En un principio esta historia iba a ser usada para un MakoHaru pero como nunca la acabé pues decidí reusarla con esta pareja. Este fic es parte del evento "Mes AoKi" y está inspirado en una de las mil historias del universo de DW, de hecho una de mis favoritas. Puede ser un poco triste y a su vez emotivo, algo confuso así que pongan atención a las explicaciones…intentaré relatar los hechos de la manera más clara posible. Gracias a todos los fanáticos del AoKi por colaborar este mes con sus historias, revivir lo hermoso de esta pareja y permitirme cerrar con broche de oro este evento.

Tomen asiento, traigan algo de comida y disfruten el fanfic.

Feliz Mes AoKi


Esta es una historia de hacía varios años atrás, cuando las cosas eran más sencillas y sin mayores complejidades, cuando las personas vivían el hoy y el mañana era incierto, las salvaciones eran limitadas, la vida misma lo era. Hacia tanto tiempo ellos se encontraron tantas y tantas veces, tantas y tantas se amaron.

Cuando Kise era niño escuchó el relato de un anciano que se encontró en el parque. Sus ojitos dorados se clavaron con curiosidad en el vestir del sujeto, en ese montón de prendas y en ese mal olor. El rubio en cambio usaba un trajecito muy adorable, unos pantaloncillos cortos y un moño en el cuello, parecía un muñequito. El anciano se veía un tanto tétrico pero él, siendo un pequeño, desconocía de prejuicios e ignoraba el bien y el mal. El rubio escuchaba atento la historia moviendo los piecitos en el columpio mientras el viejo vagabundo seguía su fantástica charla.

Kise no podría recordar los detalles de ese relato conforme creciera pero habría fragmentos que no olvidaría, la voz del hombre se le grabaría y el "toc, tic" de su reloj de mano se quedaría plasmado en él como un recordatorio de lo que viviría.

Tampoco olvidaría que mamá llegaría por él y ahuyentaría al señor vagabundo asustada, que el pequeño Kise diría "él no es un mal hombre" mientras retornaba la vista al anciano que se disipaba en el aire como si fuera arena, y que jamás lo volvería a ver … no al menos de aquella manera.

Hasta que el tiempo nos favorezca

[AoKi]

Por Yisuscraist

A sus 18 años Kise era un joven apuesto y popular entre las jóvenes, los grandes hacendados de ese entonces querían comprometerlo con sus bellas hijas pero él desistía diciendo que quería dedicarse a los estudios, después de ello analizaría las ofertas de matrimonio con gusto y escogería una esposa adecuada. Gustaba del esgrima, comer sanamente, de algunas artes y de la cocina. Quien describiera a Kise usaría solo una palabra: perfecto.

Pero aun en su perfección había detalles que le parecían por demás aburridos. No podía decir que en su corta vida hubiese vivido algo fantástico o sorprendente, algo que contar a sus hijos y nietos, si llegaba a tenerlos. Si, Kise había hecho más que muchos pero nada lucia como algo relevante o un gran logo, el rubio aspiraba a hacer más que otros, a la fantasía, a conocer algo que nadie más conociera, de esas cosas que solo en los libros podía leer. Entre muchos de los libros leídos y cuentos escudriñados había uno clavado en su mente que creyó haber soñado o inventado, un relato de su niñez, una historia no muy impresionante pero sí que le hacía estremecer de pensar que fuese real.

Miró el reloj y pensó ¿Realmente va hacia delante para todos?

Cerró el libro y notó por el rabillo del ojo que alguien le observaba. Así había sido desde unos días, alguien a la distancia clavaba sus ojos en él. Echó sus libretas a la mochila, se acomodó los cabellos y con la mano se despidió de las jóvenes que observaban atentas al apuesto chico mientras cuchicheaban. Tras esa despedida se sintieron logradas, codearon entre si mientras Kise caminaba con libro en mano a una de las estanterías de madera perfectamente pulidas. Exploró con sus orbes la zona, detectó a quien le espiaba y silencioso, apacible, buscó escabullirse de él. Cuando el hombre se asomó por el pasillo donde el rubio debía estar él simplemente ya no estaba. Chistó y apenas un segundo después una suave voz le habló desde la espalda.

—¿Buscaba algo, señor? —el hombre se alertó, retrocedió un poco asustado de que el joven le hablara con tanta cercanía. Los ojos dorados vieron los azules, se clavaron en su cabello del mismo color, en su peculiar color de piel y en esas leves arrugas que las líneas de expresión empezaban a provocar.

—¿Qué te pasa, idiota? —preguntó incorporándose el hombre. Kise infló los mofletes tiernamente al ser ofendido.

—¿Qué le sucede a usted? Lleva días viéndome a la distancia…—se quejó. El peliazul se vio descubierto y se talló la nuca.—¿Acaso es un viejo pervertido?

—¿Viejo? —el sujeto decidió no discutir con él, no cuando la bibliotecaria había clavado su mirada juzgadora en ambos —No sabes quién soy ¿Verdad?

Kise parpadeó sutilmente con esas grandes pestañas intentando saber quien era ese hombre pero en su vida jamás lo había visto. Debía rondar los cuarenta, tal vez era amigo de sus padres pero su memoria era buena, debía recordarle, debía saber dónde le había visto antes y nada. El hombre suspiró y abrió un poco su propio saco metiendo la mano en este, sacó un pequeño papel doblado y se lo mostró a Kise.

—Esta es la primera vez que tú me vez… y será la última para mi…—el rubio extrañado tomó el pedazo de lo que parecía un lienzo, apenas un cacho arrancado que tenía su propia firma. Kise alzó la vista mirando al hombre ¿De dónde había sacado ese pedazo de papel? ¿Qué significaba toda esa palabrería?

—¿Quién es usted?—preguntó. El moreno sonrió y aproximó su mano al rubio, a su mejilla y apenas unos centímetros antes de tocarla observó el anillo de compromiso que descansaba en su dedo, retrocedió.

—Me volverás a ver y sabrás de mi… Kise —y diciendo esto el hombre dio la vuelta partiendo. El rubio intentó detenerle yendo tras de él, sintiendo curiosidad y una angustia única, una sensación de que si le dejaba ir sería un error pero antes de abrir la puerta de la biblioteca la encargada le detuvo.

—Chico, no puedes salir con ese libro—el rubio miró el libro en su mano, se aproximó a dejarlo al carrito donde se colocaban los libros usados y retornó intentando encontrar al hombre. Bajó las escaleras de la biblioteca principal, giró su vista y nada, el hombre misterioso se había disipado con el aire y solo había dejado aquel fragmento de papel.

Pasaría cinco años mirando ese fragmento sin entender el por qué, olvidando eventualmente la causa, pensando que era una mala broma de alguien que había imitado su firma, su letra, su estilo.

A sus 22 años Kise se graduó de la universidad. Tenía los más altos honores, una memoria impecable y habilidades tan magnificas por las cuales todo el mundo tenía la vista puesta en él pero, fuera de todo pronóstico, Kise decidió dedicarse a la pintura. Tal vez, de todas las cosas, era la única inimitable y se basaba en el alma de cada persona y el alma no se puede copiar. Kise buscó, por primera vez, su propio estilo, la forma de sujetar el pincel, volviendo como siempre a ser un prodigio el mejor en lo que hacía.

Pronto estuvo en galerías de arte pequeña, la gente admiraba sus paisajes y trabajos variados, sus matices y esos degradados, estaban impresionados de la imaginación y habilidad del chico. Un vaso de vidrio ondeaba haciendo girar suavemente la bebida amarillenta, esos ojos observaban los detalles de la obra y emitían una sonrisa ladina. Kise se detuvo a su lado, alzó los orbes y vio su propio trabajo.

—Un gran trabajo…—dijo esa voz que le sonó familia, el rubio giró levemente la cabeza y se encontró con el perfil de un hombre moreno, de esos cabellos azules y esas no tan pronunciadas marcas de edad. Kise contuvo el aire, después de 5 años él volvía con esa aura misteriosa a su alrededor.

—Usted…—el moreno le miró, sonrió con cierta sensualidad, esa misma que algunos hombres maduros emiten y que alertó el corazón del rubio.

—Tiempo sin vernos, supongo…—dijo sin saberlo ¿Cuánto había pasado? No mucho para él pero debían de ser años para Kise.

—Yo…yo tengo que preguntarle—dijo buscando en su cartera aquel recorte y lo sacó. Aún estaba doblado de forma perfecta, algo desgastado pero aun en una pieza . Señalo el mismo, el moreno sonrió —Usted me entregó esto…¿De dónde lo sacó?...

—Lo robé —Kise empezaba a alterarse ¿Quién era ese hombre y por qué hacía cinco años le había entregado su firma de pintor? —Vamos por una copa y charlamos…

Kise iba a rechistar, a quejarse y finalmente accedió silencioso a la propuesta dispuesto a escuchar al hombre. Caminaron por la galería llegaron a unas banquillas donde los visitantes descansaban y un par de copas reposaban a cada lado. Kise seguía con los orbes dorados perdidos en el papel, el azul de los otros ojos veía la hermosa galería.

—¿Qué cosa quieres saber? —cuestionó.

—¿Quién es usted?...—dijo primeramente. El moreno se talló la nuca, justo como la última vez, y hasta ese momento Kise notó que no se veía tan desgastado como aquel momento.

—Soy Aomine Daki…—dijo tranquilo, apacible —soy alguien que será importante para ti.—Kise chistó incrédulo.

