Dιsclαιmєя: Inuyαsнα © Ruмιko Tαkαнαsнι

Bαsαdo en el beso de Hαkuryuu y Morgiαnα, del mαngα/αnime Mαgi. En realidαd, es unα αdαptαción —¡unα de verdαd, no copy&pαste!— de lo que sucedió en lα Noche 133 (mαngα). No se confundαn, que vivα el AliMor. xD Les sugiero buscαr ese beso por YouTube o en el mαngα pαrα que sepαn de qué mαnerα ocurre. Es un tαnto fluffly, quizás.

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«No es el final»

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(al menos, no aún)

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—¡Espera, Inuyasha! Tú… ¿tú te irás solo así?

Se hallaban en la periferia de la aldea y a un lado del pozo, aunque tú intentaste mil veces pararlo antes de llegar tan lejos, porque luego del pozo por el que sueles viajar solo viene el bosque, y, con él, la infinita espesura y la segura promesa de no volver a verlo. Porque él era un experto en eso: en huir de la gente que lo quería. Así que sabes que si dejas a Inuyasha dar un solo paso más en la dirección contraria a la aldea de Kaede, lo más seguro es que ese mismo paso sea el que lo guíe fuera de tu vida de manera irrevocable. Sin él, ¿qué quedaba? El pasado no era tu tiempo —por más que lo quisieras y lo odiaras del mismo modo—, y la misión de recuperar los fragmentos en realidad te debía ser ajena, ya que Kikyō, la legendaria sacerdotisa Kikyō, estaba ocupada en eso; ya no tendrías una excusa para regresar a esta época si Inuyasha decidía alejarse por siempre.

Una de las únicas razones de aferrarte con tanta fiereza al pasado (las otras se encontraban en la aldea; Miroku, Sango y Shippō descansaban o levantaban los escombros hechos cenizas, mientras que Naraku se erguía con gran parte de la perla) deseaba irse de tu lado. A pocos pasos de ti y al mismo tiempo en un lugar lejano del pasado —seguramente se atormentaba con recuerdos.

Por las tonalidades que el cielo iba adquiriendo, supusiste que debían ser más o menos las cinco de la mañana; tus pies se sumergían en la hierba mojada hasta los tobillos, la cual se dedicaba a hacerte cosquillas aprovechando que tus pies estaban enfundados solamente en sandalias. De la misma forma, el aire era fresco y formaba leves brisas cada cierto tiempo que te calaban hasta los huesos, puesto que el traje de sacerdotisa que llevabas no se apegaba al cuerpo y permitía a la perfección que las ventiscas se colaran dentro, enfríandote más y más. El alba despuntaría en cualquier momento. Por un breve segundo lamentaste haber ensuciado tu uniforme con lodo y cenizas —justo como Inuyasha tenía su traje: con manchas redondas y consistentes de sangre, de tierra; sus garras, sin embargo, eran las más perjudicadas y albergaban restos de sangre seca tras las uñas, la cual Inuyasha no pudo sacar por más que lo intentó una y otra vez, hundiendo con tozudez las manos en el río y solo consiguiendo congelarlas—, quizás incluso el llevar aquel traje le dificultaba a Inuyasha el verte.

No dejarías que ni el latente recuerdo de Kikyō que pudieses evocar te detuviera. Eres Kagome. Y detendrás a Inuyasha.

—Ya no puedo estar junto a ustedes. —Él te daba la espalda, aunque de reojo pudiste ver cómo se le tensaba la mandíbula a tal grado de abrirse un pequeño corte en su mejilla. De seguro lo sintió. Pero para él debía ser necesario, justo y necesario, porque comprendías que él funcionaba de un modo en que era vital recibir un castigo cuando se equivocaba, ya que, de otro modo, Inuyasha se sentía más y más culpable. No sentía suficiente dolor. Debía sentir el mismo dolor que él había hecho sentir; así pensaba él—. Soy un… monstruo.

