Disclaimer: Rumiko Takahashi aún no me cede a sus personajes. Lo siento.

Reto: Del foro "¡Siéntate!".

Idea: De Tsuki No Koi.

Número: Reto número 198.

Reto en cuestión: "AU. InuYasha/Kagome. Drama/Romance. Que ellos estén casados, dos hijos, siete años de matrimonio, pero él no ha podido olvidar a la primera mujer que amó (Kikyô), quien se supone que había muerto, pero por razón X, ella está viva y se aparece un día en una fiesta (con el propósito de buscar a InuYasha) en donde le confiesa la verdad.

Que InuYasha diga "Te he amado durante muchos años, Kikyô, incluso aún conservo una foto tuya, que Kagome me dejó mantener colgada en nuestra habitación. Te he amado durante todos estos años y no he sido capaz de olvidarte... Pero he hecho una familia con Kagome, ella me ha acompañado durante todos estos años y me ha dado la fuerza para seguir... Y es a ella a quien amo ahora."

Chapters: 2.

Ubicación: UA.

Pareja: InuYasha/Kagome H.

Personajes extra: Kōga, Kikyō, OC.

Géneros: Drama/Romance.

Clasificación: M.

Advertencias: Lemon. Un poco de lenguaje soez.

Beta: Esta vez, no tuve beta, porque el tiempo no me da. El 4 de mayo entro al colegio y la verdad es que dudo mucho alcanzar. De todos modos, sigo agradeciendo a: Titania Scarlett. ¡Te adoro, preciosa!

Notas: Después de miles de años de desaparición; trece reviews en la banca preguntándome acusativamente cuándo jueves actualizo, pues entonces… Creo que debo hacer esto. Gracias a todas, chicas. A la retadora Tsuki, pues que te guste este último capítulo. Créeme cuando te digo que siento mucho la demora.

Título:


«Espejismo»


—Oh, Kagome ¿eres tú? Nena, has crecido bastante —recibió con cariño el abrazo sincero de la señora Komatsu, que en verdad, hacía mucho que no veía—. ¿Cómo va tu matrimonio, querida? —Comenzaron a caminar por entre las personas en la fiesta. La señora Kaede rodeó a Higurashi por los hombros, a pesar de que esta era más alta que ella.

—Excelente, Kaede-sama —rio Kagome, respondiendo a los halagos de la mujer que era como su abuela.

—Por cierto, ¿dónde está InuYasha? —Miró para todos lados, buscando a aludido.

La sonrisa de Kagome ensanchó.

—Está conversando con unos accionistas en la barra. Debe estar ocupado —supuso, llevándose un mechón de cabello detrás de la oreja— no quiero molestarlo —se sonrojó.

—Oh, no importa. ¿Y los niños? —Se les iba a ir el tiempo hablando de cualquier cosa.


—¿Algo de tomar, señora?

—Nada. Gracias.

No lo demostraba, pero el corazón le latía a mil por segundo. Miró sus manos temblorosas y las abrazó, suspirando en el acto. InuYasha no tardaría, estaba segura de eso. Quería llorar, en serio quería hacerlo; no estaba esperando lanzarse a los brazos de InuYasha después de siete años desparecida, después de que estuvo casada cuatro con un hombre que no amaba y al que sólo sentía deberle agradecimiento.

Se tocó con lentitud el colgante que traía y cerró los ojos: estaba cerca, su amado InuYasha estaba cerca. Cuando escuchó de nuevo su voz, supo que moriría de la emoción. Lo miró de reojo, sin llamar la atención ¡Dios, estaba más guapo de lo que recordaba! Tan varonil, tan alto… ¡InuYasha, cuánto lo había extrañado! Con el corazón en la boca y los nervios a flor de piel, esperó que Taishō pidiera su bebida con mucha parsimonia, ignorándola por completo, como si no la hubiese visto.

Y es que no lo había hecho.

—Tantos años, InuYasha…

El corazón se le detuvo por unos nanosegundos. Pudo escuchar esa voz suave, sin necesidad de agudizar sus sentidos porque la fiesta no tenía música alta y esa voz la reconocería así pasasen dos mil años. Siete, en ese caso. Giró con lentitud hacia su costado, esperando no verla, esperando que fuera una jugarreta de su mente y corazón, tal vez que nadie estuviera allí y solo lo hubiera imaginado. Pero otra parte de él pedía a gritos que fuera ella, que de verdad lo estuviera llamando. La mente no le falló.

