Disclaimer: How to train your dragon no me pertenece, es propiedad intelectual de Cressilda Cowell y fue animada por DreamWorks.

Advertencias: AU. Lemon. Sobrenatural. Trama-crack. Parejas crack.

Aclaración: Este fic responde al Reto #4 "Halloween" de Caldo de Toohcup para el Alma.

Pareja(s): Toothless/Hiccup. Secundarias: Wodensfang/Heather, Eret/Stormfly, Furious/Ruffnut. Menciones Wodensfang/Hiccup I, Furious/Hiccup II.

Lilith: Espero que les guste, antes de comenzar, quiero especificar lo que yo denomino "Trama-crack". Se trata de cambiar los roles y parentescos entre los personajes establecidos en la historia original, es decir, por ejemplo, si Hiccup y Snotlout son primos, yo puedo ponerlos como hermanos, padre-hijo, etcétera. La razón es que me gusta jugar de esta forma con los personajes, así que si sientes un poco de incomodidad por esto, lo siento, pero lo seguiré haciendo en mis historias.

Disfruten el capítulo.


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Capítulo Uno

Sobrenatural

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"No quiero ver tus ojos… porque me muestran lo que soy, mi verdadero valor, el infinito universo que reflejan… por favor, no me mires así. Porque tiemblo, porque me aterra pensar que puedo perderme con sólo mirarte"

—Caín Len Kiryû, en prensa.

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Año 3018.

Montaña del Lamento.

El suave viento meció con pereza los decaídos robles y las burlonas acacias, provocando música de sus hojas al agitarse en un perpetuo sonido melancólico que llegó hasta los finos oídos de Toothless.

Ahí, recostado sobre el césped seco del jardín de su mansión, dedicaba su tarde a disfrutar de la sinfonía escrita por la naturaleza, entonadas con una belleza incomparable. A la vez, gozaba del compositor de las melodías, acariciando su rostro y despeinando sus cabellos. Sin importar sus 180 años, seguía disfrutando del delicado tacto del viento.

¡Cuánta tranquilidad podía apreciarse así, con el mundo en calma y el viento y los árboles cantando!

Además, los aromas de los compuestos químicos de cada cosa que le rodeaba, eran un placer que sólo una nariz tan pulcra como la de su especie podía apreciar.

Olía las hojas ocreas, las rojizas, las amarillentas de los árboles; el burbujeante olor a soda de las nubes, el cálido dulzón de las pocas frutas que se cosechaban en otoño y del fresco aire de montaña.

—Podría morir en este instante —dijo a la nada, cerrando los parpados y respirando hondo—, sin dudarlo siquiera.

El sonido singular y casi imperceptible a su lado lo hizo chistar con molestia, y agazaparse de costado para evitar contacto con el intruso que usurpaba su calma. Por el contrario, el otro no se inmutó, simplemente se sentó con la espalda recta, enfocando su mirada aguamarina hacia las montañas rocallosas del oeste, bañadas por la luz preciosa del ocaso.

—Esta noche iremos de cacería —informó el recién llegado con voz ausente. Era un muchacho de apariencia veinteañera, corto cabello blanco y piel extremadamente pálida. Iba vestido con un traje azul marino sin el saco ni la chaqueta, la camisa blanca hecha de fino lino resaltaba la pulcritud de sus ojos aguamarinas.

—Bonita forma de arruinarme la tarde, Wodensfang —espetó Toothless con desagrado, levantándose sobre sus codos para enfrentar la expresión impasible de su hermano—. No recuerdo haberte pedido que me informaras de las campañas de Drago para terminar con los humanos.

Wodensfang lucía indiferente al reproche en los irises verdes, y eso incomodó más a Toothless, maravillado y harto de la sensatez de su hermano mayor.

—Es la última. Según los informes de Cloudjumper, sólo queda un escondite de la resistencia humana —dijo Wodensfang impoluto—. Al igual que los Elfos, los Duendes y las Brujas, los humanos serán exterminados.

—¿La última? —inquirió Toothless, ligeramente impresionado. Luego bufó con pulla—. Furious se ha estado divirtiendo en mi ausencia, supongo.

—Fue tu decisión dejar atrás los campos de batalla —dijo Wodensfang, apuntando con tranquilidad un hecho, pero ganando una mirada airada de Toothless de todos modos—. Furious tuvo que hacerse cargo por tu falta de compromiso, y ha logrado todo en menos tiempo de lo calculado.

—Como sigas alabándolo, pensaré que en verdad te cae bien, Woden —comentó Toothless burlón.

Pero Wodensfang estaba acostumbrado a esa clase de comentarios. No por nada había vivido desde principio a fin la enemistad de sus dos hermanos menores. Sabía que nada de lo que dijera sobre Furious, le importaría a Toothless. No se odiaban a muerte, pero eran competitivos y Furious se divertía de hacerlo rabiar, de mostrarle que seguía siendo el menor de los tres, y Toothless, tan inmaduro a veces, respondía con arranques de ira siempre.

—Partiremos apenas se oculte el sol —finalizó Wodensfang, levantándose con lentitud y metiendo las manos a sus bolsillos—. No debes faltar. Nuestro padre quiere que los tres estemos ahí en un momento tan… importante.

Pero eso no le importaba a Toothless.

—¿Hookfang y Meatlug estarán también? —preguntó esperanzando.

Wodensfang emitió una pequeñísima sonrisa.

—Claro, son los generales principales de las tropas —dijo.

—Tal vez vaya, entonces —comentó Toothless con fingida indiferencia, recostándose de nuevo en el pasto.

Wodensfang no dijo más. Así que se convirtió en una parvada de cuervos con ojos aguamarinas, que se elevaron al cielo nacarado y partió rumbo a la Mansión Draco, al fondo de las montañas.


La última campaña de aniquilación humana partió tres horas después.

Se trataba de un grupo de trescientos vampiros cubiertos con armaduras de metal y piezas de cuero hechas de piel de dragón (de las reservas que quedaron después de su extinción), listo y dispuestos a terminar con los residuos de la humanidad, para consolidar la pureza de su rara y la supremacía de los vampiros en la tierra.

Al frente, su general principal se distinguía entre los comunes por su porte.

Drago lideraba la tropa con la que culminaría la guerra, rugiendo alabanzas de batalla para motivar a sus valientes soldados, que vociferaban su inclinación por las ambiciones de su Rey.

Detrás de él, en sus imponentes armaduras de acero ligero, sus tres hijos seguían la marcha, pero sin participar en el barullo de algarabías bélicas de su padre.

Furious era el más alto de los tres, de cuerpo estilizado, pero musculoso, piel blanca y cabello negro rebelde; su rostro masculino era sumamente atractivo, y sus ojos amarillos como el topacio honorificaban su nombre, llenos de furia, con poca ternura para aquellos a los que apreciaba. En el medio, Wodensfang se distinguía de entre los dos por su increíblemente pálido aspecto, él había heredado toda la gracia y elegancia de su madre, mientras que Toothless y Furious eran poseían el cabello negro del Rey.

Toothless permanecía lo más sereno posible, pero era imposible que no rodara de vez en cuando los ojos al escuchar las tonterías de Drago. Por suerte, su padre estaba tan metido en su papel, que podía dejar pasar los desplantes impropios de su hijo menor. No era que Toothless encontrara aberrantes las ideas de su padre, de hecho, era fiel partidario de la supremacía de su especie, sólo que no encontraba sentido en el exterminio de las demás razas para conseguir un fin abstracto.

«Tonterías», pensó Toothless cuando su padre hablaba sobre las victorias pasadas, enfatizando la Cuarta Guerra contra los Licántropos, la cual habían ganado por la intervención de Wodensfang.

Llegaron hasta la orilla de las montañas, en el pico llamado el Fin del Mundo. Era el punto de partida, el lugar donde siempre salían para las matanzas.

Con una sola orden de Drago, la tropa de vampiros se convirtió en una multitud de cuervos, insectos y demás alimañas que cubrieron el firmamento como una enorme nube oscura, que componía una sinfonía de chillidos agudos y aleteos insoportables. Todavía en el suelo, los príncipes quedaron frente a su padre y esperaban sus prestas instrucciones para despegar.

Era costumbre que primero volaran los soldados comunes y después la Familia Real. En el pasado, había sido diferente, pero debido a la muerte de la Reina por un accidente provocado al inicio del vuelo, las cosas cambiaron. Al ver que era seguro, el Rey dio un saltó al aire y grandes alas de apariencia andrajosa y oscura, con las puntas en rojo. Su apariencia de hombre recto cambió a una mezcla asquerosa y bizarra de murciélago y humano, con los ojos rojos y una mandíbula de enormes incisivos.

—Aquí vamos —musitó Toothless con cansancio, saltando al vacío para elevarse.

Alas oscuras aparecieron en su espalda, pero a diferencia de su padre, su apariencia no era desagradable. Sus piernas y brazos se cubrieron de vello oscuro y sus pies y manos adquirieron garras negras largas, y obtuvo una larga cola con la punta afilada. De su cabeza salieron dos puntiagudos cuernos blancos como huesos, y estigmas verdes oscuros en forma de líneas salían de sus ojos. Su pecho estaba desnudo y mostraba su trabajado abdomen.

—Pareces una preciosa mariposa —el comentario mordaz de Furious no podía esperar.

Toothless enfrentó a su hermano con una mirada irritada.

—Lo dice a quién confundieron con Edward Cullen —regresó con presteza.

Desafortunadamente, Furious tenía 450 años, y para cuando cumplió los 100, los insultos no le importaban ya. Así que sonrió con indiferencia hacia Toothless, lo que provocó más molestia en el menor.

—Dejen sus juegos para después —intervino Wodensfang con calma—. Tenemos algo de que encargarnos este noche.

Toothless y Furious se miraron un segundo con rencor, para después ignorarse mutuamente.

Planearon por inmensidad del cielo nocturno, acompañando a la tropa de su padre, directo al área donde se escondía la resistencia humana. El lugar estaba localizado en el antiguo imperio parisino, del que sólo quedaba ruinas. Lo que antes habían sido hermosas calles empedradas con casas de piedra y madera preciosa, ahora sólo quedaba roca cuarteada y espacios polvorientos.

No había árboles, ni planta alguna, ni animales.

Era un desierto friolento.

Encontrar el escondrijo de los humanos no fue difícil. El fino sentido del olfato de los vampiros pudo detectar debajo de la superficie el presto aroma pestilente de la piel humana, cubierta de suciedad y tierra.

—¡A las armas! —fue el grito eufórico del demoniaco Drago, que batió sus alas cayendo en picada hacia las ruinas de un antiguo museo.

