Hola, la canción del capitulo es Feeling This de Blink-182 :)


Día 25. Nuestro desahogo y fiesta privada en la sala de delegados

Nathaniel

Debía admitirlo. Scarlet definitivamente enloquecía mi mundo, pero al mismo tiempo me relajaba logrando que una parte de mí respire y se tranquilice lo suficiente como para decir lo que pienso sin temer al fin del mundo. Era un alivio y todo gracias a esa chica insolente y sarcástica. Increíble. La vida podía ser tan extraña… Cuando la vi en el centro comercial, extraviada en medio del gentío, lo primero en que pensé fue en que ella debía estar conmigo. Así de simple.

Tenía varias preguntas que hacerle, pero todo eso quedó de lado en cuanto confesó que estaba evitando al pelirrojo de demonio. ¡Scarlet no quería estar cerca de Castiel! ¡Las razones podían esperar! ¡Una oportunidad! ¡Tenía una oportunidad! Luego averiguaría lo que hizo ese tarado, que de seguro fue muy malo y estúpido, y le daría su merecido como correspondía. Mientras, sin embargo, haría lo que estuviera en mis manos para que ella prefiriera mi compañía a la de cualquier otro. Era más que oficial. Melotiel había dejado de interesarme. Scarlet… deseaba a Scarlet.

Deseaba caminar con ella de la mano, abrazarla y besarla sin que nadie nos interrumpiera. Sin prisas. Sin complejos. Sin temor al después. Sin pensar en el odioso plazo que nos habíamos dado para acabar con la relación de Melody y Castiel. Cinco días. Solo nos quedaban cinco días… Muy poco. El tiempo se esfumó tan rápido… ¿Qué pasaría después? Yo no quería perderla. Quería… quería que fuera mi novia de verdad. La chica que se contraponía y al mismo fotalecía mi mundo. No podía dejar de pensar en ella y en todos los momentos que pasamos juntos, incluso arquellos en los que no hicimos más que pelear. Casi nunca me daba la razón y la respetaba por eso. Y era una chica tan linda… todos volteaban a verla. No los culpaba, pero eso no me impedía odiarlos. ¿Todas esas ideas extrañas que se me pasaban por la cabeza eran lo que los poetas y los ancianos que crecieron en los 60' llaman amor?

De pronto me di cuenta de que me gustaba descolocarla. Siempre tan segura de sí misma, pero bajaba la guardia cuando coqueteaba con ella. Era la primera vez que actuaba de esa forma con una chica y creo que no se me daba nada mal. Bueno… había tenido una excelente maestra. Scarlet me había puesto en vergüenza algo así como un millón de veces. Finalmente llegó mi turno y, modestía aparte, yo era un excelente alumno. Acariciar su mejilla y darle un beso mientras nos inundaba una marea de burbujas. Ni planeado punto por punto habría salido mejor. Por un segundo la ruda chica de largo cabello rojo se convirtió en mi novia… A veces las cosas podían ser tan perfectas… hasta que mi madre lo arruinó.

Mi familia… siempre mi familia. Tratando de encasillar, tratando de minimizar, tratando de demostrar su superioridad a cualquier precio. Quería a mi madre, pero a veces ella podía ser tan… tan irritante. La verdad era que detestaba la moda por el sencillo hecho de que encerraba a todos en los mismos patrones. Qué más daba si alguien quería ponerse los harapos que le hicieran sentir más cómodo y atractivo. ¿Dónde estaba el problema? Supongo que era una cuestión de poder y marketing obligar a la mayoría a usar ropa similar. Como un uniforme… Y ni hablar de las costumbres… Eso jamás lo iba a aceptar.

Y lo dije… lo dije… frente a otras personas… mi madre y Scarlet incluidas. La primera obviamente me haría la vida imposible hasta que se le pasara el enojo. Nunca antes la había desafiado tan abiertamente. Hace tiempo que acepté el hecho de que algo había cambiado en mi forma de ser. No era el mismo de siempre. Mis ideas, la manera en que trataba de entender el mundo, de pronto todo eso se desbordaba hacia el exterior y me daba la mínima gana de ocultarlo. No podía callar como siempre. Se supone que no quería llamar la atención más de lo estrictamente necesario para evitar problemas y que prefería elucubrar a solas. Pero de pronto las palabras salían de mi boca casi por generación espontánea.

Me encantaba charlar con la chica desastre y hablarle sobre todo lo que se me ocurría. Ella me había inspirado a hacer lo necesario para sacar lo que tenía dentro y hasta enfrentarme a los demás. Estar a su lado por tanto tiempo me afectó y para bien, aunque al principio pensé estar alucinando. Y algo me decía que yo… yo también podría ser bueno para ella.

Ahora lo entendía, personas como Castiel y Scarlet destacaban porque tenían el valor, y a veces el poco sentido común, de demostrar ser ellos mismos a pesar de las consecuencias. De cierta forma era algo admirable y con seguridad una cualidad que atraía a los que estuvieran alrededor. Ser un sol en lugar de un satélite que orbita alrededor de otros. Pero a decir verdad la pelirroja de mordaces ojos azules se parecía más a un cometa. Siempre de un lado a otro y con cada ocurrencia… Ella era muy especial… tan diferente a otras chicas. Era interesante tratar de sorprenderla. Todo un reto.

Le mentí cuando nos despedimos al salir del centro comercial. No fui a casa. Se supone que debía descansar luego de sufrir ese estúpido ataque de alergia, pero debía hacer algo antes. Bajé del autobús dos paradas antes de lo usual y caminé hacia una casa que ya conocía sobradamente bien después de unas cuantas visitas. Suspiré esbozando una leve sonrisa al presionar el número de celular desde mi móvil. Parecía que transcurrió una eternidad desde el día que fuimos al cine y Alexy me dijo que podía llamarlo si quería un consejo sobre mi relación con Scarlet.

–Es una tsundere. Te va a costar. Son un poco inestables y les cuesta admitir sus verdaderos sentimientos. Tendrás que ser bastante directo.

–¿Tsundere? Espera. ¿Qué eso? Creo que ya lo había oído antes y se supone que debía averiguar su significado...

Alexy me miró como si acabara de salir de la luna.

–Tenemos mucho de que hablar Nath. No es posible que quieras acercarte más a Scarlet si no dominas su tipo de personalidad.

–Y el sarcasmo. No olvidez el sarcasmo y el sentido del humor. Sin eso es imposible –Armin intevino en la conversación.

–Temo que las bromas y el doble sentido no se me dan especialmente bien…

Me encontraba sentado en el sofá minimalista de la sala que ocupaba gran parte de la primera planta de la casa de los gemelos. En frente un gran televisor de pantalla plana permanecía apagado reflejádonos en su oscura superficie. Un chico antes solitario con sus dos amigos a cada lado y a los que acababa de confesar mi apego hacia cierta persona. Vaya cosa. A veces la vida simplemente podía ser sorpredente, aunque los gemelos no se mostraron especialmente desconcertados cuando les confesé que Scarlet me gustaba. Se limitaron a poner los ojos en blanco.

–Comencemos por el principio. Una tsundere es una chica agresiva, antisocial a veces, autoritaria, fría y sarcástica, pero en el fondo muy afectuosa y cálida –me explicó Alexy antes de darle una mordida al sándwich de atún que sostenía precariamente con una mano.

–La clave es romper sus barreras defensivas para que te muestre su lado más amable –secundó Armin tomando un cuenco repleto con una mescla de palomitas de maíz, papas fritas y maní cubierto de chocolate–. ¿Quieres?

–No gracias –rechacé el mix de bocadillos apartando el bol con un gesto de la mano.

Así que una tsundere. ¿Era un término psicológico? ¿Scarlet era eso? Pues sí… a veces ella se comportaba de esa forma…Una persona completamente irritante y aún así muy noble… lo suficiente como para perdonarle cualquier jugarreta. Sin lugar a dudas era mucho más que esa imagen ruda que mostraba ante todos.

–Si quieres a la pelirroja... Primero debes entrenar con esto.

