20.

SOPHIA


En aquella prisión, las paredes de la sala de visita eran pálidas y frías a la vez que destilaban un hediondo aroma a humedad. Los zócalos de las paredes estaban cubiertos por un espeso moho verde oscuro y el suelo, que simulaba ser de baldosas económicas, era en realidad de pequeños y gélidos bloques de hormigón, desabridos como todo lo que se encontraba allí.

La sala contaba con una pequeña mesa con dos sillas de lo que aparentaba ser aluminio y a cada lado de la gruesa puerta de salida se encontraban dos oficiales de policía, custodiando y a su vez siendo escuchas de la conversación que mantenían los hermanos Dixon. En ningún momento Daryl se sintió incomodado por la presencia de aquellos dos hombres. Si bien debía de reconocer que en un pasado no muy lejano le hubiese molestado, en ese momento se mostraba conforme y dentro de lo que cabía, feliz de tener al otro lado de la mesa a Merle, ya que el simple hecho de que su demacrado rostro aún seguía con vida le daba cierta tranquilidad.

Pero Merle no era el mismo. Semanas atrás había dejado la casa que compartía con su hermano menor y su reciente concubina llevándose los pocos harapos que tenía y dinero que había conseguido prestado. Allí, con su mono naranja de convicto, se acariciaba con ansiedad las muñecas marcadas por las esposas que había traído puestas unos minutos atrás y se preguntaba por qué mierda Daryl lucía tan tranquilo, como si estuviese dirigiéndose hacia él en el living-comedor de la casa Dixon, como si estuviesen tomando un par de cervezas en el porche de ésta última.

–Te han dado seis meses –las palabras de Daryl salieron con un exasperante tono de decepción y los ojos de su hermano mayor, los cuales se mantenían fijos en la mesa, se dirigieron a los suyos, cuestionándolo.

Algo había cambiado dentro de la mente y corazón de Daryl y Merle de alguna manera podía verlo. Nunca había sido una persona muy empática pero conocía a su hermano pequeño y desde sus gestos hasta la forma en la que se dirigía hacia él, podía apreciar una ruptura que no supo descifrar qué era; así como no podía descifrar si se encontraba feliz o sumido en una profunda depresión.

–Dime algo que no sepa –desafió Merle acomodándose en el asiento carcelario. Uno de los oficiales tosió como queriendo disimular una carcajada y él apartó la mirada de Daryl para clavarle las pupilas al hijo de puta uniformado, tal cual fuesen puñaladas.

–La próxima vez te darán dos años. Incluso pueden que te los den ya mismo si no confiesas quién te vendió esas mierdas –Merle no entendía. Por un momento sintió que Daryl le estaba dando órdenes y eso lo mosqueó enormemente, al punto de apoyar casi la mitad de su torso sobre la mesa para desafiarlo.

–¿De dónde carajo sacaste toda esa preocupación y consejos? ¿Te vas a meter a cura? Si es lo que te falta, marica. Te desconozco.

–No he venido hasta Atlanta para que me trates como a un puto perro, Merle.

–¿A qué has venido entonces? Yo no te pedí que vinieras, ni siquiera te dije que había caído aquí nuevamente –atacó.

Daryl frunció el ceño. Era verdad. No sabía realmente porqué se encontraba allí y no podía sermonear a su hermano. La última vez que Merle había estado tras las rejas por posesión de drogas ni siquiera se había molestado en averiguar en qué centro penitenciario se encontraba porque conocía a Merle y siendo el hijo de su padre que era, se las podía arreglar muy bien solo en un ambiente como aquel.

Pero esa vez era diferente. Si bien no tenía idea de qué lo había motivado a subirse a la motocicleta con la rapidez de un rayo ni bien escuchó en el bar de Locust Grove el rumor de que Merle estaba preso, sí supo inmediatamente ni bien entró a la sala de visitas que había algo distinto en el otro hombre.

–He venido para que me digas qué carajo pasó –concluyó Daryl luego de una larga pausa en la que comenzó a sentirse intimidado por la presencia de los dos oficiales.

–Ya sabes qué pasó. He pecado, padre. Que Jesucristo me perdone por consumir sustancias prohibidas por el Señor, amén –el tono burlón de Merle le crispó los nervios.

