Hola. Traigo a ustedes una nueva entrega sabatina de Haikyuu. Una petición de Ask me dijo "TsukkiHina" y yo me he confundido a mares pero entonces mi demonio interno empezó a gritar "Do it!". Muchas ideas arribaron, algunas infundadas en charlas y todo se resumió en esto. "24 horas para el amor" es tanto una historia triste como una historia feliz. Cuenta la tristeza de tantos y al mismo tiempo relata los momentos felices. Contiene angst, si, pero tambien espero que entre tanto sufrimiento el saber la historia de Hinata Shouyo les alegre un poco, saber que no todo es en vano, que todo tiene una causa.

Disfruten!


"Cuando te veo con los parpados cerrados me prometo a mí mismo decirte, cuando abras los ojos, las cosas que me había estado callando. En ese momento soy valiente, en ese momento soy diferente, en ese instante soy tuyo y me encuentro rendido ante ti. Y espero que ese instante sea eterno y que me des la oportunidad de ver tus ojos abrir una y otra vez, aunque al final no te diga lo que esperaba decir, aunque al final sea un cobarde más, aunque sea el mismo de siempre… pero la parte de ser tuyo esa, se queda; aunque tus ojos me miren, aunque no lo hicieran nunca más."

24 de Octubre de 1945. 11:08 am

El olor atierra mojada, las hiervas ligeramente moteadas, el cielo aun nublado. El campesino andaba buscando a sus animales, los días habían sido tan llenos de truenos y tormentas que las ovejas que pastaban en sus territorios se asustaron y saltaron la valla. Con una paja en la boca y una escopeta con tranquilizantes se abría paso en la espesura de los bosques. Escuchó un ruido, se puso alerta y apuntó a su alrededor. Al ver que no hubo respuesta no bajó la guardia, en aquel lugar podía encontrar fácilmente a los maleantes que asaltaban a los campesinos y violaban a sus mujeres. Siguió de frente hasta quitar unas ramas y entonces vio algo naranja entre ellas, abrió los parpados sorprendido y a prisa fue a quitar algunas de las plantas que estaban encima de aquello que parecía una persona, y así lo era. Un joven de cabellos naranjas, piel suave, vestimentas humildes con un mandil cubriéndole el frente estaba tirado sobre el fango, el cuerpo humedecido por la lluvia, las prendas y la piel manchadas por el lodo.

El campesino se alertó y se acercó al pecho del jovencito, le miró aún más sorprendido y midió su pulso, su temperatura, estaba tan frio, no había seña. Dejó caer la mano del joven y retrocedió unos cuantos pasos. Latidos fuertes, nada podía pararlos ante esa escena.

24 de Octubre de 1945. 11:45 am

El área acordonada, algunos hombres de gabardinas grandes y sombreros redondetes. Los paramédicos hacían lo suyo, revisaban el cuerpo y negaban con la cabeza, un suspiro en general. Pronto el cuerpo del chico estaba siendo cubierto con una sábana blanca mientras preparaban todo para trasladarle a la funeraria del poblado. Parte del protocolo, no hacían más que decretar muertos y prepararles un sepelio digno. En aquel entonces no había cosas como morgue, papeleos y tantas cosas. Solo era morir y enterrarle.

—Es una lamentable perdida, todos le queríamos mucho…—comentó el joven investigador, un hombre de cabellos azabache, tan maduro, tan elegante. Su nombre era Sawamura Daichi,

—¿Cuáles fueron las causas?…—cuestionó un peliplatino a su lado quien tenía un porte más penumbroso, más perdido ante la escena de ver al jovencito siendo llevado por los enfermeros. Sugawara Koushi era muy cercano al occiso, le tenía un gran cariño como cualquiera del pueblo, casi podía alzar el pecho y decir que le consideraba como un hijo. El abuelo de Sugawara quería mucho al pelinaranja; recordó entonces que antes de fallecer el viejo ambos habían estado presentes, el anciano sonrió con esos labios rodeados de arrugas y había tomado la mano de los dos pidiéndoles cuidarse, vivir, entre susurros, como una súplica.

