YO CUIDARÉ TUS HERIDAS.

-¡Bicho, dame eso!

Sakura reía con ganas disfrutando del momento. Mientras ella trataba de organizar el material médico, Sarada se divertía enrollándose con las vendas. Como si estuviesen organizadas, a medida que Sakura guardaba algo en su maletín, Sarada lo sacaba y lo escondía bajo las sábanas. Era un juego precioso, casi como una de esas postales que venden para felicitar el día de la madre. Era un paraíso idílico que, sin embargo, no conseguía quitarle el sabor amargo de la culpa de su garganta.

Sasuke cerró el puño con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Dejó que sus dientes se encontraran, tensando tanto la mandíbula que sentía que los huesos se iban a romper.

-Eres el bebé más hermoso de todo Konoha, ¿lo sabías? –Sakura continuaba con sus juegos. Había dado por perdido el colocar perfectamente el manojo de vendas que llevaba. En su lugar, había cogido a la pequeña Sarada en brazos y la llenaba de caricias-. Si, claro que lo sabes, ¿cómo no lo vas a saber si te lo digo todos los días? Además, eres el bebé más listo. ¡Si, claro que si!...

Y siguió cubriéndola de halagos mientras veía como el reloj de la pared avanzaba sin cesar. Había madrugado solo para poder despedirse.

La dejó en la cuna cuando restaban cinco minutos para la hora indicada. Y, a pesar de que todo estaba planeado desde hacía días, una parte de su corazón se rompió cuando la vio allí, como si fuese un bicho demasiado pequeño para aquella cuna tan grande.

Una lágrima silenciosa recorrió su mejilla y salpicó la frente del bebé. Se vio obligaba a besarla de nuevo. Y otra vez, y otra, y otra. Y sonrió al pensar que si fuese por ella no dejaría nunca de besarla. Si fuese por ella, su cuna sería su casa y sus ojos negros, su mundo. Pero, la cuestión era que no era por ella.

Un beso sonoro, el último, y Sakura se despegó de la cuna.

Se echó la mochila al hombro y dirigió su vista a la puerta de la habitación, posando los ojos en su marido.

Un paso. Dos. Tres.

Hace años, ella aprendió que la vida es realmente simple, pues lo único que debes hacer es caminar. No puedes detenerte porque el mundo no se para. No puedes ir hacia atrás porque el pasado no vuelve. Sólo puedes ir hacia delante, porque es ley de vida. Así que sigue avanzando. Un paso. Otro. El pie derecho delante del izquierdo. Y otro paso más. Y cuando mires atrás, verás que las montañas que tan grandes te parecieron en su día no son más que simples piedras. Es solo cuestión de avanzar.

Ella había tenido grandes piedras en su camino. Él había sido su mayor montaña, su Everest. Ella lo escaló completamente, llegó a su cima y decidió quedarse allí a vivir. Ella así lo quiso y la montaña se lo permitió, pues la montaña también la quería. Alguien que sube al cielo, que casi lo roza con los dedos, no se puede dejar escapar. El Everest era hermoso, ella lo conocía. Pero, a veces, las rachas de viento tambaleaban su casa y el frío le calaba en los huesos. Y otras, era la magnífica montaña la encargada de complicarle el camino. Porque el Everest la quería allí, pero el monte no podía renunciar a las rocas de su ser ni a la altura que alcanzaba. Él la quería proteger de todo y también de si mismo, porque aquella montaña tiene una triste historia tras su espalda.

Por eso, cuando Sakura estuvo a punto de atravesar el umbral de la puerta, Sasuke estiró el brazo cortándole el paso.

-¿Qué tengo que hacer para que no vayas? -Un susurro convertido en una súplica en su oído. Un ligero murmullo que había sido lo más amable y lo más atormentado que había escuchado en días. Una pregunta que la derretía por dentro y la hacía querer llorar pero, al mismo tiempo, le dibujaba una sonrisa y la curaba como si fuese una tirita.

