CAPÍTULO 25

EL ATAQUE DEL DRAGÓN

ACLARACIÓN: Antes de seguir, debo aclarar que hay una escena de sexo explícito, por favor, si son sensibles sigan de largo, que luego yo no me hago responsable de que haya susceptibilidades heridas.

"Y"

— ¡Majestad! – Un soldado de la guardia de Van llegó corriendo hasta ellos, su rostro estaba desencajado por el miedo y apenas podía respirar - ¡Un dragón de tierra ha entrado a la plaza!

Nadie necesitó confirmar aquellas noticias por boca del soldado, sino que los gritos aterrorizados de la gente llenaron el bazar como una cascada, Van sintió como su sangre se estancaba más debajo de sus rodillas al ver cómo el humo comenzaba a emerger de entre los puestos y miró a Allen que estaba igual de desconcertado que él.

— ¡Llévense a las mujeres! — gritó Anteras y eso pareció ser suficiente para que Van reaccionara, giró sobre sí mismo y vio a Amush que esperaba ansioso a que diera las órdenes que debían seguir.

— ¡Desalojen a todos, sáquenlos de la plaza y llévenlos a un lugar alto! ¡Chid, vete con ellos y encárgate de Hitomi, Selene y las Princesas, en cuanto puedan regresen al castillo! — Chid miraba con ojos desorbitados el humo que emergía de diferentes lugares en la plaza y pronto altas lenguas de fuego comenzaron a lamer los toldos de los puestos, parecía que el rey adolescente se había quedado clavado en su lugar sin saber qué hacer a pesar de que el rey de Fanelia había dado instrucciones muy claras

— ¡Chid! — el grito de su padre lo trajo a la realidad y miró a Allen como si fuese la primera vez en la vida que se topase con él — Necesito que tengas la cabeza fría, llévatelas de aquí ahora mismo… ¿Dónde está Flavia?

— Se fue — murmuró Selene y Allen se pasó una mano sobre el cabello como si eso le ayudara a pensar con claridad.

— Váyanse ustedes a ayudar a Van, yo iré a buscarla — declaró Kario y antes de que pudiesen detenerlo, corrió hacia la multitud que se dispersaba aterrorizada. Allen apretó los labios pero sin pensarlo dio la media vuelta y se fue junto con Van y los guardias hacia el centro de la plaza, Anteras y Dalsen los siguieron sin rechistar listos para encarar el desastre que se estaba desarrollando rápidamente.

— ¡Cuídalas Chid! — gritó Allen como último consejo antes de desaparecer entre el laberinto de puestos, Chid lo miró alejarse y un nudo grueso se formó en su garganta.

— Vamos Chid — la voz suave de Selene le dio ánimos y las dirigió caminando con pasos apresurados.

— Rodearemos el mirador para subir por los talleres — les dijo Chid caminando al frente, dos de los guardias del castillo los acompañaban cerrando la comitiva y llevaban las lanzas listas en las manos.

— ¿Crees que estarán bien? — Chid asintió contestando la pregunta de Selene.

— Sé que Allen estará bien, mi madre siempre me dijo que él es un gran caballero y ya lo hemos visto pelear en los combates en la arena — continuaron con su camino tratando de seguir la línea que bordeaba el precipicio del mirador y la parte trasera de los puestos que aún no habían sido destruidos, los gritos aterrorizados de las personas que estaban en el bazar llegaban hasta ellos y un rugido repentino los hizo detenerse para mirar sobre sus hombros y ver cómo una columna de humo se levantaba no muy lejos de ellos — Vamos, entre más tiempo nos quedemos aquí, es más peligroso.

"Y"

Todo era mucho peor de lo que esperaba Van, decenas de puestos estaban ardiendo en llamas y el humo le nublaba la vista y era casi imposible respirar sin ser presas de ataques de tos por la falta de aire fresco Amush había organizado a sus soldados para que evacuaran a la gente y la movilizaban en grupos para poder sacarlas de ése infierno. Van comprobó que Allen estaba junto a él, pero el caballero se detuvo en seco con los labios entreabiertos, de entre las llamas apareció un dragón de tierra que caminaba bamboleándose siguiendo el movimiento de las personas, su cabeza se movía de un lado a otro y abriendo las fauces dejó escapar un rugido que les heló la sangre.

— Van, tú has peleado contra los dragones, conoces su comportamiento ¿Qué debemos hacer? — Van negó con la cabeza como respuesta a la pregunta de Anteras.

— Son erráticos y siguen el movimiento, tú y Dalsen vayan por el lado izquierdo y Allen y yo iremos por el derecho, tengan cuidado con las lanzas que tienen en la cola — siguieron las instrucciones de Van y se abrieron paso entre la gente que aún corría sin control, fueron empujados y arrollados por la multitud que trataba de escapar y que no escuchaba a los soldados que intentaban tranquilizarlos. El dragón echó la cabeza hacia atrás aspirando una gran cantidad de aire emitiendo un zumbido que vibraba en su pecho al tiempo que éste se encendía, podían ver las llamas que se formaban en la garganta del dragón y un hueco de terror se formó en el estómago de Van.

¡Anteras, cuidado! — gritó Van al ver que el dragón estaba listo para escupir fuego y dirigía su descarga hacia donde se encontraban Anteras y Dalsen, uno de los soldados trató de atacar a la bestia con su lanza y fue el primero en recibir la lluvia de llamas que lo devoraron en segundos, Anteras se echó hacia atrás sintiendo cómo el calor le lamía el cuerpo y él junto con Dalsen se resguardaron detrás de la fuente que decoraba la plaza central, el olor de la carne quemada les inundó las narices y contuvieron las arcadas tratando de pensar en alguna manera de atacar al dragón.

— ¿Tienes alguna idea de lo que podemos hacer? — preguntó Dalsen una vez que las llamas del dragón se hubieron extinguido, pero escuchaban las voces airadas de los soldados que trataban de distraerlo, la bestia rugió con fuerza y para terror de todos, se escuchó otro rugido como respuesta que venía de la parte alta del pueblo. Anteras y Dalsen intercambiaron una mirada de preocupación y salieron de su escondite.

— Van envió a las mujeres y al Rey Chid hacia esa dirección, no puede ser posible que haya otro dragón en esa zona.

Dalsen sintió que era incapaz de tragar un nudo doloroso que se le había formado en la garganta y fue consciente de que el dragón no había bajado solo de las montañas, había otra bestia causando estragos donde toda la gente había ido a refugiarse — Va a ser una carnicería si no hacemos algo pronto.

— Vamos, tenemos que buscar a Van y planear algo rápido — los dos rodearon la plaza al tiempo en que Van trataba de distraer al dragón para alejarlo lo más posible del lugar donde aún había gente aterrorizada y que se había rezagado.

— Allen — lo llamó Dalsen antes de que él saliera en sentido contrario para poder atacar a la bestia que se preparaba para escupir una nueva descarga de fuego, el dragón agitó su cola con fuerza al ver que los soldados lo acechaban con las lanzas y a pesar de que uno de ellos logró esquivar el ataque, un segundo no corrió con la misma suerte y fue atravesado por el pecho con la cola del animal. Allen lo vio convulsionarse en el estertor de la muerte y el dragón lo arrojó lejos con un movimiento rápido preparándose para atacar nuevamente — Hay otro dragón colina arriba.

— No puede ser, son animales solitarios, lo que se escuchó fue el eco del rugido contra el acantilado — trató de explicar Allen con voz rápida, pero Anteras negó con la cabeza.

— No Allen, fue un segundo rugido lo que se escuchó, no fue ningún eco — Allen dirigió la vista hacia Van, estaba a una distancia considerable pero aún no había atacado, parecía estar evaluando la situación y mirando su espada la arrojó al suelo.

— ¿Qué diablos está haciendo? — Preguntó Dalsen sin dar crédito a lo que estaba viendo, empuñando su espada dio un paso hacia delante, pero Van le hizo una seña con la mano para que se detuviera.

— ¡Arrojen sus armas! — Le ordenó Van a los soldados y esos miraron al Rey con sorpresa — ¡El dragón no los atacará si no se siente amenazado! ¡Suelten sus armas! — reticentes, los soldados que aún quedaban cerca obedecieron a su Rey y arrojaron sus lanzas al piso, el dragón gruñó sacudiendo la cabeza y alzó el hocico olfateando el ambiente, su lengua viperina saboreó el aire y dirigió sus ojos furiosos a la cima de la colina — no… — Van murmuró preocupado al dirigir la mirada hacia el punto que olfateaba el dragón; en la cima de la colina estaba un santuario que había servido por mucho tiempo como refugio contra los dragones que atacaban al pueblo años atrás y había sido una de las pocas edificaciones que lograron sobrevivir al ataque de Zaibach, ahora toda la gente del pueblo había ido a esconderse detrás de las paredes sólidas de ese santuario, a la espera de que el dragón fuera asesinado pronto.

Pero la muerte del dragón no llegó y en su lugar, la bestia avanzó en esa dirección a una velocidad que resultaba irreal para el tamaño de su cuerpo, pasó por encima de cadáveres y ruinas ardientes de los puestos de los mercaderes y un rugido furioso lo llamaba camino arriba, el dragón contestó el rugido y apresuró aún más su marcha.

— ¡Van! — lo llamó Allen, sus ojos desbordaban preocupación al igual que Anteras y Dalsen — Debemos llegar antes que él, mi hermana, mi hijo, Hitomi y las princesas están arriba también junto con la gente del pueblo, si los dragones logran derribar las paredes del santuario, acabarán con todo lo que esté dentro.

— ¡Gamel! — Van llamó a uno de los soldados y éste se apresuró a ir con su Rey — lleva a los soldados que queden aquí y que distraigan al dragón, no lo ataquen, pero hagan suficiente ruido para distraerlo, nosotros subiremos al santuario y sacaremos a los pobladores antes de que los dragones los encuentren.

El soldado asintió nervioso y corrió para llamar a los demás que esperaban las órdenes del rey — será mejor subir sorteando las casas, mientras los soldados lo distraen ganaremos tiempo para llegar antes al santuario… Vamos.

Los cuatro hombres siguieron las indicaciones de Van y corrieron sorteando la destrucción que había dejado el dragón a su paso, cerca de ellos vieron pasar a los soldados que se apresuraron a ganar terreno mientras gritaban tratando de que el dragón les pusiera atención.

"Y"

No comprendía lo que estaba sucediendo al ver a la gente correr despavorida, vio niños llorando separados de sus madres y personas que eran aplastadas por la multitud que llegaba como una avalancha, se apretó a sí misma contra un muro y entendió el miedo del pueblo cuando un rugido ensordecedor retumbó muy cerca de ella; nerviosa contuvo el aliento y sus piernas se negaron a obedecerla — ¡Flavia! — escuchó la voz conocida del príncipe Kario y fue como si el terror se desvaneciera un poco al saber que no estaba sola en ese lugar.

— ¿Qué está pasando? — le preguntó a Kario cuando logró reunirse con ella después de sortear a la multitud que corría sin orden.

— Hay un dragón de tierra en la plaza central, está causando un desastre y tú debes ir al refugio en la cima de la colina, te dejaré ahí y bajaré a ayudar a mi hermano — Kario sujetó su mano con fuerza y la obligó a caminar hacia la misma dirección en que la gente corría, vio a los soldados apostados en ambos lados del camino indicando a gritos que siguieran moviéndose. Apenas habían avanzado unos cuantos metros cuando una de las casas cercanas crujió con fuerza y una lluvia de piedras y hormigón calló sobre ellos, Kario empujó a Flavia hacia un lado cubriéndola con su cuerpo y los rodeó una gruesa nube de polvo y tierra mezclada con los gritos aterrorizados de la gente; Flavia alzó los ojos y pudo ver la cabeza del dragón que se asomaba entre las casas, la bestia jaló una gran cantidad de aire al tiempo que su garganta vibraba y se encendía por dentro con las llamas que estaban listas para ser liberadas.