—Causas naturales… posiblemente un infarto. Pensaríamos que fue un atraco, de esos que son comunes, pero no hay signo de violencia ni rastros de que alguien estuviese con él. Es difícil saberlo sin mis herramientas ¿Quiere que lo investigue? —Suga negó bajando la cabeza, para ellos hacer tal acto era una profanación al cuerpo de cualquiera, una deshonra. Pensar en que podrían abrirle, escudriñar en él era algo impensable, atroz.

—No quiero que le abran y vean sus entrañas, nada se puede hacer…es mejor solo decirle adiós—emitió dando la vuelta, para Daichi ese fue un acto para ocultar su tristeza ante la lamentable perdida. Sugawara apenas había perdido a su abuelo y ahora se despedía de ese chico, debía ser terrible su suerte y grande su pena. Dejó atrás la escena con una pesadez enorme en sus hombros, sintiendo el luto invadirle hasta los orbes.

—Señor, señor…—dijo un joven corriendo a prisa, era ayudante de Daichi, su nombre era Nishinoya Yuu. Estaba aprendiendo del oficio, pronto reemplazaría a su superior, tenía potencial y amor por el oficio, lo necesario para trascender. Tras unos cuantos pasos veloces mostró algo frente a él, un botón dorado con un cuervo grabado. Daichi lo tomó y frunció el ceño reconociendo la procedencia de tal botón, lo alzó al cielo nublado y entonces supo que aquello no había sido natural.

Alguien había asesinado al joven.

24 de Octubre de 1945. 12:30 pm

Las grandes rejas doradas tenían en el centro un cuervo abriendo las alas, tan imponente, tan emblemático. Todos reconocían el escudo de aquella familia de antaño, todo un símbolo en el poblado de Karasuno. Dentro de la inmensa habitación en color vino y detalles dorados un joven rubio corría de un lado a otro llenando sus maletas a tope, rebuscando prendas, camisas, las cosas que necesitaría para un largo viaje. Escuchó sonidos en el pasillo y apenas tuvo tiempo de girar cuando la puerta fue abierta.

—Deténganse, por favor. L..Lo siento Tsukki, no quisieron escucharme —dijo Yamaguchi, su más fiel sirviente, quien en vanos intentos buscó detener a los que añadían su morada. De igual forma, en las rebuscadas leyes de un poblado olvidado por Dios, poco importaba eso.

Tsukishima Kei, un doctor adinerado y enigmático, se inclinó al ver a dos oficiales de la región entrar desconsideradamente a su pieza. Los conocía bien, no había animal o persona en ese pueblo que no se conociera, tristemente esos dos hombres que le miraban despectivo eran o solían ser sus amigos. Tanaka quien intimidaba constantemente con la mirada, un símbolo relevante de autoridad y a su lado Ennoshita, un joven más tranquilo y apacible pero que igual se guiaba a la correctitud. Tanaka alzó una ceja, fue hacia Tsukishima totalmente imperturbable y pasó su dedo índice en la maleta del rubio.

—Parece que te irás de viaje ¿Por qué la prisa, Tsukishima? —el rubio chistó, miró de lado con una mueca de desprecio. No tenía que dar explicaciones de su vida o acciones a menos de que…

—¿Necesitan algo? —preguntó hablando con total confianza, después de todo con ese par había compartido tragos y momentos únicos. Más ahora, en ese instante, no estaba el ambiente fiestero de otros días de verano, sino una tensión del otoño húmedo y depresivo, una época del año mala para viajar.

—¿No lo supiste? Acaban de encontrar muerto al hierbatero, ese chico …—dijo intentando hacer memoria hasta que tronó los dedos — Hinata Shouyo…

Tsukishima entrecerró los orbes bajando la mirada, apretó los labios pero acto seguido le restó importancia retornando la vista a los policías mientras en una esquina Yamaguchi temblaba ante aquellas palabras, algo anonadado, perturbado de igual forma. Miró a Tsukishima con preocupación, recordó cosas, cosas que no pensaba decir y el hecho de que la policía estuviese así de repente en su hogar solo podía significar una cosa. El rubio miró a su sirviente, una mirada bastó para decirle que todo estaría bien y tras tomar aire emitió.

