Disclaimer: How to train your dragon no me pertenece, salió de la mente brillante de Cowell y fue animada por el Estudio DreamWorks, que hace gays a todos los personajes (¡Gracias, DW, por eso!).

Advertencias: Ligero OoC. Infidelidad.

Parejas: Toothless/Hiccup. Eret/Astrid.

Aclaración: Estos drabbles responden al Reto #5 de Caldo de Toothcup para el Alma "¡Al Diablo la escuela!".

Palabras: 500.

Bueno, éste es el primero. Cuando vi la segunda película, hallé más química entre Eret y Astrid que entre Hiccup y ella en la precuela, las series y los cortos. No sé, siento que se apresuraron mucho y el chico ideal para Astrid, es Eret.


-oooo-

Capítulo Uno

Apariencias

-oooo-


Un vistazo.

Nada fuera de lo común.

Cruce de miradas.

Bellos cristales azules contra aventureras y aguerridas almendras.

Ahora, un roce. Sutil, delicado, casi podría tomarse por una caricia.

Hiccup sabe que eso es más que una caricia. Mucho más que un simple cruce de miradas, o un roce.

Sabe qué es lo que significa, no es idiota, no es ciego.

—Te gusta, Eret —no acusa, no interroga, afirma—. Te gusta y él te corresponde.

Astrid se sorprende, espontánea, momentáneamente. Luego, la honestidad llega a su rostro y baja la mirada mientras se muerde los labios.

—No importa.

"No importa", dice ella, y el silencio se torna pesado, lúgubre.

La distancia entre ellos se vuelve abismal, agobiante. Aunque ya lo era, desde que descubrieron la verdad, desde que sus almas gritaron por libertad. Aquella libertad de escoger a quien realmente deseaban.

Porque se han dado cuenta, que la pasión se esfumó de su relación, que aquellas cosquillas de amor infantil habían sido sustituidas por algo más, algo que los desvió de un camino que tomaron apresuradamente.

Porque aunque lo quiere mucho, Astrid no necesita a Hiccup. Ella demanda sensualidad, ardor, algo completo. Alguien que sea sólo para ella.

Hiccup nunca cumpliría con una sola de sus expectativas. Era blando, demasiado. La hizo ablandarse también.

Hiccup no era suyo, no, nunca.

Ese título lo robó una criatura misteriosa, peligrosa y leal.

Astrid no podría compararse con Toothless ni porque un día los dioses decidieran transformarla en dragón.

Toothless era de Hiccup. Hiccup era de Toothless.

Cualquiera lo sabría nada más verlos.

Fueron cinco años los que Astrid luchó para percatarse de eso, porque había pensado que algún día ella sería la número uno.

Se equivocó.

Y por eso, estaban así. Callados, mortificados e hiriéndose, siempre hiriéndose.

—No quiero esto —dice Hiccup, sinceridad impregnada cada sílaba, valor sobreponiéndose a la difícil decisión—. No lo mereces.

—No lo merecemos.

Sí, ninguno quiso eso.

Hiccup sonrió amargamente.

—Informaré que se ha roto nuestro compromiso —pronuncia tratando de sonar casual. Un intento fallido, cabe decir.

—Me parece bien —ella corresponde la sonrisa con una minúscula imitación.

El silencio vuelve a imperar, se estudian mientras tanto, evaluando sus rostros como si fuera la última vez que se verán.

—Te quise —dice sincero—. Si no hubiera conocido a Toothless, quizás…

—No lo digas —le cortó de tajo—. De no ser por él, seguiría pensando que eres patético. Estarías muerto y yo estaría feliz porque estaría un paso más cerca de ser Jefa.

Hiccup se muerde el labio. Tiene razón. Toothless fue quien logró convencer a Astrid, no él. Astrid probó la mieles del cielo por Toothless… sintió celos de sólo pensarlo.

—Bien, eso es todo.

—Sí, eso es todo.

—Adiós, Astrid Hofferson.

—Adiós, Hiccup Haddock III.

Era lo mejor, la decisión correcta. Pero era amarga, mucho.

Hiccup salió del recinto.

Astrid lo vio marcharse.

—¿Estás bien?

Voltea hacia atrás, justo donde una figura se recarga en un poste y sonríe.

—Lo estaré, Eret.


¿Qué tal? Creo que quedó bien, sencillo a mí parecer.