Killian estaba un poco nervioso. Estaba por presenciar un acto de coronación, y los actos de la realeza siempre lo ponían nervioso. Se vistió con la ropa que David había elegido para él y se miró en el espejo. Si alguien le habría dicho hace un tiempo atrás que él, el capitán Garfio, iba a ser parte de la realeza del Bosque Encantado no lo habría creído. Él había pasado cientos de años siendo un pirata y cegado por su venganza, como para considerar que era digno de estar entre la realeza. Pero Emma y sus padres cambiaron eso. Killian volvió a ser el hombre honor y lealtad que en su interior siempre había sido. Ahora era el capitán de la marina del Bosque Encantado y eso lo hacía sentirse realizado, sabía que Liam también estaría orgulloso de él si podría verlo. Killian había encontrado un lugar a donde pertenecer, Killian había encontrado y formado una familia. De repente la puerta de su habitación se abrió. Al sentir ese perfume tan conocido y que tanto le gustaba Killian sonrió, se dio vuelta y comprobó que Emma era quien había entrado a la habitación. Emma corrió hacia él y se refugió en sus brazos.

- Si tu madre se da cuenta que estas aquí nos va a matar a los dos. – Comentó él con un tono algo gracioso y correspondiendo el abrazo.

- Lo sé. – Asistió ella aferrándose a él con más fuerzas, como si tendría miedo que él fuera a soltara. Imposible, él jamás iba a soltarla.

- No queremos que eso pase justamente hoy, ¿Cierto? – Dijo él manteniendo el humor y acariciando el cabello de ella para calmarla.

- Necesitaba verte. – Explicó ella, moviéndose a penas un milímetro para que ambos puedan verse a la cara, pero sin salir de los brazos de él.

- ¿Estás bien? – Preguntó él preocupado.

- Si, es solo que estoy nerviosa. – Respondió ella con sinceridad.

- ¿Por qué estás nerviosa? – Pidió saber él mientras usaba su garfio para jugar con los bucles de ella.

- Tengo miedo. – Confesó ella después de un largo silencio. - ¿Qué pasa si no resulto ser una buena líder? ¿Qué pasa si los decepciono, si no soy lo que todos esperan? – Preguntó ella con la voz temblorosa.

- Emma, desde que haz decidido aceptar quien sos haz unido a todos los reinos y nos haz salvado a todos de la oscuridad. Creo que no hay nada más que se te pueda pedir. – Respondió él quitando las preocupaciones de ella de su cabeza. – Si te vas a convertir en la reina de todos los reinos, es porque todos te eligieron, es porque todos quieren que seas la reina. – Le recordó.

- Si, tenes razón. – Dijo ella volviendo a hundir su cabeza en el pecho de él.


Desde el momento en que Emma se había parado frente al ejército a dar su discurso, Killian supo que lo que iba a pasar no le iba a gustar. Emma estaba decidida, y cuando ella estaba decidida a hacer algo era muy difícil hacerla cambiar de idea. Killian no sabía exactamente que tenía planeado, pero sabía que no podía ser nada bueno cuando ella dedicó unas palabras de despedida a sus padres. Por eso intentó detenerla, intentó convencerla de que iban a poder encontrar otra forma de destruir la oscuridad. Sin embargo, no lo logró. Emma le pidió perdón, le dijo que lo amaba y luego lo apartó de su lado. Creó una barrera con su magia para proteger a todos y se fue a enfrentar a la oscuridad. Killian trató una y otra vez atravesar la barrera mágica, pero le fue imposible. Así que no le quedo otra que observar lo que Emma estaba haciendo. Emma tomó la daga del Señor Oscuro y dejo que la oscuridad se apoderé de ella, siendo ella quien a partir de ese momento sufría la maldición. Luego tomó la daga y la clavó en su corazón. Emma se sacrificó y con su sacrificio rompió la maldición del Señor Oscuro, haciendo que la oscuridad vuelva al inframundo. Gran cantidad de lágrimas cayeron de los ojos de Killian mientras observaba la situación, él había pasado toda su vida persiguiendo la oscuridad, queriendo romper esa maldición. Y ahora que finalmente la maldición estaba rota, Killian habría deseado cualquier cosa para que Emma se quede en el mundo, aún si eso implicaba que tenga la maldición del Señor Oscuro en ella. La barrera mágica desapareció cuando Emma cayó en el césped, demasiado débil como mantenerse de pie y para que su magia siga funcionando. Killian corrió hacia ella, se dejo caer a su lado y la agarró en sus brazos.

- Emma, ¿Por qué hiciste esto? ¿Por qué? – Cuestionó el tristemente mientras removía la daga de su corazón.

- Perdón Killian, pero está era la única forma de salvar a todos. – Respondió ella débilmente, intentando evitar que sus ojos se cierren.

- Emma tenes que usar tu magia para curarte. – Pidió él, poniendo la mano sobre la herida de ella para detener la sangre.

- No, si me curo con mi magia, el sacrificio no servirá de nada y la oscuridad volverá a estar libre. – Negó ella acariciándole la mejilla.