—Que lamentable, enviaré mis condolencias a su familia…—dijo haciendo, con la mayor amabilidad que pudo, un mohín para que Tanaka quitase su mano de su maletín y seguir con su labor de guardar sus objetos.

—Bueno, tristemente no tenía una sanguínea pero el pueblo era como su familia… —comentó Enosshita acomodándose el saco sin hacer mucho alboroto, no era como Tanaka, era más tranquilo aunque en aquella ocasión, en su mirada, se veía cierto dejo de ansiedad.

—¿Qué necesitan de mí? —Tanaka tomó la muñeca de Tsukishima al aire, el rubio se sorprendió abriendo los orbes. La camisa blanca y pulcra tenía en la zona de las muñecas un par de botones dorados con cuervos grabados, justo como los que encontraron en el cuerpo de Hinata, justo como los de Tsukishima usaba en todas sus vestimentas.

—Eres sospechoso de la muerte de Hinata Shouyo …—dijo con porte más serio liberando del agarre que tenía a Tsukishima, metió la mano dentro de su saco y extrajo de él un papel que extendió hacia el rubio —Es un citatorio del juez, mañana a las ocho de la mañana…

—Más rápido de lo que pensé …—dijo tomando el papel. Yamaguchi estaba preocupado a mares, diciendo el nombre de su jefe, sollozando suave y empezando a lanzar sus plegarias al cielo para que él estuviera bien, para que todo aquello fuese un error.

—El pueblo exige pronta justicia… los rumores corren y nadie se reserva su opinión —dijo caminando hacia la salida de la habitación.—Si sales a las calles cuida no ser enjuiciado por la gente antes de serlo por el juez… puesto que me temo que este será más bondadoso que el pueblo mismo…

La puerta se cerró, Tsukishima miró el papel en mano, aquel citatorio. Clavó su mirada al cielo nublado que se mostraba en la ventana y entonces llegó a su mente un viejo recuerdo de hacía un año, de aquel instante en que había conocido a aquel chico a quien todos amaban, por quien todos aclamaban justicia, aquel joven llamado Hinata Shouyo.

10 de Octubre de 1944

La lluvia arremetía con fiereza las calles de Karasuno, una joven rubia tomaba un brebaje de hierbas cálido que tranquilizaba su acelerada respiración, le relajó, hizo sentir a la fiebre menos tensa. Yachi era una jovencita de escasos recursos, las cosas iban mal en su numerosa familia y gracias a los llamados de auxilio de Shimizu, su mejor amiga, el joven hierbatero del pueblo había llegado a tiempo.

—Estarás mucho mejor con esto… —comentó Hinata con amabilidad mientras le pedía recostarse nuevamente sobre la cama y cambiaba el trapo húmedo que cubría su frente. Era normal que en esa época la gente enfermase, no todos tenían para pagar medicamentos y las casas heladas de las fronteras del poblado resultaban ser las más heladas. Es ahí cuando Hinata vagaba auxiliando a las personas que lo necesitaban sin coste alguno, más aunque no pidiese dinero no había quien le entregara víveres, una taza de té, algo de valor que tuvieran en sus humildes casas.

Para Hinata Shouyo, quien en sus años trabajando con plantas había aprendido los beneficios curativos de estas, su mayor pago era una sonrisa y un gracias.

El pelinaranja vivía en la zona céntrica del poblado de Karasuno. Tenía un hermoso vivero a su nombre donde vendía hierbas, flores y plantas de diversos tipos, la gente lo conocía, todos apreciaban, tenía carisma y una alegría desbordante. Sus mofletes adorables, sus delgados labios, esas pestañas hermosas y los ojos grandes, tan expresivos, que en ellos podías ver la pureza de su alma. Hinata era un ángel caído en la tierra.

