Disclaimer: El mundo del potterverso pertenece a J.K Rowling. La magia hispanii es propiedad de Sorg-Esp. Yo solo uso las dos cosas para ampliar este "mundillo" y divertirme.

Este fic participa en el reto: " Educando Niños Mágicos" del Foro de la Expansiones.

Cosas de críos

El sol se filtraba ligeramente por la persiana mal cerrada cuando la alarma del despertador, que señalaba las seis y media de la mañana en su pequeña pantallita, retumbó por toda la habitación.

Alba se despertó sobresaltada, sin poder creerse que ya hubieran pasado siete horas desde que se había acostado, a ella le parecía que solo habían pasado quince minutos. Sin poder mantener los ojos abiertos, comprobó la hora en el reloj de pulsera que descansaba en su mesilla de noche. Éste estaba de acuerdo con su compañero, así que no le quedaba más remedio que levantarse, eran las seis y media.

Estuvo tentada a dejar su entrenamiento diario y volver a meterse entre sus sábanas calentitas, pero haciendo acopio de una enorme fuerza de voluntad desechó la idea. El domingo anterior había sucumbido a la tentación, y estaba claro que no podía dejar de entrenar los fines de semana solo por el mero hecho de tener que madrugar.

Rápidamente y ayudándose de su varita para sacar y colocar las cosas se vistió con un chándal e hizo la cama, para luego salir por la puerta principal con su escoba al hombro. Una vez fuera se desapareció para aparecerse en una solitaria playa.

El aire soplaba con fuerza y el mar Cantábrico se revolvía con sus gigantescas olas. A pesar de esto, Alba volaba por encima del mar, sujeta firmemente al palo de su escoba, haciendo complicadas piruetas, giros bruscos y repentinos cambios de dirección.

Aunque la nariz le ardía de frío y tenía las manos entumecidas, se sentía feliz y en forma. Mientras volaba se imaginaba a ella misma en un campo de quidditch abarrotado de gente, vestida con la túnica rojiblanca de su equipo y anotando espectaculares tantos. Ahora solo era una ilusión, pero quizás dentro de unos meses pudiera empezar su andadura para llegar a ser jugadora de quidditch profesional. Solo tenía que superar las pruebas del equipo de su ciudad, precisamente por este motivo no podía dejar de entrenar ni un solo día.

Suspirando descendió en picado y de un salto aterrizó de forma perfecta en la arena. Era la hora de volver a casa, si no lo hacía llegaría tarde a la schola.

Con un ligero clic se apareció en la puerta de su edificio, se dio una ducha rápida y mientras desayunaba un café con galletas aprovechó para revisar en su agenda lo que iba a hacer ese día con los pequeños en clase. Diez minutos después utilizaba la red glu para llegar a la schola.

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—Si no te tomas el cola-cao de una vez llegaremos tarde

Jaime revolvía con su cuchara el líquido amarronado una y otra vez, pero no bebía nada, así que la taza seguía igual de llena que cuando su madre la había puesto en la mesa hacía ya diez minutos.

—Es que no tengo ganas—protestó el pequeño—además está frío

—Y cómo quieres que esté, si llevas más de media hora contemplándolo—le espetó su madre, al tiempo que le calentaba la taza con un sencillo movimiento de varita.

— ¡Cómo mola! ¡Me encanta ese hechizo, tienes que enseñármelo!

—Si no llegaras siempre tarde a la schola seguro que te daría tiempo a aprender muchas más cosas— le replicó su madre perdiendo la paciencia.

Jaime apresuró su cola cao y miró a su madre con los ojos muy abiertos.

—Voy a coger mis cosas— de un salto se bajó de la mesa y corrió a su habitación, mientras tanto su madre terminaba de vestir al pequeño Tomás que con solo un año de edad había decidido que los zapatos que su madre trataba de calzarle no eran de su agrado.

Jaime corrió por el pasillo en dirección a su habitación, pero al pasar por el cuarto de sus padres una caja de cartón que reposaba en el suelo llamó su atención. Muerto de curiosidad penetró en la estancia y se puso a revolver en la caja. Enseguida comprendió que todos los cachivaches que allí había eran las cosas de la bisa, aunque Jaime no la había conocido demasiado, sabía que había muerto hacía poco, él mismo había ido al entierro y se había comportado como un niño mayor.

Jaime metió las dos manos en la caja mientras buscaba algo interesante que poder enseñarle a sus compañeros de clase.

— ¿Se puede saber qué haces? Coge tu mochila y ven aquí enseguida—le gritó la madre que en ese momento se encontraba sentando a Tomás en su sillita del coche, en el garaje.