–¿Nada más? –Esta vez fue Daryl el que se abalanzó sobre la pequeña mesa– He venido hasta aquí para hacerte las cosas más fáciles, no pierdas la única oportunidad en la que estoy siendo jodidamente amable contigo.

El mayor de los Dixon se acomodó en su silla y esta chirrió un poco bajo sus pies. Una sonrisa sarcástica se dibujó en su rostro.

–¿Tan aburrido te tenía tu putita en casa que has decidido venir a reírte de tu hermano pudriéndose en esta pocilga?

A Daryl se le tensó la mandíbula y se le enfrío la expresión al oír aquello. No le sorprendía lo que había escuchado ya que de un burro no podía esperar más que una patada, pero que le recordara a Carol y como ella le había mirado hacía unos días cuando supo que dentro de su vientre cargaba un hijo suyo, hizo que se le estrujara el corazón. Si es que aún tenía corazón.

Desde aquel fatídico acontecimiento, Daryl había estado demasiado fuera de sí. Los instintos le dominaban y aunque desde que tenía memoria siempre había sido un impetuoso hijo de puta, sus acciones nunca le habían llevado a hacer cosas por los demás y a preocuparse por su hermano más de lo que quería. Daryl quería centrar toda su atención en Carol y en lo que habían estado viviendo pero no podía permitírselo, por lo que quizás fue aquello lo que lo llevo a depositar todas sus energías en Merle.

–Está embarazada –soltó de repente, como una confesión que había estado deseando hacer desde que puso un pie en ese lugar. Inmediatamente, Merle lanzó la carcajada más hiriente de su vida para, acto seguido, mirar a su hermano sonriente, mostrando aquella dentadura demacrada por las metanfetaminas. Daryl supo lo que se venía.

–No me digas, ¿y es tuyo? –el sarcasmo inundó el lugar más aún que el hedor del moho y el pequeño de los Dixon comenzó a sentirse muy observado.

–Me recuerdas tanto al hijo de puta de Charles, Merle. Ojalá se esté pudriendo en su tumba –dijo entre dientes, conteniéndose de enloquecer y con la imagen de Carol plasmada en la cabeza–. ¿Recuerdas que él se burló de ti de la misma manera cuando Paris vino con la feliz noticia de que esperaba un hijo?

Algo sucedió: Merle tragó saliva y sus ojos se oscurecieron, tanto que por unos segundos se vio obligado a bajar la mirada hacia sus pies. El mayor de los hermanos respiró profundo, se acarició la frente, resopló aguantándose lo que parecía ser una mezcla de angustia e ira, odio a sí mismo y a todo el mundo.

–Cinco minutos, Dixon –la voz de uno de los oficiales cortó el tajante ambiente y Merle asintió sin decir nada, por primera vez en toda la jornada.

–Ya que estamos dándonos noticias, hermanito –Merle aclaró su garganta mientras aún trataba de evitar el contacto visual con Daryl, cosa que a éste último le confundía bastante; –Paris murió.

Era cierto que Daryl no había tenido mucho contacto con Paris más allá que las situaciones en la que la pobre mujer se había visto envuelta con su hermano. Recordaba la tarde en que se apareció frente al porche de su casa, con el cabello color de paja y el rostro redondo, acariciándose el aplanado vientre y con los ojos llenos de lágrimas. Tristemente, aquella era la imagen más saludable que Daryl tenía de su intento de cuñada. Las drogas y su obsesión por Merle la habían llevado a una perdición tan grande en la que ni siquiera se había permitido llorar.

–Lo siento –fue lo único que pudo decir el menor de los Dixon.

–No. No lo sientas –Merle esbozó una sonrisa grotesca y tan forzada que parecía que iba a morder a alguien en cualquier momento–. Yo la maté.

Daryl pudo sentir como los policías se miraban entre ellos, y como uno de los dos, no sabría decir cuál, avanzó uno o dos pasos hacia su hermano. ¿Con qué fin? Tampoco lo sabía.

–No digas idioteces –dijo en tono nervioso, tratando de que Merle retirara lo dicho. Es que no era cierto, ¿no? Merle no sería capaz de matar a nadie. Que era un drogadicto, borracho, racista, eso sí… pero, ¿matar a una mujer? ¿Matar a Paris?

