Él nunca se queda con nada en la boca y, esa lengua autoritaria de su rival; siempre estaba preparada para devolver cada uno de sus insultos.

Él es "ambos" y, "ambos" son ridículamente parecidos.

Su físico no es similar dado que ellos no son familiares consanguíneos.

Él perdió su derecho como hijo biológico; Siendo legalmente reconocido, por un extraño.

Mientras qué el otro, es un primogénito nacido por un capricho del destino. Un renegando de los pecados de su padre y los errores de una pobre mujer ingenua que hasta el final de su vida, creyó en el amor; de un hombre despiadado.

Por ende, a ambos les cuesta confiar en dejar todo en manos de alguien más. Son caprichosos y enteramente obsesivos. Siendo que fueron obligados a tratarse como hermanos desde la adolescencia… jamás, pudieron aceptarse: uno al otro.

Jamás…

"tú me dices algo y yo te respondo, tú me hiciste aquello, yo también te lo hago". Frases como esas: Eran juramentos de venganza mutua entre ellos y tan normales como comer helado en el verano.

Esa era la caótica historia de éstos intrépidos y audaces jovencitos.

Sus allegados, jurarían qué nacieron; odiándose, sin siquiera conocerse.

Era una rivalidad tonta, desquiciada y poco ortodoxa.

Los dos hombres rodaron por el suelo, golpeándose el uno al otro mientras chillaban y gruñían.

El golpe del rubio resonó con rudeza en la mejilla izquierda del moreno. — ¡Nadie te enseño a no golpear a tu hermano mayor! — dijo, devolviendo el golpe.

Logro, esquivar, empujar y nuevamente esquivar con audacia y sin perder tiempo, se coloco enzima del moreno para poder sujetarlo, neutralizando sus golpes. — ¡Soy mayor! — aseguro tableando de un puñetazo, la mandíbula — idiota. — lo sujeto del cuello y lo atrajo. — Y por toda la gracia divina — prosiguió, haciendo crujir sus dientes — qué tú y ,yo, no somos, ni seremos, nunca "hermanos" — Lo soltó con brusquedad y se hizo a un lado. — no somos nada…

— Somos… — empezó diciendo, copiando los movimientos de Arturo para levantarse del suelo. — "primos hermanos", primos. — respondió con sarcasmo. — los mejores de todo el mundo, hermano mío.. — dijo a tiempo, para recibir otro golpe en su estomago. Volviendo a caer de rodilla — rió, ignorando el dolor de aquel golpe, sonriendo con medida ironía mientras limpiaba la sangré recorriendo su labio roto, e intento regresar oxigeno a sus pulmones.

Ni bien, se quedaron solos.

Arturo y Lancelot, habían empezado a discutir y una palabra llevo a la otra. Entre dimes y diretes, soltaron el primer golpe.

— Somos enemigos. Eso acabas de dejarlo bastante claro. — Se limpio la sangre que escurría también de su labio hinchado — ¿En que carajo pensabas? ¿Qué mierda ganas con todo esto?

Lancelot se recostó, suspiro sin dejar de sonreírle al techo, mientras Arturo, lo media a la distancia. Lancelot cerro los ojos, y los abrió, como si, algo se hubiera revelado en ese segundo. Entonces, volvió a enderezarse apoyándose en sus codos y observo del techo, con la asombrosa y brillante araña de cristal pendiendo sobre sus cabezas.

— Si te lo digo, me matarás.

— Tenlo por seguro — Dijo Arturo.

— Envidia.

— ¿Qué? ¿A qué? No me vengas con esas. Siempre te has metido con los míos. Guienevere es un buen ejemplo.

