Ashley, rigurosamente vestido de negro, parecía una especie de cuervo. Con plumaje negro y absurdamente rubio cabello, el que apenas si mostraba canas, era el primero de los dolientes de Melanie. Permanecía como ausente, con la vista fija en el ataúd, casi listo para bajar al que sería el sitio donde reposara el endeble cuerpo de quien había sido su esposa en todas las adversidades, quien, sin embargo, le había llenado de temple con su recuerdo para ser capaz de luchar sus batallas, una a una, durante la Guerra.

Beau permanecía en mi propia casa; en aquella enorme y lúgubre mansión que yo misma me había encargado de decorar ostentosamente. Ahora parecía un extraño templo a todo aquello que antaño adoré. La riqueza y lujo ahora mismo eran inservibles y no llenaban mi corazón de nada en especial.

Entonces, bajo la lluvia, observé a todos los que se proclamaban deudos, con su presencia, de aquella bondadosa mujer, pía y de sin igual elegancia. Pensé en Rhett. Pensé en sus palabras cuando había dicho que ni una sola vez en toda mi vida había apreciado el apoyo y el amor incondicional de Melanie hacia mí. Fue entonces cuando llegué al entendimiento de que Melanie era el símbolo de cuanto se podía hablar de elegancia en Atlanta y en cada sitio a donde había puesto un pie. Melanie había sido dulce y comprensiva con todo el mundo, pero no amó a todo el mundo. Me había amado a mí y yo había manchado ese amor, primero de hermana y luego de amiga, con la idea errónea de que amaba a su propio esposo.

Desde el primer día de su matrimonio con Ashley, todos habían tenido razón en sus sospechas. Es más, siendo justos, desde mucho tiempo atrás, desde mi hermana Suellen, hasta el doctor Mead, habían tenido muchísima razón. Mammy me lo dijo.

"Cuando el señor Ashley vaya de permiso, usted, señorita, estará ahí como una negra araña, esperándolo, acechándolo… ¡Usted no es su esposa! ¡Esa es la señora Melanie!"

Recuerdo haberle gritado que cumpliera con las órdenes de mi madre.

Y fui a Atlanta por primera vez, sin comprender que allí había comenzado el principio del fin, mismo que tomaría demasiados años antes de finalizar.

Una vez que volví de mi ensoñación y fui consciente de dónde me encontraba, vi en las miradas de todos los que allí se encontraban, que lo mejor sería darles la espalda y caminar sobre el barro hundiendo las botas con rapidez hasta mi coche y dejar que fuese el cochero quien me condujera a casa.

Pero la pizca de conciencia despierta aquel día, no me lo permitió.

No se lo debía a nadie de ellos. Se lo debía a Melanie.

Permanecer allí, hacer ese minúsculo sacrificio, ya no le haría más daño a una reputación que se había desvanecido hacía muchísimo tiempo.

Scarlett O'Hara era una coqueta. Scarlett O'Hara tenía que entrar en razón. Se había casado por despecho. Se había quedado sin nada, apenas con la casa que los impuestos le quitarían. Scarlett O'Hara volvió a casarse, esta vez con el que fuese el prometido de su hermana. Scarlett O'Hara hacía negocios con los yankees. Tenía una furtiva y sospechosa amistad con Rhett Butler, mismo que tampoco guardaba una buena reputación, haciéndose millonario en tiempos de guerra con dinero de sus conciudadanos sureños. Había perdido a su marido gracias a su propia necedad de conservar un negocio, en una época en que una mujer de negocios era impensable; había dejado a sus hijos sin un ejemplo masculino. Se casó con el deleznable Rhett Butler y tuvieron otra hija, Bonnie, que era el orgullo de sus vidas. Y cuando por fin todos estos pecados fueron relegados, más no olvidados, Scarlett fue encontrada por India Wilkes, la hermana de Ashley, en los brazos de éste. Melanie echó a India de su casa por calumniarlos. Melanie había recibido a Scarlett después de ese odioso incidente, donde en realidad ella no había hecho nada censurable, pero que a la vista de todo el mundo era una infracción irreparable al protocolo de decoro de una señora del Sur, y la había recibido con todo su amor, ciegamente, sin importar los chismes y embustes de las otras damas. Proclamó en cada casa que visitaba que, si había algún comentario desagradable sobre su cuñada o cualquier falta de respeto hacia ella o su marido, actuaría. Le quitaría su apoyo a esa casa y esa familia. Por temor a perder a Melanie, todos callaron ante Scarlett aunque continuaban con la mirada recelosa.

Scarlett se había quedado. En el fondo, la respetaba.

Nuevamente, mirando el ataúd de madera rojiza, contemplando las ruinas de todo cuanto había conocido, se irguió y murmuró una plegaria silenciosa bajo la lluvia, con el enorme vestido obscuro demasiado pesado para llevarlo puesto a causa de lo muy mojado que estaba y claro, allí realmente Melanie ya no estaba.

Por eso todos los presentes, exceptuando a India Wilkes en su dolor por la pérdida de su cuñada y amiga, con quien por el incidente de Scarlett se había separado, y a Ashley que permanecía como perdido ante el ataúd, miraron a Scarlett con desdén.

Entonces la actitud arrogante, decidida y orgullosa que abrazaba para sí desde que naciera, heredada de un fogoso, arrogante, decidido y orgulloso irlandés llamado Gerald O'Hara de la alta colina de Tara, donde se habían sentado a cenar los grandes reyes de Irlanda, se había ido al suelo junto con su mirada.

Parecía una avecilla de impresionantes colores, sorprendida por una tormenta.

Dio la espalda a los asistentes, a Ashley Wilkes, al ataúd de Melanie que, mientras el pastor recitaba las últimas palabras de aquella plegaria, descendía metros y metros bajo tierra, y se perdió en la puerta de su cochecillo, mientras su cochero personal acarició al caballo que, impaciente, movía las patas con las herraduras hundiéndose una y otra vez bajo su gran peso en el barro de la que sería la última morada de Melanie Hamilton-Wilkes, la mejor y única amiga que Scarlett había tenido en toda su vida.

Igual que en el funeral de su madre, de su padre y de su hija, Scarlett no lloró una sola lágrima frente a extraños y huyó de inmediato de allí.

Necesitaba irse de allí. Ése ya no era su hogar.