–Le dije a la muy puta que no se metiera tanta mierda –soltó entre dientes el mayor de los hermanos, mientras apretaba los puños una y otra vez como si estuviese conteniéndose en golpear a alguien. Merle estaba dolido, más dolido que nunca y Daryl pudo ver eso. No era culpa, era dolor. El más puro dolor–. Le dije: "Paris, imbécil, este crack es una mierda y lo sabes. Que lo haya pagado yo no significa que estés obligada a tomarlo". Pero yo estaba muy drogado, y ella también. Y empezó con la misma mierda que siempre trae a flote cuando está hasta el culo de droga mala, empezó a hablar del bebé… el feto, el que nunca nació…

De repente la sala de espera se había vuelto mucho más fría. El recuerdo de un hijo no nacido hizo estremecer a un Merle que se estaba conteniendo de no llorar y a un Daryl el cual el tema lo tocaba muy de cerca. Quizás más cerca que nunca.

–Me tiré a la cama esperando a que se callara y a que se dignara a follar conmigo de una vez, y me adormilé. –Soltó una carcajada amarga –. Sí, me adormilé y estaba hasta las bolas de crack. Sería mala esa mierda, ¿no?

–Dixon, hora de volver a tu celda –interrumpió uno de los oficiales, el más joven de los dos y Daryl sintió el gusto de la bilis en la garganta. De ser por él, le hubiese partido la cara ahí mismo a ese mal nacido. Merle no pareció escuchar, siguió sentado en la incómoda silla de aluminio.

–Cuando desperté, fui al baño a mear y por un momento me había olvidado de Paris, hasta que miro a una de las vigas del techo y veo que se había colgado con una sábana, la muy zorra –el hombre volvió a reír, con una risa que su hermano nunca le había visto: una risa derrotada, una risa que contenía todo lo contrario a lo que podía significar. Una risa que contenía odio y aflicción.

–No fue tu culpa –se apresuró a decir Daryl mientras veía como el policía le colocaba las esposas a su hermano. Le quedaban demasiado pequeñas y se le incrustaban en las muñecas.

–Sí lo fue, hermano –dijo mientras le ponían de pie– Los Dixon somos una mierda y lo sabes. Como padres, como hermanos, como hombres. Servimos para drogarnos y cagar vidas, ¿para qué sino? Ahora dime –Merle hizo un poco de fuerza y los esfuerzos del joven oficial para sacarlo de allí fueron en vano–: ¿estás preparado para cagarle la vida a un hijo?

Cuando los dos uniformados se llevaron a Merle, Daryl quedó solo en la sala de visitas, frente a la mesa vacía. La voz rasposa de su hermano había dejado lugar a un hueco enorme y la cabeza de Daryl se llenó de preguntas.


El mono naranja se le pegaba al ancho cuerpo como si fuese una asquerosa segunda piel. Sobre la pequeña mesa, Ed Peletier hizo tronar sus dedos tres veces. Los ojos del hombre que tenía en frente dejaban entrever el desprecio que le tenía.

–¿Así que el imbécil de Dixon no sabía nada? –Ed dejó salir una risa gutural mientras se acariciaba una cicatriz que tenía entre ceja y ceja, allí donde Daryl Dixon le había dado un puñetazo hacía ya bastante tiempo–. Conozco tan bien a la imbécil de Carol. Mierda, ¡la conozco tan bien! Ese infeliz debería estar aquí agradeciéndome, no tú.

–Cierra la puta boca y dime cómo te enteraste que estaba embarazada –Fred no tenía tiempo que perder. Hacía días que el menor de los hermanos Dixon había renunciado y desde que faltaba un peón, el trabajo parecía haberse multiplicado.

Fred no podía esperar otra cosa: era obvio que iba a renunciar. Daryl no era como su hermano mayor y lo había demostrado. De ser como él, el problema no se hubiese solucionado sin que una de las dos partes derramara sangre. Se preguntó qué pensaría Daryl si se enterase que todo aquello que se había montado era por culpa de Merle.

Ed frunció el ceño ante la imposición del albañil. Odiaba qué le exigieran cosas.

–El que me tiene que dar explicaciones eres tú a mí. Llegas un día a este infierno y me exiges que suelte cualquier cosa que pueda hundir a esos famosos Dixon, como si yo supiese algo más aparte de que uno se está follando a mí mujer. O puede que los dos, nunca se sabe con esa puta.

