Bueno, dije que no iba a durar más de 5 capítulos y aquí cumplo lo que me propuse xdd. Quería daros las gracias por haber seguido este fic capítulo a capítulo y haber tenido el detalle de comentarlo, cosa que agradezc no sabéis cuánto. Gran parte del mérito de que esta historia tenga principio y fin lo tenéis vosotros por haberme animado a actualizarlo conforme lo iba subiendo. Así que, repito, MUCHAS GRACIAS :_ no sabéis lo que significa para un escritor de fanfics la aceptación de los lectores. Y bueno, no sé qué más decir xddd espero que hayáis disfrutado leyendo esto tanto como yo he disfrutado escribiéndola, que ha sido un placer y que ya no veremos en el resto de mis historia ;).

Y ale, que me enrollo más que una puta persiana xdddd. ESPERO QUE LOA DISFRUTÉIS! :D

Pd.: sí, he puesto una M. Vosotros sabéis lo que significa, así que ateneos a las consecuencias xdd.


Capítulo 5

Sobre la pared de su habitación sus sombras bailaban juntas.

Parecía un ritual aborigen. Era lo más parecido a sentarse frente a una hoguera y jugar a adivinar la figura proyectada en cada una de las cavidades de una cueva. Una figura moviéndose bajo el dinamismo del fuego ondeándose, como si aquello fuera una película. No se distinguían bien porque estaban tan unidos y se agitaban tanto en su ridículamente largo camino hasta la cama que ni siquiera parecían personas.

De hecho, habían dejado de parecer personas desde que la detective pudo condensar en cuatro palabras lo que para ellos había sido un camino cuesta arriba desde que se conocieron. O quizá antes, porque la joven Kate Beckett con sus veinte años recién cumplidos todavía era insensata y soñadora, y conservaba lo que once años viviendo en la sombra de lo que en su día fue se había llevado.

En cualquier caso, la línea que separaba al humano de cualquier animal era el raciocinio y estaba empezando a escasear en ellos. Parecía mentira que después de aquello volviera a ser la misma. Como si Johanna siguiera viviendo y su padre no hubiera resbalado con el alcohol que bebía en ningún momento. Como si todo estuviera bien. En orden.

Como si la boca de Richard Castle bailoteando sobre su cuello fuera la panacea. Su lengua haciéndole cosquillas a través de los dientes mientras le mordisqueaba la piel que había entre su clavícula y su garganta. Era tan erótico como terapéutico.

Cuando cayeron sobre la cama, la detective tenía el vestido medio quitado y su compañero ni siquiera llevaba la camisa puesta. Sus prendas desaparecían como si fueran prestidigitadores, una tras otra. Entre besos, suspiros y manos abriéndose paso en un afán por memorizar la sensación de poder tocar cada ínfima parte de la piel de la otra persona sin que fuera una mera fantasía. Por fin.

Era droga.

Pero lo peor era el tiempo. Parecía infinito y limitado a la vez. Cuando se besaban sentían que estaban una carrera a contrarreloj en un camino que no tenía ni principio ni final. Era maravilloso y aterrador. Y podrían haber parado en cualquier momento porque eternizarlo no parecía difícil, pero Castle le acababa de quitar el sujetador y notaba su pecho cálido y desnudo sobre el suyo, temblando, contrayéndose. Vulnerable.

Y en lugar de intentar contar los segundos, volvía a contar cuantas prendas más les quedaban.

Naturalmente, en algo que iba tan rápido y a la vez tan lento como era aquello, no tardaron en quedarse totalmente desnudos. Hasta ahí el tiempo transcurría como la rueda de un coche. Pero en cuanto levantaron la vista y pararon de focalizar su atención en saborear sus cuerpos, tuvieron un momento de lucidez y se detuvieron. El tiempo dejó de transcurrir.