—¡Claro que no, Inuyasha! —gritaste, mezclando ira y pena. No soportabas ver cómo se culpaba, cómo planeaba quedarse solo nuevamente. Se te quebró un poco la voz al gritar, pero es que notaste que planeaba irse de igual modo, así que no pudiste más que bramar lo primero que te naciera—: ¡Espera, espera!

Inuyasha se llevó una mano al rostro e intentó cubrir sus ojos, mas las imágenes que se aglomeraban contra sus párpados, culpándolo de lo que sí era culpable, no planeaban dejarlo olvidar; no lo dejarían jamás. ¿Qué más daba si era día o noche, si él bien sabía que la oscuridad encontraba su lugar hasta bajo el sol más absoluto? Y entonces, en el segundo en que bajaba la guardia, volvían a él los recuerdos en forma de breves destellos sobre qué había pasado. Volvía a él Naraku y sus subordinados llegando de improviso en medio de la noche, los gritos de los aldeanos y el fuego que invadía la aldea de Kaede, pero lo que en realidad sucedió no lo tenía muy claro. No era así porque, en medio de las imágenes que evocaba su mente, las burlas de Naraku cambiaban algo dentro de él… La manera en que le mostraba con una media sonrisa irónica a la gente retorciéndose de dolor activó dentro de su cuerpo un mecanismo que juró no utilizar nunca más. Su lado yōkai despertaba y…

Y luego estaba la sangre.

Sabías que Inuyasha estaba recordando la sangre.

Habían vuelto de un largo viaje libre de Naraku, uno que casi pareció por placer a tus ojos. Incluso Miroku y Sango consiguieron dinero extra exterminando demonios pequeños, por lo que ella decidió invitarles una noche de relajo y una mañana en las aguas termales en una pequeña posada cerca de la aldea donde Kaede vivía (Miroku prefirió gastarlo en quién sabe qué cosa, de seguro perversa —¡tú ya conoces las mañas de Miroku!). Como el retorno se tardó bastante más de lo esperado y ninguno se veía con ánimos de caminar unos pares de kilómetros más, sugeriste quedarte con Kaede y de ese modo dejarlo para el día siguiente.

Qué gran error.

Es curiosa la forma en que la vida se burla de las decisiones que tomas. Casi parece disfrutar cómo te lamentas no poder volver al pasado —irónico para alguien como tú, que, en teoría, sí puede hacerlo— y cambiar. Todo sería más sencillo, pero no menos jodido, si pudieras optar por cambiar una sola decisión. Nunca sabrás si Naraku sabía que estaban cansados, con los pies ajados de tanto caminar, o si en realidad el muy maldito tuvo la suerte de dar en el clavo al decidir cuándo atacar, no obstante tienes muy claro que escogió bien.

Como siempre.

—¿De verdad te irás de este modo? —preguntaste. El silencio ya era muy tenso—. Al fin has dejado de estar solo y tú… —Miraste al piso con resignación, mordiéndote el labio para no gritarle—, tú decides irte. Estar solo de nuevo… —reprochas. Te preguntas si es el frío o la tristeza la que te pone la piel de gallina.

En medio de la noche, el fuego estalló. Aún no ordenas los recuerdos ni tienes ganas de hacerlo, pero sabes que lucharon, lucharon, lucharon. Sí que lo hicieron pese a estar heridos, cansados y atontados por despertar súbitamente, sin embargo eso no fue suficiente.

Las cosas se les fueron de las manos. Naraku sonreía con soberbia y les mostraba cuán débiles eran al señalarles en silencio las casas en llamas, los gritos de la gente que rogaba por una oportunidad y… sucedió.

Inuyasha no te miró y comenzó a partir, dándote un escueto:

—Sí.

(La vida definitivamente disfruta burlándose de las decisiones que tomas.)

