Capítulo 1:

Inexistente.

La música inunda todo mientras las figuras plácidamente se desplazan por el salón, pocas palabras se oían con claridad en medio del barbullo de las máquinas y la multitud. Agudos tintineos, campanitas cantarinas y voces electrónicas, frases claves del juego y la apuesta en un mundo atestado de vicio y resplandor.

Una silueta se distingue cerca de la entrada, mira en todas direcciones como si buscara a alguien en particular, alcanza a dar un par de pasos antes de detenerse de modo abrupto. Su magnífico tacón de aguja se ha atascado en medio de la alfombra pelada que muestra la madera desnuda y una ranura en la misma. La mujer parece no creer su suerte conforme tira con disimulo del calzado. Personas van y vienen y ella se retuerce ligeramente atrapada en su lugar dando un vistazo cargado de necesidad en torno al recinto. Al fin alguien corre a socorrerla, era difícil no notarla, vestida de rojo y con un porte regio, pero era igual de difícil por lo tanto pensar que semejante cosa podría ocurrirle.

- ¿Está bien? – Inquirió buscando con ansiosa eficiencia el problema. Tenía una idea de lo que podría ser pero fue ser lo mejor que pudo decir al estar junto a la dama, la misma le dedicó una sonrisa apenada y una miraba suplicante sin dejar de mover el pie.

- Mi tacón…- murmuró con una vocecilla que bien podía fundirse con un ronroneo de no ser por la vergüenza que teñía el ruego con cierto dejo infantil.

El varón era no menos que uno de los guardias de seguridad, vestido con formalidad se mezclaba perfectamente con el resto del público solo un diminuto auricular en su oído derecho acababa delatándolo si es que se era detallista. Posó sus ojos en la bien torneada pierna de la mujer que se asomaba por la pronunciada raja del vestido, acariciándola con sus pupilas hasta alcanzar a ver la ranura culpable de su retención, quiso inclinarse para tomar a la mujer del tobillo o desde un punto más cercano por el cual ayudarle a tirar pero el cuerpo de la fémina se tambaleó y acabó contra su torso. Algunos se volvieron a contemplar la escena, risitas ahogadas al fondo, pero al instante la dama se incorporó y milagrosamente retiró su pie con todo y zapatos de la trampa.

- He tenido suerte de no romper mi tacón! – comentó apartándose despacio del hombre. – Muchas gracias – apresuró a decir con una sonrisita coqueta conforme con las manos alisaba la camisa ajena y luego su vestido. La escena no duraría más de un trio de minutos lo cual incluso hablaba mal de la eficacia con la que debían resolverse todos los problemas en dicho casino, pero el guardia estaba satisfecho cómo si además de cumplir su labor hubiese anotado un punto en algún record mental, así que con sonrisa boba siguió la imagen de la fémina hasta que esta se perdió entre la multitud.

Ada no tenía tiempo que perder, la prisa en la ejecución era un requerimiento de la misión. Sus manos agiles habían ocultado la tarjeta electrónica entre los pliegues del vestido y luego en su diminuto bolso. Sus pasos la condujeron entre los pasillos atestados de máquinas tragaperras y personas de toda clase y etnia que celebraban o suspiraban con decepción según fuera su suerte. Las nubes de cigarrillos perfumaban el lugar con un hedor que le resultaba sin dudas desagradable, pero al alcanzar el amplio pasillo que conducía a los baños el aroma se disolvía y mezclaba con fragancias florales artificiales, extremadamente dulces al menos para su olfato.

- Qué mal gusto…

Bajó la mirada hacia su bolso buscando algo en él, como si su diminuto tamaño tuviera mucho que ocultar, pronto un coro de voces femeninas le indicaron la proximidad de un grupo de chicas, caminó en medio del rebaño en dirección al baño distraída mirando de tanto en tanto su bolso, sus pasos continuaron pasando del baño hasta otro pasillo al fondo del anterior, a la derecha, se detuvo contra una Columna mirando pasar ante ella a otro guardia de seguridad que por la prisa no la vio, sacó un polvo compacto para "retocar su maquillaje", en el espejo observó el reflejo de la cámara de seguridad sobre su cabeza en la Columna así que pegada a la pared se deslizó con rapidez hasta la puerta siguiente. Su primer objetivo estaba cerca. Paso esa puerta, siguió hasta la más próxima… el recorrido en retorno de la cámara no se había completado, Perfecto. Miró sobre su hombro e introdujo la tarjeta, el lector pasó de azul a verde y la puerta se abrió.

El interior era una cueva llena de monitores y un guardia observaba las pantallas como sonámbulo hasta que la luz del pasillo atrajo su atención como para que despacio se volviera a mirar. La mujer en el umbral que cerraba la puerta, evidentemente no era su reemplazo. La misma lo contemplaba con una sonrisa indescifrable, mientras con sus manos iba recogiéndose el vestido como si la intensión fuera mostrarle las piernas.

La fémina arqueó una ceja cuando el varón sonrió.

- No, no es tu día de suerte. – sacó del liguero su arma y sin dar tiempo a reacción la disparó.