¿Podía ser eso posible? ¿Podía alguien tener la capacidad de hacerte y deshacerte con tan solo una palabra?

-Mierda, Sasuke-kun. Eso es todo lo que tengo que decirte: mierda. ¿Por qué me lo estás poniendo tan difícil?

Sasuke se tensó a su lado. Ella pudo sentir cómo cuadraba los hombros, cómo su boca se cerraba con fuerza y cÓmo su mano apretaba con más ahínco la madera de la puerta.

-Porque no quiero que vayas.

Masculló las palabras como si le pesasen en la boca, como si fuesen roca pura. Fue una confesión tosca, grave y ruda, pero ante sus oídos fue la nana más bonita del mundo. Sus grandes ojos verdes se abrieron por la sorpresa y, casi instintivamente, llevó una mano hacia el mentón de su esposo, elevándolo y dejando su rostro completo a la vista.

Sasuke tenía unos ojos fascinantes, imposibles de dibujar y realmente complicados de describir. Aunque uno de ellos mostrase un Rinnegan eterno, para ella seguían siendo fascinantes. Sasuke tenía unos bonitos ojos, pero sus labios también la llamaban a gritos. Y ella les correspondió. Un beso. Y otro. Y otro. Y al igual que con Sarada, Sakura sabía que podía pasarse días besándole. Ya lo había comprobado.

-Todo está bien, Sasuke-kun. Todo estará bien.

Se lo dijo igual que cuando le decía a Sarada que no debía llorar con las tormentas. No pasa nada, linda, le decía, todo se pasa. Pensó que con eso bastaba, que con la radiante sonrisa que le dedicó todas sus preocupaciones se habrían marchado. Pero no era así. Su rostro apenas había cambiado de gesto.

-Sakura… -La tomó de la cintura y la acercó hacia sí, dejando que ella se enterrara en su pecho-. Si algo te pasa, no podré cargar con ello. Si no vuelves y es por mi culpa, no podré con ello. ¿Me entiendes? No puedo.

Algo en su interior se revolvió y le miró con la más infinita de las ternuras.

-Dame diez días, Sasuke-kun. Diez días y todo se arreglará, yo lo arreglaré, shanaroo. Así que borra esa fea expresión de tu cara, baka.

Y con la más alegre de las risas, Sakura golpeó con su frente el mentón del Uchiha y se separó de él, dando por iniciada su misión de rango S.


Aquella noche todo era ruido en sus oídos.

Una vez, hace muchísimos años, alguien le dijo que el cielo lloraba con las tragedias, como si las gotas de lluvia pudiesen arrastrar el dolor, como si el cielo se pudiese solidarizar con lo terrenal. Y, aquella noche, el cielo escupía toda su tristeza.

Él lo observaba todo desde el porche, como si fuese parte del espectáculo. Sin inmutarse, dejaba que las gotas frías golpeasen su cuerpo y que el viento revolviese su cabello. Como un guardián miraba sólo en una dirección, la misma de donde venían susurros de guerra.

Sakura…

No debió dejarla ir.

Hacía tres noches que se había ido y cada vez se arrepentía más de ello. Pero, ¿cómo hacérselo entender? Ella iba engañada; él lo sabía, ella lo sabía y Naruto debería saberlo. Que los pueblos limítrofes de la Hoja estaban enfrentados era un hecho real y que se había extendido una epidemia por la falta de higiene era otra verdad. Pero algo acechaba más allá de lo que se veía a simple vista.

Como cuando el cielo comienza a oscurecerse como un preludio de tormenta; los tambores de guerra flotaban en el aire. Algo estaba incitando al conflicto. Alguien se estaba despertando... y estaba comenzando a disparar sus flechas.