La nube de murciélagos e insectos lo siguió al punto, rompiendo con fuerza la pobre barrera que cubría a los humanos.

—¡Atacan! —exclamó una chica humana, al parecer había dado la alerta.

Demasiado tarde.

Stormfly, una de las mejores guerreras de todas, se convirtió de su forma animal hacia la humana y degolló con su espada a la incauta humana. La cabeza rodó por el suelo con el fantasma de su último grito de agonía. El cuerpo quedó de pie con sangre rebozando del cuello sin cabeza, pero Stormfly simplemente lo pateó para un lado.

La sangre humana ya no era necesaria para su supervivencia. Cloudjumper, un especialista médico, había encontrado un suplemento extraído de la sangre de los pocos animales que quedaban. De este modo, había prescindido de su necesidad por los humanos y habían podido aniquilar a una de las especies más problemáticas de todas.

—¡Diez! —gritaron Barf y Belch, gemelos vampiros de cabellos verdes y ojos amarillos. Apenas tenían 30 años, pero se les consideraba de los más sanguinarios a la hora de luchar. Siempre competían por saber quién de los dos mataba más, y siempre terminaban en empate.

—¡Otro más! —canturrearon los gemelos haciendo explotar a un humano al inyectar gas en el cuerpo y prenderle fuego.

Los humanos no habían esperado una emboscada como ésta, apenas estaban organizándose como el último bloque de resistencia, sin embargo, los pocos peleadores que tenían tomaron armas y derribaron a los vampiros que podían.

—¡No los dejaré impunes! —exclamó con furia Eret, blandiendo un hacha y cortando de tajo la cabeza de un vampiro demasiado estúpido para detenerlo.

Al ver a su compañero caído, algunos arremetieron contra el imprudente humano. Eret no dudó ni un segundo en cortar cuanta carne sanguijuela se cruzara con el filo de su hacha. Era un oponente temible y pronto los vampiros lo rodearon con cautela, sin atreverse a dar un paso hacia la muerte segura que presentaban las habilidades de ese humano.

—Muévanse, inútiles —dijo Stormfly acercándose orgullosa frente a Eret—. Veo que tienes talento, humano —levantó su espada—, espero que valga la pena ensuciarme con tu sangre.

—Te verías más bonita con esta hacha incrustada en tu cabeza, mon cheri —pronunció Eret con ironía.

Stormfly arrugó su fina nariz, molesta por su impertinencia.

—Maldito humano —se quejó entre dientes, arremetiendo con fuerza contra Eret.

Su lucha desencadenó otras a su alrededor. Barf y Belch encontraron oponente contra un chico rubio con expresión idiota y un amor a las explosiones como ellos llamado Tuffnut, que chiflaba eufórico al ver las habilidades de los gemelos.

—¡Es aterrador y asombroso al mismo tiempo! —gemía con locura Tuffnut, enarbolando su lanza contra los vampiros.

Por otro lado, Snotlout Jorgenson, ex líder de la división de Rusia (cuando existía) peleaba contra Skullcrusher, el más viejo y experimentado de todos. La pelea fue asombrosa, pero la experiencia ganó a la juventud, y el pecho de Jorgenson fue atravesado por las garras del viejo vampiro.

Toothless y Furious participaron activamente, aunque ellos preferían perseguir. Así que se iban por aquellos humanos aterrorizados que escapaban por los pasadizos de su patética fortaleza. Como hijos de la Realeza, sus poderes eran mayores y podían calcinar a sus víctimas con el mero contacto de sus manos. Además, su apariencia era la encarnación perfecta de sus más oscuras pesadillas.

Les llamaban los Demonios, hijos de la Oscuridad y favoritos de la Muerte. Hermosos. Letales. Insensibles. Inalcanzables.

—Vaya que corren estos humanos —comentó Toothless atravesando con su larga cola la cabeza de un anciano. Levantó el cuerpo que todavía tiritaba hasta ponerlo frente a él, pero el peso del frágil cuerpo fue demasiado y la cabeza no pudo sostenerlo. Cayó al piso con el cráneo deshecho.

—No juegues con tus víctimas, Toothless —lo regañó Wodensfang con acritud, incinerando a una mujer que se ocultaba en una ranura con sus hijos.

—Hasta cuando estás en batalla, eres infantil —dijo Furious ganando la atención de su hermano—. Lamentable, no puedes ni siquiera concentrarte.

Furious aplastó con su pie la cabeza de Gobber el Rudo, el humano con quien había estado luchando y que derrotó con algo de dificultad.

El grito de guerra de una mujer llamó la atención de los hermanos. Miraron hacia la parte este, donde se desarrollaba una batalla increíble. Una niña de 14 años, rubia de ojos azules, parecía luchar con todo contra sus oponentes, al mismo tiempo que mantenía detrás a una chica parecida a ella pero de cabello ébano y ojos verdes.

—¡Argh! —agonizó Astrid Jolene cuando la punta de una lanza logró incrustársele.

El dolor en su estómago fue severo, pero la terquedad de sus raíces bélicas, logró que Astrid se sobrepusiera y arremetiera con sus últimas fuerzas para proteger a su hermana menor.

—¡Astrid! —gimió Heather cuando estuvieron rodeadas.

Utilizó sus pocas fuerzas para ayudarla. Tomó una espada de uno de los vampiros muertos y agitándola sobre su cabeza, cortó el brazo que sostenía la garganta de Astrid, liberándola.

—¿Estás bien? —le preguntó, pero observar la herida en el vientre era más que una eficiente respuesta—. Tenemos que llevarte con Hiccup, él es el único…

—¡Silencio, Heather! —la calló de inmediato, levantándose con pesadez y sosteniendo su herida—. No podemos hablar sobre eso…

—¿Hablar de qué, humana? —interrumpió Toothless de pronto.

Astrid abrió de golpe los ojos al ver las tres portentosas figuras frente a ellas. Los conocía, había que ser idiota para no saber quiénes eran.

Los Príncipes de la Oscuridad.

Los Tres Demonios Inmortales.

Wodensfang, Furious y Toothless, hijos de la Familia Real Draco.

Sabía que no podría contra los tres, pero no permitiría que hirieran a Heather. Así que se colocó en posición de combate y su mirada azul enfrentó a los vampiros puros que tenía enfrente.

—Vete, Heather —masculló una orden a su hermana—. ¡Rápido!

—Humanas poco educadas —dijo Toothless con impaciencia, y antes de que Astrid pudiera hacer algo, su mano oscura terminó por profundizar la herida, perforando órganos vitales—. Te pregunté algo, lo cortés sería contestarlo, mujer.

Sangre salpicó a Toothless cuando salió por la boca de Astrid Jolene. El hijo menor fue tomado por sorpresa cuando la mano de ella, pálida y manchada de sangre, tomó el brazo que la atravesaba con firmeza y su mirada no perdía fiereza.

—No… te diré n-nada, mal… maldita sanguijuela —escupió con asco, ordenándole de nuevo a Heather que corriera.

Con las piernas temblando, Heather asintió y echó a correr por el laberinto de pasillos, tropezando de vez en cuando. Wodensfang suspiró con cansancio, a él no le gustaba perseguir a nadie, pero sabía que ni Furious ni Toothless estaban interesados en una humana que huía.

—Voy por ella —informó aunque no fuese necesario.

Cuando desapareció por entre los pasillos, Astrid quiso detenerlo, pero Toothless apretó sus entrañas causando un terrible dolor que casi hace que perdiera el conocimiento.

—Si vas a matarme —dijo ella con rencor—, hazlo ya, imbécil.

—No puedo creer que la hija de Camicazi Jolene tenga una boca tan sucia —mencionó Furious, provocando que Astrid lo mirara con sorpresa.

—¿Cómo…? —preguntó con incertidumbre.

—¿… la conocí? —terminó el vampiro con una sonrisa. Entonces, tomó a la rubia con su cola y la arrebató de tajo del agarre de Toothless ocasionando que más sangre saliera y Astrid gimiera dolorosamente. Sin esfuerzo, estrelló el delgado cuerpo contra la pared—. Fue hace diez años, en lo que antes era Arabia Saudita. La mejor guerrera de todas, entrenada por Valka, la única que pudo adentrarse al Terreno de la Pureza y casi mata a Drago.

Una de sus siniestras manos se alzó hasta colocarse en la frente de Astrid. Ella sintió la textura suave y fría de su palma y tembló.

—Aparte de Valka, Camicazi Jolene es la única humana a la que he llegado a respetar —siguió Furious—. Así que no te sacaré la verdad con viejos métodos, usaré algo más indoloro.

En un segundo, la mente de Astrid fue invadida por la presión monstruosa del poder psíquico de Furious. Sus recuerdos fueron usurpados por la curiosidad del vampiro, y todos los secretos fueron revelados. Todo. Su infancia, su adolescencia… todas sus vivencias compartidas con su hermana. Pero a pesar de que su mente era violada, algo no se mostraba por completo aunque Furious trató con más ahínco.

—Sin duda eres su hija —mencionó Furious satisfecho, pero harto también.

Sin medir su fuerza mental, presionó tanto que rompió la barrera de pureza mental y corrompió con sus propios pensamientos la mente de Astrid.

El grito agónico de Astrid Jolene fue lo último que salió de su boca, antes de que su cuerpo colgara y sus ojos perdieran brillo.

Había muerto… psíquicamente.

Furious la dejó caer con cuidado.

—¿Qué averiguaste? —preguntó Toothless cuando Furious cubrió el cuerpo de Astrid con una manta.

—Nada concreto —respondió, y eso le sorprendió. De los tres, Furious era el mejor lector de mentes, quien podía llegar más allá de los linderos establecidos—. Sólo cosas inconexas, algo relacionado con un secreto, con destrucción y esperanza.

Toothless hizo un gesto de incredulidad, sin comprender nada lo que los humanos estuvieran planeando. Miró a su alrededor, a las batallas que continuaban. Quedaban pocos humanos, pero seguían luchando. Como aquel rechoncho chico rubio con grandes heridas en la espalda y aun así seguía interviniendo en las peleas de los demás para ayudar.

—Debemos ir con Woden —dijo Furious—. Se pone de malas cuando está solo.

Un olor peculiar llegó hasta sus finas narices.

Olfatearon con cuidado, tratando de identificar la fuente, pero no lo lograron.

—¿Qué es eso? —inquirió Toothless, pues nunca había olido algo igual en su vida, algo tan fuerte que opacaba con facilidad la pestilencia humana.

