Disclaimer: Ninguno de los títulos o personajes aquí mencionados me pertenecen. Son propiedad intelectual y creativa de sus respectivos autores. No gano ni un mendigo galeón por esto.

Películas: El origen de los Guardianes (Rise of the Guardians). Cómo Entrenar a tu Dragón (How to Train Your Dragon). Valiente (Brave). Enredados (Tangled). Los Croods (The Croods). Hotel Transilvania. ParaNorman. El Reino Secreto (Epic).

¡Hola, holita! No había un epílogo como tal, como ya lo dije en el capítulo final. No hay nada nuevo en sí, sólo agregué algunas cosas. Para los que ya habían leído EADLM antes, pueden decirme las dudas que tengan; para los nuevos, bueno, supongo que también las tendrán.


Epílogo


"Cuando debemos hacer una elección y no la hacemos, esto ya es una elección".

—William James.


Sebastián Smith no se quejaba de la vida que tenía. Había nacido en una privilegiada familia que lo amaba. Sus padres eran muggles, pero su apellido daba la impresión que tenía familiares magos. No que a él le importara demasiado, sólo era un nombre nada más. Uno que lo había metido en problemas durante su primer año, cuando creyeron que eran familiar de un tal Zacharias Smith.

Le habían dicho cobarde. Le habían tratado como paria.

Sebastian se había visto obligado a hacer lo que fuera para sobrevivir. Era el año 2005, siete años después de la guerra, con el odio hacia Slytherin y los seguidores de Voldemort fresco aún. No tuvo que pensarlo mucho. Las novatadas fueron su escape. La única forma de hacer que lo aceptaran, que pararan las burlas.

Luego de eso pasaron cuatro años de logros y metas cumplidas. Sebastian era una joven promesa del quidditch, que había recibido visitas de buscatalentos con regularidad. Todos en su casa le respetaban, todos querían ser sus amigos.

Y todo lo que había hecho para conseguirlo había sido lastimar a un niño inocente de Slytherin. Sebastian no pudo olvidar sus gritos pidiendo ayuda, su mirada llena de lágrimas, su desesperación por entender que se le castigaba por haber sido elegido en una casa corrupta. Cuando se cruzaba en el pasillo con él, a Sebastian se le formaba un nudo en la garganta que ocultaba con sonrisas.

Fingir, se dio cuenta, era lo que mantenía la ilusión de lo que había hecho estaba bien.

Cuando empezó su cuarto año, Sebastian creyó que sería igual a los otros. La misma rutina. La misma obra de teatro… hasta que lo vio pasar. La fila de nuevos estudiantes pasaba en medio de la mesas. Pero a Flint le llamó la atención uno en particular. Cabello negro, piel blanca, expresión ilegible.

Sebastian estuvo al pendiente de él durante la Ceremonia de Selección. Cuando lo llamaron, supo su nombre.

Adrian Flint.

Sebastian apenas había comenzado a interesarse en las relaciones amorosas, nunca había sentido interés en eso. Pero Adrian fácilmente le había acelerado el corazón, y solamente con su presencia. Sebastian pensó que podía morir del puro gusto al verlo sentarse en el banquillo.

Entonces, el Sombrero Seleccionador había gritado «SLYTHERIN».

Para Sebastian fue el comienzo del fin.

Odiar a los Slytherin lo había colocado en la cima. Lo había hecho lo que era. Adrian Flint no podía cambiar eso, aunque a Sebastian le gustara. Aunque Sebastian amara aquellos ojos que no dejaban ver ninguna intención. Adrian no se mostraba ante nadie. A todo ponía cara de frivolidad, y a pesar de las humillaciones, no se doblegaba. Sebastian sintió envidia.

Adrian fue más valiente que él al enfrentarse a las adversidades.

