Disclaimer: Vamos, ya es bastante claro que HTTYD no me pertenece, ¿no? ¿Acaso creen que si fuera mío, los amenazaría con la pedorrada de hacer crecer a todos y que tengan una posible descendencia? No, amores, no soy tan cruel.

Advertencias: Crack-pairing. Post-Muerte de todos los personajes.

Pareja: Furious/Ruffnut.

Aclaración: Respuesta Tres al Reto #6 de Caldo de Toothcup para el Alma.

N/A: ¡Hola a todos! Pues algo que no me animaba a terminar, pero que al final me dije: ¡Anda, hazlo! Y acá el resultado. Como sea, sólo este capítulo responde al reto, pero he subido los otros dos y éste en un solo fic porque creo que lo merece. Me base un piquín en la creación de Comunión del fic Munr de Asmos para cierta escenita, así que todo crédito por soul-sex o parecidos a ella ;)


-oooo-

Capítulo Tres

Verás

-oooo-


"Ya lo verás, será mi gloria personal, nadie ni tú, me la podrán quitar"

—Madonna, Verás.


No se movió ni un centímetro cuando la sangre salpicó a su alrededor, empapando su piel y ropas. Nada se reflejó en sus ojos, indiferente a la masacre que se realizaba.

¿Así que la había encontrado?... de nuevo.

Miró de reojo la plasta amorfa y rojiza que quedó a su lado, lo que antes fue su amante humano quedó reducido a nada por la precisa garra de Furious. Escuchó los gritos desgarradores de aquel pequeño pueblo de bárbaros, donde se había refugiado hace una semana. Pudo ver todo sin siquiera levantarse. Sabía cuál era el destino de todos ahí, ya antes había probado la desgracia dirigida a su propio pueblo, ahora caía sobre inocentes, personas que habían sido demasiado amables con ella. También había contribuido su propio egoísmo y rebeldía, lo que llevó a la ruina a cualquiera que se le acercara.

Los lamentos se oían cada vez más lejanos, pero su eco resonaba por todas partes. Una justa venganza, torturarla con la tristeza por haberlos destruido. No que le importara, realmente. Si había ecos dolorosos que la atormentaran, sin duda, eran los de Berk. En la masacre de su Tribu, había probado el sabor de la derrota máxima y cualquier otro dolor perecía en comparación.

Su alma rugió en protesta, reclamando la injusticia que estaba acometiendo su nuevo contenedor contra su antiguo amante, pero la ignoró simplemente.

A su nariz llegó el olor a carne, madera y roca chamuscadas, mareándola un poco. Le parecía extraño desarrollar indiferencia al dolor, pero no al pestilente aroma. Probablemente, porque le recordaba al olor despedido del cuerpo de Tuffnut al ser consumido por el fuego lanzado de las catapultas Berserk.

Podía verlo claramente frente a ella, incluso en ese momento. La rubia cabellera de Tuffnut Thorston vaporizándose junto con sus bromas y su tendencia a confortarla en sus noches de pesadillas, cuando soñaba una vida que no era la de ella.

—Tuff… —musitó quedamente. Aunque probablemente, Tuffnut reprobaría su comportamiento actual.

Pero no podía evitarlo. Necesitaba tanto mostrar que no estaba atada, que ella no era él, que permanecer siempre encerrada en esa grande caverna la estaba matando. Por eso, había planeado escapar.

Su plan fue simple debido a su limitada capacidad para pensar con detalle. Había un conducto subterráneo en la caverna, sumergido a la mitad por agua. Ruffnut apenas pudo explorarlo, requirió de ayuda externa, una desconocida para Furious. El Seadragonus creyó haber destruido cualquiera de sus vínculos, pero no fue así. Ruffnut tenía un fiel aliado afuera, que había llegado hasta a ella por la misma abertura y que la ayudó a huir.

Scauldy mostró ser su soporte durante esos meses, visitándola el tiempo suficiente para no dejar rastro y llevándole noticias del mundo exterior. Fue por Scauldy, que Ruffnut se enteró que Furious se había desechó de Dagur en cuanto el Berserk tuvo la idea de usarlo para conquistar todo el Wilderwest.

Fue una lástima, Ruffnut había deseado cortarle la garganta ella misma.