Y él, que escuchaba desde las sombras, sabía qué estaba pasando. Es más, supo que Sakura también lo sabía en el momento en el que ella aceptó la misión. Un trabajo de clase S, peligroso por la situación en la que estaban las comarcas que iba a atender, pero nada más sencillo para un médico como ella. Contener una epidemia, encontrar una cura eficaz contra la bacteria, comenzar medidas de profilaxis y atender a los enfermos. Ella encontraría la cura, no había duda. Había aceptado sin dudar, como si quisiera restarle importancia y cambiar cuanto antes de tema. Lo supo porque vio como Sakura entrecerraba los ojos cuando Naruto les explicó que nuevos grupos criminales habían surgido, que había habido un repunte de la criminalidad en el último año.

Ese mismo año que él disfrutaba en la Hoja, junto a su familia. El mismo año en el que él había abandonado la investigación que había comenzado años atrás.

¡¿Quieres decir que hay algo peor que Kaguya?!

¡¿Un ejército de zetsus blancos?!

Esas habían sido las revelaciones que le habían llevado a vagar lejos de la Aldea, buscando nueva información. Por aquel entonces, Sakura había ido con él. Y juntos no descubrieron nada. Así que, con el nacimiento de Sarada, la familia Uchiha regresó a casa. Y, quizás, ahora era tiempo de que cada uno volviese a su cargo. Sakura había aceptado la misión, pero sabía que su acción era una tirita. El verdadero problema era algo que nadie más que él podía encontrar y eso suponía marchar. Él lo sabía. Y ella era demasiado inteligente como para no haberlo visto.

Saku…

¡BOOM!

Una fuerte explosión sesgó sus pensamientos al tiempo que una brillante luz amarilla teñía un punto lejano del horizonte. Localizada en el este, más allá de la muralla, en el mismo lugar donde él antes dirigía la vista, la explosión duró unas décimas de segundo. Después, Konoha volvió a sumirse en sombras y un silencio inquietante arrulló el resto de la noche.

Él se movió hacia lo alto de su tejado, viendo el horizonte con la mandíbula tan apretada como si sus dientes fuesen auténticos diamantes. Miró con desprecio mal escondido a los sigilosos ninjas que se movían velozmente entre las calles, corriendo como ratas asustadas hacia la Torre del Hokage. Allí, al abrigo de un despacho, se sucedería reunión tras reunión sin que se llegase a ningún acuerdo. Él lo sabía, ya había estado antes.

Tsk.Apretó el único puño del que disponía y elevó su sharingan hacia el este. Él ya hubiese llegado allí sin necesidad de esperar las indicaciones de ningún kage. Él ya hubiese controlado la situación, pasando por encima de tantos cuerpos como fuese necesario. Él ya se hubiese asegurado de que su esposa siguiese bien.

Pero, en ese momento, él no podía hacer nada.

/

-Buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa…

El estruendo había despertado a toda la aldea y, a pesar de que la mayoría de los ciudadanos habían vuelto a la cama, Sarada no podía dormir.

-Shhh…

La acunó en su pecho, acompañándose de pequeños movimientos suaves, como si bailase con ella. Él no sabía cantar como Sakura, ni siquiera demostraba una décima parte de la dulzura que regalaba su mujer y, aún así, Sarada nunca había despreciado el brazo protector de su padre. Poco a poco, muy despacio, aquel pequeño bebé dejó de llorar.

-¿Ma-mamá?

Sasuke detuvo sus pasos y separó a su hija de su hombro para poder verle la cara. Aquellos brillantes ojos negros eran hermosos y eran una perfecta mezcla de sus dos padres. Grandes y llenos de vida pero oscuros como la noche. Y aquellos ojos buscaban al cabello rosa que siempre velaba por ella.

-Volverá en unos días, Sarada.

Y, si el podía hacer algo al respecto, jamás se volvería a ir de su lado.

Cuando Sarada se hubo dormido aún quedaban horas para el amanecer. Los movimientos de los ninjas habían disminuido por la ciudad, pero aún veía la luz de la Torre del Hokage encendida, como si fuera un faro en un mar lleno de tormentas.

