—Si tenéis esa ley que os prohíbe hablar a otros de vuestro mundo, ¿no estarías incumpliéndola al contarnos esto?

—Bueno, yo nunca he sido de los que siguen las normas. —Murmuró con una sonrisa. —Pero esa ley tampoco se aplicaría en este caso.

— ¿Y eso se debe a…?

—El Estatuto del Secreto nos prohíbe hablar a los muggles sobre nuestro mundo, pero vosotros no entrarías exactamente en esa categoría. Además, esa ley tampoco se aplica a mí.

Harry miró hacia arriba y vio que estaban a punto de preguntar, así que decidió ahorrárselo.

—Yo soy una excepción. Realicé ciertos… servicios, que me dan más libertad que a los demás. Mientras todos los demás necesitan la aprobación del ministerio antes de hablar de esto, creen que estoy más que capacitado para decidir a quién y cuándo revelar esa información sin necesidad de informar a nadie.

— ¿Y qué son los muggles?—preguntó Jean.

—Los que no son como nosotros. —respondió sonriendo encantadoramente a la joven.

—Pero nosotros no somos como tú.

—Sí, pero los muggles no tienen poderes. La fuente de vuestros poderes es diferente de la nuestra, pero tampoco sois lo que entendemos por muggles. Seríais una categoría diferente.

— ¿Por qué no nos muestras algo de lo que puedes hacer?—pidió Ororo.

Harry la miró pensativo y acabó asintiendo.

—Claro, pero antes me gustaría ver algo de lo que podéis hacer vosotros.

Harry miró divertido la sorpresa en los rostros de todos antes de que Tormenta se levantara. Harry observó con curiosidad a la mujer y notó que sus ojos se volvían blancos, como si un velo los hubiera cubierto.

Al instante una ráfaga de aire frío recorrió la habitación, envolviendo a Tormenta antes de desparecer.

—Vaya, eso es impresionante. ¿Debo suponer que el nombre se debe a tu poder?—preguntó impresionado.

—Así es. —respondió ella sonriéndole.

—Vaya, bueno, supongo que tendré que enseñarte algo que este a la altura de eso. —dijo sonriendo ampliamente.

Harry metió la mano en la bolsa que llevaba al cuello y, con silencioso accio, convocó una pequeña caja de madera. Todos la miraron con curiosidad mientras Harry la abría.

Sacó un par de bolitas y las mostró para que todos pudieran verlas antes de dejarlas sobre la mesa a una distancia prudente.

—Estas son semillas de Narcisos Pitantes, una planta de mi mundo capaz de producir pitidos.

— ¿Quieres decir que no solo tu especie se esconde sino que también ha ocultado plantas?

—Ocultamos con nosotros una variedad de flora y fauna que los muggles no podrían entender o controlar sin nuestra ayuda, sí.

Después, Harry se concentró en infundir de energía las semillas, algo que había descubierto que podía hacer hacía varios años durante un ataque de frustración al no lograr que un lazo del diablo creciera.

A las semillas comenzaron a aparecerles raíces y tallos a un ritmo muy rápido y, en menos de treinta segundos, tenían ante ellos dos ejemplares pequeños de la planta que Harry había mencionado.

No había querido dejarlos crecer demasiado porque cuando eran adultas, los pitidos de esa planta eran un poco molestos. Ahora eran solo unos pitidos parecidos a los de las consolas.

Todos los presentes, a pesar de estar acostumbrado a ver todo tipo de cosas supuestamente imposibles, no pudieron evitar sorprenderse.

—Eso no te serviría de mucho en una pelea. —Comentó Logan socarrón.

—Bueno, hay más cosas que puedo usar en una pelea, pero no subestimes tan rápido mi capacidad para hacer crecer las plantas. Es algo único en mi mundo porque requiere una energía que la mayoría no poseen, pero imagina que no fuera una planta tan inofensiva.

— ¿Qué quieres decir con eso?—preguntó Tormenta cada vez más curiosa por ese chico.

—Hay una planta conocida como Lazo del Diablo que es parecida a una enredadera. Es rápida y fuerte y puede llegar a matar. Podría estrangularte y cuanto más te resistas más rápido lo hará. Otra planta es conocida como Tentácula Venenosa. Es una planta que puede alcanzar hasta cuatro metro de alto y sus hojas son como tentáculos con los que se alimenta. Cada tentáculo tiene un diente y la planta intentará clavártelo. Si lo hace, el veneno recorrerá tu torrente sanguíneo antes de que te des cuenta y, aunque una cantidad moderada no es mortal, podría hacer que te maten en la batalla.

