One-shot inspirado por la canción de Karmina "All the king´s horses" Recomiendo oír la canción para ambientar la historia.

La desesperación del pelirrojo se incrementaba, evidenciándose por el constante golpeteo en la grupa de su caballo Citrón y sus gruesas gotas de sudor nervioso corriendo por el largo puente de su nariz. La sonata de los dos pares de cascos lo perseguía como si de la muerte en su corcel negro se tratara. Se oía los vozarrones de sus hermanos Lester y Klaus sobre sus capones árabes incitando a Citrón y a su jinete que alcanzara el valioso premio frente a ellos.

Los tres hermanos Westergard habían escapado de los quehaceres reales y de sus padres hacia las montañas nevadas, bastante lejos de los fiordos de aguas cristalinas. Habían decidido salir de caza y jamás se esperaron encontrar con aquella rareza impresionante.

Klaus Westergaard lo descubrió cuando sacaba a un conejo de su madriguera, agonizando luego de que sus perros lebreles de caza le desollaran el gaznate. Elegante y sereno, aquel bello espécimen con su delicado andar de toques mágicos, se acercaba a un leve riachuelo a beber agua fresca. De inmediato fue a contarles lo que había apreciado a sus dos hermanos menores. Como era obvio, ninguno de los dos fue capaz de tragarse sus palabras y lo tacharon de mentiroso. Aún así, no esperaban oír el bullicio de los lebreles al localizar a una criatura más grande traspasar la tundra a paso veloz. Y allí, los tres hermanos apreciaron al ciervo blanco que los pueblerinos habían bautizado como "Fantasma".

Hans fue el primero en correr hasta su caballo que bebía de un riachuelo y espolear los costados del mismo para que éste avanzara a galope tras el ciervo. Sus hermanos tocaron el silbato para llamar a la jauría de lebreles, quienes veloces como el viento gélido, aparecieron entre el follaje aullando y persiguiendo a los caballos de sus amos.

Aquel animal era bastante veloz, era bastante probable que los cazadores fueran incapaces de atraparlo si no hubiera sido por la impresionante puntería de Hans que, con su imponente ballesta, había asestado una flecha en la zona de cruz del ciervo, haciéndole soltar un balido de agonía que resonó hasta en las copas de los gigantescas hayas y abetos.

Citrón fue disminuyendo el paso a medida que avanzaban por zonas más escarpadas de la alta montaña dejando al jinete sin la vista de su gran premio, solo precedida por un brillante rastro rojizo. Ya no se oían los gritos de sus hermanos ni los chillidos de los perros, solo el lejano sonido de los cascos de su caballo y a la vez, los lentos pasos del ciervo entre la nieve.

Hans bajó de Citrón y se aventuró entre el follaje, con la imponente ballesta lista para atacar. Sabía que el animal no había ido muy lejos, la sangre aún palpitaba entre la blancura de la nieve. Trataba de no hacer mucho ruido al crujir la nieve bajo sus botas negras. En la lejanía, oyó l bramido del ciervo y Hans no pudo evitar sonreír con malicia.

La imagen era desgarradora. El pulcro pelaje blanco del animal estaba teñido de granate, arruinado por esa maldita flecha. Aún se mantenía en pie, con la mirada asustada pese al gigantesco muro de hielo que le impedía huir. Sus finos oídos captaron el ruido del cazador aproximándose y bramó enfurecido esbozando su imponente cornamenta al enemigo mientras levantaba chubascos de nieve con sus potentes patas.

El cazador continuaba apuntando al animal mientras poco a poco se acercaba. Intentaba apuntar con perfección al corazón, ya quería acabar con aquello.

El viento azuzaba con fuerza sus cabellos mientras cazador y bestia no desconectaban sus miradas el uno del otro. Esperaban el momento justo para atacar. Aún así, el ciervo sabía que tenía desventaja y, con un seco golpe, cayó sobre su estómago con un gutural chillido. La flecha lo mataba poco a poco, pues Hans se había cerciorado de envenenarlas antes de salir del castillo.

El dolor era innenarrable para el ciervo, a lo que su cazador se alejó con júbilo corriendo hacia su caballo, necesitaba las herramientas necesarias para acabar con aquello y sabía perfectamente que el animal no huiría del lugar. El ciervo estaba acabado...

Aún así, corrió y corrió por el bosque y sintió que transitaba en círculos. Siempre regresaba a aquel claro del bosque donde el ciervo se hallaba. Repitió varias veces y nada, todo seguía absolutamente igual.

De una maravilla innata, se percató que el ciervo enorme había desaparecido y en su lugar, una joven se arrancaba con sus manos heridas y amoratadas la flecha de entre su carne con una mueca de dolor en el rostro. La sangre le bañaba el hombro y el torso, salpicándole en el rostro de casi invisibles pecas y su cabello eslavo caía sobre sus hombros de manera irregular, con algunas secciones en pegotes por la sangre que salía de su herida a borbotones. Hans se acercó a la joven, su rostro cubierto por sangre y furia en sus cerúleos ojos a lo que el viento comenzaba a congelarle los huesos de una manera espantosa.

Y de allí, un séquito de mariposas blancas lo envolvió en una nube de dolor y agonía. La joven herida sonreía mientras su pecho subía y bajaba esperando su paz. Otro grupo de insectos habían comenzado a posársele en su herida, bebiendo de su sangre y su esencia.

Hans espantaba a aquellos molestos bichos desesperadamente, mientras sentía como al posar sus patas sobre su piel, esta le ardía y quemaba. Gritó de dolor, y sus hermanos, que no se encontraban lejos de allí, corrieron a auxiliarle.

Lo único que lograron encontrar fue una magistral marca de sangre entre la nieve y el uniforme rasgado de su hermano menor.

¿Qué le había sucedido a Hans Westergaard?

Los lebreles aullaron y gruñeron al percibir la presencia nuevamente de una presa. Klaus y Lester levantaron sus cabezas para reconocer a lo que los perros le ladraban.

-Oye Klaus, ¿El ciervo que perseguíamos no era blanco como la nieve?

-Pues sí, no entiendo por qué está ese ciervo rojo en la cima de la montaña.

Una presencia envuelta en mariposas se acercó detrás de ambos jóvenes. Su rostro hundido entre una gruesa túnica blanca ocultando su bella desnudez que se entremezclaba con la nieve. Sus ojos cerúleos no necesitaban presentación.

-¿Alguna vez han oído de la leyenda de las mariposas que no se les congelan las alas en el invierno y a la vez beben sangre en vez de néctar?

Los dos hermanos quedaron estupefactos, no sabían si era por la belleza de la misteriosa joven, por el aullido agónico de los perros o por el gigantesco lobo blanco que mostraba sus brillantes colmillos a los extraños.

Lo más sorprendente era que aquel lobo estaba conformado de mariposas blancas...