— No lo entiendes. El día que te conocí tan bien, conocí la envidia. Fue en aquella reunión familiar; hecha por tu padre en honor a ti ¿lo recuerdas? — Arturo, asistió, sabiendo de ante mano, a lo que se refería Lancelot. Su padre lo habia exhibido ante el resto de la familia y sus asociados, como si de un animal exótico se tratara. Solo era un hijo bastardo, siendo reconocido — Desde el pasillo de una de sus alcobas, había escuchado una conversación de mis padres…, ellos iban a separarse…. Por que el hombre que creía mi único y verdadero padre, no lo era. Eso me destrozo por completo. Y ver que tú, un simple recogido, era tan aceptado.
Me hizo sentir humillado.

— ¿Humillado? Acaso, te piensas que yo estaba muy orgulloso de ser el conejito, que sacaron de la galera. Mierda. Esa no es escusa. Mi madre murió en mi alumbramiento. Y aun así, jamás, me desquite contigo, por tener, la tuya.

— Lo se. De alguna forma se que siempre intentaste ignorar mis ataques, mis berrinches. Pero eso, solo me daba más rabia. Eras él campesino, el recogido. No tenias diplomas decorando tu cuarto, ni trofeos y, aun así, en poco tiempo, te destacabas por ser el mas inteligente y astuto de la familia. Todos te adoraban e idolatraban, te amaban. La familia, los amigos, las mujeres…,todos. Si daba un paso adelante, tu dabas dos. Mucho antes de encontrarte tú padre pensaba en darme el casino. Pero todo se arruino con tu aparición y, la dudosa paternidad. Eso me enfermo, tanto psicológica como físicamente. En ese entonces, tenia trece años y estudiaba en casa con un profesor "especial" … — Lancelot tirito al mencionarlo y Arturo sintió curiosidad — cuando estábamos, solos, él me decía cosas, alentándome para ser mejor qué tú y eso se volvió mi obsesión.

— te refieres a …¿Cenred? — Lancelot palideceo, pero…, aún así, asistió — El odiaba de una manera descomunal a tu padre.

— Por eso termino, como termino.

— ¿A que te refieres? El desapareció hace cinco años.

— Si, qué lo hizo.
Nunca dejo un cabo suelto.

— tú….tu,…tú no lo harías. — titubeo incrédulo. — No tienes el coraje de matar a un hombre.

— No, ha uno inocente. — Arturo se sentó en el suelo y, Lancelot fijo sus ojos con gran interés. — Lo recuerdo, bien. Mi padre me dijo, que había cometido una falta con unos de los miembros más importantes de la familia. La palabra qué huso esa noche fue; Imperdonable. Estaba tan alterado y molesto qué pensó en ir por el tipejo él solo.

Lancelot sintió una calidez extendiéndose por su pecho y la presión del mismo quitándole la respiración. Su tío y su primo, lo habían vengado. ¿Cómo debía sentirse? Quería llorar, como cuando era niño. El quería volver a llorar… sin sentir la vergüenza que se sentía al hacerlo, siendo, un hombre. — Mi padre nunca quiso decirme quien era esa persona a la que estábamos vengando. '¿Eras tú?, Siempre lo imaginé. Ese sujeto siempre estaba detrás de ti, como una sombra.

— Cenred se metió en mi cabeza, yo era una marioneta. Y como tal, cando el desapareció, mi mente te quedo a la deriva, sin saber reconocer; lo que estaba bien y lo que no.

— Entonces, te metiste en mi relación con Gwen.

Lancelot y Arturo cruzaron miradas — lo siento.

— ¿Que? — Arturo no podía creer lo que escuchaba, se estaba burlando. Acaso, era una jodida broma.

— De no haberlo echo — murmuro mirando al suelo —, Seguramente; Merlín seria mio.

El rubio se paro con gran indignación — Ni de coña

— Es broma. — Dijo moviendo sus manos a los lados. Tranquilo…, déjame terminar.

Arturo resoplo.

— Yo…,yo… quería ser aceptado por ese hombre que no era mi padre real. Yo quería ser el orgullo de mi madre y, poder brindar una navidad en familia. Tener esa calidez de un abrazo y, cuando conocí a Gwen. Yo, vi.…, ese brillo en sus ojos, al mirarte. Yo quise eso también.
Lo quise…, hasta que entendí qué ya lo tenia.

