Advertencia: LEER, LEER, LEER... AU-UA... Universo Alternativo. No caminantes, sí vida cotidiana. Situación temporal... primera temporada y/o meses antes. Género: Humor y parodia. El canon no será respetado al ciento por ciento, los personajes probablemente caerán en un out of character, recordar, entonces, que este fic es para proveer diversión y nada más. Disfrutar la filosofía dixoniana y rendir cuentas a ella cada día de la vida corta que nos regaló. Namaste.

Pairings: Lori/Rick; Carol/Ed; Andrea/Shane; Daryl/Glenn... canon, básicamente... canon.

Rating: E. Todas las edades.

Enjoy.

Atentamente, Gato Jazz.


Disclaimer: Los personajes no pertenecen a la autora del fic, que los utiliza para masturbarse mentalmente, para nada más.


Capítulo 1. El único zen de por aquí.

—Adquirimos nuestra posición de sentados, buscando el equilibrio justo y la posición más cómoda para nuestras caderas... Inhalamos... exhalamos... sentimos el aire ingresar en nuestras cavidades nasales, dentro de la boca, ir hacia la faringe... y cómo llega al vientre. Inhalamos... Las mujeres del fondo... dejen de reír, por favor.

La primera vez que Lori y Andrea escucharon estas palabras salir de la boca de aquel hombre decidieron que era mejor quedarse calladas e inhalar y exhalar cuanto les ordenen, pero era inevitable no reírse al oírlo pronunciar aquellas palabras en ese acento tan tosco.

Aquel profesor de yoga era lo menos atlético que habían visto en su vida. Los tríceps se suspendían orgullosos, mitad fibrosos mitad flácidos, cuando ponía las manos en posición de rezo frente a su pecho. Un abdomen muy poco trabajado se transparentaba en la camiseta de mangas roídas color verde aceituna, con manchas de algo que parecía grasa rodear el ombligo del hombre.

—Es un maldito hippie... lo he visto subir a una roñosa camioneta Ford el otro día —les susurró una mujer desde atrás. —Pero me hace sudar como una cerda cada vez que vengo.

Andrea miró a Lori, quien se cubría la cara con una mano, con los dedos arqueados elegantemente, procurando no quitarle la apariencia de ama de casa ejemplar que con tanta dedicación la mujer se encargaba de mantener. Su risa conteniéndose provocó que Andrea sonriera abiertamente.

—Quiero que miremos hacia el techo, alargando los músculos del cuello, esplenios, rectos, nos concentremos en nuestro propósito positivo y cantemos juntos nuestro mantra Om... hacia el cielo, dos veces. Inspiramos...

—Oooooooooommmmmmmmmmm... —se escuchó en todo el salón. —Oooooommmmmmmmm...

—Oh... no...

Con los ojos completamente abiertos y la mirada clavada en su profesor, Andrea se encontró a sí misma siendo encontrada desobedeciendo. El hombre la estaba observando, ella no estaba cantando su mantra, ni pensaba en su propósito y él no miraba al techo. Clavando sus ojos azules en ella prosiguió.

—Sin abrir los ojos, nos recostamos sobre nuestras espaldas, seguimos mirando hacia el techo, respirando, sintiendo que el cuarto que nos rodea desaparece... —decía y se ponía de pie y se le acercaba.

Para Andrea el cuarto que la rodeaba se desvaneció completamente.

—La invito a que se retire, vuelva cuando tenga algún propósito positivo con esta clase.

Miró alrededor hacia las mujeres que sí le obedecían y las animó, complacido, a pensar en lo que sucedía con sus cuerpos en esos momentos, comenzando desde los dedos de sus pies.

Andrea miró a Lori, que se hallaba acostada, con los ojos cerrados y la expresión relajada, hacía círculos con los dedos de sus manos sobre la colchoneta, concentrada en sí misma. No se percataba para nada de lo que estaba sucediendo con ella. La mano del profesor la sacó de su letargo, se hallaba frente a su cabeza, invitándola a ponerse de pie, para retirarse. Andrea asintió y agradeció la firmeza de la mano del hombre que la levantó entera en un instante.

—Muchas gracias —musitó él y retornó al frente de la clase. —Levantamos la pierna derecha...