—Déjeme adivinar…es un cazador de talentos que finge ver mi futuro y dirá que seré exitoso a su lado…—Kise se levantó algo arto y negó fingiendo divertirse de la jugarreta del viejo —deje de intentar, no es el primero que lo veo pidiéndome unirme a su compañía con tretas como esas.

—Y sin embargo estás aquí en vez de evitarme…—el rubio se detuvo —sé que amas el misterio…

—Lo sabe…—giró sobre sus talones viendo al hombre —lo sabe por qué usted me espiaba cuando estaba en la biblioteca ¿Acaso lo ha olvidado? —el hombre pareció sorprendido por un instante y después rio alzando las manos.

—No sé de qué me hablas pero te puedo apostar que no soy un 'cazador de talentos'—hizo con los dedos las comillas para recalcar el falso título —lo que te he dicho es real… soy tu futuro y esto es lo único que conservo de ti…—dijo mirando el papel. Kise se sintió entre confuso y molesto, arrugó un poco el papel y dio la vuelta, no estaba para juegos pero algo le detuvo —Yo lo sé todo de ti, Kise…

El rubio nuevamente paró, sintió algo de pánico y curiosidad. Ese tipo realmente debía ser un acosador, debía de serlo y por su seguridad habría de llamar a la policía.

—Sé que tu prefieres tomar el té con leche…—el ojidorado se tensó —y que al leer los periódicos primero lees los chistes…—giró la cabeza lentamente a él — sé que en San Valentín compras chocolates para regalar a todos a pesar de que nadie te de nada… y que cuando duermes abres un poco los labios…

—Usted…—el chico estuvo a punto de acusarlo, la mayoría de esas cosas eran muy específicas, verdaderas e íntimas.

—También sé que te enamorarás una vez en la vida…y que esa persona seré yo…porque yo lo sé todo de ti y tu amas que sepan de ti—el rubio abrió los ojos y sintió su corazón acelerarse. Era un argumento estúpido de un hombre que posiblemente le llevaba más de diez años de diferencia. Le causó escalofrío, pánico y más aún cuando ese hombre, Aomine, se puso de pie alzándole la barbilla y clavó sus ojos azul profundo en sus dorados, le rozó sus labios sin consentimiento y rio sobre ellos.

En su debilidad Kise sintió flaquear sus pies, casi caer y apenas fue consiente cuando ese hombre se había marchado, su rastro se había disipado. El rubio se apretó el pecho con el papel en mano y no entendió nada, aquella vez estuvo muy ansioso de un gran misterio y asustado a la vez del mismo.

Llegó pronto la primavera de sus 27 años. En ese momento Kise ya era más famoso y aclamado. Las grandes galerías aplaudían su trabajo y aunque se mostraba orgulloso ante todos había algo que faltaba.

—Una esposa, tal vez —dijo un hombre retacado de gracioso sombrero — mi primo de Gales tiene una hermosa hija en sus 25 años, una divinidad. Tal vez debería…

—Descuide, no estoy interesado en una mujer que no esté plasmada en el lienzo —se excusaba siempre que sacaban el tema. ¿Era realmente necesario que se casara con alguien? Kise amaba su libertad, poder charlar sin problema con las chicas solteras, las que aún quedaban, sin miedo a que sus maridos se sintieran alerta. Vivir sin tener que rendir cuentas a nadie, andar por el mundo sin preocuparse.

Aunque, en parte, su rechazo al amor era por las dulces palabras de aquel misterioso hombre "solo te enamorarás una vez y será de mi…" Río triste, no le volvió a ver durante ese tiempo y había dedicado sus días y noches a plasmar lo que llegaba a su corazón. Un día decidió pintar lo que recordaba de aquel hombre, de Aomine, y así tal vez nunca le podría olvidar. Sonrió tras su obra mientras el resto de su apartamento era un caos lleno de periódico en el suelo y botes de pintura entre vacío y a medio llenar por todos lados. Kise se limpió una mancha de la mejilla y recordó el detalle final, una firma de autor, la que siempre usaba.

Esos días habían sido tranquilos. Al salir de casa miró una carta en el buzón y la sacudió levemente para después abrirla. El vecino de las cercanías gritó su nombre alzando la mano y Kise le saludó de igual forma. Vivía en un hermoso vecindario, como los americanos, con césped en las afueras y gente deambulando en bicicleta. La carta era de un viejo amigo, pronto se casaría con aquella mujer americana de cabellos rojizos, aquella alta y escultural mujer. Kise rio, hacían un contraste de lo más gracioso.

Pronto sus risas disminuyeron al ver que a dos casas de la suya unos nuevos vecinos arribaban, o al menos la mudanza eso profetizaba. Bajaban las cosas, las metían a la hermosa posada azul cielo con blanco y en las cercanías un hombre, tal vez unos años más grande que él, les daba indicaciones a los chicos de la mudanza. La sonrisa de Kise se esfumó por completo, empezó a caminar sin importar si pisaba el césped del vecino pasando de largo, esquivando algunas plantas y llegando hasta el moreno quien se secaba el sudor y firmaba la hoja de mudanza constatando que el paquete había llegado.

—¡Tú! —el moreno se extrañó ante la señalización de Kise y alzó una ceja. Parpadeó un poco y entonces, al cabo de unos segundos, cayó en cuenta de quién era el chico. — ¿Qué haces a…

Kise se detuvo, Aomine le miró fijo y ambos se analizaron un momento, por un largo momento. Los de la mudanza pasaban de largo y emprendían camino tras realizar su labor. Kise aproximó su mano al moreno y este se extrañó retrocediendo, estiró un poco su mejilla y Aomine se quejó.

—¿Qué te pasa, imbécil? ¿Qué crees que haces?—se quejó.

—Cada vez te vez más joven ¿Qué pasa contigo? Apareces en mi vida y de repente te vas y…—se detuvo un instante, su corazón estaba muy acelerado y se comportaba algo alterado. Aomine chistó ladeando la mirada y se talló la sien.

—Escucha, Kise…no sé a quién conociste pero esa persona es mi futuro y mi yo actual…. no quiere saber nada de ti —dijo tan seco y frio que el rubio se quedó boquiabierto. Aomine se giró sobre sus talones y en primera instancia el rubio no reaccionó pero cuando vio la espalda del moreno alejarse supo que, si lo dejaba irse, volvería a perderse y no sabría más de él. Corrió tras del chico y apenas dio un paso dentro de su casa lo hizo girar para encararlo.

—No puedes venir cada que se te plazca y hacer de mi vida un caos. Llegas diciendo que eres el amor de mi vida y lo sabes todo de mí —el rubio contuvo las ganas de llorar, Aomine le miraba con tanta indiferencia que dolía. Finalmente preguntó aquello que no había sido contestado antes — ¿Quién eres?

Hubo un silencio. Aomine solo se quedó de pie con las manos dentro de las bolsas del pantalón de pants mientras las cajas le rodeaban. Había una abierta a su lado, una con un montón de figuras y cuadros, encima de todas ellas una foto de una boda que Kise no pudo comprender. Tragó saliva asustado, Aomine cerró la caja y dijo irritado.

—Escucha, gente como tú y como yo no tenemos futuro…por favor, vete. —no supo cuánto estuvo de pie ahí pero supo que realmente quería huir, sacar a ese chico de su vida, no volver a verlo, dejar toda esa broma y farsa, ignorar aquella foto donde una pareja de blanco estaba tan feliz y tomada de la mano.

Una foto donde Aomine y él estaban lado a lado felizmente casados.

Ese día Kise no olvidaría ese reencuentro, no podría dormir pensando en esa foto y no terminaría de entender por qué cada vez que le veía el moreno lucía más joven. Le recordaba, en su primer encuentro, como si fuera un vejestorio pervertido pero ahora lucia como un joven desgarradoramente sensual con brazos fuertes y mirada asesina.

Kise hundió su rostro en la almohada disolviendo sus pensamientos y esperó que a la mañana siguiente todo hubiese sido un mal sueño y nadie viviera en esa casa …pero no fue así. Salió al día siguiente y mientras regaba las plantas vio al moreno quien instalaba una cerca de madera. No pudo evitar ver de reojo ese cuerpo que se cargaba porque aun con todo el descaro había salido con una camisa ajustada y desmangada. Días después le vio jugando en el patio con un hermoso perro labrador, lanzaba el disco y el perro iba tras él mientras Kise arreglaba su auto o al menos fingía que eso hacía para poder verlo unos momentos más. A los días vio al moreno saliendo de casa a trote y muy bien arreglado, chaqueta de cuero y pantalón de mezclilla. Se subió a motocicleta y arrancó cruzando la tranquila avenida.

—Así que tienes una cita…—susurró cerrando la cortina de su casa y tras eso se golpeó la frente —¿Qué haces, Kise? Te estas volviendo un acosador depravado, moo!

Kise se lanzó al sillón y se intentaba convencer a si mismo de que no era aquello y que no estaba interesado en ese chico pero miró el cuadro que tenia de Aomine en la sala el cual había pintado hace unos días y suspiró cansado. Estaba obsesionándose con alguien de su pasado y lo que no podía olvidar es que Aomine se refirió a él mismo como "su futuro".

Un día salió de casa con su bata de dormir para recoger el periódico. Estiró los brazos y saludó al anciano de la casa de enfrente amistosamente. Ese apuntaba a ser un gran día pero apenas dio unos pasos se encontró con cierto cachorro de labrador devorando su periódico.

