Disclaimer: El universo de Harry Potter pertenece a J.K Rowling.

Este fic ha sido creado para los "Desafíos" del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black" con los objetos "espada de Grryffindor", "ajedrez mágico" y "escoba voladora".

Agradezco especialmente a MeriAnne Black, quien beteó esto.


LA SUERTE ES AMIGA DE LOS LOCOS.

En Las Tres Escobas.

Corro. Expando mis pulmones hasta que estos me reprochan no conseguir más aire en el planeta. Corro hasta escuchar mi corazón brincar estrepitosamente en mi tímpano y sentir mis mejillas teñirse de un rojo carmesí. Mis piernas me reprochan no poder estirarse más logrando un dolor que hala los músculos detrás de mis rodillas. Mientras avanzo con mis respiraciones atropelladas desde el punto en que me aparecí, aparto el aire frío con mis brazos intentando acortar la distancia que me separa de Las Tres Escobas e ignoro las reacciones de mi sistema ante la carrera que estoy realizando porque un único pensamiento los eclipsa, el cual, sin darme cuenta, se me escapa en susurros ahogados.

"Llego tarde, llego tarde… no otra vez. Llego tarde…"

Me detengo e intento normalizar mis respiraciones para luego ingresar al local que tengo frente a mí.

Una sonrisa, esa que nunca escapa de mi rostro, comienza a nadar en mis labios en cuanto entro al local, el cual parece recompensarme este positivismo con un calor reconfortante que envuelve mi cuerpo, encoge mis hombros y me hace esconder mi cuello en ellos en una expresión de regocijo.

Una vez despojada del frío que traía de fuera recorro la estancia con mis ojos saltones, olvidando cualquier prisa que tuviera antes por haber tardado horas en recordar la cita que concerté con mis amigos al saber que no importa cuánto tarde, ellos siempre estarán allí.

Mis pupilas se dilatan como las de un bebé al ver un juguete nuevo cuando doy con sus caras muy al fondo de la taberna.

Ensancho la curva de mis labios e intento abrirme paso entre la gente que atesta el lugar en este día de invierno, pero entonces, los cuerpos que me rodean comienzan a tornarse rígidos hasta dejar de ser personas y convertirse en unos troncos altos y lisos coloreados de un tono cenizo. En este lugar, desde las hojas secas que piso hasta el canto de los pájaros huele a… "hayas", susurro con esa manía de pensar en voz alta.

Parpadeo y la anterior visión es invadida por el lugar que antes ocupaba y ya había olvidado, el cual se estrella frente a mis orbes azules cayendo con estrépito, recordándome con el bullicio de aquellos magos y brujas que existe una realidad y que yo vivo en ella ―aunque aún sin saber si ya la estoy pisando―.

Me sorprendo al darme cuenta de que aun en mi estado de inconsciencia, pude llegar hasta la mesa donde se encuentra el "trío dorado". O debería decir cuarteto dado que mi pelirroja amiga ya no se separa de su prometido, lo que se podría traducir a que ya parecen una bola de pimplys amarrados entre sí, tan unidos unos a otros que casi ni se distinguen sus cuerpos, ni sus vidas. Hago esta observación sin refinarla, ni ponerla en contexto. Tan solo así, pues pienso que si no la digo con la suficiente rapidez esta escapará de mi distraída mente y ya no la podré decir. Sonrío ante las caras de incomprensión que produce mi comentario, tal vez un poco consciente de que no me entendieron pero con la misma ilusión que la adultez no ha podido apagar.

Una vez reanudada la conversación que interrumpí, noto cómo las miradas se desvían a los vasos vacíos que llenan la mesa y me ofrezco a ir por las mágicas bebidas, sabiendo que de no ser así Madam Rosmerta no las traerá hasta mucho más tarde. No espero respuestas y ya tengo las jarras tintineando entre mis manos al unísono con los abalorios y ornamentas extravagantes que me encanta portar y que, unidos, forman una melodía especial ―al menos para mí―.

Ya llevo las cervezas de mantequilla burbujeando rebosantes en sus recipientes y de repente el sonido que me rodea se vuelve a apagar, o tal vez solo cambia de volumen pero sigue siendo el mismo en esencia: los murmullos de algo que se me hace familiar, tan familiar como el bosque en el que ahora me encuentro. Y me ocurre que la película –como aquellas que Hermione me enseñó una vez― se vuelve a reproducir y yo solo debo actuar en ella, repetir las escenas que ya fueron grabadas hace tiempo y que ahora solo debo seguir.

