Disclaimer: How to train your dragon no me pertenece, es propiedad intelectual de Cressilda Cowell y fue animada por DreamWorks.

Advertencias: AU. Lemon. Sobrenatural. Trama-crack. Parejas crack.

Aclaración: Este fic responde al Reto #4 "Halloween" de Caldo de Toothcup para el Alma.

Pareja (s): Toothless/Hiccup. Secundarias: Wodensfang/Heather, Eret/Stormfly, Furious/Ruffnut. Menciones Wodensfang/Hiccup I, Furious/Hiccup II.

Lilith: La tercera parte contendrá poco toothcup debido a los sucesos del capítulo dos. No espero muchos review, además, habrá hetero, me di cuenta lamentablemente que este fic contiene mucho, por lo cual trataré de balancearlo con yaoi.

Disfruten el capítulo.


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Capítulo Tres

Carroña

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"Muchos de ellos, por complacer a tiranos, por un puñado de monedas, o por cohecho o soborno están traicionando y derramando la sangre de sus hermanos".

—Emiliano Zapata, Revolucionario mexicano.

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Al abrir sus ojos el mundo había cambiado.

Sus pupilas, presas de una sensibilidad sobrehumana, se dilataron por los minúsculos rayos de luna que lograban colarse por la cortina azul.

Supo al instante, cuando sus oídos percibieron hasta el mínimo ruido de las ratas paseándose en las tuberías, que estaba maldita… por toda la eternidad.

Un sollozo aguardó en su garganta hasta que ya no pudo soportarlo, cubriendo con sus manos su rostro, dio rienda suelta al llanto, gritando con tal desesperación que resonó a través de las paredes.

Heather Jolene había muerto. En su lugar, una criatura de la noche había usurpado su cuerpo, gracias a la profanación de los colmillos de Wodensfang.

—Veo que ya despertó —comentó Fireworm entrando a la habitación con una charola de plata en sus manos—. Han pasado veinte días desde su… desde que durmió, mi lady, me alegro que por fin haya despertado

La nariz de Heather se movió inquieta al captar el sutil, pero constante aroma que desprendía la tetera. Era una infusión de hierbas aromáticas, empero, sobresalía el carismático sabor sanguíneo. Té con sangre, dedujo.

—Sus ropas están listas, para cuando desee cambiarse —indicó Fireworm con tono extrañamente cordial. Dejó la charola en la mesita del té, que estaba junto a la chimenea, y se acercó a donde Heather reposaba espontáneamente callada—. Su alteza ha ordenado que su primer aperitivo se celebre en esta habitación, para brindarle comodidad y privacidad, mi lady.

Heather se tensó ante la mención de Wodensfang. La tristeza inicial fue reemplazada por furia, rencor puro hacia el bastardo que la había condenado.

En un segundo, Heather abandonó su lugar, con increíble rapidez capturó el cuello de Fireworm. Apretó con su tremenda fuerza el cuello, que le pareció sumamente frágil y débil. Por un momento, Heather se espantó de sus renovadas habilidades, pero el costo por obtenerlas volvía a concentrarla en su odio.

Se percató que Fireworm no trataba de defenderse, ni de quejarse. Comprendió que podía deberse a las órdenes de Wodensfang o a que le estaba rompiendo el cuello con sus manos. Heather comprendió que no le interesaban las razones, porque en ese momento sólo quería destruir. Fireworm había firmado su propia sentencia al estar ahí cuando despertó. Heather descubría que la idea de destruirla no era tan aberrante como en antaño.

—Te odio —masculló a Fireworm con tensión, aunque parte del odio también iba dirigido hacia Wodensfang—. TE ODIO.

Aprisionó más el cuello, rompiendo las vértebras y arrancando la cabeza del cuerpo. La sangre que salió empapó la cara y el vestido de gasa blanca de Heather. Sus ojos, no tuvo que verse a un espejo, estaban rojos, prueba inequívoca de que el linaje de Wodensfang corría por sus venas.

Heather no se conformó con decapitarla, rasgó la tela del traje de sirvienta y atravesó con sus afiladas garras la carne del torso con saña e increíble malevolencia. Molió las costillas, apretó los pulmones y reventó los demás órganos, hasta que la inevitable muerte llegó y se volvió cenizas.

Heather se quedó quieta sobre un charco de pestilente ceniza mezclada con sangre.

Escuchaba atentamente cada sonido a su alrededor. Las murmuraciones de los vampiros, el viento paseándose a través de los árboles, el canto de las aves, e incluso, las propias palpitaciones de sus órganos podían ser oídos por ella.

—Mi corazón… —susurró Heather al no escuchar su latido.

Los vampiros tenían corazón, por supuesto. Pero no latía, porque todos estaban muertos. Ya fuese un vampiro nacido o creado, todos estaban muertos. La maldición que cargaba su legado era lo que los mantenía vivos, lo que permitía que existieran en el mundo cuando tendrían que estar muertos.

Pasado el lapso vengativo, Heather se derrumbó. La idea de ser un vampiro destruyó sus esperanzas, volvió sus ideales en un mero recuerdo, la huella de que había sido humana. Lloró por la perdida, sosteniéndose los mechones oscuros con desesperación y cayendo de rodillas sobre la mancha nauseabunda. El dolor que la recorría era indescriptible, casi irascible, la recorría como ponzoña y la debilitaba.

—Mamá… —sollozó patéticamente, procurando que el recuerdo de Camicazi Jolene la salvara de la angustia y el dolor—. Madre…

Se abrazó a sí misma, encogiéndose en su lugar. ¿Por qué tenía que pagar por el pasado? Wodensfang la eligió por parecerse a Hiccup Haddock I, no por otra razón. La marcó sin autorizarlo, sabiendo a la perfección que prefería morir que ser un vampiro. No fue su elección, no tuvo oportunidad de replicar y su libertad había sido el precio a pagar. Wodensfang no la dejaría ir. Nunca.

Un par de brazos gentiles y cálidos la rodearon, recargándola en el cobijo de un pecho conocido y odiado. Una mano suave acarició su frente y sintió repentino alivio, casi adormecedor. Heather quedó como una muñeca rota en los brazos de Wodensfang.

—Duerme, Heather —musitó con extrema dulzura, cerca del oído frío.

El vampiro usó abducción para someterla a un sueño profundo, que con certeza estaría plagado de pesadillas. Con mucho cuidado, la cargó y la acomodó de nuevo en la cama, sin taparla.

No había esperado que el cambio la afectase tanto como para matar apenas despertar, pero no se arrepentía. Heather aniquiló a Fireworm con facilidad, y teniendo en cuenta que la vampiresa había sido una temible comandante anteriormente, significaba mucho. Wodensfang nunca convirtió a nadie en vampiro, Heather fue, por decirlo de alguna manera, su primera vez. Ella recibió toda la fortaleza de su sangre, la más antigua y pura de todas. Su potencial era enorme. Sería una guerra sin igual.

Pero por ahora, sólo era una frágil muchacha de 14 años, demasiado asustada para aceptar su nueva condición, y demasiado asqueada ante la idea de beber sangre para dejarse morir por inanición.

Wodensfang tomó la tetera y bebió de la punta sin tragar. Luego, se acercó de nuevo a ella, acomodándola y conectando sus bocas. Pacientemente, pasó el brebaje, cuidando que cada gota fuera bebida. Heather no se alimentaría de él por voluntad propia, tampoco tomaría los suplementos, así que Wodensfang lo haría por ella, para asegurar que sobreviviría.

Al terminar, la arropó cálidamente y acarició su despeinado y húmedo cabello. Salió sin decir más, ordenando a los sirvientes que ahí se encontraban limpiar el cuarto y asear el cuerpo de Heather. Obedecieron sin chistar, dando una respetuosa inclinación a su próximo Rey.

Wodensfang caminó por los pasillos de su castillo, dirigiéndose al salón de juntas donde Skullcrusher, Stormfly y Hookfang. Tenía que preparar a su ejército ante la amenaza de la Reina Red Death contra su nación; al parecer, cuando ella se enteró de la fuga de los licántropos, consideró replantearse la invasión a Tierra Media y mandó una flota de buques a vigilar la frontera invisible que dividía el Océano Atlántico. Al mismo tiempo, Wodensfang respondió con su flota ligera de acorazados, ordenando que a cualquier movimiento sospechoso abrieran fuego sin tregua alguna.

Si Red Death quería guerra, una guerra es lo que obtendría.

No temía para nada, con o sin licántropos, su ejército saldría victorioso. Se encargaría personalmente de ello, para asegurar un exterminio total del linaje Death. Serviría como advertencia, un claro mensaje al otro Rey del mundo. Wodensfang no tenía nada en contra de Bewilderbeast (gobernante de Tierra Fuego), pero derrocar a Drago y asesinar a Red Death eran los primeros pasos a una conquista total.