La descarga fue disimulada por el silenciador y el cuerpo rodó de la silla al suelo. Ada se aproximó a los monitores escrutándolos en busca de su próximo objetivo, finalmente concentrándose en el ordenador principal, presionó una serie de teclas a una velocidad vertiginosa y acto seguido conectó un pequeño dispositivo USB al puerto, miró su reloj 11:30pm, miró en dirección al cuerpo del varón, el desconcierto en ese rostro era una mancha borrosa. Un agudo pitido le sacó de sus cavilaciones, tecleó algo más y las pantallas se oscurecieron por una fracción de segundo. Estaba hecho. Al menos hasta allí.

Miró su reloj una vez más, 11:32pm. Se dirigió a la puerta pero volvió sobre sus pasos para retirar un dardo del cuello del guardia y guardarlo en su bolso. ¿Sería el primero de cuantos?. Siguió por el pasillo y dobló la esquina, tenía una visión clara de la ubicación del resto de los guardias así que tomó el camino más despejado, ascendió por las escaleras del servicio y pronto estuvo frente a la puerta indicada. La tarjeta no era útil en ella así que simplemente tocó, esperó un par de segundos y comenzó a arreglar su escote con una de sus manos, hacer lucir a las chicas bien posicionadas siempre era importante. Del otro lado un negro corpulento observaba por la mirilla haciéndole conocer a su jefe que quien llamaba era una mujer, el mismo chasqueó los dedos en señal afirmativa y se arrellanó en el sillón abrazando al par de chicas que obedecían a la tarea de acompañarle esa noche.

El "click" de la cerradura le dio la señal esperada, pateó la puerta golpeando con la misma al escolta tras ella y sin vacilar ingreso apuntando al resto; Otro guardia, el visitante y el objetivo junto con dos mujeres junto a este último. La alerta se instaló en los presentes sin que ninguno pudiera arremeter con velocidad, la mujer disparó a todos en ese orden a excepción del objetivo y del guardia tras la puerta. Este último aún sostenía su rostro tratando de controlar el flujo nasal antes de caer inconsciente a causa del dardo, quedando sola frente a un hombre de aproximadamente 1,90m, cabello largo castaño y barba abundante, que de no vestir del modo estrafalario en que lo hacía, fácilmente podría pasar por alguna clase de imitación moderna del mesías.

- Ah ah ah… - dejó salir en negación a las acciones del varón que se había reclinado tras el sofá en busca de "algo" – no seas mal educado.

El hombre se acomodó en el asiento apartando con exasperación la cabeza de una de sus compañeras que inconsciente se había deslizado hasta su regazo, acomodó su propio cabello y elevó la mandíbula como quien no tiene nada que perder.

- Puedo pagarte el doble. – articuló con petulancia, sacudiendo los brazos para asegurar la buena caída de las mangas de su camisa de lino sobre sus muñecas. Volvió a acomodar su cabello como en un acto inconsciente dando evidencia discreta de su nerviosismo.

Ada le contemplo inexpresiva aproximándose al centro de la sala. El mobiliario era de una elegancia minimalista, destacaban sin embargo originales anuncios de neón en las paredes como una oda peculiar a las vegas. La mujer dirigió sus manos al saco del visitante, un pequeño hombre calvo cuyos anteojos habían ido a parar al suelo. Extrajo de la chaqueta del mismo un arma de calibre pequeño, con los aditivos necesarios para su utilización silenciosa.

- Las negociaciones han terminado. – pronunció antes de accionar el arma logrando un tiro certero en el centro de la frente. –De igual modo, iban a acabar mal. – dijo para sí en voz baja dejando el arma bien sostenida por su dueño. El resultado seguía siendo incierto a decir verdad, lo que habría pasado en esa habitación sin su intervención dependía demasiado de la inteligencia de los involucrados. Por su parte, no tenía nada que ver. Tomó el maletín que descansaba junto al calvo y los relojes en ambas muñecas del cadáver. ¿Eran los correctos? Una breve inspección le aseguró que sí. Había transparencia en la transacción, al menos por parte del "mesías moderno", el contenido del maletín no era de su incumbencia. ¿O sí? No tenía tiempo.

Abandonó la habitación poniendo el pesquilla antes de salir, bajó las escaleras, cruzó los pasillos y el casino en su totalidad hasta la puerta, localizó al guardia del comienzo junto a una de las mesas de juego y lo abrazó aparentando ebriedad.

- Ha tenido suerte? – balbuceó el hombre incapaz de apartarla de sí con brusquedad.

- Si, cariño… pero debo irme antes de perderla. - musitó ella apretujándose contra el varón antes de ir pirada en dirección a la salida. La tarjeta electrónica había regresado a su lugar.

Estuvo contenta de recibir el aire fresco como una caricia en su rostro. Los cortos y oscuros cabellos revolotearon en esa fracción de libertad que le ofrecía la brisa nocturna y la calle, pero un auto se detuvo a su lado trayéndola de vuelta a la fase final de la misión. Largarse de ahí.

Horas más tarde los impactados por dardos despertarían, ella se había llevado todos los proyectiles por lo que al recobrar la conciencia, sus "victimas" no recordarían prácticamente nada de lo ocurrido en esos últimos momentos, ni tendrían señal alguna de lo ocurrido. En las cintas existentes, su presencia era un mito… la anécdota de media noche de un guardia cuyo punto en la libreta de records absurdos… se lo había hecho ganar una mujer que aparentemente no existió en ese lugar, ni en ese momento.