NOTA DE LA AUTORA: ¡Gracias por estar aquí! He decidido finalmente dejar a un lado el fic Caryl que tenía estancado desde hacía tiempo sin saber cómo seguir y comenzar otro.

Aclarar que éste fic no tiene rating M por nada. Contendrá lenguaje vulgar, violencia y escenas sexuales.

De todas maneras, espero que sea de su agrado y LES AGRADECERÍA ENORMEMENTE que dejen reviews, ya que no saben lo mucho que me anima para seguir.


1.

Tabaco barato, alcohol y prostitutas


Era verano en Georgia. Y como siempre, no podía ser menos que insoportable.

Las cortinas bajas dejaban entrar sólo un leve halo de luz a la oscura habitación y lo único que se podía oír era un ventilador viejo.

Una bocanada de humo salió despedida de su boca y se quedó suspendida en el denso aire. Suspiró exhausto.

No podía ser de otra manera. Había llegado de su trabajo hacía dos horas y sabía que en su hogar no lo esperaría la paz y la tranquilidad. Mucho menos algo refrescante. Por eso hacía lo mismo que todas las tardes y se encerraba en su habitación con sus cigarrillos, un par de cervezas y una pequeña radio que solía hacer que oía.

La casa de los Dixon era una vivienda más o menos precaria de paredes descascaradas por dentro y por fuera. Poseía muy pocas ventanas y todas ellas eran pequeñas. La puerta principal, elevada en cimientos como en la mayoría de las casas americanas, quedaba cubierta por un pequeño y desabrido porche con una sola silla en la que su padre, el señor Charles Dixon, solía sentarse a emborracharse.

Pero Charles Dixon no era sólamente un borracho. Era un machista y racista asqueroso que gritaba obscenidades a cada fémina que pasaba por la acera y eso muchas veces le costaba un par de golpes de parte de un furioso novio o marido.

A raíz de eso, Muchas veces, el señor Dixon llamaba a su hijo desde el porche para que le viniera "a ayudar a romperle la cara a un maricón hijo de puta", pero él fingía que no le oía, porque estaba escuchando la radio.

Era la excusa perfecta.

—¡Un día te voy a hacer tragar esa puta radio! —le maldecía su padre un poco después— ¿Has oído? —reprochaba al no recibir respuesta. —Maricón de mierda.

Daryl ya había aprendido hacía mucho tiempo a no hacerle caso a su padre. Cuando se enfrentaba a él y a sus estupideces, era un adolescente muy emocional que siempre terminaba cediendo ante los golpes del pesado cinturón de su padre.

Un golpe. Dos golpes. Tres... Otro más.

Su hermano mayor Merle no era muy distinto a su padre. Bueno, quizás sí un poco.

Merle a pesar de ser un drogadicto, borracho y mujeriego tenía un vínculo especial para con Daryl. Un vínculo que no era fraternal, sino de colegas, como el que tenía con sus amigos bravucones o con quienes le vendían las sustancias que consumía. Por eso, no estaba permitido para Daryl comportarse de una manera que Merle no aceptara. Él tenía que ser igual de mierda que él, pero en menor medida. No podía superar en nada a Merle. Ni siquiera en ser un hijo de puta.

Se sentó en la cama un poco mareado. Otra vez se había perdido en sus pensamientos.

—Al parecer Hank, mañana tendremos lo que será el día más caluroso del año aquí en Georgia —el locutor de la radio sonaba estúpidamente alegre siempre que Daryl le prestaba atención.

—Mierda —maldijo poniéndose de pie.

Daryl había vivido toda su vida bajo la sombra de su padre y hermano. Digamos que ya se había acostumbrado y no pensaba salir de esa zona "segura" que se había creado para no enfrentarse a lo desconocido. Seguramente lo desconocido doliera aún más que los golpes de su padre aunque éste ya había dejado de golpearle cuando Daryl fue lo suficientemente grande como para devolverle los golpes y se comenzó a comportar como si no existiera.

Abrió la puerta de su habitación. Ésta rechino un poco.

El pasillo estaba igual o más oscuro que el resto de la casa y había un silencio fantasmal. De repente, una voz ronca irrumpió toda aquella paz:

—¡Viejo! —era Merle saludando a su padre en el porche. Llegaba a la casa después de unos cuántos días vaya a saber en dónde. —¿Dónde está Darylina?

Daryl se quedó congelado allí dónde estaba.