Los gritos de la gente la aturdieron, era como tener la cabeza dentro de un panal de abejas, Kario se separó de Flavia y miró al dragón que abría sus fauces para liberar una avalancha de fuego — ¡Muévete! — le gritó al tiempo que la empujaba detrás de una de las casas, apenas tuvieron el tiempo suficiente para escapar de las llamas que consumieron todo a su paso, gruesas volutas de humo negro flotaron alrededor de ellos mientras los gemidos de la gente que era abrasada por el fuego llegaban hasta sus oídos — ¡Vamos! Necesito que estés a salvo en el refugio.

— ¿Dónde están los demás? — alcanzó a preguntar Flavia entre toses.

— Mi hermano y Anteras están con Van y Allen en la plaza para detener al dragón, pero éste ya está aquí, no entiendo qué sucedió — le contestó Kario al tiempo que la jalaba apresurando sus pasos, pero pararon su marcha al escuchar un rugido que provenía de la plaza cientos de metros más abajo y el dragón que estaba cerca de ellos respondía al llamado — no puede ser… Son dos dragones, vamos, no puedo dejarte en este lugar.

Kario apresuró su paso al punto que llevaba a Flavia en vilo detrás de él, sortearon un montón de piedras que antes habían formado parte de una barda y al dar la vuelta en una curva se detuvieron en seco al encontrarse cara a cara con el dragón que sacudía el cadáver de un soldado entre sus fauces, la bestia al verlos detuvo su tarea y arrojó el cuerpo quebrado hacia un lado, Kario echó a Flavia hacia atrás de él mientras que con la mano derecha sujetaba la empuñadura de su espada — Cuando te lo diga, correrás hacia la otra dirección y te refugiarás detrás de las casas — murmuró Kario en voz baja.

— ¿Qué vas a hacer? — escuchó que la voz de Flavia estaba cargada de miedo e incertidumbre.

— Lo distraeré, pero quiero que corras tan rápido como puedas y subas al santuario, no te detengas por nada — Kario observó al dragón estudiando sus movimientos, balanceaba la cola de un lado a otro mostrando su lanceta amenazadoramente y emitió un rugido burbujeante al momento en que Kario empujó su espada fuera de la funda.

— Pero…

— Vas a hacer lo que te digo — le contestó él en un tono que no admitía réplica — corre ¡Ahora!

Flavia retrocedió un paso sin estar segura de dejar solo a Kario, pero éste la miró de reojo y asintió con la cabeza, corrió en dirección a las casas que estaban detrás de ella mientras que el dragón le prestaba toda su atención a Kario sin percatarse de que ella estaba huyendo; vio las casas cada vez más cerca de ella y de pronto perdió el equilibrio cuando una mano la sujetó por el tobillo izquierdo jalándola con fuerza, cayó al haber sido atrapada por un hombre que tenía la mitad de la cara quemada y parecía haberse derretido como una vela, reconoció el uniforme chamuscado y era uno de los soldados del castillo, balbuceaba cosas inteligibles y su agarre la impedía continuar con su camino. Trató de soltarse forcejeando con el hombre moribundo y en un último jalón, una lanza que estaba precariamente recargada contra un muro cayó sobre su regazo.

El dragón dejó de prestarle atención a Kario y en su lugar, dirigió sus ojos salvajes hacia el lugar donde estaba Flavia que se había levantado finalmente pero aún sujetaba la lanza en la mano derecha, el dragón rugió y se encaminó hasta donde ella estaba, Kario sintió como una gota de sudor frío recorría su columna vertebral y desenfundó su espada — ¡No! — gritó tratando que el dragón lo mirara, pero la bestia estaba concentrada en Flavia y en la lanza que era incapaz de soltar — ¡Flavia, vete de aquí! — le gritó Kario al tiempo que alcanzaba a clavarle la punta de su espada al dragón, éste rugió enfurecido y giró velozmente tirando una dentellada rabiosa que Kario apenas fue capaz de evitar, el príncipe rodó sobre sí mismo sin soltar su espada creyéndose a salvo de los dientes afilados del dragón.

— ¡Kario, arriba de ti! — gritó Flavia que deshacía el camino andado y corría en dirección al príncipe, en algún momento había soltado la lanza y solamente atinó a empujar a Kario al tiempo que el dragón descargaba su cola afilada sobre ella.

El líquido caliente y viscoso comenzó a fluir incontrolable entre los dedos de Kario, Flavia había alcanzado a empujarlo lejos del ataque del dragón, pero la afilada lanceta de la cola de la bestia le había cortado el brazo a lo largo en una línea profunda y sanguinolenta — Tengo que sacarte de aquí — murmuró Kario preocupado al ver la cantidad de sangre que Flavia perdía a través del surco en su brazo — vamos, levántate — le pidió él aprovechando el momento de distracción del dragón, la fuerza con la que había intentado clavar su cola había servido para que quedara atrapada entre los adoquines del piso, la bestia se sacudía enfurecida y por un momento los olvidó a ambos.

Kario rodeó la cintura de Flavia con el brazo izquierdo guiándola para buscar refugio detrás de las casas que habían sido derrumbadas, la recargó contra un muro y cortó la manga de su camisa para improvisar un torniquete y detener el sangrado de la herida, la miraba de vez en vez mientras vendaba el brazo sangrante y notaba que su cara había palidecido a una velocidad vertiginosa — Estarás bien — le repetía con voz dulce en un intento por calmarla, aunque en realidad, trataba de controlarse a sí mismo con esas palabras — estaremos pronto en el santuario, necesito que estés lo más tranquila posible.

El roce de la mano suave y fría de Flavia hizo que diera un respingo, había posado la palma de su mano sobre la mejilla de Kario y éste se sintió capturado por la mirada intensa de ella — Gracias — fue lo único que le dijo y fue suficiente para hacer que toda la entereza que había en él se tambaleara por unos segundos, Kario se acercó a ella y plantó un beso ardiente en la frente de Flavia.

— Saldremos de ésta — le dijo abrazándola, aunque no deseaba admitir que en verdad tenía miedo y éste se acrecentó al escuchar el rugido del dragón que era contestado por otro que venía acercándose — ¿Puedes caminar?

Flavia asintió a la pregunta de Kario y aunque podía caminar, no quería decirle que estaba sufriendo de vértigos constantes, avanzaron sorteando rocas y vigas caídas tratando de continuar su camino colina arriba, pero un gorjeo furioso los detuvo; Kario giró lentamente sintiendo cómo los latidos de su corazón rebotaban directamente en sus oídos y justo detrás de ellos estaba el dragón que finalmente había liberado su cola de la trampa de adoquines — Kario — lo llamó Flavia con un susurro, miró hacia la dirección donde ella tenía clavados los ojos y frente a ellos estaba el segundo dragón que los observaba con ojos furiosos al tiempo que sus fauces se abrían y cerraban con gesto amenazador.

Escuchó el tropel pesado del dragón que estaba frente a ellos, los tenían acorralados y sin mayores posibilidades de escape, Kario alcanzó a ver un hueco que se había formado por las vigas de una casa que habían caído sobre las piedras y arrojó a Flavia al interior del improvisado refugio, empuñó bien su espada y lanzó una estocada que apenas alcanzó a rosar la pata de la bestia antes de intentar atraparlo con sus fauces. Kario rodó hacia un lado y vio cómo el dragón que estaba enfrente comenzaba a jalar aire mientras su garganta hervía con el fuego que estaba a punto de escupir. Se incorporó para correr haciendo que los dragones lo siguieran y en un movimiento rápido logró entrar a una callejuela donde se resguardó de las llamas que el dragón había arrojado en su contra; sintió el calor abrasador del fuego que apenas estaba a unos metros de distancia de él y el olor a quemado le inundo las narices, esperaba que ambos dragones lo hubiesen seguido y espero segundos que fueron una eternidad hasta que el dragón terminó con su ataque.

Asomó la cabeza y vio a los dragones que probaban el aire con sus lenguas, ambos tenían las cabezas en alto y las movían en todas direcciones como si estuvieran buscando algo, no muy lejos de ellos vio a Flavia que estaba arrinconada en el hueco donde la había dejado, tenía los ojos clavados en él y lo miraba con terror al tiempo que se apretaba el brazo que no dejaba de sangrar, uno de los dragones detuvo su inspección y lentamente giró la cabeza hacia donde estaba Flavia y caminó bamboleándose, parecía que había leído la mente de Kario al dar con el escondite donde estaba la mujer herida y metió la cabeza mientras Flavia se echaba hacia atrás apretándose contra la pared.

Tenía las fauces del dragón a menos de dos metros de distancia y podía verse a sí misma reflejada en los ojos salvajes de aquella criatura, una lengua de serpiente salió del hocico del dragón y la extendió hasta tocar el brazo herido con la punta húmeda, Flavia sentía cómo las lágrimas corrían por sus mejillas y el grito aterrorizado se atoró en su garganta y era imposible liberarlo, se echó hacia atrás lo más que pudo pegándose contra la pared y el dragón sacudió la cabeza emitiendo un gorjeo extraño.

— ¡Vengan conmigo! — escuchó el grito desesperado de Kario y el dragón sacó la cabeza del escondrijo tratando de rugir, pero el sonido fue interrumpido por una avalancha de piedras y teas ardientes que cayeron sobre él cuando una de las casas colapsó a causa del fuego. Flavia se cubrió la cabeza con el brazo que no estaba herido y pronto toda su visión se perdió al verse envuelta en una gruesa nube de polvo que empañaba todo.

Kario trató de sortear las piedras al rojo vivo que caían sobre él, el dragón había recibido una buena parte de ellas y aturdido intentaba levantarse mientras que su compañero lo llamaba con un sonido vibrante que salía de su garganta, Kario afianzó su espada y dio un paso adelante pero un fuerte golpe lo hizo perder el equilibrio, nunca vio la viga de madera que encendida había colapsado golpeándolo en una pierna, el dolor agudo lo hizo caer dándole tiempo suficiente al dragón para zafarse de las piedras que lo habían detenido, todo era cubierto por una nube de polvo y humo que impedían ver lo que sucedía, Kario trató de levantarse pero la viga lo tenía atenazado contra el piso y solamente alcanzó a ver la silueta del dragón que levantaba su cola para rematarlo.

Se echó hacia atrás escuchando el crujir de su pierna, el dolor fue intenso pero la siguiente punzada fue lo más espantoso que jamás había sentido, un dolor agudo e indecible le invadió el rostro por completo y toda su visión se volvió roja, sentía que su cabeza iba a explotar y fue consciente de que el dragón había alcanzado a clavar la punta de la cola en su ojo izquierdo, fue un movimiento rápido del dragón pero erró en su objetivo, no había conseguido atravesar por completo a Kario, pero sí lo suficiente para crear un daño permanente, el dragón sacó su lanceta llevándose consigo pedazos de carne y nervio y el Príncipe gimió por el dolor. A tientas buscó su espada y cuando logró sujetarla, algo le impidió que la levantara.

— Deja la espada — le ordenó una voz poderosa y profunda, Kario alzó la cara y solamente veía una sombra de un hombre alto que lo miraba hacia abajo, había puesto el pie sobre la hoja de la espada y no le permitía moverla — el dragón no te atacará si no lo atacas.

Kario trató de jalar la espada con las pocas fuerzas que le quedaban pero el hombre se lo impidió, se agachó para sujetar al Príncipe por un hombro y lo empujó hacia atrás. Kario trató de enfocar la visión pero cada movimiento que hacía era una tortura y terminó cediendo a los deseos del desconocido. Vio la silueta de él acercándose a los dragones, caminó hacia ellos con los brazos abiertos ofreciéndose a sí mismo y las bestias, después de olfatearlo dieron la media vuelta alejándose del lugar.