Adrian fue, incluso más valiente que todos, cuando soportó la humillación de la novata. Cuando Sebastian no pudo mirarle durante meses. La vergüenza, la impotencia, la incapacidad para protegerlo de los demás, hicieron entender a Sebastian que la ilusión podía ser buena, pero que las acciones al final eran malas. Pero no podía parar. No podía detenerse. Si lo perdía todo…

Entonces, Elizabeth fue su salvación. Ella era una chica enérgica, determinada y todo lo que necesitaba para olvidar a Adrian. Conquistarla no fue fácil, pero comparado con tratar con sus sentimientos encontrados por la situación, era mejor así.

Que las mentiras continuaran.

Para su fortuna y su desgracia, eso no duró mucho. Debió haberlo supuesto. Debió haber sabido que alguien tan inteligente como Adrian Flint no se quedaría con los brazos cruzados. El día en que todo se descubrió, el día en que ya no pudo seguir mintiéndose, Sebastian sintió como si una cadena se hubiera roto. Qué irónico que Adrian liberara a toda una casa y también a él.

Y con la ilusión destruía, todo tuvo que acomodarse de otra manera. Sebastian no pudo continuar. No pudo simplemente aferrarse a ideas que nunca le habían parecido sensatas. Tuvo que madurar y entender que sólo había sido aceptado por ser un patético cretino. Fuera lo que fuera lo que le deparara el futuro lo enfrentaría sin miedo, al igual que Adrian, no se dejaría llevar por la corriente.

Elizabeth no había estado de acuerdo con él.

Ella había estallado en furia y se había rehusado a seguir hablando. Habían cortado por eso, o al menos Elizabeth no había vuelto a dirigirle la palabra. Sebastian lamentaba haber terminado así, ella no merecía ser utilizada de esa manera.

Después no le había quedado más opción que resolver sus propios sentimientos. Adrian le había gustado desde la primera vez que lo vio, y conforme escuchaba todo lo que conseguía por su esfuerzo, se había sentido orgulloso de que una persona tan fantástica le gustara.

Cuando Gothel jugó con las emociones de todos, paradójicamente se dio cuenta que era más que gustar. Se había enamorado de Adrian y que no podía hacer nada contra el deseo de tenerlo para sí.

Lo único que lo había detenido era el propio Adrian, cuyo corazón había pertenecido a Rebeca desde el primer momento. A diferencia de él, Adrian nunca había temido mostrar su devoción.

Sebastian estaba a punto de graduarse. Entendía lo que eso significaba, lo que implicaría a largo plazo.

El mundo era un sitio aterrador, ahora más que nunca.

Pero.

Pero…

—Buenas noches, Smith —saludó Adrián apareciendo por su izquierda.

Estaban en una de las torres del ala oeste. Las escaleras de caracol estaban recién reconstruidas, y había enormes ventanales con vidrio cortado cuyas imágenes se movían. Las antorchas daban una iluminación parca, lo que dotó a Adrian de un toque etéreo. Casi como si fuera una aparición.

—Buenas noches, Flint —le sonrió como siempre había querido, tratando de darle una pista sobre lo que se avecinaba.

Porque sabía que Adrian lo pillaría a la primera, siendo tan listo muy seguramente intuiría porque lo había citado en ese lugar y a esa hora. Ah, había sido un movimiento apresurado lleno de ansias.

Quería que Adrian supiera cuánto lo quería y cuánto lamentaba haber sido tan cobarde.

Adrian sonrió, tomándole por sorpresa. El pulso se le aceleró, como cuando lo había conocido. ¡Por Merlín, cuánto adoraba esa astucia, esa perspicacia! Flint lo tenía a su merced. Mierda.

—Ya lo sabía —dijo Flint acercándosele con confianza.

Smith se rió sin vergüenza, pillado con la guardia baja, atreviéndose a verlo a la cara. Él no le miraba con reproche o con odio, ni siquiera con indiferencia o amor. Era la misma cara que le mostraba a los demás, su infinita máscara de seguridad. La que empleaba cuando tenía que seguir con los juegos de Atkinson o Vane para asegurar la victoria.