—En su habitación, como siempre ¿Dónde más estaría?

—Quizás, ¿con alguna señorita? —Merle comenzó a reír enfermamente hasta que se atragantó con su propia saliva y comenzó a toser. Era un tonto.

—¿Con una hembra, dices? —cuestionó su padre mientras Merle no dejaba de toser. —¿Ese marica con una hembra? ¡Seguramente se esté haciendo una paja pensando en el locutor de la radio!

Merle comenzó a reír de nuevo mientras tosía a su vez. Daryl hizo una mueca de disgusto e intentó pasar rápidamente por la sala de estar para llegar al baño y ducharse, pero la puerta principal estaba abierta y Merle lo vio.

—¡Hey, hermanito! —le llamó. Daryl lo miró indiferente.

—Merle, ¿dónde habías estado? —preguntó a su hermano mayor haciendo que éste arqueara un poco las cejas.

—Darylina, entiendo tus ancias de ser madre, pero te recuerdo que la nuestra murió hace mucho. —dijo sarcásticamente— No tengo por qué decirte dónde estuve. Lo importante... ¡es que ya estoy aquí!

—Claro. Seguramente estuviste tirado en alguna calle de Atlanta muriendo de sobredosis. No sería la primera vez que te pasa —Merle cambió su expresión estúpidamente simpática a una amenazante.

—Mira, si estás en tus días ¡allá tú! No seas desagradecido con tu hermano y vamos por unas cervezas.

—Ya he bebido.

—¡Y no me has invitado, hijo de puta! ¡Entonces con más razón! —antes de que pudiera recordarle a Merle que bebía solo siempre después de trabajar, éste ya le había pasado un brazo por el hombro y lo llevaba a la fuerza hacia fuera.

Cuando salieron al porche para irse, Daryl pudo sentir como la turbia mirada de su padre se pegaba a su nuca.

—¡Adiós, viejo! No te mueras hasta que vengamos —se despidió Merle.

—Muérete tú —le maldijo el señor Dixon pasando totalmente de la existencia de Daryl como siempre que Merle abría la boca.


La motocicleta iba haciendo peligrosas "S" por las calles del pueblo mientras que Merle tarareaba una canción desconocida y le gritaba a alguna mujer cada tanto. Daryl iba sentado detrás de él y sólo se limitaba a observar.

Un asqueroso vapor se levantaba del asfalto y el sol del atardecer pintaba todo el pueblo de un naranja intenso.

Debido a la velocidad en la que viajaba Merle, no demoraron en llegar al bar de mala muerte que siempre que podían frecuentaban.

—¡Hogar, dulce hogar! —exclamó el mayor de los Dixon mientras alzaba sus brazos ante el local. Ambos entraron, no sin antes saludar a un par de amigotes de Merle.

El lugar olía a tabaco barato, alcohol y a prostitutas, las cuales Merle prefería llamar "señoritas dadoras de amor".

Quizás por el calor, el bar estaba aún más lleno de lo normal y todas las mesas estaban repletas de gente (entre ellos mujeres y niños) con jarras gigantes de cerveza helada. A su vez, el fuerte bullicio y las risas de los borrachos no impedía que se oyera alguna típica canción country de los años setenta.

Daryl y Merle se dirigieron a la barra y tomaron asiento donde siempre. Daryl creía que debía de haber alguna razón por la cual esas dos banquetas estaban siempre disponibles. Quizás Merle hubiese hecho un trato con el dueño del bar, o más probable aún, todos sabían que esas banquetas eran de los Dixon y nadie quería problemas con Merle.

—¡Dos jarras de rubia, James! —gritó Merle al viejo que atendía la barra desde hacía años y quien para Daryl, parecía ser una persona demasiado amable para trabajar allí.

—¿Dos rubias, has dicho? —bromeó el viejo con Merle sin malas intenciones, como siempre.

—Eso sí que estaría genial —dijo el mayor de los Dixon y apoyó una de sus manos en el hombro de Daryl. Sabía que cuando su hermano hacía eso, se venía uno de sus bromas pesadas: —Pero las dos para mí, porque no creo que a Darylina le gusten las chicas.

James dirigió su mirada a Daryl mientras Merle reía de forma idiota nuevamente.

—Oh, Daryl. Hace tiempo que no te veo por aquí, ¿qué es de tu vida?