Armin me alcanzó el control de su playstation y encendió el televisor. Buscó en el menú de opciones de los juegos y elegió uno llamado Corazón de Manzana. La pantalla se iluminó con la imagen de una chica en 2D extrañamente similar a Scarlet sobre un fondo que recordaba a un aula de instituto. A su lado se encontraba un termómetro cuya base tenía la forma de un corazón y por debajo tres opciones demarcadas por letras del alfabeto.

a. Es un placer conocerte. ¿Necesitas ayuda con tu inscripción al instituo?

b. Jajaja. Vaya pelo, ¿no te enteraste que las colas de caballo pasaron de moda hace eones?

c. No decir nada y pasar de largo.

–Anda. Escoge la opción que te parezca correcta –me animó Alexy después de devorar el último bocado de su sándwich y chuparse los dedos notoriamente satisfecho.

–Bien… –respondí con recelo.

Me abstuve de preguntar qué era eso. Nunca había visto un juego similar. ¿Había que escoger la respuesta correcta como en un examen? ¿Y qué ganaba con eso? En todo caso lo más adecuado era elegir la repuesta "a". La "c" era una franca descortesía y la "b" una idiotez que llevaría a una pelea absurda. Pero para mi desconcierto la respuesta de la chica reflejó molestia frente a mi amabilidad: "Pufff… No soy una retrasada. Lo haré yo sola niño perfecto".

–¿Por qué? –enarqué una ceja.

–Uy Nath ya tienes menos veinte con la tsundere del grupo. Cometiste un error de novato. El lovómetro se desplomó –sentenció Armin con la boca llena de palomitas.

–¿El qué? Ah… –así que eso era el termómetro con el corazón. Que mal–. Pero no había mejor posibilidad. El resto eran sandeces.

–Ni idea de qué son sanreces… No estás entendiendo la lógica del tsundere Nath –terció Alexy negando con la cabeza.

–Es sandeces, no "sandreces" y significa tonterías sin sentido. No entiendo, ¿cómo es que alguien se enoja contigo si estás siendo amable? –pregunté todavía contemplando incrédulo el adverso resultado de mi elección en el lovométro.

En esencia el juego no era difícil comprender la naturaleza del juego. Había que ganarse el corazón de la chica en cuestión según lo que uno escogiera decirle. Además, me explicaron los gemelos, cada decisión tomada llevaba a un final completamente distinto en una historia de intríngulis románticos ambientada en el instituto. Eso era lo complicado… podría estar horas de horas imaginando los pros y los contras de cada conversación o acción a tomar. Cada minucia tenía el poder de alterarlo todo.

–Un tsundere jamás responde bien a un comentario demasiado agradable. Lo suyo son las pullas y el sarcasmo.

Las palabras de Armin… por más descabelladas que sonaran… tenían sentido. Eso explicaba algunas cosas. Muchas cosas. Las peleas, por ejemplo. Siempre terminábamos discutiendo a pesar de mis intentos por ser razonable con Scarlet. ¿En realidad mi tranquilidad y gentileza la cabreaban? Después de todo ella fue la única que se dio cuenta de que a veces fingía una sonrisa de cartón para mantener la paz. Imagino que a cualquiera le molestaría la condescendencia de otra persona que ni siquiera conoce bien. Y en honor a la verdad… era muy divertido batallar con esa chica endemoniada que se negaba a sucumbir a mis modales calculados. Todos los demás lo hacían, hasta los adultos caían en la trampa. Una sonrisa y palabras agradables… y zas… los tenía en la palma de la mano.

–Los tsunderes no son como los yanderes y menos como los kuderes –continuó Alexy al tiempo que hacía algunas movidas con el segundo mando del playstation.

–Por ahora me abstendré de preguntar sobre todo eso… –era demasiada información sobre personas extrañas de una sola vez.

–Inténtalo de nuevo –el gemelo de pelo azul me instó a jugar de nuevo. La pantalla había vuelto a la escena de la pelirroja 2D esperando una de tres respuestas.

De acuerdo. Que sea "c" entonces. A decir bobadas, mejor callar.

–¡No! Fallaste de nuevo –apuntó Armin dejando caer algunas palomitas al piso–. La correcta era la "b". ¿Qué no recuerdas nada de lo que te dijimos?

Esta vez el lovómetro bajo hasta un menos cincuenta por ciento.

–Cielos… soy pésimo en esto –aseveré sorprendido de que me fuera tan mal–. ¿Cuál es el problema de esta chica? Ni me conoce y ya me odia…

–No importa. Lo repetiremos de nuevo. Eso tienen de bueno los otome games. Nada de arrepentimientos. Ya está –Alexy volvió a retroceder la escena hasta el punto de partida.

–Ojalá la vida fuera así… –murmuré recordando el día en que conocí a Scarlet y listo para intentar las mil y una opciones disponibles para subir el lovometro.

Armin me había sugerido usar las guías que los fans subían a la web, pero me negué. ¿Eso sería hacer trampa? ¿O no? Aunque después de diez respuestas fallidas, una detrás de otra, tenía que admitir que necesitaba toda la ayuda del mundo si no quería quedarme atorado en el episodio uno para siempre y, para colmo, sin conseguir la imagen de fin de episodio.

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Luego de un par de horas intentando conquistar a la agresiva chica tsundere, con pésimos resultados debo decir, me despedí de mis amigos asegurándoles que me encontraba bien después del incidente de las margaritas. Era obvio que sospechaban que había algo más detrás de ese "accidente", pero menos mal se abstuvieron de cuestionarme. De momento prefería no mencionar el engorroso asunto del saboteador que me había estado acosando por semanas, quizá porque mis sospechas empezaban a cambiar. Hace unos días quería la cabeza de Lysandro, y la verdad aún lo deseaba, pero quizá había otro posible culpable… Y creía saber dónde obtener las pruebas que necesitaba para desenmascararlo. Tenía que hablar con Scarlet al respecto.

Llegué a casa cerca de las nueve y para mi fortuna la familia del año aún no había regresado. Las luces permanecían apagadas y preferí abrirme paso en la penumbra hasta mi habitación. Era un poco preocupante que Amber estuviera fuera tan tarde a media semana a pesar de que no íbamos a tener más exámenes en el instituto por un tiempo. Ya no recordaba la última vez que nos sentamos a cenar todos juntos. Quizá era lo mejor, casi siempre que mi hermana o mis padres me dirigían la palabra era para reprocharme algo… durante años y años. Las cosas nunca cambiaban… Había perdido la esperanza de que lo hicieran. Tal vez iba siendo hora de que el que modificara su comportamiento fuera yo. De pronto mi mundo no parecía tan tranquilo y ecuánime como hubiera jurado que era hace unas pocas semanas. ¿Tan adormecido estaba que recién empezaba a sentirlo?

Le había dado vueltas a todo esto y al extraño giro que tomó mi relación con Scarlet mientras conducía por la ciudad rumbo al instituto. Llovía a cántaros y aun así me era imposible concentrarme solo en el camino. Había tantas palabras atoradas en mi garganta desde hace tanto tiempo… tenía que sacarlas o estallarían en cualquier momento. Melody siempre me dirigía una sonrisa, la misma que yo dirigía a los demás, y eso era suficiente para calmarme. Ella tenía ese efecto en mí… hacía que me olvidara de sentir y viviera en piloto automático, igual que mi familia que negaba la disfuncionalidad de nuestra convivencia cotidiana. Tan diferente a Scarlet… que transformaba en tormenta un apacible día soleado. No siempre era agradable y enfrentarme a los problemas que había invisibilizado… era… era un poco aterrador. Pero algo me decía que podía hacerlo. Yo podía.

Aparqué el coche y caminé en la lluvia hasta la entrada de Sweet Amoris. Las diminutas gotas de agua resbalaban por mi rostro y no me importaba. Disfrutaba mucho de este tipo de clima. Estaba vivo y la vida era maravillosa. Tan tediosa como a veces extraordinaria. En unos días el mundo podía ponerse de cabeza y acabar con esas ataduras que parecían imposibles de romper. Iba a decírselo. Se lo diría a Scarlet y a todos los demás, aunque me considerara un bicho raro. Enfrentaría mis temores para convertirme en la persona que debía ser.