Debido al sitio donde vivía tenía que atravesar por el largo y oscuro camino del bosque para poder auxiliar a las personas pero cada paso, cada ampolla y cada mancha de lodo en su mandil y en el resto de sus prendas valía totalmente la pena si podía salvar a alguien. Justo cuando iba en medio del bosque el trote de un caballo que venía tras él llamó su atención, aumentó la velocidad de su andar temiendo de los criminales que asaltaban en aquella zona y miraba de reojo el camino malecho. Cuando escuchó el trotar en la proximidad se lanzó hacia fuera del corredor irregular hacia los arboles internándose y buscando escondite de quien estuviese atravesando el camino.

Entonces vio el caballo blanco pasar a velocidad frente a él, encima iba una persona con capa en color caoba que ondeaba y se humedecía con el agua de la lluvia aunque siendo de cuero parecía protegerle. Aquel porte, esa majestuosidad al andar, definitivamente era un hombre rico pero ¿Qué haría en aquellos lares en una tempestuosa noche como esa? Hinata suspiró, se levantó un poco y decidió que debía buscar un lugar donde quedarse, las nubes amenazaban a un diluvio aun mayor y no llegaría a tiempo a su seguro hogar.

Para su suerte el cementerio estaba en las cercanías, ahí podría pedirle auxilio al sepultero para que le dejase aunque sea entrar en una cripta y resguardarse. La idea le aterraba, claro que sí, pero era mejor que quedarse ahí bajo el agua. Sacudió sus aplacados cabellos y emprendió el camino hacia el lugar, solo podía escuchar las gotas azotar en las hojas de la arboleda mientras tomaba una pequeña desviación hacia la necrópolis. Un relinchido de caballo le alertó más aun cuando giró el rostro en ambos sentidos del camino no pudo deducir a ciencia cierta el lugar de procedencia del equino. Como si se tratase de una historia terrorífica el pelinaranja apretó el paso, poco faltaba para su destino pero tras retornar la vista al camino el caballo se mostró ante él alzando las dos patas al aire amenazador, haciéndolo caer de sentón mientras emitía un gemido.

La bestia se detuvo en sus cuatro patas y el jinete de capa en caoba descendió a rapidez de la misma, con habilidad y elegancia, haciendo de lado su capa que ondeó suavemente antes de que impávida se le volviese a adherir a causa de la pesadez que el agua enmarcó en ella. El jinete dio unos cuantos pasos hacia el pelinaranja, entonces pudo notar que dé pie el hombre era mucho más alto, temiblemente alto y que este en un arranque de fiereza le puso una bota llena de lodo encima del pecho, justo en el mandil haciendo azotar su espalda al fango, obligándolo a cubrirse el rostro de la lluvia.

—¿Qué crees que haces? —se quejó el joven intentando con una mano quitarse la bota de encima pero esta se negaba a ceder —déjame…

—Eres el hierbatero…—dijo la voz suave de aquel hombre que seguía ocultando su rostro bajo la capucha oscura. El otro no quiso contestar y seguía forcejeando, gritoneando, para quitarse aquel pie de encima. Tras unos momentos el desconocido quitó el pie más antes de darle un respiro se inclinó y le volvió a azotar contra el suelo poniendo sus manos en ambos hombros. Entonces, en el movimiento, la capucha cedió mostrando unos cabellos rubios y cortos, sus lentes de aumento, su piel pálida y esos ojos color a miel. —respóndeme…

—¿Quién eres tú? Déjame en paz….—intentó liberarse moviendo los hombros de un lado a otro mientras la lluvia cedía lentamente, el agua dejaba de azotarle el rostro y apenas había humedecido los cabellos como oro.

—Escúchame bien…deja de hacer eso que haces…—el pelinaranja abrió los orbes sorprendido y volvió a forcejar negándose a la petición del otro.

—No sé de qué me hablas, déjame… —un apretón en sus hombros le hizo quejarse y después fue liberado lentamente.

—Deja de ayudar a las personas si no quieres sufrir las consecuencias…—el chico alzó una ceja y entonces pudo ver como entre las nubes densas se colaba un rayo de luna que iluminaba a ambos, casi como magia, en medio del espeso y oscuro bosque ya que la lluvia había cesado. Hinata tomó aire por un instante, el rubio hizo de la misma forma y entonces una voz perturbó el ambiente a la lejanía.