Cuando Lori salió, Andrea la estaba esperando en una banca en el pasillo del gimnasio. Tenía los bolsos de ambas, uno a cada lado, estaba vestida con la ropa de calle. Sonrió hacia un lado mientras le alcanzaba la botella de agua.

—¿Puedes creer que el hippie aquel me echó de la clase? —preguntó lacónica y se echó a reír. —Definitivamente... no voy a volver.

Lori la miró confundida.

—¿No volverás? No imaginas lo que te has perdido... —le aseguró estirando el brazo derecho por detrás de su espalda, mientras se tomaba por el codo. —No lo sabes...

—¿Es tan bueno? —preguntó Andrea poniéndose de pie y tomando su bolso.

—Cariño… creo que a mi propósito nunca lo vislumbré tan positivo —bromeó antes de beber media botella de un solo sorbo.

Andrea meditó las palabras de Lori y recordó a la mujer que acusó al maestro de hippie roñoso. Cuando ella comenzó a practicar yoga aprendió en seguida que las mejores personas en el oficio son las que se dedican a él completamente, las que viven del yoga como profesión y como estilo de vida, no sólo como pasatiempo.

—Volveremos la semana que viene. Confía en mí. Nos mentalizaremos a lo largo del fin de semana para que su acento campirano no nos nuble la zenitud —dijo y encestó con maestría la botella vacía en el cubo de basura. Andrea sonrió y le colocó el bolso en el hombro a su amiga.

—Está bien… pero aún así, creo que extraño a Felicia. ¿Tú no?

—Claro que la extraño… apenas partió hace una semana —recordó mientras la abrazaba por detrás —pero debemos apoyarla en su decisión. Además, imagina todo lo que aprenderá allí.

—No puedes verle el lado positivo a un retiro obligatorio a las montañas del Tíbet. Simplemente no puedes —sentenció Andrea sonriente zafándose del abrazo de Lori.

—Las montañas del Tíbet dejan a Georgia como el patio de la casa de la tía, ¿verdad? —escucharon la voz áspera y contundente del profesor emerger del salón de clase. —Tú eres… Andrea, ¿verdad? —Andrea asintió, resistiendo la tentación de mirar el suelo. —Oye… lamento mucho haberte sacado de la clase, ¿sabes? —Lori miró a uno y a otro y se dispuso a escucharlo con atención, dejando el bolso en el suelo. El hombre hizo lo propio con el suyo, lo aventó a un costado como si fuera un saco de papas y se concentró en mirar a Andrea a los ojos con sentimiento. —Es que es mi primer día, y en el camino hacia aquí mis mierdas no salieron como esperaba, ¿sabes? Lo siento… de verdad —se disculpó apenado.

Andrea miró a Lori, que miraba al profesor y asentía fingiendo toda la empatía que sus expresivas facciones le permitían.

—También me disculpo, profesor. No volverá a pasar —prometió con convicción.

—Lamentamos también haber llegado tarde —se apresuró a decir Lori, no queriendo caer en el silencio —Amanda, la recepcionista, nos transmitió las últimas noticias de Felicia y nos entretuvimos un poco… —comentó.

—Felicia y yo estudiamos juntos aquí en Atlanta, la conozco desde hace muchos años —les confió mirándolas alternativamente. —La extrañamos mucho por aquí, mi… bueno, mi compañero y yo, solíamos pasar las fiestas con ella y la veíamos todos los jueves para cenar y pasar un rato ameno juntos. Este retiro es algo que ni yo entiendo, por qué la han enviado allí de repente, sólo espero que pueda encontrar algo de ella misma por allí. Si me entienden… —Andrea reprimió un bostezo que le hacía picar la garganta y Lori tosió ruidosamente demostrándole que se estaba aburriendo con aquel monólogo. —No han llegado a tiempo para que nos presentemos, mi nombre es Daryl —se presentó y extendió una mano a cada una. Lo pintoresco de la situación hizo sonreír a Andrea.

—Lori.

—Lori y Andrea… —repitió él. —El martes prometo que nadie saldrá de la clase antes de que se cumpla la hora.


—Se los digo ya… fue increíble —aseguró Lori poniéndole azúcar rubia a su capuchino.

