Esta es una historia que empecé a escribir hace algún tiempo cuando se me ocurrió una noche. Estaba buscando crossovers en los que la pareja principal fueran Harry y Boromir, pero solo encontré uno en inglés y pensé, ¿por qué no escribir uno? Espero que os guste. Se aceptan críticas.

Capítulo 1

Harry suspiró mientras contemplaba la puesta de sol desde el banco de piedra en el que estaba sentado.

La cautela de la guerra no había desaparecido y le había impedido ser capaz de lidiar con sus recuerdos. A veces había llegado a desear poder obliviarse a sí mismo.

Habían pasado dos años, dos años desde que había llegado a Arda.

Había derrotado a Voldemort y había puesto fin a la guerra. Tras dos duros años de entrenamiento y de lucha constante, todo había acabado y la mayoría de sus amigos estaban vivos.

El Ejército de Hogwarts, como había sido rebautizado el ED tras la muerte de Dumbledore, había perdido a varios miembros. Entre ellos estaban Colin Creevy y Lavender Brown.

El golpe más duro, sin embargo, fueron Ron y Hermione. Y Harry sabía que nunca se perdonaría por no haber impedido el terrible destino de sus amigos.

Luna y Neville, entre otros, habían sobrevivido. Y Draco. No sin cicatrices, todos tenían alguna, fuera más o menos visible; estaban vivos y cuerdos. No podían pedir más.

Ellos tres, junto a los gemelos Weasley, habían intentado ayudar a Harry a recuperarse de la guerra, pero no era capaz. Por mucho que lo intentara, no podía olvidar quién era.

El mundo mágico lo veía como su salvador, su héroe. Y eso solo implicaba más responsabilidades.

El público tenían unas expectativas sobre él: su héroe se convertiría en auror, se casaría joven con una preciosa bruja de buena familia, continuaría su línea con dos hijos idénticos a él y una hija con sus ojos y el pelo de su madre y sería el siguiente Dumbledore, el siguiente líder de la Luz.

El ministerio, por su parte, trataba de apropiarse el mérito por los logros del joven mago, sin conseguirlo. En última instancia, intentaron controlarlo, convertirlo en otro de sus peones, prometiéndole una posición en el cuerpo de aurores e incluso una promoción a jefe de departamento.

Harry no había satisfecho a ninguno.

Había continuado comandando el Ejército de Hogwarts, encerrando a cada mortífago o miembro corrupto del ministerio que quedara libre, hasta que algo lo cambió todo.

Ocurrió durante una pelea con mortífagos. Uno de ellos había lanzado la maldición asesina hacia Neville y Harry sabía que el chico no tendría tiempo de esquivarla.

Sin dudarlo un instante, se interpuso entre ambos y la brillante luz verde lo golpeó directamente en el pecho.

Debería haberlo matado, debería haber drenado su magia y detenido su corazón. Debería haberle concedido paz.

Por desgracia, las cosas nunca eran tan fáciles para Harry. Una vez más, hizo honor a su título como el Niño-Que-Vivió y Señor de la Muerte.

Se había levantado del suelo y, como si no hubiera ocurrido nada extraño o inusual, que en su caso podría considerarse el caso, había continuado luchando.

Fue horas más tardes, sentado en un sillón junto al fuego en Grimmauld Place, cuando las implicaciones de lo ocurrido cayeron sobre él y se rompió completamente.

Esa noche lloró durante horas hasta que calló inconsciente y ni Kreacher ni Sombra pudieron hacer nada para consolarlo.

Al día siguiente, Harry trató de librarse de las Reliquias, trató de destruirlas, pero de alguna manera, siempre encontraban una manera de volver a él.

Desde ese día, Harry no volvió a ser el mismo. Se dedicó aún más a la caza de los mortífagos y puso en práctica las tácticas más temerarias él solo.

Sus amigos y compañeros notaron el cambio. Harry era un gran actor, pero si había alguien que lo conocía bien, eran los miembros del EH.