Dejó caer la cabeza pesadamente sobre las piedras mientras sentía cómo su sangre escapaba por el hueco de su ojo, deseaba levantarse y buscar a Flavia pero su cuerpo simplemente no le obedecía. No supo si esperó por minutos u horas hasta que una mano se posaba en su frente — Dios mío… Kario — escuchó la voz de Flavia como si estuviera entrelazada con un sueño lejano, sintió como su cabeza era levantada para después ser recostada en un regazo suave y lo único que deseo era poder dormir envuelto en ésa calidez — despierta… por favor, no te duermas — escuchaba la voz suplicante y haciendo un esfuerzo sobrehumano, logró abrir su ojo para encontrarse con Flavia que lloraba junto a él.

"Y"

— ¡Kario! — escuchó la voz de su hermano que lo llamaba a la distancia, sabía que debía responderle pero el simple hecho de respirar ya era suficiente martirio — ¿Qué sucedió?

— Nos atacaron dos dragones — contestó Flavia con voz quebrada, Dalsen se había arrodillado junto a ella y miraba a ambos con preocupación, los dos estaban muy mal heridos y perdían sangre a cada momento.

— Kario… Por todos los Dioses — Anteras había llegado finalmente seguido por Van y Allen, un hueco doloroso se formó en su estómago al ver la imagen, habían bastado solamente unos minutos para que la vida de Kario se destruyera de esa manera irremediable.

— Van hacia el santuario, un hombre llegó de la nada y los alejó…

— ¿Qué hombre? — preguntó Allen acercándose a Flavia, estaba cubierta de tierra y polvo y lo peor era el pedazo de carne sanguinolenta en el que se había convertido su brazo.

— No lo sé, desapareció cuando los dragones se fueron.

— ¡Emren! – gritó Van y uno de los soldados que venían siguiéndolos se acercó velozmente — ¡Llévenlos ahora mismo al castillo! Necesitan ser atendidos, envía la orden de que todos los sanadores que estén disponibles en las provincias deben venir inmediatamente, también sus ayudantes, tenemos que ayudar a todos los heridos lo más pronto posible.

El soldado asintió con firmeza y llamó a otros para que lo ayudaran a cargar al Príncipe Kario y a Flavia; Dalsen observó impotente cómo su gemelo era levantado por dos hombres mientras que un hilo de sangre corría incontrolable atravesando su rostro — ¡Majestad! — Un soldado bajó corriendo la calle y se detuvo sin aliento frente a Van — logramos detener a los dragones haciendo ruido golpeando los escudos, pero no creo que dure mucho, uno de los soldados ha subido al santuario para avisar a los pobladores pero no somos suficientes para poder organizarlos.

— Si rodeamos las escalinatas y subimos por la colina llegaremos más rápido… Dalsen, Anteras, si desean ir al castillo para vigilar al príncipe Kario, pueden hacerlo.

— No — contestó inmediatamente Dalsen, su voz se quebró y trató de aclarar su garganta — no podemos hacer nada por Kario, ahora su vida está en las manos de los Dioses y en la habilidad de los sanadores, iremos contigo para evacuar a la gente del santuario.

— Bien, si en verdad ése es su deseo, debemos apresurarnos — van dio la media vuelta enfilándose hacia la colina, Anteras se acercó a Kario para posar una mano firme sobre su hombro.

— Kario es muy testarudo, va a estar bien — le dijo Anteras tratando de tranquilizarlo y Dalsen solamente asintió con la cabeza, sentía que sus ojos le escocían por las lágrimas, pero contuvo sus emociones.

— Vamos, hay mucho qué hacer… ¿Estás listo Allen? — el caballero dio un respingo al escuchar que lo llamaban por su nombre, su vista se había quedado fija en el manchón de sangre donde habían caído el Príncipe Kario y Flavia, no comprendía cómo había sucedido tanto en tan poco tiempo, pero se culpó a sí mismo por no haber llegado unos minutos antes; miró a Dalsen que lo esperaba impaciente y sin más, lo siguió colina arriba sin ser capaz de emitir palabra alguna.

"Y"

— Bueno, creo que todo el pueblo logró llegar hasta aquí — Selene miraba a la gente que esperaba paciente a poder salir del refugio, no era más que una construcción rectangular de firmes paredes de piedra desnuda, contaba con tragaluces en el techo que también ayudaban a ventilar el interior brindando aire fresco a las personas que pudiesen esconderse en el lugar.

— Espero que los demás que están afuera se encuentren bien — contestó Hitomi que miraba un pedacito de cielo a través de uno de los tragaluces, alrededor de ella se escuchaban los cuchicheos de los pobladores y una calma tensa prevalecía en el santuario; retiró la vista del cielo y sin querer, clavó los ojos en las Princesas Leila y Deidara que se apretaban una contra la otra tratando de escapar del roce con los pobladores.

— Te dije que no era buena idea —Chid escuchó un murmullo nervioso a sus espaldas y giró para ver a dos hombres que estaban arrinconados en una esquina, tenían dos bolsos grandes en sus brazos y la vista clavada en ellos.

— No es mi culpa, la vieja nos dijo que nos darían buen dinero por ellos —Chid prestó mayor atención y tragó saliva cuando a través de la abertura de uno de los bolsos, alcanzó a ver un huevo de cáscara negra y brillante.

— Tenemos un problema muy serio — les cuchicheó a Hitomi y a Selene en voz muy baja — creo que ya sé por qué los dragones están atacando la ciudad… Esos tipos tienen sus huevos.

— ¡¿Qué?! — Selene se llevó las manos a la boca para acallar su grito — ¿Estás seguro?

Chid asintió y le hizo un gesto con la cabeza a Selene — los tienen dentro de las bolsas.

Selene y Hitomi asomaron lentamente las cabezas y vieron lo que los hombres acunaban en sus brazos, al sentirse descubiertos apretaron su carga y les dieron la espalda — eso es muy grave, los dragones no se irán hasta que recuperen sus huevos.

— ¿Qué podemos hacer? — les preguntó Hitomi, pero antes de recibir una respuesta, fuertes golpes en la pesada puerta de madera le hicieron dar un brinco.

— ¡Abran la puerta a su Majestad Van de Fanelia! — se escuchó la potente orden que provenía del exterior y toda la gente alzó una exclamación de alivio al creer que los dragones ya estaban muertos; dos soldados se aproximaron y quitaron las pesadas vigas que aseguraban la puerta desde el interior, una ráfaga de aire cargado de humo entró al refugio al mismo tiempo que Van ingresaba al lugar.

— Amush —Van llamó al soldado y éste se aproximó haciendo una reverencia, Van lo jaló a un lado y habló en voz muy baja — Los dragones vienen hacia acá, los soldados pudieron detenerlos por un momento, pero es cuestión de minutos para que alcancen el santuario, debemos sacar a todos los pobladores lo más pronto posible y llevarlos a otro lugar.

— Majestad, no hay otro refugio cerca, nunca alcanzaremos a llegar colina abajo antes de que los dragones nos alcancen, hay niños y ancianos que no pueden correr.

Y como si se tratara de una advertencia de su proximidad, el eco de un rugido violento retumbó dentro del santuario arrancando gritos de terror de todos los pobladores — ¡Van! — lo llamó Hitomi que se abría paso entre toda la gente, Selene y Chid la seguían a muy corta distancia.

— ¿Estás bien? — le preguntó Van sin disimular la preocupación en su voz.

— Estamos bien, pero hay un problema muy grave aquí dentro — Van suspiró pensando en que tal vez se había dado alguna trifulca entre los pobladores, por lo general sucedía eso cuando estaban hacinados, miró a Hitomi y negó con la cabeza.

— No hay tiempo para eso ahora, los soldados se encargarán de controlar a la gente para sacarlos de aquí…

— ¡Van, escúchanos por un momento! — interrumpió Chid alzando la voz, las palabras de Van se quedaron a medio camino al oír al Rey de Freid hablarle con una mezcla de molestia y desesperación. Chid tomó por el brazo a Van y lo alejó de la multitud. Hitomi los siguió mientras Selene se acercaba a su hermano.

— ¿Estás bien Allen? — le preguntó al notarlo pálido.

— El príncipe Kario fue herido de gravedad, Flavia tiene un brazo casi despedazado… Todo pasó tan rápido, ni siquiera pude llegar para ayudarlos.

Selene apretó los labios y sujetó la mano de Allen — Todo saldrá bien, ya verás, nada de esto ha sido tu culpa — Allen asintió y miró al Rey Anteras que le susurraba algo a Dalsen y éste tenía la mirada gacha.

— ¡¿Qué tienen qué cosa?! — gritó Van enfadado cuando Chid terminó su explicación, dio la media vuelta y se acercó a la entrada del refugio como si fuera impulsado por un viento venenoso — ¡¿Quiénes son?!

Todos los pobladores guardaron silencio al ver la furia desbordada del Rey, Chid entró al santuario y caminó en dirección donde estaban los dos hombres que cargaban los huevos escondidos en las bolsas de lona negra, cuando vieron que el Rey de Freid se dirigía directamente a ellos trataron de ocultar sus cargas detrás de ellos — Entréguenmelos — ordenó Chid sin mediar más palabras, los hombres se hicieron a un lado evitando al Rey.

— ¡Que los entreguen! — Gritó Van, un grupo de soldados se aproximaron corriendo y apuntaron con sus lanzas a los hombres.

— No tenemos nada qué entregarle majestad — Balbuceó uno de los hombres sin atreverse a alzar los ojos, Van suspiró furioso y tomó al hombre por el cuello de su camisa.

— Me vas a entregar esos huevos ahora mismo y quizás no te corte la cabeza — siseó Van con los dientes apretados, el hombre temblaba como si estuviera a punto de quebrarse en mli pedazos y con lentitud le ofreció la bolsa a Van, éste la tomó y al retirar la cubierta encontró un huevo de dragón dentro — ¿tienen una idea de lo que acaban de provocar? ¡Por su culpa el pueblo ha sido destruido!

El hombre tragó saliva mientras gruesas gotas de sudor le cubrían el rostro, Van miró a su compañero y extendió la mano — Dámelo ahora mismo.

No le quedó más remedio que entregar el otro huevo pero pensándoselo mejor, se lo arrojó en la cara al Rey y aprovechando la confusión, corrió sorteando a los guardias; cerca de la entrada estaba la hermana del General que había guardado una distancia prudente a todo el conflicto, al verla no se lo pensó dos veces y la sujetó por la cintura antes de salir y la arrastró con violencia; de su cinturón sacó una navaja larga y la puso debajo de la barbilla de Selene — A mí no me va a cortar la cabeza Majestad — retó a Van, Allen dio un paso al frente sintiendo cómo su sangre se escapaba hasta sus pies al ver a su hermana en ése peligro mortal — no se acerque General, o le rebanaré la garganta de oreja a oreja, ella será mi carta de cambio, la liberaré a cambio de una amnistía, no le haré nada si juran que no me capturarán.

— Baja el cuchillo — Ordenó Van pero el hombre se negó, sus ojos estaban desmesuradamente abiertos y mostraba una sonrisa peligrosa — ella no te ha hecho nada, déjala ir y hablaremos…

El eco de un rugido retumbó dentro del Santuario haciendo vibrar los muros y a través del hueco de la puerta abierta, vieron a los dragones que se acercaban con lentitud bamboleando la cabeza — ¡Entren al santuario! — Gritó Dalsen, pero el hombre que tenía a Selene retenida no dio señas de moverse, pero finalmente giró un poco la cabeza para ver de reojo a los dragones que se acercaban, Anteras aprovechó el descuido y corrió velozmente hasta donde estaban ellos mientras los dragones se encontraban cada vez más cerca. El hombre no tuvo tiempo de reaccionar y recibió un fuerte golpe en el rostro, se tambaleó soltando a Selene y Anteras aprovechó para golpearlo nuevamente. Selene cayó de rodillas en el suelo mientras el hombre los amenazaba con el cuchillo, la sangre corría desde su nariz bajando por la barbilla, pero apuntaba a ambos simultáneamente.

