Koreatown

Parte II

Te adivinaré el futuro, en el bar del hospital

N/A: Como cosa mía, se me hizo imperioso que Daryl sea zurdo.

El panorama a Glenn se le ponía gris. Hasta donde él sabía el autodenominado Alberto podría ser bien un enfermo terminal o un pobre hombre en busca de un familiar internado. También podía ser un afamado doctor o un postulante a algún trabajo. Un simple hombre de negocios o el mismo dueño del hospital.

Subió las escaleras con el corazón en la boca. Las historias trágicas de los noticiarios hacían eco en sus oídos. Que si un desconocido te pide algo en la calle, que si te tocan el timbre para pedirte ayuda y en realidad quieren robarte… y múltiples etcéteras. Se sentó en una mesa cercana a una salida de emergencia y se dispuso a esperar allí. Un rato después una mujer afroamericana de mirada vidriosa y vestida con delantal se presentó bajo el nombre de Jacqui y le preguntó si querría algo para tomar. El chico se pidió un café.

Mientras tanto, Daryl tomaba coraje para acercarse a la vitrina de la empleada que derivaba a las personas hacia los respectivos lugares hacia donde debían dirigirse. Sus ojos se pasearon por todos los rincones de la entrada principal, divisó las escaleras que subiría hacia el primer piso y el bar, memorizó las salidas de emergencia y los baños públicos, analizó posibles lugares a los que las personas internadas tendrían acceso y contó unas diez personas de bata blanca que pasaron junto a él y apenas si se fijaron en su existencia. Sin dudas no habría alrededor lugar más impersonal. Consideró preguntar por ella y largarse de allí, toda persona presente se olvidaría de su cara en menos de cinco segundos. Nadie, jamás, recordaría haberlo visto ir allí y preguntar por Jane Dixon.

Cinco minutos después se sorprendía de sí mismo al tener no sólo una respuesta afirmativa sino también un número de habitación. Realmente se encontraba a metros de ella, podría ir sin problemas hasta su cuarto y verla, viva. En ese momento la sensación era incontrolable, estaba más perdido aún que en aquella esquina, más perdido que en cualquier momento de su vida.

La decisión de marcharse del edificio y de la ciudad lo más pronto posible se hizo lejana y la compañía de aquel extraño conocido un poco más necesaria. Lo primordial era distraerse de la enorme decisión que recaía sobre sus hombros en ese momento.

Glenn le hizo señas con la mano cuando vio al sujeto que reconocía como Alberto acercarse hacia las mesas. Daryl no volvió a pensarlo dos veces.

Jacqui volvió a acercarse hacia ellos y Daryl le pidió un café doble mientras sacaba papel y lápiz de su maletín. Glenn lo observaba estupefacto, sin saber qué sería adecuado decir.

Daryl tomó el lápiz en su mano izquierda con maestría y dispuso la hoja blanca hacia sí de forma que Glenn no pueda ver lo que estaba haciendo. Garabateó sin pensar mucho los trazos que formaban a Reno, dibujó en su espalda una mochila similar a la de Glenn y firmó el costado del dibujo con dos letras "d". Exhaló antes de entregárselo al chico, que miraba fijamente la taza de café vacía que tenía en frente a él.

—No… puede… ser… —sentenció agarrando el bosquejo con ambas manos. Luego miró a Daryl y luego miró el papel una vez más y luego a Daryl otra vez, quien observaba una discusión de la mesa de al lado y se mordía la uña del pulgar. —Yo… tú… —balbuceaba Glenn a la vez que sus mejillas enrojecían. —Acabo de…

—¿Acabaste? Digo… de reaccionar…

—¿Tú eres? —preguntó parpadeando más de lo normal. —¿Alberto? —levantó una ceja.

—Me llamo Alberto —aseguró Daryl de manera tajante, gesticulando con las manos que el secreto de su identidad se quedaría entre ellos dos.

Glenn no cabía en sí mismo de la ansiedad provocada por la revelación. El ídolo absoluto de su infancia y juventud se encontraba frente a él y no podía gritárselo a nadie. Debía calmar cualquier tipo de reacción exagerada o incomodante, no podía moverse tampoco del miedo que le provocaba hacer el ridículo frente a Daryl Dixon.

—Seré una tumba —aseguró con la vista fija en el papel. —Puedo… puedo conservarlo, ¿verdad? —preguntó avergonzado pero esperanzado.

—Pssst, si por mí fuera puedes quemarlo o venderlo, haz de eso lo que quieras, chico.

La respuesta fue suficiente y acto seguido la obra de arte instantánea estaba dentro de una sus carpetas. Daryl seguía concentrado en la conversación exageradamente efusiva de la mesa contigua y Glenn aprovechó para digerir lo que sucedía.