—¿Hay alguien ahí? —el rubio frunció el ceño y liberó de su agarre al hierbatero para cubrirse con la capucha y subir rápidamente a su caballo, un jaloneo a las correas del animal y sin decir palabra alguna se echó a todo galope lejos de un confundido Hinata —¿Hay al…

Entonces el joven de ropas oscuras y sucias le miró. Tenía cabellos oscuros, una pala amarrada en la espalda para su defensa y un quinqué que iluminaba su andar en esa oscura noche. Hinata se sentó, alzó la mano y el azabache rápidamente fue a auxiliarlo.

—Hinata ¿Qué haces aquí a estas horas? — tomó la mano del pelinaranja quien mugriento intentaba en vano quitarse las manchas de barro que el pie de aquel hombre había generado en su mandil.

—Fui con Yachi, estaba algo enferma. —dijo sonriendo torpe, como siempre hacia para ocultar sus problemas. Ya sabría quien era ese sujeto pero lo sabría por su propia cuenta.

Mientras que a la distancia Tsukishima seguía cruzando el bosque y sintiendo una punzada extraña tras toparse con aquel joven. Él iba con toda la intensión de asustarle, de hacerlo desistir de sus labores más ahora parecía que el asustado era él, lo sentía así porque su corazón no dejaba de latir acelerado y su respiración desvariaba un poco.

10 de Octubre de 1945 1:09 pm

—Tsukki….Tsukki —el pecoso sacó de sus pensamientos al rubio quien le miró fijo, bajó la vista y buscó mostrarse imperturbable — la carroza está lista para el viaje.

El rubio dirigió la mirada al ventanal y vio como los demás sirvientes subían las maletas en la pequeña cajuela de madera del vehículo que iba impulsado por un caballo negro. Tenía que irse pronto del pueblo, no había dado explicaciones a sus sirvientes pero debería marchar y dejar todo sobre Karasuno atrás. Borrar su nombre, empezar de nuevo, tal vez una vida más humilde le vendría bien. Sus planes estaban hechos.

—Tsukki ¿Por qué te vas de repente? —dijo Yamaguchi apretando un poco su saco entre el estrés. Conocía a Tsukishima desde niños, su padre había servido a la familia del rubio y cuando los padres de este murieron fue trabajo de Yamaguchi velar y cuidar del joven amo. Ahora este actuaba extraño, había sido envuelto en un asesinato y repentinamente huía de Karasuno con algunas de sus pertenecías ¿Acaso algo había hecho mal? ¿Había fallado como protector?

—Hay cosas que es mejor que no sepas… —comentó frio al pecoso, nunca fue afectivo, no al menos con sus sirvientes o amigos, solo hubo una persona con la que abrió su corazón y esa persona ahora estaba siendo preparada para que el pueblo le velara y decirle adiós para siempre.—antes de irme hay algunas cosas que debo hacer.

Tomó su saco de color cobre y se lo puso encima saliendo de su hogar. Tomó una carreta, una diferente a la que usaría al partir pues no quería agotar a su caballo antes de tiempo, ordeno que guardasen aquella, que les avisaría cuando partiría y así, con instrucciones precisas, partió al pueblo acompañado del pecoso. La gente de Karasuno era muy humilde, variada, algunos vivían en extrema pobreza y otros estaban cómodos con lo poco que tenían. Tsukishima no había visto esa cualidad de las personas de encontrar la felicidad en un trozo de pan hasta que en esos días de Noviembre aquel pelinaranja partió su alimento y le entregó la mitad al rubio, infló los mofletes molesto como siempre hacia cuando quería ocultar su empatía mirando hacia otro punto. El frio del invierno de Tsukishima se volvió calidez en su corazón con tal acto.

Una persona tan hermosa como Hinata no merecía tan cruel destino.