Todos lo miraban sin poder ocultar su asombro, ni siquiera la cara de póker de Phil había podido esconder su sorpresa ante esa información.

—Poder usar esas plantas en la batalla sería una gran ventaja, pero he de reconocer que no son infalibles. En cambio, podría usar una de las plantas más peligrosas de mi mundo junto a ellas y todos estarían perdidos. ¿Sabéis lo que es una mandrágora?

— ¡Mandrágoras! Pero solo son un mito…—murmuró Ororo.

—Muchas de las cosas que ahora son un mito y han desaparecido, se deben a que las ocultamos con nuestro mundo. Debo suponer que sabes lo que son.

—Sí, son plantas cuya arma más letal es su grito. Se dice que podían curar las petrificaciones.

—Así es. Las mandrágoras, junto con los ingredientes adecuados, pueden curar la petrificación, yo mismo he visto eso. —Logan abrió la boca, pero Harry alzó la mano y lo interrumpió. —Eso es una historia para otro momento. El caso es que el grito de una mandrágora bebé no es letal, pero escucharlo desmaya a la gente y provoca fuertes dolores de cabeza al despertar. Si la mandrágora está madura, su grito es mortal para el que lo escucha. Si usara eso en una pelea, es poco probable que hubiera alguien capaz de luchar contra mí, por el simple hecho de que ni siquiera estarían conscientes.

Todos lo miraron boquiabiertos y Harry sonrió, habiendo acabado su explicación. Por su puesto no iba a decirles que era poco probable que usara esas técnicas, ya que gastaban mucha energía.

—Entonces, ¿siempre llevas semillas encima?—preguntó Logan escéptico.

—Sí, siempre llevo encima cualquiera cosa que vaya a necesitar para defenderme y atacar, pero si lo que me estás preguntando es si usaría eso normalmente, la respuesta es no. Tengo otras habilidades que puedo usar. —murmuró volviéndose hacia el profesor.

— ¿Cómo cuáles?—preguntó Scott con aire altanero, casi parecía no creerle y a Harry no le gustaba que la gente lo tomara por mentiroso.

— ¿Quieres una demostración?—preguntó Harry sin volverse hacia él.

Antes de que el hombre tuviera tiempo de responder y sin mirarlo siquiera, Harry movió su mano levemente y conjuró un silencioso levicorpus.

No era su hechizo favorito, sin duda, pero serviría para su propósito. Harry oyó la carcajada de Logan y se giró con una sonrisa, sabiendo lo que iba a ver.

Scott estaba colgado por una pierna boca abajo en el aire agitándose para tratar de soltarse de lo que fuera que lo estuviera sosteniendo.

—No te molestes, no bajaras de ahí hasta que yo te baje.

— ¿Te importaría? Sé que se ha comportado como un idiota, pero suele ser así con los que no conoce.

—No debe de causar muy buenas primeras impresiones. —replicó divertido.

Después, con otro movimiento de su mano, lanzó el hechizo leviracorpus y el wingardium leviosa para bajarlo suavemente.

—Podías haberlo dejado caer sin más. A nadie le habría importado. —comentó Logan.

—A mí me habría importado. No estoy aquí para hacer enemigos, profesor Logan.

Lobezno lo miró fijamente ante el uso de su título como profesor y se encogió de hombros.

—Entonces, ¿estás aquí para conocer a los mutantes?—intervino el profesor Xavier.

—Sí, básicamente. Yo tampoco soy lo que se dice normal para los estándares de mi mundo. La verdad es que simplemente sentía curiosidad.

—Bien, entonces supongo que ya está todo dicho. No vamos a presionarte en busca de respuestas, por mucha curiosidad que nosotros mismos tengamos. Esperaremos hasta que creas conveniente contárnoslo.

—Creo que será mucho antes de lo que esperáis. —respondió sonriendo.

—Bien, entonces será mejor que Logan y Tormenta te enseñen tu habitación.

— ¿Mi habitación?—preguntó genuinamente sorprendido.

—Esto es un internado, Harry. Tenemos alojamientos para nuestros huéspedes.

—Oh, no es necesario, profesor. Tengo una casa alquilada a las afueras de Nueva York.

—Pero sería muy incómodo para ti tener que viajar todos los días hasta la escuela cuando puedes quedarte.

Harry lo meditó. Decidió que no necesitaba decir todavía que podía aparecerse en cualquier lugar en apenas unos segundos y aceptar la oferta.

—Supongo que tiene razón, pero en ese caso quisiera pagar por mi estancia aquí y no aceptaré un no por respuesta. El dinero no es problema y no me sentiría cómodo de otra manera.