Se iba a ir a la cama cuando una nueva explosión volvió a iluminar el cielo. Aunque de menor calibre que la anterior, la tenue luz que originó sirvió para que se revelasen los oscuros ojos del Uchiha hirviendo de rabia.

Se acercó hasta la cuna de su hija y la tomó en brazos con el mayor de los cuidados, evitando que se despertara. La envolvió en una manta y se la acercó al pecho, sujetándola con su brazo. Con un pequeño golpe de hombro consiguió que la capa les cubriese a los dos. Así, ante la vista de todos, sólo era Sasuke Uchiha. Pero si te acercabas lo suficiente, podrías oír las suaves respiraciones y golpeo rítmico del pequeño corazón que se escondía bajo la raída capa.


-No acostumbres a hacer eso, teme, podrían acusarte de espionaje y traición.

Llevaba a la intemperie casi una hora, esperando con la mínima porción de paciencia que le restaba. Desde fuera, sentado en el balcón de la torre del Hokage, podía escuchar absurdos debates sobre la situación, sobre qué hacer, sobre qué no hacer. Charlas sin ningún tipo de propósito, diálogos que no llevaban a ningún sitio, acuerdos que no se producirían nunca. Y mientras, la guerra continuaba más allá de la seguridad que otorgaba la muralla de la aldea.

Les escuchaba hablar y sentía repugnancia. Casi tanta como la que intuía que sentía su amigo. Le oía tamborilear con los dedos y mover sus piernas de forma impaciente. No obstante, lo que más revelaba su estado de ánimo era el ardiente chakra que emanaba de su interior cada vez que un AMBU leía un informe sobre la situación.

-¿Me acusarías tú?

Entró en la sala por la ventana y en la más absoluta privacidad, como siempre hacía.

-Aunque te acuse de algo, el consejo tardará años en tramitar tu condena. No me saldría rentable.

Hablaba tan cansado y abatido que resultaba extraño pensar que aquel fuese el idiota parlanchín que había conocido años atrás. Aquel niño rubio soñaba con ser Hokage y proteger la aldea, pero se olvidaba que ver las cosas desde dentro era abrir la caja de lo podrido.

-Destituye al consejo.

Era una orden, no un simple consejo.

-Acabo de llegar, teme. A Kakashi-sensei le fue bien con ellos, necesitan tiempo.

-En la época de Kakashi ninguna amenaza sobrevolaba la aldea. No volví para ver como destrozan Konoha, Naruto; si lo hubiese querido así, lo podría haber hecho yo mismo.

-¿Y cual es tu idea? ¿Quieres meterte ahí, en una lucha entre dos villas? Su problema no es nuestro, no es de nuestra juridistricción.

-¿Juridistricción? ¿Ahora te dedicas a repetir sus palabras? Dile a esos viejos que es asunto suyo desde el momento en que enviaron a un equipo de apoyo. Y más importante aún, Naruto, es asunto tuyo desde el momento en el que Sakura está ahí fuera.- Apenas se entendió la última frase, que sonó más bien como el siseo de una serpiente.- Puedes callarte la boca todo cuanto quieras, pero no puedes ignorar que su pasotismo te quema por dentro. Sabes que está sucediendo ahí fuera y lo único que hacéis aquí dentro es cuadrar absurdos números. Óyeme bien, Naruto, díselo a tus ayudantes, ninguno de esos números importará si Konoha está en ruinas. Dije que protegería la Aldea y así lo haré, y no me importa sobre quien tenga que pasar. Muévete, gatito asustadizo, o si no lo haré yo.


Apenas unas horas después, rayando con un nuevo día, una nueva dotación shinobi partió en colaboración con el equipo médico.