Lo veías y sabías que pensaba que la sangre aparecía de nuevo entre sus garras, sabías que Inuyasha se la imaginaba escurriéndose entre sus dedos. Querías gritarle que Miroku no le culpaba por atacarlo en medio de su locura y que, de hecho, él te rogó antes de caer inconsciente que por favor evitaras que huyera; que Shippō lloró en tu hombro su partida y que el brazo de Sango estaba bien, tanto así que incluso amenazó con golpearlo si es que se le ocurría irse. Querías decirle Inuyasha, ellos te quieren y luego irte con él de vuelta y sonreír y pretender que todo estaba bien. Mas él seguía caminando con lentitud, como esperando que lo detuvieras (¿o te rogaba que lo hicieras, que le gritaras que parara?) y las palabras simplemente fueron tan innecesarias.

Fuiste más rápida que la necesidad de huir que él sentía —su paso se había acelerado y te alarmó—, porque más urgente eran sus ganas de consuelo, de que alguien lo abrazara y le dijera que todo estaba bien aunque todo estuviera jodido. Aunque él mismo lo estuviera. Porque Inuyasha quería, más que nada en el mundo, que tú lo detuvieras.

—¡Para! —exigiste—. No… no quiero decirte adiós. —Diste un corto paso y tus manos se encontraron más cómodas sobre tu pecho, aprisionando tu corazón con ira—. Menos de este modo, Inuyasha. ¡Nadie te culpa de lo que ha pasado! ¡Miroku-sama pidió hablar contigo justamente para prevenir que te quisieras ir de este modo! ¡Sé que lo podemos arreglar, nosotros…!

—Entonces no te despidas de mí.

Callaste unos segundos, creyendo no haber oído bien y un tanto confusa por la interrupción. Esperabas silencio de parte de Inuyasha.

—¿Ah…?

—Yo no puedo volver luego de que lo he hecho. Simplemente no puedo, Kagome. —Intentaste imaginar el pesar que sentía Inuyasha, el mismo que reflejaban sus palabras fuertes y claras (pese a no haberse volteado todavía). No podías calcular cuán grande era la carga de haber perdido el control nuevamente. Porque luego de que Naraku les mostrara cuán débiles eran, Inuyasha había salido de sus cabales y comenzó a atacarlo con ira. Pero conforme los minutos pasaban, los ojos de él dejaron de ser dorados y comenzaron a transformarse—. Perdí el control en la pelea contra Naraku. Sabes que ésa era la idea de aquel bastardo, pero fui yo quien cayó. Yo me dejé guiar y no pude parar incluso luego de que él desapareciera de la nada. Él deseaba que yo quedara en ese estado y luego dirigirme a matarlos… Y no pude parar. Incluso luego de que Miroku quedara tirado en el suelo por mis ataques, incluso cuando lo vi lleno de sangre. Incluso luego de que Sango se rompiera un brazo intentando sujetarme para que no siguiera peleando contra Miroku. Incluso luego de que Shippō me rogó entre el llanto que parara. Yo no pude parar. Si no hubieses estado ahí… Kagome, ¿qué hubiera pasado si no hubieses estado ahí? —preguntó con un tinte de desesperación—. Es por eso que he tomado la decisión de marcharme aun si Miroku y Sango dicen que está bien que me quede. Para mí no lo está. No porque finja que todo está bien cambiará el hecho de que tengo en mis manos la sangre de mis amigos. Pero —musitó de pronto, bajando la cabeza un tanto más—… si no me quieres decir adiós, no lo hagas. —El silencio que siguió pareció durar horas y tú no te atreviste a romperlo. Luego farfulló—: Ven conmigo, Kagome.

Tu corazón dio un suave brinco, preparándose para acelerarse hasta el punto en que fuera molesto el palpitar incesante contra tu pecho. En tu cabeza se repite el «Ven conmigo, Kagome» y te dan ganas de llorar. No es justo que te lo pida ahí, precisamente en esos momentos en los que tu familia se estará preguntando qué es de ti, o en los que tus amigos recogen la aldea destruida. ¿De verdad podías huir?, ¿dejarlo todo como si nada?

En medio de tu estupor fuiste capaz de exhalar una suave pregunta en forma de susurro:

—¿A qué te refieres?

(De verdad te salió del corazón.)

