Helou agaaaaain! :D Bueno, esto mas que ser un fic como dios manda es un intento de historia que no creo que tenga mas de 5 capis y que es basicamente un final alternativo a la 2º temporada (porque el otro dia lo volvi a ver y tuve que verme la escena eliminada como 80 veces para que no me saliera sarna de lo emocionalmente jodida que me dejo), qué hubiera pasado si la corta rollos de Gina no hubiera aparecido en ningún momento. Y... bueno, que si no lo escribia reventaba xddd. Solo espero que os guste y esas cosas! :)

Disclaimer: las mentes pensantes son Marlowe, Amann, etc..., los personajes no son mios blablabla la serie es de la puta abc y esas cosas


1

Este será nuestro último caso.

Era como el típico hit del verano que no podías sacarte de la cabeza. Una canción sin pausa. Cinco palabras haciéndose eco en sus oídos durante lo que parecía un tiempo indefinido. Desde que le oyó decir eso le duele la cabeza.

Era extraño cuando estaba hablando con alguien y en medio de la conversación sus propias voces tenían menos peso que ese pensamiento, como si Castle hablara en voz alta dentro de su cabeza; la enervaba. No sólo porque se sentía un poco maleducada al acabar por no prestar atención a la otra persona, sino por la importancia que tenía cuando ni siquiera estaba presente. Pero ¿qué solución iba a poner?

Este será nuestro último caso.

Se lo había dicho el día anterior, en medio de la comisaría cuando ella estaba preparada para todo menos para oír eso, y mucho menos para hacer frente a lo que se le vendría encima. El primer momento fue tenso y angustioso; no sabía si gritar, llorar, matarle o amordazarle para cerrarle la boca o tirar por lo fácil y callársela ella misma con la suya.

Pero lo peor llegó a la noche, cuando entró por la puerta de su casa y sintió que las paredes la asfixiaban. Después de haber estado cenando con Demming —su novio—, lo normal habría sido terminar en casa de él, entre besos y caricias íntimas que le pusieran la carne de gallina y deshaciendo la cama a ciegas al mismo tiempo que se quitan la ropa de manera tan torpe que les habría hecho reír. En lugar de eso, terminó en su sofá, tumbada en postura fetal, sola, llorando y con el teléfono en la mano ponderando si llamar a Castle sería la solución de todos sus problemas, porque para empezar ni siquiera sabía si eso era un problema.

Salvo que sí lo era. Lo era porque cuando tenía el contacto de Castle en la pantalla, bajo su dedo el mundo pareció pararse y creyó que estaba sana y salva. Que en lugar de estar a la deriva acababa de encontrar tierra firme. Quería llamarle y gritarle. Quería decirle que le había arruinado su noche. Quería tenerle de frente y golpearle hasta cansarse y caer rendida. Quería que estuviera ahí. Quería que estuviera con ella.

Le quería a él.

Así que sí, era todo un problema porque le daba igual la estabilidad emocional que pudiera proporcionarle Tom Demming o las cenas en lugares bonitos o la seguridad en una relación que auguraba ir a buen puerto o cualquier cosa que fuera normal, tranquila y poco peligrosa. Le daba igual todo.

Lo único que no le daba igual era la idea de no tener a Castle todos los días en la comisaría con un café en cada mano, esa mirada de querer comerse el mundo y su sonrisa desafiante y su chiste a destiempo y la falta de respeto cuando hablaba de una víctima y la estúpida teoría de turno digna de ser el monumento del año al surrealismo.

Castle.

Este será nuestro último caso.

Demming acababa de entrar a la planta de homicidios. Dejó de mirar a Castle brevemente para hacer contacto visual con el detective de robos, que la estaba buscando. La sonrisa se le difuminó, recordó brevemente lo que Montgomery le había dicho hace un par de minutos y tomó aire.

Qué importaba lo normal, tranquilo y poco peligroso. Ella era policía, estaba hecha de otro palo.


Creo que esto no es lo que busco ahora mismo.

¿Y entonces qué es lo que buscas, Kate?