—¿Qué pasó con la mujer esa que nos habló? ¿De dónde lo conocerá? —preguntó Andrea mirando con expectación la tarta que el camarero acababa de depositar frente a ella.

—Ya has escuchado que estudió con Felicia… al parecer viene de un gimnasio poco conocido de las afueras de las montañas, ¿no has notado que muchas mujeres eran nuevas, que no las habíamos visto nunca? Vienen de ese gimnasio —respondió Lori despectivamente tomando entre ambas manos la taza de café —han pagado el pase libre de éste sólo para continuar las clases con él.

—Les habrán hecho algún tipo de descuento. No puede ser que gente de esos lugares costee venir aquí… —reflexionó Amy tomando una tostada.

—¿Un descuento? ¿Esas ratas? Ni Nicole ni Bert, no le darían un descuento ni a su abuela… —masculló Andrea con la boca llena de tarta de cerezas.

—Traga y luego criticas, compañera —bromeó Carol masajeándole con ternura la espalda. Andrea rió y una lluvia de gotitas de crema cayó sobre las demás mujeres.

—Procura no ahogarte también, hermana.

—Ya basta… en serio. No debo reírme más de estupideces si quiero comprobar por mí misma los dotes de este nuevo gurú de Lori —dijo mirando a la aludida y arrojándole su servilleta apuntando a su cara.

—Me ha encantado, ¿está bien? ¿Puedes culparme? Acaso ya no recuerdas… —sonrió la mujer —tú has sido la que me arrastró a mí a ese gimnasio… "Tienes que probar… tienes que probar… siento taaaanta paaaazzz" —canturreó armoniosa, imitando los gestos de Andrea casi año y medio atrás.

—Está bien, está bien —sonrió la rubia. —¿Qué más quieres de mí? A ti también te ha servido, y para lidiar con muchas cosas… —Su cara se ensombreció. —¿Siguen molestando a Carl en la escuela? —preguntó preocupada.

—Bueno… ya sabes cómo son los niños —Lori la miró a los ojos por sobre la taza —Es un niño fuerte, pero me temo que eso no evita que continúe siendo un niño… es que es tan pequeño, ya no sé cómo hablar con él. —Dejó el café sobre la mesa y miró a sus amigas en busca de apoyo. —No sé qué decirle, y Rick nunca está en la casa, sé… estoy casi segura de que él podría ayudarlo, pero cuando vuelve del trabajo… —Amy se le aproximó y le tomó la mano, Lori sonrió ante su gesto. —Cuando vuelve del trabajo apenas lo mira, apenas me mira a mí… no hablamos.

—¿Pudiste hablar con Shane? —preguntó Carol. Lori asintió.

—Me dijo que hablaría con él.

—Y sobre lo que hablamos el otro día… ¿te ha dicho algo? —comenzó Andrea. Amy señaló a su hermana, demostrando que estaban pensando en lo mismo.

—Dijo que no —negó Lori rotundamente. —No tiene amantes, por ahora… —bromeó mientras se limpiaba una lágrima. —No sé qué hacer —confesó desarmada. —Él ha cambiado… o yo cambié, algo sucedió…

—Las situaciones de pareja cambian a lo largo de los años… —la consoló Carol.

—Dímelo a mí —soltó Andrea, comiendo la última cereza que coronaba su postre-cena.

—Y tú… ¿pudiste hablar con Shane? —preguntó Carol sembrándole un codazo amistoso en las costillas.

—Realmente… —comenzó a responder mirando a las demás con suspicacia. —Creo que eso no es asunto de ninguna de ustedes… —las señaló una a una. —Pero como sus caritas me resultan encantadoras… creo que les contaré lo que hicimos la última vez que nos vimos…


—Apresúrate… ¡o llegaremos tarde!

—Espera, espera, espera.

—¡Andrea! —gritó Lori golpeando la puerta del vestidor. —¿Qué te estás acomodando? —Sonrió y se volteó hacia su hijo. —Carl, tú te quedarás en silencio… y no salgas de aquí, ¿me escuchas?

—Sí, mamá… ¿no puedo estar en la clase yo? —preguntó avergonzado.

—No, cariño, las posturas que hacen mamá y sus amigas son un poco complicadas para alguien que intenta esto por primera vez —le explicó acariciándole la cara. —Pero si quieres puedes preguntarle al profesor si te deja observar.