Inuyasha calló algo así como horas enteras en las que no dejaste de mirarle la espalda, pero detallaste en tu cabeza al pozo a tu izquierda en el que las malas hierbas que crecían alrededor habían sido cortadas por quién sabe quién, y en donde la madera parecía no pudrirse nunca por más lluvias que lo azotaran; miraste dentro de tus recuerdos hasta encontrar la perfecta imagen del Goshinboku que te unió a Inuyasha y al pasado, a la Perla y a un futuro en el pasado. Quisiste rememorar algo más para pasar el rato sin que el corazón se te saliera del pecho por la emoción, sin embargo Inuyasha hizo amago de querer hablar y no tuviste el valor suficiente como para perderte un mísero detalle de eso.

No se volteó.

—A que te quiero, Kagome. —Tus ojos se abrieron con pasmo y tu boca también los quiso acompañar cuando exhaló sonoramente tu sorpresa—. Yo… —titubeó un segundo, mas optó por volverse hacia ti con decisión y con algo así como una disculpa retratada en su cara; lo decían sus cejas contraídas como con pena, sus ojos tristes y su boca dura, pero cuando su gesto se relajó un tanto, soltó algo que te caló más hondo—. Yo estoy enamorado de ti, Kagome.

Cuando se volvió, debió llevarse una gran vista del rostro impactado que cargabas. El corazón se te hizo añicos al oír eso. Entonces, caminó con breves pasos la distancia que los separaba, hablando solamente cuando estuvieron lo suficientemente cerca. Olvidaste el alfabeto completo, ni un solo pensamiento surcó tu confundida mente.

—Eres especial —mencionó, viéndote con una pequeñísima sonrisa de disculpa que se fue tornando sincera conforme las palabras fluían—. Has estado conmigo pese a todo, me has enseñado tantas cosas que jamás creí que aprendería… Es gracias a ti que soy quien soy ahora, Kagome. Nosotros… hemos pasado por muchas cosas, y… y yo… —Inuyasha cerró los ojos e inspiró, dándose fuerzas—, y yo quiero pasar muchas más —dijo con seriedad y mirándote de lleno—. A tu lado.

—Inuyasha, tú…

—Sé que te puede sonar extremo y apresurado —te interrumpió casi con solemnidad mientras te agarraba las manos y no dejaba de mirarte a los ojos en ningún momento—, pero no cometeré los mismos errores. No otra vez. —Supiste que hacía alusión a Kikyō, a que no quería que sucediera lo mismo que con ella—. Ya lo decidí.

—Inu… Inuyasha… —Atinaste a farfullar con el arrobo y el desconcierto tiñendo tus palabras.

Entonces, sus orbes se posaron sobre los tuyos con una intensidad desconocida que te hacía sentir un tanto incómoda; la mirada de Inuyasha era pesada, difícil de sostener. Luego de un silencio prudente, habló:

—No quiero perderte, Kagome.

—Yo tampoco, Inuyasha —acotaste con demasiada rapidez—. No nos pierdas. Todos te queremos a nuestro lado. Estamos intentando entender por lo que estás pasando… N-nadie te culpa, ¿sabes? No… n-no seas un idiota y vuelve… ¡Vuelve conmigo! —pediste y las lágrimas se anegaron con lentitud en tus ojos—. ¿No es suficiente felicidad para ti?

El gesto de Inuyasha se hizo más duro.

—No es eso.

A continuación presionó tu mano con un poco más de fuerza y, de pronto, sentiste cómo te jalaba hacia él.

—¿Q-qué?

Inuyasha tiró de tu brazo y tú, segura de que caerías, abriste los ojos con miedo. Pero no caíste, sino que los labios de él te detuvieron; te había acercado, mediante un tirón en tu brazo, a él para que tus labios golpearan los suyos de manera dolorosa y brusca, su mano izquierda se había apoyado en tu hombro con decisión y la mano derecha se aferraba a tu muñeca con seguridad para no soltarte. No aún. Te estaba robando un beso y tú no lo dejaste nacer, porque no le respondiste y él no lo comenzó. Fue un leve choque de labios, pero significaba mucho que fuera Inuyasha quien lo había buscado.