–No, sólo uno se la folló. Y se la folló lo suficientemente bien como para dejarla preñada. –De repente sintió un atisbo de ira enorme–. El mayor, estaba demasiado ocupado follando y matando a otra mujer.

El hombretón dejó entrever la rota dentadura en una patética sonrisa y entonces Fred supo que había hablado demasiado. Ed Peletier había perdido varias piezas dentales en una pelea de bar, la última que había tenido antes de que lo llevaran al hospital y se encontrase allí con su esposa.

Ed sangraba por cada centímetro de su cara pero aun podía seguir oyendo perfectamente, y el destino, que al parecer era tan mal nacido como él, lo había hecho parar en la patética sala de emergencias de Locust Grove, pequeña y poco amueblada, donde los ecos ayudaban a llevar palabras a personas que no deberían estar escuchando.

Y eso fue lo que sucedió: herido y borracho pero consciente, Ed pudo oír la voz de la enfermera dándole las "buenas noticias" a la que alguna vez compartió su cama, a la que alguna vez llevó al altar y a la que alguna vez tuvo que golpear por ser la puta que él creía que era.

–¿No me digas que el Dixon mayor mató a tu doncella? –Ed atacó de forma burlona. Si había algo que le encantaba a Peletier era la sumisión que mostraban las personas al darse cuenta que la habían cagado; sus ojos de cachorro perdido, el olor a miedo que desprendían.

–Púdrete, imbécil –Fred hizo el ademán de ponerse de pie y retirarse pero inmediatamente se vio limitado por la presencia de dos uniformados que habían pasado totalmente desapercibidos a los lados de la puerta. Sentía que había dejado su hombría machacada frente a un convicto y no se iba a ir sin decirle al baboso de Ed todo lo sucedido. Con suerte, el mal nacido moriría allí, golpeado hasta la muerte por otro de los presos y Fred lo agradecería.

–Paris –dijo casi en un susurro. Peletier arqueó las cejas sin entender. –Era una prostituta de aquí, de Atlanta. Murió hace casi un mes por culpa de Merle Dixon. Yo la conocía…

–Querrás decir te la follabas –corrigió el otro hombre, el cual volvía a tener aquella sonrisa babosa en el rostro lleno de cicatrices recientes.

–Me la follaba, sí. Y la quería, también. Desde hace mucho, desde antes que ella conociera a la mierda de Merle. No sé qué fue de él, posiblemente también esté muerto, pero alguien tiene que pagar las deudas cuando muere el deudor.

–¡Increíble! –Ed se llevó los brazos a la nuca, simulando una expresión de sorpresa pero su tono de voz estaba inundado de sarcasmo–. Y pensar que cuando te contraté para construir mi mierda de casa parecías poco más que un desgraciado que mendiga limosnas. Resultaste ser un vengativo hijo de puta.

Los ojos de Fred se dirigieron a los oficiales; parecían dos estatuas de piedra, inertes. Sus rostros no demostraban ninguna emoción pero internamente sabía que se estaban riendo de él.

–Ya te lo dije: púdrete. Y ya averiguaré cómo supiste lo de Carol. Locust Grove es un pueblo pequeño después de todo.

El albañil dejó atrás la sala de visitas y con ella, la fría prisión. Se subió a su camioneta y se fregó los ojos. Caía la noche en Atlanta y mañana tenía mucho trabajo que hacer… Aunque de todas maneras no era lo suficientemente tarde para emborracharse un poco en honor a Paris.


El talkshow llevaba ya casi media hora de comenzado cuando Carol anunció que estaba pronta la cena. Daryl apartó los ojos de la televisión y la miró cansadamente: la pelirroja estaba a pocos metros de él con dos platos, uno en cada mano, los cuales contenían dos pequeñas tortillas de papas y unos bifes bien jugosos. El estómago le rugió; desde que había estado en Atlanta en la mañana no había ingerido nada más que cervezas.

Daryl se puso de pie a la vez que se colocaba un nuevo cigarrillo en los labios, siguió a Carol hasta la mesa que no estaba muy lejos del sofá y ambos tomaron asiento; uno bastante apartado del otro.

En nada se parecía a aquel lejano tiempo en que vivían pegados y lo único que hacían era besarse, abrazarse y acostarse. Últimamente casi no se hablaban y el nuevo trabajo de Daryl en una gasolinera le llevaba la mayor parte del día y hasta a veces, la noche, cuando hacía horas extras para ganar un par de dólares más.