—¿Eh? Hey, no…no, es mi periódico —dijo intentando ahuyentarlo y para su suerte el pequeño perro obedientemente lo soltó. Kise había encontrado un pretexto para ir con aquel moreno. Sujetó de la correa rota al chico y caminó por la calle sin importar su bata de dormir, llegó hasta la casa del moreno y notó que en efecto el perrito había mordisqueado su lazo y escapado. Kise suspiró y rio divertido — mal hecho —y el perro como si le entendiese bajó las orejas.

Abrió la rejilla de la casa de Aomine y fue hasta la puerta tocando un par de veces. Esperó mientras acariciaba los cabellos dorados del perro y la puerta se abrió totalmente mostrando a un moreno portando solo una toalla en la cintura. Cuando Kise giró la vista para encararlo y reprenderlo por ser tan descuidado se ahogó con sus propias palabras viendo al chico con tremendo cuerpo de muerte. Aomine alzó una ceja, sus cabellos goteaban después de lo que supuso era un baño y acto seguido bajó la vista viendo a su travieso perro.

—Eh. Kise ¿Qué has hecho? —el rubio se sorprendió de ello.

—Pero si yo no he hecho nada, tu perro escapó —Aomine rio levemente y con malicia.

—El perro se llama Kise…—dijo jalando al cachorro para que entrase a casa mientras el rubio emitía un sonido de ofensa total al saber que el perro de aquel moreno llevaba SU nombre. Era un maldito ¿Cómo se le ocurre?

—Deberías tener más cuidado con tu…perro —dijo entre dientes —rompió mi periódico.

—Toma el mío, ya lo he leído —señaló un periódico que estaba en una mesilla cerca de la entrada mientras que el moreno metido en su mundo le quitaba el lazo al perro y le hacía cariños. Kise frunció el entrecejo y tomó el periódico dispuesto a salir pero nuevamente sus ojos se desviaron a aquella foto de bodas.

Se detuvo un momento. Suspiró inaudiblemente y caminó hasta el cuadro que estaba colocado en un estante de la sala a unos pasos de la entrada. Le observó por un rato, acarició la orilla del mismo y vio los detalles de este. Él tenía un traje entre blanco y perla, Aomine uno parecido aunque con dos botones de la camisa abiertos. Sus brazos estaban entrelazados y con la otra sostenían una copa de vino alzándola mientras al fondo lo que parecía un lugar cerrado y a medio decorar. Kise apretó los labios ¿Cuándo sucedió eso?.

Salió de su divagación cuando la mano de Aomine sostuvo el cuatro y al girar hacia atrás se encontró con el moreno mirándole fijamente. Estaba tan cerca, era un poco más alto y nada quedaba de esas arrugas del pasado. Sus ojos azules eran tan penetrantes y ese aroma a jabón era muy peculiar. Aomine entrecerró los ojos a la cercanía, Kise lo hizo también y casi como un imán se acercaron el uno al otro, rozaron sus labios, quedaron unidos en un beso suave. A Kise ese beso, su primer beso con Aomine, le supo a gloria.

Se separaron un poco, Kise le miró con confusión pero ganas de seguir mientras Aomine cambiaba su rostro a uno más molesto.

—Sal de mi casa…—Kise abrió los ojos con sorpresa.

—Pero….—Aomine no volvió a repetirlo, se alejó de él dando una vuelta y caminó hacia la puerta abriéndola para el rubio. Kise estaba muy aturdido con todo, con el beso y la boda. ¿Qué estaba sucediendo?

Quería respuestas pero no en ese momento. Solo quería huir, encerrarse, fingir que nunca existió. Kise cerró la puerta de su casa, se golpeó la nuca contra la madera y buscó como calmar ese temblor de sus manos, esa sensación agradable de sus labios.

Pasaron así un par de días, días en los cuales salía de casa sin voltear a ver en dirección a la casa del moreno, donde evitaba a toda costa el contacto. Estaba muy confuso, verle solo le confundiría más. Solo que al tercer día hubo un encuentro frontal que no pudo evitar pues Aomine estaba frente a su casa con la mano alzaba ya que se disponía a tocar. Kise abrió los ojos y se encontró con esa mirada, observó esos labios y clavó sus orbes en ese cuello, en la manzana de adán.

—¿Qué…Que haces aquí? —preguntó temeroso, Aomine le miró aún más penetrante y Kise retrocedió—No quiero….no—intentó cerrar la puerta, Aomine le detuvo y dio unos pasos dentro de la casa del chico — por favor…deja de bromear conmigo….deja de hacerlo yo

—Te daré respuestas si me escuchas…después de eso tu decidirás que hacer —Kise alzó la vista y supo que el moreno iba en serio. Rendido después de casi 10 años sin respuestas era hora de saber la verdad.

Un café amargo, el calor de hogar, el sonido de la tostadora indicando que el pan estaba listo mientras Kise lo ponía en un plato y lo llevaba a la mesa donde el moreno esperaba. Un bote de mermelada y uno de mantequilla de maní reposaba a lado del plato de panes mientras Aomine daba un trago al café y untaba en un pan la mantequilla seguida de la mermelada haciendo que Kise levantara una ceja extrañado de los gustos del otro.

—¿Me dirás que eres y lo que sucede?— Aomine dio una mordida al pan y se limpió los labios. Toda la seriedad de hacía unos segundos se había disipado al igual que la tensión.

—Primero el estómago lleno y segundo…no digas 'que eres' soy humano como tú —comentó ofendido y dio otra mordida al pan sin importar si no había terminado lo que comía anteriormente.

—Ya, ya —Kise le retiró el plato, Aomine se quejó y aun cuando intentó alcanzar uno el chico le dio una palmada en la mano como reprimenda — primero cuéntame…. —el moreno retrocedió, se recargó en el asiento y buscó como explicarle.

—Supongo que este es el día en que te enteras… —hizo una pausa— yo estoy maldito —se señaló —a diferencia de muchas personas la gente de mi sangre vive en sentido contrario.

—Sentido contrario…—repitió aquella última palabra.

—Yo nací en tu futuro y moriré en tu pasado, para que me entiendas. —el rubio se sorprendió ante la explicación — Me has visto otras veces ¿No? Soy más viejo y esas cosas…ese a quien tú viste es mi yo del futuro.

—No…no lo entiendo yo…

—Mientras más crezcas…yo seré más joven y te irás encontrando con mi pasado —susurra dibujando dos flechas que apuntaban en sentido contrario.

—Déjame entender… tu nacerás cuando yo tenga…. ¿60 años? —Aomine sonríe un poco y alza los hombros.

—Exactamente…. —el moreno empieza a partir una de la línea en varias secciones —cada cierto tiempo desaparezco y reaparezco siendo más viejo, vivo un tiempo en el sentido de ustedes y vuelvo a desaparecer para aparecer en otro año.

—Por eso…salías de mi vida. —Kise se tocó la frente y entonces un recuerdo fugaz atravesó su mente. Aquella historia de los hombres que cruzaban el tiempo en sentido contrario, los que nacían enfrentando al reloj, los traidores del tiempo. Señaló a Aomine, se cubrió los labios y lo supo —el anciano…

—¿Eh? —Aomine alzó una ceja extrañado.

—Esa historia…. Me la contó un anciano cuando niño —estaba atónito mirando al chico, definitivamente tenía que serlo — eras tú…

—¿Asi que viviré muchos años?… es malo saberlo —Kise se levantó de la silla yendo de un lado a otro por lo que Aomine aprovechó para robar el pan tostado y seguir desayunando. — tranquilízate…

—¿Cómo puedo estar tranquilo? Quiero decir…me casaré con alguien que desaparecerá de mi vida y se hará más joven cada vez que lo vea —Aomine ríe divertido.

—Te entiendo, digo…igual tú te harás más joven —Kise le reprende con la mirada, el otro parece tomarlo con humor — No me veas así, Kise. Tu querías respuestas y yo quería desayunar.

—Eres un bruto, Aominecchi —intentó regañarlo pero la sonrisa del otro bajó sus defensas.

—Hey, pero seré el bruto con el que decidirás casarte —y Kise lo supo. Aquello, la boda, el estar con él es algo que ya estaba escrito. Y sin embargo el futuro no era alentador para Aomine pues, después de aquel encuentro, cuando se volvieran a ver poco a poco Kise sabría menos de él, desconocería que es su esposo, que tenían historia juntos.

Por eso entendía por qué el Aomine que había visto antes tenía una mirada tan triste.

Después de aquella charla siguieron siendo como dos vecinos pues al día siguiente y al siguiente Aomine iba a desayunar a casa de Kise. Charlaban de algunas cosas no tan deprimentes como el futuro y el pasado, prácticamente estaban conociéndose y renegando. Hubo un día en que Kise le ayudó a bañar al perro y terminaron empapados o cuando Aomine decidió ayudarle a arreglar al fin el auto, cuando Kise quiso aprender a andar en moto y el día en que había una lluvia de estrella y decidieron verla en el jardín sentados en unas sillas blancas.

—Aominecchi….¿Cuántos años tienes? —le preguntó por primera vez ladeando la cabeza. El cielo estaba iluminado por motas blancas, el perro estaba acostado entre ambos y los vecinos en sus jardines esperaban atentos el evento.