Pero Furious no tenía una respuesta, sin embargo, percibía una nota familiar en la melodía aromática, que lo intrigaba demasiado. Por un instante, quiso recurrir a Wodensfang, su hermano tenía mil años y tanta experiencia como el mismo Drago Bludvist, pero Furious también era impertinente y rebelde como Toothless. Además, el arma secreta que había visto en los recuerdos nublados de Astrid Jolene.

Tal vez tenía que ver con ese algo, tal vez de eso se trataba el secreto, o tal vez sólo estaba buscando excusas para hacer lo que quisiera sin tener que oír el sermón de Drago después.

Furious batió sus alas siguiendo el rastro de los aromas con su sensitiva nariz. Su hermano lo perseguía unos metros atrás, igual de intrigado, con sus ojos verdes brillando de aquella curiosidad demoledora que cautivaba a muchos de su especie en cuanto le miraban directamente.

—No me sigas, Toothless —espetó Furious terminantemente, volando a su máxima velocidad mientras con sus alas afiladas cortaba por la mitad a los humanos que se encontraban en las mediaciones de los pasillos oscuros.

—Lo que digas —replicó Toothless enseguida, más por costumbre de llevarle la contraria que por otra cosa.

Furious habría replicado rápidamente, pero sus sentidos estaban más enfocados en hallar la localización exacta del olor. Aquella familiaridad que había percibido anteriormente seguía intrigándole, y eso le molestaba. La duda era algo que no tenía lugar en su cabeza, y Furious no quería empezar a dudar de sí mismo.

Detrás de él, Toothless miraba con atención hacia enfrente, con las pupilas fijas en un objetivo todavía no localizado. Si su corazón latiera, sin duda estaría acelerado. La emoción podía percibirse en el aire, y Toothless siempre había apreciado las situaciones así. Le inquietó el brillo momentáneo que apareció en los ojos topacios de Furious, y de su insistencia por encontrar al portador del aroma. Haber acudido con Wodensfang habría sido lo correcto, lo más sensato, pero ni él ni su hermano eran precisamente eso.

—¡A-Ayuda! ¡Han-... Han escapado de su celda!

Ese grito los paró en seco cerca del final de un corredor bastante amplio. Corriendo por su vida, un hombre, al que reconocieron como Fynn Hofferson, tenía una expresión de absoluto terror y las venas le saltaban en los redondos ojos. Furious actuó por mera inercia, desgarrando con precisión la cabeza del pobre humano con sus garras. El cerebro y los ojos volaron por todas partes, manchando el suelo.

—Algo pasó —murmuró Furious, mirando con atención el cadáver y el final del pasillo, alternadamente.

Toothless lo observó interrogante, arrugando la nariz por el asqueroso hedor que emanaba del cuerpo mutilado de Hofferson combinado con la sangre.

—¿Qué quieres decir? —preguntó al punto.

—Tan perceptivo como siempre —mofó Furious con pretensión, ganando un gesto irritado de su hermano. Furious entornó los ojos, impaciente a veces por la inexperiencia de Toothless—. Aparte de ti o de mí, no hay ningún otro vampiro cerca.

—¿Y eso qué? —apuntó Toothless con impaciencia.

Furious se preguntaba seguido si su hermano sólo estaba probando el límite de su serenidad (aunque realmente no tuviera mucha).

—Hofferson escapaba de algo —comenzó a explicar, caminando esta vez para avanzar. De nuevo, el olor penetrante fue detectado por sus sensibles fosas nasales.

Un olor que ahora podía distinguirse, que podían identificar.

No era uno. Eran dos.

El primero era ciruelo blanco, uno de los perfumes más raros del planeta. El otro, era Lycoris puro, igual de raro que el primero.

Y ambos iban acompañados del olor a sal, agua, suciedad, sudor y sangre.

Mucha sangre.

Ambos príncipes llegaron al final del pasillo y atravesaron la penumbra para salir hacia algo parecido a un coliseo. La piedra caliza de la estructura estaba desgastada, pero firme y blanca todavía, y el techo tenía un enorme agujero que dejaba pasar los transparentes rayos de la luna. Furious y Toothless estaban sobre las gradas, donde seguramente los humanos no combatientes observarían a los pocos gladiadores que les quedaban.

La luz de la luna concebía al lugar un aspecto etéreo, que les supo escalofriante, y sin saber por qué, ambos dirigieron su atención hacia el centro del teatro sangriento.

Dos figuras se distinguían en la enorme mancha de sangre que cubría el centro.

En un aleteo de sus inmensas alas, los hermanos aterrizaron detrás de ellos. Se dieron cuenta que se trataba de un muchacho y una muchacha, ambos estaban bañados en sangre y miraban a nada en particular. Él parecía tener 17 años, estaba vestido con una camisa verde de manga larga y un pantalón café oscuro, ropa tan desgastada que era un milagro que no se rompiera con el mero roce con su blanca y pecosa piel, no tenía zapatos y su el tono natural de su cabello estaba cubierto por una ligera capa de mugre y sangre. Por otro lado, la muchacha era rubia con el cabello peinado en tres desaliñadas trenzas y un vestido blanco sucio; ella sostenía algo cerca de su boca y parecía morderlo con insistencia. Parecía tener 14 años.

Estando tan cerca, los olores se intensificaron y los vampiros puros sisearon en alerta, como si su instinto les indicara hacerlo.

El siseo atrajo la atención de uno de los desconocidos, que giró la cabeza hacia su espalda para ver a los intrusos.

Fue cuando el tiempo se detuvo para Toothless.

Los ojos verdes más grandes y brillantes que hubiera visto nunca, atraparon su atención como una luciérnaga es atraída por la luz. Fue como el instante en que descubres las verdades que rigen la naturaleza del universo, como si lluvia fresca golpeara con su suavidad su rostro, como permanecer quieto oyendo la sinfonía del mundo. El pequeño rostro del muchacho era un conjunto de rasgos que Toothless apreció atractivos e inocentes; desde la nariz rechoncha, hasta los pómulos marcados y las cejas pobladas. ¡Y su expresión indiferente! No había nada en aquel rostro encantador, ni alegría, ni sorpresa, ni tristeza o enojo. Simplemente una aterradora y atractiva indiferencia.

—Tengo hambre todavía, Hiccup —la voz de la muchacha era grave y rasposa.

Fue el momento en que Toothless le prestó su atención y vio que aquello que sostenía cerca de su boca, se trataba de un corazón mordisqueado. Entonces, se percató de más cosas. De la sangre que resbalaba de las comisuras de los labios de esos dos y como partes humanas estaban regadas por el suelo.

—Yo también, Ruffnut —dijo Hiccup con tono monocorde.

Furious observó que ambos chicos tenían gargantillas de acero en sus cuellos con una cadena rota. Además en sus tobillos y muñecas, se distinguían marcas rojizas de cerrojos y sogas, como si hubieran estado mucho tiempo amarrados.

—Quiero comer más —musitó Ruffnut aventando el corazón sin cuidado, al parecer había perdido su jugosidad. La chica cogió la caja torácica que estaba a su lado y rompió con facilidad las costillas, metiendo algunas a su boca con gula. Se lamió los labios con satisfacción al terminar.

Sus ojos azules, que hasta ese momento habían permanecido concentrados en la comida, habían viajado al impresionante vampiro de ojos topacios que le observaba imperturbable.

Cualquier cosa que Furious hubiera querido decir en ese momento, se borró como por arte de magia. Al enfrentarse a aquellos irises índigo, sintió de nuevo la punzada de familiaridad irritante y chistó por la bajo con molestia, ante el golpeteo incesante imágenes borrosas.

¿Desde cuándo tenía flashback de recuerdos que ni siquiera tenía consciencia de poseer?

Pero ahí estaban.

Y entre todo el remolino, se distinguían ojos azules y cabello rubio alborotado junto a una sonrisa que provocaba regocijo en su alma inmortal.

—¿Qué sabor tienen? —preguntó Ruffnut de repente. Una estilizada sonrisa estiró las comisuras de sus manchados labios—. Huelen diferente.

Más que la pregunta, la segunda frase desconcertó a los hermanos. No sabían a qué se estaba refiriendo o quizá se trataba meramente de la locura hablando por la razón. Pero ella, infantil y sarcástica, ladeó la cabeza al no recibir respuesta.

Estaba hablando en serio.

De nuevo, una señal de alerta soñó en la cabeza de los vampiros.

—Huelen tan bien —esta vez habló Hiccup, aspirando con deleite al aire y clavando su atención en Toothless, recorriendo con gula el pecho pálido de músculos apetecibles—. Ustedes no son humanos, pero tampoco son como nosotros.

La alerta se convirtió en advertencia.

Furious permaneció quieto, evaluando la situación, esperando el momento oportuno para asestar un golpe certero.

—Quiero… probarte —farfulló Hiccup con la mirada clavada en Toothless. A su lado, Ruffnut soltó una risita tonta.

Una nube oscura cubrió la entrada de la luz, revelando algo que logró sorprender a los inmortales.

Las pupilas de los dos jóvenes tomaron una tonalidad amarillenta, el fuego brillante como el oro que ardía en éstas resplandecía con fervor. Sus blancos dientes resaltaban en la penumbra, ella sonriendo y él acompañándola.

No eran humanos. Eso había quedado completamente claro.

Pero tampoco vampiros.

Furious abrió los ojos de golpe, impactado por una verdad imposible.

Eran Licántropos.

Hijos de la Luna.

Los Seres Malditos de la Naturaleza.

Y de repente, un recuerdo conciso trituró su resistencia mental y pudo ver una escena de su pasado que había sido borrada de su psique.

Imágenes de un muchacho rubio de ojos azules y mejillas pecosas lo convulsionó. Recordó todo al instante, desde su primer encuentro en el Bosque del Olvido, hasta el final fatídico en el Valle de los Corazones Rotos. Besos, noches de entrega, él jurándole lealtad y prometiendo algo que no tenía que prometerse. Ahora lo recordaba claramente.

—Hiccup… —musitó sin querer, agobiado por el mar de emociones, tratando de reponerse al instante.

Ahora comprendía porque su padre se había empeñado tanto en arremeter contra los lycans en ese entonces. Fue cuando descubrió que uno de sus hijos había entregado su corazón a un licántropo.

Al hijo menor del Alfa lobuno.

Hiccup Haddock II.

Y entonces, Drago había ordenado a Wodensfang arrasar con toda la aldea de lobos, que sólo buscaban sobrevivir. Su hermano mayor no había sido informado de toda la historia de Furious y Hiccup II, por lo cual sintió remordimiento por causarle tanto daño y le borró sus recuerdos, extrayendo las memorias del licántropo, pero con eso también extrajo la amabilidad y la bondad del corazón de Furious.

