¡Hola! ¿Cómo se encuentran, queridos lectores? Si alguien pasa por acá y de casualidad había leído el primer retazo y esperaba un segundo a corto plazo, no pudo hacer más que pedirle mil disculpas por la demora. La universidad me ha tenido algo ocupado y estuve ausente Fanfiction durante un tiempo. Pero en fin, la creatividad salió a flote y acabé por escribir este pequeño trozo.

Espero que lo disfruten. Me gusta mucho escribir esto, encontrar cada pieza perdida en la historia de los Hermanos Redfield. Espero lograr, algún día, plasmar el amor que se tienen.

¡Abrazos para todos! Créditos al café por acompañarme en mis momentos pseudo-escritor.

Reencuentro

Joliet, Illionis. Julio de 1994

Aquel cálido día de verano madrugó, como hacía mucho tiempo no lo hacía. No se trató de un caso de insomnio ni de una pesadilla ―las pesadillas, afortunadamente, la habían abandonado hace ya un tiempo―, había decidido que estaría de pie ante la puerta para el momento en que, lo que llevaba ya cuatro años esperando, finalmente sucedería.

Claire Redfield ya había descendido por las escaleras hacia el vestíbulo y, al escrutar el horizonte a través de la ventana que daba al pórtico, comprobó que apenas comenzaba a iluminarse. Se había calzado unos viejos jeans azules muy gastados y una ligera camisa blanca.

Cualquier otro día, levantarse de la cama a aquellas horas le habría parecido una locura, un crimen contra la humanidad, especialmente porque la gran mayoría de sus días se los pasaba oyendo música o pintando cuadros hasta altas horas de la noche. No se trataba de un acto de rebeldía; Claire se sentía lejana a ese idealismo liberal que tanto portaban la mayoría de sus amigos. Lo hacía porque era habitual perder la noción del tiempo y sentir que no tenía otras responsabilidades, que el mundo era una ilusión. Se sumergía en los colores de sus pinturas, en los suaves trazos de sus retratos. La transportaban a esa realidad ideal, aquella que le hacía sentir el abrazo de su padre al volver del trabajo y las caricias de su madre cepillándole el pelo.

Pero esta vez no se había dejado llevar por ese sobrecogedor sentimiento. Su abuela le había anticipado dos meses atrás que Chris volvería a casa aquel día. Claire lo marcó en su calendario, le dio variopintos colores al casillero de la fecha y, diariamente, llevaba el conteo. Incluso se había ofrecido como entusiasta voluntaria para recibirlo aquella mañana. Noches tras noche, al irse a la cama, le gustaba imaginar cómo se vería Chris en la actualidad.

Llevaban mucho tiempo sin verse y, estando su hermano en plena etapa de desarrollo, no sería extraño notar algún cambio considerable. Imaginaba los ángulos de sus pómulos, la prominencia de su barbilla, y habitualmente ―sin saber por qué― se lo imaginaba con una ligera barba mal recortada; quizás se debiera a que Chris nunca había sido alguien que cuidase les detalles.

Por momentos le preocupaba que el tiempo haya cambiado completamente a su hermano. Que, a pesar de reconocer todos esos rasgos físicos que tanto había observado en su infancia, Chris sea una persona completamente diferente. Temía no encontrar aquella ingenuidad y dulzura en su sonrisa, la franqueza de sus palabras, lo inquebrantable de sus promesas y, por sobre todo, le aterraba pensar que ya no existiese ese profundo deseo por protegerla.

Durante mucho tiempo, a pesar de ello, Claire le guardó rencor por haberse ido. Habitualmente mantenían conversaciones telefónicas de mala gana, en las que Claire respondía con monosílabos y sin la menor intención de hacer la charla muy llevadera. Si Chris quería ser parte de su vida, podía volver a ella en cuanto quisiera.

Pero aun así, ahí estaba, acariciándose nerviosamente el cabello, sentada en el último escalón. Y a pesar de ser una chica muy paciente, se encontraba tan nerviosa que ni siquiera había contemplado la idea de prepararse algo de desayunar. Sus pies, inquietos, no paraban de sacudirse sobre el piso de madera. Se sentía tonta, como una enamorada esperando que su chico llegue a su encuentro.

Afortunadamente, Chris aun no llegaba, y al menos eso le daba unos minutos para relajarse y planear cómo reaccionaría en cuanto lo viera. Sin duda, lo más importante era regañarlo. Su hermano debía darse cuenta de cuánto la había hecho sufrir. Sí, así es; le dedicaría una desdeñosa mirada y lo dejaría entrar a la casa escudriñándolo con ojos suspicaces. Sí, porque no podía confiar en que se quedaría con ella, no después de haberla abandonado.

Una vez más, como ya era habitual, perdió la noción del tiempo al divagar en su mente. Pero, en aquel instante, un sonido que de repente le resultó absolutamente desconocido, como de otra galaxia, penetró en sus oídos. Era el timbre.