Castle se arrodilló frente a ella, inmóvil, contemplando su cuerpo con la boca entreabierta. Rozó su abdomen con las yemas de sus dedos con tanta suavidad que Beckett lo sintió como si fueran plumas acariciándola. Un escalofrío agitó su cuerpo. Las manos del escritor ascendieron, lentamente, como si intentara memorizar cada una de las costillas de su cuerpo. Beckett observaba sus largos dedos vagar por su piel y dirigió su mirada hacia la de Castle, sosteniéndosela. Les bastó para que cualquier contacto con la realidad inmediata se evaporase.

A partir de ese momento eran ellos. Sólo ellos. Con la palma de las manos del escritor rozando con irresistible peligro sus pezones y su espalda encorvándose hacia él como si tocarle formara parte de sus necesidades vitales. Y sus ojos, obviamente. Ennegrecidos, entrecerrados; eran la viva imagen de la seducción.

Si le quedaba alguna duda a la detective sobre si eso podría ser o no la mayor estupidez que habían cometido desde que se conocieron, Castle la depuró.

—No dejas de repetirlo —murmura él, sonriendo hambriento. Beckett levanta levemente su cabeza, ladeándola con curiosidad.

—¿El qué?

—Mi nombre. No dejas de repetirlo.

No ha dejado de repetirlo. Era un acto reflejo del que ni siquiera era consciente, pero se oía. No se escuchaba, pero se oía. Cada vez que volaba una prenda más de ropa, el escritor localizaba un punto erógeno o notaba su erección bajo sus pantalones o su ropa interior frotándose contra su entrepierna un Rick más era verbalizado. A veces en forma de susurro. A veces en forma de grito.

A veces como ahora, en un punto intermedio en el que parece un grito, pero se queda sin aire antes de llegar a serlo. Todo gracias al escritor que tenía su dedo índice orbitando alrededor de su pezón, sobre la aureola. Demasiado cerca. Prometiéndole todo sin dárselo realmente.

Y ella se iba a volver loca porque de cintura para abajo su cuerpo era fuego.

—Castle—musitó.

—¿Te he dicho ya lo maravillosa que eres?

—Castle, por favor—el escritor se inclinó un poco más hacia ella, llevando sus manos a ambos lados de su rostro, acariciándolo. Su miembro rozó los genitales de la detective, haciéndola retorcerse sobre las sábanas.

Lo rozó una segunda vez y su cuerpo se estiró hacia él; fue más bien un acto reflejo. Adquiriendo fuerza de donde creía que ya no le quedaba, sus extremidades se movieron solas, y antes de saborearlo con plena conciencia, volvía a tener la boca de Rick Castle sobre la suya. Sus manos unidas agarrándose a su nuca mientras su pelo ligeramente húmedo por el sudor se colaba entre sus dedos.

Por un momento pareció apagar un poco el fervor, pero era una falsa tranquilidad. Sus piernas le temblaban y su abdomen estaba contraído. Le necesitaba.

—Rick —insistió, murmurando su nombre sobre sus labios—. Lo necesito. Te necesito —los labios del escritor vagaron desde la comisura de los labios, por su mandíbula hasta llegar a su cuello. Beckett ronroneó antes de proseguir: no sabía si era una bendición o una desgracia que Castle fuera capaz de mover los hilos con ese aplomo—. Dámelo. Ya.

Se esforzó para hacerlo sonar como un imperativo, pero parecía estar rezando. Sintió al escritor sonreír sobre su piel. Ella resopló. Su control sobre la situación era nulo.

Castle rehizo el mismo camino, depositando un suave beso sobre sus labios antes de apartarse de ella, deslizándose hasta el borde de la cama para ponerse en pie y dar la vuelta. Beckett siguió sus movimientos, o mejor dicho, contempló el cuerpo de Rick Castle según se iba moviendo. Desde los músculos de su espalda marcando su contorno hasta la perfecta curva que daba forma a sus nalgas.

Entreabrió su boca, relamiéndose su labio inferior al notar la cálida vibración entre sus piernas. Se estaba colocando el preservativo y parecía eterno. Era eterno. Si no fuera porque vislumbraba las llamas de la lumbre agitándose, juraría que ninguna línea temporal se hacía vigente sobre ellos.