Sweet Amoris rezumaba de actividad a esa hora de la mañana. El timbre que anunciaba la primera hora de clases aún no sonaba y una multitud de estudiantes desbordaba los pasillos. La mayoría charlaba despreocupadamente. Saludé a algunos conocidos con una inclinación de cabeza sin detenerme. Quería pasar por la sala de delegados antes de dirigirme a mi clase. De pronto alguien me golpeó el hombro. Di la vuelva solo para contemplar la cara burlona de Castiel.

–¿Ten más cuidado quieres? –lo reprendí esbozando una sonrisa que te dan amable resultaba amenazante.

–¿Acaso te lastimé rubito de papel?

Abrí los ojos de par en par ante los insultos del pelirrojo del demonio. ¿Qué rayos le sucedía? ¿Acaso no estábamos en una tregua desde que empezó a salir con Melody? Se atrevía a burlarse de mí como si nada.

–Escúchame bien energúmeno. En este instituto no se permite faltar el respeto a nadie. Así que te aconsejo que te moderes si no quieres un castigo –la furia que me invadía trasuntaba en cada una de mis palabras.

Castiel se limitó a observarme con aire de superioridad, pero había algo en su expresión que dejaba entrever cierta inseguridad que nunca antes había notado en él.

–Ahórrate las amenazas. Pufff…. Estás empapado… no te vayas a deshacer como papel inservible.

Eso rebasaba todos los límites de lo tolerable.

–Interesante comentario. ¿Qué pena que no podrás decir nada más en meses?

Sonreí. Por fortuna alterné las clases de esgrima con algunas de boxeo, solo por si acaso. Iba a noquear a ese idiota. Se lo había ganado el muy suertudo. Me acerqué un par de pasos alistando mi puño derecho. No se lo esperaba el maldito… de eso estaba seguro.

–¡Hola Nathaniel! La directora Shermansky te busca.

Melody, vaya uno a saber de dónde, se interpuso entre los dos. Su cabello comúnmente perfecto lucía algo descuidado y se notaba agitada. ¿Acaso había corrido hacia nosotros?

–¿Está en su oficina? –la pregunta salió de mi boca por sí sola.

–Seguro necesita de su otro perro faldero… cuya kriptonita son las margaritas.

A juzgar por su último comentario, el pelirrojo del demonio quería morir.

–¡Castiel! –para sorpresa de ambos fue Melody la que gritó el nombre de su novio con una expresión que echaba chispas–. ¡Basta!

El aludido se quedó con la boca abierta, mirando a su novia con los ojos abiertos de par en par en un duelo de voluntades que ese extendió por algunos segundos. Él intentó decir algo, pero ella se le adelantó.

–Vámonos –Melody lo tomó de la mano orillándolo a alejarse por el lado contrario del pasillo. Increíblemente el troglodita la siguió con una expresión indescifrable en el rostro, aunque no perdió la oportunidad de voltear y darme un extraño ultimátum que sonó inesperadamente serio considerando su origen.

–No te la quedarás. Ni pienses que lo permitiré.

Negué con la cabeza tocándome el puente de la nariz como solía hacer cuando estaba a punto de darme una migraña. Cómo diría Scarlet, ¿de qué fumó ese loco? No entendía nada de nada. ¿Se refería a Melody? ¿Habrá descubierto el boicot que urdimos la chica desastre y yo en contra de su noviazgo? Cielos… ¡Que vergüenza! ¡Trágame tierra! De ser ese el caso no tendría cara para mirar al pelirrojo del demonio. Tendría que darle la razón. ¡Y disculparme!¡Su enojo estaría más que justificado! ¿Y qué diría Melody que me creía una persona seria? Me dirigí en silencio y muy mortificado a la dirección de Sweet Amoris. Estaba avergonzado de mí mismo, ¿cómo rayos me habían metido en semejante dilema? A esas alturas lo que menos me importaba era Melotiel y dar explicaciones sobre el tema.

No dejé de darle vueltas al asunto ni aun cuando la señora Shermansky, luego de preguntarme por mi salud, insistió en ilustrarme por más de media hora acerca de sus impresiones sobre los exámenes de los últimos días y los planes para futuras actividades extraescolares. Nunca había estado tan disperso. Ni siquiera mis calificaciones me preocupaban como antes. Era obvio que tenía buenas notas… estudié un montón. No sé por qué siempre me angustiaban los resultados. De pronto todo eso parecía una tontería. Claro que iba a aprobar y con honores. Mis problemas eran otros.

Solo bastaba observar el estado de la sala de delegados. Me encontraba hasta el cuello en papeleo. No había que ser un genio para darse cuenta de que la situación era crítica. El mesón de la sala de delegados estaba repleto de documentos en completo desorden desde que el misterioso saboteador desbarató el lugar. Maldito… ya pronto lo tendría en frente para ajustar cuentas.

Dejé los documentos que me entregó la directora Shermansky sobre el último espacio libre del mesón antes de desplomarme en la silla más próxima con cara de funeral. Ni hablar. Era mi responsabilidad mantener todo en orden. Pasaría los siguientes días organizando ese lío…Qué remedio. Lo había pospuesto por demasiado tiempo.

"Rubito donde andas?"

Sonreí al leer el mensaje de la chica desastre en la pantalla del móvil que acababa de sacar de mi bolsillo. Su falta de ortografía era lo de menos. Me había acostumbrado a su forma de escribir en Whatsapp. Las clases habían comenzado hace media hora, pero yo tenía un permiso especial para permanecer en la sala de delegados durante el primer periodo. Pero ella preguntaba por mí. ¿Entonces debía interesarle verdad? Al menos lo suficiente como para interesarse por mi paradero

"Buenos días Scarlet. En la sala de delegados. El señor Farres está enterado".

"Jajaja. Me lo imagine. Las clases son re aburridas . Ven a opinar lo haces mas divertido"

"Eso no es cierto. La historia es muy entretenida por sí sola".

"Como se bienes o me voy de pinta"

"¿Es una broma verdad?"

"Quien sabe ;). Si quieres puedes acompañarme"

Di un respingo al leer el último mensaje de Scarlet al tiempo que sentía que me sonrojaba un poco. ¿Era una invitación? Poco o nada me importaba la sugerencia de pasar del instituto. Tal vez podríamos pasar tiempo de calidad juntos. Sonreí al imaginar que tendría una interesante oportunidad. Desafortunadamente una pila de papeles que se desplomó justo a mi lado, me recordó el tedioso trabajo que me aguardaba. Después de todo no sería yo si dejara mis responsabilidades al aire.

"¿Qué tal si salimos de paseo después de las clases? Tengo mi coche a disposición desde que rehusé ser el chofer de Amber"

Lancé los dados sin detenerme a meditarlo. A veces lo mejor era no pensarlo demasiado. Acababa de descubrirlo. Los segundos parecían haberse detenido mientras contenía el aliento a la espera de la respuesta de la chica desastre. "Vamos… di que sí".

"Oky 😊"

Eso era con mucho el mensaje más corto que recibía de Scarlet, restándole los sarcasmos, las pullas y las burlas, y el que, por mucho, me hizo más feliz. Tal vez la clave de todo estaba en creer, de verdad y con convicción, en que todo saldría bien. Esbocé una sonrisa satisfecha al tiempo que depositaba mi móvil en mi maletín. Un montón de trabajo me aguardaba, pero daba igual. Tenía una cita con la chica que me gustaba y nada ni nadie iba a arruinar este día… O eso pensé…


–Su madre me llamó de nuevo quejándose de su comportamiento rebelde. Insiste en que por alguna razón ocultamos sus fechorías. Ni se molestó en preguntar nada sobre el incidente lo mandó a la enfermería el otro día.

–El padre no es muy diferente. Siempre espera malas noticias sobre él, cuando en realidad quien deja mucho que desear es su hermana, pero ni siquiera me permite un comentario al respecto. Asegura que su conducta es intachable.

–Parecen que no conocen a sus hijos. Lo mejor es darles largas señor Farres. No podemos inmiscuirnos en la vida privada de los alumnos del instituto.

–Es un caso muy particular.

–Está claro que Nathaniel es un joven muy presionado.