—¡Furious! —fue el grito de Toothless, que logró sacarlo de su ensimismamiento para sentir el impacto de una mano delgada, pero fuerte en su garganta.

No supo en que momento el licántropo se había movido con una velocidad impresionante, sólo se percató del golpe de su espalda contra las tribunas de piedra. La fuerza que apretaba su garganta era impresionante, pero lo fue más la expresión en la cara de Hiccup.

—Eres más resistente que los humanos —dijo lleno de curiosidad—. ¿Por qué tu cuello no se rompió? Estaba seguro que podía devorarte.

—Impresionante —admitió Furious sonriendo—. Pero te falta experiencia, cachorro.

Su cola golpeó en el estómago a Hiccup arrojándolo al otro extremo. El cuerpo delgado quedó incrustado en la piedra, y su expresión ahora estaba pintada por algo de incredulidad. Furious no perdió el tiempo. En un segundo, estaba frente al sorprendido licántropo y lo tomó del rebelde y maltrato cabello para lanzarlo por los aires y patearlo cuando llegó al punto más alto. Hiccup impactó por segunda vez en el suelo y el horrible sonido de sus huesos rompiéndose provocó una sensación desagradable en Toothless.

—Devorar —susurró Ruffnut cerca de su oído, tomándolo desprevenido. Toothless apenas si volteó cuando el empeine izquierdo de ella propinó una patada en su sien.

La fuerza bastó para moverlo varios metros.

Toothless enfrentó a la delgaducha licántropa. De lo poco que sabía sobre ellos, las hembras lobas eran escasas. Sólo nacían cada 200 años, y era elegida como la pareja del Alfa.

—Eres bastante fuerte, preciosa —dijo Toothless, lamiendo su pequeña herida en el labio que se curó al instante.

—¿Qué es preciosa? —inquirió Ruffnut ladeando la cabeza—. ¿Las preciosas se comen?

Toothless la miró desconcertado, tratando de detectar mentira o burla en sus preguntas. Lo desconcertó aún más no encontrar nada de eso. Era pura curiosidad. Sin embargo, nacía del completo desconocimiento del significado de las palabras y cómo se utilizaban. Vio las cadenas rotas de Ruffnut y pensó de inmediato qué era lo que estaban haciendo esos dos ahí.

—Con que a eso se refería Astrid Jolene con arma secreta —musitó Toothless lentamente—. De alguna forma, los humanos lograron hacerse con Licántropos y los mantuvieron encerrados sin saber bien cómo usarlos —bufó con ironía—. Patéticos.

De nada servía un arma viva que no sabía luchar, que no comprendía su propia naturaleza. Un Licántropo criado por humanos no servía para nada.

—¿Qué es patético? —siguió preguntando Ruffnut con insistencia.

Toothless la observó con algo similar a la compasión. La criatura frente a él no tenía cualidades de razonamiento avanzado, sólo hambre e instinto, se guiaba meramente por ideas espontáneas y desconocía por completo el mundo.

La pelea de su hermano con Hiccup volvió a llamar su atención, y sus ojos viajaron hacia donde Furious peleaba con un más que inexperto muchacho. Si Ruffnut era irrazonable e impredecible, Hiccup también lo era.

—Malditos humanos —dijo esta vez, pensando en el encierro al que estuvieron sujetos esos dos.

—¿Malditos humanos? —repitió Ruffnut con incredulidad, imitando el tono de Toothless.

El joven Príncipe emitió una pequeña sonrisa, antes de asestar un golpe en el estómago de la desprevenida chica que no lo vio venir.

—Lo lamento, de verdad —dijo Toothless—. Ustedes no tienen la culpa de esto, sin embargo, no puedo permitir que sigan así, viviendo torpemente —dio una patada y luego un golpe en la espalda—. Por lo tanto, tendré que darte tu primera lección de vida, mujer lobo. Para que reacciones.


Heather Jolene corría sin dirección alguna por los pasillos desiertos de las catacumbas. Hace algunos minutos que no sabía por dónde iba, y había tropezado tantas veces que sus rodillas y pantorrillas tenían feos arañazos, que sangraban. Sólo quería escapar, siguiendo la última orden que Astrid le había dicho que resonaba en su mente. Dobló por una esquina, casi resbalando en el proceso, pero logró sostenerse de la pared.

Tomó una gran bocanada de aire y siguió corriendo.

La carrera emprendida le imposibilitó percatarse del camino peligroso que había elegido. Así que cuando se topó con que el suelo se cortaba, no pudo regresar y sus piernas débiles fallaron. Esperó sentir la caída vertiginosa y el terrible dolor que seguramente sufriría su cuerpo, en cambio, el agarre firme con el que su muñeca era apretada, la volvió a la realidad y abrió los parpados.

Irises aguamarina le recibieron con el vacío reflejado en éstas, y ella tembló tratando de zafarse, pero su inútil fuerza humana nada podría contra el mayor de los Príncipes.

Al estar tan atemorizada, no se percató del minucioso examen del que era víctima. Sólo quería escapar, algo comprensible si eras la presa de un vampiro milenario. Pero Wodensfang no pensaba siquiera en deshacerse de la humana, al principio tal vez sí, cuando la perseguía, pero ahora, al ver el verde de sus ojos, algo se lo había impedido.

—Absurdo —pronunció suavemente, haciendo que Heather respingara y dirigiera su atención hacia él. Wodensfang notó de nuevo la tonalidad verdosa y la profundidad escondida en los recovecos de los irises—. No hueles como él, y tu sangre no contiene ni uno solo de sus cromosomas.

—N-No entiendo de lo que hablas —mencionó con voz temblorosa, esquivando la insistente mirada.

Una fría y pálida mano la tomó del mentón y Heather fue obligada a conectar pupilas. Quiso resistirse, pero al final, cedió. Tratando de mantenerse calmada y sostener la intensidad del otro.

—Fascinante —admiró esta vez Wodensfang.

—¿Q-Qué es lo f-fascinante? —se atrevió a preguntar.

—Que me mires de esa forma —contestó con simpleza. En un ágil movimiento, Wodensfang la colocó a salvo en el suelo, dejándola completamente desconcertada y el doble de asustada. Al estar libre, dio dos pasos hacia atrás, sin perder contacto visual con el alto vampiro—. No te asustes, Heather.

Ella tembló sin querer al escuchar su nombre salir de los palidísimos labios y dio otros tres pasos hasta que su espalda tocó la polvorienta pared.

—¿Qué quieres de mí? —dijo Heather y se alegró un poco cuando su voz sonó con más firmeza—. ¿No basta con haberme arrebatado a mi hermana? ¿Qué es lo que buscas al salvarme?

En un parpadeo, Wodensfang cortó la distancia, colocando sus fuertes brazos a cada lado de la cabeza de la chica, a la que le sacaba treinta centímetros de altura. Heather se enfrentó ante el análisis inquisitivo de los ojos aguamarina del vampiro y se quedó sin aliento.

—Es tan fácil hablar cuando eres humano —dijo en un murmullo—. Se guían por normas simples, obtusas e irrazonables. Establecen sus ideales con una moral hipócrita, que les queda como anillo al dedo por tener vidas tan cortas…

Wodensfang se agachó hasta quedar frente el espantado rostro de Heather, que se encogió incómoda.

—¿Cómo esperas que nosotros, siendo quienes somos, sigamos reglas que no cobran lógica con el paso de los milenios? Nos señalan sádicos y desalmados cuando las más grandes injusticias han sido cometidas entre los mismos humanos; si nosotros somos egoístas, ambiciosos e insensibles, los humanos compiten por esos honores también —la agarró del mentón con brusquedad, apachurrando las mugrientas, pero tersas mejillas—. ¿Y por qué habríamos de privarnos de seguir nuestros ideales? No veo nada malo en cumplir con mis caprichos, satisfacer mis deseos. Es natural desear algo.

—Eso no justifica matar… —quiso argumentar Heather, pero un delgado dedo de pianista la calló.

—Dan tanto valor a cosas que ni lo tienen —arguyó Wodensfang—. ¿Las vidas son importantes? Una gran mentira. ¿Pasará algo porque alguien muera o sea asesinado? Claro que no. El destino no existe, nosotros forjamos nuestro futuro. No hay nada de malo en matar.

—Eso no es verdad —dijo Heather con firmeza—. Tal vez sea cierto que matar no está mal, pero sí sucederá algo si matas —sus ojos verdes atravesaron su alma insondable—. Alguien se pondrá triste, eso es seguro.

«No somos valiosos, sí. Eso no significa que seamos reemplazables, Wodensfang».

—Interesante —musitó Wodensfang ocasionando intriga en la chica—. Al parecer, haz logrado atraer mi atención, Heather.

—¿De qué…?

Pero no pudo terminar.

La sorpresa se impregnó en su rostro al sentir la suavidad de los labios del vampiro, apoderándose en un beso delicado, como si no le importara lo resecos que estuvieran los suyos. No comprendía nada, y quizás Wodensfang estaba aprovechándose de su confusión, o quizás era la tensión que había estado sufriendo desde hace años. No lo sabía, y en ese preciso momento, no le interesaba.

Sus pequeñas manos se colgaron de los antebrazos de Wodensfang y le devolvió el beso con torpeza.

Y a las afueras, donde la lucha continuaba, Drago rugía anoquiñando a los humanos.


Los Licántropos eran difíciles de acabar. Toothless lo admitía. Pelear contra alguien que no reaccionaba a su instinto de autopreservación era divertido, pero después de tanto tiempo gastado, era tedioso. Toothless veía como los huesos de las piernas de Ruffnut se reparaban por sexta ocasión, a la vez que ella seguía como si el dolor no la afectara, como si perder sangre y energía al atacar sin consideración por sí misma, no tuviera importancia.

—Ríndete, preciosa —dijo Toothless al notar que el vestido de Ruffnut había flaqueado y no llevaba ropa interior debajo. Toothless se preguntó si sería lo mismo con Hiccup—. No quiero matarte, para el caso, tú y Hiccup nos serán de utilidad para lo que pasará esta noche.

Por primera vez, desde su encuentro, Ruffnut lo miró con más atención.

—No comprendo —dijo ella.

—No espero que lo entiendas —comentó Toothless sinceramente—. Desde hace tiempo, deseamos tener una oportunidad como ésta. Ahora que ustedes están aquí, será fácil poner en marcha el plan.

Ruffnut ladeó de la cabeza, como meditando algo. Por un segundo, Toothless creyó haber visto un inmenso vacío en sus ojos.

—Todos nos desean —su voz fue un susurro débil, un eco distante— pero nadie nos quiere realmente.