Sarada ya había regresado a su cuna y dormía como si nada hubiese sucedido, tan lento y tan dulce que Sasuke envidió su placentero sueño. Le acarició la mejilla y le peinó el pequeño flequillo con los dedos. Sarada no dejaba de ser un hermoso juguete de poco más de un año que no se podía valer de si misma. Anoche la llevó con él escondida en su capa para no dejarla sola a merced de la oscuridad del hogar. Sintiéndola segura dormida en su pecho y bien protegida del frío, Sarada había dormido con él casi toda la noche. Era dulce, tranquila, lista y risueña. Era uno de los tesoros por los que daría la vida. Y si la condena era el exilio, que así sea.


Siete días más tarde con sus seis interminables noches, el escuadrón médico hacía su aparición en la Hoja. Y él, con Sarada abrazada a su espalda, volvió a respirar por los dos al ver un mechón rosa entre tanta capa negra.

Espero paciente toda la tarde y parte de la noche para estar con ella. A unos metros del tumulto, apoyando contra la pared y viéndolo todo, Sasuke dejó que la imagen de su esposa aliviara todas las tensiones que había soportado.

Esperó hasta que las miradas curiosas de los aldeanos ya descansaban en sus camas y la luna estaba tan alta que iluminaba su cuarto.

Esperó a que Sarada se durmiese después de tres cuentos y dos canciones.

Esperó hasta que ella tomase un vaso de agua y relajases sus músculos después de una gran misión.

Pero, cuando Sakura puso un pie en la habitación, ya no pudo esperar más. Tomó su muñeca y besó su boca con desesperación. Como un ladrón que acecha en una casa ajena, con el ansia de un adolescente que escapa de su casa, con la misma necesidad que la había besado por primera vez, en aquel frondoso bosque.

Sakura rió sobre su boca y eso provocó que él sonriese. Nunca un sonido se le había hecho tan necesario como escuchar la risa de su esposa. Nunca un sonido le había devuelto una realidad que había descubierto que extrañaba más de lo que pensaba.

La besó y se la comió a besos de una forma tan desesperada que la agitación se instaló en sus corazones. Las prisas y el ansia hicieron que la aprisionara contra la puerta del dormitorio. Sin escapatoria posible, Sakura se rindió ante él y dejó que acariciara su cabello con lujuria, que tomara sus piernas y la ayudara a enroscarse en su cintura. Dejó que masajeara su espalda, su cuello y su abdomen…

-¡Uh!

Un pequeño gruñido salió de su boca y el recordatorio de algo le congeló la expresión. Sasuke reconoció el sonido como una bocanada de dolor y se separó de ella inmediatamente.

Dejó que masajeara su abdomen…

Allí fue donde la había tocado cuando Sakura se movió como un resorte. Allí, en el flanco derecho de su barriga, cualquier tacto quemaba. Desvió los ojos hacia los de su esposa y pudo ver como estos pasaban de la sorpresa a la indiferencia más fingida. Estiró la mano para rozar la prenda y poder destapar su abdomen pero ella le sujetó la muñeca.

-Estoy bien, Sasuke-kun, sólo son unas agujetas del viaje.

-Tsk.- Miente.

Frunció el ceño al mismo instante en que sus ojos se tornaban más y más oscuros. Aún con el agarre de Sakura fue capaz de deslizar la blusa roja hacia arriba, dejando la que debería ser la piel brillante y anacarada de su esposa al aire. Sin embargo, la luz de la luna hacía que las lesiones que se repartían por el lado derecho de su vientre cobrasen un matiz negruzco.

Sakura tragó saliva y apretó los dientes al sentir cómo la mano que sostenía su blusa aumentaba la fuerza de su agarre. Pero él la soltó, liberando su camiseta y dejando que ésta volviese a cubrir su piel. Y, acto seguido, un puño golpeó la pared a centímetros de su rostro, sorprendiéndola.

-Es culpa mía.

Fue como un rugido, un sonido que salió desde lo más profundo de su garganta, casi desde su corazón. Y sonó tan atormentado que la traspasó por completo.