—Tengo 30 años…—respondió con tranquilidad — y si tú no has mentido con tu edad debes tener 28…

—Así es…—volteó al cielo y las estrellas empezaron a caer — cuando tengamos 29 seremos de la misma edad. Es curioso ¿No?

Hubo un momento de silencio, un aire melancólico recorriendo el ambiente. El perro hizo un ruido de lloriqueo y Kise giró el rostro para ver al cachorro. En ese instante se encontró con los orbes de Aomine que eran del color azul del cielo nocturno aunque podía jurar, que en medio de ese azul, las estrellas podían reflejarse. Kise suspiró inconsciente, estaba enamorándose y no había vuelta atrás. Desde que le vio aquel día y dijo esas palabras tan dulces, desde que le amenazó con no amar a nadie más que a él y día a día fue conociéndole. Y aquella amenaza era tan cierta, ese chico que comía pan tostado con crema de maní y mermelada, el hombre que sabía tanto arreglar autos como tocar la guitarra, el hombre que era un asco para la jardinería pero bueno en la carpintería. Él, Aomine.

Mientras las estrellas seguían lloviendo Kise buscó decir algo, las palabras se quedaron en su garganta y fue interrumpido por un Aomine más directo.

—Kise, quiero hacer el amor contigo…—le dijo de una forma que le robó el aliento, que le tensó el cuerpo. Palabras como esas parecían tan impropias en alguien tan rudo y poco romántico como él pero entonces Kise lo entendió, para ese moreno él era su esposo, la persona con la que decidió compartir su vida y solicitar algo así era lo 'normal' pero para Kise no, para él aún no se casaban, faltaría años para dar ese paso, aun habría citas y esas cosas, navidades y cumpleaños pero para Aomine todo eso había pasado.

Recordó cuando le vio hace unos ayeres, el Aomine del futuro ya no tendría más momentos íntimos, ya no tendría cosas de pareja, ya no habría besos ni palabras dulces. Después de ese encuentro Aomine desaparecería para aparecer en un pasado en que Kise no le reconocería, en donde no sabría de él todo lo que sabe ahora, en donde no podría besarle ni abrazarle. ¿Por qué no hacerlo feliz por única y última vez?.

Aomine no pensó que aceptaría, más bien había sido esta una propuesta al aire y sin pensar mucho pero cuando vio a Kise inclinarse hacia al frente y cubrirse las mejillas sonrojadas con una mano se sintió curioso. El chico parecía digerir la propuesta cubriéndose los orbes con los cabellos dorados y asintió suavemente. Las estrellas dejaron de caer, las sillas del jardín estaban vacas y la puerta de la casa de Aomine cerrada. El cachorro estaba dormido en su casita de madera en el exterior y las luces de aquella habitación se apagaron.

Sus manos perdiéndose entre los cabellos azules que se disolvían entre su nuca y su cuello, la piel que su camisa dejaba tocar. Kise hundido entre las cómodas sabanas entre blancas y azules mientras la luz de la luna se colaba armoniosa por la ventana iluminando a duras penas sus cuerpos. La camisa de Aomine cayendo, el rubio sintiendo ese pecho que otras tantas veces quiso tocar. Besos por aquí y allá, suspiros cálidos contra sus labios, dedos curiosos que se perdían en su espalda, que bajaban hasta su desnudas piernas. Toda la ropa decorando el suelo y unas cobijas cubriendo los cuerpos desnudos de ambos por que el frio apremiaba aunque el calor de ambos emanaba.

Punzadas, una sensación intoxicante, los dedos de Kise clavados en los hombros de un Aomine que intentaba ser o más delicado posible. Al ver como el rubio se quejaba por la intromisión entrecerró los ojos, aquella era su primera vez y una de las últimas para Aomine. Besó sus mejillas, se movió dentro de él sintiendo esa calidez y ese aroma mientras entre susurros le convencía de que todo estaría bien. Después de un momento de batalla Kise se estremeció, su piel delicada lo traicionó y liberó su esencia al igual que el moreno. Aun jadeante se quedó ahí abrazándolo, hundiendo su rostro en el hombro del moreno. Aomine le besó la frente, la cabeza y supo que iba a perderlo pero que todos esos días a su lado valieron la pena.

No sabía a ciencia cierta cuanto tiempo faltaría para que Aomine desapareciera de su lado y viajara a su pasado pero cada día que pasaba lo disfrutaba. A veces se preguntaba cosas, cosas que ambos vivirían pero no externaba las mismas por que no sabría qué hacer si el moreno le preguntaba sobre las cosas que él vivirá. No tendría corazón para contarle que sería algo solitario, que sus encuentros se redujeron a un par de pláticas cortas y que al final, es posible, que Aomine hubiese vivido aun antes de que Kise naciera.

En vez de eso aprovechaban los ratos, los juegos y de pintar las paredes con hermosas obras. Aomine miraba su pintura, aquella de él siendo unos años más viejo, y supo que aun si el futuro no era tan prometedor como el presente el hecho de haber sido pintado significaba que sería importante para el rubio. Eso era suficiente.

Un día despertó. Aomine tenía esa sensación de que su cuerpo se disolvía y miró a Kise recostado a su lado. Le acarició los rubios cabellos, le levantó el flequillo y observó sus hermosas pestañas. Lo sacudió suavemente, el chico apretó los ojos y se quejó por ser despertado. Entreabrió los orbes y se encontró con una habitación un poco más brillante.

—¿Qué pasa, Aominecchi? —el moreno le besó la frente como siempre hacia y suspiró.

—Es hora de irme…—Kise tardó en reaccionar y finalmente abrió los ojos encontrándose al moreno frente a él. Un aura extraña lo rodeaba, un frio inmenso.

—¿Qué? ¿Ahora?...no, no puedes —se aferró a sus ropas. Aomine le acarició los cabellos.

—Hey, no te pongas así. Nos vamos a encontrar en tu futuro nos vamos a casar y te voy a conocer… va a ser divertido —le dijo de la forma más natural que pudo pero los orbes de Kise se llenaron de lágrimas.

—No quiero que te vayas… por favor, Aominecchi …—se pegó a su pecho y sintió menos la presencia y fuerza del moreno.

—Yo siempre estoy contigo, Kise….—una luz dorada lo rodeó, la sensación de que faltaba se hizo más grande hasta que finalmente sus brazos estaban vacíos. Kise miró sus manos, el chico ya no estaba más ahí y solo su aroma se había quedado impregnado en la cama. Pegó su frente a las cobijas, nunca había llorado de esa forma en su vida y lo hizo pues cuando el corazón está roto las lágrimas hacen lo suyo.

Ese día Kise desayuno solo, el pan tostado no tenía ese sabor peculiar y el perro estaba a su lado un tanto confuso de no ver al moreno. Había olfateado la cama, y se percató de que había estado ahí pero ahora ya no estaba en toda esa casa. Kise empezó a acomodar algunas cosas fingiendo que era un día normal y miró el cuadro del moreno colgado en la pared. Se aproximó, tocó la textura y llegó hasta la esquina, una esquina faltante. Su firma había sido arrancada de golpe y el rubio solo pudo sonreír. Aun en ese momento Aomine quería buscarle en su pasado y eso solo significaba que el amor del moreno era genuino.

Un pedazo de cinta, un papel doblado en su cartera y un extraño contraste entre un recorte que obtuvo hacía muchos años en una pintura relativamente nueva.

Aquel pedazo de papel que Aomine le había dado en su pasado ahora encajaba perfectamente.

Aquella casa donde compartieron tantos días cambió de aspecto, los muebles se movieron, la pintura fue cambiada, las alfombras pasaban entre diferentes colores y acorde a la estación la decoración difería. Kise no tuvo una familia, no durante los siguientes 4 años. En los primeros días los vecinos se preguntaron sobre la repentina ausencia de Aomine, algunas de sus cosas fueron trasladadas a quien sabe dónde, incluido el cuadro de su boda.

La casa del moreno vacía, la del rubio llena de risas y esperanza, visitas y metas, preparativos para un nuevo encuentro. Era horrible estar sentado en la mecedora cada noche esperando verle pasar pero a su vez le daba un nuevo objetivo a su vida. Hasta que un día pasó.

Kise caminaba por el centro comercial comprando lo necesario para comer. Sus labores como pintor habían disminuido por lo que su cartera se veía apretada. La difícil edad de los 33. Suspiró y decidió pensar en cosas que no tuvieran que ver con el hecho de que estaba envejeciendo y que, por no haber seguido una carrera militar o algo más estable ahora la cuestión económica se volvía un problema. Llegó al pasillo donde estaban algunos botecillos curiosos y observó el que contenía mermelada. Sonrió sutilmente y estiró la mano para alcanzarlo pero alguien se interpuso en su camino.

—Lo sien…—ladeó la vista, se encontró con un moreno muy conocido y retrocedió cubriéndose los labios. Él estaba ahí, estaba en ese instante frente a sus ojos. Aomine le miró fijo, Kise tembló un tanto mientras parecía en shock.

—Kise…—el rubio se sintió aliviado de que le reconociera, de hecho hasta suspiró alegre con el corazón en la mano.

—Aominecchi…eres tú ¿Cuántos años tienes? ¿Dónde te estás quedando? Perdón yo…—se detuvo, estaba demasiado nervioso que no sabía por dónde empezar. Aomine tomó la mermelada con desinterés y alzó los hombros.

