Disclaimer: Los personajes le pertenecen a J.K. Rowling.


Transición


Rojo, todo es rojo; tan agresivo, tan violento, tan sangriento. Tan rojo.

Corre a través de los pasillos mientras esquiva hechizos y cadáveres; siente los pulmones negándose a llenarse de aire, como si una mano invisible aprisionase su cuello, dispuesta a robarle el último aliento. Gira a la derecha, después a la izquierda. Se detiene.

Rojo; tan intenso, tan brillante, tan rojo. Y blanco. Jamás ha visto un cadáver tan blanco.

La conoció cuando tenía once años, como a los demás. La conoció cuando subió por primera vez al Expreso de Hogwarts, cuando gritó eufórica al entrar el carrito de golosinas en su compartimento, al montarse en los botes que los llevarían al colegio y al posarse el Sombrero Seleccionador sobre su cabeza.

La conoció igual que al resto, ni antes ni después, tampoco de forma diferente, ni siquiera especial.

No habló con ella el primer día, entre expresiones de emoción y risas nerviosas, tampoco el segundo. No habló con ella cuando se lanzó sobre la cama más cercana a la ventana, menos cuando chocaron al salir del baño aquella primera noche.

De aquellos días recuerda infinidad de momentos, pero ninguno relacionado con ella: la inocencia en la sonrisa tímida de Neville, las mejillas rosas de Hannah y los rizos de Marietta; la mirada ansiosa de Pansy, la melodiosa voz de Justin y la chispa en los ojos de Michael.

No habló con ella el tercer día, tampoco el cuarto. No habló con ella cuando interrumpió su conversación con Susan ni cuando le devolvió el empujón a Tracey, menos cuando la vio riendo con Seamus o cuando le sacó el dedo corazón a Draco.

No habló con ella hasta que habló. Hasta que ella le habló.

—Tienes el pelo enmarañado. —Brusca, directa, poco sutil.

—Tú llevas la túnica arrugada. —Resentida, ofendida, malintencionada.

Ha escuchado que cuando mueres no sientes dolor. Dicen que sólo dejas de sentir, de ver, de oír. Simplemente el corazón se para, unas veces poco a poco, otras de golpe. Pero la expresión en el rostro de ella le dice que todo aquello es mentira.

Los ojos abiertos, las manos a cada lado del cuerpo. La sangre en su pecho.

De repente parece dejar de estar viva; no hay aire que respirar, no hay sangre que bombear. Nada es vida y todo es muerte. Se agacha a su lado, despacio; acerca una mano a su piel blanca, carente de vida, y cierra sus ojos inmóviles, vacíos. Observa la herida en su pecho, tan roja y profunda. Tan muerta.

Se despidió de ella cuando tenía diecisiete años, igual que el resto. Se despidió de ella cuando las puertas del castillo se cerraron, guardando en su interior los últimos gritos de algunos y la primera victoria de otros, cuando alzaron las varitas decididos a luchar y cuando el color de las corbatas dejó de importar.

Se despidió de ella cuando en el cielo brilló el verde y el suelo se tiñó de rojo.

No fue la primera a la que le dijo adiós, ni siquiera la segunda. Recuerda la valentía en los ojos de Ernie, la determinación de los Slytherins que deciden luchar y la eterna sonrisa de Fred.

No se despidió de ella la tercera, tampoco la cuarta. No le dijo adiós cuando pasó corriendo por su lado, tampoco cuando vio la sangre en sus rodillas ni cuando sus manos se rozaron.

Se despidió cuando ella le dijo adiós. Y le dijo adiós cuando murió.