El hombre hizo ademán de encender el cigarrillo y entonces recordó que estaba al lado de una mujer embarazada por lo que entre maldiciones, lanzó el tabaco a un lado.

–Puedes fumar, es tu casa –dijo Carol con aquel tono de voz que últimamente a Daryl le crispaba tanto. Era un tono indiferente y cuando se dirigía a él ya no le miraba a la cara; seguramente porque ya no podía hacerlo por vergüenza.

–Y el bebé que se pudra, ¿no? –atacó y aunque tenía el cerebro inundado de cerveza pudo sentir como los ojos fríos de Carol se clavaban en él.

–No puedes ponerte así por un cigarrillo. Si quieres, fuma. No me molesta, puedo cenar en la habitación –otra vez la indiferencia. Daryl sintió como perdía el apetito.

–Basta. Come aquí, yo ceno luego –concluyó y volvió a tomar el cigarrillo. Al intentar pararse se tambaleó y pudo ver como la mujer se alarmaba, intentando sostenerle. –Déjame.

El menor de los Dixon, y el único que quedaba en aquella devenida casa, salió al porche. El otoño se había instalado como había hecho Carol en su vida y el aliento se le condensaba en el aire. Sintió como los vellos de los brazos se le erizaban y se lamentó por no traer su chaqueta.

Su chaqueta de cuero. La de las alas. La que Merle había conseguido en un encuentro de motociclistas y extrañamente había decidido regalársela. La misma chaqueta que había usado la noche en que creyó enamorarse de Carol. Resopló.

Carol estaba detrás suyo y él no tardaría en notarlo. La mujer tenía aquella presencia que es difícil pasar por inadvertida. Ella no sabía por qué había decidido seguirle pero la realidad era que se le había hecho un nudo en el estómago y si comía algo no iba a poder retenerlo, ya que las naúseas parecían haber empeorado en el último tiempo al igual que el resto de aspectos de su existencia.

Tenía que comer, para mejorar su anemia; por el bebé y por ella, pero no podía. El giro que había dado su vida en unos pocos meses había sido tan drástico que a veces se preguntaba como seguía en pie. Había pasado de la mejor luna de miel del mundo a un martirio que no lograba soportar: estaba casi segura que Daryl le odiaba pero no podía decirlo con exactitud porque siempre estaba ebrio y las pocas veces que hablaban terminaban discutiendo ¿Era aquello a lo que estaba destinada? ¿A sufrir, sufrir y sufrir?

Daryl la miró por sobre sus hombros a la vez que despedía una bocanada de humo por la boca. Tenía el rostro huraño y una cicatriz debajo de un ojo pero Carol en su vida había visto un hombre tan atractivo. De repente sintió el deseo de desnudarlo ahí mismo y montarse sobre él, en el porche, frente a la acera, frente a los vecinos, no le importaba; quería hacerle entender que lo amaba.

–Te vas a enfermar –dijo él con su típica voz ronca.

–Tú también.

–Pienso hacer algunas horas extras hoy –cambió de tema de repente –. Las cuentas se acumulan. Fred sería un hijo de puta pero pagaba medianamente bien.

–Deberías volver a trabajar con él –aconsejó ella pero Daryl se lo tomó a mal, como se tomaba todo últimamente.

–¿Es una broma, cierto? –cuestionó, aun dándole la espalda pero con un tono que denotaba toda la molestia del mundo.

–No, no lo es. Habla con él –Carol comenzaba a hartarse. Entendía que de cierta manera era comprensible el enfado y el desprecio de Daryl pero sus actitudes tercas iban más allá de su relación. Siempre había sido un terco y un orgulloso y tendría que cambiar eso si quería ser alguien en la vida.

Daryl lanzó la colilla del cigarrillo al suelo y la pisoteó con fuerza. No se animaba a darse la vuelta y mirar a aquella mujer porque no sabía cómo iba a reaccionar: sabía que lo que decía le provocaba furia pero últimamente se desconocía tanto que igual la terminaba besando allí mismo. Y hacía tanto tiempo que no le besaba.