—Kikyō —el nombre salió con lentitud, casi con dolor, casi con… ¡Maldita fuera, qué estaba pasando! Cuando se encontró con la mirada chocolate oscura que tanto había extrañado y amado alguna vez, no pudo responder. La miró levantarse de la silla con mucha elegancia (como era de costumbre y naturaleza), llegando hasta él.

—InuYasha —contenía las lágrimas. La verdad es que no sabía qué decir en ese momento. Lo único que quería era tocarlo, besarlo, quería sentir su calor una vez más después de todo el tiempo perdido. No pudo seguir evitando las lágrimas un momento más; su mirada irradiaba tristeza, había muchas cosas que contar, muchas que aclarar.

—Tú…—pudo escuchar el temblor en la voz de Taishō, tan latente que a ella misma le dolió—. ¿Cómo es que…?—Sus manos temblaban, el corazón le temblaba con mucha fuerza. Eran tantos años… Tanta soledad, tanta tristeza.

—Mi muerte fue una confusión, como puedes darte cuenta —comenzó ella, deshaciendo por completo los nervios y la tensión del momento (por lo menos eso fue lo que trató de hacer). InuYasha la miró confundido, había mucho dolor en su alma ¿y ella llegaba a explicarlo todo tan fresca?—. No esperas que nos quedemos toda la noche mirándonos, abriendo más heridas —le leyó la mente, sonriendo de manera amarga. El bar tender para ese tiempo, ya se había desplazado a atender tres metros lejos de la pareja.

—¿Y qué esperas que haga? —A pesar de las inmensas ganas que tenía de abrazarla, no podía ocultar su resentimiento hacia ella. Aunque realmente nunca podría sentir odio hacia Kikyō, por nada.

—Esa noche, llevaba conmigo a Rin —amargos recuerdos inundaron su mente:

«Le sonrió con cariño verdadero, sin dejar de tener en cuenta la carretera. Bien, linda noche para llevar a Rin a su fiesta de cumpleaños sorpresa mientras los demás terminaban con los detalles.

—Tía, ¿qué es esa luz? —Inquirió la niña, al percatarse de lo iluminado que se veía de pronto la parte delantera del auto.

—¿Qué? —Kikyō regresó la mirada hacia la carretera, (la cual pensó que tenía controlada), pero estaba en una curva, demasiado cerca del auto que jamás identificó. Recuerda gritos de Rin y de ella, tratando de esquivarlo y luego una impacto de luz; después de eso, todo fue negro…»

No recordaba nada más de esa fatídica noche, pero sí supo que alguien la rescató.

—¿Me estás diciendo que alguien te llevó y dejó a Rin sola? —Casi no creía lo que estaba escuchando.

—Suikotsu, él fue quien me rescató —no quiso revelar lo demás, pero él tenía que enterarse—. Cuando paró en el sitio del accidente, corrió hacia nosotras y se encargó de mirar a Rin, que ya estaba sin vida —el susurro fue audible, pero lastimero. InuYasha cerró los ojos reviviendo viejos dolores—. Me dijo que yo aún tenía pulso, así que llamó a Emergencias para que nos recogieran en el lugar…

—Pero Rin…

—Espera, InuYasha —le interrumpió—. Nunca dijo nada, él me llevó a una clínica privada antes de que llegaran los paramédicos al lugar del accidente —su rostro tomó color: lo que diría sería muy vergonzoso y como conocía a InuYasha, estaba segura de que se pondría celoso—. Se enamoró de mí y por eso se hizo cargo por su cuenta.

Y no se equivocó.

InuYasha sintió la sangre hervirle ¿entonces se había enamorado de otro? Se sentía enfermo, en realidad lo sentía.

—¿Te casaste? —No pudo evitarlo.

—Sí. —La respuesta fue perfecta, inequívoca—. Pero enviudé hace tres años.

La afirmación quedó en el aire. Dentro de esos siete años de desaparición, aún había muchas cosas qué aclarar, aún no sabían nada uno del otro, aún esa explicación estaba en pañales. InuYasha había deseado todo ese tiempo volverla a ver, había desaprovechado su vida metido en su recuerdo oscuro del que no le había sido muy fácil salir. Y en ese momento que ella reaparecía, se le había olvidado que tenía familia.