Camino por el bosque, observándolo todo sin demasiado interés porque siento que algo me llama, algo inexplicable y muy dentro de mí que me invita a apresurarme, a avanzar reprimiendo mis instintos de explorar un lugar tan propenso a ser escondite de nargles, Blibblers maravillosos o cualquier criatura inexistente más allá de mi cráneo.

Continúo sintiendo que me acerco cada vez más al epicentro de eso que está por ocurrir y, justo cuando la impaciencia que nunca me invade comienza a escocer en mi cuello, siento repentinamente que he llegado, y la mujer que encuentro a un par de pies de donde estoy parece confirmarlo. Aquel brillo especial que siempre me ilumina al avistar a mi madre atraviesa mi rostro pero una visión lo apaga de súbito y, por primera vez, una sensación me invade acompañada por el terror, logrando un cóctel de sufrimiento: tristeza. Y es que no necesito ratificar si el hechizo que Pandora lanzó contra aquel animal al que llamábamos "Wildorn púrpura" había rebotado contra ella arrebatándole la vida porque mi instinto, ese que nunca me falla, me susurra que efectivamente se encuentra muerta.

En un amago de locura, me embisto hacia ella con todas mis fuerzas, cargando lagrimitas sobre mi pálido rostro y deseando que la desesperación sea suficiente combustible como para llevarme lo más rápido posible junto a su cuerpo. Y choco. Choco estruendosamente por segunda vez con la realidad, pero esta vez no me encuentro con unos rostros sonrientes devolviéndome la mirada sino con uno muy enojado, tal vez un poco triste si se gira ligeramente el rostro y se desentraña más allá ese par de ojos grises ―pienso mientras realizo tal gesto―.

—¡LUNÁTICA!

Este grito apaga momentáneamente los movimientos del pub y atrae las miradas de todos los comensales mejor que un accio pero yo parezco no notarlo y, luego de lanzar una mirada compasiva a la camisa de Draco Malfoy que "tinturé" con las bebidas de mantequilla, saludo a la cabeza de Harry asomada tras los hombros del ex-Slytherin, el cual se acerca a mí oliendo la furia que desataría el dragón tras despertar del aturdimiento producido por el enojo y la humillación que aparentemente le causé.

Pero tal vez Malfoy ha cambiado tras la guerra, o simplemente no le dejé reaccionar, porque ya le estoy dando la espalda y lejos de recibir cualquier otro insulto puedo vislumbrar la sonrisa que los Weasleays desde su mesa me dirigen. Socarrona, cómplice, pero al fin y al cabo sonrisa.

Aunque no puedo sino entrever esos rostros, casi adivino sus gestos, y no alcanzo a ver más porque cuando intento acercarme el panorama se emborrona como si fuese una pintura fresca que alguien ha restregado con sus manos.

Cuando la claridad vuelve a mi vista, me encuentro en un lugar mucho más iluminado y abierto. Es simple, pero guarda una misteriosa belleza. Es tan silencioso… pero aun así parece hablarme y se encuentra muy organizado, aspiro en el aire la sensación de ya haberme encontrado más de una vez en esta situación hasta que luego recuerdo que la palabra "cementerio" encierra las características identificadas y que las amapolas posadas en mis manos son para mi madre.

Mis ojos se dirigen a su tumba pero en el camino se tropiezan con otros que, sintiéndose observados, se desvían. Centro toda mi energía en mi mirada y ante tal insistencia logro que aquellos ojos hielo vuelvan a alzarse, aunque noto que fueron levantados por la arrogancia y que un rayo sardónico relampaguea en sus iris, desafiándome.

Pero la serenidad que flota en el ambiente atraviesa mis párpados y solo alcanzo a asentir pensativamente, analizando el trasfondo de esta muda comunicación cuando el lugar comienza a desaparecer, dejando atrás el olor embriagante a amapolas y miedos infundados mientras se escucha el suave aleteo de una sorpresa atravesando el rostro de Draco. Y no alcanzo a desentrañar a través de esta grieta en su coraza qué le sorprende de mí cuando ya no estoy allí.