Cuando se separó, te sonrió y:

—Quiero que vayas conmigo.


El bosque tenía aspecto virgen y agradable; dormirías a gusto un par de horas sin que alguien o algo te perturbara. Sin embargo, habías decidido no descansar para así lograr avanzar un buen tramo y que ni Miroku ni Sango pudieran correr hacia ti. O no de inmediato, al menos. Eres un hanyō, por lo que tus pasos son más veloces que los de los humanos puros; recorres grandes distancias en la mitad del tiempo y eso deseabas hacer. Ir lejos, muy lejos. Ya habías puesto varias horas entre tú y aquella aldea destrozada.

Era cobarde huir sin ayudar. Lo sabías.

Pero las voces de tus amigos no te dejaban disfrutar de la silenciosa paz del bosque y de la soledad, que tú recordabas que solía tener mejor sabor. Llevabas millas caminando y no era suficiente. La voz de Kagome se alzó poderosa sobre las demás, recordándote lo que había ocurrido precisamente hacía menos de un día:

Para, por favor… —rogó. Notaste con sorpresa y alarma que evadía tu mirada y que temblaba. Definitivamente no era la reacción que esperabas luego de tu gran petición de compartir un importante viaje con ella—. No digas más.

¿Ka-Kagome? Yo… ¿Lo siento? —Te separaste de inmediato de ella. Y entonces te miró: las lágrimas le bañaban las mejillas de manera lastimera.

«¿Q-qué mierda hice mal?», fue lo único que pudiste pensar en aquel momento.

Nunca creí que me dirías algo así —habló con un hilo de voz—, y estoy muy feliz. M-me siento del mismo modo, ¿sa-sabes? —Sonrió pese al llanto—. P-pero… pero no puedo ir.

¿Por qué no? —inquiriste con rapidez. Kagome no dijo nada, simplemente analizó al piso con el rostro en llamas (se veía incluso linda con las mejillas arreboladas por las lágrimas) mientras que tú recordabas a Miroku, Sango y Shippō; a la Perla de Shikon; a los demonios que ella llamaba exámenes, a sus amigas en su época… a su familia.

Ella sí tenía familia. Tú no eras la única persona en su vida con un lazo tan profundo como uno de sangre, porque ella tenía lazos de verdad y con su familia original.

Como sea —suspiró, sonriendo con sinceridad y evitando el llanto—, ¡volvamos a la aldea y arreglémoslo como siempre lo hemos hecho!

Tú callaste. Tus hombros bajaron un poco e incluso se te escapó un leve suspiro (y quizás también un tanto de felicidad), ya que conocías bien el significado oculto detrás de aquellas palabras: ella no iría. No lo haría ni aunque le ofrecieras una vida plena, llena de lujos y sonrisas —la cual, de todos modos, no le podías ofrecer; no tenías nada que darle que ella no tuviera. Ni siquiera tenías las palabras para prometerle una vida así. Lo peor era ponerse en el lugar de Kagome: tú, de ser ella, tampoco irías.

Ella tenía el cielo a su alcance. ¿Por qué te elegiría a ti?

Gracias por todo, Kagome. —De reojo, la ves alarmarse—. Gracias por conocerme. Yo tampoco puedo ir contigo… Sin embargo, continuaré peleando contra Naraku. Quizás nos volvamos a encontrar.

Oíste cómo su pie se hundió con más fuerza en el suelo al dar un paso y el leve rechinar de sus dientes, pero lo que resonó en tus delicadas orejas fue el potente grito de ella.

¡Inuyasha, para!

Ni siquiera te habías volteado del todo cuando Kagome sujetó tu muñeca con una fuerza que no sabías que poseía y te jaló hacia ella, te estampó un beso con incluso más fiereza que el tuyo propio y no te soltó ni cuando tú mismo intentaste separarte (irte era más y más difícil). Tampoco te soltó cuando cerraste los ojos y la comenzaste a besar de verdad como ella instó en primer momento, moviendo con torpeza sus pequeños labios para indicarte qué hacer. Y no te soltó cuando los recuerdos de la sangre de tus amigos sobre ti te invadieron una y otra y otra vez, llevándote a la realidad con su boca y besándote con ira y el salado sabor de sus lágrimas metiéndose entre tus labios.