Ni siquiera dormían juntos. Con la excusa de que el cuarto de Merle se iba a llenar de ratas y alimañas si seguía así de abandonado, Daryl empezó a pasar la noche allí. Era muy notorio que el motivo era evitar dormir con Carol y ella se daba cuenta; aun así nunca mostró oposición cosa que el hombre no sabía si le molestaba o lo agradecía.

Carol seguía durmiendo en la habitación de él, y llenando cada rincón con su esencia: los rincones que una vez supieron estar llenos de porquerías que cazaba con su hermano y pósters de conejitas Playboy, y no lo lamentaba. Pero la casa Dixon no era un lugar para una mujer como Carol y para un bebé: aquella edificación había visto demasiadas desgracias, demasiada mierda y maldad.

El bebé era suyo y lo había sabido recientemente pero aun así no iba a dejar que creciera en el lugar que él siempre odió.

–Es hora de que te vayas –soltó de repente, y sin tener que verla directamente pudo sentir la sorpresa de Carol.

–¿Que me vaya?

–Que te vayas. Con tu madre, con tus hermanas.

–¡¿Me estás tomando el pelo, no?! –exclamó enfurecida la mujer y de la nada Daryl sintió una ligera e incómoda tranquilidad: la indiferencia había desaparecido.

–No. No quiero que mi hijo nazca y crezca en esta pocilga llena de mierda.

–Pero quieres que nazca y crezca rodeado de la familia que lo odia, ¿cierto? –Carol sintió las mejillas hirvientes y la sangre que bombeaba con furia en su yugular.

–No tienes ni puta idea de lo que es que tu familia te odie –Daryl tuvo que darse la vuelta por respeto. Hablaba muy en serio y quería que Carol entendiese aquello.

La mujer tragó saliva violentamente a la vez que apretaba los labios, al punto de que sólo fueron una fina línea, dura y recta. Tenía los ojos vidriosos pero no de lágrimas, sino de furia. Daryl estaba hartándose pero Carol también, y por más que se ame a una persona, no hay razón para que dos adultos se comporten de una manera tan infantil.

–Si no me soportas, dímelo. Pero no me vengas con el cuento de que no sé lo que es el odio porque lo he sentido casi igual que tú –Daryl se quedó mirándola en silencio por unos segundos y Carol por un momento se sintió desnuda. Una ráfaga fría sopló en el porche y ella trató de darse calor con los brazos.

–Mi madre murió en esta casa, Carol. Mi padre me golpeó en esta casa. Mi hermano se drogó, folló y trajo putas a esta casa, y cuando salga de la prisión lo volverá a hacer. No quiero que mi hijo crezca aquí, no quiero que mi hijo sea un Dixon más.

–Hablas como si ser un Dixon fuese una mierda –la mandíbula de la mujer temblaba a pronunciar aquellas palabras–, pero te olvidas que tú eres uno y sé que serás el mejor padre del mundo para este bebé –sus ojos seguían vidriosos pero esta vez de lágrimas. Carol puso todas las fuerzas del mundo para no derramar ninguna: ya había llorado demasiado.

–Yo también soy una mierda, Carol. ¿Te tengo que golpear como lo hacía tu marido para que te convenzas? –Daryl tomó aire, al ver que Carol no respondía, prosiguió–: Te quiero a ti y a ese niño lejos de esta casa, lejos de este pueblo, lejos de mi hermano y lejos de mí. Trabajaré duro y te enviaré dinero todos los meses, el suficiente para que en un tiempo puedas irte de la casa de tus padres. Si es necesario venderé toda la mierda que hay dentro de esta puta ratonera…

–No quiero que mi hijo crezca sin un padre –la ira de Carol se había transformado en llanto. Un llanto silencioso.

–Mira, a veces es mejor crecer sin uno que tener una mierda de padre. Yo hubiese preferido no tenerlo, si me hubiesen dado a elegir. Si a Charles Dixon se le hubiese ocurrido morirse antes o abandonar a mi madre cuando aún había tiempo, quizás yo me hubiese ahorrado unas cuantas cicatrices; quizás fuese un hombre diferente.

Carol cerró los ojos y suspiró, agotada. Internamente sabía que no valía la pena discutir y que de nada servía seguir viviendo así. Amaba a ese hombre, lo amaba con locura pero estaba harta de pasarla mal. Él también la amaba y ella lo sabía, pero su orgullo era demasiado grande para aceptar perdones y estaba demasiado herido para que sólo ella pudiese sanarlo.