—Fanghook —llamó con suavidad.

Al instante, un chiquillo con aparentes 13 años surgió y se hincó frente a él. Tenía el cabello revuelto, de color azul y violeta, los ojos amarillos y la piel ligeramente bronceada. Se le conocía como la Sombra, como hermano menor de Hookfang, su trabajo consistía en proteger a la Realeza en tiempos de guerra.

—Traigo un mensaje de su Alteza —habló el muchacho, su tono de voz igual de monótono que el de su hermano mayor—. "El rastro se ha perdido. Iré al Norte. Red Death infiltró soldados. Los eliminé. La guerra comienza ahora".

—Entiendo —dijo Wodensfang—. Buen trabajo, Fanghook. Dile a Furious que me encargaré por completo de esto, y estarás bajo su mando a partir de ahora.

Fanghook asintió solemne, y en un parpadeo desapareció. Wodensfang siguió con su camino, llegando al salón donde sus generales lo esperaban.

Ellos se inclinaron respetuosamente hacia él, cada uno con su imponente armadura de acero. Hookfang ocultaba su regenerado brazo debajo de una capa corta de tela roja, estaba serio y sus ojos no ocultaban sus deseos de pelea. Stormfly estaba en un estado similar, manteniéndose tranquila y serena. Mientras, Skullcrusher esperaba pacientemente; no era su primera vez en una guerra y eso lo hacia el general más sabio, más analítico.

Wodensfang se sentó en el asiento principal, y antes de comenzar oficialmente, pensó por un segundo en Toothless. Su hermano habría estado encantado de participar en este conflicto, en cercenar él mismo la cabeza de Red Death, pues había estado a punto de ser comprometido con ella. Drago fue sabio en negarse a formalizarlo, la Reina Escarlata —como es conocida— se veía más como amenaza que como conciliación. Ni la ambición de Drago podría haberla aceptado como miembro del Clan Draco.

—Atacaremos —fueron sus primeras palabras. En cuestiones bélicas, lo mejor era ser breve y conciso—. Furious me ha informado que se topó con soldados de Tierra Nueva sin autorización. Red Death ha infringido el Tratado de Paz y he decidido llevar esto a batalla.

—¿Su Alteza ha encontrado a los licántropos? —preguntó Stormfly con cortesía, evitando anunciar su ansiedad.

Ella y Hookfang quisieron unirse al grupo de búsqueda encabezado por Furious, pero la amenaza de guerra los obligó a quedarse a pelear. Como sea, eso no bajó odio, querían encontrar a los licántropos para vengar la caída del Príncipe Toothless.

—Aún no —contestó Wodensfang. Comprendía su frustración, pero no permitiría que se dejaran llevar por sentimentalismos. Esta guerra necesitaba toda la concentración de sus generales. La captura de los licántropos, aunque estaba dentro de sus prioridades, no era urgente.

—Llevaré tropas a la frontera, en el Atlántico —informó Skullcrusher, cansado de tanta palabrería y sabiendo que Wodensfang apreciaba la prontitud—. La Reina no es idiota, atacará por ahí. Es el único lugar donde puede tocar tierra, sin que nuestros acorazados detengan a su flota.

Wodensfang asintió con aprobación.

—Quiero que lleves contigo sólo a un batallón de cientos soldados rasos y cinco tenientes. Ella enviara a muchos, pero serán sus miembros más débiles, meros señuelos. Contestaremos de la misma manera, pero quiero que acaben con todos. Ningún sobreviviente. No recibir noticias de su primera oleada la angustiará más que si mandamos a uno de sus mensajeros.

Skullcrusher aceptó con un asentimiento.

—Ustedes dos —indicó Wodensfang a los restantes—, asegurarán el perímetro. Red Death no utilizará la ruta del Océano Pacífico, el viaje es muy largo y sólo gastaría energías, concentrara todo su poder en llegar por el Golfo de Tierra Nueva y el Océano Atlántico. Deben asegurar las defensas ahí. Dejaremos que ataque todo lo que quiera hasta agotar sus recursos, cuando esté débil, pasarán a la ofensiva.

—¡Entendido, su Alteza! —contestaron al unísono.

—¿Qué pasará con los humanos restantes? —preguntó Stormfly—. ¿Y con Heather Jolene? Tenía entendido que Fireworm.

—Heather ha asesinado a Fireworm —anunció casual, sin interesarla la mirada sorprendida de Stormfly—. Horrorcow se hará cargo de su entrenamiento a partir de ahora. Los humanos restantes, salvo Eret y Tuffnut Thorston, serán consignados al laboratorio. Cloudjumper los utilizará para algunos experimentos que quiere realizar.

—Entendido —repitió Stormfly, conforme con la respuesta. Interiormente estaba sorprendida del logro de Jolene. Fireworm era tan fuerte como ella, aunque era de esperarse teniendo presente quien la había convertido.

—Por cierto —agregó Wodensfang mirándola—, debes convertirlo, Stormfly. Fue el trato.

Stormfly dudó un instante, su hermoso rostro se tensó y ella casi titubea. Luego afirmó de nuevo, seria, pero esta vez sin mirarlo. Hacer eso no sería fácil para ella, y por primera vez no estaba segura de cumplir con su palabra.


Una sombra se coló deprisa por los inmensos árboles, dejando una estela de polvo, ramas rotas y hojas caídas a su paso. Sorteó con agilidad los obstáculos que el camino presentaba, sin detenerse ni un solo minuto.

—¡Atrápenlos! —rugió una voz rasposa, taladrando el silencio del bosque.

Varios rugidos más se le unieron, con ello el sonido del metal siendo blandido de espadas y lanzas, se le unió. Pronto, se convirtió en una persecución incansable, donde la sombra esquivaba los ataques de la horda de vampiros enardecidos.

—¡No podrán escapar, lobitos! —sonrió el que fungía como capitán de escuadrón—. ¡Ahora que no están bajo la protección de los Herederos de Tierra Media, no hay nada que pueda salvarlos!

Una lanza fue arrojada con certera destreza y rozó terriblemente la piel de Ruffnut, que estaba en su forma humana y se aferraba al lomo de su hermano. Al oír su quejido de dolor, Hiccup paró en seco, detectó olor ligero a sangre y como Ruffnut tiritaba apenas. La lanza contenía veneno, misma sangre de vampiro.

Los licántropos viajaron todo ese tiempo por los enormes bosques de lo que antes fue Rusia. Trataban que su olor no dejara rastro, por lo que se turnaban para transformarse para evitar dejar irregularidades en el terreno que sirvieran de migas guías para que los encontraran. Estuvieron bien por un tiempo, hasta que un escuadrón con un uniforme completamente diferente al del ejército del Clan Draco los había encontrado.

El encuentro indicó a Hiccup muchas cosas. Algo había sucedido en el exterior, en los reinos más allá de Tierra Media, y que este batallón en especial tenía como objetivo cazarlos. Las lanzas y espadas bañadas con sangre de vampiro eran pruebas inequívocas (Hiccup detectó que la sangre empleada tenía antigüedad, poder; un veneno potente para ellos).

Al atender al dolor de su hermana, dejó que el batallón los rodeara. Con lanzas y espadas en mano, los vampiros se burlaban de ellos, dispuestos a dar el golpe final.

—Qué mal por ustedes, perritos, no debieron salir del castillo nunca —rió el capitán, añadió con arrogancia—. Supongo que bestias irracionales como ustedes no comprenden cuál es su posición en el mundo. Permítanme aclararlo, ustedes son una mier-…

Las filosas garras de Hiccup se incrustaron en el fino cuello de la arrogante sanguijuela, y con un presto movimiento, arrancó la tráquea de su cobijo junto con los músculos circundantes. El chorro de sangre empapó el pelaje cobrizo de Hiccup, y gotas escurrieron a la tierra. El licántropo lo remató con un zarpazo que lo partió en dos irregularmente.

—¿Pero qué? —pudo decir un soldado, sosteniendo su espada con repentino espanto—. El capitán ha… él mató al… capitán…

Fue el segundo en ser víctima de Hiccup. Sólo bastó la fuerza masiva de sus garras para aplastar el enclenque cráneo, volviéndolo una papila asquerosa color gris y rojo.

Anonadados, los vampiros temblaron ante las pupilas topacio, gritaron de puro terror cuando el inmenso hombre lobo se arrojó sobre ellos, y pretendieron huir inútilmente. Hiccup se encargó de destruirlos, cada uno de ellos probó su brutalidad y el terreno quedó plasmado de rojo, de cenizas y terror.

