-Vaya, vaya… mira quien ha salido por fin de su palacio… -dijo Ingrid mientras observaba en un pedazo de hielo la imagen de Elsa corriendo en medio de esa tormenta de hielo y que aparentemente le costaba.

Ingrid depositó en una bandeja de hielo su bebida fría, la cual fue llevada por un trol hasta otra parte del castillo en el que se hospedaban. Dio varias vueltas alrededor de la lámina de hielo que nacía del suelo y en la que estaba reflejada la imagen de una Elsa agonizante, que estaba por primera vez en su vida sintiendo el frio y el entumecimiento de sus piernas y brazos, así como la incapacidad de poder respirar.

Ingrid sonrió y abrazó el hielo.

-Oh, Elsa…. ¿Qué difícil es andar, eh? Supongo que para alguien como tú, que está tan cómoda en la nieve lo debe estar pasando muy mal… y más cuando tu hermana está con ese asesino al que desterraste de Arendelle… -empezó a formar una bola de nieve en la palma de su mano- a ver cómo te desenvuelves con mis amigos… -Ingrid lanzó hacía las montañas esa bola con una facilidad claramente mágica.

Por otro lado, Elsa estaba realmente mal. Nunca había tenido problemas en recorrer esas montañas de arriba abajo incluso en las peores condiciones, pero esa nieve era pesada, agónica y le provocaba un dolor en el corazón muy fuerte. Levantó por unos segundos la vista para no ver absolutamente nada. Todo estaba oscuro. Trató de levantar la vista buscando la luz de la Luna, pero la noche era oscura, llena de nubes y de un ambiente triste, pesado.

-¡Anna! ¡Anna! –Elsa trató de llamar a su hermana con la mínima esperanza de ser oída, pero nada. Volvió a intentarlo pero su voz era muy débil -¡Por favor, respóndeme!

Siguió caminando sin ver por dónde iba, cuando resbaló y cayó ladera abajo unos diez metros. No fueron muchos segundos, pero a la reina le pareció eterno. Arrastró un montón considerable de nieve pero logró esquivarla a tiempo. Lamentablemente, se tropezó contras unas raíces que sobresalían de la nieve, haciéndola caer otra vez pero afortunadamente, fue de menor impacto. Elsa no sabía qué hacer, estaba perdida y sola. Sin su hermana y sin poder haberla defendido sintió que su mundo se derrumbaba. Se miró las manos, estaban rojas del frio, eso nunca había pasado. Le dolían. Ahora entendía lo que era el frio y el dolor que este podía llegar a provocar. Se guardó las manos bajo su capa y siguió andando.

Habían pasado solo unos minutos cuando escucho algo. Daba pasos lentos pero pesados, lo cual no impidió a Elsa sonreír al pensar que se trataría de su hermana. Corrió hasta ella, llamándola.

-¡Anna! ¡Por fin te encuentro! –pero conforme Elsa se acercaba a la figura en medio de la tormenta que le impedía ver algo se dio cuenta de que era muy alta, de unos 3 metros. También muy ancha y de forma humanoide.

Se quedó parada a tan solo un par de metros y en ese momento, la tormenta cesó y pudo ver con claridad que se trataba de un extraño mono de color blanco. Ahora todo estaba claro y Elsa deseó en ese momento que no hubiese sido así, pues se encontraba rodeada de decenas de esos seres monstruosos que no había visto nunca. Estaba aterrada, sabía lo que tocaba, y eso era luchar.

-Tranquilos, bonitos… eh… monos… ey…-trató de hablarles en un tono bajo y calmado, pero no había manera, esos seres parecían muy enfadados.

Uno de ellos, el más grande y al que le faltaba un ojo lanzó un gran gruñido al aire que hizo a Elsa taparse los oídos de dolor, pero no fue por mucho tiempo ya que también pudo apreciar que los demás seres corrían hacia ella y no con cara de amigos.

Elsa recogió su capa y salió corriendo muerta de miedo. Al ver que se acercaban, decidió crear una estela de hielo por donde pisaba, con la intención de hacerles resbalar o por lo menos relentizar su avance. Se giró como pudo para ver si estaban detrás de ella y en efecto, así era. Esos monos gigantes albinos no se detenían por el hielo. De hecho, había más que antes, o esa fue la impresión que le dio a la reina. Ya empezaba a dolerle la cabeza del cansancio y el estrés de ser perseguida por los monos.

Llegó a una explanada, donde decidió detenerse y plantarles cara. Creó placas de hielo y picos a forma de estacas para detenerles y afortunadamente eso detuvo a algunos de ellos hiriéndoles, pero un gran número de ellos destruyó la pequeña muralla defensiva que la rubia había improvisado a duras penas.