Con la ayuda de Scauldy, Ruffnut logró salir y en cuanto probó la verdadera libertad después de tanto tiempo, su alma (la parte que le pertenecía) gritó en euforia, contrariamente a la agonía de la otra parte.

Ruffnut lo sintió una venganza suficiente para Hiccup II, saber que podía causarle dolor con irse lejos de Furious.

«No tenía nada contra ti, ni siquiera te conocía», juraba en cada momento que percibía al alma de Hiccup II llorar, «pero me quebraste… tú y Furious, me quebraron. Son egoístas, ustedes ganaron mientras yo perdí todo».

Luego, pidió al Scauldron llevarla lo más lejos posible, donde ambos estuvieran fuera del alcance de Furious. Scauldy la llevó a una isla donde un diminuto pueblo sin nombre, sus habitantes poco conocían de armas y guerras aunque se denominaran vikingos. Le brindaron ropa nueva, la alimentaron, le dieron su propia choza y baños calientes… incluso, se deleitó con las miradas veladas de deseos de algunos hombres, que no habían conocido nunca antes una vikinga de verdad.

Ruffnut casi se sintió culpable al ver el cuerpo destrozado de quien hubiera sido su amante, Furious lo había destrozado antes de consumar cualquiera cosa. Pudo notar que el Seadragonus había sido especialmente cruel con aquel fuereño.

Rodó los ojos con hastío, asombrándose de su posesividad. ¿Acaso así había sido con Hiccup II? Lo dudaba, algo le decía que no, que Furious no era esta enorme criatura rota y enloquecida. Ruffnut se abofeteó mentalmente asustada por su descubrimiento, pues se preguntaba en qué momento empezó a preocuparse por la estabilidad del Seadragonus.

Debía ser cosa del alma de Hiccup II, seguramente.

Cuando pudo percatarse del silencio, Ruffnut supo que todo había terminado. Soltando un suspiro de profunda resignación, se levantó sin importarle limpiar la sangre y el polvo, sabía que Furious insistiría en ser el mismo quien borrara la mancha de otros. De nuevo, Ruffnut se volvió a cuestionar por qué le interesaba tanto su placer.

No tuvo que caminar mucho para dar con él, era tan inmenso y la isla tan pequeña que era inevitable. Lo encontró aplastando los restos de una granja, Ruffnut recordaba que la dueña le había regalado el pantalón y blusa que vestía. Era una señora muy amable…

—Qué pésimo carácter tienes, en serio —llegó la burla por parte de Ruffnut, sus labios estirándose en una cruel sonrisa—. ¿Acaso tengo que pedirte permiso para salir, Jefe? No recuerdo que ha Hiccup II le prohibieras algo…

Un golpe bajo. La mejor forma de quebrantar a un Seadragonus. Recurre a los recuerdos. Úsalos. Y destrúyelo.

—¿Te has quedado sin palabras? Oh, qué sorpresa. Veo que ya no insistes en refutarme que no me comporto como Hiccup II. Bien, parece que vamos progresando y…

Su boca se detuvo al mismo tiempo que su corazón. Su cuerpo tembló, esta vez no por Comunión, ni por placer… Fue puro miedo. Sus irises azules se petrificaron en pavor al ver que sostenía las garras delanteras de Furious.

—¡Scauldy!

Ruffnut corrió con todas sus fuerzas, moviendo sus brazos escandalosamente para llamar al dragón. ¿Cómo Furious había dado con él? ¡Le había ordenado irse cuando la dejó en la isla! Scauldy no quiso, pero insistió. Ruffnut sabía que estaría en peligro si estaba cerca de ella, y podía dejar morir a todo un pueblo, pero no a Scauldy.

—¡Suéltalo! —rogó histérica. Notando que el Scauldron estaba débil, y apenas podía mantenerse despierto.

Sus ruegos fueron desatendidos cuando la falange vacía de Furious cayó sobre ella, encerrándola en una jaula de garras, mientras que la que sostenía a Scauldy golpeaba el suelo, a una distancia considerable.

—¡Scauldy! —gimió Ruffnut peleando por salir de su prisión, estirando su brazo para tratar de tocarlo.