La matanza no duró mucho, los vampiros no presentaron un reto para Hiccup, y pronto el bosque volvió a sumergirse en el silencio natural. Con la tarea terminada, Ruffnut pudo bajar del lomo de su hermano y recargarse en la hierba fresca.

—Duele —se quejó, mordiendo sus labios para no gritar. Su cuerpo desnudo se contorsionaba con espasmos de dolor, revelando la tensión que le provocaba la herida.

Sin perder su forma lycan, Hiccup verificó la herida. No era profunda, sólo un leve rasguño con una tonalidad rojiza. Olfateó con su nariz, pero se alejó cuando salió una sustancia oscura y pútrida.

«Así que esto es Purificación», dijo Hiccup.

La Purificación era una de las consecuencias que sufrían los licántropos al beber sangre de vampiro. Al absorber el veneno de Furious, Ruffnut se hizo más fuerte, pero a la vez, su cuerpo no podía aceptar sangre más débil que la de él. Cualquier intento por inyectar sangre corriente de vampiro, sería en vano. El mismo veneno consumido se encargaría de expulsarlo.

—Hiccup —lo llamó Ruffnut—, huele a agua.

Efectivamente, después de decirlo, gotas pequeñas comenzaron a caer sobre el campo, haciendo lodo rojizo del suelo debajo de ellos. Lo que comenzó como una ligera llovizna, se convirtió en una tormenta. El pelaje de Hiccup se humedeció rápido, escurriendo hilillos de agua, limpiándolo de la sangre.

—No eran sus subordinados —dijo ella, pasando sus manos por el cuello lobuno y acurrucándose ahí.

«Lo sé», Hiccup restregó su hocico en el cabello rubio, aspirando el lycoris mezclado con arándanos y anémonas silvestres. Se abstuvo de gruñir, sabía que sería así por siempre, o hasta que Ruffnut pudiera controlar bien el poder que adquirió al beber la sangre del vampiro. «Debemos seguir. Si esto es una pelea entre dos bandos, seremos el objetivo principal».

Ruffnut asintió. Subió de nuevo al lomo de Hiccup, aferrándose con fuerza del su pelaje cobrizo y disfrutando el contacto de la lluvia. Era delicioso sentir las gotitas pellizcar su piel desnuda, formando riachuelos y resbalando por su cuerpo.

Cuando estuvo seguro que Ruffnut no caería, Hiccup empezó a correr, usando toda la potencia que le proporcionaba andar en cuatro patas. Gracias a la lluvia, no dejó rastro de polvo que seguir y sus huellas en el fango serían borradas al instante. El único inconveniente es que estaba privado de oler a sus posibles enemigos, y tendría que mantenerse muy alerta por cualquier ataque sorpresa.

De pronto, a pesar de la lluvia, Hiccup escuchó el jadeo ahogado que Ruffnut soltó. Temiendo el veneno de Furious fuese más fuerte de lo calculado, se detuvo entre unos arbustos de rapónchigos y la ayudó a bajar. Ruffnut estaba respirando entrecortadamente, como si le costase retener el aire en sus pulmones, y sus mejillas estaban extremadamente sonrojadas.

Al instante, Hiccup se relajó. No se trataba de debilidad por veneno, sino de algo más familiar. Ya había sucedido antes y sabía qué hacer en esos casos cuando Ruffnut se ponía en un estado de sopor anhelante.

Su hermana necesitaba su contacto, tocarla la mantenía centrada, alejada de la incomodidad. Sin privarse de su transformación, Hiccup comenzó el pequeño ritual. Paseó su hocico el espacio de su rostro, degustando el aroma familiar picando gratamente su nariz. Sintiendo el calor, Ruffnut estiró sus manos, colocando cada una en los pómulos lobunos y restregando sus narices.

El enorme licántropo respondió con un gruñido bajo, algo que sorprendió a ambos. No gruñó como advertencia o de rechazo. Fue diferente. Fue grave, casi en un ronroneo hipnótico que sacudió el cuerpo de Ruffnut. Gimió sin pensarlo, enterrando sus manos en el pelaje del pecho, como si estuviera dando un masaje tenso, anhelante.

—Tócame —pidió en un susurro—. Por favor.

La suplica despertó algo en Hiccup, algo sumamente desconocido, oscuro y sensual. Gruñó de nuevo, respondiendo a su hermana con toques de su hocico en la piel lisa y tersa. Odió el aroma de arándanos y anémonas silvestres, se enfocó en absorber el lycoris solamente. No entendía que sucedía, nunca antes se sintió tan deseoso por estar cerca de su hermana.

Por su parte, Ruffnut estaba perdida. Las ansias la sobrepasaban y el toque de Hiccup era lo único que la mantenía concentrada. ¿Qué significa eso? Antes no necesitó de las caricias para calmarse, simplemente requería que Hiccup estuviera ahí, sosteniendo su cabeza y cantando para ella.

—Hiccup —musitó quedamente.

«Ruffnut», respondió volviendo a su forma humana lentamente, para cruzar un límite entre su sangre.

Perdido en los irises azules, Hiccup atrapó sus labios en un beso suave, delicado, que sumergió a ambos a un estado agradable, de mutua complacencia y calma. Fue pura adrenalina la que corrió por las venas de ambos hermanos, y el tabú fue roto hasta el final, siendo la lluvia su protectora y tierna vigilante.


Inmerso en un sueño profundo y lejano, donde imágenes de recuerdos queridos pasaban frente a él, Toothless permanecía quieto. Su estado le permitía traspasar las limitaciones de su mente consciente, librándolo de todo para navegar entre por el barullo de memorias.

Viajó por el recóndito pasado, recobrando valiosos momentos dejados de lado por el hastío de su larga existencia. Vio su infancia, plagada de lujos, de los abrazos de su madre, la sonrisa cálida de su padre (su verdadero padre, no los recuerdos implantados por Drago), la paciencia con la que Wodensfang contestaba a cada una de sus tediosas e infantiles preguntas, incluso la limitada amabilidad con la que Furious bromeaba con él.

Luego, al crecer, rememoró sus días de entrenamiento. Siendo hijo de la Realeza, Toothless tuvo que aprender sobre guerra, política y economía, además de etiqueta, literatura y liderazgo. Recordó que Skullcrusher y Cloudjumper fueron sus maestros, impartiéndole su sabiduría y su experiencia, moldeándolo para ser digno de pertenecer al Clan Draco.

Entonces, vinieron las memorias de su adultez. Todas sus batallas, revividas como si estuviera interpretándolas de nuevo. Aquellos momentos en que, en medio del campo salpicado de cadáveres y muerte, encontró a sus amigos, a sus subordinados más leales.

Y pronto, la retahíla de memorias se truncó en un momento dado, un instante en que el universo en que Toothless se ubicaba, cambió. Todo giró repentinamente, desestabilizó sus sentidos, y cuando logró equilibrarse, fue presa de los ojos verdes de un muchacho fuera de lo común.

Hiccup.

Un escalofrío placentero lo atravesó en la nebulosa de su estado comatoso al sólo nombrarlo.

Hiccup.

Su nombre se había vuelto una letanía preciosa, el eco de una canción olvidada. No un simple flechazo como todas sus parejas anteriores. Hiccup representaba algo lejano, apreciado e infinitamente único. Cada una de sus pecas, su delgado cuerpo, la firmeza de su piel, el revoltijo de sus cabellos cobrizos, sus manos suaves, sus hombros ligeros, su sincera sonrisa.

Incluso si su naturaleza licántropa era contraria y enemiga a la suya.

Toothless lo amaba.

A pesar de que Hiccup no sintiera lo mismo por él.

«Buscaste tu propia destrucción, Toothless», espetó Furious, el eco de su voz resonando en cada parte de su mente. «El deseo nos fuerza a amar a lo que nos hará sufrir».

La figura de Ruffnut se apareció frente a él, la imagen concreta del primer día que la conoció.

«Quisiste apartarlo de mí», no fue un reproche, ni un reclamo. La expresión de Ruffnut simulaba a la de su primera encuentro, cuando ella no entendió de qué le estaba hablando. «Hiccup y yo hemos estado unidos siempre. Tratar de separarnos fue un error. Estuvimos encerrados durante mucho tiempo, mucho, mucho tiempo… ¿Acaso crees que Hiccup deseaba estar encerrado toda su vida, de nuevo, ahora bajo el yugo de otro verdugo?».

«Si lo único que querías de mí, era mi libertad…»

La imagen de Ruffnut trasmutó lentamente, adquiriendo un torso más masculino y una altura más alta.

«… debiste matarme, Toothless».