Tan ensimismado estaba en su labor que olvidó a los dragones que estaban detrás de él, lo miraron con curiosidad y él giró cambiando su objetivo, alzó el brazo sin soltar el cuchillo tratando de defenderse de las bestias con ésa pequeña navaja; uno de los dragones gruñó furioso y abriendo sus fauces poderosas, lo atrapó entre los dientes afilados, Selene cerró los ojos al escuchar cómo el cuerpo crujía al ser aprensado, lo único que se alcanzaba a ver eran las piernas por fuera del hocico del dragón y éstas aún se retorcían con los estertores de la muerte, el dragón apretó más sus fauces y la mitad inferior del cuerpo cayó seguida por un mar de sangre e intestinos. — no te muevas — le pidió Anteras a Selene y se arrodilló frente a los dragones extendiendo ambos brazos para protegerla mientras ella se acurrucaba a sus espaldas. Los dragones se acercaron a él olfateándolo, Anteras cerró los ojos con un escalofrío al sentir el aliento corrupto de la bestia contra su rostro, después de algunos segundos terminaron su inspección y dirigieron sus pasos hacia el santuario.

La gente comenzó a empujarse tratando de encontrar una salida en la parte posterior del refugio, pero pronto descubrieron que se encontraban atrapados dentro de una ratonera, los gritos y el llanto no se hicieron esperar y muchos le suplicaban a Van que los salvara — ¡Van! – lo llamó Hitomi tratando de acercarse a él — vinieron por los huevos, debemos entregárselos.

Hitomi lo alcanzó y extendiendo las manos le quitó una de las bolsas que sujetaba con fuerza, Van la contempló en silencio mientras descubría el huevo, lo acunó en el hueco de su brazo derecho y miró a Van con intensidad — vamos — aceptó él sacando el otro huevo de la bolsa y tomando la mano de Hitomi, salieron del refugio ante la vista horrorizada de todos.

— Que nadie saque ningún arma… Arrojen sus lanzas — ordenó Van a los soldados cuando pasaron junto a ellos y estos obedecieron sin cuestionar a su Rey — deja tu espada Allen.

Allen dudó por un momento, pero terminó por ceder dejando caer la espada a sus pies, miró a Van y a Hitomi pasar junto a él llevando los huevos de los dragones. Una de las bestias se acercó a ellos olfateando y emitiendo un sonido burbujeante con la garganta, Hitomi tragó saliva apretando más la mano de Van y éste le respondió el gesto de la misma manera. Ambos les ofrecieron los huevos y el dragón los lamió con la punta de su lengua bífida, cuando terminó su inspección alzó la cabeza y con un silbido vibrante llamó a su compañero, éste se acercó y abriendo el hocico, atrapó con suavidad el huevo que Hitomi le ofrecía, el otro dragón capturó con cuidado el huevo que Van tenía acunado en el brazo y sin más, dieron la media vuelta alejándose hacia las montañas altas.

Van era incapaz de moverse, en todo momento había sentido cómo su corazón latía desbocado, a tal punto, que pensó que podía detener su carrera de manera dramática, notó que la mano de Hitomi lo apretaba más y volvió el rostro para verla esperando encontrarla más aliviada después de haberse librado de la carga que llevaban en los brazos pero, por el contrario, su cuerpo se había tensado a un punto inhumano y su cabeza estaba echada hacia atrás — ¿Hitomi? — la llamó Van sintiendo un miedo rancio que le recordaba la ceremonia del Dios Argún en lo alto del templo. Hitomi se sacudió con fuerza y cayó de rodillas frente a los pobladores que asomaban las cabezas para asegurarse que los dragones se habían ido.

— ¡Hitomi! — la llamó Dalsen que se había aproximado hasta ellos y entre él y Van apenas fueron capaces de contenerla cuando su cuerpo comenzó a convulsionar.

Ella alcanzaba a escuchar las voces lejanas que la llamaban por su nombre, eran sonidos que le resultaban familiares, pero era incapaz de responder a los llamados, su cuerpo se había vuelto etéreo y sentía que danzaba con el viento de la montaña; era ligera como una burbuja y tan pura como la nieve recién caída y sin embrago, notaba como una nube negra estiraba sus dedos de carbón para sujetarla. El agarre fue poderoso como una garra maligna y la jaló hacia abajo sumergiéndola en un remolino pestilente que le quemaba los pulmones, apretó los ojos obligándose a sí misma a despertar, pero era imposible, cayó en un abismo que la sacudía y golpeaba y así como empezó, terminó con un vértigo que la hacía dar arcadas; abrió los ojos y miró una forma masculina que estaba de pie en medio del bosque, las espaldas anchas estaban enmarcadas por un par de alas negras que relucían bajo la luz de la luna fantasma y todas las dudas de Hitomi fueron disipadas cuando vio el brazo mecánico que permanecía laxo a un costado del cuerpo; el hombre giró para ver a Hitomi y sonriéndole, le ofreció la mano para ayudarla a levantarse, ella aceptó el gesto y sus dedos estuvieron a punto de tocarse cuando sintió que era jalada violentamente por los pies.

Despertó en medio de un grito, las ropas que llevaba puestas estaban empapadas por el sudor y su respiración era irregular y agitada; no sabía dónde estaba ni cómo había llegado hasta ahí, pero estaba recostada en un camastro y el olor a medicamentos, té y sangre le indicaron que estaba en una enfermería. Recorrió el lugar con la vista, estaba en una habitación de piedra, a un extremo ardía un mechero que liberaba un aroma a alcanfor y en los extremos estaban dos mamparas bien cubiertas por cortinajes blancos, la hija del sanador salió de detrás de uno de ellos y se detuvo en seco al ver a Hitomi despierta — Marbiel ¿Dónde estoy? — preguntó Hitomi tratando de levantarse pero la mujer corrió para evitárselo.

— Qué bueno que ya despertó señorita Kanzaki, nos tenía preocupados, ésta es la enfermería que mi padre usaba para atender a sus pacientes — un gemido masculino salió de uno de las mamparas y Hitomi dirigió sus ojos hacia el punto de donde venían los quejidos, Marbiel apretó los labios y trató de empujar a Hitomi para que se recostara nuevamente — es el Príncipe Kario, está muy grave.

— ¿Qué le sucedió? — preguntó Hitomi alarmada y Marbiel negó con la cabeza.

— Uno de los dragones le sacó un ojo, no hubo manera de salvarlo, pero necesitamos cauterizar la herida y es muy doloroso, el extracto de suzupa ni siquiera le ha hecho efecto, además de eso, tenemos tantos heridos, los sanadores de todas las provincias cercanas han venido y no nos damos abasto — Hitomi aguardó mientras los recuerdos se le agolpaban en la mente a una velocidad incómoda, lo último que recordaba era que ella y Van habían logrado regresar los huevos a los dragones y eso había sido suficiente para detener su ataque — su amiga también está muy herida, salvamos su brazo, pero no creo que vuelva a funcionar igual que antes, además de que perdió mucha sangre.

— ¿Flavia está herida también? — Marbiel asintió a modo de respuesta y miró hacia el extremo opuesto de la recámara donde estaba la otra mampara — tengo que verlos.

Y sin más, ignorando las indicaciones de Marbiel, Hitomi se levantó del camastro para ir primero hacia la mampara donde estaba Kario, abrió el cortinaje y vio al príncipe recostado y semi desnudo, había sido atado con correas en las manos y pies para evitar que se moviera, Dalsen estaba a un lado suyo hablándole con suavidad en su idioma tratando de tranquilizarlo — ¿Cómo se encuentra? — preguntó Hitomi, Dalsen alzó la cara y se secó las lágrimas que le corrían por las mejillas como ríos salados.

— Mal, la herida debe ser cauterizada y el dolor es muy intenso, Marbiel no sabe qué hacer… ni yo tampoco — Hitomi se acercó hasta el camastro y puso dos dedos sobre la muñeca ardiente de Kario y notó que el pulso latía de manera acelerada e irregular.

— Marbiel — llamó Hitomi a la hija del sanador que se había quedado parada a una distancia corta — necesito que venga la Reina Millerna, ella puede ayudarnos — la mujer abrió y cerró los labios con incertidumbre, pero salió de detrás del cortinaje para llamar a uno de sus asistentes, le dio las instrucciones de que fuera a buscar a la Reina y cuando el muchacho salió corriendo, ella regresó a sus labores.

Hitomi miró a Dalsen en silencio y éste no le quitaba la vista de encima a su gemelo, nada de lo que Hitomi le dijera, haría que él se sintiera mejor; contempló por un momento a Kario, su piel sudorosa y pálida contrastaba con el agujero encarnado donde había estado su ojo plateado y la quijada tensa mostraba el dolor por el cual estaba atravesando — Dalsen — el príncipe alzó nuevamente el rostro y Hitomi notó todo el sufrimiento en él — tu hermano estará bien, te lo prometo.

No sabía ni siquiera cómo se había atrevido a asegurar que Kario se recuperaría, pero sentía que era una necesidad para Dalsen el escuchar esas palabras y éstas tuvieron el efecto que ella esperaba, el Príncipe asintió con lentitud y se giró para mojar un lienzo en agua fría, lo exprimió bien y comenzó a refrescar la frente de su hermano — Quizás quieras ver a tu amiga — le dijo Dalsen aclarándose la garganta — tampoco se encuentra bien.

— Volveré en un momento — le anunció Hitomi moviendo el cortinaje y antes de salir escuchó a Dalsen tarareando con suavidad una canción completamente desconocida para ella. Mil pensamientos le daban vueltas en la cabeza mientras se encaminaba hacia el otro extremo de la recámara, llegó hasta la mampara que escondía el camastro de Flavia y dentro encontró a Marbiel que trabajaba sobre el brazo herido. Hitomi vio el surco que había dejado la cola del dragón, la herida corría desde el hombro hasta la mano izquierda y para poder cerrarla, Marbiel había cosido una infinidad de puntadas a lo largo del corte y Hitomi sabía que esa cicatriz acompañaría a Flavia por el resto de su vida — ¿cómo se encuentra?

— Sobrevivirá, hice lo mejor que pude para unir los nervios rotos, pero quizás le cueste trabajo mover los dedos, espero que con el tiempo pueda a volver a usar su mano como antes — Hitomi guardó silencio mientras Marbiel colocaba en la herida un ungüento de olor acre — ayudará a evitar infecciones y disminuirá el dolor.

— ¡Hitomi! — la llamó Millerna, Hitomi salió de detrás del cortinaje y encontró a la Reina con las mejillas arreboladas.

— Necesito de tu ayuda — le dijo Hitomi rápidamente — no estoy familiarizada con los medicamentos de Gaea, pero el príncipe Kario está herido y debemos cauterizar la herida.

— Todo es un desastre Hitomi — se quejó Millerna avanzando a paso rápido por la enfermería — hay heridos y muertos en todas partes, el bazar de los escribas quedó completamente destruido junto con el pueblo Mormelier, ahora Van, Allen y Dryden están ahí revisando todos los daños pero son muchos.

Millerna se silenció a sí misma cuando abrieron la mampara y descubrió al príncipe Kario bañado en un mar de sudor, tenía la quijada apretada y los músculos del cuello tensos; la hija del sanador se acercó a ellas llevando su carrito auxiliar llenos de medicamentos, vendajes y ungüentos — ésa herida debe ser cauterizada con calor — les explicó la Reina una vez que terminó su rápida inspección — ¿Cuántas gotas de suzupa le dieron?

— Cinco gotas Majestad, me preocupa que su corazón deje de latir si excedo esa dosis — Millerna asintió y rebuscó entre los frascos de medicamento.

— Mezcla diez gotas con té de glemm y ponle un chorro de aguardiente, el té ayudará a que su corazón no se detenga y el alcohol potencializará el efecto del anestésico.