El Scauldron imitó la acción con agónicas fuerzas, emitió gorgoteos lastimeros que pretendían calmar a su jinete (porque Ruffnut siempre sería su jinete, por mucho que Barf y Belch le hayan indicado lo contrario). Cantó una canción muy conocida para ella, y fue cuando la emoción ganó y su máscara impertinente cayó.

Pensó que su espíritu había acaecido, no se dio cuenta que Scauldy guardaba otra parte de su ser; una que la distinguiría de todos los jinetes, una que la hacía el contenedor perfecto para el alma de Hiccup II, en vez de su hermano Tuffnut.

No podía simplemente abandonar a un dragón cuando lo veía sufrir.

Furious la estudió desde la altura, deduciendo qué era el silencio que imperaba. Estaba molesto por la maldita impertinencia de esa chiquilla, que con sus berrinches torturaba su alma y la de Hiccup II. ¿Cuántas veces Ruffnut lo había enfrentado? Demasiadas, incluso cuando pensaba que la tenía, Ruffnut siempre se alejaba.

Cuando escapó, tocó por fin el límite de Furious. No encontrarla en la caverna fue el punto final, la guinda del pastel que había evocado un deseo infructuoso por destruir el alma de la chica y que sólo quedaran los pedazos de la de Hiccup II. Le daría lo que tanto quería.

No tardó en encontrarla guiado por el lazo, burlándose de la estupidez de su plan, pues seguramente Ruffnut no había tomado en cuenta esto. Qué tonta. Hiccup II había sido un buen guerrero el corto lapso de su vida, un revolucionario brillante, cuya alma había terminado en un contenedor torpe. Y eso le dio la pista para deducir otra cosa. Ruffnut no lo había hecho sola. Furious hizo un esfuerzo monumental de su sentido del olfato para hallar el aroma de la chica en escamas ajenas.

Fácilmente dio con Scauldy. Estaba a varios kilómetros lejos de donde Ruffnut. Capturarlo fue pescado comido, y lo había llevado con él, para darle una lección a Ruffnut.

Había esperado que ella actuara indiferente, que se abandonara a la idea de perder al Scauldron…

Lo que obtuvo a cambio, no pudo haberlo predicho por más talento que tuviera en premoniciones.

—Por favor… por favor, déjalo ir —voz quebrada, manos temblorosas—. No le hagas daño, no a Scauldy. Por favor, por favor… ¡por favor!

No había lágrimas, en su lugar, una expresión de tremenda desesperación encogió el corazón de Furious, el dolor de la posible pérdida plasmada en sus ojos le recordó a sí mismo, cuando le habían arrebatado a su hermano, a su amado.

—Por favor —repitió Ruffnut pensando que no la oía—. Hazme lo que quieras, destrúyeme si lo prefieres, pero deja a Scauldy en paz.

«¿Por qué?», la pregunta taladró los alrededores por su potente voz.

Ruffnut siguió rogando.

Furious se inclinó hasta que su cabeza quedó cerca. Observó con recelo aquella unión, aquel pequeñísimo y profundo lazo que unía el alma de Ruffnut (esta vez, el alma de ella) con la del Scauldron. Se sintió inexplicablemente traicionado, aunque no supo por quién de los dos.

—Déjalo ir, por favor —siguió Ruffnut sin haberse percatado—. Haré lo que quieras. No huiré más… pero, por favor, deja ir a Scauldy.

Era asquerosamente conmovedora la forma en que suplicaba. Se veía pequeña, débil y perdida… muy diferente a como Hiccup II era, incluso a lo que ella era, lo que Furious había conocido en sus meses de convivencia. Ésta figura reducida y encorvada no era lo que Furious se empeñaba en aislar.

Furious quiso cuestionarla de nuevo, pero se detuvo por Scauldy. No quería compartir nada acerca de su vínculo con Ruffnut y su alma, con el Scauldron. Así que los dejó libres, ante la anonadada y agradecida mirada de Ruffnut.

—¡Scauldy! —tan pronto como se vio liberada, corrió hacia el convaleciente dragón. Verificó su estado aliviándose al encontrar heridas leves y algunos huesos rotos—. Perdóname, te metí en este lío por mi torpeza.

Debilitado, él dragón intentó hacer un gesto para consolarla, pero moverse era difícil, y pronto descubrió que su ala estaba rota. De nuevo.

—Oh, no.