Mientras él se dedicaba cada vez más a cambiar el mundo mágico, ellos se dedicaron a cuidar de él, a apoyarlo cuando los necesitara sin que tuviera que pedirlo, a ayudarle a cumplir sus objetivos y a sanar.

Pero Harry sabía que nada que ellos hicieran podría curarlo, estaba roto más allá de ninguna posibilidad de recuperarse.

Y él veía lo que eso les estaba haciendo a sus amigos, lo más cercano a una familia que tenía. Podía ver, sentir, su dolor. Dolor por él, por no poder hacer más para ayudarle.

Y eso le partía aún más el corazón. Ellos no debían sufrir por su culpa, no ahora que al fin la guerra había acabado y podían tener una vida normal.

Así que no fue una sorpresa cuando, tras morir tres veces más y volver a la vida como si no fuera nada, aceptó una oferta de los Valar.

Se habían presentado como los guardianes de Arda, también conocida como la Tierra Media. Habían visto su sufrimiento y querían darle un regalo para aliviarlo.

Cuando le ofrecieron ir a este nuevo mundo y empezar una nueva vida, no le importó que fuera un mundo propenso a las guerras y la muerte, Harry quería alejarse del suyo. Tenía que hacerlo. Por sus amigos.

Y por sí mismo. Tenía que darse la oportunidad de sanar, por muy imposible que creyera que fuera.

A pesar de todo, lo que lo llevó a aceptar la oferta de Mandos inmediatamente fue la mención de unos seres tan eternos como el mismo: los elfos.

No fue hasta varias semanas después cuando realmente pensó en la promesa de Nienna: en Arda encontraría a su verdadero compañero.

Para Harry era difícil de creer después de la vida que había llevado hasta entonces, pero tener un poco de esperanza no podía hacer ningún daño, ¿verdad?

Así que, de esa forma era como se habían encontrado en un nuevo y fascinante mundo, con nuevas y diferentes criaturas.

Harry había descubierto que los Valar no lo habían enviado sin recursos. Al despertar, Sombra estaba a su lado y su monedero de piel de moke que Hagrid le había regalado antes de la guerra colgaba de su cuello, como siempre con todas sus pertenencias, aunque los Valar habían incluido el contenido de sus bóvedas de Gringotts.

Su primer contacto con los "nativos" no había sido precisamente placentero, pensó soltando una risita. Sin duda, no para los orcos que lo habían atacado.

Había escogido una dirección al azar y había andado durante unos días, hasta que llegó a una aldea.

Nunca se había sentido tan alegre de que resolver el enigma de la esfinge en su cuarto año hubiera reforzado su habilidad de hablar pársel al punto de darle la capacidad de hablar cualquier idioma que existiera. Incluidos los de otros mundos, al parecer.

Había pasado unos días en el pequeño pueblo y averiguado lo que había podido, entre otras cosas que se encontraba en el reino de Gondor, antes de dirigirse hacia la capital, minas Tirith.

No había sido difícil encajar allí, teniendo en cuenta que Harry siempre había tenido una gran habilidad para adaptarse.

Había encontrado trabajo como sirviente en el castillo, aunque no lo necesitara en absoluto, y se había dedicado a pasar desapercibido y escuchar.

El palacio, especialmente su biblioteca, habían sido una gran fuerte de información, tal y como había esperado.

Por otro lado, había sido un gran alivio cuando había descubierto que en este mundo eran mucho menos prejuiciosos que en el suyo. Las relaciones entre hombres eran una ocurrencia poco común, pero no mal vista como en el mundo muggle. Harry había asimilado hacía tiempo que su sexualidad se orientaba más hacia su propio género. Y los magos, a los que había descubierto que allí llamaban Istaris, eran pocos y reverenciados.

Saber que ya no tenía restricciones o expectativas que cumplir le había quitado un gran peso de encima.

Decidió que se quedaría en minas Tirith por un tiempo, familiarizándose con su nuevo mundo y la gente que vivía en él, aprendiendo sobre las diferentes razas. Y, cuando estuviera listo, visitaría las ciudades élficas.