Toothless tembló ante la figura materializada de Hiccup. Su alma fue atraída por la calidez, y su mano derecha viajó por inercia hasta tocar uno de los hombros desnudos. Se paseó por la piel, el hormigueo en la punta de sus dedos fue exquisito y Toothless no aguantó más. Cegado por el amor y la añoranza, Toothless desechó la frase anterior y atacó los labios de Hiccup.

El licántropo de sus recuerdos no dudó en corresponder, con el deseo y ansia de las primeras veces. Embriagado por el tóxico contacto, Toothless se perdió. Olvidó su dolor, aquella pérdida que perforó su alma y lo condenó al coma.

Toothless estaba ido en los recuerdos, pero su cuerpo permanecía atado al sepulcro blanco, rodeado de las tumbas de sus antepasados y con la cicatriz atravesando su pecho, una marca de su derrota.


Stormfly se dirigía a sus aposentos en la sección norte del castillo. Finalizada la junta, pocas cosas debían discutirse y Wodensfang les ordenó cumplir de inmediato sus órdenes. Entró a su habitación encontrando a Eret leyendo La Ilíada de Homero, derrumbado cómodamente en el elegante sofá de casimir rojo.

—Ah, bienvenida, preciosa —dijo él al verla entrar. Cerró el libro marcando la página, para dejarlo al lado y sonreírle ampliamente—. ¿Algo nuevo pasó con las sanguijuelas?

Stormfly no le reclamó por eso, ya acostumbrada al vocabulario poco adecuado del ex líder.

—Tengo que ir a resguardar el perímetro, su Alteza ha declarado la guerra a Tierra Nueva y a su Reina —informó ella.

—Interesante —dijo Eret. Lo esperaba, de hecho. Los vampiros se aliaron para acabar con todas las otras especies (enfatizándose en los licántropos y los humanos), así que con la amenaza acabada, mostraban su verdadera faceta. Era momento de romper alianzas y enzarzarse en una lucha para ver quien se quedaría con el botín—. Supongo que la búsqueda de los cachorros quedó a cargo de la sanguijuela del medio, ¿no es así? Wodensfang se hará cargo de todo por aquí.

Stormfly asintió.

—También… —mencionó, pero guardó silencio, sopesando sus palabras.

—¿Qué pasa, preciosa? —inquirió Eret tomándola de los hombros. Conocía bien a Stormfly, sabía bien que ella no se quedaba nunca callada y que era directa y honesta.

—Me piden que te convierta, Eret —pronunció lo más serena posible.

La reacción de Eret no la esperó. Él hombre dejó de agarrar sus hombros y tenía una expresión seria.

Stormfly no tenía idea qué decir, por primera vez en su inmortalidad temía por algo. Al principio de su relación, establecieron los puntos a tratar, como si estuvieran por firmar un contrato; Eret estipuló que conservaría su humanidad, no le interesaba para nada ser un vampiro, y Stormfly estuvo de acuerdo con eso. No obstante, los Príncipes decidieron perdonar a Tuffnut Thorston y a Eret con la condición que fueran transformados y reintegrados a la Sociedad de los Vampiros. Aunque se estipuló de esta manera, pasaron veinte días sin que algo sucediera, con excepción del fallido intento de Heather Jolene por escapar, ni Tuffnut ni Eret fueron mordidos para su conversión.

Stormfly temía que por su terquedad, Eret terminara en uno de los experimentos de Cloudjumper, como el resto de los humanos.

—Fui claro antes, mon cheri —pronunció el ex líder, sacándola de sus pensamientos—. No quiero ser un vampiro. Me gusta que tú lo seas, forma parte de lo que eres, pero yo soy punto y aparte. Soy humano, débil, poco longevo y lo que quieras, y me gusta serlo.

—Si no aceptas, ellos…

Un dedo se posó en los carnosos y fríos labios.

—No te preocupes —una sonrisa suave, poco natural en él, la sacudió—. Estaré bien. Dudo que las sanguijuelas me hagan algo, digo, ya lo hubieran hecho de ser así. Wodensfang ignoró los deseos de Heather, así que ¿por qué haría una excepción conmigo? Nos conocen bien.

—¿A qué te refieres?

—Wodensfang te envió a vigilar el perímetro, ¿no? Deduzco que no te dijo nada más, como que podías llevar a alguien más.

Stormfly abrió sus dorados ojos de par en par.

—Eso quiere decir…

—Sí, mon cheri, iré contigo —su sonrisa se hizo más ancha—.Ésta es mi decisión. Voy a acompañarte, Stormfly. No temas por mí, ni te figures mi muerte. Soy Eret, hijo de Eret y, hasta que no haya otro mejor que yo, sigo siendo el Líder de la Resistencia Humana.

—Estás demente, Humano —Stormfly correspondió su alegría, y recompensó el valor con un suave beso—. Podrían matarte, convertirte contra tu voluntad o torturarte hasta perder la cordura.

—Nada a lo que no esté acostumbrado —mencionó Eret con desgana—. Pero no hablemos del futuro triste y mortífero que nos aguarda, tenemos maletas que empacar, querida, una guerra no se gana hasta que no me visto con ropa de seda.

Stormfly arrugó el cejo, envió una mirada ácida.

—No es seda, es tela de araña —aclaró—. Es mucho más resistente.

—Eso no lo hace menos espeluznante.

—… no habrá sexo desde esto momento.

—¡Rayos!


Otro día llegó para los licántropos, con la lluvia detenida, retomaron la marcha rumbo a las Montañas del Cáucaso. Hiccup seguía transformado para aprovechar los cálidos vientos del amanecer y secar su pelaje; al igual que otras veces, Ruffnut lo montaba. Estaba recostada pecho bajo sobre él, sus manos trazando caricias en los omóplatos y su mente recordando todo el día anterior. La batalla. El dolor. El anhelo. El cuerpo de su hermano fundiéndose con el suyo.

¿Qué sucedió? No lo entendía con exactitud, aunque suponía que se trataba de algo de su naturaleza licántropa, algo que ni él ni ella pensaron antes. No obstante, ayudó a contestar otras dudas, a responder el porqué de las miradas de miedo de los vampiros cada vez que le veían. Después de todo, su linaje licántropo tenía que ser perpetuado.

En esos instantes, la conexión entre ellos se profundizó mucho más. Todo tuvo lugar en su encuentro, entregarse fue tan natural como respirar. Ruffnut dijo a Furious que entendía perfectamente el lugar que ocupaba en la mente de su hermano, ahora quedaba completamente claro. ¿Pero qué lugar tenía Toothless en todo esto? Ruffnut no estaba ciega, no negaba el lazo que se formó entre Hiccup y Toothless. Si Hiccup y ella se pertenecían mutuamente, ¿por qué Toothless decidió que su hermano era su elección, su camino natural para pasar la eternidad? ¿Qué clase de destino retorcido era ése?

Mientras tanto, Hiccup estaba pletórico, extrañamente feliz. El aroma de los arándanos y anémonas silvestres se debilitó, en su lugar el ciruelo blanco quedó impreso en la piel de su hermana. Satisfecho, Hiccup corrió más rápido por el salvaje terreno. Fue afortunado que el invierno no llegara todavía, los montes de Rusia enverdecían por las lluvias del verano y el ambiente era templado, seguramente debido a los cambios climáticos que sufrió el planeta por la pasada contaminación. Olía la frescura del bosque, el aire extremadamente limpio de la montaña… Se sentía libre. El encierro anterior era un recuerdo lejano y sombrío.

Y sin quererlo, pensó en Toothless. El Toothless con el que habló cuando despertó en la cama de su anterior alcoba, el Toothless que adoraba verlo descubrir poco a poco el mundo, el Toothless que no fruncía el ceño a Ruffnut cuando pensaba que no lo estaba viendo… Toothless, el vampiro que no estaba corrupto por su obsesivo amor.

Hiccup odiaba el cambio que Toothless sufrió a medida que pasaban los meses.

Antes, Toothless comprendía que Ruffnut era muy importante para él. Cuando el tiempo pasó, Toothless envidió su lazo y trató de consumir el alma de Hiccup. Tal vez pudo haberlo logrado, si Ruffnut no estuviera ahí. Hiccup no deseaba esa clase de afecto. No escapó de una celda para meterse a otra. Además, de seguir así, Ruffnut estaría en peligro, y él no soportaría perderla.

Llegaron a su destino. El imponente monte Elbrús se extendía ante sus impresionados ojos, el sol estaba justo en medio y el viento cesó. Ruffnut bajó de un ligero salto, sus trenzas balanceándose a cada movimiento suyo. Con la meta alcanzada, Hiccup retornó a su forma humana, sacudiéndose graciosamente los restos de agua quedaban en su piel.