Ruffnut tenía que hacer algo. Estaba segura que no volvería a verlo, así que debía ayudarlo ahora, cuando Furious le estaba dando la oportunidad. Aunque no era eso lo que detenía a Furious de llevársela, sino algo más.

Pues cuando Ruffnut comenzó a reunir tablas y sogas de los escombros para entablar a Scauldy, fue atacado por un recuerdo. No fue a Ruffnut a quien vio atender al Scauldron, vio a Hiccup II vendándole un ala a él en el pasado.

Ruffnut casi terminaba, y como la última vez, las sogas no habían bastado. Nada problemático, encontró un cuchillo oxidado y trozó de nuevo sus trenzas, aplicándolas en el nudo y asegurando que no se deshicieran.

El trabajo estaba hecho.

Era el momento del adiós.

«Nos volveremos a ver, Ruffnut», prometió Scauldy a pesar del miedo que le provocaba el Seadragonus, y la certeza de que si la buscaba de nuevo lo mataría.

Ruffnut emitió una débil sonrisa.

—Descansa, Scauldy —recomendó juntando sus frentes.

Fue el momento en que Furious optó por tomarla, cargándola simplemente en entre sus garras. Ruffnut no dijo nada, y eso lo enfadó. ¿A dónde había ido la impertinencia? ¿Dónde quedó la valkiria desterrada que le haría la vida incómoda, para demostrarle que no había ganado?

Patética humana. Pésimo contenedor. Hiccup II nunca fue tan débil, siempre se había presentado con una libertad encantadora y una fe inquebrantable.

Ver a su sucesora tan permisiva le supo mal.

Había que cambiar eso, y sabía cómo hacerlo.

De vuelta en la privacidad de la caverna, Furious la colocó con extremo cuidado en la superficie plana. Como la primera vez, Ruffnut parecía una muñeca de trapo… rota, muy rota. Probablemente la despedida con el Scauldron había sido una aceptación final a su destino. Si era así, ¿por qué luchar en contra, cuando la mitad de su alma prácticamente suplicaba estar con Furious?

Recostada sin vida, observó a su muñeca con el cabello corto. Parecía un muchacho con ese pantalón azul y esa blusa verde. Ahora sí lucía como Hiccup II, y por un mísero segundo, eso agrió el paladar de Furious.

«Patético», rugió bajamente el Seadragonus. «¿A dónde se ha ido tu fuerza? Bastó con jugar con aquel Scauldron para derrumbarte. Ni un contenedor digno, puedes ser…».

Su falta de respuesta estaba molestándolo. Bramó con irritación, y su cara inmensa quedó frente al cuerpecito vacío. Hasta el alma de Hiccup II había callado al sentir el dolor de su paralela. Al parecer, los dos se habían percatado del error. No obstante, lo hecho, hecho estaba y no podía volver el tiempo atrás.

Aun así, sus siguientes palabras no gozaron de amabilidad, aquella particularidad se había evaporado para siempre y subsistía una mera paciencia.

«Levántate».

La orden fue acompañada de un toque tentativo, y una mirada imperativa.

Cero reacción. Ruffnut ni parpadeó.

«Levántate, he dicho», reiteró la demanda, cada vez más iracundo. Podría aplastarla con facilidad, sólo con dejar caer su hocico sobre ella.

Un movimiento, no físico, sino espiritual, fue percibido.

Oh, ¿así que su alma todavía peleaba? Sorprendente, teniendo en cuenta que estaba tan rota como la de él.

Furious incluso pudo escuchar el alma de Hiccup II cantar, llamando esta vez a su contenedor y proporcionándole el consuelo que nunca le había dado, a pesar de estar unidos desde el nacimiento.

Por instinto, Furious supo que debía hacer. Cerró los ojos, y dejó que sus fosas nasales descansasen cerca del regazo de la chica, cubriéndola por completo. Ante el vapor exhalado, Ruffnut reaccionó con un suave jadeo, ambas almas en su interior moviéndose inquietas. En cuanto percibió las vibraciones del espíritu de Furious entrando en contacto, fue como haber despertado de golpe.

Agitación.

Reconocimiento.