— La utilizaste a tu antojo — su tono era grueso, profundo. Sus manos en forma de puño.

— No digas eso. — Lancelot se acomodo mas en el suelo, observando su reflejo, en el porcelanato pulido, brillante como un espejo — puede que no me creas, pero llegué a quererla, Mucho. Tanto que pensé realmente en casarme con ella.

— Y no lo hiciste para poder seguir con tu venganza.

— No lo hice por qué entendí que estaba enamorado de alguien más y, que si me casaba con ella. Solo seria para olvidar a esa persona. Entiende que de no ser por ese cariño que le tenia, yo, seguramente, hubiese seguido utilizándola.

— Pero ella se entero de la verdad, primero, y huyo.

— Ahora entiendo.

— No. Yo la humille…, como mujer.

— ¿Qué hiciste?, ¡¿Qué?!— el rubio se acerco y volvió a cogerlo del cuello, levantándolo a la fuerza del suelo . Puede que no sintiera nada romántico por Gwen, pero aún así, la respetaba y le tenia un cariño especial.

— Tranquilo. No, es lo que piensas — le miro fijamente antes de soltarlo — El destino es algo extraño. Verdad, Arturo. Dime, te habrías enamorado de Merlin, estando, ya enganchado de Gwen. ¿Me equivoco en hacerte esa pregunta…? Si, verdad. Mejor contéstame esta, ¿Crees que hubieses intentado enamorar a Merlin, de haber estado, ya casado con Gwen.

— No contestare eso.

— ¿No? ¿Por qué? ¿Por qué; no sabes…?

— No. Nadie puede saber, lo que hubiese echo en otra circunstancia.

— Yo, lo se.
Eres demasiado caballeroso, pero tu pasión te domina. Tarde o temprano hubieras sucumbido a tu querido Merlín. Por que estar juntos era su destino. Tú lo sabes, yo, lo se. ¿para que engañarnos?

— En pocas palabras.

— Hice, lo que tú, le hubieses echo.

— "Lancelot" — Arthuro se molesto al ser usado como escusa. — Estas diciendo, que yo hubiese echo lo mismo que tú. No nos compares, no somos iguales.

— No. No lo somos. Si de pegar se trata, yo sé muy bien quién pegaría primero, pero también sé quién pagaría los vidrios rotos. Aunque realmente intente ganarte en algo, Arturo. Me rindo. Yo, soy y seré siempre menos que tú.
Solo escoria.

— Sabes, la definición de escoria esta muy desvalorada. — Se rio. — Lancelot, la verdad, que no te entiendo, pudimos ser buenos amigos.

— Pero, lo arruine. — Medio sonrío.

— Realmente, lo hiciste. — Arthuro estiro su mano hacia Lancelot, y este la tomo. — Merlín no me lo perdonara…

—Te ama… no se tiene que ser un genio para verlo.

— Me interrumpiste. — se quejo hallándose frente a frente, solo que sin rencores — No me lo perdonara… tan fácilmente, pero are que lo haga.

— Los Pendragon siempre serán duros de roer.

—Ya sabes. No aceptamos un "no" como respuesta.

— Pues empieza a moverte, por que tengo entendido que los Morgan también son bastante cabeza dura.

— Puede que mi padre no tuviera suerte con la madre de Merlín. Cosa que agradezco. Pero yo tengo algo que él no.
— Déjame adivinar.

—Carisma.

—No. Yo iba a decir algo totalmente diferente…— Arthuro le golpeo en el hombro..— auch! ¡Ya vete!, pero… te aconsejo no forzar mucho las cosas… deja que se calme un poco.

— '¿Y tu que harás? — dijo con un tinte de desconfianza.

— Me alejare de tu camino, por un tiempo. Estoy cansado de ser golpeado.

Arthuro alzó una de sus perfectas cejas — No mas venganza.

— No más. Tengo mi lancha anclada fuera de tu palacio, me iré enseguida.