Quería saber muchas cosas, pero… ¿En verdad deseaba volver a ella después de todo?

—InuYasha…—casi había estado a punto de decidirse a dejarla, cuando sintió el toque de una de sus manos pálidas sobre el rostro. Demasiado fría, pero tan ausente que deseó tenerla así toda la vida. Cerró los ojos, disfrutando de la caricia que no duraría para siempre.

—Te he extrañado, Kikyō —decírselo, había sido como sacarse un gran peso de encima. Se sintió liberado.

—Yo también, InuYasha —se le acercó lentamente, deshaciendo la distancia entre ambos cuerpos—. No sabes cuánto —el aliento de Kikyō le golpeó el rostro con delicadeza, dándole a entender lo que se venía.

Cuando sintió los labios de Kikyō sobre los suyos, el mundo se le vino encima. Había esperado muchos años por eso, en lo más recóndito de su ser había ansiado volverle a hacer el amor, pero en ese momento, pudo darse cuenta de la verdad.

—Espera, Kikyō—la separó de manera suave, sin intentar ser brusco. Kikyō lo miró con incredulidad ¿qué estaba pasando?

InuYasha se quedó estático, procesando todo. Los labios de Kikyō, esos labios eran extraños, esos labios que había deseado besar durante siete años eran… diferentes. Se sintió extraño, alejado, miserable. Ella había llegado, explicado las cosas, pero… Nunca se interesó por preguntarle si él estaba casado, qué había hecho con su vida, si es que tenía hijos, si es que se había enamorado ¡Nada! Kikyō se había comportado de manera egoísta, egoísta y mezquina.

—¿Qué sucede, InuYasha? —El nerviosismo en su voz era palpable.

—Lo siento, Kikyō —y en ese momento fue que pudo darse cuenta de la razón por la que haberla besado le causó esa sensación—. Busqué el sabor de Kagome en tus labios. —Simple.

La aclaración le dio duro en el corazón, dejándola anonadada ¿Kagome? Recordaba a esa chica, habían sido vecinas antes de que ella e InuYasha se hicieran novios.

—¿Es tu novia? —La pregunta les sonó estúpida a ambos y ella se dio cuenta.

—Es mi esposa. —Su respuesta también fue perfecta, inequívoca.

Kikyō agachó la mirada, herida y decepcionada. Ella había guardado luto y esperado el momento perfecto para encontrarlo y explicarle las cosas ¿Por qué él no podía divorciarse de esa mujer y volver a ella? ¿Dónde estaba el amor que decía tenerle?

—InuYasha, tu vida me pertenece —pronunció con dolor, mordiendo las palabras—. Tú y yo estamos destinados —declaró—. No estoy muerta, por Dios ¡mírame! —exigió, reteniendo las lágrimas. Le agarró de los hombros, intentando hacerlo entrar en razón con un abrazo—. Tú me amas, no lo niegues, puedo verlo en tus ojos —se aferró a él, sintiendo como a pesar de que InuYasha no la apartaba, su aura la repelía con tal fuerza, que le era muy difícil permanecer unida a él.

Los ojos de InuYasha se escondieron bajo el flequillo. Kikyō había muerto ante los ojos de los policías que nunca hallaron nada de su cuerpo y cerraron el caso, murió ante los ojos de Kagome, quien sanó mucho su corazón con ese amor incondicional. Murió ante sus ojos y seguía viva en realidad, incluso en su propio ser, pero…

—Te he amado durante muchos años, Kikyō —comenzó a confesar, con el dolor hincándole el alma y las emociones a flor de piel—. Incluso aún conservo una foto tuya, que Kagome me dejó mantener colgada en nuestra habitación. —La mencionada cerró los ojos, dejando caer un par de lágrimas—. Te he amado durante todos estos años y no he sido capaz de olvidarte... —Debería haberse encendido una llama de esperanza en ella, pero fue mucho más doloroso escuchar eso—. Pero he hecho una familia con Kagome. Ella me ha acompañado durante todos estos años y me ha dado la fuerza para seguir. —Tomó el aire necesario para decir lo que su corazón le dictaba—. Y es a ella a quien amo ahora.

Kikyō se separó, mirándolo con dolor—. ¿Realmente te he perdido?