Toothless torció el gesto con interrogación. Iba a preguntar a qué se refería, pero Hiccup pasó a su lado al ser lanzado por Furious, impactando el frágil cuerpo contra la roca caliza y quedándose complemente inmóvil.

—Muerto no servirá, Furious —dijo Toothless observando de reojo a su hermano, y soportando las enormes ganas de cortarle el cuello por tocar a Hiccup.

—No morirá tan fácilmente —comentó Furious con indiferencia, revelando en su cuerpo las marcas de los golpes que Hiccup había logrado propinarle.

Ruffnut avanzó hacia donde Hiccup yacía inconsciente y se inclinó sobre él, pinchando su costado con su dedo anular de forma insistente, sin importarle en absoluto que los harapos de su vestido cayeran, revelando su delgaducho cuerpo, con marcas visibles de abandono.

La piel de ambos licántropos tenía una tonalidad verdosa vista de cerca, producto del poco contacto que tenían con la luz del sol y por estar encerrados en una celda húmeda. Sin embargo, Toothless no pudo evitar pensar en que se sentiría acariciar la piel del joven licántropo con sus demoniacas manos.

De pronto, el rugido bestial de Drago Bludvist rezumbó en todo el lugar.

Furious y Toothless permanecieron quietos un instante, meditando lo que eso significaba.

Victoria.

Drago había dado con el líder de la última resistencia y lo había asesinado.

La batalla había terminado.

Los vampiros ganaron.

—Qué ruido tan molesto —dijo Hiccup saliendo de los escombros y sacudiendo sus ropas.

Los vampiros echaron un vistazo al licántropo y se toparon con la imagen bestial del inicio del cambio.

Los ojos de Hiccup volvían a ser amarillos y sus dientes habían tomado un aspecto más fiero y salvaje. Su cabello polvoriento ahora estaba revuelto y en punta, y su gesto se torció en una mueca increíblemente iracunda.

Su lobo interior estaba reaccionando ante el llamado de victoria de su enemigo natural.

—¿Por qué no reaccionó así cuando nos vio a nosotros? —preguntó Toothless.

Furious no respondió, simplemente porque tampoco lo sabía. Se suponía que licántropos y vampiros no podían coexistir juntos, que la mera presencia del otro provocaría una reacción inmediata y una lucha se desencadenaría inevitablemente.

—Es momento de actuar, Toothless —dijo Furious batiendo las alas y emprendiendo el regreso.

—¿No deberíamos llevarlos? —cuestionó el menor alcanzándolo rápidamente.

—No es necesario —pronunció Furious mirando hacia atrás—. Ya lo olfatearon.

Toothless estaba desconcertado, hasta que volteó al igual que su hermano, abriendo los ojos de golpe al ver el manchón borroso que Hiccup parecía al correr. De nuevo, una alerta se instaló en la cabeza de Toothless, dictaminando que se deshiciera rápido de la amenaza, pero otra parte de él le pedía domar al hombre lobo de otra forma.

Llegaron antes que Hiccup. La sala de gloria era en medio de la fortaleza derrumbada, donde quedaban 200 vampiros festejando el triunfo con algunas excepciones. Stormfly, Hookfang y Meatlug se mantenían quietos, apartados del festejo y notaron la llegada de dos de los príncipes; Skullcrusher compartió un pequeño asentimiento con Furious y se escabulló por los pasillos para buscar a Wodensfang (aunque seguramente él también había escuchado a su padre).

—¡HEMOS GANADO, MI PUEBLO! —Drago Bludvist se ubicaba en una antigua tribuna en su forma humana, vestido con la elegante armadura de batalla y una enorme sonrisa de satisfacción y victoria. A sus espaldas, atados de pies y manos, estaban unos pocos sobrevivientes—. ¡AHORA EL MUNDO ES NUESTRO! Con nuestros enemigos humanos aniquilados, el futuro de nuestra especie es brillante —soltó una gran carcajada, elevando su espada por encima de su cabeza.

Los vampiros rugieron con aprobación, agitando sus armas y haciendo ruido para mostrar su fidelidad.

Drago esbozó una gran sonrisa mostrando sus largos incisivos y gritó de nuevo, jadeando con fervor. Entonces, advirtió la presencia de sus hijos y por un instante tuvo una expresión de hastío. Los vampiros dejaron de celebrar momentáneamente ante la presencia de los Herederos, y se inclinaron respetuosamente cuando pasaron frente a ellos.

Furious y Toothless regresaron a su forma humana conforme se acercaban donde su padre, con expresiones ilegibles y postura firme. Al llegar a la tribuna, Drago se apresuró por tomarles de los hombros como invitación a la victoria, pero ambos permanecieron relativamente indiferentes.

—Hemos ganado, hijos míos —informó como si fuera necesario.

Toothless no dijo nada, mientras que Furious simplemente asintió. Drago ni se molestó por la falta de respuesta, desde siempre había mantenido una barrera con ellos, y sólo de vez en cuando podía entablar una conversación de más de tres frases con Furious, cuando estaban en medio de la batalla. Tampoco le interesó preguntar por Wodensfang. De los tres, Drago siempre había temido a su hijo mayor, al más viejo de los tres, y quien había heredado toda la fuerza de Thunderwitch, su madre.

Drago dio la vuelta para dirigirse de nuevo a su ejército, ignorando a los dos hermanos.

—¡AHORA EL MUNDO PERTENECE A LA OSCURIDAD! —gritó triunfalmente—. ¡LOS VAMPIROS REINARAN POR TODA LA ETERNIDAD!

El barullo de exclamaciones afirmativas y rugidos victoriosos, llenó de nuevo con su eco las ruinas del imperio parisino, y Drago abrió los brazos para recibir el baño de luz de la luna llena en su ancestral cuerpo.

El aullido gutural proveniente del costado este de la vieja estructura congeló al vampiro de golpe.

El volumen fue suficiente para helar la sangre, literalmente, de todos los presentes. Los vampiros comunes se miraron perplejos y confundidos, mientras buscaban el origen de tan siniestro recuerdo que les causaba escalofríos. Mientras, los humanos atados estaba sorprendidos, pero se distinguía una sonrisa victoriosa en el rostro de Eret, a la vez que reía entre dientes.

—Es hora de pagar, sanguijuelas —masculló con prepotencia, disfrutando de la expresión descompuesta de Drago.

Los ojos oscuros de Bludvist buscaron con insistencia hasta llegar al punto de encuentro de dos enormes ojos como el oro de la figura amorfa de un licántropo de pelaje cobrizo, orejas puntiagudas, maquiavélicos colmillos y filosas garras, iluminado por la misma luz de luna que momentos antes había disfrutado.

—¡No puede ser! —exclamó con incredulidad, pero su voz tembló ligeramente.

El Licántropo siseó con advertencia al escuchar a Drago y se movió en cuatro patas ante los vampiros anonadados. Se podían notar los músculos torneados moviéndose debajo del pelaje, dándole una apariencia más monstruosa y sobrenatural.

El Monstruo de las Peores Pesadillas de los Vampiros.

Un Hijo de la Luna.

—¡Atáquenlo! —ordenó al instante, aunque él mismo no estaba seguro de hacerlo. Su tropa estaba indecisa, el descubrimiento del hombre lobo los hizo dudar por un segundo, pues si existía uno cuando se suponía los había exterminado hace siglos, temían que hubiera más. Drago se desesperó y para intimidar aún más, retornó a su forma real y voló por sobre la tribuna—. ¿ACASO NO ME ESCUCHARON, INÚTILES? ¡MÁTENLO AHORA MISMO! ¡MUESTREN SU LEALTAD HACIA MÍ!

Pero ninguno se movió. Tragaron hondo al ver al licántropo cada vez más cerca y con la vista fija en su objetivo.

—¡Mátenlo! —chilló Drago al ver la falta de respuesta de su ejército. Usó su voz gutural para ladrar una orden en la mente de sus súbditos, para que actuaran contra su voluntad.

Los chillidos asustados de los soldados vampiros, que se movían sin tener control de su cuerpo, rogando a su líder que no lo hiciera. Pero era tarde.

Hiccup se lanzó sobre los incautos y destrozó con sorprendente facilidad el cráneo y el cuerpo de los célebres inmortales.

Drago veía como su poderoso ejército sucumbía ante el poderoso embate de un solo licántropo, sabía que la sorpresa de su aparición los había tomado con la guardia baja, por lo cual era sencillo deshacerse de vampiros con experiencia en batalla. Se dio cuenta que Hookfang, uno de sus mejores generales, estaba de brazos cruzados y con la mirada perdida, como deseando que todo terminara para volver a observar las hojas de los árboles caer.

—¡Deja de perder el tiempo y ataca! —ordenó al igual que lo había hecho con lo demás.

—No lo creo, Drago —Toothless interpuso su cuerpo entre su amigo y su padre, colocando una barrera mental que sirvió para detenerlo.

—¿Qué demonios te sucede? —inquirió con impaciencia—. ¿No te das cuenta de que estamos en peligro?

—Nosotros no —comentó Toothless con una sonrisa divertida—. Estuvimos un rato con el lobo y no nos comió —disfrutó de la cara trastornada de Drago—. Al parecer, sólo responde hacia los Alfas de los vampiros.

—En este caso —interrumpió Furious—, al Rey.

—¿Qué pretenden hacer, malditos bastardos? —podía estar desesperado, pero Drago seguía teniendo 1800 años de experiencia—. ¡ME HAN TRAICIONADO! ¡MERECEN MORIR!

Batió sus alas hasta llegar frente a los dos, y apartó de un golpe a Meatlug y Stormfly, que habían actuado como escudo para Toothless. Furious fue el primero en moverse, desviando las garras de su padre fuera del cuello de Toothless, pero su estómago fue atravesado con la puntiaguda cola. Drago movió su ala izquierda, asestando un golpe preciso en la espalda de Furious, cuyo cuerpo se estrelló en el suelo. Luego tomó a Toothless por el cuello, apretando sus venas y arrojándolo contra una pared.

La delicada presión que mantenía la estructura de la guarida, colisionó por la fuerza del impacto y todos tuvieron que moverse para evitar que los escombros los enterraran. Hookfang se había movido rápidamente para rescatar a los humanos de un final inminente, para colocarse en un lugar a salvo y regresar a enfrentar a Drago.

—Nunca creí que tú, de entre todos, estuvieras en mi contra, Hookfang —dijo Drago.

El pelirrojo se encogió de hombros, desenvainando su colosal espada y colocándose en posición.

—Muy tarde para reclamos —mencionó indiferente—. Es momento que pagues por tus pecados.