Marbiel corrió hacia la chimenea donde tenía una olla hirviendo con agua, sirvió la suficiente en una taza y echó un puño de hojas de color marrón para preparar el té, después de asegurarse de que la infusión estuvo lista siguió las indicaciones de Millerna y contó con cuidado las gotas del extracto de suzupa y agregó el alcohol, lo removió y regresó al camastro del herido. Dalsen elevó la cabeza de su hermano y con cuidado Millerna fue poniendo el medicamento en su boca ayudándose de una cucharilla de metal — ¿Cómo pasó esto? — preguntó Millerna sin quitarle los ojos de encima a Kario.

— No lo sé, los atacó uno de los dragones y cuando los encontramos estaban casi muertos — Millerna apretó los labios y continuó con su faena que se dificultaba gracias a la quijada apretada de Kario, poco a poco fue relajándose hasta quedar completamente laxo en los brazos de Dalsen.

— Ya está listo — anunció la Reina con un suspiro y Dalsen recostó nuevamente a su gemelo, su cabeza laxa se inclinó hacia un costado mientras Millerna tomaba un frasco de vidrio oscuro que le ofrecía Marbiel, lo abrió y dejó caer un chorro de líquido espeso sobre una gasa, con cuidado comenzó a limpiar el hueco del ojo verificando que Kario no despertara — prepara el mechero — le ordenó a la hija del sanador y ésta encendió el fuego en un mechero pequeño que dejó cerca de Millerna, le acercó una espátula y Hitomi tragó ruidosamente sabiendo lo que Millerna haría.

Necesito que lo sujeten muy bien y que no se mueva en caso de que despierte — Dalsen asintió y apretó los hombros de su hermano contra el camastro recargando casi todo su peso encima de él. Millerna posó la punta de la espátula sobre el fuego hasta que estuvo al rojo vivo y con un movimiento rápido la clavó en el hueco del ojo; el olor a carne quemada y el sonido siseante llenaron el lugar y Kario se removió ligeramente — tengo que hacerlo una vez más, Marbiel, dale más té mientras vuelvo a preparar la espátula.

Hitomi observó en un silencio tenso mientras Kario era atendido, la carne chirrió bajo el metal ardiente y el Príncipe se quejó entre sueños; una vez que Millerna estuvo segura de que todos los nervios y venas habían sido cauterizados, volvió a limpiar la herida y la relleno de ungüento para después vendarla — va a estar bien — le anunció a Dalsen — es posible que entre y salga del sueño varias veces, va a tener dolor, pero disminuirá con los días y solamente deberá tomar una gota de suzupa o quedará inconsciente.

— Gracias — murmuró Dalsen apretando los ojos, Millerna le sonrió con tristeza y salió de la mampara seguida por Marbiel.

— Dalsen... yo... — comenzó Hitomi tratando de encontrar palabras de aliento pero fue interrumpida por el Príncipe.

— Mi hermano casi muere... Y yo no estuve ahí para ayudarlo.

— Eso no ha sido tu culpa, no lo pudiste prever — lo disculpó Hitomi pero Dalsen se limitó a negar con la cabeza.

—Pudo haber sido fatal, jamás podré perdonarme a mí mismo... — Hitomi vio la culpa dibujada en los ojos de Dalsen y sintió pena por él. Se acercó en silencio y desató los nudos que aprisionaban a Kario.

— Así podrá estar más cómodo y descansará mejor — Dalsen la miró con pesar y volvió a centrar su atención en su gemelo que dormía un sueño intranquilo — iré a ayudar a los demás, hay muchos heridos, volveré más tarde para revisar a Kario.

Hitomi abrió las cortinas y salió nuevamente a la enfermería, Millerna y Marbiel se habían ido ya y lo único que se escuchaba era el crepitar de la leña que era devorada lentamente por el fuego de la chimenea, se dirigió hacia la puerta y ésta se abrió antes de que pudiese tomar el picaporte.

— Allen ¿estás bien? — el caballero se detuvo en seco al toparse con Hitomi, asintió desganado — ¿necesitas algo?

— No, solamente vine a ver cómo se encuentran Flavia y el Príncipe Kario — la mirada fría y distante de Allen le heló el corazón, él pasó de largo dirigiéndose al camastro del Príncipe Kario.

— Allen ¿podemos hablar?

— ¿Hablar sobre qué? — le soltó él de golpe — ¿sobre lo que vi en las pozas? No tienes nada que explicarme, sé muy bien lo que sucedió y lo comprendo, pero… Quisiera que me regresaras la rosa que te di.

Hitomi sintió cómo se abría un hueco doloroso en su estómago y luchó para que sus lágrimas no corrieran incontrolables frente a Allen — claro — le contestó tratando de aparentar normalidad — te la devolveré esta noche, está en mi recámara.

Allen la miró in reflejar emoción alguna en su rostro y continuó su camino que había interrumpido — lo lamento Hitomi — fue la disculpa que Allen le dio y lo único que provocó fue aún más dolor — será mejor que vayas a ayudar a los sanadores, se están volviendo locos con todos los heridos que hay.

Hitomi miró las espaldas anchas de Allen y por un breve instante deseó estirar la mano y poder tocarlo, pero una fuerza dentro de ella, más poderosa que el deseo, le dijo que eso sería un error muy grave. Se mordió el labio para tratar de soportar el dolor y sin decir nada más, dio la media vuelta para salir de la enfermería.

— Quizás fuiste duro con ella — escuchó la voz de Dalsen, llevaba una palangana en las manos, vació el contenido dentro de un cubo y la llenó nuevamente con agua fresca, Allen lo miró hacer su labor mientras el sonido del agua que caía dentro del recipiente de metal le corroía los oídos — ¿estás seguro de tu decisión?

— Completamente — le contestó Allen sin dudar, si de algo era consciente era el hacerse a un lado en una derrota al saberse perdedor, Dalsen abrió las cortinas donde dormía Kario y le hizo una invitación a Allen para que entrara.

"Y"

Sentía cómo las lágrimas le escocían los ojos y parpadeaba furiosa evitando que éstas salieran como un raudal incontrolable frente a la mirada de todo el mundo, el sentimiento de rechazo la había subyugado y jamás había sentido tal vergüenza; avanzó con rapidez por los pasillos del castillo y después de bajar una larga escalinata que usaban los sirvientes, llegó al exterior del castillo y ahí la imagen la dejó sin habla: Había decenas de personas heridas recostadas sobre colchonetas en los jardines, niños que lloraban a grito abierto y hombres y mujeres que buscaban a sus familiares con desesperación mientras que los sanadores y sus ayudantes trataban de sanar las heridas y curar los miembros rotos.

— ¿Crees que puedas ayudarnos Hitomi? — le preguntó Millerna que llevaba un montón de vendas entre los brazos y Hitomi corrió a quitárselas; el sol ya caía en el horizonte y comenzaba a colorear el cielo con sus tonalidades ardientes al mismo tiempo que la Luna Fantasma comenzaba a parpadear trémulamente con un brillo blanquecino — ¿Qué sucede?

Millerna examinó a Hitomi y notó sus ojos acuosos que la delataban — no sucede nada… Estoy bien.

— No te creo, algo pasó — Hitomi agachó la mirada evitando los ojos acusadores de la Reina — ven conmigo y dime qué sucede, sea lo que sea, necesitas sacarlo y tener la mente clara para ayudarnos a atender a los heridos — Millerna jaló a Hitomi con ella y la escondió detrás de un muro donde estaba segura, no podrían escucharlas — ¿y bien?

— Allen me ha pedido que le regresé la rosa que me dio en el torneo — Millerna apretó los labios, ya se imaginaba por lo que Hitomi estaba pasando en ése momento.

— Dime Hitomi ¿esperabas tener dos esposos? Aceptaste dos rosas, era obvio que deberías regresar una de ellas — Hitomi miro a Millerna con expresión dolida, sabía que la reina tenía razón, pero un dolor muy profundo se había aferrado en su corazón como el moho y no podía sacarlo de ahí.

— Es que fue tan repentino.

— Creo que también fue repentino para todos el saber que habías aceptado la proposición de Allen y luego la del Príncipe Dalsen... Escucha Hitomi, sé que te gusta Allen, pero no lo amas, al menos no lo suficiente para casarte con él y sobre eso ya hemos hablado antes.

Millerna había metido el dedo en la llaga y Hitomi no encontró las palabras necesarias para negar lo que la Reina le acababa de decir — sabes muy bien qué es verdad y debes aceptar que no es posible tener todo lo que deseamos en ésta vida.

— Le regresaré la rosa en cuanto volvamos a su casa — terminó por aceptar Hitomi y Millerna le dio su aprobación.

— No espero que te sientas mejor después de esto, pero sí espero tu absoluta concentración, tenemos mucho trabajo qué hacer. Dejé a mi bebé con Merle, insistía en bajar a ayudar a los heridos, pero será más útil cuidando a Nobu. — ambas mujeres volvieron a prestar su atención a los heridos dando por zanjado el tema de la rosa de Allen.

— ¿Ha vuelto Van?

— Aún no, aunque no deberá tardar, el sol está por ocultarse y sin la luz del día será casi imposible que puedan continuar con las inspecciones, el hombre que robó los huevos está en el calabozo, va a ser interrogado más tarde.

— ¿Qué le sucederá?

— Seguramente será condenado a la decapitación, por su culpa un pueblo entero ha sido casi destruido, Van no va a perdonar nada de eso y yo tampoco lo haría — Hitomi tragó saliva tratando de desbaratar el nudo de terror que se había formado en su garganta, recordó el olor a carne quemada y sangre que había prevalecido desde que los dragones atacaron el bazar de los escribas y al ver la cantidad de heridos que estaban tirados en el piso, el enojo no era para menos.

Ambas mujeres se sumaron junto con senadores y ayudantes para atender a los heridos, caminaban entre las personas que estaban recostadas en colchonetas y mientras Millerna le explicaba a Hitomi el uso de los medicamentos de Gaea, ella los aplicaba como la Reina se lo pedía. Tres llamados largos de cuernos anunciaron la llegada del rey de Fanelia, las puertas se abrieron y Van entro montado en su unicornio, era acompañado por los Reyes Dryden, Chid y Anteras y sorpresivamente, junto a ellos iba Merab montando en un unicornio alazán de aspecto amenazador, una larga escolta de soldados y burócratas había ido con ellos a hacer la inspección en la ciudad arrasada por los dragones. Millerna alzó la cabeza y vio a a su esposo que tenía semblante cansado y sonrío sintiendo un profundo amor por él.

— No me imaginaba que el Rey viejo aún montará — cuchicheó uno de los ayudantes al senador que vendaba una quemadura — incluso se ve más fuerte que antes.

— Es tu imaginación, ve a traer más ungüento y deja de perder el tiempo — lo regaño su maestro; Hitomi miro al Rey de Morkab y comprobó por sí misma que era verdad lo que había dicho el muchacho, Merab montaba muy erguido en su unicornio que perecía lanzar fuego por las narices cuando respiraba, una mano de acero aferraba las riendas mientras su rostro duro miraba a todos con desdén.

— Vamos Hitomi, debemos apresurarnos antes de que oscurezca completamente — la apuro Millerna y ambas volvieron a sus labores tratando de trabajar tan rápido como les era posible.

"Y"

— ¿Flavia? — la llamó Allen cuando logró abrir los ojos, sentía que todo le daba vueltas y una arcada la hizo sentarse, Allen pasó rápidamente una peana bajo su rostro y la dejo que descargara el estómago — es por el medicamento, causa mareos.

— Lo lamentó — se disculpó ella, Allen le entregó un vaso con agua ácida y esperó pacientemente a que se enjuagara la boca. La punzada de dolor atrapó su brazo y miró las vendas que lo cubrían, el recuerdo de aquella tarde volvió a ella y asustada recorrió el lugar con los ojos — ¿Dónde está Kario?