—No quiero saber cómo te enteraste, de verás, me molestaría mucho saber que fui tan obvio —dijo Smith poniéndose frente a frente, acercando su rostro hasta estar a centímetros del de Flint—, lo que sí me gustaría saber es si me hechizarías por hacer lo que voy a hacer.

—¿Te conformarás con eso?

—Créeme que no, quisiera tener mucho, mucho más —clavó su mirada en la de él—, pero no lo voy a obtener y no quiero tener algo que no estés dispuesto a darme. Esto no me hace diferente a Atkinson y a Vane, pero quiero que sepas que te doy la oportunidad de hechizarme sin que eso afecte nuestra alianza.

—Qué bondadoso —un toque de sarcasmo no podía faltar—. Me das una oportunidad de defenderme, lo que no tuve en mi primer año. ¿Es eso a lo que te refieres?

—Me merezco tu odio.

—No odio a nadie —espetó volviendo a su gesto ilegible—. Aferrarse al odio es como tomar veneno y esperar que la otra persona muera.

—Eres tremendamente pragmático.

—Y tú eres un tonto —devolvió.

—Pero un tonto al que estás dando una oportunidad.

—Tal vez sí deba hechizarte.

Sebastian volvió a reír.

—Vale la pena.

Y unió su boca con la de Flint. Sebastian usó su fuerza para llevar a Adrian hasta la pared, donde le sostuvo con cuidado mientras lo besaba con hambre. Ahí descubrió que bajo la máscara solemne de Adrián se escondía una sensualidad arrebatadora porque en ningún momento hubo indicios de timidez, ni de recato o de asco. Adrian había sido siempre su musa, siempre su hito, y ahora le estaba dando algo por lo que valía la pena luchar. Esto. Esta emoción en su pecho, esta alegría que amenazaba con hacerlo estallar.

Por esto valía la pena enfrentarse al mundo exterior.

Por esto valía la pena, incluso, morir.

Y Sebastian lo besó hasta que amaneció.


El final de curso llegó tan pronto que Rapunzel pensó que todo había sido parte de un sueño. Presentar los exámenes, entregar los trabajos finales, asistir al Club de Duelo y al Club de Gobstone y sobrevivir al entrenamiento del profesor Levi. En perspectiva, no había sido un año difícil salvo haber pasado por el proceso más grande de su vida. Rapunzel había concluido que no se arrepentía de nada, y que esperaba el regreso a casa con un poco de esperanza aunque sus padres no dejarían pasar su oprobio.

—Vámonos ya, Punz —apremió Eep ajustando su túnica. El cabello de Eep continuaba siendo indomable y gigantesco y su cara tenía tantas pecas que era imposible contarlas.

Salieron para encontrarse con Johnny y Wee para ir al Gran Comedor. Los estudiantes de séptimo se arremolinaban en anticipados abrazos y discursos de despedida. Lágrimas y risas contagiosas eran compartidos sin vergüenza. Rapunzel vio de reojo como Smith le robaba un fugaz beso a Flint cuando iban por el pasillo. Adrián no parecía molesto, aceptando de buen modo los silbidos de sus compañeros de casa.

El poder de Gothel seguía manifestándose. Habían descubierto, no sin sorpresa, que todos sus sentimientos, emociones, pensamientos e ideas tendían a descontrolarse. A ir a extremos. Y no era por ser adolescentes hormonados. Era como si la bruja hubiera penetrado en cada estrato de su alma para no irse jamás. Era algo con lo que tendrían que lidiar. Algo que controlar.

El Gran Comedor estaba lleno. Ellos se sentaron en su lugar habitual en la larga mesa. Eep hablaba sobre sus planes para vacaciones, ya que esta vez podrían visitarla. Johnny fue el primero en confirmar que sí iría. Wee fue más discreto, tenía asuntos que atender antes de disfrutar su descanso. Rapunzel necesitaba tiempo para meditar con su familia sobre lo que había pasado.

—Este año se fue volando —dijo Johnny al ver a la directora McGonagall subiendo al podio—, todavía no puedo creer que hace unos meses estuviéramos peleando con una bruja antigua y dos personas revividas. Casi lo había olvidado.