— Si todo funciona con Merlin, eres bienvenido a quedarte. Si no, ya puedes irte escondiendo en el infierno.

— ¿Dudando de tu carisma? ¡¿Y… donde esta la seguridad e los Pendragon?! — grito observando al rubio alejarse.

— ¡juntó a los cartuchos y mi revolver! — grito, corriendo fuera del gran salón. — ¡estas avisado!.

Lancelot sonrió. — Envidia… si, mi fiel amiga. — suspiro. Saco unos cigarrillos aplastados en el bolsillo de su pantalón. Lo aliso con sus dedos y los encendió con unos pequeños cerillos escondidos en sus zapatos. — Dime, que tan patético se puede ser. Mientras tú lograste atrapar el corazón de la persona amada, yo solo podré recoger la sobras… — rió con una gran nostalgia. — No, en realidad, creo que ni eso me a quedado… para estas horas… él debe estar odiándome. — como si de un gran chiste ,se tratase, empezó a reírse a carcajadas. — Mierda de mundo.

Merlín huyó por el pasillo y pasó junto a la piedra angular de bienvenida. Subió por la escalera, corriendo al ritmo del tempestuoso latido de su corazón y fue al llegar a su habitación cuando la tristeza hundió sus garras en lo más profundo de su ser y se dejó caer en la cama, sacudido por los sollozos.

Sintiendo el dolor de la derrota, se puso a llorar con lágrimas que parecían quemarlo y, cuando al fin pudo ponerse de pie, estaba totalmente agotado.
Hizo un tremendo esfuerzo para quitarse los zapatos y su pantalón, pues se sentía muy cansado, pero al fin pudo librarse de la envoltura que representaba su camisa de seda y se dirigió al baño para lavarse la cara manchada por sus lágrimas.

Parecía que hubiera llorado por todas las cosas tristes ocurridas en su vida, como si hubieran estado almacenadas en su interior, esperando ser liberadas. Ahora estaba libre de todo lo que lo ataba a Camelot, a su hermano y por supuesto a su esposo, Arthuro. Ya no había nada que él deseara proteger. Ni siquiera a su propio corazón.

Todas las deudas habían sido consumidas por el fuego y sabía exactamente lo que haría al amanecer el día siguiente.

Cuando volvió a la habitación, encontró una bandeja con una jarra de té, una taza con su plato, crema, azúcar y unas galletas.

Temblando de frío a pesar de estar enfundado en su bata, se sirvió una taza de té y lo endulzó. La bebida caliente ayudó a desvanecer el disgusto que había recibido. Se sentó en un sillón cerca de la ventana, con los ojos todavía irritados por las abundantes lágrimas. Se alejó todo lo posible del sillón donde Arthuro estuvo reclinado descansando, disfrutando de verlo y saberlo suyo. Eso es todo lo que el significaba para Arthuro, algo que poseía, algo que le gustaba ver envuelto en joyas y trajes costosos, para deleitar su mirada y sus pasiones.

Sus ojos se arrasaron de lágrimas de nuevo, pero luchó por no dejarlas escapar, tomando grandes tragos de té en un esfuerzo por detener una ola de desaliento. Se dijo con firmeza que ya había llorado lo suficiente por esa noche y ahora debía forjar un plan para escapar de la isla.

Sería inútil pedirle a Arthuro, de forma civilizada, que lo dejara en libertad. Eso lo pondría sobre aviso de lo que tenía en mente y aunque podía pensar que él trataría de escapar, supondría que la lealtad de sus empleados imposibilitaría su huida de Albion, en especial, y que sólo había una manera de escapar y esa era en bote.