- Por favor Emma, no puedo perderte. – Suplicó él desesperado.

- Lo siento. – Dijo ella sin poder contener las lágrimas al escucharlo a él tan roto.

- Emma, por favor, no vale la pena que pierdas tu vida por la oscuridad. – Rogó él, intentando utilizar ese ultimo instante para convencerla.

- Pero vos si vales la pena, vos y todos ellos valen la pena. – Justificó ella y sus ojos se cerraron.

Killian la sacudió, pero Emma no volvió a abrir los ojos. La oscuridad salió de ella y formó una nube arriba de ellos. El nombre de Emma desapareció de la daga y la oscuridad explotó en grandes rayos de luz, hasta que ni un solo rastro quedó de ella. La oscuridad había vuelto al inframundo. La daga se deshizo en cenizas, dando fin a la maldición del Señor Oscuro.

Killian lloró desesperadamente sin soltar a Emma de sus brazos. ¿Por qué la vida era tan injusta? ¿Por qué Emma tenía que ser la salvadora? ¿Por qué Emma había elegido sacrificarse por todos? A Killian le parecía egoísta la decisión de ella de sacrificarse, porque esa decisión hacía que él se quede solo. Pero a la vez eso que Emma demostraba ser con ese gran gesto, era todo lo que la había enamorado de ella. Emma era una persona valiente, heroica, amable y humilde, siempre ponía a los demás por delante de ella y su sacrificio lo demostraba. Killian estaba enojado, pero orgulloso y maravillado a la vez. Su mujer era la persona más brillante del mundo. Killian unió sus labios a los de ella en un pequeño beso, en un último pequeño beso de despedida. Cuando sus labios se unieron Killian sintió magia recorriendo todo su cuerpo y la sintió salir expulsada de ellos en una luz blanca y brillante. Sintió magia expresando todo el amor que sentían el uno por el otro. Abrió los ojos ilusionado, pensando que Emma iba a estar viva, que el beso la había salvado, que el amor que se tenían había roto la maldición de la oscuridad de tener que sacrificarse, pero cuando los abrió comprobó que Emma seguía sin despertar.

- No entiendo, lo que tuvimos recién no fue un… - Comenzó a decir Killian.

- Beso del verdadero amor, si. – Asistió David confirmando lo que Killian había sospechado.

- ¿Entonces por qué Emma no está despierta? – Preguntó Killian confundido.

- El verdadero amor le devolvió la vida a Emma, pero no puede curar su herida. – Explicó Mary Margaret tomando el pulso de su hija, el cual era débil pero estaba presente.

- ¿Qué hacemos? – Preguntó Killian inseguro de cómo proceder, necesitaban salvar a Emma.

- Esto mantendrá a su herida controlada. – Dijo Elsa usando su magia para congelar la herida de Emma.

- Bien, eso va a dar tiempo para poder llevarla a donde puedan curarla. – Agregó David.

- ¿Y luego, solo quedará esperar a que reaccione? – Preguntó Killian poniéndose de pie con Emma en sus brazos.

- Si. – Respondieron los reyes al mismo tiempo.


Killian disfrutó de tener a Emma en sus brazos. A veces todavía le costaba creer que Emma estaba viva y que el amor que compartían había sido lo suficiente fuerte para devolverla a la vida luego de su sacrificio. Eran momentos como ese, en el que ambos se refugiaban en los brazos del otro, en los que Killian comprendía que el amor que tenían era capaz de enfrentar lo que sea. Simplemente pertenecían el uno al otro; y eso era algo que ni el tiempo, ni el espacio, ni ningún tipo de magia, iban a poder cambiar.

- ¿Mejor? – Preguntó él cuando notó que el ritmo respiratorio de ella había vuelto a la normalidad.

- Si, ahora si. – Asistió ella, él siempre lograba calmarla.

- Vas a ser la mejor reina del mundo. – Dijo él con sinceridad.

- ¿Cómo podes estar tan seguro de eso? – Preguntó ella.

- Porque te conozco – Respondió él.

- A veces siento que me conoces y me entendes más de lo que incluso yo misma hago. – Confesó ella.

- Es probable, yo siento lo mismo al revés. – Dijo él pensativo.

- ¿En serio? – Preguntó ella sorprendida.

- Si, en serio. – Asistió él.

- Te amo Killian. – Dijo ella.

- Y yo te amo a vos Emma. – Dijo él.

Ambos unieron sus labios en un beso tierno, que de a poco se fue volviendo más intenso y más pasional. Ellos se amaban y disfrutaban de poder demostrárselo con cada pequeño roce, gesto, acción, palabra. Killian agradeció que Mary Margaret haya decidido entrar en ese momento a interrumpirlos, porque sino él no iba a poder contenerse y en vez de ir al acto de coronación iban a terminar haciendo el amor en cada rincón de la habitación. Una vez que volvió a estar solo en la habitación terminó de arreglarse y luego se dirigió al jardín del castillo.