Taishō llevó su mano derecha hasta el rostro femenino, tocándolo con delicadeza.

—Eres un espejismo, Kikyō —escuchó el suspiro ahogado de la chica—. Mi espejismo.


—Muchas gracias —recibió el vaso con agua dulce de las manos de Kōga—. ¿Los niños siguen con Kaede-sama?

Él asintió.

—¿Segura que te sientes mejor? —Se preocupó, sentándose a su lado—. ¡Esa bestia! —Refiriéndose a InuYasha con mucha zahína, rodeó a Kagome en un cálido abrazo.

La chica se sintió protegida, amada; aunque ella no sintiera lo mismo por Kōga, estaba demasiado ensimismada en sus brazos como para querer salir de él y ver a InuYasha. Pedirle el divorcio no sería nada fácil en esos momentos, en su estado tan reciente… ¿Cómo pudo haberle pasado a ella algo tan doloroso como eso? Pero era tonta, debió haber sabido que estaba casada con un hombre que seguía perdidamente enamorado de otra mujer ¡Pero se suponía que Kikyō estaba muerta, por Dios! ¿Por qué tenía que aparecer? Si ella realmente hubiera sabido desde un principio que estaba viva ¡Jamás, se hubiera casado con InuYasha! Nunca se habría aventurado a enamorarse de un hombre ajeno ¿por qué?

Amaba a InuYasha, lo amaba con toda su alma, a él y a sus hijos, pero sabía que luego de ese encuentro que acababa de ver (que la dejó pasmada, también) él se iría tras Kikyō. Cerró los ojos, dejando escapar unas gruesas lágrimas de dolor puro, incesante. A pesar de eso, Kōga estaba allí, protegiéndola de todo y amándola incondicionalmente. Estaba segura de que si conseguía olvidar rápido a InuYasha (que no estaba muy segura de eso), al único que permitiría que le tocara un cabello, sería a él, a Kōga.

—Gracias, Kōga —susurró hiriente, conteniendo el llanto dolorido.

—No te preocupes, Kagome —le sobó el cabello, dándole tranquilidad—. Ese inútil de InuYasha. Juro que…

—No digas nada —llevó sus dedos finos a los labios del aludido, que no evitar sentir una oleada de calor en todo el cuerpo—. Déjalo ya, él…

—Kagome —le susurró, tomándole de la mano. El corazón les latía con fuerza; esa posición, estaban solos en ese lugar de la casa del dueño de la empresa, alejados del gran salón, en la sala de la casa grande. Necesitaban espacio y lo tenían, necesitaban apoyarse y…

—¡Quítale las manos de encima, maldito! —Sus labios pudieron haberse rozado si es que InuYasha habría llegado un segundo más tarde.

Los sentidos de Kōga y Kagome se alertaron, haciendo que se separan al instante. Los ojos de InuYasha estaban inyectados de ira, de sentimientos encontrados, de dolor, de miedo a perder, de decepción, de celos… ¡¿Cómo mierda y en qué maldito momento ese infeliz puso las manos sobre su mujer?! ¡Y lo más importante! ¡¿Por qué Kagome había dejado que eso pasara?!

—La verdad es que eres sin vergüenza, bestia —lo enfrentó Fuwa, mirándolo directamente a los ojos.

—¿De qué mierda hablas, pulgoso? —Le devolvió el insulto, encarándolo. Kagome se quedó estática, sin saber cómo reaccionar ante la situación. Aunque si seguían así, pronto ellos comenzarían a golpearse.

—Ah, ahora quieres decir que no acabas de besar a otra mujer —rió con sarcasmo. InuYasha sintió su sangre helarse ¿cómo que ellos sabían…? ¿Kagome había visto?—. ¡¿Vas a negar que acabas de ver a Kikyō?!

—Kagome…—Fue lo único que pudo susurrar. Miró para su mujer y se le partió el alma al verla llorar con tanto dolor como no lo recordaba.

—¿Qué pasa, InuYasha? ¿Has vuelto porque te dejó tu antigua novia y no pudiste seguirla como el perrito faldero que eres?