Pero Merlin tenía escondida una carta en la manga, esta era una expresión que oyó que su hermano mayor utilizaba muchas veces. Se había dado cuenta del resentimiento que Sofia sentía por él y se alegró de no haber mencionado a Arthuro sus sospechas de que la doncella de su hermana lo estaba espiando, observándolo como un gato estudia a un ratón, con el propósito de crear problemas. Y Merlin le iba a dar material a manos llenas. Después de terminar su té, se dispuso a guardar algunas prendas necesarias para que todo estuviera listo a la hora de partir. Dobló una muda de ropa interior, una camisa y un pantalón y las metió en un bolso de mano. Se aseguró de llevar algo de dinero enzima. Ocultó el bolso en el ropero y después, abrió sin ruido la puerta de la habitación.

No encontró a nadie. Por instinto, sabía que Arthuro lo dejaría a solas para que llorara y pudiera desahogar su desventura. Se dirigió al dormitorio de Sofia, en el piso superior.

Con suavidad, llamó a la puerta de la alcoba de su doncella. Después de un momento, Sofia abrió, ciñéndose el cinturón de su bata. El cabello oscuro suelto, caía como un manto sobre los hombros; el color rosado de su bata le daba un aspecto más amable y cordial.

Pero Merlin no se dejó engañar. Se había enfrentado a la verdadera Sofia esa misma tarde y estaba seguro de que si quería escapar de Albion debía recurrir a ella.

— ¿Desea algo, joven?

—Sí, ¿puedo pasar? No quiero que me vean —al instante, los ojos de Sofia se agudizaron; abrió más la puerta para que Merlin pudiera entrar, luego la cerró y se reclinó en ella. Su mirada inquisitiva estaba fija en su señor —. Quisiera ir a tierra firme por la mañana —Merlin había decidido ser directo—. ¿Conoces a alguien que me pueda llevar? Tengo dinero y puedo pagar el viaje.

Sofia no hizo ningún movimiento que indicara que estaba sorprendida por sus palabras y, sobre todo, no parecía triste. Sus ojos oscuros recorrieron a Merlin, quien llevaba una bata lujosa, color azul; una prenda más del guardarropa que le había comprado Arthuro, de un estilo muy hermoso, como toda la ropa que él había insistido en comprar.

— ¿Por qué quiere irse, joven? —un destello de insolencia brilló en los ojos de Sofia, como si estuviera enterada de la escena que había tenido lugar en la sala—. ¿No le gusta estar casado con el señorito?

—Eso no te incumbe —respondió Merlin, cortante, haciendo un esfuerzo por controlar su antipatía por Sofia y la repulsión que sentía por tener que recurrir a su ayuda para abandonar a Arthuro—. Ninguno de ustedes, incluyendo a madame Pendragon, quiere que permanezca a su lado y no hay ningún peligro para ti. Tú trabajas con su familia y él jamás les causaría un disgusto.

—Su matrimonio con usted ya les ha causado muchos disgustos —Sofia metió la mano en el bolsillo de su bata y sacó una cigarrera y un encendedor. Con los ojos fijos en Merlin, colocó un cigarrillo entre los labios, puso la llama en la punta y lanzó una bocanada de humo hacia Merlin—. Tuvo una discusión con él, ¿no?

Merlin rehusó contestar y una sonrisa sutil se dibujó en los labios de la mujer, quien volvió a lanzar humo. De pronto, Merlin no pudo tolerar más la vulgar manera de fumar y sus insultos. Estaba a punto de apartar a Sofia para regresar corriendo a su habitación, cuando la mujer se adelantó en actitud amenazadora.

—Discute con el Amo como un niño exigente que siempre quiere salirse con la suya. Tiene suerte de que él controle su temperamento y no le enseñe que la tarea de una "esposa" es complacer al hombre. ¡No lo merece!

—Para lo único que sirves, es para escuchar a través de las puertas y espiar a la gente —replicó Merlin—. Me voy de aquí.

—Pero puedo arreglar que un amigo mío lo saque de la isla, joven —Sofia aspiró profundo el humo del cigarrillo—. Mañana, ¿no es verdad?

— ¿Temprano? —preguntó Merlin—. ¿Sin que mi esposo se entere?

—Mi amigo hará todo lo que yo le pida. ¿No lo vio en el caique cuando hizo la travesía hasta Albion?