Habían pasado dos años desde que había tomado esa decisión, desde que había llegado a Arda, y Harry sabía que pronto dejaría Gondor y, con ello, minas Tirith. No había nada que lo retuviera allí.

El joven mago sacudió la cabeza para alejar los recuerdos de su mente y cerró los ojos, disfrutando la caricia del sol del atardecer sobre su cara.

ΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

Boromir era un hombre satisfecho con su vida. Era hijo del senescal del gran reino de Gondor, posición que algún día el heredaría.

El príncipe de Gondor había llegado a ser uno de los capitanes más admirados y era el guardián de la Torre Blanca.

Era un guerrero respetado y conocido como un hombre de honor.

En ningún momento pasó por su mente que pudiera haber algo que faltara en su vida.

Hasta que lo conoció a él.

Boromir caminaba por sus jardines privados pensando en las últimas noticias que había recibido. La actividad en Mordor se había incrementado y los orcos atacaban más a menudo.

Hacía tan solo unas semanas desde que había luchado junto a su hermano y sus hombres para reconquistar Osgiliath de manos de una nueva raza de orcos.

Estos nuevos monstruos mejorados se habían atrevido a atacar la antigua capital y algunas aldeas más cercanas a Minas Tirith, y eso lo tenía preocupado.

El sol acababa de empezar a ponerse cuando había decidido salir a dar un paseo y en ese momento sus rayos teñían de rojo y dorado los jardines.

Se dirigió a un pequeño templete que sabía se encontraba escondido allí y se detuvo ante la visión que lo recibió.

Frente a él, sentado en un banco de piedra, se encontraba el ser más hermoso que había visto, mucho más hermoso que ningún elfo que conociera.

Por un momento se preguntó si no se trataría precisamente de un elfo, pero sus orejas, redondas, lo descartaban.

Era un joven de no más de veinte años, con el pelo negro como la noche más oscura rozando sus hombros.

Contrastaba fuertemente con su pálida tez, a la que el sol del atardecer le daba un tono dorado.

Tenía los ojos cerrados, las largas y oscuras pestañas acariciando sus mejillas, y el rostro de elegantes rasgos vuelto hacia el sol.

Boromir repasó con sus ojos los entreabiertos labios rosados y tragó saliva. Sin darse cuenta, dio un paso adelante y sostuvo el aliento.

Debía de haber hecho algún ruido porque el joven se levantó de un salto y se volvió hacia él con un movimiento tan rápido que apenas pudo seguirlo.

Un par de orbes más verdes y brillantes que las más hermosas esmeraldas se clavaron en él y sintió que volvía a quedarse sin aliento.

Por un segundo aquellos ojos mostraron miedo, de qué, no estaba seguro, pero Boromir decidió inmediatamente que esa reacción no le gustaba.

— ¿Quién sois?—preguntó el muchacho.

El capitán se sorprendió un poco. Poca gente había en Gondor que no supiera de él y, aunque era cierto que no todos lo reconocían a simple vista, la gente que visitaba el palacio solía reconocerlo.

—Creo que debería ser yo quien pregunte, teniendo en cuenta que estás en mis jardines privados.

El chico abrió mucho los ojos y se apresuró a inclinar la cabeza con temor.

Boromir decidió que eso tampoco le gustaba, y no solo porque le impedía ver esos expresivos ojos verdes. Un ser tan bello no debía tener que inclinarse ante él, mucho menos tenerle miedo.

—Lo lamento, Capitán-General. No quería invadir vuestro espacio. Acababa de terminar mis tareas en vuestros jardines y pensé parar a descansar un poco. No volverá a ocurrir, os lo prometo.

— ¿Y si yo quisiera que vuelva a ocurrir?—preguntó dando un par de pasos en su dirección.

—Disculpad, Capitán-General, no comprendo lo que queréis decir. —respondió el joven dando un paso atrás.

Boromir vio total honestidad en sus ojos y sonrió levemente.

—No me molesta que estés aquí, solo me ha sorprendido. Nunca había encontrado a nadie aquí. —dijo antes de preguntar. — ¿Trabajas en los jardines?