—¿Y tú me harás pagarlos? —pronunció con sarcasmo.

Pero Hookfang lo ignoró.

—Soy el Ejecutor, después de todo —contestó con simpleza—. Es el puesto que me corresponde como Hijo de Fireclaw, la hermana menor de la Reina Thunderwitch.

—Parece que has logrado recuperar sus recuerdos —dijo Drago con una sonrisa pedante—. Todos ustedes…

—No todos, sólo aquellos en quienes los Príncipes confían.

Drago rió como loco.

—Entonces, sólo tengo que matarlos para recuperar el control —dijo firmemente—. Si pude burlar a la familia real una vez, podré hacerlo de nuevo.

—Ni siquiera lo pienses —aseveró Hookfang seriamente—. Por los cargos de traición a la Familia Real Draco, usurpar el lugar del Rey, asesinar a la Reina y a la Condesa Fireclaw, intentar asesinar a los Príncipes y Herederos, te condeno, Drago Bludvist, a la sentencia máxima.

Hookfang se arrojó sobre él, utilizando sus mejores tácticas de combate.

—Bonito discurso —apreció Drago con burla—. Pero sigues siendo débil en comparación conmigo.

No obstante, no fue sencillo derrotar a Hookfang como lo había pensado. Era fuerte y su furia estaba enfocada en derrotarlo, su habilidad con la espada era magnífica y Drago estuvo cerca de perder una extremidad muchas veces. Tenía que hacer algo pronto para detenerlo, así tuviera que usar trucos cobardes.

Así que aturdió a Hookfang con el eco atronador de su sonar, pues sabía que los sonidos de miles de decibeles lograban descolocar a los de sus especie por unos segundos. De este modo, pudo tener el tiempo suficiente para atacar al pelirrojo, pero antes de tocarlo siquiera, el golpe de una ala lo mandó hacia atrás.

Cuando se compuso, Drago gruñó a la figura cambiada de Wodensfang, que estaba listo para darle pelea, mientras que Skullcrusher mantenía a Heather fuera del camino.

—Tu Padre estaría muy decepcionado de ti, Wodensfang —comentó Drago al detectar el aroma de Woden en la piel humana—. Él odiaba a los humanos tanto como yo, y no habría querido que uno de sus hijos sucumbiera ante uno… de nuevo.

Wodensfang frunció el ceño.

—Es un alivio oírte hablar así, Drago Bludvist —escupió, sus ojos aguamarina se tornaron rojizos, y el vampiro usurpador tembló más. Sólo los vampiros que alcanzaban el más alto nivel poseían pupilas de esa tonalidad—. Porque tu boca no merece pronunciar el nombre de mi padre o de él.

—Te habría dejado vivir, Wodensfang —dijo de pronto Drago—. Eres el único de los tres que vale la pena. Tus hermanos son demasiado impulsivos para manejar este nuevo Imperio.

—Difiero terminantemente —espetó Wodensfang—. No hay nadie mejor que los verdaderos Reyes para gobernar a los vampiros. Nuestra sangre real es diferente a la tuya, contaminada y anteriormente humana.

El gesto de burla que Drago había mantenido hasta ahora, se convirtió en una mueca iracunda y trastocada. Perdiendo los estribos, el antiguo vampiro se lanzó en picada contra Wodensfang, gritando prepotentemente.

—Patético —musitó Wodensfang sin moverse un centímetro.

Drago fue derribado por los golpes de Furious y Toothless antes de que pudiera notar su presencia. El impactó hizo trizas sus costillas y espina dorsal, y el grito de agonía que salió de su boca fue perturbador.

—No permitiremos que sigas manchando el Honor Puro de la Familia Real Draco, imbécil —dijo Toothless.

—Has disfrutado suficiente del puesto de Rey —intervino Furious—, es momento que ocupes tu lugar de bufón, Bludvist.

—¿Me… matarán? —preguntó sin aliento, aun con su recuperación rápida, las heridas habían sido casi letales.

—Oh, no, Drago —sonrió Toothless—, ése no es nuestro trabajo.

Furious tomó al usurpador del cuello y lo arrojó al aire. El cuerpo colosal de Drago flotó por unos segundos, y justo cuando pensó en escapar, escuchó un gruñido a su lado.

Volteó lentamente, encontrándose con la peor noticia de todas.

Hiccup había saltado al mismo tiempo en que lo habían lanzado, y ahora abría sus enormes fauces atrapando una de las alas.

—¡Argh! —gimió Drago.

Una mordida de hombre lobo podía ser extremadamente dolorosa para un vampiro.

Usando todas sus fuerzas, Drago logró darle un golpe en el hocico a Hiccup, que gimió adolorido y lo soltó para que ambos cayeran en medio del espectáculo, donde los cuerpos destazados de su ejército quedaban como marca de la masacre del licántropo.

—¡Maldito! —rugió el ancestral vampiro mirando iracundo al hombre lobo, que seguía quejándose por el dolor de su quijada—. ¡Te mataré!

Con velocidad sobrehumana, llegó donde Hiccup a punto de hacerlo trizas…

—No es el único licántropo aquí —dijo Furious desde afuera.

La mano de Drago fue atrapada por los colmillos del amorfo lobo plateado, que cercenó la falange con facilidad. Sin mano, el muñón que quedaba fue una fuente de sangre que salía a borbotones. Esta vez, más gritos desgarradores llenaron las ruinas y los humanos y vampiros que quedaban serían espectadores de una masacre antigua.

La forma licántropa de Ruffnut era un poco más pequeña que la Hiccup, y su pelaje plateado resplandecía como diamante, mientras sus ojos amarillentos estaban fijos sobre su oponente. Ella tomó el pedazo de carne de su boca y lo aplastó con su poderosa mano, escupiendo la sangre que había quedado hacia un lado.

Otro aullido aturdidor se escuchó.

Como un resorte, Hiccup se paró y sacudió.

Drago fue presa del pánico.

Dos licántropos lo observaban con atención.

Quiso huir, pero le miedo lo hizo lento y a ellos los enervó.

Alcanzaron a Drago antes de que pudiera darse la vuelta, clavando sus garras en la carne de los hombros para mantener sujeto en el suelo. El aliento lobuno de las mandíbulas tensas mareó al incauto vampiro y vio toda su longeva vida pasar frente a sus ojos.

La primera mordida la dio Hiccup, justo en el cuello. Arrancó un trozo enorme de músculos y tejidos, escupiéndolos para seguir con más. Por otra parte, Ruffnut se encargó de destazar los brazos y piernas para que no pudiera patearlos o darles puñetazos. El poder del control mental no servía para mentes tan salvajes como la de los licántropos, ni ningún otro poder que un vampiro pudiera poseer.

Eran enemigos naturales.

Los licántropos habían nacido para matar vampiros.

Eran inmunes a sus asombrosos poderes.

Los alaridos agónicos de Drago constituyeron una melodía sangrienta, que duró pocos minutos antes de convertirse en un mero trozo de carne roja desfigurada. Las garras de Ruffnut se abrieron paso entre las costillas del vampiro, abriéndolas revelando el corazón aun latiendo. Hiccup lo tomó, y como si fuera una uva, lo apretujó hasta convertirlo en una masa asquerosa.

Los restos del cuerpo de Drago se convirtieron en cenizas, arrastradas por el viento.

Y los Hijos de la Luna, se unieron en aullidos victoriosos al haber derrotado al enemigo, para después decaer y volver a sus formas humanas rápidamente, quedando inconscientes y desnudos en el charco de cenizas y sangre.

A Wodensfang le impresionó un poco ver a sus hermanos menores trasladarse rápidamente donde los licántropos, mucho más cuando los tomaron en brazos. No obstante, al mirar de reojo a la niña a su lado, no pudo menos que aceptar que los tres tenían maneras muy extrañas de elegir a sus consortes.

—Lleven a los humanos que quedaron a los calabozos de la Mansión —ordenó Wodensfang a Stormfly, quien arrugó el ceño. Esto extrañó al vampiro. Por lo general, ella siempre acotaba sus órdenes sin peros, no obstante, si algo la molestaba, le interesaba saberlo. Era su amiga desde hace siglos, después de todo—. ¿Sucede algo?

—Nada, mi Príncipe —respondió Stormfly, haciendo una ligera reverencia.

—Está mintiendo —interrumpió Hookfang, tan oportuno como siempre—. No quiere estar cerca de ese humano —señaló a Eret, que estaba a unos diez metros—, porque le atrae.

Stormfly le dirigió una mirada fulminante, pero Hookfang no se dio por enterado.

—¡No hay nada que preocuparse! —aseguró ella—. Me encargaré de los prisioneros al instante.

—De seguir así, te matará algún día, Hookfang —dijo Woden, observando a la vampiresa volverse una nube de murciélagos y cubrir a los humanos para transportarlos de esa manera.

Hookfang alzó los hombros con desinterés, luego miró a Heather, que se ocultó detrás de Wodensfang al instante.

—Primero Hiccup I y luego Heather Jolene —dijo—. Te gustan los humanos cuyos nombres empiezan con la letra H, ¿verdad?

Wodensfang sonrió suavemente.

—Tal vez —concedió.


Hiccup despertó de golpe. Lo primero con lo que se topó fue algo que lo desconcertó grandemente. ¿Qué hacía esa madera cubriendo el techo? Movió sus irises, observando finas cortinas de lino blanco colgando de los doseles de la cama (aunque realmente no supiera que estaba en una cama). Por alguna extraña razón ajena a su razonamiento, su espalda se sentía bien, como si algo extremadamente cómodo la estuviera acariciando. Sus manos fueron curiosas y tentaron la suave textura de la colchoneta, encontrándola entretenida.

Hiccup se retorció entre las cobijas (sabía que eran cobijas porque le habían dado algunas antes, cuando estaba encerrado, aunque nunca supo para qué se usaban), pero descubrió que mientras más se movía, más fricción placentera y cálida encontraba. Además, aquellas bolsas de tela rellenas de algo, que sostenía su cabeza, eran cómodas. Le recordaban a Ruffnut, cuando dormían uno encima del otro. Fue entonces que se percató que su hermana no estaba ahí.

—¿Ruffnut? —la llamó, mirando hacia todos lados, pero las cortinas impedían ver más allá de los límites de la cama.

A pesar de que estaba cómodo y calientito, Hiccup se separó del barullo de cobijas blancas y salió de la fortaleza de telas y madera en la que estaba. Sus pies descalzos pisaron el piso de madera fina y él estuvo a punto de sufrir un paro cardíaco, ¿desde cuándo la madera se usaba para el suelo? Se suponía que tenía que ser piedra, no madera. Se agachó para tocar la superficie, descubriéndola lisa y fría, rascó un poco también.