Entró en la sala de descanso con una sonrisa que hacía días que no dejaba ver, dirigiéndose hacia ellos para coger un botellín que estaba sobre la mesa —agradeció mentalmente que Montgomery les apreciase tanto como para ser así de flexible con las reglas. El sabor amargo por la ruptura se suavizó cuando su mirada y la de su compañero conectaron por un momento tímidamente y la pregunta que le había hecho antes el detective volvió a reflotar.

Sonrió aún más.

—Oh, mira quién se va a tomar una cerveza —apuntó Castle, en tono de sorpresa.

—Bueno, Castle, no siempre trabajo.

—No le eches una competición a beber —intervino Lanie—, te gana seguro.

Castle asintió con atención.

—Gracias.

Este será nuestro último caso.

Puede que no fuera el mejor momento, pero llevaba un día entero con el pánico a perderle haciéndole temblar y decidió que si iba a ser valiente, tendría que serlo pisando fuerte y sin importarle nada que no fuera él.

—No necesito beber para ganarle —soltó, sonriéndole con seductora confidencia. Él abrió levemente la boca, confuso.

—¿Qué bicho te ha picado? —pregunta Lanie, con interés. Ella seguía sonriendo, sin dejar de mirarle. Y supo que iba por buen camino.

Ese no sería su último caso.

—Castle, ¿tienes un segundo?

—Claro, sí.

Echó un vistazo a los demás antes de darse la vuelta y salir de ahí, sin duda se habían convertido en la comidilla del día. Estaba reflejado en sus ojos. Suspiró, le asustó lo poco que le importaba en ese momento. El exceso de agallas no le estaba sentando mal.

Al cerrar la puerta detrás de ella, Castle la miró con precaución.

—¿Qué pasa?

—Escucha —se preparó mentalmente—, sé que no soy una persona fácil de conocer y… no suelo dejar ver lo que siento. Pero este último año, trabajando contigo —se le escapaba el aire. Castle no dejaba de observarla, sonriendo con dulzura y mirándola como si en cualquier momento fuera a derretirse; no tendría que haber esperado tanto— me lo he pasado muy bien.

—Sí, yo también.

Se tomó un par de segundos para sonreír. Ver a Castle haciendo lo mismo la ayudó a reunir la poca valentía que necesitaba para saltar del trampolín. El escritor la escrutaba fijamente, con la boca entreabierta y no supo en qué momento empezaron a conectar lo bastante como para que surgiera una mínima relación telepática.

—Así que voy a decirlo y… —inspiró, un pequeño hormigueo recorrió su estómago cuando las palabras chocaron contra sus dientes— yo… —tragó saliva, agachando su cabeza— Castle, yo… Bueno, tú…

Él soltó una carcajada, acercándose lentamente a ella.

—¿Tú, yo o los dos?

—Tú y yo —respondió, tan rápido que aparentemente a ninguno de los dos les dio tiempo a asimilarlo—. Somos compañeros.

—¿Beckett?

—¿Lo somos? —él asintió lentamente— Entonces… ¿por qué te vas?

—Kate–

—No tienes por qué hacerlo. A los chicos no les importa, a Montgomery no le importa.

—¿Y a ti, Kate? ¿A ti te importa?

Ella enmudeció.

Habían dejado de sonreír. Castle no parecía enfadado, sino desesperado. Ojos abiertos, respiración agitada, acortando la distancia entre ambos un poco más; los dos caminaban por la misma cuerda floja y estaban empezando a balancearse tanto que terminarían por caerse.

—¿Quieres que me vaya? —ella tembló ligeramente— Kate, dilo.

—No —le vio sonreír tímidamente antes de darse la vuelta para volver a entrar dentro.

Ella le agarró del brazo, reparando rápidamente en las miradas fijas de los cuatro puestas en ellos, todos levantados de sus sillas. Eran el circo mediático de turno. Lejos de querer irse corriendo con la cara enterrada en sus manos, le entraron ganas de reírse.

—¿Sigue en pie?

—¿Qué?

—Lo que me dijiste de la escapada. ¿Sigue en pie? —la mira con inseguridad— Si no…

—¿Y Demming? ¿No te ibas con él?