Estaba todo decorado para la ocasión. Un pequeño altar donde Emma sería coronada, una alfombra roja haciendo camino por el medio de las dos grandes hileras de bancos por la cual Emma iba a tener que desfilar mostrando su corona, y pequeñas luces flotantes de color doradas alumbrando cada sector. Los bancos ya estaban repletos con las personas de los distintos reinos. Killian decidió unirse a uno donde estaban Henry, Elsa, Ana, Kristoff, Ariel y Eric.

Al rato música sonó en el aire anunciando la presencia de Emma. Killian observó a Emma y apreció su belleza, cosa que no había podido hacer más temprano cuando se vieron en su habitación, porque había estado demasiado distraído abrazándola y besándola. Emma vestía un vestido color azul y tenía el cabello suelto dejando caer libremente sus hermosos bucles. Emma era la mujer más hermosa ante los ojos de Killian. El sol se estaba escondiendo en el horizonte y la luz del atardecer hacía parecer aún más hermosa y brillante de lo que era. La ceremonia fue tranquila y sencilla. Se leyeron las constituciones de cada reino y la constitución de la alianza que todos formarían al reconocer a Emma como reina de todos. Emma prometió proteger a todos los reinos, lo cual Killian consideraba innecesario ya que ella protegería a los reinos incluso si no la habrían elegido como reina. Emma fue bendecida y coronada, luego recorrió los bancos saludando amablemente a cada una de las personas presentes.

Killian dejo que Emma se mueva libremente durante la celebración, que converse tranquila con cada persona que se acercaba a ella y baile con todo el que le pida una pieza. Killian amaba observarla y moverse con confianza alrededor de tantas personas. Le habría llevado tiempo aceptar quien era, pero Killian siempre había sabido que ella estaba destinada para grandes cosas. Cuando las hadas entonaron la canción de ellos, Killian decidió sacarla a bailar, interrumpiendo el baile que ella estaba teniendo con Henry.

- Hijo, ¿Me permitís sacar a bailar a tu madre? – Pidió Killian a Henry.

- Claro. – Dijo Henry apartándose y dejando que su padre pueda agarrar a su madre de la mano.

- Gracias. – Agradeció Killian. - ¿Me permitís este baile mi reina? – Preguntó él acercándose a ella.

- Si. – Asistió ella y se fundieron en un baile íntimo y lento. - ¿Sabes que el hecho de que yo sea reina te convierte en rey, no? – Preguntó ella después de un largo silencio.

- ¿Un pirata rey, quién lo diría? – Bromeó él haciéndola dar un giro.

- ¿Y una chica perdida reina, quién lo diría? – Bromeó ella imitándolo.

- Por vos soy capaz de todo. – Aseguró él, mirándola intensamente a los ojos para quitar cualquier preocupación de ella de su cabeza.

- Lo sé. – Asistió ella con una pequeña sonrisa. – Incluso de devolverme a la vida. – Agregó.

- Si, incluso eso. – Coincidió él, evitando recordar el dolor que había sentido cuando había pensado que la había perdido.

- No quiero que el hecho de ser reina cambie nada entre nosotros. – Dijo ella mordiéndose el labio nerviosa. – Yo quiero ser simplemente Emma. – Confesó soltando un pequeño suspiro.

- Vos sos Emma para mí y siempre lo vas a ser, como yo soy Killian para vos. – Explicó él. Si había algo que adoraba de su relación, era la manera en que ambos tenían para aceptarse tal cual eran.

- ¿Y eso es suficiente? – Preguntó ella algo insegura.

- Es más que suficiente, es nuestro amor. – Respondió él y supo que había pasado la prueba a la que ella lo estaba sometiendo cuando la vio sonreír.

- Te amo. – Dijo ella rozando su nariz contra la de él.

- También te amo. – Dijo él y le dio un beso en los labios.

- ¿Y ahora qué? – Preguntó ella mirándolo con curiosidad.

- ¿Ahora qué? – Preguntó él confundido, sin entender a lo que ella se refería con esa pregunta.

- ¿Ahora qué hacemos? ¿Qué pasa con nuestras vidas? – Reformuló ella.

- Según tengo entendido, se supone que vivimos felices para siempre. – Respondió él con gran seguridad.

- ¿Para siempre? – Preguntó ella y él asistió con la cabeza. – Me gusta como suena eso. – Comentó ella con una gran sonrisa y lo besó.

Killian sonrió al darse cuenta que estaban flotando en el aire, adoraba el hecho de que el amor de ellos haga que Emma sea capaz de hacerlos volar a unos centímetros del piso. A él le encantaba tener ese efecto en ella. La magia de Emma estaba ligada a sus sentimientos y emociones, y lo que había entre ellos era el más puro y sincero amor. Allí bailando con ella, teniéndola en sus brazos, finalmente comprendió que su amor era la magia más poderosa y fuerte del mundo. "¿Para siempre? Me gusta como suena eso." A Killian, sin embargo, ni un para siempre parecía alcanzarle. Un para siempre parecía muy poco cuando se trataba de ellos. Para Killian su amor iba a ser capaz de transcender tiempo, espacio, realidades, vidas. Porque él simplemente no podía imaginarse su existencia sin Emma a su lado.

Así que más que un para siempre, era un para toda la eternidad.