—Pues he comenzado a trabajar —dijo mientras el viejo les alcanzaba dos jarras con abundante cerveza —No es nada del otro mundo. Sólo ayudo a un par de albañiles en una construcción.

—Bueno... —interrumpió Merle. —Voy a echarme un meo, que el color amarillo intenso de ésta cerveza me lo pidió a gritos —se puso de pie. —No te vayas sin mí ¿Eh, Darylina?

Daryl asintió muy a su pesar mientras James se apartaba también para atender a otros clientes. De nuevo solo, y lo agradecía. Le encantaba la soledad porque nadie lo molestaría de esa manera.

De repente, el bullicio de la gente se detuvo y Daryl supo que había problemas. Siempre que pasaba algo en el bar, el silencio se hacía presente. Lo único que se podía oír, era el sonido de unos golpes y unos insultos muy fuertes. Daryl reconoció inmediatamente la voz de Merle.

Se dirigió hacia donde provenía el problema y vio a su hermano a los golpes con un hombre mucho más grande que él. Incluso más joven.

Aunque parecía que el tipo no había tenido muchas peleas en su vida y estaba bastante borracho, no hacía falta ser muy inteligente para darse cuenta que a Merle le estaban dando una paliza.

—¡Hey, Merle! —Daryl intervino y tomó a su hermano por los hombros deteniéndolo y alejándolo del grandote a su vez. No se metería en la pelea esta vez porque ni él ni su hermano podrían contra ese tipo.

—¡Déjame, mierda! ¡Voy a matar a ese hijo de puta! —protestó Merle enceguecido en furia.

—¡Ya te voy a matar yo, imbécil! —amenazó el otro hombre.

—¡No es mi culpa que tu mujer esté tan buena, oye! ¿Para que la traes a un lugar donde saben que la van a mirar, eh?

—Calla, Merle. No seas idiota —dijo Daryl.

—Hijo de pu... —El tipo venía con su puño listo para darle un golpe en el vientre a Merle, pero entonces una fina mano detuvo el enorme brazo bronceado. Era una mano pálida y pequeña, como la de un fantasma.

—Ed, basta —Una voz femenina hizo su aparición de una forma muy sutil y detrás de la figura del hombre se pudo ver a una pequeña mujer, de unos treinta y algo cuyo cabello rojizo y rizado le llegaba a los hombros. Los ojos grandes de un celeste potente se clavaron en los hermanos Dixon: —Lo siento.

—¿Lo sientes? ¡¿Lo sientes, dices?! —el gigante, que se llamaba Ed ahora se dirigió amenazante a quien supuestamente era su mujer. La mujer a la que Merle quizo coquetear.

—No era necesario...

—¡¿No era necesario?! —Ed interrumpió a su mujer. —Claro, entiendo. Lo que pasa es que a tí te encanta que te miren el culo, ¿verdad? ¡¿No es así, Carol?!

Ahora el show que todos observaban callados era la disputa matrimonial de los supuestos Ed y Carol. Merle y Daryl también eran espectadores hasta que Ed, gigante como era, alzó su enorme mano con intenciones de golpear a la mujer. Ella sólo se cubrió la cabeza con los brazos sin decir nada.

—¡Hey!, ¡¿qué mierda haces?! —Daryl se abalanzó hacia Ed, tomándolo para evitar que golpeara a su esposa.

—¡¿Y tú qué tienes que meterte rata de mierda?! —ahora Ed se dirigía hacia él.

—¡Si quieres golpear a tu perra hazlo en tu casa! —le enfrentó Daryl. Silencio. Ed le miró con odio y miró de vuelta a Carol con más odio aún. Sin decir nada le tomó brutalmente del fino brazo y se la llevó casi arrastrando.

—¡Eso haré, amiguito! ¡Eso haré! —exclamó Ed.

El bullicio volvió rápidamente luego de que todo terminara pero Daryl había quedado petrificado en el lugar del hecho.

Los ojos de esa mujer eran el reflejo de la tristeza misma y mientras su marido se la llevaba, ella clavó sus ojos en Daryl. Sus ojos imploraban piedad y estaban inundados en lágrimas.

Una sensación punzante se apareció en su pecho. Quizás tendría que haberse callado la boca.

—Daryl, las cervezas no van a esperar a que vuelvas a tierra —Merle le miraba sonriente de nuevo pero esta vez con un corte en la ceja.

Aún sin reaccionar, su hermano pasó nuevamente el brazo por sus hombros y lo llevó de nuevo a la barra.