—Piso de madera —dijo cuando llegó a una conclusión sobre cómo llamarle.

Asintió satisfecho, levantándose de nuevo, dándose cuenta de su desnudez. A él no le importaba, pero cuando salía de su celda sin ropa, las humanas comenzaban a gritar escandalizadas y le aventaban ropa para que se cubriera. Hiccup buscó ropa, pero sólo encontró más algos hechos de madera con formas extrañas. Sin más opciones, agarró las cortinas y se las enrolló sobre el torso y la cadera, arrastrando buena parte por el suelo. Volvió a su idea de encontrar a su hermana para iniciar su rutina de limpieza diaria (una hora de lengüetazos entre ambos).

Caminó con torpeza por la celda hecha de madera, brillos y tela, quedando ligeramente aturdido por todos los objetos nuevos que encontraba, nombrándolos a cada uno. Al Armario lo llamó Cosa grande que guarda cosas chicas. Al candelabro lo nombró Araña que no muerde. Y la chimenea, Fuego cuadrado. Olfateó por todos los sitios, buscando la esencia de Ruffnut, pero se topó con muchos otros olores que nunca en su vida había conocido.

Entre todos, resaltaba uno en particular.

Le recordaba al viento, a confort, a un buen trozo de carne y a la voz de Ruffnut al cantar.

Se movió como autómata, siguiendo el aroma, sus sentidos alertándolo. Hiccup abrió la pared que se mueve cuando aprieto una bola de metal, saliendo a otra celda. Como buen curioso, observó la nueva cosa que había encontrado. Desde las cortinas de seda color borgoña, hasta la suave alfombra tejida a mano color violeta; las paredes cubiertas de tapizado rojo con relieves de un tono más oscuro llamaron su atención, además de los múltiples muebles que había.

Hiccup estaba fascinado por tocarlos, probarlos. Pero su curiosidad estuvo satisfecha al toparse con una caja, que no podía abrir con facilidad. Trató con fuerza, pero no pudo. Luego la golpeó contra el piso, obteniendo nulos resultados. La miró durante un instante, buscando como abrirla.

Estaba tan concentrado que ni notó la presencia de Toothless, recostado en un sofá grande, observando cada uno de sus con incesante atención. Desde los despeinados cabellos hasta los delgados tobillos. Toothless devoró con gula la hermosa vista del licántropo curioso, que con cada movimiento dejaba ver la flexión de sus delicados músculos, y la cortina resbalaba sensualmente por la carnosa piel de las nalgas.

—Ya despertaste —interrumpió para controlarse a sí mismo.

Hiccup no mostró sorpresa, le miró sin dejar de sostener la caja. Toothless se maravilló de lo insondables que eran los ojos verdes del muchacho, y de lo mucho que había extraño verlos. Pero el otro simplemente se volteó, volcándose de nuevo hacia la caja para el disgusto de Toothless. No obstante, razonó que debía ser paciente, aunque ésa no fuera una de sus pocas virtudes.

—Dormiste por una semana —así que optó por actualizarlo a los hechos que habían ocurrido después de la muerte de Drago—. Los trajimos y atendimos sus heridas, no eran muchas por cierto. Los humanos que los resguardaban están bajo nuestra custodia, y no hemos decidido qué hacer con ellos aun. Ahora gobernamos este mundo, donde sólo hay humanos y hombres lobos —susurró Toothless—. ¡Ah, cierto! Tu hermana está bien. Ella sigue dormida en la habitación de enfrente.

Hiccup dejó de jugar con la caja de repente, y se dio la vuelta rumbo a la salida. Justo cuando estaba por tomar la perilla, la presencia de Toothless se lo impidió.

—¿A dónde crees que vas?

Hiccup no le miró.

—Por Ruffnut —respondió.

—Eso lo tengo claro —espetó molesto—. Ninguno de ustedes dos tiene un lugar para quedarse, ni padres, ni hogar.

—¿Qué es un padres? ¿Qué es un hogar? —planteó enseguida.

Toothless había preguntado a los sobrevivientes humanos todo acerca de los licántropos. Al parecer, ninguno sabía sobre el origen de los hermanos, sólo que un anciano los había encontrado fuera de la base, un niño de cuatro años con un bebé recién nacido en sus brazos. Los adoptaron enseguida, pensando que eran humanos, pero después, cuando comenzaron a notar los extraños comportamientos de los hermanos. Cuando vieron a la niña sanar rápidamente después de romperse un brazo a los tres años, creyeron que era un vampiro, pero el más viejo les dijo que no, que eran licántropos, y que debían preservarlos para que cuando crecieran enfrentaran a la amenaza de los vampiros. Fue cuando los separaron del resto y los encerraron en una celda subterránea, llamando a la niña Ruffnut y al niño Hiccup. Quisieron enseñarles, pero el miedo y la poca paciencia con ellos, limitó aún más el contacto, y ambos aprendieron a hablar hasta cuando Ruffnut cumplió los diez y Hiccup los catorce. Además, poco conocían de lo que les rodeaba, la falta de comunicación con los humanos les privaba de adquirir el significado de las palabras y su vocabulario era muy escaso

Furious y Wodensfang había escuchado toda la historia también. Diciéndoles a los humanos que había tenido mucha suerte de que Hiccup y Ruffnut no se hubieran transformado hasta la pelea con Drago, por lo que habrían matado.

—Quiero ir con Ruffnut —dijo Hiccup una vez más.

—Ella aún no despierta —respondió Toothless.

La mirada verde del licántropo enfrentó a la del vampiro.

—Ahora que hemos cumplido con sus deseos —pronunció con suavidad, pero con una increíble frivolidad—, ya no nos necesitan.

La corta frase había logrado aturdirlo, y recordó las palabras que Ruffnut le había dicho cuando pelearon.

«Muchos nos desean, pero nadie nos quiere realmente».

¿Cómo pudieron pensar que los hermanos lobo no se darían cuenta de nada? A su modo y bajo sus propias perspectivas, Hiccup y Ruffnut habían construido su mundo, un mundo donde sólo se tenían entre ellos y los demás sólo querían usarlos.

Era cierto que lo habían hecho, pero había algo más. Por eso no los habían matado.

Y si era cierto que Hiccup mantenía una barrera que lo separaba de la realidad (por lo menos, de una realidad donde no estaba él), Toothless recurriría a todos los medios para llegar a su nuevo fin.

—Dime, Hiccup, si te dijera que puedes quedarte, ¿qué responderías? —planteó con sencillez, tomando al licántropo de los hombros.

La expresión de Hiccup fue de pura curiosidad, pero pintada de desconcierto. Toothless se percató del ligero temblor que recorría el pequeño cuerpo que sus manos sostenían.

¿Qué era eso? ¿Cómo podía ser que una criatura que no había aprendido lo que era el miedo, temblara de esa forma? Lo había comprobado anteriormente. Hiccup y Ruffnut carecían del sentido que las personas le daban a las emociones; no sabían muchas cosas, entre ellos qué era el miedo, cómo se vivía y cómo se expresaba. Dudaba terminantemente que fuera instintivo, pues ninguno de los licántropos había reaccionado con miedo frente a Drago.

—¿Por qué no me miras? —preguntó Toothless, observando la reticencia de Hiccup por cruzar miradas.

Hiccup se removió incómodo, tratando de zafarse, pero Toothless presionó más, sin lastimarlo, peor lo suficiente para que emitiera un gruñido de advertencia.

—¡Responde, Hiccup! —exigió.

—N-No lo sé —de nuevo, quiso liberarse. Usó sus brazos, pero mientras más tocaba a Toothless, más débil se sentía y eso lo confundía.

¿Qué era Toothless que lo hacía sentirse así?

—S-Suéltame —pidió en un susurro, removiéndose más cuando una de las manos de Toothless le tomó por el mentón para que lo observara—. N-No… ¡No me gusta!

Utilizando su descomunal fuerza, Hiccup propino un golpe en el pecho de Toothless y escapó de inmediato, regresando a la comodidad que la cama de doseles y cortinas había representado. La sorpresa del asalto había sorprendido a Toothless, así como la declaración, aunque no estaba seguro si Hiccup lo había rechazado.

Rápidamente llegó hasta la cama donde podía apreciarse un montículo de cobijas y sábanas. Toothless se quedó del lado izquierdo, sin atreverse a subir a la cama.

—¿Hiccup? —preguntó dubitativo, sintiéndose estúpido por un momento.

Nunca había necesitado de tacto a la hora de tratar con sus conquistas. Levantó su mano para tocar el cúmulo, pero la retrajo en cuanto vio movimiento de rechazo.

—Supongo que tienes razón —dijo al final, bajando la cabeza con remordimiento—. Los usamos para conseguir nuestro objetivo, y no tienen motivo para quedarse.

No hubo respuesta. Hiccup seguía bajo las cobijas.

—Pueden irse si lo desean —dijo Toothless dándole la espalda—. Juro que nunca sabrán más de nosotros y que nos serán perseguidos por nuestra especie.

Dio tres pasos exactos, antes de que la voz bajita de Hiccup lo detuviera.

—No te vayas.

Con la impresión grabada en su rostro, Toothless se giró de nuevo para toparse con el pequeño hueco de donde se asomaban los brillantes irises verdes. Hiccup hizo un esfuerzo para dejar ver su rostro, cuya expresión era de mortificación y tenía las mejillas sonrojadas. Cuán divino era verlo así, pues el estado puro e inocente de su gesto era único y especial, pues estaba seguro que Hiccup nunca antes había estado así.

—¿Quieres que me vaya o me quede, Hiccup? —preguntó Toothless directamente, ansioso por escuchar la respuesta de la que dependería el equilibrio de su eternidad.

Hiccup ocultó su cara de nuevo.

—No lo sé —contestó—. ¿Qué eres? Es incómodo. No quiero ver tus ojos, no me gusta verlos.

—¿Qué no te gusta con exactitud?

—Porque me confundes —siguió Hiccup—. Tus ojos son confusos, me incomodan, pero también me gustan. Son bonitos y me gusta verme en ellos.

—Así que te gustan mis ojos, pero no lo demás —apremió Toothless, que había recuperado la sonrisa y había llegado en un parpadeo frente a Hiccup, subiéndose en la cama y asomándose al hueco.

—Me gusta… todo —dijo, a falta de un término mejor.

—Eso es lo único que quería oír —con cuidado, despojo de las cobijas al delgado cuerpo que tomó por los hombros, acariciando la textura lisa de los omóplatos con cariño.