—Llegamos —dijo él como si fuera necesario—. El Monte Elbrús, uno de los pocos escondrijos que quedaron tras la última guerra contra los licántropos

—Es enorme —alabó Ruffnut con un silbido apreciativo.

—La montaña sólo es un encubrimiento, la guarida interior es más pequeña, pero los túneles abarcan varios kilómetros a la distancia. Aunque no lo tenía contemplado al principio, es necesario verificar qué hay aquí antes de ir a nuestra meta final.

—¿Qué crees que encontremos? —preguntó Ruffnut.

Hiccup no estaba seguro si se refería al Monte Elbrús o al antiguo lugar de sus ancestros.

—No lo sé —contestó con sinceridad—. Pero lo que sea que hallemos será un inicio.

—Mmm, bien, supongo que tendremos que separarnos entonces —meditó—. Así cubriremos más terreno y no dejaremos nuestro aroma aquí, así ellos no nos encontraran tan pronto.

Hiccup lo pensó por un segundo. Ruffnut tenía razón, pero la idea de separarse no le daba una buena sensación. Aunque los libros de geografía indicaran que el Monte Elbrús no albergaba vida alguna aparte de la flora y la fauna local, no se fiaba de la información. Los libros decían que los licántropos se extinguieron hace 200 años, lo cual era totalmente incorrecto.

—Está bien —cedió a regañadientes—. Si pasa algo, cualquier cosa, aúlla. Llegaré en segundo.

Ruffnut rió tontamente por su preocupación. Hiccup le dio una mirada de reproche, antes de abrazarla repentinamente.

—Lo digo en serio, Ruff. Cualquier cosa, incluso si es tonto, llámame. Promételo.

Acariciando su rostro en la hendidura del cuello de su hermano, Ruffnut apreció el ligero temblor que recorría su cuerpo.

—Lo prometo, Hiccup.

Bastante conforme con la respuesta, Hiccup la dejó ir. Los hermanos se adentraron en la vegetación que rodeaba el inicio de la montaña, tomando caminos diferentes. Ruffnut sorteó los obstáculos con grácil agilidad, algo dentro de ella reaccionaba a los caminos rocosos, pudo imaginar a los licántropos recorrer todo el terreno en épocas pasadas de esta forma, como ella, desnuda y libre. Olfateó el aire con deleite, encontrando aromas nuevos de criaturas y flores que vio en los pocos libros que leyó.

Cuando subió a una pendiente para observar mejor el terreno, Ruffnut encontró una anormalidad en el terreno. De un salto, llegó hasta lo que parecía una entrada tapada con algunas rocas, llena de enredaderas de con flores de pútrido perfume que le quemó las fosas nasales. Por sentido común, Ruffnut pensó en alejarse, pero al captar otro aroma, se detuvo. Olía a sudor rancio, pestilente, mucho peor que las flores. Una nota de esencia vagamente familiar sobresalía del hedor. Ciertamente, eso hizo que se abriera paso entre las hileras de flores apestosas, encontrando un camino oculto que no dudó en seguir.

Un estrecho pasillo se extendía frente ella, llevándola a un lugar desconocido donde el olor se concentraba. Ruffnut tuvo que taparse la nariz cuando fue imposible avanzar sin marearse, si hubiese estado vestida usaría la ropa para mitigar el hedor. La oscuridad reinaba, y entre más se adentraba más oscuro se ponía, pero sus ojos se adaptaron y pudo caminar sin problemas.

Delante de ella, observó luz. Sabiendo que era el final del camino, Ruffnut corrió hacia allí sorprendiéndose enormemente cuando encontró la base oculta que Hiccup mencionó. Un agujero enorme se había cavado bajo la montaña, y gruesos árboles sostenían las ruinas, las casas fueron cinceladas en las paredes ahora llenas de musgo y hiedras, y olía limpio, por alguna razón, la peste se esfumó. Ruffnut se paseó totalmente impresionada, admirando el arduo trabajo impreso en la estructura.

La planta de sus pies reconoció el terreno, así como sus demás extremidades. Por primera vez desde que nació, pudo respirar con completa libertad y regocijo, y se echó de espaldas en la hierba del piso, disfrutando de la fricción contra su piel.

Algo sonó.

Ruffnut se movió enseguida, colocándose en posición combativa, alerta a cualquier cosa que apareciera.

—¿Quién eres tú? —oyó una voz rasposa, chirriante entre las sombras—. ¿CÓMO LLEGASTE AQUÍ?

La licántropa buscó a su dueño, olfateando discretamente y detectando el aroma pestilente. Evitó gruñir y hacer cualquier movimiento premeditado, pensó huir, pero le interesaba saber quién era, así que esperó.

Una sombra se movió enfrente. Ella se tensó.

Arrojaron un objeto, y aunque se movió para evitarlo, le tomó por sorpresa que estallara antes de caer, revelando su contenido. Polvo amarillo. Ruffnut estornudo cuando entró en contacto con su nariz y sacudió lo que tocó su piel con molestia.

De las tinieblas, se asomó un palo con huesos en la punta, y luego, ante sus ojos recelosos, un anciano enclenque apareció. Vestía piel desgastada y su cabello, barba y bigote se veían grasientos. La piel tenía una tonalidad verdosa, poco higiénica y llena de acné y viejas heridas.

—¿Quién eres tú? —preguntó Ruffnut.

—¡ÉSA FUE MI PREGUNTA! —exclamó el anciano—. ¿CÓMO ENTRASTE AQUÍ? ESTABA SEGURO QUE PUSE MUCHAS ORBEAS VARIEGATA PARA PERSUADIR A LOS INTRUSOS.

—Así que tú colocaste esas flores apestosas —comentó—. Casi me desmayó por el hedor.

—¡Eso no me importa! —gritó escandalosamente—. ¡Nadie puede entrar aquí! ¡Soy el Guardián del Monte Elbrús!

Fue cuando Ruffnut le prestó atención.

—¿Guardián? ¿Tú vigilas este recinto? ¿Cuál es tu nombre?

El anciano no respondió. En su lugar, sus ojos se pasearon por las líneas curveadas del cuerpo desnudo, deambularon hasta los pequeños y sugerentes pechos, hasta toparse con el mismo sexo exterior de la chica. Un brillo malicioso centelló, denotando deseos ocultos por la presencia femenina. Ruffnut fue ajena al ajetreo que causaba en el hombre, se acercó unos pasos sin importarle su desnudez.

—¿Cómo te llamas, muchacha? —preguntó el anciano.

—Ruffnut —respondió ella—. Ahora es tu turno de decirte tu nombre, viejo.

—Me llamo Mildew —anunció arrogante, haciendo un reverencia absurda—. Hace mucho que nadie viene por aquí, así que me disculpo si llegue a ofenderte.

Ella alzó los hombros, con desinterés.

—Si no pusieras esas orbeas variegata, tendrías más visitas. Ningún humano se acerca a lugares apestosos, ¿sabes? Creo que soy la primera en mucho tiempo.

Ruffnut no confiaba en él, por lo cual se designó como una.

—Ciertamente, tienes razón, Ruffnut. Pero tu presencia aquí es cuestionable, además, no traes ropa alguna que te cubra, ¿cómo podría estar seguro que no escapaste y ahora estás siendo perseguida? Como guardián, no puedo permitir que te quedes.

—Mi ropa se mojó por la lluvia —mintió Ruffnut—. Le deje secándose en el exterior. Como no esperaba encontrar a alguien en las ruinas, vine así. Lamento si es incómodo para ti, ¿no habrá forma de remediarlo? Si no abuso de tu amabilidad, podrías brindarme un poco de ropa.

Mildew meditó un segundo, pasó la lengua por sus resecos labios y asintió.

—Sígueme.

Ruffnut lo hizo, confiada. Si el viejo intentaba algo, bastaría un zarpazo suyo para mandarlo al otro mundo. Ruffnut no sentía culpa por matar a desconocidos. Dando algunos pasos, dio un vistazo alrededor, su alma viajando al pasado y pudo jurar ver rostros familiares entre la penumbra.

—Por cierto, ¿qué haces en este lugar?

—La vista, supongo —respondió distraídamente, apegándose al papel. Si Mildew vivía como ermitaño, poco sabría sobre lo que pasó o pasaba en el mundo—. Rusia tiene paisajes poco valorados. Estoy en excursión con algunos amigos, aunque me separé de ellos por la lluvia. Deben estar buscándome.

—Ah, ya veo, entonces debo apresurarme…

Ruffnut lo miró con duda cuando se detuvo.

—¿A qué te refieres?