—Tsukki…perdón que pregunte pero…—decía nervioso el castaño mirando hacia la calle por donde pasaban en la carroza — ¿Tú y Hinata eran muy unidos? —Tsukishima miró hacia fuera, miró a la gente y entre ellos vio personas que alguna vez en su vida habían sido ayudados por el pelinaranja, entre ellos estaba él. ¿Qué si eran muy unidos? Lo eran, esa clase de uniones que nada lo disuelve.

—Supongo que es un aliado…después de todos ambos salvamos vidas —concluyó cortante. Siendo él médico, el otro hierbatero. Ambos con sus métodos, bajo el mismo objetivo. Yamaguchi estuvo satisfecho con la respuesta por el momento y otras nuevas nacieron al ver el lugar a donde habían llegado.

Un vivero enorme se mostraba, al menos algo grande para encontrarse justo en medio del pueblo. Unos cristales permitían que el sol se colase levemente hacia las plantas y las alimentase; en ellas había de varios tipos tanto para curar como flores para decorar. Semillas, aditamentos y algunos sacos de estiércol. Hinata trataba a sus plantas desde que eran una simple semilla hasta que les veía crecer lentamente para transformarse en una planta que le daría salud a unos, alegría a otros. Justo en ese momento, mientras Tsukishima bajaba de la carreta, solo podía sentir un poco de melancolía al rememorar el primer día que estuvo ahí.

25 de Noviembre de 1944

Habia dado el tiempo prudente para enfrentar de nueva cuenta al hierbatero y tal vez ir de frente no era entre todas la mejor opción más le había visto desde la distancia, observando sus movimientos y viéndole cada mañana abrir su local con una sonrisa primaveral aunque el frio del invierno empezara a llegar. Tsukishima no podría admitir que esa nube de frio que salía de los labios de Hinata era encantadora y como con sus guantes frotando las manos intentaba darse calor era un mohín enternecedor. Las mejillas del pelinaranja se ponían rosáceas y la nariz levemente roja, unas amplias telas le cubrían la espalda y un gorrito a veces tapaba sus desastrosos cabellos.

Cuando Hinata dirigía la vista a la cafetería desde la que Tsukishima observaba este solo levantaba el periódico ocultando su rostro. Así había hecho durante más de un mes y es cierto que Hinata podía ser tonto o descuidado pero no tanto como para no notar ese extraño patrón del joven que siempre estaba sentado en aquel lugar. Ese día tomó sus pequeñas tijeras para podar las flores y atravesó la calle hasta llegar al café a paso lento. Se detuvo en la mesa frente al joven y con las tijeras empezó a cortar el periódico.

—Hey, pero que ha…—Tsukishima detuvo sus reclamos cuando vio a través del hueco del periódico al pelinaranja que le observaba. Este se incorporó y le hizo una seña con la cabeza en dirección a su vivero.

—Acompañame…—el rubio iba a chistar más no pudo pues el pelinaranja caminaba de regreso esquivando gente para llegar a su negocio donde algunos clientes le esperaban. Sacó un par de cosas de un cajón y se las puso en las manos al rubio —ponte esto y espera aquí.

—¡Oye!—el más bajito pasó de largo y atendió al par de clientes que habían llegado mientas el rubio apretaba los labios irritado y miraba aquello que le había entregado. Era un mandil y un cubrebocas ¿Acaso pensaba ponerlo a trabajar? Tiró de lado esas cosas y se dispuso a emprender la huida cuando, en el pasillo que daba rumbo a la salida, fue interceptado por el bajito.

—¿Te vas? —el rubio le miró fijo. Estando ahí de pie, frente a frente en el pasillo podía notar que definitivamente el chico era más bajo que él y que posiblemente era más joven. Entonces pudo observar sus pestañas largas y sus labios delgados, un poco de su complexión oculta entre sus prendas daba paso a pensar que era muy delgado.

—No tengo que hacer aquí —Hinata alzó una ceja y ladeó la cabeza con cierto aire tierno.