—Guy me contó en una ocasión que si recordáramos a cada minuto cada evento en nuestra vida, viviríamos en constante angustia —comentó Eep.

Johnny le envió una mirada recelosa.

—Pasas mucho tiempo con él.

Obviamente Eep no notó su molestia.

—Pues claro, es mi amigo. ¿Qué esperabas?

Eso no aminoró el repentino mal humor de Johnny. McGonagall carraspeó para llamar su atención. Se notaba en la expresión de la anciana bruja que la escuela estaba recuperándose poco a poco.

—Es momento de reconocer sus logros anunciando al ganador de la Copa de Quidditch de este año —dijo McGonagall—. Como sabrán, los últimos partidos fueron los que se tomaron en cuenta ya que en otras actividades la bruja Gothel había influenciado los resultados. Por lo tanto, tras hacer una justa revisión, me congratula decir que la copa de este año va para Ravenclaw.

La mesa de las águilas estalló en gritos de orgullo y alegría. Elizabeth alzó su mentón como si quisiera zafar su cabeza del cuello y lanzaba miradas airadas a Adrian, que no lo notaba.

—La Copa de las Casas —prosiguió McGonagall consiguiendo que se callaran— es para Gryffindor.

A pesar de los castigos impuestos hace un año, de sus faltas, de sus caídas, los leones dorados habían conseguido volver al juego. Nadie rebatió la decisión. El honor de Gryffindor había sido manchado y con esto quedaba limpio.

—Para el siguiente año, Slytherin ganará —dijo Adrián a sus compañeros—. Después de todo, será mi último año en Hogwarts.

—Otro año que no pude hacer nada bien —suspiró Jackson, abatido.

—Basta de lamentos, Overland —dijo Rebeca—. ¿Y qué si no lo hiciste? ¿Eres tan terco como para afirmar que si hubieras hecho algo, algo hubiera cambiado? Bájale dos rayas a tu narcisismo, niño. No todo depende de ti, ¿entiendes? Estamos en esto juntos. No puedes culparte por todos los problemas que pasaron porque eso es muy arrogante. No desacredites a los demás de esa manera.

Jackson parpadeó y se quedó en silencio.

—Ya empezaron de nuevo —dijo Rebeca cambiando de tema, señalando a los de séptimo que lloraban tras haber terminado el año—. Pensar que el siguiente año estaré graduándome. ¡Pff! Los años sí que pasan rápido.

Cuando acabó fue momento de tomar sus cosas y dirigirse la estación para abordar el tren. Jackson se mantuvo callado. Eugene lo notó y procuró no hablar más.

—¿Qué le pasa a Frost? —preguntó Courtney, siempre atenta a esos detalles.

Eugene le sonrió con tranquilidad.

—Nada, Hawk.


Lucius se sentó en su sofá favorito, cerca de la ventana. La mansión Malfoy nunca le había parecido tan solitario como en ese momento. Narcisa había ido a Nailey Cottages a visitar a sus nietos y le había prometido traerle una fotografía de Antares. Una foto. Una foto cuando podría estar con ella, abrazarla y sentirse orgulloso por la preciosa niña de sangre pura que había nacido. Lucius no podía evitarlo. Los viejos hábitos eran difíciles de cambiar.

Pero había aprendido a dejarlos atrás.

Por el bien de su familia, por su propio bien, había empezado a entender que lo que había hecho fue jodidamente cruel. Lucius supo que su pasado lo perseguiría para siempre, incluso si sobrevivió con el orgullo mancillado y el apellido denigrado, una parte de su pasado vendría para a recordarle lo miserable y pútrida que era su alma.

Pero siempre supo sobreponerse a las desgracias. Sus negocios familiares, aunque disminuidos, seguían siendo provechosos. El Ministerio de Magia no podía arrebatarle su astucia. Por eso, que tuviera que pasarse el día encerrado, no importaba.

Ya conocería a la pequeña Antares a su tiempo, así como con Scorpius y con los gemelos. Lucius había aprendido a ser paciente.