—Tengo 25 años…. Me quedo en un apartamento cerca de mi empleo —comentó y fue hasta ese momento en que se percató que bajo la sudadera el moreno portaba un uniforme azul. "Policía" pensó y al final dedujo que entre todos ese era el empleo que más le iba.

—Justo ahora nosotros…tú… no sé qué decirte perdón —dijo tallándose los cabellos, Aomine se notó un poco más desesperado.

—Escucha, Kise. Por lo que veo en este punto sabes mi naturaleza y sé que serás importante en mi vida y yo en la tuya porque antes me lo has repetido mil veces— Kise asintió, eso significaba que se encontrarían más veces — pero actualmente estoy preocupándome por establecerme, es difícil para personas como nosotros.

—¿Hay más como tú? —Aomine rio irónico.

—Hay muchos …bastantes —se talló la frente —es algo de sangre y …mira, no tengo tiempo de explicar debo de volver al trabajo —Aomine sacó su cartera y sacó un papel y una pluma de su bolsillo anotando un numero — supongo que necesitas respuestas y yo también.

—Ah…—Kise tomó el papel, tenía un número de teléfono.

—Me llamas después de las nueve. Adiós, Kise —alzó la mano yéndose del lugar mientras el rubio sostenía el papelillo con las manos bastante ansioso. Aomine se veía mucho muy joven ¿Cómo no? Si tenían ocho años de diferencia. Aun así, dejando eso de lado, Kise se sintió emocionado y apretó el papel contra su pecho. Quería saber aún más de Aomine, de esas personas fantásticas, de lo que serían en su futuro y en el pasado del moreno.

Entonces recordó que él siempre quiso vivir algo fantástico y ahora lo estaba viviendo.

Apenas una llamada bastó para quedar de verse en un parque. La noche brillaba hermosamente y le recordó a aquel día en que se entregó a Aomine por primera vez, aquella noche estrellada. Se sentó en el columpio disipando el frio de sus manos y mirando alrededor esperando ver al moreno llegar, esperando que su estancia en aquella época no fuera fugaz y durase tanto como su anterior encuentro.

Le vio en la lejanía. El chico traía ese abrigo y debajo el uniforme de policía. Lucía agotado, debía ser difícil readaptarse una y otra vez a la vida y solo hasta ese momento Kise se preguntó ¿Cómo haría para estudiar? ¿Hacer una carrera? ¿Conseguir un empleo? ¿Cómo si desaparecía cada tanto y reaparecía en el pasado siendo más joven? Había tantas preguntas y tantos misterios, el más grande era ¿Cómo surgieron personas como él?

—Hey…—dijo llegando frente al rubio quien se puso de pie. Aun en sus veinticinco Aomine seguía siendo más alto y considerablemente apuesto. Kise se talló la nuca sintiéndose algo afortunado de que alguien como ese chico fuera el amor de su vida.

—Nos volvemos a encontrar…—dijo Kise conteniéndose las ganas de abrazarle, riendo tímido, mirando a otros puntos — la noche es fría.

—Si…. —dijo serio el moreno —escucha, Kise…la última vez que nos vimos nosotros…

—¿Nosotros?—esperó, Aomine tomó valor.

—En tu futuro…quedamos en 'malos términos' —Kise le miró extrañado — me has dicho cosas que no entiendo… y es normal digo —suspiró frustrado— vivir sabiendo el futuro de una persona es una carga enorme…

—Supongo que lo es…—bajó la cabeza, y vaya que lo era. Saber que ese Aomine sería un solitario, eventualmente un viejo vagabundo en un parque como ese.

—Y me dijiste cosas que… no acepto —frunció el ceño — no quiero una vida contigo, ni siquiera vamos en el mismo sentido y esto no ni normal por ser hombres ni lógico por ser…diferentes.

Diferentes, esa palabra le dolió al rubio en extremo. Ese era el Aomine de ese entonces quien a pesar de ser fuerte y hablar con determinación parecía reacio a establecerse con alguien 'diferente' a él. Kise sintió tenso el cuerpo ¿Qué hay de esas fotos de boda y demás? ¿Qué hay de esos besos y esas noches?

—La gente como yo se queda con gente como yo… además me gustan las mujeres —Kise le detuvo con la mano.

—Aominecchi ¿Acaso yo me he declarado? —el moreno le miró fijo, su mirada lo dijo todo. En el futuro el rubio confesaría sus sentimientos a un Aomine más joven y por lo visto seria rechazado. Kise sonrió, era gracioso por que Aomine se confesaría a él eventualmente y si todo era como pensaba ese debería ser el momento, el instante de aquella foto.—está bien, no volveré a preguntarlo.

—Bien…—dijo satisfecho el moreno. No quería tener que rechazar nuevamente al rubio.

—Pero al menos seamos amigos…—estiró la mano, Aomine miró la misma y notó que eran tan pálidas y con uñas finas. Al tomarlas sintió la suavidad y una corriente recorriéndole el cuerpo —soy Kise…

—Lo sé…—respondió.

En ese momento se formó su extraña amistad.

Aomine le explicó que muy en el futuro empezaron a surgir personas como él, gente que se reveló al tiempo y viajaba en sentido contrario al reloj. Algunos descubrimientos importantes de la historia fueron gracias a la información de estas personas, el gobierno les tenía identificados y les ayudaban a adaptarse a su nueva época. Cosas como los Ooparts*, los cuales aún no eran tan estudiados, eran precisamente por causa y consecuencia de esas personas.

No sabía nadie a ciencia cierta como las personas de su sangre retaron al tiempo y tampoco se sabe hasta qué año llegaron. Él no se preocupaba al respecto, buscaba vivir lo que le tocara vivir y morir donde debiera morir. Casarse con alguien de su sangre, tener familia que sufrirá el mismo destino no estaba en planes pero de vez en cuando se daba el lujo de atraer chicas. Si, su juventud fue algo alocada pero no había más de eso. A sus veinticinco Aomine se estabilizó en un empleo temporal hasta que el mismo tiempo le enviara al pasado.

—Algo que me sorprende…—dijo el moreno acomodándose las mangas mientras se sostenía de las cadenas del columpio —jamás me has preguntado de tu futuro…

—Ni tu del tuyo….—Aomine asintió con comprensión, después de todo el rubio sabía muy bien la situación y no tenía intensión de saber que sería de él simplemente de vivir el hoy, justo como hacia él.

—Me debo ir a casa…—se estiró. Ya pasaba de la media noche y al día siguiente debía laborar.

—Aominecchi…—sus orbes se encontraron, el silencio reinó y una tensión les arremetió — quisiera verte nuevamente.—el de cabellos azules apretó un poco la expresión y metió las manos en los bolsillos.

—Si sigo aquí mañana te lo haré saber…—dijo caminando lejos de Kise quien recargó la cabeza en las cadenas del columpio sonriendo con alegría. Amaba a aquel chico y si el tiempo les favorecía lo enamoraría, volvería a estar a su lado como lo estuvo en su ayer.

Así al día siguiente los rumores de un nuevo policía en la zona se hicieron presente entre las mujeres del área. Algunos decían que era familiar del joven que solía vivir en esa misma calle hacia unos años, que de ahí el parentesco. Tan pronto Kise escuchó el cuchicheo tomó al perro, el cual había crecido considerablemente, poniéndole una correa entre risas, seguro al él le haría bien ver a Aomine nuevamente y usando ropa deportiva corrió hasta la caseta que quedaba a calle y media con el perro de pelo claro enfrente.

Casi a punto de llegar el cachorro detectó el olor familiar, empezó a jalonear al rubio hasta que se soltó y entró a prisa al lugar tomando por sorpresa a un distraído Aomine.

—Ki, baja las patas de Aominecchi —le ordenó al perro pero este no obedeció —discúlpalo…

—No, está bien. Me tomó por sorpresa es todo. —dijo haciéndole cariños al enorme perro quien había calmado su sesión de lengüetazos para dejarse acariciar por su querido y antiguo amo. Aomine podía lucir más joven pero para el perro seguía siendo justamente el mismo de hacía años.

—El será tu perro en el futuro…—Aomine parpadeó sorprendido y volvió la vista al perro riendo. Era un hermoso labrador, juguetón y enorme.

—Estupendo. Seguro seremos grandes amigos. —y así sería. Aomine en el pasado le había contado a Kise que al perrito le había encontrado justo el día que arribó a aquella época tan pequeño y solitario. Le llevó a casa, le dio un hogar y felicidad hasta el día en que tuvo que partir nuevamente. Aomine sabía que Kise cuidaría de él a su partida y que el cachorro volvería a encontrarse con él.

—Cuando salgas ¿Te gustaría ir a jugar con el? —cuestionó. Aomine dejó de acariciarlo y miró el reloj.

—Salgo en un par de horas —el rubio sonrió animado, bastante a decir verdad.

—Entonces aquí estaremos. Andando, Ki —el perro a regañadientes se separó de su amo y siguió a Kise de retorno a casa. Por su parte Aomine estampó la cabeza contra el escritorio de la caseta ¿En qué rayos estaba pensando? Debía alejarse de Kise, debía hacerlo.

Esa tarde se reunieron en el jardín, jugaron con el cachorro y finalmente quedaron de tomar unas cervezas. Entraron a la casa del rubio, esta tenía un hermoso decorado entre azules y claros, unos sillones preciosos y estatuillas pequeñas. Justo en la pared de la sala había algo faltante, Aomine no sabía lo que era pero parecía que en aquel lugar, anteriormente, un cuadro había descansando.