Se incorporó temblorosa y, arrastrando sus pies, se aproximó hasta la puerta. La tentación de espiar por la ventanilla próxima a la entrada fue enorme, casi lo suficiente para que no pueda contenerse, pero no lo hizo.

Podía sentir su corazón latir a gran velocidad, y sus manos sudaban, sudaban como nunca antes. Al estar lo suficientemente cerca de la puerta, se dejó caer suavemente sobre esta y apoyó su sien sobre la fría y barnizada madera.

― ¿Quién es? ―inquirió débilmente.

― ¿Claire? ―respondió una dubitativa voz instantáneamente. Se oía como él, pero en un tono mucho más grave y firme del que ella habría esperado de su hermano ―. Soy yo, Chris.

La joven se apartó de la puerta como si de repente el contacto con ella la hubiese quemado. Trastabilló hacia atrás, sintiéndose repentinamente sobrecogida. Débil. Sentía que al abrir la puerta, se derrumbaría por completo.

Tomó aire e intentó relajarse. Se juró a si misma que no dejaría que las emociones fluyan por ella al ver a Chris, se juró que actuaría como la había planeado, sin dar la más leve pista de cuánto lo había extrañado.

Una vez decidida, extendió su brazo hacia el pomo. Lo giró, volvió a tomar aire y lo atrajo hacia ella de un tirón.

Al otro lado, la silueta de un muchacho pareció sobresaltarse ligeramente. Claire lo contempló de pies a cabeza, sorprendiéndose de cuán similar era al Chris que recordaba. Claro que había varios cambios físicos en él. Estaba mucho más robusto, su cabello era considerablemente más corto y era algo más oscuro de lo que ella creía recordar. Pero a pesar de eso, no encontró nada ajeno a aquel que era su hermano. La mirada franca, su hábito de llevar los ojos de un lado a otro cuando está nervioso. No había duda de que seguía siendo Chris.

La joven intentó contemplarlo con furia, transmitirle toda la rabia que creía sentir por él. Pero, desafortunadamente, su plan fracasó. Al tenerlo allí, justo enfrente, aquel sentimiento se marchitó por completo. De un segundo a otro ―y ya ni siquiera podía reparar en qué momento fue― cualquier deseo que había tenido se había esfumado por completo y se encontraba allí, frente a su hermano, sintiéndose desnuda y con el estómago vacío.

Chris ladeó la cabeza, como si intentase reconocerla completamente. Claro, el cabello rojo, los ojos celestes, tenía que ser Claire, pero los ojos curiosos denotaban que su hermano aún no había resuelto el rompecabezas de su identidad completamente.

Un repentino aspaviento de furia la azotó, pero no era como ella había pretendido, era una sensación mucho más amarga y nostálgica. Sin poder evitarlo, había comenzado a sollozar. Apretó los puños, lo suficiente para hacerse daño en las palmas, intentó tomar aire para decirle algo, pero no pudo emitir ni una palabra y de su garganta solo salió un ligero chillido. Ahora sí, estaba absolutamente frustrada, ¡ella quería decirle cuan molesta estaba! ¡Cuánto lo había echado de menos! Y ahora estaba ahí, a punto de echarse a llorar delante de ese idiota.

— ¿Claire? — dijo él, que acababa de reparar en el estado catatónico de su hermana. Extendió los brazos hacia adelante, como si se estuviese conteniendo de una explosión inminente—. ¿Qué te sucede? ¿Estás bien?

Y esa fue la gota que rebalsó el vaso, su hermano intentando ofrecerle consuelo. En lugar de estar recibiendo todos los regaños que ella tenía guardados, estaba consolándola, ¡qué descaro!

— Vamos, no llores — murmuró él en tono apacible, dando un paso hacia adelante ―. Yo también te he extrañado mucho.

— ¡No des ni un paso más! — gritó sollozos, producto de una repentina fuerza que había surgido de quién sabe dónde. Chris trastabilló hacia atrás en un claro gesto de sorpresa—. ¡Eres un tonto! ¡Un tonto!

Su hermano se quedó en silencio, mirándola con aquellos ojos perdidos que no paraban de dar vueltas por los alrededores, como si buscara un buen escondite en el que guardar refugio. Claire pensó que si daba un paso más, su hermano probablemente echaría a correr.

―Yo… ―intentó balbucear, aun extendiendo sus brazos hacia adelante ―. Lo siento mucho, Claire. De verdad, lo…

— ¡Te odio! — le gritó, sin esperar a que Chris acabe la frase. Un segundo después, llorando como si volviese a sentirse una niña perdida en el mundo, se lanzó hacia él. Sumergió su rostro, húmedo y ruborizado, en el pecho de su hermano. Rodeó su espalda con sus delgados brazos.

No logró oír si Chris dijo algo más o si volvió a intentar emitir una disculpa; estaba demasiado ocupada llorando, pensando en cuánto lo aborrecía. Su hermano la rodeó en un cálido abrazo y, en algún momento que ella no notó, había comenzado a acariciarle el cabello.

Y solo entonces, Claire comprendió que no quería volver a dejarlo ir.