—A que no todos los días una hembra licántropo llega como una bendición.

En un parpadeo, Mildew la atrapó por su espalda, sosteniendo bien los brazos femeninos con una mano, mientras la otra se paseó por el plano vientre, queriendo llegar hasta su sexo. Ruffnut no lo permitió. Dando un golpe certero con su codo en las costillas escuálidas, logró zafarse y saltar unos metros, colocándose en posición defensiva.

—¿Cómo sabes que soy una licántropa? —siseó amenazante.

—Me lo acabas de confirmar, querida —sonrió Mildew. Ruffnut lo fulminó con la mirada—. Además, las hembras huelen a lycoris. Habrán pasado 200 años desde la última vez que vi una, pero jamás olvidaría su olor —llevó la mano que tocó su piel hasta su nariz—. El aroma simplemente es incomparable.

—¿Hace 200 años? Imposible, si yo tengo 14, los números no concuerdan, Mildew. Tal vez si no te escondieras como un ratón asustado, sabrías que yo soy la última.

Mildew arrugó el rostro, preso de algo parecido a la furia.

—No hables de lo que no conoces, mocosa —espetó con acidez—. Las cosas eran diferentes antes, los vampiros no dieron tregua y exterminaron a cada criatura que fuera una amenaza para ellos. Hadas, elfos, duendes, todos fueron aniquilados. Incluso los licántropos…

Mildew guardó silencio unos instantes como rememorando todo el pasado. Después, volvió a enfocarse en ella, sus ojos recobrando el anhelo y la codicia. Ruffnut supo que escapar no sería fácil, pero no se iría así nada más. Sacaría la información necesaria, para eso vinieron a este lugar.

—Si exterminaron a todos —comentó mirando discretamente hacia los lados, evaluando las posibles salidas—, ¿cómo es que sigues aquí, Mildew?

Mildew rezongó por lo bajo, como si Ruffnut lo hubiera ofendido gravemente. Meneó la cabeza negativamente, los recuerdos atacándole de nuevo; uno en particular lo aturdió, en éste un muchacho rubio lo miraba con perturbadora sinceridad, mientras sus palabras atacaban su orgullo como hombre lobo. Mildew nunca olvidaría su nombre, así como tampoco el trato que sus descendientes le dieron los siguientes siglos.

—Eso no importa ya —el tono de su voz se volvió grueso, severo. El cuerpo viejo comenzó a convulsionarse, la piel se rasgó para dar vistas de pelaje grisáceo con una fuerte tonalidad verde por el mal cuidado—. Hace mucho que no tengo una hembra… esta oportunidad no volverá a presentarse. Como señalaste, eres la última —jadeó animalmente—. Tú y yo tendremos mucho tiempo para conocernos, Ruffnut. Nuestra descendencia será las raíces de una nueva elite licántropa.

Ruffnut se tensó más.

—No lo creo, anciano —espetó de forma contundente—. Te mataré antes de que me toques.

Quiso transformarse, soltar su aullido para llamar a Hiccup y arremeter contra el mequetrefe de Mildew. Pero nada pasó. Para su sorpresa, su cuerpo no respondía, no daba indicios de tomar su forma lycan. Ruffnut estaba estupefacta. Mildew rió.

—Pasiflora —anunció Mildew con burla—. El polvo que arroje está hecho de eso. Es un tranquilizante. En pequeñas proporciones, relaja y quita los síntomas de ansiedad. En dosis altas y sin diluir, deprime el sistema nervioso central, en otras palabras, puede impedir que un licántropo se transforme.

—¡Maldición! —Ruffnut chistó, y se dio la vuelta corriendo tan rápido como podía, buscando la salida para llamar a Hiccup.

Los ojos cerúleos de Mildew cambiaron a un tono anaranjado. Tiró su báculo mientras una sonrisa de depredador se formaba en su cara.

—Nos divertiremos mucho, Ruffnut.

Con el obvio impedimento, Ruffnut tuvo que valerse de su velocidad y destreza en su forma no lycan. Si estuviera en una competencia contra humanos, no tendría problemas; en esta forma seguía siendo más rápida y fuerte que muchos hombres y mujeres, pero no era el caso, y en cuanto escuchó el chillido gutural de Mildew a su espalda, volteó para toparse con un hombre lobo escuálido y apestoso, persiguiéndola incansablemente.

Usando toda la fuerza de sus piernas, Ruffnut saltó sobre uno de los árboles de la estructura, para escapar justo a tiempo de las fauces de Mildew. El hocico del viejo lobo no tenía un par de incisivos aunque los colmillos restantes seguían largos y filosos. Además, pese a la transformación, los movimientos de Mildew eran torpes y toscos, muy diferentes a los suyos y los de su hermano, incluso cuando no sabían nada sobre pelear por estar encerrados.

Por la grácil forma de esquivarlo de Ruffnut, Mildew gruñó iracundo. Su rabia escurriéndose por su mandíbula y sus músculos se retorcían bajo el mugroso pelaje, como si su dueño quisiera desgarrarlos con tal de alcanzarla. Atacó con más potencia, destrozando piedra y hierba por igual, sus garras intentando rasgar la blanca piel.

Ruffnut daba saltos por todas partes, la carrera comenzaba a cansarla un poco, de estar como lycan no sería nada. Optó por seguir un rato más para ganar más distancia de Mildew, y entonces saltaría de nuevo hacia el centro de la guarida y saldría de ahí. Sin embargo, apenas lo pensó su cuerpo se sintió pesado, lento… su cabeza dio vueltas y ella cayó sobre el techo de una casa.

—¿Qué est…?

No pudo continuar. Mildew llegó hasta ella tomándola de los cabellos y arrojándola con fuerza contra la pared. Ruffnut jadeó dolorosamente cuando su espalda golpeó la roca y sus pulmones sufrieron por falta de aire. Sus trenzas estaba desechas, su cabello se desparramó por todos lados en un mar de oro. Mildew no perdió tiempo y sujetó por el cuello, apretando su tráquea casi rompiéndola.

«Si te hubieras quedado a oír todo los demás, sabrías que una vez entra en tu sistema, la pasiflora duerme por completo el cuerpo».

—V-Vete a la m-mierda —vociferó Ruffnut—. M-Maldito traidor.

«Oh, lo notaste, no esperaba que alguien tan joven lo supiera», rió Mildew acercando su horrible cara a la de ella. «Cuando un licántropo es desterrado por un Alfa o traiciona a su manada, sus ojos se tornan anaranjados».

Ruffnut trató de golpearlo, pero no sirvió. La pasiflora adormecía sus sentidos, distorsionaba sus pensamientos y debilitaba sus músculos.

«Yo…», al parecer Mildew no terminaba su discurso, «sufrí ambas cosas. Cuando el Alfa de mi manada me desterró, los odié y vendí su localización y debilidades a los vampiros. Los destruyeron a todos, mientras yo me escondía en un cuarto secreto, a salvo de todo».

Su falange delantera tocó el cuerpo desprotegido de la muchacha, tanteando con sus garras la tersura de su piel y saboreando su calidez y su nariz aspiró el puro aroma que la componía. Aunque se desconcertó al detectar tantos aromas, sobre todo uno en peculiar que le era vagamente familiar, no supo definirlo con precisión.

Presa de una rabia incontenible, Ruffnut peleó todo lo que pudo para zafarse. Nunca antes sintió asco, no sabía lo que era, pero sentir cada insípida caricia de Mildew sobre su cuerpo, le provocaba arcadas. Quería vomitar, el hocico de Mildew apestaba más que su pelaje, era una mezcla de sudor con excremento. Deseaba que fuera una pesadilla, un sueño horrible que tenía que terminar ya. Prefería volver a su celda que sufrir esto. Muy diferente a lo que sintió con su hermano, ahora no tenía anhelo, ni deseo, simplemente asco y aberración.

Lágrimas asomaron en la comisura de sus ojos y cayeron por sus mejillas.

Comprendió qué era el llanto, una sensación asfixiante, terriblemente dolorosa y mortificante. Odiaba llorar, ahora lo sabía. Y pensó en Hiccup. En su hermano que siempre estuvo a su lado. Siempre fue ellos contra el mundo, aunque en la situación actual estuviera sola.

—H-Hermano —sollozó Ruffnut, presa de una debilidad emocional nunca antes sentida—. Hi… H-Hiccup…

Mildew se detuvo al instante al escuchar ese nombre. Tomó a Ruffnut por los hombros y estampó su cuerpo otra vez.

«¿Hiccup?», sus ojos anaranjados destellaban desconcierto y terror. De nuevo, olfateó la piel de Ruffnut y sus ojos se desorbitaron. «Ciruelo blanco».