-¿Qué…? –Sakura sentía el peso del cuerpo de Sasuke sobre ella. Estaba arrinconada entre la pared y él y sólo era capaz de ver las hebras oscuras del cabello del Uchiha. Lo notaba temblar, como si pequeñas sacudidas lo invadiesen. Sentía la tensión de su cuerpo, notaba cómo los músculos de su brazo se volvían rígidos y cómo el puño se cerraba aún más. Al final, Sasuke posó la cabeza sobre su hombro y le suspiró en la piel desnuda.

-Sakura… Lo siento.

-Sasuke-kun… -¿Cómo decirle que todo estaba bien? ¿Cómo limpiar la mancha oscura que ahora le empañaba la vista? Ella estaba allí, estaba con él y con Sarada, y todo estaba bien. Sus heridas no dolían, no eran más que el mal recuerdo de una situación que se resolvió enseguida. No dejarían huella, no eran dignas de ser recordadas ni eran lo suficientemente importantes como para haber estropeado su noche. Cómo podría decirle a Sasuke que apenas unos minutos antes había sentido que si el mundo se acababa, por ella estaría bien. Cómo podría ahora lograr que él lo olvidara, pedirle que continuara con sus caricias, rogarle que siguiera necesitándola como hacía unos segundos.

No sabía cómo ni cuando, pero Sakura se dio cuenta de que las lágrimas habían empezado a resbalar por su rostro. Sasuke también pareció advertirlo porque se separo de su hombro e inclinó el rostro para poder verla a los ojos. Le enjuagó las lágrimas con el pulgar y tomó su nuca con suavidad, acercándola a él, besando con suavidad sus labios. Como si el hechizo se hubiese roto, Sasuke cambió la pasión por el mimo de una pluma, por la suavidad de un pétalo. Suave, muy suave, y lento, muy lento.

Le besó la boca por largo tiempo y, cuando se separó, la besó en la frente, posando sus labios con delicadeza. Pero volvió a descender, besándola en la nariz y de nuevo en la boca. Y bajó más y más, hasta que sus rodillas toparon con el suelo.

-¿Sasu…?

Desde allí, Sasuke solo podía ver el vientre su esposa. Y la besó, aún encima de la tela. Y, poco a poco, fue descubriendo la piel que escondía la prenda encarnada. Allí donde la piel blanca se convertía en manchas violáceas, allí donde dolía, Sasuke posó sus labios. Y, si no hubiese estado tan concentrado en su tarea, hubiese podido sentir como gotitas de agua salada resbalaban por su cabello. Sakura lloraba lentamente, como si las lágrimas se diesen tiempo unas a otras. Porque no era tristeza lo que reflejaban, sino la más infinita de las ternuras. Se agachó a su vez, quedando a la misma altura que su esposo, y le devolvió uno de tantos besos que él le había dedicado. Colocó ambas manos en sus mejillas y dedicó toda la noche a amarlo, a amarse.

En aquella casa, con todos los miembros bajo el mismo techo, los dos adultos pensaron que si había un Cielo en algún sitio, debía parecerse mucho a aquello.


Sasuke abandonó la cama el primero, después de pasar la noche enredado en las sábanas, disfrutando de la tranquilidad que da el sentirse en paz, aunque fuese un mínimo momento de su vida. Inspiró y espiró y cerró los ojos hundiéndose en la almohada, disfrutando del aroma de la mujer que yacía a su lado. Brindó por despertares como aquel, por sentir el abrigo de la cama, la calidez que da un cuerpo junto al suyo y el pequeño chacra de su hija apenas unos metros más allá. Atesoró aquel despertar en su mente puesto que no serían pocas las veces en las que volvería a él, como un refugio que vence al paso del tiempo, como una suave melodía que siempre te ayuda a conciliar el sueño.