En este punto la señora Shermansky bajó la voz dando la impresión de que estaba a punto de compartir un secreto con el profesor Farres. Por suerte siempre he gozado de un buen oído. Me encontraba detrás de la puerta de la dirección. Traía conmigo un par de revistas que contenían fotonovelas de los años 70'. Esos galanes en blanco y negro, eterno puro en la boca, bigote de cosaco y pantalones acampanados de pésimo gusto, no podían sino pertenecer a los sueños adolescentes de la directora de Sweet Amoris. Tenía la intención de regresárselos después de hallarlos confundidos entre la documentación desparramada en la sala de delegados… pero entonces los oí...

–No estoy seguro…

–He visto esto cientos de veces profesor –un ligero chirrido indicaba que alguien se ponía más cómodo en su asiento–. Usted se dará cuenta también… con el tiempo. Niños como Nathaniel son como son porque reprimen su verdadera personalidad. Un día los vemos leyendo en silencio en clase, y al siguiente se saltan las vallas del instituto sin importarles nada. Basta con que se les aparezca alguien o alguna situación que los convenza de que olvidarse de sí mismos y sus propias vidas es la mejor respuesta a su insatisfacción. Después de unos días ni ellos podrían reconocerse.

–Directora Shermansky… eso es terrible.

–Se lo aseguro. Libre de sus padres y lo que sea que lo hace ser como es, Nathaniel cambiará. Es probable que se convierta en un bravucón sin brújula cuando saque todo el enfado acumulado por años de represión. Sin duda se meterá en problemas al ser incapaz de controlarse. Una versión del joven Castiel que, para bien o para mal, ya tiene su camino trazado. En cambio, nuestro buen delegado es solo una máscara, no hay nada detrás. Pobrecito… No es auténtico.

Mi mano quedó paralizada en el pomo de la puerta, temblando levemente ante el tono de pena con que finalizaban las palabras de la directora de mi instituto. ¿Realmente creían que eso pasaría conmigo? ¿Qué eso era? ¡¿Iba a terminar pareciéndome a Castiel?! ¿Por qué? ¿Acaso era una especia de broma pesada? Yo siempre había sido fiel a mí mismo a pesar de los gritos y amenazas de mi padre, de la frialdad de mi madre y la incomprensión de muchos. ¿Qué más pruebas querían?

–¿No lo está juzgando muy duramente?

–Farres, no se trata de juzgar. Simplemente le comento lo que he visto en mis muchos de enseñanza. Los niños como Nathaniel siempre desaparecen en nuestro mundo. Es como una regla, no son considerados suficientemente interesantes o atractivos por el resto y… se transforman. ¿Cuándo ha visto usted que la muchacha de gafas de botella o el intelectual de la clase destaque, tenga novio o novia, o deje un recuerdo memorable sin haber abandonado su personalidad?

–Estoy seguro que hay excepciones… –la voz dudosa del profesor de historia no daba demasiada seguridad.

–Nómbrelas y quizá podría cambiar de opinión...

Dejé de escuchar al tiempo que me alejaba. No, no podía ser un cascarón destinado a desaparecer. A mi me gustaba ser como soy… Nadie tenía derecho a decirme que no era real solo porque no estaban de acuerdo con mi existencia, les parecía poco interesante o que sé yo. Ese no podía ser mi destino.

Movido por un presentimiento apresuré el paso hacia la sala de delegados. Abrí la puerta de un empujón dejando caer las revistas que en ese punto me importaban un bledo. Me dirigí hacia la gaveta que contenía los archivos personales de los estudiantes de Sweet Amoris. Le había prohibido a Scarlet y a todos curiosear su contenido, yo mismo me había detenido antes de hurguetear más de la cuenta en el expediente de Lysandro, pero nadie me impediría ver el mío. Menos mal siempre llevaba conmigo la llave que abría los cajones.

Busqué por unos segundos hasta dar con las el archivo que resumía mi vida escolar y las opiniones que mis maestros tenían de mí. Hice a un lado una pila de papeles que me estorbaban en el mesón y coloqué encima el racimo de páginas que hojeé. Memoricé solo lo esencial mientras un par de truenos retumbaban en el aire, seguidos del flash de relámpagos enceguecedores.

"Buen estudiante con excelente desempeño. Atraviesa una fase…"

"De momento lo dominan sus ideales"

"Bastante creativo

"Demasiado centrado en sus responsabilidades escolares"

"Lector obsesivo"

"Estar atentos a posibles cambios de humor y carácter"

"Sus padres aseguran que da muchos problemas en casa. ¿Finge estar a gusto en la escuela?"

"Su comportamiento podría demostrar una excesiva necesidad de agradar"

Cerré el expediente. Me sentía traicionado. Una puñalada por la espalda, eso es lo que era. Un nudo se formaba en mi garganta de solo comenzar a procesarlo. Aquello era, con mucho, la gota que colmaba el vaso. ¡¿Por qué no me dejaban en paz?! ¡Me gusta estudiar y leer! ¡¿Y qué?! ¡Cosas más raras habían pasado en este mundo! ¿Qué tenía de malo intentar ser amable? Reprimido, aburrido, facilón…Qué más les daba, yo soy así. ¡Y qué! ¡Soy extraño! ¡Peores cosas se han visto! No quería actuar como mis padres. No quería lastimar a otra persona solo para sentirme mejor. No quería que nadie se sintiera miserable solo por su lealtad a sí mismo… No quería que nadie pasara por lo que viví…

Ese día, por primera vez y como si una parte de las funestas profecías de la señora Shermansky se hubiera cumplido, falté a todas las clases del día. _


Scarlet

–Lysandro… dame más crédito. No soy una idiota.

–Jamás dije nada que implicara algo como eso.

–Sabes de lo que hablo… no te hagas.

–Insisto en qué no te entiendo.

Puse los ojos en blanco. Iba de copiloto en el coche de mi mejor amigo y que este conducía a través de las calles atestadas de la ciudad rumbo al instituto. Todavía un poco adormilada, apoyé la cabeza en el cristal de la puerta y por el que corrían delgados hilos de agua. Llovía y hacia un poco de frio. Vaya día. Aunque probablemente a Nathaniel le gustara este tipo de clima. "Era tan extraño". Sonreí al imaginar que hoy de seguro estaría de buen humor.

–Deja de negarlo. Te gusta Emma –sentencié volteando con una expresión picara en el rostro–. Y quieres besuquearla y meterle mano en el salón donde se reúnen para hacer el periódico escolar.

–¡Scarlet!

Lysandro se detuvo abruptamente en un semáforo que casi se pasa de largo por prestar más atención a mis últimas palabras que al camino.

–Te equivocadas. Emma es solo una amiga… yo no… Lo que pasa es que… –tartamudeaba levemente ruborizado.

–Está bien Lys. A mí también me gusta alguien.

Lo miré a los ojos. Eran… tan bonitos… como la primera vez que los vi. Una esmeralda y una pepita de oro… como del museo al que me llevaron mis padres cuando tenía siete años.

–¿Va en serio?

Mi mejor amigo me contemplaba curioso a la espera de mi respuesta. Sabía de sobra que me gustaba Castiel, pero ambos comprendimos que no estaba hablando de él ni de mis necios intentos por recuperarlo.

–No sé… Creo que sí… Ta vez… –ahora la nerviosa era yo–. ¿Es Emma de la que te escapabas cuando llegábamos al instituto verdad?

Ahora le tocaba a Lysandro responder mis preguntas.

–Bueno… es una larga historia… a veces ella puede ser… abrumadora –sonrío–. Estos días han sido una locura en el periódico escolar.

–Ahora te la pasas todo el tiempo con eso –afirmé en tono de reproche y fingiendo enfado.

–Tú también te la pasas todo el tiempo con Nathaniel…

Touche. Ese fue una estocada mortal.

–Eso… eso es diferente –balbucee sintiendo que me ponía como un tomate.

–No lo creo… Pero… como sea… nuestra relación no va a cambiar. No tiene por qué.

La afirmación de Lysandro tuvo un extraño efecto tranquilizador. Por un momento pensé que ninguno de los se atrevería a decirlo. No quería perderlo por nada en el mundo.