(No querías que te soltara.)

Pero lo hizo.

Lo siento —murmuró, sorprendiéndose de sus propias acciones y llevándose una mano de manera inconsciente a su boca—, pero tenía que besarte.

Le quisiste decir muchas cosas que alguien como tú no había aprendido a decir jamás, pero el silencio fue tu dueño y tus labios permanecieron en una mueca incrédula durante un rato. Ella de seguro que deseaba darte un discurso con todos los sentimientos que la llenaban en esos momentos, no obstante lo único que salió de su boca fue una sonrisa confiada. Sus mejillas estaban un tanto rojizas, aunque apostabas el mundo entero a que tú estabas mucho peor.

Te tomó la mano (no te había soltado la muñeca nunca) con delicadeza, dándole un ligero apretón.

No es el final —te dijo con una sonrisa triste.

Un poco sorprendido, guiaste su mano sobre la tuya hacia tu propia mejilla. Necesitabas sentir algo de calor para saber que estabas vivo.

No lo es —concediste. Tomando una decisión drástica, le sonreíste también—. Yo… yo volveré algún día, Kagome. ¡Recuérdalo! Y entonces… te propondré lo mismo que te he propuesto ahora y no podrás rechazarlo.

Las mejillas de ella adquirieron un suave tono rosado por la felicidad que la invadió al oír aquello. Supiste por su sonrisa que ella iría contigo el día que estuviera lista, o tal vez que tú irías con ella cuando hubieses pagado tus faltas y fueras lo suficientemente fuerte para proteger a todos. Pero, de momento, ninguno podía estar con el otro sin destruirse en el intento.

Asintió, diciendo:

Sí.

Aquel recuerdo te relajó lo suficiente como para ceder ante un necesario descanso bajo la sombra de uno de los tantos árboles frondosos. Tiraste sin reparos tu cuerpo contra él y cerraste los ojos ya echado en el piso, esperando que el sueño decidiera llegar a ti luego de tantas horas de fatigoso trabajo. Tus músculos rogaban una pausa de varios minutos en los que relajarse y recuperar energías, aunque la comida ahora era lo de menos. Te sentías cobarde pero libre, ya que no podrías ver a la cara a tus amigos luego de lo que les habías hecho, de cómo los habías dañado.

A lo lejos, Kagome se despedía de Sango —Miroku, Shippō y Kirara estaban descansando bajo el cuidado de Kaede— antes de sumergirse en el pozo y regresar a su propia época con el ánimo hecho añicos y una sonrisa sincera repleta de esperanza. Pero qué ibas a saber tú eso.

Entonces ambos, sin saberlo, murmuraron una frase al mismo tiempo, que los dos recordarían como una promesa —un ruego— durante muchas oportunidades. Algo que repetirían varias veces, ya que conservaban la pequeña esperanza de que sí fuera realidad. Pasarían años hasta comprobar si, efectivamente, la promesa se concretaría. Tú, con los ojos cerrados para olvidar el pasado, y ella, con los ojos bien abiertos para ver qué sucedería, hablaron al unísono.

Lo que dijeron Inuyasha y Kagome fue:

—No es el final.


N/A:

¡Espero les hαyα gustαdo! Trαté de mαntenerme lo más IC posible y de hαcer unα buenα αdαptαción de lα escenα —αunque vivα el AliMor, perras (?)—, pero yα sαben que lαs críticαs siempre se aceptαn (fundαmentαdαs, clαro) y que si hαy αlgún error que hαyα obviαdo, dígαnmelo con confiαnzα. Lαs αclαrαciones que hαré son que un yōkαi es un demonio completo, como Sesshōmαru, y que un hαnyō es un medio demonio, como Inuyαshα.

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