Había aprendido a no sobrestimarse.

De pronto, sintió una perturbación en el aire. Las barreras en la mansión podían haber sido colocadas para asegurarse de mantenerlo adentro, pero también avisaban de intrusos, personas que quisieran vengarse de él. Era una maravilla que todavía pudiera conservar su varita, oculta, pero aún podía usarla. Se metería en problemas, lo sabía, pero siempre era mejor una reunión ante el Wizengamot que estar muerto.

El silencio fue inquietante. No había notado la calma en la que estaba. Lucius se levantó, paso a paso se acercó hacia la puerta. Pero antes de dar un paso más, se detuvo abruptamente cuando arena negra salió de todas partes, envolviendo la habitación tan rápido que no le dio tiempo de reaccionar. El miedo que sintió fue apabullante.

Abrió los ojos con sorpresa cuando la arena se juntó formando a la persona menos esperada.

Oscuro y con pupilas amarillentas, Pitch había aparecido.

—Creo que no tengo que presentarme, por tu expresión sabes quién soy yo, Lucius Malfoy —dijo Pitch—, no me iré con rodeos, dado que tu hijo no tardará en darse cuenta que la magia en esta casa ha sido perturbada… o quien sabe, quizás nunca lo sepa. No está vinculado a esta mansión, ¿no es así? Oh, por favor, no hagas tan fácil leer tu expresión. Qué maravilloso uso le das a la magia, mantiene conectados a todos, como una interminable red. ¿Sabes de dónde proviene la magia, Lucius? Oh, claro que lo sabes, eres un sangre limpia. Ustedes, saben todo acerca de nada, ¿verdad?

Lucius no podía hablar. El corazón le latía tan rápido que sentía que estaba por salírsele del pecho.

—Seguro sabes a qué vine, a ti de entre tantos magos. Verás, no hay nada interesante en ti, salvo el hecho que por un tiempo fuiste algo así como la mano derecha de Voldemort, uno de los más allegados a su círculo interno. En quien pudo confiar cierta información de vitalidad para mí. Él podía ser… impaciente y estar demasiado metido en sus delirios, pero era inteligente y ambicioso. Debió investigar sobre él. Debió… oh, pero qué siento aquí —tocó su pecho—. Estás dudando. Tienes miedo, pero no es sólo por mí, sino porque no sabes de lo que estoy hablando…

Lucius no comprendía nada. Su relación con Voldemort había sido la misma que un amo y su sirviente, sólo eso. Voldemort no habría compartido sus conocimientos con cualquiera. Si para Lucius ya era una sorpresa que Pitch conociera al Señor Tenebroso.

Lucius pensó en mentir, en hacer tiempo para que llegara ayuda… y entonces dejó de pensar. La ayuda significaría que Narcisa y Draco vendrían, y con ellos, los demás, ¿qué clase de hombre sería al poner a su familia en una situación de peligro otra vez? Era un cobarde oportunista, lo aceptaba, pero ya había jodido demasiado las vidas de los que le importaban como para darles un golpe final.

—Vete al diablo —siseó haciendo un monumental esfuerzo por sonar furioso.

La sonrisa de Pitch no se borró.

—Mostrando valor cuando antes eras un cobarde. Te lo reconocería, pero sólo es una fachada. Como sea, parece que no tienes lo que busco, lo que es decepcionante. En serio, si me dabas algo, lo que fuera, pensaba dejarte con vida.

—Eso es mentira —replicó Lucius, inseguro de qué decir. Era importante que pudiera sacarle información a Pitch, pues aunque lo matara, ya verían las autoridades cómo sacarle la verdad a su cuerpo muerto—. Aun si me dejarás vivo, al final cuando cumplas con tus planes, moriremos todos, ¿no es así?

—Sabes, de no ser porque odio a cada persona de este mundo, quizás podría dejar vivos a unos cuantos, a tu querida familia, por ejemplo. Ya nació otro bebé, ¿verdad? Felicidades, ser abuelo tiene que ser una de las experiencias más dichosas de tu vida.