–¿Lo prometes?

–Lo prometo… ¿Y tú prometes que esta vez me dirás si decides irte de nuevo con tus padres?

Así que lo sabía. No me sorprendió. Mi padre era un bocazas natural.

–Sí. Tienes mi palabra. Levanté la mano en señal de juramento.

–No importa con quién salgamos o a dónde vayamos, siempre estaremos para el otro –Lysandro tomó mi mano estrechándola como cuando éramos niños.

Me pregunto qué habría pasado si nuestro noviazgo hubiera continuado. Si no hubiera tomado una decisión que lo cambió todo... Quizá iba a quedarme con la incógnita de por vida. Definitivamente sentía mucho por él, pero había alguien más que me atraía como nadie lo había hecho antes.

–Claro –sonreí de oreja a oreja al tiempo que abrazaba al chico que tenía en frente y adoraba. Pase lo que pase ninguno de los dos estaría solo jamás.

Lysandro me rodeo con sus cálidos brazos antes de que la bocina de un coche detrás nuestro nos recordara que el semáforo ya estaba en verde. Era hora de partir.

–¿Cómo te enteraste de la oferta de mi padre? –pregunté mientras nos acomodábamos en nuestros asientos y nos internábamos de nuevo en el tráfico.

–Él me lo dijo. Me solicitó… o más bien me rogó que intentara convencerte de aceptar. También me hizo prometer que no te diría que él había hablado conmigo. Siento romper mi palabra, pero a ti no puedo mentirte –admitió con un dejo de culpabilidad.

–Y por eso eres el mejor Lys. En cuanto a mi padre…. Era de esperarse –puse los ojos en blanco–. Descuida. No lo regañaré por eso, pero me va a oír cuando nos encontremos.

–¿Y eso será pronto? –Lysandro tenía la vista en el camino, aunque su tono de su voz indicaba que la respuesta le interesaba más de lo que quería dejar notar.

–No lo sé –musite apoyando la cabeza en el respaldo del asiento–. Todo depende…

–¿Se puede saber de qué?

–De lo que pase en los próximos días.

–Entiendo.

Ambos decidimos cambiar de tema. Pero muy en el fondo… también me cuestioné sobre lo que habría pasado si Lysandro me hubiera pedido que me quedara con él la última vez que estuvimos juntos como novios.

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Llegamos al instituto pocos minutos antes de que sonara el timbre de inicio de clases. El estacionamiento estaba abarrotado de coches y la lluvia no daba señales de amainar. Agradecí vestir un confortable abrigo rojo con capucha sobre mi camiseta negra. Me cubrí la cabeza mientras Lysandro sostenía un paraguas sobre los dos cuando vi a Emma parada cerca de la puerta del instituto. Parecía que buscaba a alguien. Sonreí con malicia.

–¿Qué haces?

Me coloqué frente a Lys y le di un beso a milímetros de la comisura de lo labios como cuando éramos niños.

–Te agradezco por haberme dejado buscar los conejos contigo. Nunca lo hice –le guiñé un ojo antes de ponerme la mochila al hombro y correr hacia el instituto, ignorando su desconcierto y el de Emma cuyos ojos estaban abiertos como platos. A ver si se avispada de una vez. Mi tía siempre decía que camarón que se duerme se lo lleva la corriente.

Nuestro salón de clases era todo menos orden. Ante la ausencia del profesor Farres, se habían formado grupitos que charlaban y reían. Solo faltaba el rubito que no estaba entre el grupo de los gemelos y Elisa. Los saludé con un gesto de la mano y me dirigí a mi pupitre. Saqué mi móvil decidida a que no me pasaría como al camarón.

"Rubito donde andas?"

La conversación por mensajes salió mejor de lo que esperaba.

"¿Qué tal si salimos de paseo después de las clases? Tengo mi coche a disposición desde que rehusé ser el chofer de Amber"

¡Una cita con el rubito! No podía haber otra posibilidad. Le gustaba. Era obvio. Soy hermosa y lista. No vivo en planilandia. Y bondad y humildad eran mi segundo y tercer nombre. Bueno… no exactamente. Pero el mensaje del señor perfecto me elevó a la novela nube. ¡Era maravilloso que el chico que quería se interesara en mi! ¿Acaso había algo mejor que eso? Iba a hacer que se olvidara por completo de la princesita Melody. Podría haberme robado a Castiel, pero ni de broma iba a dejar que se quedara a Nathaniel para ella. Si en el mundo había el mínimo de justicia… esa desgracia jamás pasaría.

"Oky 😊"

En cuanto vi el mensaje me di cuenta de que era la respuesta más bobalicona que había escrito. ¡¿Qué rayos era eso?! Nathaniel era un chico intelectual y sofisticado. Debía estar a la altura. ¿Y si cancelaba el plan creyéndome una bobalicona? Tenía que decir algo más…

–¿Con quién chateas?

–¡Ah!

La voz de Rosalya, materializada por arte de magia de pie junto a mí, me sobresaltó. Solté el móvil que terminó en el piso.

–Me asustaste… –la acusé mientras recogía el celular que menos mal parecía seguir en buen estado. En seguida oculté la pantalla con la palma de mi mano–. No te diré con quién hablo.

–Que infantil Scarlet. ¡Dame se móvil!

Rosalya intentó quitármelo, pero fui más rápida y estiré mi brazo para evitar que viera la evidencia de mi interés por el señor perfecto.

–Olvídalo. Hay otra cosa de la quiero hablar y te juro que es mucho más interesante que mi cel.

–No me digas… –mi amiga sonaba muy escéptica todavía intentando saciar su curiosidad a costa del pobre móvil que puse a salvo dejándolo caer en el interior de mi mochila.

–Sí te digo. Se trata de algo que tiene de todo… amor, odio, miedo, deseos de venganza, sabotajes que tienen que ver con decenas de flores en el gimnasio…

–Sabía que había algo más detrás de eso. Cuenta. Vi al señor Farres dirigirse a la oficina de Shermansky. Nadie nos interrumpirá –Rosalya se acomodó en el pupitre de al lado dispuesta a prestarme toda su atención. Definitivamente tenía un radar para detectar los chismes más jugosos. Menos mal no le interesaba formar parte del periódico escolar ni era una persona ruin, de no ser así con seguridad superaría a Peggy en cotilleos. Era una buena amiga y estaba segura de que me ayudaría a poner en evidencia al saboteador del rubito y su cómplice ahora que estaba completamente segura de sus identidades.

–Escucha –bajé la voz para que nadie más nos escuchara–. Lo que te voy a contar es muy serio. Jura que no le dirás a nadie hasta que lo podamos resolver.

–Uy… lo juro. Eso significa que haremos planes maquiavélicos –los ojos de Rosalya brillaron entusiastas. Desde que desterramos a la bruja de Debrah, no habíamos trabajado juntas para hacer justicia en el instituto. ¡Pero ahora finalmente teníamos una nueva misión que resolver juntas!

–Sí –asentí con el mismo buen ánimo acentuado por el par de truenos que rompieron el bullicio cotidiano del aula–. Todo comenzó hace unas semanas, cuando al rubito lo empujaron el día que fuimos al parque de diversiones. Luego voltearon patas arriba la sala de delegados….


Me tomó la media hora que tardó el señor Farres para iniciar la clase de historia y todo el periodo destinado al almuerzo, explicarle a Rosalya todo el lío que el señor perfecto y yo teníamos entre manos. Vaya que la sorprendí. No podía creer que hubiéramos ocultado tantas cosas en tan poco tiempo. Todo fue gracias a las habilidades del rubito y su puesto de rey en las sombras en Sweet Amoris. Todos confiaban en él y así era fácil esconder ciertos asuntos de momento difíciles de explicar.

–Te ayudaré a resolverlo. Debiste acudir a mí desde un principio. Le daremos su merecido –declaró Rosalya antes de terminar su bistec de una sola mordida.

–Es que el rubito no quería que nadie se entere y es muy necio –expliqué con la pajilla de mi vaso de coca cola todavía en la boca–. Ya sabes como es.

