Disclaimer: Claro que HTTYD me pertenece. Me viene valiendo que el psiquiatra y los abogados de DreamWorks digan los contrario, sobre todo la opinión de esa tal Cressilda Cowell que se quiere quedar con todo el crédito.

Aclaración: Respuesta 1 al Reto #8 de Caldo Toothcup para el Alma.

No tengo mucho que decir, sólo que cometí una estupidez. Me puse a ver doujin yaoi de One Piece escribiendo esto, así que tanto me inspiré como mate a mis musas… ¿Qué puedo decir al respecto? El fandom de OP yaoi es muuuy zabrochongo y en mi defensa les diré que si tienen que culpar a alguien sea a las dibujantes de esos doujin porque hicieron un muy buen trabajo. Como sea, espero les guste.

Así que combine las escenas que escogí con el humor que tenía después de ver los doujin xD.


Capítulo Uno

Brazos fuertes


Había sido inevitable para Astrid caer ante el encanto de Eret. No es que fuera superficial, pero tampoco era ciega. Eret era atractivo en un sentido distinto al estereotipo de macho vikingo que muchas mujeres en Berk apreciaban. Y si había algo que resaltaba en Eret, además de su sensualidad nata, eran sus brazos.

Debido a su ocupación como navegante, era natural que Eret tuviera unos brazos magníficos. Totalmente diferentes a los de un vikingo. Los brazos de los hombres en Berk —excepto por Hiccup y Tuffnut— eran de músculos en bola, de grandes masas que te mandan al Valhalla de un putazo. Los de Eret de músculo lineal, flexible, el no necesitaba de hacer crecer su masa muscular a tal grado que no hubiera diferencia entre un golem y tus brazos.

Los brazos de Eret eran perfectos.

Astrid los había visto bien aquella ocasión en que Hiccup —cuando no— había desobedecido a Stoick para ir tras Eret y conseguir que lo llevase con Drago a hablar (ahora que lo pensaba con detenimiento, Astrid se daba cuenta de la burrada de plan que era eso. Como si alguna vez hablar haya servido de algo a los vikingos, más a los del tipo de Drago). Y ahí, atrapada en la celda inferior del drakkar, Astrid pudo apreciar el esplendor del cazador de dragones.

No era especialmente guapo, ¡pero esos putos brazos que se cargaba eran una bendición de Odín para las mortales!

Pronto, Astrid borró el prototipo de hombre que le atraía (hablando de físico, Astrid se iba por el tipo de Dagur, no muy flacucho, pero tampoco musculoso esteroidal), para reemplazarlo con Eret. Todas sus sueños húmedos a partir de entonces evocaban a Eret y a sus brazos —y a todo lo demás, porque también era un paquetazo.

Las noches de volvieron su suplicio, pues sus dedos no bastaban para satisfacer la fantasía de lo que los de Eret lograrían al tocarla. Se pensó atrapada entre ellos, y aun así peleando por zafarse porque no se rendiría al placer sin pelear primero. Su sangre corría con euforia al imaginar las manos de Eret tomándola bruscamente por el cabello o dejando huellas moradas en la piel de sus caderas. Con Eret, Astrid no se pensaba haciendo el amor de forma dulce y pasiva.

Eret se notaba sensual, experto por lo menos en lo que se requería para satisfacer a una mujer como Astrid. A diferencia de Hiccup cuya mente se conformaba con fantasías justo como ella, Eret ya había vivido lo que ellos no multiplicado diez veces. No era el epítome de la sexualidad activa, pero sí el hito para partir.

En ocasiones era difícil resistirte a la invitación que refulgía en los ojos de Eret. Astrid se las apañaba como podía para evitarla. No era fácil. Considerando que su prometido estaba más atento a Toothless que a ella y que Eret no tenía tantas trabas para follar con la prometida del jefe, eran dos obvias razones para no tenerla fácil.

Ruffnut se había burlado de ella por esto, en tantas ocasiones que las peleas entre ellas se volvieron habituales en Berk. Pero Ruffnut tenía un punto en sus argumentos. ¿Desde cuándo Astrid había necesitado justificar sus actos? ¿Desde cuándo se conformaba con migajas, cuando podía tener el plato principal? Ruffnut era idiota y poco delicada, pero sus lapsus de suspicacia la hacían más dañina que cualquier arma. Y, que Frejya la amparara, tenía mucha razón.

Ella no permitiría más abuso de su lealtad. Quizás no podría acaparar la atención de Hiccup como lo hacia Toothless, pero sí recibirla de alguien más. La decisión fue tan fácil de tomar que quiso de darse porras contra la pared del gran salón por no haberlo hecho antes, empero, dejó eso para luego. Ahora tenía cosas más importantes que hacer.

Buscar a Eret era la primera. Usando el fino olfato de Stormfly no fue difícil localizarlo. Estaba en los establos terminando de limpiar el lugar de Skullcrusher. No había nadie más y Astrid le importaría menos si estuviera ahí toda la maldita aldea, igual lo iba a hacer.

—¿Busca algo, mi lady? —preguntó Eret recargándose en la punta de la escoba y sonriendo como si fuera un puto oráculo griego, que se las sabe todas.

Astrid sonrió con pretensión. Retadora. Hace años que no lo había hecho.

No se necesitó de más.

Una caricia de sus delgados dedos sobre la piel desnuda de los antebrazos de Eret bastó para desencadenar el Ragnarok. Sólo que no hubo destrucción o algo parecido, sino unificación.

Entrega.

Epifanía.

Reencuentro.

Astrid resurgió siendo guerrera y mujer, entre los brazos de Eret.