— Aún dormido, en otra mampara — le contestó Allen mientras llevaba la palangana a otro lugar — fueron muy afortunados... Pudieron haber muerto.

— Lo sé — escuchó su voz en un murmullo apagado, Allen se acercó nuevamente al camastro y se sentó en la orilla, el cuello de Flavia estaba vendado y Allen le pasó los dedos por encima acariciando la tela, Flavia alzó los ojos y él capturó su mirada.

— Después que te besé en el bosque de los Dioses te dije que no podría repetirse algo así otra vez… Y después te hago esto en las termas, creo que debo ser más constante entre mis palabras y mis acciones.

— Sobre todo siendo un hombre comprometido — Allen sonrió con suavidad y acarició el labio inferior de Flavia con la punta de su pulgar — No hagas eso.

— ¿Por qué no? — Ella se echó hacia atrás escapando del contacto de Allen, él se acercó alarmantemente más a ella aprovechando que las cortinas los ocultaban del resto del mundo exterior, pasó su mano detrás de la cabeza de Flavia y aproximando su rostro, atrapó el lóbulo de la oreja de ella con los labios, sintió cómo ella se estremecía con un escalofrío y se aventuró a torturar la piel de la oreja con la punta de su lengua — lo que comenzamos ésta mañana en las termas podemos terminarlo en la noche.

— ¿Qué pasa contigo? — le preguntó alarmada al mismo tiempo que intentaba soltarse de su abrazo desesperado — te contradices todo el tiempo, no te agrada que Kario esté cerca de mí, pero tampoco estás conmigo, te comprometes con Hitomi pero ahora quieres que nos vayamos a la cama juntos, dices que no quieres que Kario juegue conmigo, pero eso lo primero que tú haces… No te comprendo y en verdad me lastimas.

— No estoy comprometido y trato de ser sincero conmigo mismo… Quiero estar contigo — Flavia lo observó por un momento y vio su reflejo en los ojos de Allen, su expresión dulce la hacía perder la calma porque sabía muy bien que era imposible lo que había estado sintiendo por él desde hacía tiempo atrás; suspiró con dolor y agachó la vista sintiéndose incapaz de resistir por más tiempo la mirada intensa de él.

— ¿Hace cuánto tiempo que buscas a Marlene en diferentes camas y con diferentes mujeres? No has podido ser feliz con nadie porque aún esperas encontrarla, no has tenido ninguna relación seria porque al final, descubres que ésa mujer en turno, no es tu Reina desaparecida… Hitomi no es Marlene… Y yo no soy Marlene…

Allen se separó de Flavia y le recordó un pajarillo con un ala quebrada, parecía estar a punto de desmoronarse en medio de una tormenta y deseó acunarla en sus manos para que dejara de temblar por el miedo. Pero el recuerdo de Marlene se lo impedía, una voz putrefacta dentro de él le pedía que siguiera buscándola, la llamaba a gritos y aunque é tratara de acallarla, de alguna manera lograba hacerlo sentir culpable cada vez que su atención se dirigía a los brazos de otra mujer. Marlene ya no estaba con él y en realidad, aunque estaban enamorados, ella nunca fue capaz de entregarse en cuerpo y alma a él, de una o de otra manera, ella llegó a amar a su esposo y consiguió dejar a Allen en segundo término y así debía ser. Él no era más que su amante, aquella sombra que se esconde tras bambalinas y que veía la luz solamente cuando el Rey no estaba cerca ¿Eso era en verdad lo que deseaba? Ser simplemente el remplazo, un juguete para pasar el rato, un objeto desechable que podía guardarse en el arcón de las cosas viejas y ser usado solamente cuando la ocasión lo ameritara… No, él no deseaba eso, pero nunca estuvo en posición de pedir nada más.

Recordó que, en algún momento, cuando yacían desnudos y abrazados en la cama de la Reina, él le pidió que dejara todo y escapara con él ¿Cuál fue la respuesta de ella? Una risa fresca y coqueta seguida de una negación firme y él la había aceptado; había aceptado su posición de amante y no tenía derecho a pedir nada más… Entonces ¿Por qué era incapaz de salir de ése atolladero y de rehacer su vida? Porque había estado de acuerdo en ser el dador de placer y deseo y nada más.

— Ya no deseo vivir así — le contestó él con un suspiro — En algún momento pensé que amaba a Millerna, pero no fue verdad… Después conocí a Hitomi, pero fue algo muy diferente y ella me dejó… como todos lo han hecho.

Flavia sintió el dolor en las palabras de Allen, su mirada gacha delataba su sufrimiento y por reflejo, ella extendió su mano derecha y posó sus dedos tibios sobre la mano de Allen, él la miró con una sonrisa triste y sujetando su mano, se la llevó a sus labios para besarla — le he pedido a Selene que te traiga ropa limpia, tu vestido está desgarrado, vuelve a casa con ella una vez que estés lista y descansa, yo volveré más tarde, no cierres la puerta de tu recámara con llave, te visitaré en la noche.

Flavia lo miró levantarse y antes de salir, se agachó y le plantó un beso en la frente — te veré más tarde — le dijo él a modo de despedida y se escurrió entre las cortinas.

"Y"

— Yo me encargaré de todos los preparativos para la boda muchacho, tú cuida a tu pueblo — Le dijo Merab a Van una vez que hubieron desmontado de sus unicornios, Van se sacó los guantes y se los entregó a su ayudante — todo estará listo para la próxima semana.

— Después de esto, creo que lo mejor sería postergar la fecha — sugirió Van con tono casual, Merab frunció los labios y resopló por la nariz ganchuda.

— Claro que no, entre más pronto se realice la boda, mejor será para todos, Fanelia tendrá una seguridad al ver que su Rey es un hombre de familia — Van estaba exhausto y lo que menos deseaba era discutir con Merab en ése momento; trató de ignorarlo y dirigió la vista hacia los heridos que estaban siendo atendidos, los sanadores y sus ayudantes trabajaban tan rápido como podían y parecía que estaban a punto de terminar, en una orilla vio a Millerna junto con Hitomi que seguía las instrucciones de la Reina al colocar los medicamentos en la herida den la pierna de una mujer — Olvídala muchacho — le susurró Merab al darse cuenta que su atención había sido atrapada por la figura de Hitomi.

— Llama a los arquitectos, tendremos una junta en la sala del consejo en quince minutos — ordenó Van al chico que lo ayudaba, éste reverenció al Rey de Fanelia y se apresuró a seguir sus órdenes — disculpe Majestad, pero quiero que las reparaciones comiencen lo más pronto posible y que la gente pueda llorar a sus muertos.

Van dio la media vuelta y dejó sólo a Merab, éste lo miró alejarse y frunció los labios, a buena distancia de él estaba Anteras que guiaba a su unicornio hacia las caballerizas, sintió que la furia crecía dentro de él y consideró que era tiempo de hablar con la bruja nuevamente, aunque antes tenía varias cuentas qué aclarar con sus otros nietos.

"Y"

— Van a ser necesarias al menos dos semanas para limpiar los destrozos y después podremos levantar las casas y trazar las calles siguiendo los planos originales, se tendrán que instalar refugios improvisados para que los pobladores puedan vivir mientras se termina de restaurar la ciudad, será necesario tener un buen suministro de agua y vigilar la limpieza de los deshechos para evitar alguna epidemia.

Van escuchaba atento al arquitecto real que con mirada experta revisaba el plano de la ciudad recientemente destruida, todos los consejeros habían sido llamados de manera urgente al igual que varios cortesanos que marcaban una notable influencia en Fanelia — El consejero del tesoro ha muerto y no hemos escogido a uno nuevo, pero díganme ¿Se puede costear la reparación sin elevar los impuestos?

— Sí es posible majestad — Contestó uno de los consejeros levantándose de su asiento — ya que el Rey Merab correrá con todos los gastos de la boda, no habrá mayor problema.

Van contuvo sus palabras y se limitó a asentir con desganó — Está decidido entonces, comiencen con las reparaciones, lleven cuadrillas de limpia y encárguense de preparar un acuífero y un sistema de drenaje. Afortunadamente casi no se perdieron vidas a pesar de que el ataque fue desastroso, pero quiero que se caven las tumbas y entierren a los muertos lo más pronto posible, no deseo que se queden a pudrirse bajo el sol y que causen enfermedades.

— Comenzaremos a trabajar ahora mismo Majestad — asintió el arquitecto y enrolló los planos para después meterlos debajo de su brazo. Van se levantó y todos lo imitaron — Estaré en mis habitaciones.

La reverencia no se hizo esperar mientras Van salía de la sala del consejo, caminó con desgano por el pasillo para ir a su recámara, pero casi sin darse cuenta, sus pies lo llevaron por otro pasillo, como si siguiera un rastro imposible de ver, pero que lo llamaba insistentemente. Llegó finalmente hasta una puerta pesada que era vigilada por dos guardias armados, al ver a Van presentaron sus lanzas a manera de saludo y se hicieron a un lado después de abrir la puerta para el Rey.

Van entró a la estancia que era iluminada por antorchas, en las paredes estaban empotradas cajas con combinaciones y cerrojos de seguridad y en el centro de la habitación estaba una caja forrada con terciopelo negro y dentro brillaba un collar con una piedra roja. Se acercó lentamente y enredó entre sus dedos la cadena dorada del collar — Majestad ¿Se llevará el collar de la Diosa Viviente?

Van dio un respingo al escuchar la voz cascada que provenía de un rincón de la estancia, se volvió para ver al hombre que le hablaba y ahí sentado detrás de un escritorio, estaba el anciano que llevaba el registro de todo el tesoro de Fanelia.

— Así es — Le dijo Van pasándose el collar por el cuello — anótalo en la lista

El anciano asintió obediente y tomando uno de los libros que tenía cerca de él, garabateó el registro del collar que Van se llevaría — ése pendiente es poderoso, no deje que caiga en manos equivocadas Majestad.

Van miró al anciano y sin mediar más palabras, salió de la bóveda.

"Y"

— Será mejor que llevemos a Kario a su recámara, estará más cómodo ahí — Flavia escuchaba la voz de Anteras que hablaba con Dalsen en el otro extremo de la enfermería, había decidido guardar silencio y simplemente dejar que pensaran que seguía dormida.

—Pediré que traigan una camilla para poder moverlo — Le contestó Dalsen con voz nasal, los pasos del Príncipe se escucharon como un eco muerto contra las baldosas del piso y pasaron minutos de eterno silencio hasta que finalmente regresó acompañado por otras personas que habían recibido las instrucciones de llevarse a Kario a su habitación — tengan cuidado — ordenó Dalsen y finalmente se escucharon los pasos salir nuevamente de la enfermería.

Las voces se acallaron y supo que estaba completamente sola en ése lugar, miró hacia el techo pensando en lo que había sucedido en su vida en tan poco tiempo, era como si el viento del otoño hubiera barrido las hojas de la calle llevándose su cordura con ellas. Nadie le creería lo que había sucedido en esas semanas que llevaba desaparecida y ni siquiera tenía una manera coherente para describir ésa historia.

Trató de acallar su mente que comenzaba a desesperarla y cerró los ojos, pero resultaba inútil y más cuando escuchó que la puerta de la enfermería se abría nuevamente, los pasos resonaron y por un momento creyó que alguno de los ayudantes había olvidado algo que era necesario para sus labores curando a los heridos, pero su sorpresa fue mayor cuando su cortina se abrió y apareció la figura del Rey Merab frente a ella.

— Hola pequeña — la saludó con un tono fingidamente dulce, Flavia se echó hacia atrás nerviosa — ¿Cómo te encuentras?

— Si vino a buscar a Kario, se lo han llevado a su recámara.

— Lo sé — le contestó él entrando al pequeño cubículo, tomó una silla que estaba junto a la cama y acomodándola, se sentó a manera que quedaron frente a frente — no vine a buscar a mis nietos, vine a hablar contigo… supe que Kario trató de protegerte del ataque del dragón, es un hombre valiente ¿no lo crees?