La tonalidad verdosa de la piel había desaparecido después de que Toothless ordenara a las sirvientas lavar y acicalar al muchacho (si él lo hacía, no controlaría sus deseosos actos). Ahora, era deliciosa la fricción con sus dedos, y comprendió que Hiccup no había temblado por miedo, sino por deseo, pero como no lo sabía, había actuado así.

—No sé qué me pasa —admitió Hiccup.

Toothless sonrió suavemente.

—Déjate llevar, pequeño —mencionó cerca de su oído, provocando un delicioso escalofrío que recorrió la espina del licántropo—. Tendremos mucho tiempo para enseñarte los nombres, ahora siente.

Y con un suspiro, Toothless tocó los labios perfilados de Hiccup, haciendo al otro respingar. Buscando su confort, Toothless paseó sus manos por el cuello subiendo hasta rozar las orejas y propinar caricias detrás de éstas. Movió sus propios labios para provocar una respuesta en Hiccup, y sólo fue cuando su lengua lamió las comisuras ajenas, que Hiccup correspondió de forma extremadamente torpe y extremadamente deliciosa. Sus movimientos labiales eran tentativos, expectantes y Hiccup probó que le gustaba sentir eso, así que desesperado por obtener más, trató de imitar a Toothless y pasó sus brazos por la nuca del vampiro.

El beso fue simple preludio, pero la química compartida por el contacto estremeció los 180 años de Toothless, y perdió la cordura que guiaban sus acciones.

Mandó a la mierda la parte de su mente que rogaba una explicación lógica para su preferencia por su enemigo. Porque no era natural, porque iba contra todo, porque no podía haber elegido a un licántropo como su pareja.

Pero la realidad lo golpeaba en forma de un beso.

Y Toothless estaba más que dispuesto a aceptarla.

Sus manos inquietas encontraron asilo en la calidez del cuerpo lobuno, trazando senderos de caricias que provocaban inocentes jadeos de una boca anteriormente virgen. Devoró con besos casi caníbales a Hiccup, enrollando su lengua y adiestrando al hábil licántropo que aprendía pronto.

—Esto se llama beso, por si te lo preguntas —dijo Toothless cuando tuvo que separarse por un instante.

Hiccup volvió a producir el contacto, maravillado por el sabor delicado de la boca de Toothless.

—Me gustan —exclamó Hiccup—. Más besos. Ya. Ahora.

Toothless no se contuvo más y lo derribó juntando sus bocas una vez más.

La pasión que despertaba Hiccup en él fue un el mejor estimulante que Toothless haya probado en su vida. Además, Hiccup no se privaba al momento de compartir caricias, a pesar de su inexperiencia y los pequeños respingos que daba cada vez que Toothless avanzaba, respondía bien al cambio, y mostraba porque era un licántropo. Aunque Toothless dominaba en la entrega, Hiccup proponía los límites, pedía más cuando lo quería, gruñía molesto cuando algo lo molestaba y arañaba la espalda del vampiro, que tenía mucha suerte de curarse rápido pues se habría muerto desangrado.

—Si sigues así, no me contendré, Hiccup —comentó Toothless, besando el cuello pecoso con adoración. Sería hermoso si pudiera beber su sangre, pero moriría nada más al intentarlo—. No desconfíes de mi control, pero rompes con todos mis esquemas y haces que mi deseo por ti renazca como un fénix.

—Si contenerte hace que no me toques, no lo hagas —dijo Hiccup, que no había comprendido bien la metáfora.

—Licántropo loco —Toothless quitó la estorbosa cortina que cubría la cadera espigada, mostrando el premio que anhelaba—. Tentarme de ese modo a mí, un demonio que ha segado la vida a miles y que podría corromperte de tantas maneras.

—Sentir ahora. Palabras luego —espetó Hiccup, rompiendo la tela de la ropa de Toothless y besando los pectorales blancos, cuya textura le supo sabrosa.

—Como quieras, Hiccup —los ojos verdes de Toothless brillaron con delicioso veneno tóxico antes de abalanzarse de nuevo contra Hiccup y presionar el centro de su pasión con su mano.

Un gemido puro brotó de las profundidades de la garganta lobuna, y Hiccup se movió en búsqueda de más contacto. Toothless sonrió de puro orgullo y prosiguió con su digna tarea, acariciando la extensión con fervor, despertándola y ganando más gemidos y que Hiccup se retorciera placenteramente.

Pronto, decidió unirse en la fricción, y juntó su masivo miembro para generar el doble de placer, absorbiendo las expresiones del rostro de Hiccup, a la vez que pellizcaba las tetillas sonrosadas.

—¡Ah, ah, ah! —la sinfonía creada por la garganta de Hiccup superaba por mucho cualquier otra cosas que hubiera escuchado en su vida, y Toothless se esmeró por hacerlo subir el volumen, empleándose duramente—. ¡Ah,… Tooth-less! ¡Yo…!

—No te contengas, hermoso —también era difícil hablar para él.

Y lo mejor todavía no comenzaba. Toothless habría querido dejarlo en mero contacto principiante, e ir sensibilizando a Hiccup conforme los días, pero lo deseaba tanto, que procurar su marca en el cuerpo del licántropo era lo más importante en su mente. Además, si oírlo gemir su nombre era fantástico, hacerlo gritar sería divino.

Se acomodó entre las piernas temblorosas del licántropo, que lo miraba con desconcierto y deseo, preguntándose qué es lo que pasaría ahora. Sin embargo, sintió algo redondo tocarlo en su entrada y jadeó cuando intentó entrar.

—Ssh, Hiccup —musitó Toothless, dulcemente besando sus revueltos cabellos—. Dolerá. Puedes clavarme las garras si quieres, porque no me detendré. No hasta que mi esencia se impregné en ti, y la tuya en mí.

Hiccup quiso hablar, preguntar a qué se refería, pero la incrustación del miembro de Toothless en su trasero y el dolor que eso conllevó, lo hicieron gritar masivamente. Demasiado asustado por eso, luchó por apartare, pero Toothless lo tenía firmemente sujetado y su ataque no disminuía, seguía hundiéndose, llegando a los linderos de la cavidad que estaba acostumbrándose.

Toothless se quedó quieto por un momento, respirando agitadamente al controlarse y esperando la señal indicada. Pero Hiccup seguía temblando con la cara oculta entre los brazos. Pensó por un segundo en detenerse, pero no lo creyó necesario. Hiccup era nuevo en todo, y Toothless necesitaba enseñarle lo más rápido posible, para que la confusión no terminara causando más daño en su mente. Sin embargo, tampoco quería lastimarlo, y usó un poco de la información que había obtenido de Wodensfang sobre los licántropos.

Saliendo de golpe, obligó a Hiccup a quedar en cuatro mientras él se colocaba detrás. Acarició los glúteos de nuevo, besando los hombros de Hiccup.

Entró de nuevo, esta vez sin la prisa de la primera vez, disfrutando de la angostes. Esta vez también, Hiccup no gimió adolorido, fue algo más.

Un aullido.

Placer.

Los ojos de Hiccup, Toothless pudo ver de reojo, eran de oro sólido, muestra de que el licántropo en su interior respondía a sus atenciones.

Eso provocó algo en Toothless también.

Lo supo sin verse, pero no fue hasta que Hiccup le observó que pudo comprenderlo.

—Azules —mencionó el licántropo, refiriéndose a sus pupilas—. Ahora son azules.

El verde metálico había sido sustituido por un azul incandescente, que hizo perder a Hiccup la cordura.

Entregándose a Toothless con todo su ser.

El vampiro arremetió con su descomunal fuerza, sabiendo que Hiccup lo soportaría, que sería placentero y que sus naturalezas estaban de acuerdo con su unión.

Un Vampiro.

Un Licántropo.

Rompían los tabúes con el vaivén de sus caderas. Acribillaban las opiniones exteriores con sus gemidos, jadeos y gritos. Limpiaban con su sudor las marcas de odio y rencor del pasado, y unificaban con la entrega mutua entre sus cuerpos.

El punto glorioso de la culminación fue como ver mil atardeceres, como si estuvieran justo en medio de la tormenta, o presenciando el origen del universo mismo.

El estallado de calor que estalló de Toothless y llenó a Hiccup provocó un grito que seguramente fue escuchado por todos, y el orgasmos resultante los dejó tiritando y con ganas de más.

—Te quiero —murmuró Toothless cuando salió de Hiccup, abrazándolo y llevándolo consigo para recostarse en una posición más cómoda.

Hiccup se acurrucó en el pecho blanco con los ojos brillando todavía como el oro, observando los azules de Toothless, y sin saber por qué, le dedicó una sonrisa.

—Te quiero, Toothless —finalizó, quedándose cómodamente dormido al igual que Toothless.


—¿Por qué estás tan roja, muchacha? —preguntó Meatlug a Heather, viendo que llevaba todavía intacta la bandeja de comida en sus manos—. El Príncipe Toothless dijo que debíamos llevarle comida por si el joven Hiccup despertaba.

—Meatlug —llamó la chica—. No creo que sea necesario. Ahora están comiendo… otra cosa.

Meatlug le miró con duda, sin comprender, pero Heather había dejado la bandeja en la mesa de la cocina y se había sentado en una de las sillas.

—Digamos que, de momento, es mejor dejarlos solos.

—Oh —exclamó Meatlug cuando por fin comprendió, y compartió una sonrisa cómplice con la muchacha—. Está bien, ¿deseas algo de té, querida?

—Será un placer.


Lilith: Realmente, no quería hacerlo tan largo, pero simplemente no podía dejarlo como un simple one-shot, así que éste fue el resultado. Al principio, sólo iba a ser una batalla entre licántropos y vampiros, pero la historia daba para más, y no pude controlarme. Respecto a la continuación (porque quiero hacerla), la escribiré si la piden, porque he dejado varios puntos sueltos que merecen justificación. Si tengo que decir algo, es que me considero experta en vampiros y hombres lobos (pues tengo varios fics con esas temáticas), por lo cual quise intentarlo en el fandom de HTTYD.

Por cierto, si quieres una imagen de la forma transformada de Toothless, Furious y Wodensfang busquen imágenes de Ulquiorra Ciffer en su segunda resurrección. En cuanto a Hiccup y Ruffnut, los hombres lobo de la película Van Hellsing, Cazador de Monstruos, son las indicadas (nada de licántropos con anorexia o de perros grandes como en Harry Potter y Crepúsculo, respectivamente).

Ya saben, si quieren continuación, ya saben, dejen review, que la subiré tan pronto como pueda ;)

Mientras, es todo por hoy.

Sinceramente, Abel Lacie Kiryû.