Cuando se decidió a levantarse cubrió el cuerpo desnudo de su esposa con una manta, dejándola dormir plácidamente con un sonrojo permanente en las mejillas.

Sarada, por su parte, le recibió con todos los sentidos alerta, jugando con la rana y el zorro de peluche que Naruto le había regalado. Rió nada más verle y soltó sus muñecos para extender sus bracitos hacia él, pidiéndole un abrazo vespertino.

Pasó toda la mañana con ella, sintiendo cada momento como una despedida. Sarada aún era muy pequeña, sólo un bebé, y puede que mañana al despertarse le echara de menos, que aún recordase su rostro. Pero solo era cuestión de tiempo que su imagen se volviese difusa.

Él no sería un buen padre, él no estaría cuando aprendiese a hablar o se sujetase sobre sus piernas. No la llevaría a la Academia de la mano, ni aplaudiría sus notas, ni alabaría sus progresos. No la regañaría por sus travesuras ni la consolaría por sus penas. Porque, simplemente, no iba a estar. No iba a poder ser el padre que él hubiese querido, el que ella misma se merecía. Y por Kami-sama, quería serlo para ella. Quería ser la última sonrisa sincera que él había recibido de su hermano, la única caricia que su padre le había dado cuando le enseñó su primer jutsu ígneo. Quería ser sólo un momento paterno con ella, sólo uno. Y puede que ni eso tuviese.

Cuando el reloj marcaba las horas de la tarde, Sakura se dejó ver en el porche. Con el cabello revuelto y una las básicas camisas de su esposo como vestido, apareció con una sonrisa tan brillante que borrársela era un pecado. Se iba a sentar a su lado cuando él se levanto, dejándola bailando en el aire.

Se lo dijo entonces, porque no tenía más remedio. Le contó lo que llevaba tiempo robándole el sueño, lo que sabía que algún día pasaría. En apenas una frase, destruyó una de las cosas más bonitas que tenía a su lado. En un momento, la sonrisa se desquebrajó y la mirada dulce se tornó angustiosa.

-¿Qué? ¡No!

Sakura dio un paso atrás, como si hubiese recibido un golpe. Se llevó las manos al pecho, justo donde estaba su corazón, mientras sentía como un nudo se formaba en su vientre.

-Sakura, escúchame…

-¡¿Es por lo de ayer?! ¡No pasó nada, Sasuke-kun! ¡Mírame! ¡Estoy bien! -Y le mostró su vientre tras los botones de su camisa, olvidando que sólo la ropa interior cubría su desnudez. Pero le daba igual, sólo quería que él viese que las marcas habían desaparecido, que no había motivo entonces para que él también lo hiciera-. Mírame, Sasuke, estoy bien…

Y su voz comenzó a romperse, igual que las lágrimas de sus ojos.

"Mírame, Sasuke." Le pedía su mujer, sin ser consciente de que él no hacía otra cosa que mirarla, al igual que había hecho durante toda la noche. Y, cuánto más la miraba, más seguro estaba de la decisión tomada.

Rompió con la distancia que los separaba y la envolvió en un abrazo, como había hecho ayer. Como siempre hacía. ¿Por qué siempre era todo igual? ¿Por qué su familia estaba destinada al llanto?

-¿Por qué siempre nosotros? –Hipó ella poniendo en boca sus propios pensamientos-. ¿Por qué nada es fácil?

Y ese "nosotros" sonó en sus oídos como la palabra más trágicamente hermosa que había escuchado nunca. No pudo evitar pensar que, sin él, todo sería realmente fácil. El haber arrastrado a Sakura consigo era algo que le arañaba por dentro, que le pesaba en los hombros cuando cosas como aquella sucedían. Y, no obstante, aquel "nosotros" le recordaba que daba igual todo, que él mismo daba igual, porque Sakura sola se hubiese encargado de estar junto a él, como una luciérnaga en una selva oscura. En realidad, daba igual si él no la hubiese querido a su lado, porque ella siempre estaría allí. Porque ella, siendo bueno o malo, siempre estaba.