—Creo que no quiero ver un montón de viejas caminar con los pies en la cabeza —bromeó el niño.

—¿Montón de viejas? —preguntó Andrea con la ceja levantada.

—¡Ya era hora! —acusó Lori. —Ven, cariño.

—Sí, mamá —respondió Andrea con voz de niña pequeña, tomando la mano de Carl.

—¡Oh, genial! Ahora tengo dos niños…

—Yo tengo tu cabello y Andrea es rubia como papá —siguió el chico, que se sostenía firme de la mano de la mamá de su amiga al mismo tiempo que la miraba con admiración.

—Así que es rubia como tu papá… —inquirió Lori acomodando su pelo.

—Y soy su preferida también —dijo Andrea, sin abandonar el tono agudo e irrita oídos que Lori detestaba. —Yo también quiero que me peinen —exigió a su "madre".

—Vamos, niñita, nos están esperando —avisó señalando la entrada al salón con el dedo índice. Allí estaba Daryl saludando a sus fieles seguidoras, que poco a poco parecían multiplicarse. —Por lo que veo… Muy pronto ni siquiera tendremos vacantes —observó.

—¿Qué regalan aquí? —le preguntó Andrea a Daryl.

—No lo sé, señorita. Pero tuve que entrar en el edificio cuando vi la cantidad de mujeres hermosas que se amontonaban en su interior… —respondió él mirando a una alumna que parecía querer comérselo con los ojos. —¿Quién es este pequeño?

—Es mi hijo Carl —se apresuró Lori. —No conseguí con quién dejarlo, ¿crees que podría quedarse a mirar?

Daryl dudó unos instantes, pero al poco tiempo se mostró sonriente y tomó al niño por los hombros, obligándolo a ponerse frente a él.

—¿Qué edad tienes? —preguntó arqueando una ceja.

—Diez —respondió el niño poniéndose un poco rojo.

—¿Diez? —preguntó Daryl fingiendo estar escandalizado, se colocó una mano abierta sobre el pecho y dijo —¡Damas!, ¿no les parece que este niño es demasiado joven para estar espiando mujeres en el gimnasio?

Carl lo miró extrañado y luego se volteó hacia su mamá, asustado.

—Ustedes no se quitan la ropa… aquí… ¿verdad, mamá?


—Muy bien, señoras… y señoritas… —aclaró guiñándole un ojo a un grupo de adolescentes que había semi-agazapadas en un rincón. —Mantengan la posición, eso es, elegantes, etéreas… aguanten… la fuerza no tiene que depositarse en la pierna derecha, deben distribuirlo a lo largo de toooodo el cuerpo, en cada pie, en cada dedo, en cada eje. Muy bien —felicitó a Lori. —Muy bien. Excelente. Vuelvan ahora… hacia el otro lado, mentón hacia adelante… no, no, no dejes caer la cabeza, eso… —corrigió a una mujer que estaba al lado de Andrea. —Andrea… —la llamó. La miró y una gota de sudor resbaló por la sien de ella, Daryl notó aquello y bajó las comisuras de los labios hasta formar una medialuna cóncava hacia abajo, satisfecho, coronó su gesto de apreciación levantado un pulgar. Andrea no puedo evitar reírse ante esa idiotez. —No, ¿qué te he dicho la semana pasada? —bromeó el hombre, acercándose más.

—Lo siento… —comenzó ella, pero él la detuvo. La tomó por la cintura y acomodó su postura, irguiéndola y retornando a la figura armoniosa que había creado y destruido con su simpatía por la cara que Daryl había hecho segundos atrás.

—Pierna izquierda atrás, cuerpo al frente, brazos hacia adelante, manos en el piso, me separo de mis raíces y… Adho Muka Svanasana, perro boca abajo… La fuerza en las piernas, recuerden el hombre fuerte que las toma de las caderas y las tira hacia atrás…

Lori miró a Carl desde aquella posición, una vez más. Concluyó que su hijo había decidido mirar por la ventana del salón la primera vez que escuchó "perro boca abajo" y no lo culpaba. Pero esa vez se sorprendió al verlo sonreír y saludar a alguien del otro lado del vidrio.