— ¿Era uno de los marineros?

—Ne, señorito.

Había algo, en la manera como sonreía Sofia, que respondía a una duda persistente que tenía Merlin y que hizo que retrocediera sin proponérselo.

— ¡Vaya! —exclamó—. Entonces, es verdad que la hermana del Arturo me odia.

—La señorita Morgana no necesitó decirme nada acerca de lo que sentía respecto a usted — Sofia sacudió la ceniza del cigarrillo—. Yo sé cómo se sentía, porque siento lo mismo que ella... como si un virgencito con piel de lirio, tan mimado como usted, pudiese satisfacer los deseos de un hombre como el Amo. ¡Qué tontería! ¡Él sí tiene cojones! Es un hombre muy especial y todo habría terminado muy pronto si ese mismo cojones no lo hubiera obligado a lanzarse al agua para rescatarlo. Gilli me dice que parecía un gatito atemorizado con su traje de novio arruinado y el cabello mojado.

De pronto, Sofia comenzó a reír y Merlin sintió un estremecimiento de miedo; una advertencia que no pudo percibir esa noche en el salón de fiestas, cuando una mano se posó en su hombro y lo lanzó sobre la barandilla al lago, mientras se sentía mareado por el vino de la recepción y el extraño ritual que sirvió para convertirlo en el esposo de Arthuro Pendragon. Pero ahora, sus pensamientos eran tan claros como el cristal y le advertían que debía salir de esa habitación lo antes posible.

Al tiempo que trataba de alcanzar el picaporte, Sofia saltó y lo golpeo con un jarrón que servia de adorno en una pequeña mesa cercana a la puerta, dejándolo aturdido en el suelo. En un intento de Merlín por alejarse, le asió del pelo, tirando de él hasta hacerlo gritar de dolor.

—No vuelva a gritar —Sofia acercó la punta ardiente del cigarrillo a la mejilla de Merlin—. Me gustaría arruinar su delicada piel blanca, pero surgirían sospechas cuando lo encuentren entre las rocas, al pie de la villa. Sí, joven, mi amigo la ayudará a escapar del Amo... y será para siempre. Habrá un funeral muy triste y todos los asistentes dirán que fue una lástima que el joven y dulce griego se hubiera despeñado por el acantilado durante su luna de miel.

De nuevo, Sofia rió y Merlin sintió otro tirón en el pelo y sus ojos vislumbraron un pedazo puntiagudo del jarrón sobre su cuello.

—Como verá, señorito, todos recordarán que en el caique sufrió un desmayo y, cayó al mar; ni siquiera el Amo sospechará.

— ¿Qué esperas ganar con todo esto? —a pesar de su gran temor y de estar seguro de que la mujer estaba loca, Merlin trató de hacer que siguiera hablando. Esta clase de personas siempre desean hablar de sí mismas.

—El Amo será un triste viudo y necesitará que lo consuelen por su pérdida. Su hermana me aprecia mucho, como usted sabe. Ella estaría más contenta si yo fuera su nuera —mientras hablaba, Sofia miraba la boquilla del cigarrillo que se llevó a los labios para saborear la última bocanada—. El joven amo es un hombre rico, pero después de todo, no pertenece a la aristocracia, ¿verdad? A él no le falta nada ahora, en cambio antes cuidaba cabras, así que ¿por qué no sería yo lo bastante aceptable para él? ,Yo si podría darle un heredero.
Soy perfecta y, muy capas.

—Claro que lo eres —convino Merlin con cautela—. Fuiste astuta al fingir que sabías muy poco inglés. La verdad, es que lo hablas muy bien.

—Lo sé —Sofia sonrió y recorrió con la mirada el rostro de Merlin, que estaba tenso por el miedo y por la violencia con que tiraba de su cabello y acercaba ese trozo de cerámica —. ¿Verdad que me entiende perfectamente?