Una charla de temas del momento, Kise actualizaba a Aomine del día al día mientras el otro se reservaba lo que pasaría en el mañana. Muchas latas pasaron por sus labios hasta que al final Kise rio enternecido al ver que Aomine entre el alcohol y el cansancio de su empleo le hacían caer dormido en el sillón. Una cobija cálida, una caricia en los cabellos y un beso en la frente de buenas noches.

—Aominecchi… realmente estoy tan enamorado de ti… —Kise se arrodilla y acomoda sus brazos justo al lado de la cabeza del moreno mirándole, recostando su cabeza y quedando próximo a él —poco a poco me volveré un viejo y arrugado , tú serás tan joven… aun así estaré a tu lado haciéndote feliz hasta que el tiempo me deje…

Y con una sonrisa después de esas dulces palabras el rubio emprendió camino hacia su habitación en paz.

La mañana despertó al moreno con sus sonidos y su aroma café. Se talló los ojos, se sentó estirando el cuerpo y se asustó buscando su reloj para saber si no se había hecho tarde. Aún estaba a tiempo, recordaba haber quedado con Kise hasta tarde tomando y que cayó rendido en el sillón.

—Buenos días, Aominecchi —dijo mientras ponía la mesa —antes de trabajar un buen desayuno y un baño.

—Mh…—Aomine no dijo más mientras se levantaba del sillón y se sacudía las hebras oscuras. Estuvo a punto de renegar pero la comida estaba apetecible, no podía rechazar algo tan bueno después de tener tanta hambre y estar comiendo tantas porquerías.

—Provecho—dijo un contento Kise al ver que el moreno se sentaba en el comedor y cuando iba a probar un bocado miró al rubio.

—¿No vas a desayunar también? —el chico se tensó y finalmente asintió. Había un poco de vergüenza en ello, desayunar juntos es algo que hacía mucho tiempo no hacía con él, desde aquel entonces y ahora siendo casi desconocido para Kise ¿No pondría de nervios a Aomine una situación tan adorable?

No, Aomine no se fijaba en esos detalles que para Kise valían oro ¡Pero no importaba! Aquel simple acto de desayunar juntos y disfrutar del momento le hacia el día al rubio.

Vinieron más días y cada día Kise agradecía que Aomine aún no desapareciera. Le iba dejar comida a la comandancia, Aomine se lo agradecía y charlaban un rato. En sus días libres no le veía, solo sabía que el otro se iba a su apartamento del cual aún desconocía la localización así que esos días se encerraba en su casa y se ponía a pintar para sobrevivir, vender algunos cuadros y tener para desayunar.

Un día Kise se vio realmente en aprietos. Su cartera estaba muy vacía, su galería llena y su panza requería de comida. Se levantó del sillón después de su berrinche interno y decidió hacer 'El plan Z de Kise'. Le llamaba así por ser el último.

El jardín se fue llenando de pertenecías, cuadros y algunas joyas que su adinerada familia le había dado antes de rechazarle por ser pintor. Los vecinos y curiosos se acercaban a la venta de garaje y observaban el trabajo y pertenencias del rubio. No había más opciones, debía conseguir otro trabajo y mientras eso sucedía vendería sus cosas.

Aomine al ver la aglomeración de gente que cruzaba la avenida decidió investigar y se encontró con el curioso negocio de Kise. Caminó hasta él y levantó una ceja mientras el chico cobraba a una familia por llevarse un hermoso cuadro de un paisaje.

—¿Tiene permisos para esto? —preguntó Aomine sonriendo.

—Moo, oficial! Solo es un poco de mis cosas, lo necesito para alimentar a mi bebé señaló a Ki quien movía la cola dentro de su casa esperando que Aomine se acercara a acariciarle.

—¿Problemas económicos? —el rubio suspiró, prefirió no responder aunque ese silencio fue suficiente. Aomine e talló la nuca y alzó los hombros — Ki también es…o será mío así que déjame ayudarte un poco.

—No tienes que hacerlo…—la mirada azul del moreno le hizo detenerse. Tal vez si tenía que hacerlo, tal vez él sabía que lo haría y resignándose asintió — está bien… te lo pagaré.

—No es necesario—dijo sutilmente Aomine mientras con una despedida a medias retornaba a sus labores. Kise sonrió un poco, aun cuando el futuro no fuera brillante le gustaba poder ver los ojos y las sonrisas del moreno.

Los días siguientes Aomine pasaba a casa de Kise a dejar algo de croquetas para un feliz can que brincaba de emoción al verlo y nunca olvidaba el detalle de llevarle a Kise algo de comer. El rubio estaba abrumado con esa atención y aun cuando el moreno mostrara desinterés podía notar un leve carmesí cada vez que dejaba el plato plástico de comida en la mesa. Podía ser comida de una tienda de conveniencia pero tenía un sabor tan bueno por ser obsequiado por ese chico.

Un día Aomine tuvo un sueño, soñó que desaparecía de nueva cuenta. Sabía que aquel buen amigo que había hecho sería importante y según pronosticaba sus sentimientos amistosos se estaban deformando. Sintió que si en el día de mañana no estaba pues el hoy estaba siendo desperdiciado, que podía hacer más, que debía hacer más.

El vecindario entero estaba de fiesta, eran las vísperas navideñas y el júbilo se respiraba. Las calles llenas de decoraciones hermosas y luces brillantes comparados a las estrellas. Kise andaba en el jardín, el alegre Ki corría entre las montañitas de nieve que se habían formado. El rubio finalmente llegó hasta el portoncito abriendo el mismo para que Aomine pasara. El moreno tanto como el rubio portaban ropas abrigadoras, el chico de ojos azules tenía una caja en mano .

—Feliz Navidad, Aominecchi — le invitó a pasar a la calidez de su hogar. El rubio rebuscó en el árbol el único regalo que había, casi al fondo entre las ramas y lo extendió al moreno. —espero que te guste…

Aomine lo tomó y le entregó la caja envuelta en papel dorado. Kise le invitó a sentarse y así ambos abrieron sus regalos. El moreno encontró unas zapatillas deportivas, de esas que apenas empezaban a usarse en aquel entonces. Entre sus charlas habían hablado de los recientes eventos deportivos, de los que se leían en los periódicos y demás. Los chicos en las calles empezaban a jugar, realmente sonaba como algo divertido. Aomine estaba sorprendido, el color y la medida eran perfectos. Cuando dirigió la vista para agradecer a Kise el chico miraba su regalo con los labios apretados.

Un balón de básquet, uno de aquellos antiguos bordados en cuero. Eran tan duros pero resistentes, tan fantásticos. En el unas palabras escritas con una tinta un poco más oscura que el mismo balón, la misma visible a la luz.

"Sé que te seguiré buscando una y otra vez. En mi juventud me pregunté por qué nos habíamos encontrado nuevamente y ahora lo sé. Parece que mi destino es encontrarme con el tuyo más allá del tiempo, más allá de la vida"

Aomine ladeó la cabeza, era impropio decir esas cosas así que escribirlo parecía más fácil. Kise estaba enternecido por el detalle y alzó los orbes llorosos hacia el moreno. Aomine suspiró rendido, en ese momento se dio cuenta que se había enamorado de ese chico.

—No sé cuándo me iré pero se lo que debo hacer ahora….— bufó y sacó de su chamarra una cosa plateada, un pequeño detalle que para Kise lo era todo — es una locura y no tenemos un futuro….no el mismo al menos…pero mientras nos dure está bien ¿No?

—Aominechi…—el chico bajó la vista cubriéndose la cara con las manos —¿Qué forma de pedirlo es esa?... eres un idiota pero yo soy más idiota porque te he amado desde hace tanto….que…

Apenas alzó la vista y se encontró con la cercanía del otro, con sus labios buscándole, con la calidez de los mismos y la frialdad de aquel anillo colocado en su dedo. Apenas se separó Kise entrecerró los ojos y miró aquella alianza. Definitivamente era aquel momento en que ambos unían sus vidas y no podía ser más feliz por ello.

Una pequeña ceremonia de dos, una capilla improvisada en el ático. En aquel entonces las bodas de personas del mismo sexo estaban prohibidas pero no necesitaban la aprobación de nadie para hacerlo. Kise acomodó la vieja cámara, corrió hasta estar al lado de Aomine y una foto instantánea atrapó el momento exacto.

Un momento que quedaría plasmado por varios años más.

Aquella noche Aomine había adoptado esa cama como suya, as cobijas como propias y a ese rubio como de su propiedad. Lo había hecho sentir, lo había hecho soñar y contener su nombre que quería salir expulsado en un grito. Kise estaba en el paraíso, lo estuvo muchos días y muchas noches más. Construyendo su felicidad, una vida juntos.

Y si no era una vida al menos fueron un par de años.

Aomine tenía veintidós años. Kise por su parte tenía unos treinta y cinco. Las cosas habían estado normales en ese inusual matrimonio. No faltaba nada, no sobraba nada. Estaban bien, completos. Problemas como todos, reconciliaciones que superaban a la anterior y detalles por demás. La foto de boda descansaba en la sala junto a la cama de un gran labrador. El perro ahora dormía en casa, a sus casi siete años el frio de afuera era demasiado para él.

Aomine seguía trabajando en la caseta de policía, Kise aun esperaba ser llamado para exponer sus trabajos pero no había tenido éxito. Tras enterarse de ello su familia en USA intentó persuadirlo para que regresara a casa, obviamente el rubio se había negado diciendo que tenía un buen hogar ahí.

