Disclamer: Estos personajes son propiedad de CAPCOM.

Espero esta historia sea de su agrado.


El mal no descansa dicen algunos y de algún modo siempre lo creí. En algún momento de mi infancia alguien me dijo que ahí donde nosotros nos vamos a la cama, las fuerzas de aquellos con ánimos para lastimar seguían operando, planeando, luchando, insistiendo. Por eso casi siempre tenían la victoria asegurada y ya luego con el paso de los años la experiencia dejó en manifiesto la veracidad de aquella afirmación, obligándome a elegir el camino oscuro en el cual con la perseverancia necesaria, alcanzaría mis fines.

Nadie sabe hoy lo que yo supe entonces cuando en la hora del descanso de ese lado del mundo, él irrumpió en mi habitación. Vestido de negro, manchado de negro, una costra negra andante, sin sentido ni compresión de la fuerza que le había impulsado a alcanzar el piso de cuarto y colarse por la terraza de un modo más ruidoso del usual. Me despertó y yo le esperé en el umbral de la puerta, pude haber disparado pero mi curiosidad pudo más, supe luego que él contaba con eso y por esa misma razón se había arriesgado. Una parte de mi supo de inmediato de quien se trataba, la otra lo negó rotundamente acusándome de paranoica y mientras ella discutían en mi interior, yo le contemplé absorta en la gravedad de sus heridas, en la amorfidad de sus extremidades y en el brillo amenazante de sus orbes rojizos.

Me mantuve quieta, preparada para abatirlo, pero entonces el llamó a mi nombre roncamente, con un dejo de cansancio, con una súplica sutil y forzada como el propio sonido de su voz, noté el desconcierto en su propio rostro, como si no pudiera creer el estar ahí, ante mí. Un dios roto que yo podía intentar despedazar a balazos, aun considerando que ni el fuego ni un cohete lo habían logrado. Bajé mi arma convencida de que aquello era de lo más inverosímil pero luego la sostuve de vuelta preguntándome sino era justo por eso que él estaba ahí, buscando su muerte en manos de la mercenaria que tiene fama de no fallar.

Si era ese su deseo, nada me lo indicó, su cuerpo cedió ante el esfuerzo que debió suponerle brincar los 4 pisos y pronto estuvo de rodillas respirando con dificultad, un gruñido brotó de su pecho y yo oí la indignación en él, la olí en su piel quemada, la vi en sus heridas, en los cartílagos expuestos, en los músculos chamuscados, en la sangre reseca, en la viscosidad, la carne viva irradiando calor. Sentí pena por ese monstruo y me sentí estúpida en la misma medida, pero pronto estuve junto a él ayudándole a ponerse de pie. Una labor titánica que pareció sencilla cuando él se dispuso a seguirme al interior del pequeño cuarto, apoyado sobre mis hombros, yo abrazándole la cintura sin tener real idea de si eso le dolía o no, finalmente llevándolo hasta el baño, a la luz demasiado brillante del tocador, donde fue consciente de su desnudez y de las manchas de su sangre en mi cuerpo, en la poco velada prenda que había escogido usar esa noche para dormir.

Lo dejé apoyado contra la pared mientras llenaba la tina, procuré llenarla de agua fresca en una temperatura que no llegara a ser fría pero que sin lugar a dudas bajara un poco los grados de su cuerpo, me di la vuelta para recorrerlo con la mirada, calibrando el nivel de daño que en realidad era incalculable, estudiando cada aspecto de su cuerpo para trazar una guía de acciones con el fin de ayudarle y supongo que por un momento perdí la noción del tiempo y de mis expresiones porque de pronto lo tuve devolviéndome una mirada dura que tras un instante pareció divertida, como si mi desconcierto le entretuviera y para deleite de su propia mofa interna, alargó una mano rozándome la mejilla con una especie de garra negruzca y aterradora con la que raspó mi mejilla sin conseguir de mí una queja. Mi piel se enrojeció y solo entonces el dejo de torcer esa especie de sonrisa. Se aproximó a mí con toda la firmeza que su dolor le permitía y paseó apretadamente sus manos por mi silueta. No quise, detenerle o no pude simplemente. Noté la desesperación, la locura en su recorrido, la furia en el mismo y por un momento pensé que podría lastimarme, pero detuvo sus manos en mi trasero cogiendo mis nalgas como si quisiera alzarme al tiempo en que apretaba su cadera contra la mía. Yo ahogué mis palabras y solo deslicé mis manos por su cuello mientras él se movía contra mi agitado y al cabo de un momento se detenía cansado, deshecho y desolado, tan desolado como lo estaba su entrepierna, otra costra sin sentido ni razón, ausente de propósito y peso. Yo lo había notado ya, aun hoy no sé si el también y aquel fue un impulso animal salido de la más pura desesperación fruto de un intento fallido por creerse con alguna clase de control así ese fuera la no tan simple capacidad de generarle placer a una mujer, o generarme placer a mí.

Admito hoy que entonces no me importó saberle quemado, saber que tenía a una llaga restregándose contra mí, porque "eso" era él y él siempre había sido una especie de bestia, de aberración y yo no era mejor, solo que seguía intacta y sin ninguna infección viral conocida.