Merlin sólo podía orar con desesperación para que Arthuro fuera a buscarlo y poder entregarse a la seguridad de sus brazos, sin preocuparse porque lo hubiera comprado como un objet d' art que había visto en algún escaparate.

—Yo quería aprender inglés y la hermana del Amo hizo arreglos para que yo tomara lecciones —una vez más, Sofia miró la punta del cigarrillo y era obvio que necesitaba encender otro, pero si lo hacia también tendría que soltar el trozo de cerámica —. ¿Por qué no debo ser ambiciosa? Soy hermosa y mi cabello es tan fino como el suyo.

—No te gustaría que yo tratara de arrancarte el cabello desde la raíz —murmuró Merlin.

—No —respondió Sofia—, pero usted ya no tiene importancia. Para usted ha llegado el fin.

—Si tu amigo me lleva a tierra firme, te prometo que nunca más sabrán de mí.

—El Amo lo seguiría y lo buscaría —con gesto nervioso, Sofia tiró el filtró del cigarrillo. Pero no solto su otra arma; con movimientos muy forzados. Merlin intento alejarse de aquella amenaza.

Justo, cuando Sofia intentaba cortar el cuello de Merlin ante el forcejeo. La voz de Arthuro se dejo escuchar en el silencio de la mansión. Tal parece, había notado la falta de su esposo en la recamara y estaba en su búsqueda. Sophia ante la sorpresa y la inquietud de ser atrapada, soltó con torpeza en un manotazo de Merlin y el trozo puntiagudo, y ante la desesperación del momento. Apoyo su mano sobre la boca de Merlín intentado evitar que gritara. Entre forcejeos y jalones, logro morder la mano de la mujer ensima de el. Merlin no titubeó; en cuanto sintió que la presión de los dedos en su cabello disminuía, saltó hacia atrás y le asestó a la mujer un leve golpe en la nariz.

Esta vez, fue Sofia la que gritó, un sonido que Merlin saboreó mientras huía de esa aterradora habitación. Su cuello sangraba, Sophia había logrado trajearlo en aquel forcejeo, esa mujer no había dudado en querer matarlo.

Al tiempo que corría, llamaba a gritos a Arthuro y su voz resonaba en toda la casa.

Merlin siempre recordaría el vuelco de alegría que dio su corazón cuando le vio subir por la escalera, corriendo, para ir en su busca. Nunca olvidaría la seguridad que sintió cuando lo tomó en sus brazos como si fuera el objeto más precioso del mundo.

Se abrieron todas las puertas y la servidumbre empezó a rodearlos mientras Merlin relataba, con palabras incoherentes, su experiencia con Sofia. Con gesto severo, Arthuro lo entregó al mayordomo, para que un medico atendiese aquella herida en su cuello, mientras él arreglaba cuentas con la doncella.

La terrible expresión que la furia dibujaba en su rostro, hizo que se desvaneciera, para siempre, cualquier duda que Merlin pudiera tener de que su esposo no lo amaba. Esta vez, las lágrimas que rodaban por sus mejillas eran lágrimas de alivio. Y él entendió después, por qué los residuos de la ira de Arthuro fueron volcados en él más tarde, cuando la policía se marchó en una lancha, llevándose a Sofia y al marinero, Gilli.

Arthuro recorría la habitación, caminando con una mezcla de disgusto y dolor, preguntándole sin cesar por qué se le había ocurrido pensar en abandonarlo.

—Nunca imaginé que llegaras a esto —rugió.

— ¿Por qué no? —acurrucado en su cama, con el sol matinal brillando sobre su cabello, Merlin le miró con sus ojos, iluminados por el provocativo brillo del amor.

—Porque tú sabes, tan bien como yo —contestó con fiereza—, que debemos estar juntos y que las tontas peleas, por unos ladrillos y piedras, no nos podrán separar jamás. Cuando corrías hacia mí, en el piso superior, corrías hacia tu otra mitad y esta es la verdad. Cuando te estrecho en mis brazos, cariño, también te abraza mi corazón y espero seguir haciéndolo cuando brille el sol, en las noches oscuras y durante los largos años que los dioses nos permitan compartir.