Flavia asintió desconfiada y espero a que el rey continuara hablando.

— Es un hombre valiente y atractivo que, por tu culpa, ha quedado desfigurado — Flavia apretó los puños sobre las sábanas y agachó ligeramente la cabeza, la culpa sería algo con lo que tendría que vivir toda su vida y no necesitaba que comenzaran a recordarle lo que había sucedido — es un hombre que se merece una gran mujer a su lado… No una vulgar ramera venida de un lugar desconocido.

— ¡Oiga! — Flavia alzó la voz, pero en un movimiento increíblemente rápido para un anciano, Merab se levantó y casi pegó su rostro al de ella.

— Tú eres quien me va a oír — le dijo con voz fría y amenazante, Flavia sintió cómo un nudo de terror se formaba en su garganta mientras su boca se secaba velozmente — vas a regresarle esa rosa a Kario y le dirás que fue un error, no deseas casarte con él y no te le acercarás nuevamente.

— ¿Y si no lo hago? — la respuesta que obtuvo fue una risa atemorizante que salió de la garganta del anciano.

— Si no lo haces, esa herida que te provocó el dragón, será una caricia en comparación con lo que te hará el huargo de la bruja — y para reafirmar el terror que él vio en los ojos de Flavia, posó su mano huesuda sobre el brazo herido de ella y le clavó los dedos arrancándole un gemido de dolor — ¿entendiste?

Flavia trató de zafar su brazo de ese agarre de acero y Merab, al no recibir respuesta, apretó más enterrando las puntas de sus uñas en la herida — Te pregunté si entendiste.

— Entendí — terminó por ceder Flavia en medio de un gemido de dolor, se había doblado sobre sí misma y Merab sonrió condescendientemente.

— Eres una buena chica, sabía que comprenderías que no estás a la altura de nuestra familia… Te deseo que pases una buena noche.

Finalmente, Merab soltó el brazo de Flavia y se alejó de ella, antes de abrir las cortinas se giró para mirarla — entregarás esa rosa mañana mismo, no quiero que te tomes ni un día más.

Y con eso dio por zanjado el problema y se aseguraría que no se repitiera nada de eso nuevamente. Flavia sujetó su brazo herido y no pudo evitar llorar en parte por el miedo y en parte por el dolor intenso que se había clavado en su herida palpitante, se agachó y lloró en silencio añorando su vida tranquila que tenía en la casa que había sido de sus abuelos, ahora todo eso le parecía tan lejano que por momentos pensaba que jamás lo volvería a tener.

— Flavia — la llamó la voz suave y dulce de Selene, ella alzó la cabeza y sorbió por la nariz — aquí estás, Allen me pidió que te trajera algo de ropa, tu vestido… ¿estás llorando?

Flavia trató de limpiarse las lágrimas que Selene había visto cuando abrió las cortinas — ¿Te duele mucho la herida? Llamaré a Marbiel para que te dé algo contra el dolor.

— No — se apresuró a detenerla — estaré bien.

Selene la miró sin convencerse mucho, pero le hizo caso a Flavia — vamos a cambiarte de ropa ¿de acuerdo? Después podremos volver a casa y descansarás mejor en tu cama.

— Gracias Selene — Flavia aceptó la ayuda de la hermana de Allen para poder cambiarse de ropa, se dejó guiar como un juguete mientras Selene cubría con lino ese cuerpo maltratado.

— Ya estás — anunció victoriosa Selene cuando aseguró el último botón del vestido — no es el vestido más hermoso, pero es cómodo y muy fresco, no quiero que te lastimes más, con lo que ya tienes es suficiente.

— Gracias Selene ¿has visto a Hitomi?

— Sí, está con la Reina Millerna atendiendo a los heridos, Allen y Chid están ayudando a organizar el campamento donde se quedarán los que perdieron sus casas y el Rey Van y Dryden estuvieron revisando todos los daños.

— Parece que todo el mundo tiene algo que hacer menos yo.

— Tú tienes que recuperar tu salud, fue un verdadero milagro que ese dragón no te matara… Vamos a casa, necesitas comer algo y dormir.

Flavia se puso de pie e inmediatamente un vértigo le hizo sentir que se encontraba dentro de una centrifugadora, Selene la alcanzó a sujetar y después de asegurarse que la sensación de vértigo había pasado, la tomó por el brazo sano para que se apoyara en ella — camina despacio, no quiero que te caigas.

"Y"

— No podremos terminar antes de la media noche — Millerna se limpió el sudor de la frente con una toalla de algodón y se estiró sintiendo el dolor en su cintura.

— Me gustaría que fueras a descansar, aún no ha pasado tiempo suficiente para que te recuperes del parto — le pidió Hitomi y ella misma sentía el cansancio que comenzaba a acalambrarle las piernas.

— Iré a ver a mi hijo y volveré más tarde — declaró Millerna rendida, necesitaba sentarse algunos minutos antes de que su espalda se rompiera. La tarde había corrido velozmente mientras suturaban heridas y reparaban huesos rotos y ahora que la luz del día se había ido, trabajaban bajo la parpadeante luz de las antorchas y mecheros que estaban encendidos en todas partes. La gran mayoría de los heridos fueron atendidos con prontitud y los soldados se encargaban de llevarlos a las tiendas de campaña en caso de que sus casas hubiesen sido destruidas por los dragones, pero aún quedaban personas que necesitaban de su atención, aunque sus heridas no eran tan graves — Volveré pronto y podremos terminar para ir a dormir.

Hitomi miró a Millerna alejarse y volvió a sus labores, mientras le colocaba el cabestrillo al brazo de un hombre escuchó una voz detrás de ella. Su paciente trató de incorporarse, Hitomi lo empujó nuevamente para que se recostara — No se mueva por favor — Solicitó Hitomi pero el hombre se mostraba nervioso, Hitomi miró sobre su hombro y encontró a Van que se acercaba hablando con dos soldados.

— Debo saludar al Rey — Balbuceó el hombre apresurado, Hitomi negó con la cabeza y continuó con su labor.

— No quiero que se mueva, cuando termine con su brazo, puede reverenciar a tantos reyes como desee.

— Hitomi — la llamó Van parándose junto a ellos — necesito hablar contigo.

— En cuanto termine con esto — la voz de Hitomi sonaba fría y dura, Van sabía que estaba enfadada por todo el incidente previo al ataque de los dragones.

— Bien, cuando termines con tus labores de sanadora, ve a mi recámara, hay algo importante de lo cual tenemos que hablar — Hitomi alzó la vista por primera vez y miró a Van que era iluminado por la luz enrojecida de las antorchas, el reflejo de las llamas en su piel morena lo hacían brillar con misticismo, Hitomi tragó saliva y aparentó una tranquilidad inexistente.

— Yo terminaré por Usted señorita Kanzaki — interrumpió Marbiel dejando una charola con medicamentos al lado del herido, Hitomi apretó los ojos, no se esperaba que la hija del sanador tuviera la ocurrencia de relevarla para que Van pudiera hablar con ella.

— Acompáñame por favor Hitomi — Van extendió una mano para ayudarla a levantarse, pero ella ni hizo el intento por tomarla. Hitomi lo miró esperando a que le dijera algo y en cambio Van le hizo un gesto para que caminaran juntos en dirección al bosque de los Dioses.

— ¿Y bien? — Preguntó Hitomi con voz seca una vez que estuvieron a buen resguardo entre los árboles.

— Necesito que bebas el té de la luna — le soltó Van sin rodeos y Hitomi frunció el ceño molesta.

— ¿Solamente para eso querías hablar conmigo? Ya te dije que no soy una lacaya tuya a la cual puedas mandar.

— Hitomi, estoy en una situación muy delicada en éste momento y creo que tú comprendes eso también, si después de lo que sucedió en las termas, quedas embarazada, eso sería un problema extra que tendría que cargar.

— Lamento mucho que la idea de tener un hijo conmigo resulte ser una carga para ti — Van alcanzó a distinguir la nota de dolor en la voz de Hitomi y no pudo evitar sentir remordimiento por cómo se habían tergiversado las cosas.

— Hitomi, estaré casado en cinco días ¿Tienes una idea de lo que dirán sobre ti si estás embarazada? Te harán pedazos los vapuleadores de la corte, dirán que eres mi amante y que te mantengo cerca por eso, sé que no lo deseas y eso lo dejaste muy en claro hace unos días cuando te lo propuse.

— ¿Sabes algo Van? Has lo que quieras con tu vida, pero deja de enredarme en tus problemas con tu boda, tengo mucho trabajo y no tengo tiempo para seguir con tu discusión, dale el é de la luna a tu prometida, a ella le hará más falta que a mí.

Hitomi apresuró sus pasos para volver a sus labores ateniendo a los pobladores, deseaba alejarse lo más posible de Van, su sola presencia la disgustaba y quería poner la mayor distancia posible entre los dos.

— Señorita Hitomi ¿Se encuentra bien? — Preguntó Marbiel cuando vio que Hitomi regresaba hasta ella hecha un tornado.

— Todo está perfecto — escupió ella tomando un vendaje de la charola para finalmente dirigirse hacia otro herido que tenía un corte en la frente, respiró profundo antes de manipular a su paciente, no deseaba descargar la furia que sentía por Van contra ése hombre que no tenía nada que ver en el problema.

"Y"

Las estrellas titilaban trémulas cuando finalmente pudo volver a su casa, había sido una labor monumental el levantar el campamento en tan poco tiempo, ahora solamente era trabajo de los arquitectos y peones el poder llevar agua hasta los damnificados, Chid había vuelto con él en el carruaje, pero un sentimiento de rechazo le había prohibido acercarse a Hitomi para ofrecerle regresar con él; la había visto trabajar incansablemente atendiendo a los heridos junto con Millerna y los demás sanadores, no era un atarea fácil y tampoco terminarían temprano, había dejado instrucciones a un cochero del castillo para que estuviera listo cuando Hitomi terminara su trabajo y la pudiera llevar de vuelta a casa.

— Papá ¿Estás bien? — Preguntó Chid sintiéndose lleno de felicidad al poder llamar a Allen por lo que en verdad era, el caballero alzó los ojos y asintió cansado.

— Estoy bien, fue un día espantoso, vete a la cama y trata de dormir — le pidió a Chid al pie de la escalera, éste asintió obediente y comenzó a subir los peldaños.

— ¿No vas a dormir tú?

— En un momento subo — Le dijo y sin más, se encaminó a la sala de estar, Chid lo miró perderse al dar la vuelta en una esquina y sin más remedio, continuó su camino hacia su recámara.

Decidió no encender ninguna vela y siendo su camino iluminado solamente por la blanca luz de la luna fantasma, se aproximó hasta la vidriera y sacó una botella de vino y una copa, volvió hasta uno de los sillones y se sentó pesadamente, una punzada de dolor le atenazó la nariz, pero decidió ignorarla sirviéndose vino y apurándolo de un trago, se sirvió una segunda copa para beberla hasta la mitad y hecho su cabeza pesadamente hacia atrás recargándola en el respaldo del sillón.

El sopor del sueño lo invadió haciéndolo caer en un estado de duermevela intranquilo acompañado de una sensación de mareo, pareciera como si su cuerpo estuviera cayendo en un remolino de humo y era devorado por un monstruo hambriento que era incapaz de ver, pero escuchaba una voz dolorosa que lo llamaba por su nombre y sabía bien lo que era. Abrió los ojos de golpe y ahí parada en medio de las penumbras, vio la silueta de Marlene.