Soltó una carcajada silenciosa, casi como si hubiera sido un suspiro. Lo de Demming parecía irrelevante hasta que Castle lo sacó a colación y se acordó de que él no sabía nada.

—Habría estado bien —se encogió de hombros—, pero no es lo que quería.

—¿Y qué querías?

—Pasar el fin de semana con mi amigo.

Rick la estaba mirando así, otra vez; con misteriosa profundidad y una intimidad que golpeaba contra su estómago, como si la ropa no fuera suficiente para asegurar que no está desnuda. Y por primera vez desde que empezaron a trabajar juntos, no le importó.

—¿Estás segura? —ella asintió.

—Llévame a los Hamptons.

El escritor miró rápidamente su reloj de pulsera, torciendo su cabeza pensativo. Luego volvió a mirarla.

—¿Crees que en una hora te dará tiempo a hacer la maleta? —preguntó, desafiándola. Beckett se cruzó de brazos con tranquilidad; en un día como ese, la confianza le sobraba.

—Y menos, Castle. Y menos.

—Genial —se acercó a ella tanto que sus labios rozaban esa parte del cuello que está justo debajo del lóbulo de su oreja, haciéndole estremecerse al sentir un escalofrío recorriendo su espina dorsal. Susurró:— La excusa mejor te la dejo a ti, a mí se me dan mal estás cosas.

Beckett se apartó, nerviosa y confusa. El novelista volvió a entrar en la sala, ella le siguió con la mirada y le oyó decir que le había surgido un compromiso, que sintiéndolo mucho tenía que salir corriendo de allí y que estarían el contacto. Dejó la puerta entreabierta cuando salió y se dirigió al ascensor medio corriendo, guiñándole un ojo. Ella resopló.

—Qué morro tienes —murmuró lo bastante alto como para que sólo la oyera él.

—¿Verdad?

Tomó aire sin dejar de mirarle con suave recelo mientras se mordía el labio intentando reprimir esa sonrisa que la dejaría en mal lugar. Después se apoyó en el marco de la puerta, de cara a su capitán a sus amigos que la observaban con distintiva curiosidad y sabía hacia dónde iba a ir esa conversación antes de abrir la boca.

—Señor —dijo, con timidez—, ¿le importa si me cojo este fin de semana libre? Tengo asuntos familiares pendientes —Lanie arqueó sus cejas con escepticismo. Ella carraspeó—. Pero que conste que tendré el teléfono encendido, por si sucediera… —Montgomery y los chicos adoptaron esa postura que le recordó mucho a Castle cuando decía algo que conseguía ponerla nerviosa. Y ellos también lo estaban consiguiendo— cualquier cosa.

—Sí, sí. Claro, Beckett —el capitán alzo su mano abierta, restándole importancia—, no te preocupes. Ve tranquila.

—Gracias —juntó sus manos por detrás de su espalda, con serenidad—. Qué paséis un buen fin de semana.

Pero antes de salir por la puerta, Montgomery la detuvo:

—Y Beckett.

—¿Sí? —se dio la vuelta ligeramente, asomándose por la puerta.

—Dile a Castle que no tarde demasiado en volver. Dios no quiera que algunos de nosotros le echemos de menos más de lo que nos gustaría, ¿verdad?

Durante unos minutos, la detective se olvidó de cómo respirar.


La tensión que se había levantado en la Decimosegunda era tan densa como irrespirable, pero comparado con el viaje en coche hacia los Hamptons fue todo un paseo.

—¿Dos horas, Castle? —preguntó casi gritando. Él frunció el ceño.

—¿Quién es el niño de doce años ahora, eh? —la miró de reojo con sorna. Parecía estar disfrutando y eso no la tranquilizaba, y gracias a dios el escritor se dio cuenta— Venga, Beckett, no es para tanto. Me has aguantado por más tiempo.

Se agitó sobre su asiento, cruzando las piernas y entrelazando sus dedos como si eso consiguiera aliviarla un poco. Pensó en lo fácil que podría ser todo. Pero lo complicado era algo inherente en ella y tendía a tergiversar lo simple hasta hacerlo insostenible aunque no hubiera ninguna premisa que indicase que eso podría acabar en catástrofe.