-Lo siento.

Lo sentía por ella, a la que abandonaría en todos los aspectos de la vida; lo sentía por la pequeña niña que viviría sin padre; y lo sentía por él, vaya si lo sentía. Porque renunciar a todo, dejarlo atrás, le estrujaba todas las entrañas.

-Se me rompe el corazón.

Y Sasuke pudo jurar que era verdad. Podía sentirlo, podía notar cómo Sakura se derretía en lágrimas y cómo su cuerpo perdía fuerza. La abrazó más hacia sí, tanto que la figura de su esposa casi desaparecía en su ancho pecho.

-Puedes quedarte el mío.

No creía que su corazón sirviese para algo pero, si ella lo necesitaba, era todo suyo.


Emprendieron el camino hacia la salida de la Hoja sumergidos en la oscuridad de la noche. Sasuke llevaba a Sarada, quien despierta jugueteaba con uno de los bolsillos internos de la capa del Uchiha. Ella iba a su lado, quizás un par de pasos por detrás.

Apenas unos metros antes de llegar al gran portón de la muralla, Sakura se detuvo ante un recuerdo. Una banca de madera.

"Como imaginaba, nuestros caminos son distintos"

"¡Si te vas, gritaré! ¡Sasuke-kun!"

"Sakura, arigatou"

-Han pasado muchas cosas desde entonces. –Comentó Sasuke posicionándose a su lado.

-Pero aquí estamos, de nuevo.

¿Tendría razón aquel pequeño Sasuke? ¿Eran sus caminos distintos? Quizás eran como las vías del tren, siempre cerca pero nunca juntos.

-Prometo que, esta vez, no te noquearé.

Ella esbozó una sonrisa ante aquel comentario y, así, la sombra oscura que planeaba sobre su rostro desapareció durante unos segundos. Aquel intento de chiste, aquella broma de un recuerdo la hizo comprender las veces que se habían despedido. Allí, apenas dos jóvenes genin; dos años después, en la guarida de Orochimaru; tiempo después, en las peores condiciones ante el asesinato de Danzou; más maduros, después de la Cuarta Guerra Shinobi. Pasaron separados la mayor parte de su vida y, no obstante, allí estaban, ellos tres, siendo una familia, la familia Uchiha. Porque, de una manera u otra, siempre vuelves a tu hogar. Y Sasuke, que amaba a su familia más que nada, volvería a casa.

Porque quizás no se trate de seguir un solo camino, ni de ser una única vía del tren. Quizás la magia esté en que, siendo dos caminos distintos, tengan el mismo destino. Y ya se encargarán ellos de encontrarse entre medias.

Sakura se giró sobre sus talones de repente, sobresaltándoles. Estiró su mano con una sonrisa alegre y, con dos dedos, tocó la frente del Uchiha.

Tap.

-Nos veremos en la próxima, Sasuke-kun.


C'EST FINI!

Espero que el que sea el capítulo más largo y que haya bastantes momentos románticos y de familia sirva un poco para que me disculpéis por la tardanza. De verdad que siempre pienso en escribir, pero al final se me complica todo.

No sabía muy bien cómo poder explicar el "abandono" de Sasuke durante tanto tiempo y la verdad es que cuesta mucho hacerlo desde la perspectiva de este enrevesado Uchiha. ¡Espero que os haya gustado y que haya quedado lo más "realista" posible! Por cierto, la personalidad fría de este hombre siempre me hace borrar muchos momentos románticos porque pienso: "ey, espera, Sasuke nunca diría algo así" peeeeero estoy segura de que con sus dos chicas es un poco más suave de lo normal...

La verdad es que creo que al menos falta un capítulo más para completar los llantos de la familia...

De verdad, muchísimas gracias si lo habéis leído y si os ha gustado, de corazón.

¡Un beso enorme y nos leemos!