Cada día, por la tarde, iba a dejarle un platillo de comida al moreno. Él le recibía gustoso con una sonrisa aunque no podía públicamente besarle ni la mejilla. Ninguno de sus vecinos sabia la relación de ambos, querían evitarse prejuicios por lo que su vida privada se remontaba dentro de las puertas de aquella casa que compartían.

—¿Mucho trabajo? —dijo Kise dejando el platillo sobre la mesa. Aomine asintió levemente.

—Parece que la gente ha tenido más problemas en estas fechas —olió la comida, parecía cálida y deliciosa — parece que ahora si te luciste.

—¡Hey! ¡Yo siempre me luzco! —le reprendió —bueno, tengo que irme…—dijo sonriendo, Aomine lo hizo de igual forma y giró yendo camino a casa. El moreno salió de la caseta para verle partir como era la costumbre y justo en ese momento se sintió afortunado, feliz de haber dado ese loco paso.

Aunque en ese momento algo pasó. Su reacción fue rápida, el sonido del claxon viejo de un vehículo advirtió del momento. Kise abrió los ojos con sorpresa hasta que sintió el jaleo de la camisa ejercido por Aomine. Ambos cayeron de espalda, el vehículo ni siquiera hizo mohín de detenerse y siguió de largo. Kise empezó a respirar agitado, sorprendido. Casi era atropellado ¡Santo cielo! Un paso más y se lo llevaba.

—Eso estuvo cerca….—dijo recobrando el habla — ¿Estás bien, Aominecchi?

—¡Ten más cuidado, maldición!—dijo irritado con un dejo de preocupación, sus manos temblaban sutilmente. Kise nunca había visto así al moreno y clavó sus orbes dorados en ese porte temeroso — ¿Qué estabas pensando…tú….

—¿Aominecchi?...—se asustó de la reacción tan agresiva del moreno quien finalmente articuló cruelmente.

—¡Vete a casa!...—Kise iba a rechistar cuando Aomine ladeó la vista tras ponerse de pie y sacudirse las prendas —¡He dicho que te vayas a casa!

Kise no pudo decir más. Apretó los labios temblorosos y asintió sutilmente para, después de ser irónicamente regañado, caminó hacia su hogar un tanto cabizbajo, conteniendo las ganas de llorar. Sabía que en ese momento Aomine no podía abrazarle pero uno abrazo no hubiera estado de más. Tan pronto cerró la puerta de su hogar se arrastró por la madera hasta quedar sentado, sollozando, cubriéndose los labios hasta finalmente llorar.

El perro hizo igual que él, recargó su cabecita en el hombro de su otro amo dándole consuelo.

Esa noche Aomine no regresó a casa, la cama se sintió tan fría y la almohada tan húmeda de tanto llorar. Kise sollozó, apenas y pudo cerrar los ojos unos minutos y dormir. La mañana se pintó con sus colores, iluminó varios rincones de la solitaria casa y el tirinteo de las llaves le hizo levantarse por completo. Bajó las escaleras rápidamente, se encontró con Aomine en la sala mirando el cuadro de bodas. Su cabello algo despeinado y un leve olor a alcohol emanando de su cuerpo.

—Ao…—apenas alcanzó a decir cuando el otro negó.

—La gente como tú y como yo no debemos estar junta….—emitió con claridad y dolor — fuimos estúpidos al creer que funcionaría ¿no?

—¿Qué cosas dices?...—sollozó Kise de nueva cuenta. Un viento frio invadió el cuarto y una luz aún más fuerte empezó a iluminarlo.

—Nosotros…esto no debe ser. —sus ojos se encontraron con los otros mientras sostenía el cuadro de bodas en mano — te amo Kise…pero a partir de ahora no puedo hacerte feliz.

Poco a poco Aomine desapareció ante sus ojos. Kise intentó detenerlo pero no pudo, no fue capaz de aferrarse a él. Se desapareció ante su mano como un montón de estrellas doradas. El cachorro ladraba mientras las lágrimas caían de los orbes de Kise.

Nuevamente Aomine había salido de su vida.

Los siguientes años fueron complicados. Kise estaba entre la expectativa y el no desear más nada. Decidió ir a USA tan pronto su familia volvió a solicitárselo y tal vez estando lejos no volvería a ver a Aomine aparecer. Vivió un año y medio en tal lugar, por las tardes jugaba básquet con aquel balón que le había regalado. De tanto uso las letras se habían borrado y las líneas se desaparecían. El viejo perro no se movía mucho de cama y su familia observaba con tristeza como su pequeño Kise, quien solía ser tan alegre y despampanante, ahora lucía triste y perdido.

La tele en aquel entonces aun no tenía colores pero daba suficiente para informar de los hechos del mundo. Las guerras llegaban más rápido a oídos de otros y la revolución tecnológica estaba a la vuelta de la esquina. Cansado Kise entró a casa, se tiró en el sillón y abrió aquel libro de historias fantásticas que de niño solía leer. Ahora, en su madurez, pensaba que la magia debía seguir plasmada y los humanos debían beber de la realidad.

Ya no quería sorpresas. A sus treinta y siete años ya no quería sorprenderse.

—Hijo…—dijo su madre, una mujer vieja y canosa —Querido. Tu padre expresó su deseo de retornar a Japón —el rubio abrió los ojos sorprendido. Desde hace muchos ayeres su familia había huido de aquellos lugares añorando Norteamérica ¿Por qué volver ahora?

—¿Pasa algo? —la mujer suspiró entristecida. Tomó sus manos entre las propias y dijo lastimera.

—Tu padre está viejo, yo también lo estoy…. Ambos queremos dejar el mundo en el lugar donde nacimos y esperamos que ustedes estén ahí….como familia —Kise apretó los labios, lo entendió. Desde hace unos años su padre había enfermado, su madre se veía agotada y la vida de la ciudad no era para ellos. Kise se resignó, debería volver al lugar del cual huía y cabizbajo aceptó la petición.

Un beso en la mejilla y un agradecimiento por parte de su madre.

Y apenas en dos años Japón había cambiado considerablemente. Iba a la alza en tecnología, ya ansiaban hacer aparatos para comunicarse y las películas en blanco y negro trataban de robots y futuro. Se preguntó si cosas como esas sucederían, si acaso en el futuro todo sería más fácil y si la gente como Aomine había vivido en aquellas épocas. Kise se talló los cabellos mientras dejaba las valijas en su antigua casa, mientras le mostraba a sus padres la habitación donde podían descansar, donde su agotado viejo cayó rendido.

Ki también estaba algo cansado, cabizbajo, perdido. Olfateó el jardín y se tiró en el pasto seco por un rato. Los años empezaban a pesar para todos.

Kise no quería salir de casa, temía encontrarse con él y mientras limpiaba el ático se encontró con aquella pintura. Apretó los labios mientras acariciaba los detalles y recordó que en aquel mismo sitio se había casado con él. Todo era doloroso de recordar ahora, todo tenía sabor amargo.

Los desayunos con papá y mamá, las risas apagadas y el color de la casa cambiando nuevamente como si con ello el recuerdo de Aomine se borrara. Un día Ki no se movió más, un día hubo que enterrarlo y pensó que ese era el destino de todos, vivieras en el sentido que vivieras. Se sentó en la mecedora, miró el cielo plagado de estrellas y sonrió pensando que Ki vivió como nadie y disfrutó los días sin remordimientos.

—Ojalá que nosotros fuéramos iguales ¿No crees, Aominecchi? —dijo al viento y cerró los ojos y cogió el valor para salir. Encontrarle estaba escrito.

Apenas unos meses después de llegar estuvo rondando la zona, mirando algunos viejos conocidos, gente cuyas arrugas eran más o menos notorias. Las mujeres despampanantes de jóvenes ahora eran apenas y los restos de lo que fueron. Aquellas que se le insinuaban pasaron a ser mujeres felizmente casadas y algunos se preguntaban ¿Por qué Kise seguía soltero?

O al menos eso creían todos pues un pequeño anillo en el joyero demostraba lo contrario.

Yendo unas cuadras más lejos observó un parque, buscó sentarse y observar a la gente pasar. Recordó la primera vez que vio a aquel viejo, jamás pensaría que él le daría los mejores años de su vida y, entrecerrando los ojos, terminó recargándose en la banca y cediendo al sueño.

Un jaleo le despertó, abrió los ojos y se encontró a un policía. Su corazón latió acelerado pero tan pronto la luz iluminó su rostro se dio cuenta que no era quien buscaba.

—¿Está bien? —Kise asintió levemente.

—Me he quedado dormido…—dijo mirando la tarde caer.

—¿Necesita que lo lleve a casa? Ande…—le sugirió amablemente y aunque Kise se negó terminó accediendo. El auto emprendió camino y fue rumbo a casa pero la alerta de un enfrentamiento le hizo ponerse en la incertidumbre de que hacer.

—Déjeme aquí, no queda muy lejos ir a casa —el policía se negó sutilmente y sonrió amable.

—Le dejaré en la estación, de ahí le llevarán. Lo digo porque se ve fatal…además la estación me queda de pasada —Kise sonrió agradeciendo la amabilidad y doblaron apenas por un par de calles llegando a la comandancia. —Necesito que le lleven a casa, iré al llamado de la zona 12 —ordenó el oficial. Los de turno se miraron entre si y levantaron los hombros mientras el joven se iba.