Tragó saliva al ver a su Reina, digna y etérea que le regresaba una expresión llena de reproche, apretó los ojos y al abrirlos, la imagen ya se había esfumado; se levantó como impulsado por un resorte y a trompicones subió las escaleras, hacía tanto tiempo que no había visto ese espectro que sintió que toda su sangre se había congelado en su cuerpo tembloroso. El pasillo lo esperaba como una boca abierta que ansiaba tragarlo de un bocado, avanzó lentamente escuchando el sonido de sus pasos mientras en sus oídos rebotaba el latido de su corazón, más adelante lo esperaba su recámara vacía y helada que lo abrazaría como una mortaja fúnebre. No deseaba sentirse muerto, ansiaba el calor y la suavidad de otra piel contra la suya y sin asomo de reverencia, abrió la puerta de la habitación de Flavia y entró sin anunciarse — Flavia — la llamó al ver su silueta recortada entre la penumbra, yacía en la cama y parecía dormir profundamente, se aproximó hasta ella y la volvió a llamar nuevamente.

— ¿Allen? — Murmuró Flavia con voz adormilada, tenía los ojos entrecerrados y se le notaba desorientada — ¿Qué sucede?

— Dime que estás viva — le suplicó él mientras se quitaba la camisa, Flavia se frotó los ojos con el dorso de su mano derecha y negó sin comprender.

— ¿Por qué… — no alcanzó a finalizar la pregunta, se quedó a medio camino en su boca al ver que Allen se deshacía de sus pantalones y se inclinaba sobre ella en la cama presionando su cuerpo contra el colchón, clavó su pierna entre las de Flavia obligando a que las separara para poder posicionarse en ese lugar tibio que él tanto añoraba?

— Tu cuerpo es cálido… Dime que estás viva por favor — no comprendía la necesidad de Allen por escuchar esas palabras, parecía fuera de sí mismo y con rudeza, atrapó sus labios en un beso desesperado.

Los labios de Allen la torturaban mientras su lengua exploraba todos los rincones de su boca, finalmente enredó su lengua en la de ella y la acarició con desesperación, Flavia dejó escapar un gemido cuando la mano de él subió desde su muslo hasta ahuecarse en su seno izquierdo, notaba el calor de su mano a través de la tela de su camisón y el pezón se irguió ante la caricia constante, Allen lo apretó entre sus dedos y ella arqueó la espalda en respuesta. Finalmente, Allen se separó del beso pero continuó explorando la piel hasta su oreja, el aliento de él le quemaba con agónico placer mientras sentía cómo el pene de Allen se elevaba firme y goteante entre sus piernas — Dime por favor que estás viva — le volvió a pedir y en un arranque, él apretó el brazo izquierdo de Flavia y ella gimió pero con dolor.

— Me lastimas — chilló ella soltándose del abrazo. Allen pareció tomar consciencia de lo que estaba haciendo y se separó de Flavia, la miró con preocupación y se hizo a un lado recostándose en la cama.

— Lo lamento — se disculpó él pasándose una mano por la frente, Flavia giró para quedar sobre su costado derecho y miró a Allen, extendió su mano hasta encontrar la de él y enredó sus dedos estrechándolos con suavidad.

— ¿Qué te sucedió?

— No lo sé, necesitaba sentir que estás viva… Que no eres un espectro — ella sonrió en la oscuridad y se llevó la mano de él hasta su mejilla que ardía por el deseo previo.

— Estoy viva — él aceptó el contacto y ahora con suavidad y sin prisa, la empujó para que quedara recostada sobre su espalda, acercó su rostro al de ella y se vio a sí mismo en el reflejo de los ojos de Flavia, era una visión borrosa y oscurecida, pero sabía que era verdadera, besó la punta de su nariz y bajó con calma hasta atrapar sus labios nuevamente. Ella respondió el beso con lentitud y cadencia siguiendo el ritmo de él, la punta de su lengua presionaba pidiendo la entrada y Flavia se lo permitió al mismo tiempo que sus lenguas se enredaban con deseo.

Notó cómo la mano de ella buscaba un espacio entre los dos y él levantó ligeramente las caderas, pronto sintió el contacto de ésa mano que lo atrapaba con firmeza acariciándolo de arriba hacia abajo con una lentitud martirizante. Buscó a tientas la cinta que cerraba el camisón y deshaciendo el nudo, la desnudó sin dejar de besarla — prometo no morderte esta vez — bromeó él entre suspiros ahogados.

— Puedes hacerlo si quieres — Allen sonrió después de besarla otra vez y recorrió con una cadena de besos la piel lastimada del cuello, lamió con suavidad mientras escuchaba cómo la respiración de ella se hacía más pesada y continuó con su camino de caricias hasta que encontró los senos turgentes que lo esperaban ansioso. Atrapó un pezón entre sus labios y comenzó a succionarlo con calma mientras ella gemía con suavidad.

— Déjame escucharte — le pidió Allen liberando el pezón para dirigirse al otro, lo lamió sintiendo cómo se endurecía y finalmente lo atrapó en sus labios chupándolo deseoso, lo mordisqueó ligeramente y Flavia gimió con desesperación, cada sonido que provenía de sus labios hacía que la lujuria de Allen creciera al igual que su erección, deseaba probarla y ahogarse en su humedad, bajó besando cada centímetro de piel que encontraba hasta que logró acomodar su cabeza en medio de las piernas de ella, besó la cara interna de sus muslos mientras sus dedos acariciaban los labios externos como preámbulo antes de separarlos; contempló por un momento la perla rosa e hinchada que brillaba húmeda ante él y sin poder contenerse más, comenzó a lamerla al tiempo que las caderas de ella se movían con lascivia contra su rostro. Con su lengua exploró los puntos más sensibles mientras sorbía y disfrutaba del placer que le provocaba, un rosario de gemidos escapaba sin control de entre los labios de Flavia y apenas fue capaz de contener un grito cuando la lengua de él jugueteaba en la entrada de su vagina.

— Allen — lo llamó con voz enronquecida, él alzó los ojos y ella extendió su mano para atraerlo hacia sí misma, él obedeció y recostó su cuerpo contra el de Flavia quien separó las piernas aún más recibiendo el cuerpo de Allen que hervía ansioso. La mano de ella volvió a sujetar el pene henchido y palpitante y lo frotó contra su clítoris antes de guiarlo hasta la entrada. Allen esperó algunos segundos disfrutando de la sensación para finalmente comenzar a empujar sus caderas contra ella. La penetró sin prisas sintiendo cómo la vagina lo recibía en un abrazo añorante mientras cada pliegue y doblez se extendían ante él. Flavia se arqueó gimiendo al sentirse llena y Allen atrapó sus labios con un nuevo beso hambriento y lujurioso. Ambos quedaron inmóviles disfrutando del beso que les hacía perder la noción del tiempo y de la penetración apretada. Ella pasó las piernas alrededor de las caderas de Allen sintiendo que él iba aún más profundo y él con lentitud echó las caderas hacia atrás saliendo casi completamente para después volver a entrar en un solo movimiento; ambos comenzaron a mecerse siguiendo un ritmo constante mientras perlas de sudor corrían por el rostro de Allen, él se acercó más a ella escondiendo su rostro contra el cuello de Flavia, su respiración ardiente le provocaban escalofríos a ella mientras la habitación se iba llenando de suspiros y del sonido de la cama en el vaivén de ambos.

Las embestidas de Allen aceleraban poco a poco mientras Flavia se retorcía bajo su peso, las uñas de su mano derecha se clavaban como un delicioso martirio contra la espalda de él y poco a poco fue perdiendo su autocontrol al tiempo que la penetraba con mayor fuerza y velocidad, sentía como los senos de Flavia rebotaban contra su cuerpo y los pezones acariciaban su pecho y alcanzaba a notar cómo un rubor intenso coloreaba sus mejillas hasta la punta de las orejas; no sería capaz de contenerse por más tiempo y ansiaba eyacular dentro de ella y llenarla con su semen ardiente.

Los gemidos de Flavia se volvieron más intensos y profundos, estaba a punto de llegar a su clímax y Allen mantuvo el mismo ritmo para hacerla terminar, el cuerpo de ella se tensó y las piernas apretaron sus caderas aún con más fuerza, las uñas se clavaron en la suave piel de la espalda y no pudo contener el grito que luchaba por escapar de sus labios — ¡A… Allen! — Lo llamó entre jadeos y espasmos, su cuerpo entero tembló sin control y Allen sintió las contracciones que lo instaban a terminar, la penetró con más fuerza y en un último empuje sintió cómo su cuerpo se derretía y una lluvia de chispas de luz apareció ante sus ojos. El fuego que nació en su vientre recorrió todo su cuerpo y descargó ése líquido blanco y caliente dentro del cuerpo de Flavia y eso era lo que él deseaba, añoraba poseerla por completo y finalmente lo había hecho; se dejó caer con pesadez sobre ella apenas dejándole espacio para no asfixiarla, sus respiraciones agitadas comenzaban a retomar su ritmo normal y Allen creyó escuchar un ruido en el pasillo, pero besando la oreja de Flavia, lo ignoró.

— Creo que vamos a dormir muy poco esta noche — ronroneó él contra el cuello de Flavia y ella rio divertida.

— Por mí no hay problema — le contestó antes de besarlo nuevamente y él la atrajo más en un abrazo apretado.

"Y"

Finalmente había terminado de atender el último herido cuando un lacayo le informó que el Capitán había ordenado que un carruaje estuviera a su disposición para que pudiera volver a casa, era ya tarde cuando llegó a la casa de Allen y descubrió que habían dejado la puerta sin seguro para que entrara sin problemas. Caminó a tientas en medio de la penumbra y logró alcanzar a las escaleras sin tropezar con algún mueble. Subió con lentitud contando los escalones y sin soltar el barandal para evitar caer si daba un traspié. El pasillo que llevaba a las recámaras estaba en completa oscuridad y trató de caminar sin hacer ruido, aunque creyó escuchar el crujir de una cama, quizás era alguien que giraba entre sueños para cambiar de posición, pero el sonido se repitió nuevamente. Hitomi siguió su camino hasta que llegó a su recámara y lo primero que le dio la bienvenida, fue el brillo de las dos rosas de zafiro que descansaban sobre su buró.

Quizás pudiese hablar con Allen y aclarar todo el embrollo, durante el día sería incapaz de acercarse a él sin que nadie los escuchara, así que tomando la piedra, salió de su habitación y fue a la del caballero, llamó a la puerta pero no obtuvo respuesta, seguramente estaba dormido, así que haciendo girar el pomo de la puerta, entró a la recámara que encontró vacía y nadie había dormido esa noche en la cama. Extrañada volvió a salir al pasillo y un gemido la alertó de lo que estaba ocurriendo. Volvió su rostro a la habitación de Flavia y sintiendo una gota de sudor frío que recorría su espalda se detuvo frente a la puerta y ahora los gemidos y suspiros ahogados era más que claros. Abrió la puerta tratando de no hacer ruido y por la rendija alcanzó a ver a la pareja que se movía junta con un vaivén acelerado. Hitomi tragó saliva al ver la cascada de cabello rubio que caía sobre ambos y el brazo vendado de Flavia que descansaba a un costado de ellos.

Contempló la escena durante segundos dolorosos y como un autómata abandonó la habitación cerrando la puerta en silencio, volvió a la recámara de Allen y dejó la rosa sobre su cama, ahora comprendía que ya no tenían nada qué aclarar.

"Y"

N/A Finalmente terminé este capítulo nuevo, estoy más que segura que no será del gusto de muchos y de antemano me disculpo (aunque he de aclarar que no me arrepiento de lo que escribí), aunque espero que les agrade, por lo menos un poquito.

En el capítulo anterior me emocioné con la respuesta de los lectores, jamás había tenido tantos reviews, he de decir que es increíble recibir un comentario por parte de ustedes, sé que tengo lectores fantasma que nunca pasan a saludar, pero cuando lo hacen brinco por la alegría y cuando es posible, les contesto por mensaje privado.

Muchas gracias Mix, Ca211, Nekovir, Elisa Lucia 2016 y Elena por sus comentarios, me subieron muchísimo el ánimo, espero que me sigan apoyando en el desarrollo de la historia.

Y sin más, me despido ¡nos leemos en dos semanas!

Fanawen