—Pero nunca lo dijiste —protestó—. No soy clarividente, aunque haya trabajado con sir Gaius.

—No hay duda, vas a tener que aprender italiano y griego—fue hacia él, amoroso, acercándose con rapidez y levantándolo como si pesara lo mismo que una pluma—. Cuando te tengo entre mis brazos y te hablo de amor, lo hago en italiano... en griego, en todos los idiomas, y lo hago sin pensar. ¿Que si te amo? Por supuesto que te amo, desde el primer momento en que te vi, cuando el sol bañaba tu cabello, como ahora.
Sus brazos lo estrecharon, posesivos.

—Le di el empleo a tu hermano, en mi casino, para mantener el contacto entre nosotros y no, como tú aseguraste, porque quería que cometiera un fraude en mi casino. Lo hice, simplemente, porque era tu hermano, amor mio, creí que sería una persona más sensata de lo que fue. ¿Puedes creer ahora que soy un mejor hombre de lo que pensabas?

Merlin ocultó el rostro en el cuello de él, besándolo.

—Arthuro —dijo, sofocado—. ¿De verdad creíste que te habría abandonado si me decías que Ealdor fue destruido por el fuego? —después de las violentes tormentas emocionales, era tan agradable experimentar esta profunda sensación de paz que llenaba cada rincón de su corazón y de su mente.

—No quería arriesgarme —confesó él—. Nada iba a interponerse en mi camino el día de nuestra boda. Nada.

— ¿Ni siquiera el que tu hermana no aprobara la idea de que te casabas conmigo?

—Mi hermana se conformará y tú nunca debes creer que ella aconsejó a Sofia para que te hiciera algún daño —Arthuro miró profundamente los ojos de Merlin, como si necesitara disipar la última sombra de duda que quedaba entre ellos—. Mi hermana es una mujer temerosa de Dios y no nos hubiera acompañado a la iglesia si en verdad sintiera algún rencor contra ti. Ella acepta que perdió, estoy seguro de que encontrara otra persona con la cual obsecionarse.

Merlin le creyó... por fin creía en la felicidad que compartían, estando juntos. Respondió sin reservas al beso de Arthuro y la pasión los fue envolviendo, dominándolos. Ya no se sentía obligado a contenerse y pudo disfrutar el hecho de que él, su Arturo, fuera tan maduro, tan consciente de las cosas fundamentales de la vida, porque nunca lo cegó el amor por unos ladrillos y piedras.

—Te amo —le dijo Arthuro en italiano, luego en ingles y por ultimo y tras varios besos desesperados, en inglés—. Pronto vas a aprender mil idiomas y entenderás todas mis confesiones de amor. Mis sentimientos más profundos, siempre los podré expresar mejor através de nuestros cuerpos. Y mi deseo más ferviente es que cuando adoptemos a nuestro primer hijo, éste posea los potentes pulmones de mi amado.

— no te parece muy pronto.

— oh, claro. — espeto y le beso. — Primero intentaremos tener unos propio. — aseguro besando un hombro y luego el otro. — Daré mi mejor esfuerzo. — dijo buscando la curvatura de su cuello, justo donde se asomaba la pequeña herida — Día y noche. — lamió con cuidado, provocando un cosquilleo de anticipación en su amante — Hora tras hora…,tras horas..

—Eres un tonto.

Regreso su mirada atenta a los ojos de su amante — Eso es cierto. — Sonrío y se abrió paso en los labios ajenos. Merlin casi perdio la conciencia ante tanta pasion. De pronto noto que se hallaba recostado, con su amado esposo, saboreando su cuerpo — Soy un tonto enamorado.

Merlín sonrió, sabiendo que siempre recordarían el momento en que él voló en esos brazos dejando de ser el joven tonto que añoraba los fantasmas de Ealdor.

Arthuro era ahora su hogar, seguro y permanente.

Fin?