Para su suerte, el escritor estaba de vuelta y antes de que pudiera asimilarlo, estaba arrastrándose entre sus piernas, encajando en su cuerpo como si dios les hubiera creado a medida.

Beckett pasó sus brazos sobre sus hombros, rodeando su cuello, aferrándose a él como si el fin del mundo fuera inminente. Sus ojos manteniendo contacto visual sin romper el magnetismo. Pestañeando a la vez. Era una especie de una simbiosis emocional. En ese momento, notó la erección de su compañero introduciéndose en ella con una gentileza digna de poema. Elevó sus caderas, buscando sentirlo más, Castle pasó sus brazos bajo sus hombros, estrechándola contra él.

Se sintió plena. Eran una sola persona, con ese hermetismo envolviéndoles y sus cuerpos unidos de toda manera física y emocional habida y por haber; podrían convertirse un leyenda en cualquier momento.

Y tras haberse moldeado a la silueta del otro lo bastante para que no se hiciera ajeno ni física ni emocionalmente, el tiempo vuelve a transcurrir. Y ellos responden, moviéndose bajo una misma pauta rítmica. Sus caderas embistiéndose siguiendo una sintonía que parecía coreografiada. Contoneándose. Deslizándose juntos. Sus pechos presionándose y evitando a toda costa que ni la más minúscula corriente de aire pasara entre ellos, porque sería toda una ofensa hacia su pequeño acto de unidad.

El ritmo que llevaba el escritor crecía con violencia. Más rápido, más hambriento, pero nunca suficiente. Estaban al borde de tocar el cielo con sus dedos, pero no parecían llegar. Querían que el tiempo fuera infinito. Querían que la luna no bajara nunca. Querían tenerlo todo para que saciarse totalmente y tener lo bastante del otro para no volver a pedir más no sonara como un chiste.

Pero no lo tenían. Habían pasado de susurrar sus apellidos a gritar sus nombres. De sustituir un "uhmdiossí" por un "joderjodernopares". A cerrar sus ojos. A Castle mordiendo su cuello. A Beckett agarrándole el pelo. A deslizarse el uno sobre el otro mientras notaban como toda materia sólida dentro de su cuerpo se convertía mágicamente en gelatina.

Y aún así, todavía les sobraba la dulzura para no hacer de eso algo doloroso, principalmente porque Rick Castle estaba encima de ella haciéndole el amor y a pesar de llevar la batuta y dominarla con una autoridad de la que no le creyó capaz, no perdía el elaborado hábito de portarse como un caballero.

Usando la misma modestia, se las apañó para que la detective notase su vientre como si tuviese lava sobre él y esa sensación de ardor se extendió por todo su cuerpo; desde erizarle los pelos de su nuca hasta notar un agradable cosquilleo en las yemas de los dedos de sus pies. Y supo que había llegado al clímax del orgasmo. Inspiro y espiro tantas veces en tan poco tiempo que se mareó; ambos aferrándose al cuerpo del otro intentando prolongar lo que ya tenía fin. Más rápido. Más duro. Más todo.

Notó los músculos del escritor endurecerse sobre ella a la vez que todas sus extremidades se entumecieron hasta que ambos se quedaron estáticos. Echaron aire con fuerza a la vez y Castle se dejó caer con delicadeza sobre ella, escondiendo su rostro en el hueco de su cuello. Su flequillo ligeramente humedecido y su respiración acelerada le hacían cosquillas.

Durante unos minutos permanecieron así. Abrazados, inmóviles, acariciándose como si esa paz temporal les ayudara a relajarse y regular sus respiraciones de manera que no se ahogaran cada vez que inspiraban o espiraban. Sus corazones latiendo a un ritmo que les daba miedo. Estaban tan unidos que notaban las pulsaciones del otro sobre su piel; parecían vivir en sintonía.

No se oía nada salvo ellos perdiendo el aliento y los chasquidos de la madera consumiéndose por el fuego. Era un silencio agradable, acogedor y aliviador. Siendo finalmente conscientes de su entorno, pensaron que sus constantes vitales ya no estaban por encima de lo que se suponía saludable.