No dudó ni un momento, no confundiría esa forma de dibujar bajo ningún parámetro. En parte se sentía orgulloso por ello. Daryl confió en que él se daría cuenta de su identidad con tan sólo ver un dibujo… y él lo había hecho.

Entonces recordó las innumerables escenas que él mismo había dibujado basándose en los personajes de White Trash y de cada obra de Daryl. Se preguntó si sería lo suficientemente valiente como para enseñárselos. Pero había un pequeño problema, todas sus ilustraciones estaban en una caja que guardaba debajo de su cama. Su cama estaba en el campus, no muy lejos de allí, pero estaba casi seguro de que no podría hacer esperar a Daryl en el comedor mientras él iba a por sus cosas ni tampoco podía darse el lujo de invitarlo a su dormitorio…

—¿Qué pasa, Glenn? —preguntó Daryl alzando una ceja y palpando la caja de cigarrillos en su bolsillo. ¿Los hospitales eran lugares libres de humo? —Entonces recordó que una vez se había encontrado con un grupo de fanáticos que lo habían reconocido. No había parado de preguntarles cómo lo habían hecho, pero los insistentes jóvenes se las habían apañado para aparecerse en su casa y todo. No querían lastimarlo, claro está, sólo querían mostrarle sus dibujos. Entonces se le ocurrió. —¿Acaso quieres mostrarme algo tú?

Todos sabemos que las frases con doble sentido son moneda común en este tipo de situaciones. Apuesto a que algo dentro de ustedes se iluminó cuando leyeron el "tengo algo que enseñarte" de Daryl y Glenn aceptando. Lo mismo con esta idea de que Glenn tiene algo que enseñar… ¿o me equivoco?

Glenn volvió a sonrojarse.

—Pues… sí tu obra me ha inspirado a dibujar por mí mismo —admitió. Daryl miró su mochila. La señaló con las cejas. —¿Aquí? —preguntó Glenn tomando el objeto y elevándolo un poco en la silla. —Aquí no tengo nada —explicó decepcionado. —Está todo en mi casa.

Daryl miró hacia los costados. En cada mesa diferentes representantes de las áreas del hospital conversaban de manera demasiado efusiva. Un grupo de médicos llamó su atención. Un joven rodeado de tres mujeres. Una de ellas era rubia y de cabello largo, con facciones de de modelo, la segunda tenía el cabello un poco por debajo de los hombros y de color marrón, muy lacio, la tercera tenía características asiáticas, muy bonita, con cabello ondulado y negro. Parecían acusar al pequeño de algo, porque éste miraba hacia el suelo, incómodo.

—Mira… —comenzó a decir, viendo cómo el joven se ponía de pie y se dirigía a las tres con un ánimo y actitud renovados. Parecía que le habían crecido de repente un par de huevos, a su entender dixoniano. —¿Por qué no miras alrededor? —lo invitó. —Mira… toma este papel y este lápiz —dijo y le alcanzó los materiales respectivos. —Hay mucho material aquí. La magia de lo extraordinario sale de las situaciones cotidianas. Mira hacia allí… —le señaló y lo miró a los ojos. —Dibuja algo… ahora mismo.

Glenn tragó saliva. ¿Ahora? ¿Allí? Se movió nervioso en su lugar y trazó líneas en al aire sobre el papel. Daryl se pedía otro café. Su mente se aceleraba. Su corazón palpitaba. Dibujó una línea.

No podía desaprovechar esa oportunidad. Obedeció y miró alrededor. No lo había notado antes. Las personas no caminaban, corrían de un lado a otro, los grupos sentados en las mesas se miraban y se señalaban de manera acusadora, otros hablaban animados y cómodos, pero otros parecían querer sacarse los ojos. No había sido consciente nunca de todo lo que hay detrás de lo que se ve en un consultorio.

Se detuvo en una mujer de baja estatura y cabello corto, de piel morena y actitud desafiante, segura. Caminaba muy deprisa y llevaba consigo una carpeta gigante. Buscaba a alguien, parecía ser algún tipo de… ¿jefa?

Hizo un esquema de ella, como comandante de un sector llameante del infierno, blandía un gran látigo que en realidad era un estetoscopio y lo estrellaba contra las cabezas de pequeños hombrecillos con bata de doctor. Se lo enseñó a Daryl que volvió a atragantarse y toser. Ya sabes tú que así se ríe él.

—Muy bien, ¿eh? Muy bien… —Glenn sonrió. —Mi tarjeta —dijo levantándose. —¿Por qué no me llamas? Tienes talento.

Se fue sin saludar. Glenn tardó una hora aproximadamente en reaccionar sobre lo que había sucedido. Debía contárselo a alguien. Debía hablar con T-Dog.

Le envió un mensaje de texto y le pidió encontrarse en el lugar de siempre, lo antes posible.