Ocupamos una mesa discreta en la cafetería. Lysandro, que entró a nuestra aula unos minutos después que yo, dijo que no almorzaría otra vez para ayudar en la organización del próximo número del periódico escolar. El club de periodismo tenía que sacar un ejemplar que se vendiera como pan caliente si no querían perder ante Peggy y las harpías de Sweet Amoris. Fue gracioso ver como Armin se quejaba amenazando con desmayarse de hambre mientras era arrastrado por Emma fuera de la cafetería y Alexy lo despedía como si fuera a la guerra.

Acompañé a Rosalya a tomar el autobús de regreso a casa ya que la lluvia persistía y no era posible irse caminando. Nos habían dejado ir después del almuerzo porque la profe de matemática se había reportado enferma a última hora. Ya teníamos un plan en formación y quedamos en hablar por WhatApp para concretar los detalles. Luego de decirle adiós llevándome el paraguas que me había prestado y agradecer su ayuda por enésima vez, aunque sabía que ella disfrutaría más que yo con el desenlace que teníamos pensado, regresé al instituto a buscar al señor perfecto. Quería contarle todo. Me preocupaba no haberlo visto en toda la mañana y ni siquiera los gemelos sabía de su paradero. Dijeron que le habían mandado varios mensajes que dejó en visto. Seguro que seguía en la sala de delegados arreglando el lío que le dejaron de regalo. Él podía faltar a las clases cuando quisiera por su estatus académico. Ningún maestro cuestionaba su ausencia porque suponían que estaba organizando clases extra, documentación de los alumnos, exámenes o vaya uno a saber qué cosa. Pero, ¿y si se había arrepentido de salir conmigo?

De pronto mi confianza empezó a flaquear. Quizá lo pensó mejor o se decepcionó de mi tonto mensaje de "okey" slash sonrisa happy". Debí haber mandado otra cosa más interesante después de eso, pero Rosalya me interrumpió. Qué torpe era… O tal vez todo estaba bien y me estaba volviendo paranoica. Nathaniel no era de los que cambiaban de opinión de un segundo a otro. ¿O sí? ¿Desde cuándo mandar mensajes al chico que te gustaba se había tan complicado? ¡Se podían sacar mil interpretaciones de todo!

Bah… Lo mejor era encontrar al señor perfecto y ver qué onda. Atravesaba a toda prisa por los pasillos vacíos del instituto rumbo a la sala de delegados, pero Castiel apareció de la nada al doblar una esquina.

–Esta vez no escaparás –afirmó mirándome a los ojos desafiante.

–¡Ya déjalo! ¡Joder!

No lo había visto en todo el día y francamente había sido un alivio. Pensé que ya se había resignado a dejarme en paz. Que besuqueara a Melody y la alejara del rubito. Era lo menos que podía hacer por mí a esas alturas. Rayos… Si mi yo de hace unos días escuchara mis pensamientos, creería que me he vuelto loca o que el señor perfecto me había embrujado de alguna manera. Viéndolo bien… Eso último no estaba tan alejado de lo que había pasado.

–Esto ha ido muy lejos. Tienes que escucharme.

Avanzó un paso hacia mí y en respuesta blandí el paraguas de Rosalya como si se tratara de una espada.

–Aléjate. No quiero tus mentiras.

Me diste todas las señales de que te gustaba Castiel. Me lastimaste sin motivo… No esperes que lo pase como si nada.

–Scarlet… por favor.

–¿Qué? –dos palabras y un par de orbes grises que no dejaban de contemplarme bastaron para desarmarme. ¡Él nunca había dicho tal cosa a nadie! ¡Y menos de esa forma que sonaba tan… tan honesta! Lentamente baje el paraguas preguntándome qué es lo que este malhumorado chico pelirrojo quería de mí.

–No te enojes conmigo. Soy un idiota… –Castiel acortó la distancia que nos separaba estirando su mano para acariciar mi mejilla al tiempo que su rostro se aproximaba al mío.

La piel se me erizó al sentir su contacto. Sus dedos estaban fríos. ¿Iba a intentar besarme? ¿Qué pasaría si eso sucedía? Lo había imaginado tantas veces… pero Nathaniel estaba esperándome. Yo quería verlo. ¿Y si se marchaba? No me perdonaría si eso pasaba y aún así no me moví un milímetro.

–Necesito saber algo –susurró con los labios rozando los míos.

–Yo también– contesté en el mismo tono.

La cercanía de unos pasos interrumpió nuestro casi beso. Ambos volteamos asustados. Casi nos habían descubierto… Melody se acercaba a nosotros con una notable calma que contrastaba con mi corazón que estaba a punto de salírseme por la boca.

–Hola Scarlet –sonrió de forma escalofriante. Ni siquiera el rubito daba tanto miedo cuando se ponía en modo "soy amable, pero quiero ahorcarte".

–Qué tal –correspondía al saluda aferrándome a la mochila que colgaba de mi hombro y que me sostenía de forma mágica cual marioneta. Sin su agarre seguro mis piernas fallarían y caería al piso como un costal de papas.

Era mi oportunidad de echarle en cara a la niñita de papa que estaba a punto de besar a su novio y acabar con el despropósito que era ese noviazgo. ¿Acaso no era esto lo que quería que ocurriera? Tal vez, pero no me sentía ni remotamente bien con ello... ¡Malditos escrúpulos que no me dejaban actuar! ¿Acaso alguno de los dos pensó en que mí cuando empezaron a salir de la nada? ¡Ahhhggg! ¡Todo era culpa del pelirrojo del demonio! ¡El rubito tenía razón! ¡Podía ser un incordio con todas las letras! ¡Y cómo te sacaba de quicio! ¡Nada podía concretarse con él!

–Vamos Mel. Tardaste demasiado. Muero de frio. Hasta mañana –Castiel tomó a su novia de la mano mirándome con una mezcla de tristeza y remordimiento, ya sea por lo que estuvo a punto a pasar entre los dos o porque me abandonaba una vez más por otra chica.

–Cuídate –Melody se dio la vuelta dirigiéndome una sonrisa burlona antes de desaparecer junto al chico que debía haberse convertido en mi novio dentro de cinco días exactos.

Apreté los puños todavía sujetando el paraguas mientras me alejaba de los dos sin mirar atrás. "El que debe cuidarse de no pescar un resfriado y morir es el burro Castiel que viste chaqueta de cuero en un día tan lluvioso" murmuré roja de rabia.


–¡Anda rubito psico! ¡Sé que estás ahí ¡Abre o gritaré tan fuerte que me oirán hasta en la luna!

Me alejé un par de pasos de la puerta de la sala de delegados con mi móvil en la mano. El ringtone aburridamente genérico del señor perfecto se escuchaba con claridad desde el otro lado. No había respondido a ninguna de mis llamadas y empezaba a cabrearme en serio. ¿Qué narices estaba pasando? Él no era así. No me quedó de otra que amenazarlo con lo que más detestaba: el escándalo. Todavía había alumnos y profesores pasando clases. De seguro se alarmarían con el griterío que pensaba organizar.

La puerta se abrió despacio y solo lo suficiente para que dejarme pasar. Tragué saliva antes de entrar y cerrar con el seguro. La sala lucía más lúgubre que de costumbre. Las cortinas impedían el paso de la luz del día y el silencio solo era interrumpido por la lluvia cada vez más cercana a una tormenta. Pilas y pilas de documentos permanecían sobre el mesón, algunos papeles permanecían el piso con señales de haber sido pisoteados. Esto era realmente serio. Nathaniel, sentado sobre una silla giratoria que oscilaba levemente de derecha e izquierda, miraba al techo.

–Qué te pasa rubito, estás más pálido de lo normal –fue lo único que se me ocurrió decir para romper la tensión que amenazaba con córtame la cabeza de un momento a otro.

–Y yo me pregunto qué es lo que les pasa a los demás –afirmó con voz sombría.

–No mucho… creo. Está lloviendo… –seguí la conversación lo mejor que pude, aunque no tenía la más remota idea de lo que estaba hablando el rubito, pero ni de en broma iba a admitirlo.

–No importa… siempre hacen lo mismo…

Okey. Esto se estaba pareciendo demasiado a las películas de cine francés existencial que Leigh, el hermano de Lys, nos mandaba desde Paris y de las que no comprendía ni un pepino.