Hasta que se miraron. Y sus corazones volvieron a convertirse en bombas de relojería, el aire se les hacía insuficiente y la habitación se convirtió en un espacio abstracto. Y nada parecía ser transcendental salvo ellos.

—Hey —murmuró él, acariciándole la mejilla con dulzura—. ¿Qué pasa?

Abrió sus ojos confundida. Castle la observaba con una divertida curiosidad, ladeando su cabeza como un niño pequeño. Ella se encogió de hombros.

—¿Qué pasa? —repitió ella.

—No dejas de sonreír.

No había dejado de sonreír. Desde que pararon no había dejado sonreír. Cuando volvieron a mirarse, tampoco. Sonreía como no había sonreído desde que murió su madre. Sonreía como si pudiera conquistar el mundo. Sonreía como sonríen todas esas chicas en películas cursis y románticas cuando encuentran al amor de su vida por medio de la serendipia de turno.

Sonreía como en sus mejores sueños, estando dormida, sin verse a sí misma para decirse que se quitase esa estúpida mirada porque es Rick Castle con el que estaba soñando, y su orgullo siempre estaba por encima.

Pero no era un sueño. Rick Castle la estaba viendo sonreír. Rick Castle sabía —o al menos por deducción de lo que era obvio— que lo hacía por él. Y le daba igual.

—Porque por fin he encontrado lo que estaba buscando.

Lo sorprendente fue el uso de esa sinceridad, como si estuviera hablando de evidencias. Como la detective que era. No se había oído ser tan franca fuera de la comisaría y, si alguna vez lo había sido, lo había olvidado.

El escritor la observó mientras abría y cerraba la boca, aparentemente ordenando y reordenando una y otra vez lo que pretendía decir. Beckett llevó sus dedos a sus labios, acariciándolos con devoción; ver a Castle enmudecer desprendía cierta dulzura.

Tras notar sus finos dedos, su compañero optó por resignarse y expresar todo lo que quería decirle uniendo sus bocas. Sus labios se derritieron juntos en un beso suave, lento, llevando a aquel gesto lo que suponían dos años de morderse la lengua y mirar hacia otro lado. De tragarse su orgullo. Eternizándolo como si pretendieran tirarse puliendo sus labios hasta que el sol se asomase por la colina más alta.

La detective puso distancia entre ellos, observando los enrojecidos labios de su compañero. Apoyó su frente sobre la de él, deslizó sus manos hacia su nuca y peinó los pequeños mechones de pelo.

Sí, era lo que estaba buscando. Pero en cierto modo, sabía a desafío. Sabía a trampa. Sabía a sostener lo más parecido a la caja de pandora. Conocía lo de fuera, pero no lo de dentro. Y la duda, de alguna manera, consiguió verbalizarse tras ponderarlo durante unos minutos:

—Castle, ¿qué va a pasar cuando volvamos? —susurró, su voz flaqueaba ligeramente— ¿Cómo vamos a afrontar las consecuencias?

Él le beso la frente antes de responder.

—Como hemos hecho hasta ahora —se incorporó, apoyando el peso de su cuerpo sobre sus codos—. Tú y yo hemos cambiado, lo nuestro es diferente. Pero lo demás no tiene por qué serlo. Me has aguantado por mucho menos, Kate —soltó una suave carcajada, intentando reblandecer la tensión que pudiera haber surgido entre ambos—. Llevamos dos años trabajando juntos y todavía no hemos desencadenado ningún tipo de hecatombe.

—Estuviste a punto de irte, es lo más cerca que hemos estado de sufrir una hecatombe.

—Pero estoy aquí. Estoy contigo.

Ella sonrió, estirando su cuello para atrapar los labios del escritor brevemente.

—Tú sabes que no es tan fácil, Castle. Nunca lo ha sido.

