Chasseurs de dragons : À la fin du monde.

Chapitre 1: Le l'annonceur

El sudor frío recorrió el cuello delgado del pequeño estafador, Cuando miro cruzar la puerta a uno de aquellos mensajeros de tierras lejanas, con los dos escudos más importantes de todas las islas flotantes, Un autentico escudo dorado con el símbolo del consejo de sabios y el otro el escudo real de la quinta unión, que era la unión de los cuatros reyes que gobernaban los 4 puntos cardinales y un medio, lo que tenía Gwizdo en frente de él no era otra cosa que un anunciante de pulmones fuertes que después de recuperar el aire y mirar levemente la posada de Jeanneline paso a decir.

-¡EL CONSEJO DE SABIOS Y LA QUINTA UNIÓN HAN PROCLAMADO LEVANTAR GUERRA A TODO DRAGÓN POR SU CRECIENTE VIOLENCIA HACIA LOS HUMANOS, LO QUE EN POCAS PALABRAS SE REDUCE A : EXTERMINIO DE ESTOS SERES, TODO CAZADOR DE DRAGONES, NOBLE CABALLERO O GUERREO TENDRÁ QUE SER EN MISTADO PARA EL FRENTE DE BATALLA!

Gwizdo contuvo el aliento y rápidamente poso sus ojos azules a los de su compañero que no solo callo como los demás y sin poder ver a otra persona más que al anunciante, los ojos de Lian-chu se hacían cada vez más pequeños cuando comenzó a fruncir el ceño, Todo el mundo comenzó el leve parloteo en sus lugares de lo anterior dicho, Jeanneline miraba por todos lados y le temblaban las manos, y eso se le notaba pues la bandeja que sus pequeñas manos sostenían se movía levemente, pronto ella miro a Gwizdo, y Gwizdo al sentir la mirada de la mujer se la devolvió y negó suavemente con la cabeza, ella miro de nuevo al anunciante, trago un poco sus nervios, se alegro que aquel hombrecillo delgaducho y sin fuerza no hubiera subido a contar sus historias alucinantes que supuesta mente él había tenido, que no hubiera dicho que eran cazadores de dragones, que siquiera hubieran tenido contrato, se alegro saber que su hija no estaba por ahí, que según ella, estaba en la ciudad. Se alegro de que su vida rutinaria ese día hubiera sido tan distinto desde que la mujer había abierto los ojos.

Tomo aire y se atrevió a contestar por Gwizdo.

-Lamento mucho decirle señor, que mis clientes aquí no son caballeros ni guerreros, y mucho menos cazadores de dragones.

El hombre miro de nuevo el lugar y saco de sus bolsillos un pergamino ya muy arrugado de lo que parecía ser una larga lista.

-Parece, señora, que es aquí el lugar de residencia de 3 cazadores de dragones, Gracias a que necesitan el permiso de el consejo de Reales Cazadores, no me puede engañar de esa manera, a demás de que, no son los únicos.

Jeanneline miro de reojo a Gwizdo , y el pequeño se levanto tranquilo y sin titubear, miro el anunciante lentamente se acerco a él.

-Ejemm Humilde señor, me parece una completa burla asegurarle a estos pobres hombres que dice esas cosas ese papel suyo, sabiendo que nadie sabe leer ¿Cómo saber si no nos esta engañando?

Y al termino de aquellas palabras los campesinos se alzaron a reclamar, en parte, el estafador tenía mucho sentido al haber preguntado aquello, ellos eran ignorantes, simples campesinos, que morían de hambre y ahorraban buenas cantidades de Guineas por un buen plato en la posada de Jeanneline, que muchos de ellos dependían de sus ganados, de sus sembradíos y uno que otro de sus hijos cazadores de dragones, pues la carne de esas bestias se vendían bien, algunos también conocían a Gwizdo y Lian-chu, el estafador era como el abogado de la zona, era el único que podía leer fluidamente y sin equivocarse cualquier texto, y los aldeanos tenían confianza de él, pues sin él ¿Cuántos no ya les hubieran tomado el pelo? eso lo contestaban con reprender al anunciante, y así salvar sus pellejos y a sus hijos. El pueblo en ese momento no callaría, pues apenas no empezaba las verdaderas cosas, aún no conocían nada. Gwizdo aprovecho el alboroto y miro por la rabillo del ojo a Hector, quien se escondía debajo de la mesa y detrás de una de las piernas de Lian-chu, lo miro pero con solo eso le ordeno a Hector que se fuera de ahí y eso hizo, claro, había otro mandato en la mirada del estafador. Su mirada no era amenazante ni mucho menos fría, solo era la mirada de Gwizdo, solo eso, la de un hombre que por más que trataba de verse masculino como el cazador y que no lo lograba, pues su cuerpo debilucho y su corta estatura le quitaban toda cualidad masculina de un hombre de aquella edad.

Y su amigo era en ese momento quien mas se asemejaba a un "verdadero" hombre, sus ojos fruncidos lo demostraban más que sus fornidos músculos, su rostro era aún más frío de lo que Gwizdo había visto en toda su vida, no estaba en sus cinco sentidos, tan solo en aquella faceta amenazadora y lista para atracar, era esa cara levemente parecida a la que hacia cuando las cosas con un dragón no salían del todo bien, cuando el mismo Gwizdo se encontraba en apuros, cuando estaba en peligro.

Se acerco disimuladamente a él, sin siquiera verle, pronto estuvo cerca de él, y antes de seguir contemplando al cazador voltio a ver a Jennyline, quien aún temblaba, pero pronto ambos miraron al estafador y cuando el lo sintió pronto susurro.