–Ahhh… Está bien… –me acerqué al señor perfecto que ahora observaba algún punto en el horizonte–. Pero ahora… ¿quieres decirme qué rayos ocurre?

–Para qué hablar… léelo –sentenció entregándome un folder amarillo.

–¿Tú expediente? Dijiste que no podíamos verlos bajo pena de muerte –estaba exagerando, pero el rubito lo había planteado más o menos así.

–Pues los indulto a todos –repuso con calma.

Empezaba a asustarme en serio.

–Gracias por perdonarnos la vida –puse los ojos en blanco al tiempo que sonreía. El señor perfecto era un caso muy serio.

Abrí el archivo y casi me caigo de espaldas al leer las tonterías que decía.

–¿Están drogados? –me reí.

–No veo que tiene de gracioso –Nathaniel se cruzó de brazos repantingándose en la silla.

–Vamos rubito. No me digas que te afectan las opiniones de unos maestros seniles. La vieja Shemansky está loca.

–No solo son ellos –sentenció sombrío.

Así que ese era el problema.

–Si alguien no te aprecia como eres, no te merece –afirmé recuperando otro de los dichos de mi tía. Seguro que nadie le había dicho eso al rubito. Una vez más me di cuenta de la suerte que tenía al contar con mi familia.

–Cuesta convencerse de que es así… –afirmó con una sonrisa triste.

Qué profundo… Nunca lo había considerado y no tenía una respuesta inteligente para contestar eso. Me limité a ponerme de cuclillas junto a la silla de señor perfecto, colocando mis manos sobre el apoya brazos.

–A mí me gusta el señor perfecto. Y si te vuelves un Castiel dos… juro que te golpearé. Con un pelirrojo del demonio ya tengo más que suficiente –aseguré.

No era mucho, pero era lo que sentía. Nathaniel volteó a verme con un semblante más relajado y una leve sonrisa.

–Gracias Scarlet... La verdad… A mí también me gustas.

Me ruboricé por completo alejándome antes de que perdiera el control y terminara por robarle un beso. Este chico me atraía demasiado…

–Este… que bien… –había perdido el uso de mi cerebro–. Y ahora qué piensas hacer… –me apoyé en el gavetero de los expedientes estudiantiles.

Yo, en su lugar, habría organizado una terrorífica venganza, pero suponía que Nathaniel le encontraría el lado amable al asunto y todo seguiría como siempre. Una idea que solo demostraba que no terminaba de conocer al rubito.

–Bueno… Lo he estado pensado toda la mañana… Y creo que merezco una pequeña restitución por las ofensas –aseveró dejando la silla y paseándose alrededor del mesón con una sonrisa aterradoramente agradable–. Después de todo, el reprimido que tienes en frente lo hace casi todo aquí. Incluso podría mejorar el trabajo del saboteador, muy mediocre si me lo preguntas.

–¿De qué hablas? –enarqué una ceja intrigada al tiempo que me cruzaba de brazos. El día iba siendo cada vez más raro y apenas comenzaba.

–Vendetta.

Dicho esto, el señor perfecto tomó algunos papeles de la pila más próxima y los arrojó sin más a la triturado de papel que al presionar un botón, los redujo a un montoncito de jirones que arrojó al piso.

–¡¿Qué haces rubito?!

No podía creer lo que acababa de ver… Era, por mucho, lo más impactante que había visto en mi vida y eso que estuve en un festival de cosplay repleto de tíos vestidos de Sakura Card Captor. No me pregunten por qué y cómo.

–No mucho… solo dejo que mis ideales me dominen –sentenció mientras enviaba otro grupo de papeles a su destrucción.

–¡Detente! Te meterás en problemas.

–Descuida Scarlet. Solo estoy atravesando por una fase de aspirante a artista anarquista. Mira que bien me sale el arte conceptual –aseveró con un gesto de suficiencia y guiñándome un ojo.

Más jirones salieron volando. Me quedé con la boca abierta. No se me olvidaba que hace un par de semanas le dije al rubito que el autor del desastre de sala de delegados podría ser "un aspirante a artista anarquista". Era una tontería por supuesto. Solo lo dije por molestar al señor perfecto y porque un chico así era uno de mis sueños…

–Adiós expediente y destino que no quiero.

–¡No! –me lancé hacia la trituradora para detener la destrucción de la síntesis de recorrido académico de Nathaniel.

A pesar de mi desesperado intento de salvarlo, quedó hecho trizas.

–¡Qué hiciste! ¡Era tu vida! –lo regañé intentado ver si podía unir y pegar los jirones.

–Tranquila. Lo que importa de verdad. Las notas están guardadas en el sistema del instituto. Se puede acceder a ellas desde cualquier ordenador habilitado –repuso quitándome los restos del expediente que tiró al suelo–. Ahora, ¿quieres divertirte o no?

El rubito se me quedó mirando con una sonrisa apremiante que, poco a poco, correspondí. Quizá me encontraba ante la mejor cita de mi vida.

–Okey. Supongo que tus notas realmente están a salvo porque si no te daría un infarto. Y ya que quieres seguir con esto…

–Claro que quiero.

El señor perfecto convirtió otro grupo de documentos en fragmentos irreconocibles que lanzó al techo cual si se tratara de confeti.

–Nathaniel eres el chico más loco que conozco –afirmé mientras algunos pedazos de papel caían en mi ropa y cabello–. Okey. Si vamos a hacer esto que sea con estilo. Saqué mi móvil y coloqué una de mis playlist de Spotify a la que decidí renombrar: fiesta en la sala de delegados.

–Perfecto. Hasta nunca conteos de retrasos…

Los papeles volaron como una tormenta de nieve sobre nuestras cabezas. No parábamos de reír y tomar más documentos al son de las canciones que empezaron a sonar.

–Muéranse reportes de conducta –desaparecí una gran pila de papeles en solo unos segundos.

–Me temo que nadie será castigado en los próximas días… o meses. No le agradará a la directora Shermansky –apuntó el rubito con una expresión entre malévola y divertida.

–Que pena…

–Tampoco creo que ni a ella ni a los maestros les agrade perder los itinerarios de trabajo de lo que queda del año.

La trituradora siguió devorando sin piedad…

–Los permisos que los padres firmaron para asistir a la convivencia –el señor perfecto y yo nos miramos con cara de circunstancias ante la última pila de papeles intacta sobre el mesón.

La convivencia donde Castiel y Melody se convirtieron en pareja.

–Hasta nunca –dije sintiendo que me libraba de un gran peso.

–Opino lo mismo.

Tiras de papel nos rodearon. El lugar era un desastre y casi ya no quedaban documentos intactos. Entonces recordé las fotos. Se supone que debía haberlas echado en el cubo de basura, pero no pude y acabé guardándolas en mi mochila.

–Y ahora les toca.

La mano me temblaba cuando saqué las fotos que me había tomado con Castiel en todas nuestras casi citas y las metí una a una a la trituradora. ¡Joder! Me había costado muelas conseguirlas, pero qué bien se sentía al dejarlas ir. Nathaniel se limitó a verme en silencio, aunque sus ojos no ocultaban su sorpresa. Una vez que la última fotografía desapareció recogí los restos de documentos y fotos que tenía cerca y los lancé lo más fuerte que pude hacia el techo y al rubito.

–Oye. Eso no es justo –el rubito me devolvió el ataque.

–Todo se vale en la guerra y el amor –sentencié.

–Te tomaré la palabra.

–Atrápame si puedes –lo reté esbozando una media sonrisa.

–Lo haré. Puedes apostarlo –aseguró confiado.

Y así comenzó una batalla de tiritas de papel que caían por todos lados al ritmo de Feeling This de Blink-182. Jugueteamos por la sala de delegados hasta que terminé contra una pared y él junto a mí. Dejamos de reír y echarnos pullas. Era la primera vez que notaba la calidez de los ojos de Nathaniel, que parecían oro derretido conforme acortaba la distancia que nos separaba y percibíamos la respiración del otro.

We're taking this way too slow (I'm feelin' this!)

Lo estamos tomando demasiado lento (Estoy sientiéndolo)

Take me away from here (I'm feelin' this!)