–Está bien –cedió la mujer entre llantos. Temblaba de pies a cabeza y estaba muerta de frío–. Pero no me aceptarán, Daryl. Lo sabes. Me desprecian.

–Hablaré con ellos. Mañana iré a tu pueblo –decidió de repente. No sabía si hacía lo correcto: de nada conocía a la familia de Carol y si la despreciaban a ella, más aún lo despreciarían a él. –Entra, mujer, por favor. Estás helada.

–Sólo si tú entras conmigo –la voz de Carol era un débil sonido pero sus ojos volvían a estar abiertos y estaban clavados a los de él. De un momento a otro, Daryl sintió calor.

La abrazó sin palabras de por medio y así fue que se dio cuenta de que estaba aún más delgada que la última vez que lo había hecho. Sus menudos hombros desnudos por la camisilla de tirantes estaban congelados y su piel había adquirido un tono azul, no sabía si por la luz de la luna o por el frío.

Le besó la frente y Carol se aferró con fuerza al cuello de su camiseta, como si fuese lo último que le quedaba en el mundo. La respiración entre cortada y tibia de la mujer en su cuello le dejaron en claro que estaba tan desesperada por ese contacto como él.

Ella elevó el rostro buscando sus labios y lo besó pero Daryl no opuso ninguna resistencia. No podía resistirse a aquello. Sus besos eran dulces y los de él, de cerveza y tabaco. No tardaron en dejar atrás el romanticismo y desatar la pasión cuando el hombre se dirigió a su cuello y lo mordió sutilmente a la vez que sentía como por debajo de la camisilla los pezones de la mujer estaban tiesos. Él también lo estaba.

Inesperadamente, ambos estaban entrelazados dirigiéndose como podían al sillón de la sala, en el cual, fue Carol quien tumbó a Daryl poniéndose ella encima de él. Él se sorprendió ante esto ya que la mujer siempre había sido más de "dejar hacer" en lo referente al sexo, pero en aquel momento sus ojos detonaban lujuria contenida y a Daryl le gustó. Tanto, que hasta sonrió.

Carol también sonrió un poco pero no por timidez. Se quitó la camisilla con toda la determinación del mundo y dejó a la vista de su amante sus dos blancos pechos, los cuales estaban más voluminosos desde el embarazo y cuando él los acarició, la mujer soltó un gemido, inesperado y deseado a partes iguales. Hacía tiempo que deseaba aquello.

El talkshow llegaba a su fin. Carol desabrochó los pantalones de Daryl mientras él le besaba y mordía el pecho derecho, y tomó entre una de sus manos el miembro de él. El hombre se echó hacia atrás, perdido en el tacto de ella.

–¿Harás horas extras hoy? –interrogó juguetona pero no sin malicia. Daryl le lanzó una mirada de suplicia mientras negaba con la cabeza y Carol sonrió. Era perfecto tenerlo allí todo para ella.

Daryl ayudó a Carol a deshacerse de sus pantalones y la tomó violentamente por los glúteos. Mientras ella se posicionaba sobre él, el hombre le acariciaba la espalda y le besaba todo rastro de piel descubierta.

Y se dio. El contacto que habían estado anhelando por fin llegaba y volvían a ser uno. Desnudos y en una sala de estar a oscuras a no ser por la televisión encendida, Carol comenzó a moverse lentamente. Mientras sus caderas subían y bajaban, la mujer acarició el cabello de él y se divirtió con el rostro de hipnotismo que el hombre tenía.

–Esta es mi despedida –dijo Carol de repente–. Prométeme que no será la última vez.

Daryl tomó el rostro de ella entre sus callosas manos y lo acaricio mientras no dejaba de moverse.

–No será. Por más que quiera, no será. Mierda.

Se besaron y estuvieron así un buen rato, hasta que ambos llegaron al clímax y se encontraron satisfechos por el momento. Los dos tenían ahora la frente perlada por el sudor y el cuerpo de Carol estaba lleno de mordiscos que Daryl había dejado por aquí y por allá.

–Exijo una explicación –dijo Daryl mientras volvía a abalanzarse hacia ella–. ¿A qué viene todo esto?