La soltó de repente. Por el efecto sedante, Ruffnut cayó mal y se torció un pie, se quejó bajito y tomó la zona afectada para verificar daño. Luego, miró al hombre lobo frente a ella, que volvía a sufrir un rictus de confusión y frustración.

«¿Cómo puede ser esto posible? No sobrevivió ningún lobo de su linaje… yo me encargué de eso. Entonces, ¿por qué? ¿Por qué? ¿POR QUÉ? Ciruelo blanco… la esencia de los Alfas en el Clan Haddock. ¡Ella es su descendiente!».

Miró a la licántropa en el suelo, esta vez el deseo fue reemplazado por la venganza. Gruñó bestialmente antes de tomarla por el cuello sin medir su fuerza. Apretó fuertemente hasta que Ruffnut comenzó a boquear por falta de aire, sus ojos azules perdiendo brillo.

«Ahora que lo veo, te pareces mucho a él… aunque tu nariz es similar a la de su nieta. Valhallarama era preciosa».

Mildew aventó a Ruffnut hacia el otro lado, justo donde la rama de un árbol se erguía. La clavícula femenina fue atravesada por la madera, las astillas enterrándose en la carne. Ruffnut gritó agónicamente, el eco llenando la caverna. Mildew se acercó a ella lentamente, admirando su obra y como la sangre resbalaba de la profunda herida.

—¿Q-Qué ganas… haciendo esto, Mildew? —inquirió Ruffnut, perdía percepción y apenas podía mantener los parpados abiertos.

El viejo lobo se detuvo a un metro, como sopesando la pregunta.

«Es extraño que no conozcas la historia de tu linaje», meditó Mildew, «Los Haddock se empeñaban en sus miembros supieran su historia de inicio a fin».

—¿H-Haddock? ¿Los c-conoces?

Mildew esbozó una sonrisa ladina. Eso era una verdadera sorpresa, no esperaba que ella perteneciera al Antiguo Clan. Pensó que todos fueron aniquilados ese día, doscientos años atrás, pero supuso que subestimarlos fue su error. Quizás algunos pudieron escapar, y Mildew estaba seguro quienes fueron, casi podía jurarlo. Con ver a Ruffnut le bastó para saber que Stoick y Valhallarama sobrevivieron.

«Los Haddock fueron el único clan que persistió. Los licántropos que quedaron sin manada fueron adoptados por ellos, así es como me uní. En ese momento, su líder era Hiccup II, tu bisabuelo», Ruffnut abrió los ojos con estupefacción. Mildew continuó con su relato, «Su manada era la más grande y fuerte de todas, fueron los únicos en combatir a la Realeza del Clan Draco. Incluso cuando tu bisabuelo se enamoró de uno de ellos, no dejó el clan atrás, hubo un momento en que decidió hacer una alianza… entonces, sucedió el accidente…»

»Valhallarama era nieta de Hiccup, una hembra que fue elegida para ser la pareja de Stoick Haddock, próximo líder. Yo la deseaba, pero un lobo extranjero no podía estar con una Haddock. Nunca. Por eso intenté someterla a mí, utilizar mi fuerza para impregnarla de mi esencia y así coronarme como nuevo Alfa. Hiccup me descubrió antes de lograrlo y me desterró, casi me mata por atreverme a tocarla y tuve que escapar. Cuando logré recuperarme, vendí información al Consejero Real, Drago Bludvist. Creo que lo benefició muy bien, lo último que escuché fue que derrocó a su Rey y tomó el trono, veinte años después de aniquilar al Clan Haddock«.

Mildew pausó al terminar, viajando al pasado. A esa pelea humillante, donde Hiccup II lo dejó huir haciendo añicos su honor como hombre lobo, y recordó a Valhallarama, la hembra licántropo, a sus ojos azules y cabello rojo como el fuego. Luego, volviendo al presente, vio a la chica frente a él, su valiosa sangre dejando su cuerpo. Ruffnut Haddock. No creyó que Valhallarama tuviera una niña lobo, eso rompía el mito y convertía a Ruffnut en una anormalidad.

Ruffnut estaba perdiendo el conocimiento. La debilidad aumentaba a cada segundo, y estaba cansada. Lo último que vio antes de cerrar los ojos fue a Mildew alzar su pata con las garras afiladas en punta y supo que falló.

Un rugido tremendamente feroz la trajo de vuelta.

Estupefacta, abrió lentamente sus parpados topándose con la peluda espalda de Hiccup deteniendo a Mildew. El majestuoso hombre lobo no tuvo problemas para agarrar la falange de Mildew, romperle el hueso y propinando un golpe que lo arrojó al otro lado. Mildew impactó con una pared que cesó por la presión y las ruinas cayeron sobre él, dejando una nube de polvo.

—Hiccup… —musitó Ruffnut conmocionada, aliviada por verlo ahí.

Cuando él se dio la vuelta, el corazón de Ruffnut se detuvo un segundo. Los ojos ambarinos de Hiccup rebosaban ira, desencanto y posesividad, debajo de eso pudo encontrar su amabilidad y ternura, pero lo primero superaba a lo segundo. No tuvo que pensarlo mucho. Hiccup estaba furioso. Nunca antes su hermano estuvo así, nunca antes Ruffnut lo vio como un monstruo. Le gustó. Amó esa faceta que era similar a la suya; si Hiccup hubiera atacado a Toothless en este estado, el vampiro estaría bien muerto ahora.

Hiccup quitó la rama de tajo, ocasionando un inmenso dolor momentáneo en Ruffnut. La herida dejó un enorme agujero lleno de astillas, un círculo perfecto en su hombro. Hiccup la tomó entre sus brazos para que no cayera y la colocó con cuidado en el suelo. Al cruzar miradas, Ruffnut derramó lágrimas y lo miró agradecida, si tuviera energía suficiente lo abrazaría con todas sus fuerzas. Ver a su hermana llorar removió algo dentro de Hiccup, algo que había estado dormido desde que nació y que despertó al oír su llamado.

—Tus ojos… —la voz de Ruffnut era un susurro suave, desvalido—… son verdes… ¿por qué?

Hiccup no respondió. En su lugar, lamió la herida para quitar las astillas y que cerrara pronto, quedaría una cicatriz, la evidencia de que no pudo proteger a lo que más le importa en el mundo. Cuando oyó que Mildew se levantaba de los escombros, Hiccup terminó de limpiar la herida y se volteó para enfrentar al enclenque hombro lobo.

Mildew estaba pasmado, el miedo tomando control de su cuerpo y la incredulidad marcada en su cara. ¿Qué sucedió? ¿Acaso Ruffnut no era la única hija de Stoick y Valhallarama? ¿Ese licántropo inmenso era Hiccup? Su materia gris hizo clic de pronto y comprendió todo al instante. Temió. Desde lo más profundo de su ser temió y se sintió repentinamente pequeño y débil frente a su contrincante, percatarse de que los ojos de Hiccup eran verdes incrementó su terror. Sólo los licántropos Alfas mantenían la coloración natural de sus ojos al momento de transformarse; los comunes tenían ojos dorados.

Mildew se enfrentó a su peor pesadilla, pues frente a él se mezclaron las imágenes de dos épocas diferentes. Vio al lobo plateado, al imponente Hiccup II, cuyas pupilas azules centelleaban como el más precioso zafiro, y también al licántropo cobrizo de ojos verdes.

Mildew estaba asustado, pero su sed de venganza le dio un poco de valor y rugió ante el desafió. Hiccup respondió al instante. Ambos se enzarzaron en una pelea gutural, evaluándose mutuamente. Hiccup era dos veces más grande que Mildew, más musculoso y joven. No obstante, Mildew tenía más experiencia y conocía el terreno.

«El heredero de los Haddock, un Alfa», mencionó Mildew acercándose paso a paso a un compartimento secreto en el piso, donde guardaba más paquetes con polvos de pasiflora. Sabía que ganaría a menos que hiciera trampa, «Muy joven e inexperto, pero un Alfa de todos modos».

Hiccup gruñó y se tensó, advirtiéndole que se mantuviera quieto o lo lamentaría más. Mildew no hizo caso, deslizó una de sus patas traseras.

Grave error.

Subestimó la furia de Hiccup.

Ahora pagaría caro.

De un impulso, cortó la distancia. Golpeó con su puño la mandíbula del viejo rompiendo cada uno de los colmillos sobrantes, dislocando la unión de los tendones, sin perder la fuerza lo tomó de la nuca y lo estrelló grotescamente en el suelo. No lo soltó, lo arrastró varios metros dejando una mancha lineal rojiza. Mildew no pudo defenderse en ningún momento y probó la derrota de nuevo, otra vez en las garras de un Haddock.