Llévame lejos de aquí (Estoy sintiéndolo)

Fate fell short this time

El destino quedó corto esta vez

Your smile fades in the summer

Tu sonrisa desaparece en el verano

Place your hand in mine

Pon tu mano en la mía

This place was never the same again after you

Este lugar no volvió a ser el mismo

After you came and went

Después de que viniste y te fuiste

Ambos elevamos nuestras manos dejando que nuestras palmas se rozaran antes de entrelazar nuestros dedos. De pronto mis piernas comenzaron a flaquear. Olía a la colonia de menta del atractivo rubio que moría por besar.

Look to the past and remember her smile

Mirar al pasado y recordar tu sonrisa

And maybe tonight I can breathe for awhile

Y quizá esta noche pueda respirar por un rato

I think I'm falling asleep

Creo que me estoy quedando dormido

But then all that it needs is I'll always be dreaming of you

Entonces eso significa que siempre soñaré contigo

De pronto nuestros brazos fueron a parar al cuerpo del otro mientras nos besábamos como no lo habíamos hecho jamás. Casi no podíamos respirar y solo paramos cuando decidí que sería interesante retroceder hasta el mesón y sentarme de nuevo en él. La sonrisa traviesa del señor perfecto me indicó que lo había entendido. Lo envolví con mis piernas y continuamos reponiendo los besos que nos debíamos, al tiempo que recorría su espalda con mis manos mientras él hacía lo propio con la mía.

–Bésame el cuello rubito –le pedí agradeciendo la ocurrencia de hacerme una coleta justo ese día.

–Scarlet… me encantas….

Obedeció. Me acarició con sus labios por detrás de la oreja hasta el comienzo de mis omoplatos y cuando se dio cuenta de que mi abrigo estorbaba, me lo quitó con un poco de mi ayuda. Continuamos la sesión de besos y toqueteos hasta que Nathaniel me alzó todavía aferrada a su cintura.

–Qué haces rubito –musité aferrándome a su cuello y aprovechando para ocultar el sonrojo que me provocaba sentir sus manos en mis muslos.

–Te llevó a un lugar más cómodo –anunció con una media sonrisa.

Nos acercó al único sillón de cuero y de una pieza arrinconado al fondo de la sala de delegados.

–Era de la señora Shermansky, pero no cabía en su oficina –explicó al tiempo que me soltaba con cuidado para que me pusiera de pie.

–Démosle un buen uso –lo empujé para que se sentara y me coloqué encima de él que a estas alturas tenía el pelo ligeramente desordenada. ¡Joder! ¡Era muy atractivo!

–Estoy de acuerdo –me ayudó a acomodarme al tiempo que colocaba un mechón de pelo que se me había escapado detrás de la oreja –. Jamás imagine pasar una tarde como esta –susurró.

–Yo tampoco… –admití cerrando los ojos y concentrándome en los besos del rubito que volvían a mi cuello. Eran muy suaves, casi como un sueño y me hacían desear más. ¡Joder! Era muy bueno en esto… como en todo… Le correspondí pasando mis manos por su espalda y los abdominales de su pecho por debajo de la camisa que llevaba puesta. ¿Qué les digo? Era una pervertida… y me encantaba.

–El instituto va a estallar mañana –declaró sonriendo maliciosamente mientras acariciaba mi mejilla.

–Eso es un poco preocupante… ¿no crees? –inquirí por une vez más intranquila que el rubito.

–Pues sí… los profesores tendrán mucho trabajo extra y ni hablar de la señora Shermansky. Tendrán que dar un montón de explicaciones a una turba de padres indignados… Es una pena que solo sea un pobre chico de fondo, atado de mente e imposibilitad de hacer cualquier cosa relevante… incluido armar un desastre en la sala de delegados –el señor perfecto soltó un suspiró que esta vez rezumaba tristeza fingida.

Claro. Por supuesto que nadie jamás creería que Nathaniel hizo trizas la documentación que habían dejado a su cargo. Este chico no era para nada un rebelde traumatizado… era más bien… maquiavélico. Un auténtico rey en las sombras con muchos recursos a su disposición. Me había dado cuenta hace unos días. Contaba con la confianza del mundo entero y sabía cómo funcionaba todo, si quería… podía hacer y deshacer a su antojo. Pobre del que se atraviese en su camino y de verdad lo enfurezca. Los puños no se comparaban a algo como eso…

–Eres un psicópata rubito –jalé su corbata aproximando su rostro al mío.

–Tal vez… un poco… ¿Eso te gusta? –preguntó enarcando una ceja y acariciando mi mejilla.

–Tal vez. Un poco –respondí mirándolo a los ojos que me derretían con solo permanecer fijos en mí.

–Creo que no soy tan malo conquistando a la chica tsundere –sonrió.

–Hoy estás como una cabra.

–Eso también te gusta…

Me besó. Mis brazos retornaron a su espalda y los suyos permanecieron sobre mis caderas. No dijimos más por un largo tiempo, disfrutando de la cernía y los labios del otro.

Casi eran las nueve de la noche cuando volví a casa. El señor perfecto acababa de irse en su coche. No dejamos de hablar y reírnos al imaginar lo que pasaría al día siguiente hasta la hora de despedirnos, no sin antes regalarnos otra sesión de besos y caricias dentro del auto. Salí a regañadientes después de que el rubito me recordara que teníamos que levantarnos temprano para ir al instituto. Solo a él le podía importar eso después de lo que pasó hoy. Pero precisamente por eso me gustaba. ¿Qué loco no?

Caminé directamente a mi habitación. Tomé el gatito de peluche con ojos azules que descansaba sobre mi cómoda y lo abracé acostada de espaldas en mi cama. Iba a regalarle el felino de felpa a Nathaniel mañana. No podía dejar de sonreír rememorando todo lo que acababa de pasar. No importaba que la pared que tenía en frente evidenciara el vacío que habían dejado las fotos de Castiel.

Probablemente habría permanecido en la novena nube toda la noche si Lysandro no hubiera tocado a mi puerta.

–Scarlet, ¿estás ahí?

–Pasa.

Mi mejor amigo atravesó el umbral de mi habitación. Lucía serio. ¿Y ahora qué? Me senté todavía sosteniendo el gato de peluche.

–Es Castiel… –dijo a bocajarro.

–Cuándo no es él –puso los ojos en blanco–. Si te pidió que intercedas para que hablé con él, te advierto que no lo haré ni por todo el chocolate del mundo.

Era el colmo que quisiera usar a Lysandro de intermediario. ¿Qué quería? ¿Humillarme de nuevo frente a su novia?

–No es eso Scarlet. Él… él acaba de escribirme. Me dijo que rompió con Melody.

–¡¿Qué?!


Y fin del capítulo 25. Imaginé la escena de la destrucción de los documentos de la sala de delegados el día que pensé en escribir el fic, y al fin la publiqué XD. Siento muchísimo haber desaparecido. Los estudios, el trabajo y las decepciones amorosas me quitaron el tiempo y la inspiración que esta historia merece. Salí con un chico que pensé que podía ser mi Nathaniel pero me dijo que no quería nada serio :/ y pues no hay remedio. Aún me duele y creo que nunca conseguiré tener novio… Bueno… ese fue mi desahogo que también lo necesitaba como Scarlet y el señor perfecto.

¿Qué les pareció el capítulo? ¿Y el final jejeje? ¿Será que Scarlet no vuelve a dudar de sus sentimientos? ¿Cómo harán los profes con la venganza de Nathaniel? Y cada vez está más cerca de revelarse la presencia del misterioso saboteador… En los siguientes capítulos empezaré a atar cabos y cerrar los arcos. Ya estoy escribiendo el siguiente cap así que espero subir otro gracias a esta cuarentena interminable jejeje. Espero la estén pasando bien en este tiempo que de seguro ya pasara. Les agradezco mucho que de hayan tomado el tiempo de leer mi fic y espero lo disfruten

También subí las canciones que Nathaniel y Scarlet escucharon en una playlist de Spotify que se llama La fiesta en la sala de delegados, subí todas las canciones que varias lectoras del fic sugirieron XD