—Sí, Capitán-General. Yo me ocupo de vuestros jardines privados.

—Parece mucho trabajo para una sola persona.

—Soy rápido, Capitán-General. —respondió el joven con un extraño brillo en los ojos. ¿Era eso diversión?

— ¿Por qué no empezamos intercambiando nombres? Soy Boromir, hijo de Denethor, Senescal de Gondor. Capitán-General del Ejército, Príncipe de Gondor y Alto Guardián de la Torre Blanca.

Aquella belleza se quedó mirándolo sin estar seguro de que hacer y apartó la mirada antes de hablar.

—Soy Harry.

— ¿Harry? ¿Solo Harry?

—Solo Harry. —repitió el joven con firmeza inesperada antes de volver a ponerse una perfecta máscara de sumisión. —Lamento haberos perturbado con mi presencia, Capitán-General.

—Siempre hay un modo de compensarme. —replicó Boromir acercándose a él lentamente.

—Lo que deseéis, Capitán-General.

— ¿Por qué no empiezas por mirarme siempre a los ojos con esos preciosos orbes esmeraldas?—murmuró Boromir colocando su mano bajo la delicada curva del pálido cuello de Harry y alzando su rostro hasta que verde enfrentó a gris.

—Sí, Capitán-General. —murmuró el hermoso joven mirándolo con nerviosismo.

—Y creo que podemos dejar las formalidades a un lado, al menos en privado. —dijo con una sonrisa. —Llámame Boromir, y yo te llamaré Harry.

—Eso sería inapropiado. —Respondió Harry.

— ¿Por qué?

—Sois el Capitán-General.

—Exacto. ¿Acaso el Capitán-General no puede pedirle al ser más hermoso que jamás ha visto que lo llame por su nombre?—susurró.

—Yo… yo no soy hermoso. —lo contradijo suavemente sonrojándose.

Boromir lo miró con incredulidad y se sorprendió cuando vio en sus ojos que creía de verdad lo que decía.

—Por supuesto que lo eres. —replicó con firmeza. — ¿Has estado alguna vez fuera de Minas Tirith?

—No, B-Boromir. —respondió Harry.

—Yo sí. —respondió deleitándose en el sonido de su nombre pronunciado por esa dulce boca. —He visto mucho en mis viajes, en las batallas que he librado. He visto Hombres y Elfos, Hobbits y Enanos. Pero podría pasar el resto de mi vida mirándote sin jamás echar en falta nada de eso, porque incluso la belleza de los elfos palidece a tu lado.

Claramente, Harry no sabía que responder a eso y, si su sonrojó era indicador de algo, no creía en su palabra. Boromir decidió en ese momento que sería su misión personal hacer que viera su propia belleza.

De repente, Harry lo miró fijamente a los ojos.

—Os lo ruego, sed sincero conmigo. ¿Qué es lo que deseáis de mí? Sé bien lo que se espera de los jóvenes de mi edad ante la familia del senescal, pero no me quitaré la ropa ante un hombre solo porque crea tener derecho a ordenármelo. —declaró con valor, su máscara volviendo a caer durante un instante. —Podéis echarme de palacio, pero no dejaré que me traten como un objeto.

Boromir lo miró conmocionado. ¿Quién le había dicho algo así a ese hermoso joven?

— ¿Es eso lo que esperas cuando alguien menciona tu belleza? ¿Quién te ha hecho algo así?

—Nunca he sufrido algo así, como he dicho, no consentiré que se me trate como un objeto. Normalmente se me da bien pasar desapercibido. Pero yo… conozco a otros sirvientes que han sufrido ese destino.

—Yo nunca te obligaría a algo así. —susurró, enfadándose ante el mero pensamiento de que alguien forzara a este tímido ser.

—Entonces decidme, ¿qué queréis de mí?—preguntó Harry en voz baja y con la voz rota.

—Quiero ganarme tu corazón, de la misma forma que tú te has convertido en el mío. Porque desde el mismo instante en que tus preciosos ojos se encontraron con los míos, mi corazón ya no me pertenece.