—Creí que querías saber cómo trabajaba y por eso me habías estado acosando —entonces Tsukishima notó que la palabra 'acosar' era muy fuerte pero que definitivamente eso había estado haciendo y que el hecho de que Hinata se lo plasmara en palabras era vergonzoso, deshonroso y atroz. Solo le miró ofendido y cuando iba a negar rotundamente fue interrumpido por una mujer que llegó con su pequeña niña.

—Hinata, menos mal que le encuentro. —dijo la anciana interrumpiendo al par. La jovencita estaba roja de las mejillas, más de lo normal y su respiración era algo elevada. —ha despertado así, me dio miedo dejarla en casa.

—Oh…hubiera mandado llamarme y habría ido de inmediato…—dijo el pelinaranja dejando atrás a Tsukishima mientras cargaba a la pequeña en brazos y la sentaba en una cómoda silla dentro del vivero que era extrañamente cálido a diferencia de las calles de la ciudad.

—Suficiente con la ayuda que nos das, seria demasiada molestia —Hinata sonrió sin decir más nada mientras el rubio observaba como concentrado revisaba la lengua de la pequeña.

—Tiene un poco inflamada la garganta, algo de manzanilla y gordolobo servirá. —dijo retornando la vista al inmenso vivero que se extendía en diversidad de plantas y caminando varios pasos tomó algunas ramitas que encontraba en el camino echándolos en una bolsita.

Tsukishima pensaba detenerlo, siendo medico el recetar herbolaria, estaba comprobado, que no era el método más efectivo. El chico ni siquiera contaba con una licencia médica para darse la libertad de vender sus productos más guardó silencio cuando vio como el chico extendía la bolsita de tela a la mujer y esta intentó entregar unas monedas al pelinaranja pero este se negó a recibirlas.

—Nunca acepta una sola moneda …también necesita dinero— Hinata negó sonriendo mientras despeinaba los cabellos de la pequeña niña.

—Vender mis plantas y flores me da para comprar un par de panes, eso es todo lo que necesito y que ustedes estén bien…—la mujer agradeció, es por ello que el pueblo quería mucho a Hinata pues este ayudaba sin recibir nada a cambio. Aun así algunos le llevaban comida, los más jóvenes le ayudaban moviendo las cosas pesadas en carretillas y las mujeres le daban consejos para hacer de sus flores las más bellas.

Tsukishima se sintió derrotado, sin haber luchado, por la amabilidad de ese pelinaranja. Se despidió de la mujer y de su hija mientras alguno que otro cliente llegaba pidiendo cosas, inclusive a él y, usando cubrebocas, decidió ayudar un poco al chico sin decir más nada, sin quejarse ni recriminar, hasta que la hora de cerrar llegó.

—Has hecho un buen trabajo —dijo el Hinata poniendo un letrero de cerrado al local — aunque aún no se tu nombre.

El rubio siguió, gracias al cubrebocas, manteniendo su identidad en secreto por lo cual nadie le reconoció como el doctor de Karasuno que vivía en la enorme mansión en la colina y que ahora estaba trabajando en un vivero por cosas extrañas del destino. Aun así, llegado ese punto, no tenía motivos para ocultar su identidad del pelinaranja.

—Tsukishima…—dijo a secas.

—Tsukishima…—repitió el pelinaranja mientras se sentaba en el suelo del vivero y rebuscaba en una bolsa de tela algo. Sacó un pan e inflando los mofletes algo avergonzado entregó la mitad al chico —no tengo dinero para pagarte pero espero que esto esté bien.

El rubio miró un largo rato aquel gesto estando de pie frente al pelinaranja y entrecerró los ojos levemente para estirar la mano y tomar el mismo. Hinata seguía sin verlo, sabía que debía pagar más pero tenía tan poco, aunque no supo que la calidez de ese pan había hecho más ameno ese día tan frío.


¿Que les parece este inicio? Esta historia tal vez les haga pensar mucho sobre que pasó, si, suspenso es mi segundo nombre [?] Espero que les gustase el estreno, serán actualizaciones de sábado, ya tengo en proceso el tercer capitulo y no se cuantos vayan a ser pero considerando que la historia se genera en un lapso de 24 horas no esperen mucho.

-Yisus