—El nuevo debería llevarle. Anda —un chico al fondo de unos veinte años chistó. Se levantó el gorro de oficial y cogió las llaves de la mesa. Con fastidio pasó de lado del rubio y justo en ese punto Kise pensó que aquello era demasiado…que al final si se había encontrado con él.

—Andando —dijo sin verle. Kise sintió sus manos temblar y asintió subiendo a la nueva patrulla.

Silencio total. El moreno conducía concentrado viendo los autos pasar, respetando las señales, viendo como la noche caía cada vez más. Kise apretó sus manos, sus piernas y labios ante la tensión del ambiente. Suspiró entrecortado y en un alto decidió que después de huir tanto al encuentro era hora de hablar.

—Tienes 20 años ¿No, Aominecchi? —el moreno iba a contestar y al verlo se quedó sorprendido.

—Tú….—dijo el chico quien frunció el ceño molesto.

—Te vez tan joven y lleno de vida —le sonrió dulcemente. Aomine parecía un tanto shockeado y la luz del semáforo le dio el pase. Apenas un auto detrás pitó se percató y siguió su marcha.— No me conoces ¿Verdad?

—No sé quién es…—fue todo lo que dijo.

—Pero se quién eres tú…—susurró recordando el pasado—sé que amas el pan tostado con mermelada y crema de maní, que te fascina el básquet. Sé que odias el frio en los pies y te gustan los veranos —Aomine le escuchó atentamente bajando la vida —se lo que eres y se cuánto te aterra serlo…

—Basta….—apretó el volante conteniendo el aire.

—Y también sé que eres el amor de mi vida… y que yo seré el tuyo —el moreno frenó el vehículo y dirigió la vista a Kise. Negó fuertemente y dijo entre dientes.

—Yo jamás me relacionaría con alguien como tú…!además eres hombre! —espetó enojado —yo voy contra el tiempo y no hay un futuro para nosotros.

—Yo tengo un pasado contigo —dijo seguro Kise. Aomine se sintió más irritado —y se cómo te sientes ahora pues yo tampoco pude evitar sentir amor por alguien que sabía tanto de mí.

Aomine bajó la vista y le indicó que se bajase del vehículo. Kise supo que había hecho lo que tenía que hacer. El Aomine de esa época no era suyo, no le conocía, posiblemente le amaba pero no lo admitiría si no años después, sino años antes. La puerta de la patrulla fue cerrada y el moreno emprendió camino dejando atrás a Kise. Pudo haber sido un rechazo total pero volver a verlo alegró su alma, su corazón, estaba completo y listo para seguir viviendo.

Y justo como había pensado no vio a Aomine durante tres años. Su recuerdo, a pesar de eso, permanecía vivido.

Kise tenía cuarenta y un años. Algunas arrugas caprichosas se notaban aunque sus ojos seguían tan hermosos y brillantes. La sala estaba decorada con aquel cuadro del moreno y otras pinturas más. Su padre había fallecido hacia unos días y aun el luto mantenía las energías bajas, la depresión de su madre, el dolor de la familia. Kise se mantuvo en una pieza durante los funerales, buscando ser la fuerza y sostén de todos, sabiendo que no sería fácil el camino.

Esa mañana se lavó el rostro y se puso un traje elegante de aquellos que ya no usaba. Decidió buscar un empleo o algo que pudiera mantenerlos. Para su madre era pronto y no había necesidad pero ante tantas penas lo que quería el chico era mantener su mente despejada. Un perfume suave, su sortija de matrimonio y un beso al balón de básquet. Tan pocos recuerdos físicos comparados con la memoria.

Se despidió de su familia con un beso en la mejilla y salió de casa con grandes expectativas. Recordó cuando vio a Aomine a un par de jardines y como jugaban con Ki. Recordó cuando era policía y le reprendía por la venta de garaje o cuando miraron las estrellas fugaces en el jardín. Un montón de eventos más, de risas, de locuras. Una vida rara y llena de amor.

Pasó por el parque hasta cruzar la cancha de básquet. Quien diría que tan solo unas calles bastaban para construir de todas la historia más fantástica. Miró su anillo, aun brillaba con fuerza como sus sentimientos. Alzó la vista para continuar con su camino y vio a un chico saliendo de la cancha de básquet despidiéndose de todos y alzando una mano. Tan joven, tan lleno de vida, tez morena y cabellos azules.

Aomine estaba ahí de pie.

Kise empezó a caminar más rápido, a alcanzarle. No sabría que decir en ese momento, no sabría hacia donde se inclinaría su historia pero quería por un instante mirar sus ojos y verse amando como nunca. Trotó un poco, Aomine giró distraído y el sonido de un automóvil intentando frenar le alertó.

—¡Aominecchi! —gritó y todo fue tan rápido.

Entreabrió los orbes y no estaba seguro si era dolor lo que sentía solo sabía que se sentía frio, que sentía su respiración desvariar. Unas manos, unas conocidas, le tocaron las mejillas y al girar pudo verle ahí. Aomine se veía tan preocupado, tan alertado y gritaba a todos que necesitaba un Doctor. Kise lo entendió, cuando Aomine le dejó aquel día estando tan irritado es por que recordaba ese momento, porque Aomine sabría que a Kise le atropellarían y el simple recuerdo le hacía entrar en pánico, sentirse justo como se sentía en ese momento.

—¡Hey, viejo! Resiste —le decía Aomine intentando reanimarlo. El hombre del auto estaba en pánico total caminando de un lado a otro.

—Aominecchi….es genial verte de nuevo…—el moreno abrió los ojos sorprendido, impactado. Kise estiró su mano la cual temblaba hasta llegar y poner los dedos fríos en la mejilla del moreno —no sabes cuan agradecido estoy porque fueras…—tomó aire, hablar le era difícil— parte de mi vida.

—Viejo, tranquilo…ya va a venir algún doctor —dijo intentando hacer que se detuviera.

—Me gustaría que en otra vida el tiempo….nos favoreciera…—tosió suavemente apretando los puños, sintiendo al fin ese montón de punzadas dolorosas, tensándose totalmente.

—¡Hey! ¡No! ¡Resiste! —gritaba Aomine. Kise sonrió, bajó su mano lentamente hasta que se estampó contra el pavimento. El moreno se cubrió los labios, se levantó del suelo e iracundo golpeó el cofre del auto.

Por salvarle la vida Kise había perdido la suya. Y él no lo sabía pero desde ese momento decidió buscarle sin imaginar que en su futuro lo amaría más que a nada en el mundo.

A sus cuarenta años Kise falleció. Aomine tenía tan solo dieciocho años y podía entenderlo, podía comprender que ese hombre que le salvó la vida sería importante de alguna manera, no sabía de cual, pero lo esperaría gustoso y mientras bajaba la lápida del rubio miraba desde la distancia el funeral y alzaba la mirada al cielo profundo.

Y aquel mismo cementerio hace sesenta años era un bosque, ese mismo bosque en donde un viejo hombre de tez morena descansaba. Ese sería el lugar donde Kise sería enterrado, ese mismo lugar era donde el viejo Aomine quería morir.

Tenía setenta y ocho años cuando su cuerpo ya no tenía energía para cruzar en el tiempo, cuando los recuerdos dolían más que cualquier enfermedad. Años antes de que Kise naciera Aomine supo que ya no podría verle y para él ya no había razón para seguir. Estiró los brazos en ese mismo lugar, en ese mismo sitio y miró el cielo azul claro con una sonrisa.

—He cumplido en esta vida y me atrevo a pedirte un favor…—dijo con voz ronca a la nada esperando que alguna deidad maliciosa ablandara su corazón y le escuchara. —haz realidad su último deseo….

Y con un suspiro se fue todo y ambos reposaron bajo la misma tierra. Hasta que el tiempo les favoreció.


Un balón rodando por el piso llegó hasta golpear sus pies. Kise se extrañó al ver el mismo y se inclinó para sostenerlo "Un balón de básquet" pensó y cuando giró la vista esperando ver a su dueño se encontró con un moreno alzando la mano y trotando hacia él.

—¿Podrías pasarme el balón?—dijo el joven. Kise se quedó algo pasmado pero acto seguido le lanzó el mismo sin decir nada.—¡Gracias!

Y así como había llegado se fue. El rubio se quedó con una sensación curiosa de que debía seguir a ese chico hasta que sus pasos no resistan, aun después de eso. Miró el reloj andar, supo que era tarde y para suerte de ambos.

Esta vez iban a favor del tiempo.


+Ooparts : Objetos fuera de tiempo. Revisen sobre ello, es un tema interesante.

Bueno, el final de la historia es el primer encuentro que tienen en KNB. [se cumplió el deseo de Kise, hurra] Dudé en ponerlo porque ambos personajes [el pasado y la reencarnación] llevan los mismos nombres [Aomine y Kise]. Pero si le cambiaba el nombre a sus primeras vidas iba a ser confuso ¿no? El final fue como para darle más magia y alivio a sus corazones los cuales deben estar destrozados [o tal vez no, !insensibles!]

Tardé escribiéndolo, fue un oneshot largo y duré varios días pero al fin he terminado. No se si tenga horrores ortograficos, le he dado mil veces el vistazo y no encuentro nada raro. Tal vez hubo detalles raros o no se...es una historia complicada de narrar pero espero que se entendiera y la sintieran. Y sin más pues...gracias por leer!

FELIZ MES AOKI.

-Yisus