Jaime vislumbró la varita de su bisabuela debajo de un montón de papeles, la extrajo de la caja y mirándola con fascinación la metió en su mochila al lado de su propia varita. Seguro que con esa varita iba a poder hacer todos los hechizos que hacían los mayores, sería la envidia de sus compañeros.

Segundos después corría hacía el coche donde ya le esperaban su madre y su hermano.

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Cuando Alba entró en clase, un montón de niños hablaban y jugaban entre ellos mientras colgaban los abrigos en las perchas.

—Buenos días

—Buenos días— respondieron los pocos alumnos que la habían oído.

Alba esperó pacientemente a que los niños terminaran de prepararse y luego dando dos palmadas y subiendo el tono de voz anunció:

—Cada uno a su sitio.

Casi todos los niños se apresuraron a obedecer, pero tres de ellos estaban tan concentrados hablando de sus cosas en una esquina del aula que no le hicieron ni el menor caso.

—Luis, Jaime e Isaac ¿Qué acabo de decir?—preguntó firmemente

Los tres niños levantaron la cabeza en dirección a la profesora y al ver que todos sus compañeros estaban sentados se apresuraron a ocupar sus pupitres.

—Buenos días—volvió a saludar Alba

—Buenos días—le respondieron todos a coro.

— ¿Habéis traído las autorizaciones para la excursión de mañana?

La respuesta a esta pregunta fue variada, desde un "sí" hasta un "no", pasando por "se me olvidó" o "¿había que traerla?"

La profesora volvió a dar dos palmadas para restaurar el orden y comenzó la lección.

—Os voy a ir pasando una ficha que tendréis que ir haciendo mientras os voy llamando uno a uno a mi mesa para que me enseñéis la autorización.

—Yo no quiero hacer una ficha—protestó una niña

—Yo tampoco—le secundó otro

—Yo lo que quiero es hacer magia de verdad—replicó Jaime

Pronto veinte voces expresaban sus opiniones simultáneamente mientras elevaban el tono de voz para hacerse oír entre los demás.

— ¡Me parce que voy a suspender la excursión al campo de quidditch de mañana!—gritó la profesora.

Como si hubiera usado un hechizo silenciador todos los niños cerraron la boca al instante. La profesora sacó un montón de folios de uno de los cajones de su mesa y con un toque de varita hizo que se repartieran solos entre sus alumnos.

Cinco minutos después los niños unían los nombres de los hechizos con sus efectos y coloreaban unas manos con unas varitas que mostraban los movimientos que había que hacer para realizar cada encantamiento. Mientras tanto Alba iba llamando uno a uno a sus alumnos para que le mostraran sus autorizaciones, cuando estos se las traían, ella les apuntaba en su libreta. Muy a su pesar los que no tuvieran autorización no podrían ir al campo de quidditch el domingo sino que tendrían que quedarse en la schola.

—Natalia tráeme tu autorización por favor.

Natalia se levantó sacó una agenda de su mochila y se acercó al escritorio de la profesora. Luego desplazándose a las últimas páginas le enseño la autorización escrita por sus padres.

Alba asintió con una sonrisa, hasta que vio algo que pareció enfadarla mucho porque preguntó a la pequeña.

– ¿Esta agenda es la de tu cole, no?

Natalia asintió con la cabeza.

Alba suspiró pensando que había padres muy irresponsables y a los que de vez en cuando les vendría bien un buen escarmiento. Y es que, la nota además de estar escrita en la agenda oficial del colegio muggle al que iba la niña, estaba escrita al lado de una autorización para ir al museo de Jovellanos y en ella se podía leer explícitamente: "Autorizo a mi hija Natalia Balbín a ir a la visita del campo de quidditch así como a volar en una escoba infantil, en la excursión del domingo 1 de marzo que organiza la schola de magia".

—Solo le falta publicarlo en un periódico—pensó para sus adentros mientras dejaba escapar un sonoro suspiro.

—Natalia, te voy a apuntar como que has traído la autorización, pero mañana me tienes que traer otra vez la autorización en un folio—Alba recalcó la palabra folio—la de la agenda la voy a borrar porque no puede verla tu profe del cole ¿entendido?

—Sí—murmuró Natalia.

Alba pasó su varita por la hoja de la agenda e hizo que las palabras desaparecieran una a una.

—Acuérdate de decírselo a papá y mamá.

Natalia volvió a asentir con la cabeza y cogió su agenda que metió de nuevo en su mochila.

La revisión de las autorizaciones prosiguió sin incidencias hasta que Alba llamó al penúltimo niño de su lista

—Isaac Zapico, a mi mesa.

Isaac que era un niño bajito y moreno bastante revoltoso saco un folio del cajón de su pupitre y fue lentamente hasta la mesa de la profesora. Cuando esta última vio la autorización no supo si reírse o echarse a llorar.

— ¿Qué es esto?