Mildew quiso pedir clemencia, compasión, pero con la mandíbula destrozada, poco podía decir. Además, en el estado furioso y agitado de Hiccup, hablar no serviría de nada. Mildew se convirtió en un simple saco de boxeo, Hiccup no mostró piedad y evitó usar las garras para asegurar una tortura larga y dolorosa.

No hay piedad para quien lastimó a Ruffnut. No compasión para quien la hizo llorar. No lástima para quien trató de marcarla, cuando él lo había hecho ya.

Rompió los huesos, desgarró músculos, cortó tendones y reventó órganos. Hizo una masacre de un cuerpo, bañó con sangre el suelo y marcó con su mera presencia el lugar, reclamándolo de nuevo y purificándolo de la huella inmunda de Mildew. En el remolino de confusión, pudo escuchar los aullidos de sus congéneres aprobando su juicio y descansando en paz al ver al traidor recibir su merecida condena. Mildew quedó hecho un desastre, era una masa amorfa de carne deshecha y rojiza.

Hiccup dio un último golpe, destrozando el cráneo y con ello, extinguiendo la vida del apestoso licántropo.

Percibiendo la muerte, Hiccup celebró su victoria con un aullido que resonó en cada parte de la caverna, llegando hacia afuera y marcando el inicio del resurgir.

Hiccup Haddock III, el Alfa, regresó a casa.


La guarida del Monte Elbrús resultó algo más que una simple caverna. Poseía magia y secretos ocultos. Después de matar a Mildew, la propia tierra se deshizo de los restos y restableció todo, como si nunca hubiera pasado nada. Dio la bienvenida a los hijos legítimos del Clan Haddock, y el aspecto ruinoso cambió por uno más decente. Además, frente a los hermanos aparecieron hierbas medicinales, que sanaron a Ruffnut y quitaron el efecto de pasiflora de su cuerpo. Al sentir de nuevo vitalidad en su cuerpo, Ruffnut contó todo lo que pasó, desde el descubrimiento de la caverna hasta el episodio donde Mildew intentó violarla. Por suerte, no lo logró; aun así, Ruffnut se estremecía con el recuerdo, con la sensación de completo asco por ser tocada por manos ajenas.

Hiccup enmendó eso, volviendo a tomarla, sabiendo que esta vez Ruffnut lo necesitaba. La cueva dio la atmosfera perfecta, privada y cálida que los hermanos requerían, permitiendo la entrada de los rayos lunares. Hiccup no se detuvo hasta que el aroma del asco y del miedo se borró de la piel de su hermana. Cuando lo cumplió, ambos reposaron en el pasto, recuperándose de ese horrible momento. Para Hiccup también era difícil.

Cuando estaba afuera patrullando, sintió que algo estaba mal, algo que lo alertó. El lazo gritando, llamando para que ayudara a su hermana. Hiccup no tenía miedo (excepto de Cloudjumper y las cortinas), pero verla en semejante estado fue aterrador, se sintió impotente.

—Estoy bien —dijo Ruffnut recargada en su pecho—. Estoy bien, Hiccup.

No recibió respuesta. Ruffnut rodó los ojos y levantó su cabeza para quedar cara a cara.

—¿Lo recuerdas, Hiccup? —preguntó ella—. Cuando los humanos nos encerraron por primera vez, en celdas separadas… la tuya era muy oscura y fría.

¿Cómo podría olvidarlo? La desesperación que vivió fue terrible para sus ocho años de edad en ese entonces. La oscuridad. Las voces sin procedencia. El aislamiento. Hiccup casi se vuelve demente por su encierro, lloró cada día, pero a nadie le importó, porque al no poder hablar, no podían comprenderlo. Recordó los golpes, los gritos… la soledad. Se volvió loco y perdió la noción de sí mismo, víctima de la vorágine de voces que oía en su celda.

Entonces, un día (¿o noche? No lo sabía con exactitud), alguien apareció en la puerta de su celda. Olía a amabilidad, a calidez, a familiaridad. A pesar de estar a oscuras, Hiccup pudo ver a una niña de cuatro años, con ropas rasgadas, cabellera rubia despeinada y ojos azules. Cuando se acercó a ella, no hubo gritos ni golpes. Cuando la tocó apretándola con fuerza, en busca de contacto, no se quejó. En su lugar, escuchó una risita traviesa y bracitos lo rodearon sin importar el obstáculo de los barrotes.

Fue Ruffnut, su hermana, la que estuvo con él en la desesperación.

Jamás lo olvidaría.

—No dije nada en ese momento, bueno, no sabía bien cómo hacerlo —dijo ella.

—Abrazarme fue suficiente, Ruff. Gracias por ello.

Ella sonrió.

—Sí, pero me gustaría decirte lo que pensé al abrazarte…

Ruffnut lo rodeó con firmeza, enterrando su cabeza en el cuello.

—"Tranquilo, hermano, definitivamente estás aquí —susurró suavemente—. Y te lo demostraré con este abrazo" —tomó una pausa—. Sé las cosas que nos deparan, Hiccup, peligros más allá de nuestras celdas, incluso del Castillo Draco. Siempre estaremos peleando, siempre huyendo, y eso está bien. Lo decidimos, ¿no? Que no importa lo que pasara, o a donde fuéramos, siempre que estuviéramos juntos. Somos hermanos, después de todo.

Hiccup sonrió y pegó más fuerte a Ruffnut a su cuerpo.

—Si alguno de los dos muere —dijo, su voz sonando lejana—, el otro debe seguir. No importa cómo, tenemos que saber todo de nuestras raíces.

—Lo prometo —dijo Ruffnut—. Me parece justo.

Ambos cerraron los ojos, adentrándose en un sueño profundo, donde veían a un loco plateado de ojos azules y uno cobrizo de ojos verdes aullando junto a ellos a la luna.


Lilith: Bueno, ya, esto fue muy hetero *se golpea salvajemente contra el teclado* Bien, en serio, no era mi intención, pero ya qué. Trataré de enmendarlo… mmm, espero hacerlo :B. Como sea, aquí uso puntos a tratar sobre este capítulo.

Heather… veamos, si ustedes fueran obligados a convertirse en algo que no desean y atados para siempre con alguien que no aman, ¿cómo responderían? Es obvio que Heather hubiera preferido morir, o que el enemigo la matara, pero su voluntad fue violada y sus principios rotos. Así que la pobre se las verá negras porque Wodensfang no le permitirá suicidarse.

Oh, Toothless, odio hacerte sufrir, pero es necesario. No tendrá mucha participación hasta que se recupere (el amor de su vida prácticamente le trituró las esperanzas y el corazón, no puedo reponerse así como así). Pero bueno, qué más da, ya veremos qué pasa luego.

En lo personal, pienso que Eret no aceptaría convertirse en un vampiro. Es decir, no tiene problemas ya con ellos, pero a él le gusta ser humano. Me inspiré en el personaje de Sayori Wakaba de Vampire Knight para algunas ideas de Eret, pues creo que tienen características similares.

Veamos, El Monte Elbrús se encuentra en las Montañas del Cáucaso en Rusia. Por cierto, la orbea variegata es una especie de flor apestosa y la pasiflora es una planta medicinal.

¡Por fin! Oh, sí, ya escribí un poco del linaje Haddock. Así es, Hiccup II es bisabuelito de nuestros licántropos, y sus nietos fueron Stoick y Valhallarama (así es como se llama la madre de Hiccup en los libros); el incesto no importa en los clanes licántropos, supongo *se encoge de hombros*.

Por cierto, quería llegar un punto importante con la escena de Mildew intentando violar a Ruffnut. Ella está desnuda, sí. ¿Qué quise decir con esto? Que no importa si estás desnuda, te pones ropa de "prostituta" (perdonen el indebido uso, sólo la utilizó por su significado general) o actúas como si "no te respetaras a ti misma", cualquier puede tocarte o tener sexo contigo. Vamos, ¿qué clase de pensamientos retrograda es ése? Nadie tienes derecho a propasarse contigo, un no es un no sin importar si estamos en países latinoamericanos que en otros continentes. Esta escena es fuerte, y créanme, me costó escribirla, porque una violación es una violación y no hay nada bonito en eso (Si quieren leer algo fuerte de violación sin romance y ternura –como lo suelen poner en algunos fics-, tengo un fic llamado Trastorno atemporal donde abordo esa temática); por favor, vale que esto sea fiction y que escribamos los que nos gustaría ver, pero sobre algunos temas hay que tener cuidado. No soy doble moralista, sé que en fallo y en que no.

Sin más que agregar, es todo por el momento.

Sinceramente, Abel Lacie Kiryû.