Deseó que sus mecanismos de autodefensa no estuvieran tan pulidos como para hacerse eco en cualquier situación por pequeño que fuera el peligro. Pero esto era un riesgo emocional y la detective no se había visto envuelta en algo así desde que murió su madre.

Lo odiaba, pero era normal. ¿Qué iba a hacer?

—Kate —se sobresaltó, volviendo a poner su atención sobre él. Su compañero no despegaba la vista del horizonte, mordisqueándose el carrillo como si estuviera ordenando mentalmente sus palabras. Finalmente prosiguió—, si quieres que nos demos la vuelta, dímelo. No pasa nada.

—Estoy bien, Castle.

—En serio. Lo último que querría es que te sintieras incómoda conmigo.

La detective acarició con seguridad el brazo de su compañero, descendiendo su mano hasta dejarla descansando en su muslo con una cercanía a la que no estaba acostumbrada, pero que no le importó sentir. La sonrisa agridulce de Castle se suavizó, relajando su expresión y suspirando con alivio.

—Castle, puedo estar más o menos segura de cualquier cosa, pero esto —enfatiza, deslizando su mano hacia la del escritor, que agarraba la palanca de cambios con tensión. Ella no quería tensión. No ahora. No cuando por fin, desde que trabajaban juntos, estaban avanzando con sinceridad— no es algo que me haga falta pensar más de dos veces.

Beckett sintió los músculos de la mano de su compañero distendiéndose lentamente bajo la suya. Poco a poco. Con precaución. Parecía que Castle estaba pidiendo permiso para recuperar la seguridad en sí mismo como si la estabilidad emocional que estaban aprendiendo a compartir estuviera hecha de cristal y fuera tan frágil que tuviera miedo de romperla. Era un poco descorazonador verle así, parecía la sombra de una leyenda.

Pero le gustó esa vulnerabilidad. Era la segunda o tercera vez que le veía moverse con pies de plomo. Y todo porque ella era la causa y consecuencia. Y para Castle no era ninguna broma.

No pudo evitar derretirse.

—Te va a encantar —contestó él, cambiando de tema. Ella le miró con curiosidad—, los Hamptons, digo. La casa tiene un jardín bastante amplio que da a una pequeña cala que… bueno, podría decirse que es privada porque es difícil acceder por la línea de la playa. Y en el caso de que te dé asco la arena como a servidor —Castle arrugó la nariz, ella contuvo una carcajada—, tengo una piscina.

—Dime, ¿hay algo que tu casa no tenga, Castle?

—¿Y destriparte la sorpresa? Por favor, detective.

Castle le echó un sugerente vistazo, sonriéndole de lado y guiñándole el ojo antes de volver a mirar hacia delante. Antes de hacer lo mismo, la detective se permitió el lujo de admirar el perfil del escritor brevemente; la luz anaranjada del atardecer se reflejaba en su rostro, bordeando sus labios que formaban una suave sonrisa.

Entre todas las expresiones que podría tener en ese momento dado lo que estaban a punto de vivir, la única que encontró fue la inocencia de un niño. Con esa ligera timidez y esperanza escondida ante lo que había empezado a ser inminente entre ellos.

—¿Qué pasa? —preguntó él, divertido.

Ella dejó de mirarle, dirigiendo su vista al frente. La carretera parecía infinita al morir en el horizonte. El cielo se oscurecía sobre esta y habían empezado a aparecer las primeras estrellas al fondo. Y le dio igual lo eterno que pudiera hacérseles aquello o si tuviera o no tuviera algún fin porque, por primera vez, la única razón por la que tenía miedo era no saber si tres días serían suficientes para conseguir que caminasen de la mano hacia la misma dirección.

Y la sensación de moverse en un camino interminable hacía que pareciera que tenían todo el tiempo del mundo.

—Nada.


N/A: muchas gracias por haber llegado hasta aqui abajo sin echaros a llorar, de verdad (L). Espero que no sea una cacurria (no demasiado) y bueno... que si la idea va a buen puerto os veo en el siguiente :D