Un alma sonrió ante la conexión, la otra estaba reticente y muy herida. Ésa fue la que trató con fuerza de atrapar, aquellos hilos marchitos cubriendo un cementerio inmenso. Ruffnut gritó a todo pulmón cuando una parte quedó descubierta ante la inquisición, y sacando energía de quien sabe dónde intentó golpearlo lejos.

Ah, ahora lo comprendía mucho mejor.

Lo pudo ver bien, una figura impregnando la esencia de la chica. ¿Quién habría dicho que un cuerpo podría albergar dos almas con una conexión especial cada una? Hiccup II con Furious. Ruffnut I con un tal Cloudjumper. Con la claridad del agua, pudo apreciar las raíces de la unión, meramente superficial por suerte. No se había desarrollado más, y por eso Ruffnut había estado muriendo lentamente.

Sálvala. Sálvala, Furious.

«No eres tú».

Al final, somos uno, ella y yo, hermano.

Furious sólo pudo aceptar. Sin esfuerzo, usó todo su espíritu para terminar de cortar el viejo vínculo y plantar uno nuevo con él como extremo receptor. Quitó malezas de las tumbas, despejó el cielo y sembró su semilla ahí en el punto exacto donde ambas almas convivían. La renovación no era algo 100% seguro, pero Furious fue cuidadoso y sus pedazos, irónicamente, sirvieron como firme base.

Un grito, similar al de un bebé recién nacido, escapó por la boca de Ruffnut.

Y sin saber cómo actuar, hizo lo más instintivo. Buscó el calor familiar de Furious y se abrigó con él.

—¿P… P-Por… q-qué? —apenas pudo pronunciar entre la ola de sensaciones que vivía. Estaba mareada, eufórica, agitada, adormilada, desesperada, enfurecida, feliz, triste—. D… D… D-Dime…

Furious se acercó más, sabiendo lo que necesitaba en ese momento.

«No tengo que responderte».

Temblando, Ruffnut trató por volver a formular una pregunta, pero era dificilísimo. Tantas emociones le golpeaban al mismo tiempo.

Tranquila. Todo estará bien.

Dejó de respirar un momento al escuchar esa voz. Juró que unos brazos invisibles las habían estrechado, y sintió que alguien había sonreído.

.Sólo tú podías ser mi contenedor.

Y en un parpadeo, imágenes centelleantes se le aparecieron. Prácticas y concisas. Fishlegs Ingerman no era candidata por su sangre Berserk. Astrid Hofferson ya era la reencarnación de Chinhilda. Camicazi y Heather no eran Hairy Hooligans, y su apreciación por los dragones no fue algo inherente, sino aprendido. Mientras que Snotlout era demasiado parecido a su padre para que Hiccup II sintiera una conexión. Al final, los Thorston fueron elegidos, pero el alma de Tuffnut no le dio la bienvenida porque algo lo impedía (el mismo espíritu de Snotlout, había reclamado al mellizo cuando eran bebés), y Ruffnut fue su mejor opción. La mejor que pudo tomar, aunque eso lo vio con el tiempo.

Ruffnut era tonta, poco refinada y una amante del desastre, pero también era rebelde, astuta y compasiva. De todos los jinetes, era la única que no había optado por abandonar a un dragón.

—M-Mal… Maldito Hadd-ddock —espetó rechinando los dientes—… pesadillas… yo… Tuff… no… no sabía que… que era.

Hablar era difícil y Ruffnut prefirió callarse para guardar energías.

El Seadragonus optó por reposar su cabeza al lado, mirándola de reojo. Exteriormente aparentaba no estar afectado. Interiormente estaba agotado. Con pereza, su enorme ala los cubrió y sin decir más, sólo sintiendo los lazos afianzados con aquellas dos almas, durmió por horas.

Un sueño sin pesadillas, donde había logrado detener la espada de Grimbeard, y Hiccup había tomado el trono y muerto de viejo. Y Furious, después de años cuidando lo que habían construido, se encontraba con una pequeñita de ojos azules, cabello rubio y llena de pecas…

Al despertar, Ruffnut no estaba. Esta vez, Furious no se frustró, lo había esperado si era sincero. Pero ella no se había ido, sintiéndola a través del vínculo, Furious la encontró fuera de la caverna con la vista fija hacia el mar.

—Es raro —empezó ella sin voltearse—. Después de todo lo qué pasó, de todo lo que descubrí, sigo confundida…

Las brisas frescas mecieron su cabello cortito. Furious extrañaba esas grandes trenzas.