Antes de que Kōga pudiera soltar una risa, InuYasha la le había soltado un golpe certero en el rostro. Lo golpeó con toda la ira que podía descargar, con todo el dolor, con todo el miedo, lo golpeó con todo el odio que tenía hacia su maldita suerte en ese momento. Nunca se habían herido de esa manera, pero ese momento era diferente ¡Vio en sus ojos como estuvo a punto de perder a Kagome! ¡Vio como Kagome se dejaba llevar por las estupideces de ese maldito! ¡Vio cómo se le iba la vida en un beso que les frustró! Su contrincante le devolvió el golpe con mayor odio antes de que él pudiera responder.

—¡Basta, por favor! ¡InuYasha, Kōga! —Entre lágrimas y desesperación, Kagome trataba de parar la masacre, pero ellos hacían caso omiso—. ¡Ya basta, dejen de pelear! ¡Kōga, por favor vete! —Casi rogó, sin quererse acercar mucho a ellos, que aún se golpeaba. Al momento que escucharon eso pararon de súbito.

InuYasha se sintió defendido.

—Kagome, pero…

—Por favor, Kōga, vete —él volvió a reprochar, pero el dolor de Kagome era mucho más de lo que podía soportar—. ¡Vete!

—Está bien —se resignó, mirándola con ternura— pero si este estúpido te hace algo…

—¡Ya lárgate, estúpido! —Se unió InuYasha, respaldándose con su esposa.

En un momento, la sala quedó en silencio, con dos personas heridas que tenían corazones por sanar.

—Vete, InuYasha, tú también debes marcharte —le dolió mucho pronunciar eso, pero a él le dolió más que lo dijera. Kagome inhaló, tratando de calmarse y tratando de que el dolor mermara.

—Kagome ¿viste lo que pasó con Kikyō? —La pregunta no fue firme, llena de nerviosismo.

—InuYasha —de pronto, la voz de su esposa era más calmada, casi reflexiva—. No voy a detenerte.

Taishō tiró de ella, abrazándola con fuerza en el acto, como si fuera la primera vez o como si hubiera estado en peligro de muerte. Kagome enterró la cara en el pecho firme de su esposo, aspirando su aroma; quizá eso le sonaba a despedida.

—Kagome, yo…

—InuYasha —se separó lo suficiente para poder mirarlo. Les estaba doliendo más de lo que pretendían—. Me casé contigo sabiendo tu pasado —nunca despegó la mirada llena de dolor de la de su esposo—. Sé muy bien lo que sentías por Kikyō cuando nos casamos —y no es que hablar de ella con tanta naturalidad le pareciera normal, porque se suponía estaba muerta y luego la veía allí, besando al que pronto dejaría de ser su esposo—. Y si deseas formar la familia que siempre anhelaste con ella, yo… Me haré a un lado.

Si es que a ella le había dolido en lo más hondo haber dicho eso, InuYasha no tenía conciencia, ya.

—Eres una tonta, Kagome —la apretó con fuerzas de nuevo, dejando escapar un par de lágrimas que había retenido cuando estuvo con Kikyō—. Tengo la familia que siempre anhelé contigo —las palabras le estaban saliendo con más rabia y tristeza de lo que controlaba.

—Pero eso no quiere decir que dejes de amarla y…

—Déjame terminar, maldita sea —escondió la cara entre los cabellos azabaches que siempre adoraba oler, en silencio—. Acabo de dejar siete años de dolor atrás, acabo de dejar a Kikyō atrás… Sólo por ti —¡Basta de callar, maldita fuera! ¡No estaba en condiciones de seguir callando un sentimiento que tenía tan presente!—. Te necesito, Kagome.

Los labios de la aludida temblaron, sintiendo el alivio recorrerla ¡Tonta, ella era una tonta! Sin lugar a dudas, lo era.

—InuYasha ¿en verdad tú…?—No podía creer que de verdad él hubiera sido capaz de vencer el amor que le tenía a Kikyō. Creyó que era mucho más fuerte que ella y sus hijos juntos.

—Me di cuenta de que mis sentimientos hacia Kikyō eran falsos —mantuvo al agarre seguro en el cuerpo de su esposa, como si se le fuera a ir en cualquier momento— como una imagen en el agua que se deshace con cualquier movimiento —Kagome sonrió entre lágrimas: por lo menos había aprendido a ser reflexivo—. Mi corazón sólo deseaba verla y saber cómo estaba. Yo estaba aferrado a un espejismo, Kagome —se separó un poco, de nuevo para mirarla—. Tú estás aquí.