—¡No te atrevas a amenazarlos! —rugió con cólera.

La fuerza que empleó Pitch lo doblegó. Lucius fue presa de un miedo que nunca había sentido, pero que parecía primitivo. Se quedó sin aire, se le desorbitaron los ojos y empezó a sudar. ¿Esto era la muerte?

—Es una lástima que esa pequeña vaya a vivir una existencia tan corta —dijo Pitch con fingida compasión—, pero quizás así puedan comprender una mínima parte de mi martirio.

Lucius sintió el momento justo en el que su alma dejó su cuerpo. No pudo ver atrás, ni a su cuerpo cayendo sin vida ni a Gothel entrando a su ex oficina.

—¿Obtuviste lo que querías? —preguntó la mujer.

Pitch permaneció en silencio mientras su arena negra acomodaba el cuerpo de Lucius de vuelta en su sofá, haciéndolo parecer como si hubiera muerto de forma natural. Gothel ayudó cambiando la expresión de terror de Lucius por una más "tranquila", como si se hubiera quedado dormido.

—Listo —sonrió Gothel al terminar su trabajo—, somos todos unos profesionales, ¿no?

Pitch no dijo nada. Se bastó con hacer que su arena negra se arremolinara en torno a ellos haciéndolos desaparecer de la escena.

Como si nunca hubieran estado allí.


En una habitación de paredes atiborradas de estrellas Scorpius estaba recostado sobre la cama con su hermanita al lado. Astoria los veía desde la silla mecedora, descansado luego de haber amamantado a la pequeña y disfrutando el hecho de que Scorpius no encontrara tedioso cuidarla. Tan protector, justo como Tuffnut y Ruffnut habían sido con él cuando era bebé. La habitación de Antares era espaciosa, con un gran ventanal de vidrio cortado en forma de constelaciones Había sido idea de Scorpius ese detalle, aunque Antares no lo apreciaría hasta que fuera mayor.

—La vas a gastar si no dejas de mirarla, cariño —apremió con tono dulce, cansado. Todavía no se recuperada del todo del parto.

—Es tan pequeña —dijo elevando su dedo y acariciando una mejilla. El bebé reaccionó al toque y emitió un gorgoteo despacito—. ¿Te gustaron los nombres que elegí? ¿No fueron muchos? A mí no me parecieron muchos, quiero que tenga muchos nombres. Los magos importantes los tienen, como Dumbledore.

—Sus nombres me gustaron, Scorp, y te aseguro que a tu papá también. Tuffnut y Ruffnut eligieron tus nombres y a ti te gustan.

Scorpius asintió y continuó admirando a Antares. Quería que Tuffnut y Ruffnut estuvieran con él, seguro que se pelearían por atenderla y ganarse su primera sonrisa. Pero Scorpius quería sorprenderlos, contarles que él había compartido el primer momento de hermanos. Sacó el libro que Jackson le regaló en navidad. Lo abrió en el último capítulo, su favorito.

—Te contaré un cuento, hermanita. Seguro que no te vas acordar cuando seas grande, pero eso yo lo voy a enmendar. Te lo recordaré cada que pueda.

Scorpius la cargó y se acomodó de tal modo que ella terminó recostada en su pecho.

—"Erase una vez, hace mucho tiempo, un muchacho que fue el favorito de la Luna…"


Colocaré aquí las notas que puse abajo en el capítulo anterior correspondientes con las escenas que escribí:

Yo y mis escenas gays~ Me gusta el Sebastián/Adrián, pero luego recuerdo que Adrián está enamorado de Rebeca y se me pasa xD. Ya empiezo con lo gay porque el hetero en abundancia aburre (y viceversa, el yaoi en abundancia también me aburre). Así que este fic termina de esta forma.

Y maté a Lucius xD. OMG! ¿Por qué Pitch habrá ido tras él? Quien sabe :v

Ahora sí, adiosito. Nos vemos en "La Prisión Cósmica".

Sinceramente, Abel Ciffer.