–Ya te lo dije, una despedida –comentó Carol mientras se arreglaba el cabello pelirrojo cada vez más largo–. Y sólo hay una despedida –lanzó, al ver cómo Daryl le besaba cada vez más debajo en el vientre, pero se detuvo, en el ombligo.

–Que esto no nos confunda. Hemos tomado una decisión –dijo el hombre sintiendo que estaba cortando con el maravilloso ambiente pero para su sorpresa ella asintió, aprobando lo que decía.

–Intenta hablar con ellos, mañana –últimamente Carol no se refería a sus familiares por el nombre–. Si se ponen violentos, regresa.

–No soy tan tonto. Si se niegan…

–Buscaré un motel.

–No. Venderé esta mierda de casa si es necesario, ya te lo he dicho, pero quiero que mi hijo esté en un ambiente sano. –Miró el vientre de Carol por unos segundos–. ¿O hija?

–Puede ser cualquiera de las dos –el momento que habían vivido había quedado atrás y Carol volvía otra vez con su extraña indiferencia. Era como su escudo protector ante temas que le hacían daño. Un rato antes se había dicho que tenía que comportarse como una adulta y sin embargo, una cosa llevó a la otra y ahora estaba desnuda frente al hombre con el que había estado discutiendo.

Pero no podía culparlo. En parte tenía razón.

Carol miró a las paredes desquebrajadas y al techo tan poco seguro. El piso frío, los muebles viejos, el olor a quemado que aunque hubiesen pasado tantos años desde aquella tragedia seguía impregnando el aire.

–Me gustaría una niña –confesó Daryl para sorpresa de Carol.

–¿Ah, sí? –preguntó la mujer saliendo de sus pensamientos. El hombre se encogió de hombros como queriendo ocultar que de repente había sonado muy cursi.

–Quizás si es chica herede más de tu parte que de la mía. Y no me refiero a lo Dixon –aclaró al ver la cara de la mujer–. Me refiero a que quizás sea pelirroja, como tú.

El talkshow había terminado hacía ya varios minutos y en la vieja televisión de la sala-comedor de la casa de los Dixon, comenzaba una película. En aquel canal local y de poca monta de Atlanta (cuya señal llegaba bastante mal a Locust Grove), acostumbraban a dar películas clásicas a aquellas horas de la noche. Dado a que la audiencia ya había terminado de cenar y se disponía a irse a la cama, un buen clásico de Hollywood, tranquilo y sin violencia, siempre era bienvenido.

En aquel momento comenzó una cinta que Daryl parecía conocer muy bien ya que se sobresaltó cuando comenzó.

–Esa película…

–No sé cuál es –confesó Carol confundida, tratando de buscar en la imagen distorsionada algo que le sonara.

–Mi madre amaba esa película más que los putos talkshows. Trabaja esta mujer… la que está muy buena… –se puso a pensar dubitativo.

–Pues no sé, la verdad. Igual si la película es tan vieja, la actriz no esté tan buena ahora –Carol no pudo evitar lanzar una risita, pero Daryl no se dio cuenta. Estaba perdido en la pequeña pantalla.

–Recuerdo que mi madre tenía en VHS esta cinta. La veía tantas veces que tengo pegada en la cabeza la puta banda sonora. Y la actriz… la actriz… –Carol no prestó atención y dejó que Daryl siguiera intentando adivinar el nombre de aquella actriz perdida en la historia del cine. Mientras se vestía vio la cena fría sobre la mesa.

–Sophia Loren –lanzó el hombre de repente.

–¿Qué?

–El nombre de la actriz. Sophia –los ojos de Daryl se clavaron en los de ella y por un momento Carol pareció comprender lo que quería decirle, pero realmente no podía estar pasando.

Durante mucho tiempo Carol soñó con el momento en que quedara embarazada y su marido y ella eligieran el nombre del bebé. Cuando por fin aquel pequeño milagro sucedió en su vientre, Carol estaba tan consternada y fuera de sí que no se había planteado en ningún momento que nombre le pondría a la criatura. Incluso había dejado el hecho de darle importancia a aquellos detalles que eran de una mujer que ya no era ella, aunque en aquel momento y como una extraña magia sintió un ligero cosquilleo de ilusión.

–¿Te gusta ese nombre? –preguntó Carol mientras intentaba luchar con sus emociones.

–Sí. Si es una chica, llamémosla así. Llamémosla Sophia.