—InuYasha. —Le acarició el rostro, sonriendo con felicidad infinita: no tenía palabras.

—Te amo. —Esa afirmación también fue perfecta e inequívoca. Había hecho esa afirmación tal una sola vez en la vida y estaba demasiado feliz de poderlo haber hecho.

—Taishō —en respuesta, ella solo pronunció su apellido. Cerró los ojos y por fin pudo dejarse llevar por el amor.

El beso era casi irreal, con demasiados sentimientos en medio como para no poder disfrutarlo al máximo. Las lágrimas que ella dejaba rodar no eran de dolor, ahora; todo era mejor en ese momento ¡Todo! Y por un lado, agradecía que Kikyō hubiera reaparecido en sus vidas, porque cerraba un capítulo en la vida de InuYasha que no lo dejaba ser feliz. Ese era el sabor que InuYasha había deseado encontrar en los labios de Kikyō; lo dulce y cálido, lo suave y familiar, el amor que sólo Kagome sabía profesarle con esa caricia.

Se sentía tan diferente.

Demasiado bien.

—¿Qué pasará con ella? —Inquirió Kagome, casi sin dar tiempo a retomar el aire que el beso les había robado.

Eso le molestó un poco, sin embargo…

—Kikyō es una mujer inteligente. Ella sabe lo que tiene qué hacer —sus ojos perdieron brillo por un momento—. Se encuentra bien y es económicamente estable: es lo único que me interesa.

Kagome sonrió, complacida.

—A mí también. ¿Sigue aquí?

—Prefirió no conocer a su antigua vecina —una sonrisa irónica se le escapó sin poderla detener, Kagome también rió—. ¿Dónde están los niños? —cambió el tema radicalmente. La verdad era que deseaba abrazarlos fuertemente y decirles lo mucho que significaban en su vida.

Kagome se prometió a sí misma no volver a hablar más de ella.

—Algo más, Kagome —le miró a los ojos, decidido, sin temor a equivocarse—. La foto que está en la habitación: quítala —ya sabía que eso significaba que su esposa la guardaría en algún cajón muy lejano—. Luce bien la de…

—Shiori —interrumpió sonriente, mordiéndose los labios.

—¿Qué? —La insinuación de súbito y con connotación maternal, descolocó a InuYasha. Cuando miró la sonrisa y el sonrojo de su esposa pudo entenderlo todo ¡Por Dios Santo!—. Kagome —volvió a abrazarla—. ¿Cómo sabes que es niña? —Alzó una ceja, sin comprender.

—Ya tenemos dos hijos, InuYasha —explicó como si fuera obvio—. Ya era hora de que me hicieras una niña ¿no crees? —Todo era una suposición después de todo.

¡Maldición! Kagome solía ser demasiado sensual cuando se le daba la gana ¡Y sólo hablando! ¿Con qué clase de pecado se había casado? Bien, si lo pensaba con cinismo; no se había casado con Kagome sólo porque su corazón y su manera de ser lo hubieran enamorado, sino que su belleza y sensualidad también lo cautivaron.

—¿Quiere salir a disfrutar de la fiesta, señora Taishō? —Extendió caballerosamente el brazo a su esposa, esperando que la respuesta fuera positiva.

—Sólo si mi señor promete no golpear a alguien cuando salga —ella también sonrió, complacida.

No evitó gruñir, pero igual ¡Kagome era suya! Y desde ese momento no sentiría el miedo de perderla nunca más.

—Muy bien, entonces vamos. —Comenzaron a caminar de manera elegante, dejando atrás todo el dolor que pudieron sentir quince minutos antes.

Tal vez Kikyō lo hubiera perturbado con esa visita. Tal vez no la olvidaría muy rápido después de eso… Pero tal vez sería feliz desde ese momento, disfrutaría de todo lo que había ganado en esos siete años de matrimonio.

Y sabía que Kagome siempre estaría ahí, a su lado. Porque ella lo amaba, él la amaba, ellos se amaban.

Para siempre.

FIN.


Nota final de la autora, que es una perra:

Digo que de verdad la inspiración mía fue terrible al final. Espero haber cumplido expectativas y que la demora haya sido compensada *va a esconderse antes de que la maten*. Chao a todas, niñas.

Besos y espero que a la retadora le haya gustado y esté conforme con mi trabajo ;)