—… me sanaste. Me… —tragó grueso—… no sé cómo explicarlo. Me da jaqueca de sólo pensar. Lo único de lo que tengo certeza es que te sigo odiando…

El hocico de Furious rozó la diminuta espalda, y ella volteó para tocarlo.

—Pero también, te necesito… Te necesito, Furious. ¿Qué me has hecho, maldito demente? Si cierro los ojos, lo único que veo eres tú.

«Tendrás que acostumbrarte. Es algo irreversible».

Ruffnut sonrió débilmente.

—Lo sé, pero eso no significa que lo acepte totalmente. Ya lo había dicho, esto sigue siendo un juego y yo no perderé. Hasta que no sepa cómo quitarte de mis pensamientos, escaparé por siempre de ti.

Furious también sonrió. La primera vez desde que lo conoció. La verdad ya lo había visto venir, y como lo predijo, él no se interpondría.

«Entonces, yo te perseguiré por siempre, Ruffnut».

Escuchar su nombre de él la hizo sentir débil, a punto de renunciar, pero no sería así. No podía perdonarlo simplemente, a menos de que encontrara una excusa que le bastara para hacerlo.

Hasta entonces, huirá por todo el Wilderwest y probablemente por todo el mundo.


Pues eso es todo, y ya, porque se me secó el cerebro XD. Bueno, también me dio para un cachito más, con leve mención de HiccupI/Wodensfang :D


Bonos extra.

El llamado.

Esa mañana Ruffnut se despertó de golpe. Su cuerpo fue recorrido por una sensación extraña, mezcla de calor y frío. Automáticamente se levantó, musgo y hierba cayendo al piso, mezclándose con la improvisada cama,

En rápidos pasos llegó hacia el recoveco que guardaba una pequeña cascada de aguas cristalinas que podían usarse como espejo. Sin esperar, se admiró detallando su figura.

Las finas curvas de sus caderas, sus henchidos pechos, sus delgados brazos y piernas… su examen no estuvo listo hasta que tocó por sí misma la ligera curva que se marcaba en su vientre. Primero sus yemas palparon la superficie lisa, suave y repentinamente dura, luego sus dos manos cubrieron el descubrimiento tanteando la dura verdad.

No podía ser verdad.

Era imposible, totalmente improbable. ¿Cómo podría haber pasado, si sus cuerpos no se habían ensamblado? Habían sido encuentros tan exquisitos, como impredecibles, y no podía creer lo que le estaba sucediendo.

Algo dentro de ella se movió, como si quisiera asegurarle que estaba ahí.

Ruffnut tembló sin dejar de sostener su vientre. Recordó que Hiccup y Toothless lo habían intentado con baja probabilidad de ocurrencia, y ella junto a Snotlout y Tuffnut se habían bufado de él, diciéndole que su jefe siempre era ambicioso (nada mal intencionado, sólo creían que Hiccup estaba loco). Quién habría dicho que la burla se volvería en su contra y ahora ocupara un estado que por mucho tiempo Hiccup había anhelado.

Estaba embarazada.

En su vientre se gestaba la vida de un niño… hijo de ella y de Furious.

—No puede ser —de nuevo, rozó con las yemas de sus dedos su vientre, contemplando la posibilidad.

No había pensado en ser madre nunca, no era algo que le atrajera de momento. Ahora con 27 años, la posibilidad sonaba tan dulce como amarga. Acarició suavemente la textura lisa, imaginándose qué clase de bebés saldrían.

—Aunque… no serían feos. Furious no está nada mal —admitió con una sonrisa contemplativa.

Algo la hizo voltearse de pronto, observando la entrada de la cueva como si esperase que alguien entrara. Su vínculo con Furious le indicaba que no estaba cerca, Ruffnut se había ocultado en una cueva en los desiertos de Arabia Saudita, y los Seadragonus no podían soportar mucho tiempo esos climas. No obstante, seguía esa sensación, de algo llamando… pero no a ella.

Por fin. Te encontré.

Ruffnut se tensó, esa voz no la conocía. Su miedo incrementó cuando pudo oír otra voz, pequeña y segura, provenir de su vientre.

Ven. Ven. Te estoy esperando.