—Lo sé. Qué gracia tendría lo nuestro si lo fuera —su compañero se encogió de hombros—. Por eso, creo que después de haber estado al borde del fracaso esto será un paseo. Y de todos modos, ¿qué más da si no lo es, Kate? Esto es lo que queremos, y por ahora es suficiente. Quizá no lo sea de aquí a un futuro próximo, quizá nos vengamos abajo y nos acordemos de este día cuando todo a nuestro alrededor sea una porquería y nosotros estemos atrapados en la miseria emocional. Pero creo que en el beneficio de la duda, ¿sabes? Y también pienso que todo puede ser maravilloso. Y mira, no quiero pensar en el mañana, ni quiero etiquetar lo desconocido como inevitable —llevó su mano al cabello de la detective, hundiendo sus dedos en él mientras lo acariciaba—. Lo único que quiero es saber que hoy, ahora, estamos bien. Y si en algún momento cojeamos, nos apoyaremos. Porque es lo que hacen los compañeros, y lo que hacemos nosotros.

Kate abrió ampliamente sus ojos, observándole con asombro. Lo que más le impresionó fue la imborrable sonrisa que consiguió mantener durante su improvisado discurso sobre la montaña rusa que pronosticaba ser su relación. Y su corazón estalló dentro de su pecho.

Se abrazó a él, efusiva, sin ser capaz de despegar su boca de la suya. Intercambiando besos fugaces, besos que parecían eternos, besos que sólo eran caricias. No parecía suficiente.

—Pero ¿podemos mantenerlo en secreto de momento? Esto es muy nuevo para nosotros y… no sé si quiero que lo sepan en la comisaría. Y así tenemos un poco de margen para nosotros hasta que consigamos ubicarnos en esto.

Castle asintió, sin mayor problema.

—Es curioso, iba a pedirte lo mismo —ella se río, besando la comisura de sus labios. Después, le miró intensamente, mordiéndose el labio inferior.

—No te voy a pedir que me prometas que no te vas a rendir conmigo pero… tú sabes cómo soy. Y sabes por lo que he pasado, y lo difícil que es adaptarme a lo que es nuevo para mí.

—Lo sé, Beckett. Lo sé —respondió, fingiendo sorna, como si quisiera restar importancia al asunto, cosa que agradeció.

—Por eso… ten paciencia, ¿vale? Y sobre todo, quiero que sepas que quiero esto tanto como tú. Es sólo que…

—Necesitas tiempo —ella asiente—. Y no pasa nada. Tenemos tiempo, Kate. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Suspiró aliviada. Eso era lo que quería, hablar en plata. Situarse juntos. Y ahora que lo había hecho y el sabor agridulce seguía ahí, sintió que tras las palabras, venían los hechos. Y todavía les quedan demasiados hechos por demostrar.

—Así que… tenemos todos el tiempo del mundo —Castle asintió. Ella envolvió la cintura del escritor con sus largas piernas, atrayéndolo hacia ella—. ¿Te importaría demostrármelo? —sugirió, arrugando sus labios, mirándole con atrevida seducción.

Su compañero volvió a besarla como si no existieran relojes que contaran los segundos a su alrededor. Como si el tiempo fuera verdaderamente tan relativo como se tiró repitiendo Einstein hasta que se murió. Como si ellos fueran los que lo crearan y manejaran.

Porque eso era lo que necesitaban; tiempo. Tiempo para pedirse perdón hasta que les doliera la garganta por correr en círculos, tiempo para dejar de esquivar obstáculos imaginarios, tiempo que haría de bálsamo por las cosas que habían hecho y las que no habían llegado a hacer. Pero sobre todo, tiempo para deshacerse juntos hasta que parecieran vapor y no hubiera nada capaz de ayudar a distinguirles.

Habían sido dos años. Y quizá no tuvieran todo el tiempo del mundo, el futuro fuera incierto y borroso y todo lo que estuviera dentro de sus límites familiares terminaría desequilibrándose hasta venirse abajo. Quizá no tuvieran casi nada que les asegurara que pisar la línea no va acabar con el cielo derrumbándose, pero tenían esa noche.

Y de momento, era suficiente. Después de todo, el futuro no es más que una mera hipótesis.