— ¿La autorización de la excursión?—preguntó a su vez el niño en voz muy bajita

— ¿Y quién la ha escrito?—le interrogó Alba mientras miraba la nota escrita con la letra de un niño pequeño y numerosas faltas de ortografía.

El niño bajo la vista al suelo y permaneció en silencio.

— ¿No ha sido mamá, verdad?

Isaac negó con la cabeza.

— ¿Quién entonces?

— ¿Papá?—probó el pequeño para ver si colaba.

—Me parece que no—explicó la profesora pacientemente— ¿no habrás sido tú?

El niño siguió mirando al suelo y jugueteando con su pie.

—Dime la verdad que no te voy a castigar

— ¿Seguro que no me vas a reñir?—preguntó el chiquillo levantando la cabeza y mirando a la cara a su profesora.

—Te lo prometo—le aseguró Alba con la cara seria pero con una ligera sonrisilla. Isaac podía ser un poco travieso y bastante pícaro para su edad, pero en el fondo tenía un corazón enorme—y bien ¿quién escribió la nota?

—Fui yo, pero es que se me olvidó pedirle a mamá que me hiciera la autorización y yo quiero volar en una escoba, nunca lo he hecho—confeso Isaac al borde de la lágrimas y sorbiendo por la nariz.

Alba estuvo unos cinco minutos explicándole a Isaac que no se podían falsificar las firmas de los mayores, y al final le concedió permiso para ir a la excursión si al día siguiente antes de salir hacia el campo de quidditch le traía la autorización firmada.

Tras corregir la ficha que habían estado haciendo Alba pensó que ya era hora de pasar de la teoría a la práctica.

—Vais a sacar vuestras varitas—los niños se giraron rápidamente hacia su mochila para poder sacar sus varitas mágicas—pero quiero que las dejéis encima de la mesa y me escuchéis atentamente.

Sorprendentemente los alumnos le hicieron caso. Todos sabían que la profesora no bromeaba cuando de varitas se trataba, y si no seguían sus instrucciones era capaz de dejarlos sin usarla una semana entera, y claramente era sumamente aburrido aprender magia sin varita.

— ¿Cuándo tenemos que usar la varita?—preguntó Alba para recordar las normas.

—Solo cuando la profesora no los manda—respondieron los niños al unísono deseando empezar a usar la magia.

—Pues espero que sea así—sentenció Alba advirtiendo a sus alumnos para luego no tener que castigar a ninguno—y ya sabéis que si no obedecéis estaréis sin hacer mágia hasta la semana que viene.

Alba hizo que muchos de sus alumnos encendieran su varita usando "lumos" y luego la apagaran con "nox" para practicar lo que habían aprendido la semana anterior.

Tras esto escribió en la pizarra: "Alohomora", "Expelliarmus" y "Wingardium Leviosa", usó esto para preguntarles a tres niños para que servía cada hechizo. Todos acertaron, se notaba que la ficha que habían hecho había sido bastante útil.

Para terminar, Alba sometió los encantamientos a votación para decidir cuál iban a aprender esa semana. Casi todas las niñas se decantaron por Wingardium Leviosa, mientras que los niños prefirieron Expelliarmus. A esas edades los niños y las niñas solían tener gustos bastante diferenciados.

Como en la clase había más niños que niñas el hechizo ganador resultó ser Expelliarmus.

— ¡Que rollo! Yo quería aprender alohomora para poder abrir el diario secreto de mi hermana— protestó una niña que se sentaba cerca de la pizarra de nombre Violeta y que era la única que había votado este hechizo.

—Pues te aguantas— le replicó Celia.

—Silencio. Vamos a empezar.

Alba se puso en el centro de la clase y realizó varias veces el movimiento de muñeca que había que realizar para hacer el conjuro. Los niños la imitaban muertos de impaciencia por pasar a la siguiente fase.

Cuando Alba estuvo satisfecha por como movían las manos sus alumnos, les hizo una demostración práctica de el hechizo en acción, quitándoles las varitas a varios alumnos de la primera fila.

—Es genial ¡Eres una estupenda bruja! ¡Enséñanoslo ya!—rogó Jaime.

—Entendido— respondió Alba sonriendo ampliamente ante la cara de satisfacción de todos sus alumnos —Os voy a ir llamando uno por uno y saldréis aquí para intentar quitarme la varita. Es difícil que salga perfecto con vuestras varitas que todavía no tienen mucho poder, pero a ver que conseguís.

Uno por uno los niños fueron saliendo al centro de la clase para intentar desarmar a la profesora.