Elsa miró a todos lados buscando una salida, y detrás de ella, había un precipicio, así que corrió, agachada para evitar los trozos de hielo que eso seres estaban lanzándole. Creó numerosas plataformas que salían de la pared de hielo. Comenzó a descender hacía el fondo del barranco, pero una nieve que parecía nacer de la nada empezó a hacerse más espesa. En realidad, eso no era lo peor, pues sus persecutores comenzaron a bajar por esos escalones. Elsa no podía pensar en destruir esas estructuras para hacerles caer, no. Solo se veía capaz de escapar.

Ese frio empezó a entumecer sus articulaciones y le dificultaba el ya no solo crear una vía de escape, sino de poder andar y escapar de la manera más sencilla. Mientras pensaba todo eso, pisó su largo vestido y resbaló. Cayó hasta el final del barranco y todo se volvió negro. Aunque por suerte la nieve era espesa, lo que amortiguó su caída. Elsa estaba atontada y desorientada. Miró hacia arriba y vio con la vista nublada como esos seres se tiraban a por ella. Trató de plantarles cara, pero estaba cansada y estos pronto la agarraron para amordazarla y cargarla sobre su espalda.

Esa no podía parar de llorar. En parte por la caída, aunque era nieve, dolía. Pensó en su hermana, en Hans, en su reino y sobre todo, en la razón que había llevado a esos seres a secuestrarla.

-Por fin la tienen… -dijo la malvada Ingrid desde su palacio, observando en una lámina de hielo como su ansiada Elsa por fin estaba bajo sus garras. Dio un par de vueltas por su sala del trono gritando eufórica y riendo. Su plan por fin estaba tomando forma. Qué le importaba si la hermana tonta estaba con un don nadie perdida en la montaña… tenía por fin la última pieza de su entramado y podría cumplir su venganza.

-Mi señora Ingrid… - un asustadizo trol asomó tímidamente por la puerta- Él ya está aquí…

-Vaya, que pronto ha llegado… -la reina se sentó en su trono mientras deshacía en agua la pieza por la que podía observar su triunfo regocijada –hazle entrar... tengo un par de palabras para él…

En el otro lado de la montaña, Hans había tenido que detener su viaje. Anna había caído de su caballo pero no estaba consciente, se había desmayado y estaba helada. No sabía que pasaba, porque parecía estar muerta.

-¡Anna! Por favor, Anna despierta… ¿Me oyes? –Hans había cogido a la princesa en brazos en medio de la terrible tormenta de nieve que venía desde la montaña norte.

Sin darse cuenta, sus pies empezaban a hundirse en la nieve a una altura preocupante. Afortunadamente, llegó a una cueva aparentemente abandonada a la falda de un montículo. Hans suspiró aliviado y se giró para llamar a los caballos y meterlos en el interior de la formación, pero su cara cambió de expresión al ver que estos no estaban detrás de él. De hecho, parecía que no le seguían desde hace mucho rato y ahora entendía a la perfección tanto silencio en la solitaria nieve. No les culpaba, la visibilidad era dificultosa pero confiaba en que pudieran seguir su rastro o el fuego que haría y llegaran antes de que la fría noche les paralizara el corazón.

El príncipe dejo a Anna sobre un pequeño montón de hierbas que aun habían sobrevivido en el interior del lugar. Con un poco de hierbas secas y restos de algún animalillo que había ahí, logró crear un pequeño fuego para mantener caliente a la joven e iluminar la cueva.

Le quitó casi toda la ropa y trato de notar su pulso o su respiración. Nada. Siguió golpeando el pecho de la joven hasta que se fijo que la princesa llevaba colgado un cristal iluminado. Lo arrancó corriendo del cuello de esta y enseguida comenzó a respirar tras una profunda inhalación.

-Oh, menos mal… -Hans quizá fue el que respiro más aliviado en ese momento.

En ese momento, pudo ver a Anna iluminada levemente por las llamas y no pudo evitar pensar lo hermosa que era, su cabello, su piel… así como en esos días que pasó "enamorado" de ella. Realmente Hans nunca quiso que alguien tan bueno como ella sufriera por amor como lo hizo, y es que desde niño aprendió a dejar sus sentimientos aparte y lo había logrado… salvo con una persona por la que daría la vida.

Vistió y tapó a la joven corriendo y la acercó al fuego. Dejó que descansara, ya que aunque respiraba, en ningún momento había dicho algo o abierto los ojos para mirarle. Miró el exterior y consideró que lo mejor era pasar lo que quedaba de noche –y de día, si no mejoraba- en ese lugar.

Se quedó sentado en el fuego mientras miraba extrañado el collar que portaba la joven. ¿Qué era esa pieza?


Soy libre! Pero momentáneamente porque tengo que hacer tantas cosas que me da algo y no es tiempo para escribir… ay, pero bueno. Aquí traigo otro capitulo que llevaba ya casi hecho desde la semana pasada… espero todos vuestros comentarios con intrigas y curiosidades! Hasta luego!