-Tenemos que irnos, Lian-chu.

Al termino de aquellas palabras, Jeanneline miro el suelo, conteniendo sus lágrimas, por que ella ya estaba acostumbrada a la compañía de aquellos dos, por que se había enamorado de aquel estafador y por que Zaza admiraba a Lian-chu más que otra cosa.

Por otro lado la mirada del cazador de nuevo se dirigió al anunciante, quien trataba vagamente de calmar a los aldeanos, aún con el ceño un tanto fruncido, y levemente asintió y cuando eso sucedo, Hector apareció del otro lado de una puerta pero sin moverse siquiera, Gwizdo lo miro y entonces supo que ya todo estaba preparado para salir esa noche.

Pronto los aldeanos sacaron a casi patadas al anunciante, y cerraron las puertas impidiendo que este volviese a entrar, se miraron unos a otros y se dirigieron a Gwizdo, quien ya había sacado un pergamino y comenzó a idear un plan.

-Escuchen todos, esto ya paso hace algunos siglos pasados, esto no es nuevo, pero la diferencia es que en el pasado realmente acabaron con lo que declararon exterminio, ¿Alguna vez escucharon hablar de los Trolls?- Algunos asintieron- Bueno, lo que aquel siglo paso se le conoce como el llanto de la luna roja, se llevo acabo en una de las islas mas grandes que existen, se llama La isla del fin del mundo, según la geografía esta isla es la ultima todas las demás que flotan, y casualmente es la única donde se puede llevar acabo una pelea de exterminio, por eso necesitan a otros guerreros, y por eso trataran de reclutar a todos, esta no es una amenaza, una vez que vuelva el anunciante de el consejo de sabios y de la 5 unión sus hijos y nosotros caeremos, por eso tienen que seguir con los pasos que estoy por decir.

-¿Como es que sabes tantas cosas?- Pregunto Jeanneline fingiendo valentía, pues no quería que Gwizdo dijera cosas falsas, muy a pesar de que él era el único en ese momento quien sabía más de aquel asunto.

-Por que tengo esto- y saco un libro bastante grueso, de pasta dura con relieve y de color azul con un símbolo en medio, con signos y letras que los aldeanos por supuesto no entendieron.- Me lo he robado de la biblioteca de un viejo castillo, es como la dragonopedia, no hay muchas copias, en él vienen todos los hechos históricos que han pasado a lo largo de más de 200 siglos. Las cosas que la quinta unión hizo en aquel siglo, fue catalogado como el más desastroso, pues los trolls hicieron bombas apestosas que si bien no hacían gran cosa, si mataban la vegetación de las tierra, el viento se encargo de mover las hacia otros lados, mi solución ante todo, es la abnegación de todo, no debemos permitir que de nuevo se mueran personas inocentes, sus hijos deben irse, a los fines de lo que es el territorio de la quinta unión, a las islas que le siguen a la isla del fin del mundo, son puros bosques, y a pesar de que puede ser peligroso, ustedes como padres deberían preferir que sus hijos vivan en un lugar así que a que una guerra se los arrebate, y ustedes, por otro lado, deben de esconder cualquier objeto que les diga a los anunciantes de que sus hijos son lo que son.

Gwizdo alzo el pergamino y les enseño a los aldeanos lo que era un mapa muy preciso de como llegar a la isla, y sin más que decir, los aldeanos lo tomaron y salieron del lugar, era claro de que lo que decía el estafador debía ser muy cierto, pues no siempre respondía por ellos, y ni mucho menos regalaba sus preciados pergaminos; por otro lado Jeanneline lloraba, no sabía que hacer, ni mucho menos como afrontar lo que estaba afrontando, Zaza se acerco a ella y la tomo del delantal, entonces miro a Gwizdo y le detuvo de lo que estaba haciendo.

-Quiero que busquen a Zoria y la lleven consigo, quiero que salga ilesa de todo.

-...-Gwizdo miro a la mujer solo una vez más, quizás lo había hecho para no olvidarse de su cara, pues ni el mismo sabia cuanto tiempo duraría sin ver a la mujer que tantas veces la había sacado de quicio.-Claro Jeannyline.-Respondió- Sera mejor que cierres este lugar por un tiempo.

Y la mujer asintió, y todo lo que paso después fue demasiado rápido. El hombrecillo empaco muchas cosas de importancia muy elevada en su pequeño "bolso" sus libros más preciados estaban ahí, mientras que Lian-chu cargaba todas sus espadas y las llevaba al "zutano" donde estaba el saint geoger, Hector ayudaba a encontrar algunas cosas pequeñas y Jeannyline preparaba algo de comida para el largo viaje de aquellos hombres, pronto cayo la noche, Los cazadores ya habían empacado todo lo necesario, ya no hacía falta nada, solo darle la despedida a la mujer y a la niña que con lágrimas en los ojos los miraban en silencio mientras ellos miraban uno que otro detalle.

-Es hora de marcharse.- Agregó Gwizdo quien pronto se acerco a Lian-chu, quien no podía tampoco contener sus lágrimas, pues también ya se había acostumbrado a la compañía de Zaza y de Jeannyline, y aun que solo necesitaba la compañía de un amigo para ser feliz, un adiós siempre le fue difícil de decir. Los hombres se despidieron de ellas y subieron al saint geoger, emprendieron su búsqueda de la isla del fin del mundo, en búsqueda de Zoria, y en la búsqueda de darle fin a la guerra que se aproximaba.