Esa noche se fue entre silencios ecuánimes y gemidos de dolor, logré vendarlo completamente y meterlo en la cama. Pensé en amarrarlo pero tras consultarlo con una mirada, no parecía igualmente muy animado a moverse demás. Entendía que ese era el modo de recuperarse, aunque yo debía admitir que le sabía en parte más recuperado de lo que debía estar al salir de ese volcán. Días después él me explicó que sencillamente no podía morir, posiblemente la decapitación fuera el único modo y no estaba seguro de ello, pero de otra manera sus células y conexiones neuronales siempre estarían reactivándose constantemente hasta reanimarlo una y otra vez. Su tono fue estoico al decirlo, aceptaba ese destino inmortal como si realmente hubiese sido creado para ello, bien, al menos su ego no se había quemado, pero yo sentí una pena honda al saberle incapaz de librarse de esa miseria, eso mientras mi raciocinio lamentaba que la inmortalidad no se le hubiese brindado a un genio mejor.

El tiempo pasó con una lentitud pasmosa, los días se fundían uno tras otro entre cuidados vagos y atenciones casuales. Él no exigía nada de mí y solo lo aceptaba todo con una gratitud muda. Veía la gratitud en cada porción de comida que preparaba para ambos, en la medida de lo comestible para él, en los momentos compartidos en el mismo silencio. Yo, quien siempre defendí a capa y espada mi soledad, me hice de compañero a un espectro que me mirada desde las sombras de mi cama ir y venir, redactar informes en mi laptop y arreglarme citas y misiones así como hundirme en la web gubernamental buscando secretos y valorizando datos por todo el mundo. Sus ojos parecían reacios a acostumbrarse a la luz por lo que yo mantenía la habitación a oscuras y en esa misma penumbra, mi cuerpo se adecuaba al suyo entre las sabanas, con suavidad.

No le busqué yo en primer lugar, él, luego de ese intento fallido en el baño parecía distante, ausente o concentrado. No quise perturbarle, tampoco tenía tiempo para hacerlo, lo acepte lo mejor que pude y me mantuve activa en lo que mejor sabía hacer, volviendo a esa habitación cuando era correspondiente y avocándome a cuidarlo tanto como podía, así una noche simplemente noté que se removía, abrí los ojos sin girarme a mirarle, estaba atenta por si le oía quejarse para aplicarle algún analgésico pero no hubo sonidos de su parte, solo sentí su mano vendada cerrarse en torno a mi cuello con suavidad, luego deslizarse por mi pecho hasta mi cintura y atraerme hacia él en un abrazo que me pareció posesivo. Solo entonces me volví para enfrentar su mirada sin entender bien por qué estaba haciendo eso, pero la súplica en sus ojos me hizo mantenerme así, cautiva, disfrutando discretamente de esa cercanía. No era secreto para mí misma lo poco frecuente que me permitía tener a un hombre en la cama y aún más, a uno que me abrazara toda la noche. Así que fue algo confuso en la mañana, cuando al despertar estaba de cara a él que me miraba fijamente con cierta frialdad curiosa, como se mira a un cachorro mover las patas al dormitar y se pregunta uno qué estará soñando.

- - Roncas…

Me dijo en tono quedo, sin reprochar e incluso pareciendo divertido con ese aspecto y la reacción inmediata que causó en mí el saberlo. Pero entonces caí en cuenta de que su voz se oía más clara, era esa voz que recordaba, aterciopelada, profunda y sobria. Parpadeé ligeramente desconcertada ante la visión de sus formas, su cuerpo lucía más fornido, su pecho se había anchado y rellenado, sus dedos estaban más definidos así como cada tramo visible, su rostro era definitivamente humano, e incluso sus rasgos ya se perfilaban de esa calidad regia y varonil, sus labios se veían llenos y algunas pestañas contorneaban la forma estilizada de sus ojos, la mandíbula cuadrada ya se alzaba con ligera soberbia y su cuello parecía ancho y poderoso bajo las vendas. Él sonrió seductoramente, como si pudiera adivinar la admiración en mis pensamientos y por un instante fui capaz de captar por el rabillo del ojo, que el espacio aporreado en su pelvis, se había revitalizado aparentemente por completo ofreciendo una visión generosa y animada, generándome un vacío en el estómago y ansiedad en el pecho

- Buen día, Wesker…

Susurré determinada a salir de mi abstracción para dar inicio a mi mañana posiblemente lejos de ahí, pero él me detuvo con una sujeción de muñeca a penas quise levantarme de la cama y me atrajo con una fuerza prominente con la cual galanteaba ante la recuperación cada vez más total de su poder. Suspiré al tenerle tan cerca, al sentirlo rodar hasta ponerse sobre mí, suspiré al sentir la vida en cada centímetro de su ser aún herido, lampiño, momificado y simplemente tan él, pero contuve la respiración cuando posó sus labios ligeramente resecos en los míos, oprimiéndolos con cuidado y rozándolos con suculencia, con deseo, con necesidad.