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Jaime miró con aburrimiento como sus compañeros iban saliendo uno a uno para intentar desarmar a la profesora, pero ninguno lo conseguía, ni siquiera hacían vibrar la varita de la maestra. Estaba seguro de que a él le saldría mejor, pero su varita era tan poco poderosa…

De repente su mente empezó a elucubrar un plan perfecto, si le salía bien, todo el mundo se daría cuenta de lo que era capaz de hacer. Sin que nadie se diera cuenta cambió su propia varita por la de la bisa y esperó a que llegara su oportunidad. Cuando la profesora lo llamara haría rápidamente el hechizo, sin esperar a llegar al centro de la clase, para pillarla distraída, seguro que con el poder de la varita de la bisa era capaz de realizar el hechizo perfectamente. La cara que se le quedaría a su profesora.

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Alba miró con orgullo a todos sus estudiantes, todos los que habían salido hasta ese momento lo habían hecho francamente bien, y aunque no había conseguido muchos resultado habían ejecutado el movimiento de varita francamente bien.

—Jaime, te toca.

Jaime se levantó rápidamente de su pupitre con cara de excitación, pero no caminó hasta el centro de la clase como habían hecho sus demás compañeros, sino que levantó el brazo y apuntando con su varita a la profesora gritó:

—Expelliarmus

Alba miró sorprendida como un rayo rojo salía de la varita de su alumno e iba directamente a estrellarse contra la pizarra de la clase, que se rompió en dos pedazos y se cayó de la pared.

Entre gritos de los niños Alba consiguió usar su varita para evitar que un trozo de pizarra cayera sobre varios de sus alumnos, pero nada pudo hacer para parar el otro cacho que cayó encima de las piernas de Violeta que aulló de dolor.

Todos sus alumnos se habían levantado del sitio y gritaban histéricamente, excepto Jaime que pegado todavía en su pupitre miraba todo fijamente y temblaba de pies a cabeza.

—Pegaros todos a la pared del fondo de la clase—gritó Alba aumentando su voz mágicamente—Celia, corre a avisar a los otros profesores.

Alba estaba junto a Violeta que no se podía levantar porque tenía las piernas aprisionadas debajo de la pizarra. Mientras Alba trataba de levantar el encerado entraron varios profesores más y pronto la niña estuvo liberada y en brazos de un profesor alto y fuerte que se llamaba Mario.

Alba y él llevaron a la niña al centro médico mágico que había más cerca, mientras que otro profesor avisaba a sus padres mediante una llamada telefónica y una profesora ya entrada en años se hacía cargo de la clase.

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Cuando el viejo conserje de la schola fue ese día a comprobar que todas las clases estaban en orden se encontró con que una de las aulas estaba en pésimas condiciones. La pizarra estaba rota en dos cachos, todas las sillas estaban volcadas y las mesas torcidas. Con un movimiento de varita hizo que todo volviera a su lugar. Pero pronto, una varita que se balanceaba en el suelo porque no sabía dónde colocarse, le llamó la atención.

Se agachó y la recogió, enseguida comprobó que era una varita de adulto, así que imaginándose que era de alguno de los profesores la llevó a la sala de profesores, y la dejó en la caja de objetos perdidos.

—Que descuidados son estos maestros—murmuró dirigiéndose a otra aula.

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Alba llegó a su casa excesivamente tarde esa noche. Desganada y demasiado cansada para hacerse algo de cenar se puso el pijama y se tumbó en la cama, ya en la seguridad de su casa y sintiéndose más sola que nunca, se puso a llorar silenciosamente.

Había sido un día horrible. Había estado en el hospital hasta tarde esperando los resultados médicos. Y cuando por fin supo que todo se solucionaría con un poco de poción crecehuesos y una escayola de medicina ingenua se sintió un poco más tranquila, pero los padres de la niña no debían querer que la profesora tuviera un momento de alivio, porque el padre le montó una escena a las puertas del centro médico cuando Alba ya abandonaba la estancia, gritándole que iba a presentar una queja formal contra ella por no pensar en la seguridad de sus alumnos y por enseñar a niños tan pequeños hechizos correspondientes a materias de cursos más elevados.

Alba no dudaba que lo hiciera, y sabía que iba a tener una inspección muy pronto. El incidente había llegado a oídos los periodistas, y el padre de Violeta no pararía hasta lograr un castigo para la que él consideraba la única culpable del accidente de su hija, la profesora de magia.

Desesperada se dio media vuelta y trató de dormir, si al menos tuviera el apoyo de su madre, la echaba tanto de menos…

Nota: Tengo pensado muchas cosas acerca de Alba y su familia, pero es información que no procedía dar en este fic, asi que leeréis más de ella (si queréis claro). No estoy muy contenta con la historia porque la he escrito muy rápido pero a la vez le tengo cariño porque es mi primer fic de magia hispanii.

Si me dejáis un review me harías extremadamente feliz. Cualquier opinión es válida.