Killian Jones era un niño muy feliz. En su familia reinaba la paz y la armonía, lo cual era su principal motivo para ser feliz. Killian tenía el cabello oscuro y lacio como su padre y tenía los ojos azules como su madre. Liam, su hermano, también tenía ojos azules pero tenía el cabello ondulado como su madre.

Killian había sido un milagro para la familia Jones. Davy y Rose, después de tener a Liam habían pensado que no iban a poder tener más hijos. Según los médicos no podían tener más hijos. Pero trece años más tarde Rose empezó a sentirse cansada y enferma. Las comidas solían caerle mal y por las mañanas tenían nauseas. Cuando fue al hospital a hacerse estudios, lo que menos imaginó fue estar embarazada. La noticia fue una sorpresa que llenó de felicidad a la familia. Nueve meses después nació Killian.

Cuando Killian tenía cinco años, su hermano Liam se enlistó en la marina. A pesar de que Liam y Killian se llevaban trece años de diferencia, siempre tuvieron una relación cercana y compinche, llena de amor. Liam lo cuidaba, le enseñaba cosas, jugaba con él, antes de dormir le contaba historias… Por eso, cuando Killian se enteró que su hermano se iba de su casa para ser parte de la mariana se enojó y se encerró en su cuarto. Killian no quería que su hermano se vaya.

- ¿Puedo entrar? – Preguntó Liam tocando y abriendo la puerta de la habitación de su hermano.

- Si te vas a ir, no quiero que entres. – Negó Killian acomodándose en su cama.

- Por favor Killy. – Suplicó Liam usando el apodo por el que siempre había llamado a su hermano. - ¿Podemos hablar? – Pidió sentándose en la cama junto al otro.

- Está bien. – Aceptó Killian dándose por vencido.

- ¿Sabes por qué quiero estar en la marina? – Preguntó Liam y Killian negó con la cabeza. – Las tardes que pasamos navegando me hicieron dar cuenta de que amo el mar, y mi sueño es algún día convertirme en un gran capitán. – Explicó con calma.

- Yo también amo el mar y quiero ser un capitán. – Coincidió Killian considerando lo que decía su hermano mayor.

- Y lo vas a ser, pero cuando seas grande como yo. – Aseguró Liam con una sonrisa.

- Entiendo que quieras ser capitán, pero ¿Es necesario que te vayas? – Quiso saber Killian, sus ojos volviendo a llenarse de lágrimas.

- Si, para ser capitán necesito estar en un barco en el mar. – Justificó Liam. – Pensé que ibas a estar feliz de que me vaya por un tiempo, así tenes a mamá y papá para vos solo. – Comentó intentando ponerle un poco de humor a la situación.

- Yo quiero tener a mamá y papá, pero también quiero a mi hermano. – Protestó Killian.

- Killian… - Comenzó a decir Liam.

- ¿Vas a volver? ¿No te vas a olvidar de nosotros? – Cuestionó Killian tristemente.

- Jamás me voy a olvidar de ustedes, son mi familia y las familias son para siempre. – Aseguró Liam quitando las preocupaciones de Killian de su cabeza. – Te amo hermanito. – Dijo abrazándolo con cariño.

- Yo también te amo. – Dijo Killian correspondiendo el abrazo.

Killian aprendió que lo que su hermano le había dicho era verdad, las familias eran para siempre. A pesar de haber perdido en cierta forma a su hermano, era feliz. Liam le mandaba correos electrónicos todas las semanas contando las novedades de lo que estaba haciendo. Cada vez que regresaba a casa, ya sea por vacaciones, o alguna fecha importante como navidad, año nuevo o un cumpleaños, le traía regalos y todo volvía a la normalidad. Su relación seguía intacta, y seguían queriéndose a pesar de que no vivían juntos y no se veían todos los días.

Cuando Killian tenía siete años, perdió a sus padres. Él sobrevivió el accidente de auto, pero sus padres no. Al principió no pudo entender lo que le decía, no pudo entender que no iba a volver a ver a sus padres, ni escucharlos, ni abrazarlos, ni nada. Recién lo entendió cuando su hermano Liam lo buscó y lo sacó del hospital una semana más tarde. A partir de se momento dejo de ser el niño feliz que era. Liam volvió a la marina y Killian fue a vivir con su tío Marco y su primo August a Londres.

Killian extrañaba a su hermano y extrañaba a sus padres. Killian extrañaba sus días en que eran una familia unida y feliz. Extrañaba los abrazos de mamá, la risa de su padre y las historias de su hermano. Extrañaba como sus padres siempre estaba dispuestos a enseñarle y hacerle conocer distintas cosas. Killian extrañaba su casa de de Irlanda. Extrañaba sus tardes al aire libre y los fines de semana navegando en el mar. Killian extrañaba la vida feliz que había tenido y tan rápido le había sido quitada.

Cuando Killian tenía nueve años, empezó a soñar todas las noches con la misma niña. No entendía porque soñaba con esa niña cuando no la conocía, pero cuando empezaron a pasar los días y ella seguía apareciendo en sus sueños empezó a sentir gran curiosidad. La niña tenía ojos color verde brillante y el cabello con pequeñas ondas del color del sol. Killian empezó a intentar hablarle, pero la niña no le respondía. La niña lo único que hacía era observarlo, al parecer no confiaba en él como para responderle. Cuando se cumplieron dos semanas, Killian se cansó de que sean extraños pero no sabía como hacer para convencer a la niña de que le hable.

La niña estaba sentada en el césped, abrazándose a sus piernas como queriendo protegerse del mundo. Killian se sentó, como siempre, a su lado e intentó hablarle. Al no recibir respuesta, se cansó y decidió que iba a aprovechar aunque sea el sueño para divertirse. Fue hacia los columpios y comenzó a hamacarse en uno. La niña lo miraba con gran curiosidad desde lejos, hasta que finalmente se unió y comenzó a hamacarse en el columpio de al lado de él.

- Yo soy Killian Jones. – Se presentó él.

- Hola Killian. – Saludó ella tímidamente.

- Hola. – Devolvió el saludo. - ¿No me vas a decir quién sos? – Preguntó él con curiosidad, después de un largo silencio.

- No, sos un extraño. – Negó ella sacudiendo su cabeza.

- Pero sos mi sueño. – Protestó él.

- No, vos sos el mío. – Discutió ella.

- ¿Eso quiere decir que vos también soñas conmigo todos los días? – Preguntó él pensativamente.

- Si. – Asistió ella.

- ¿Cómo es posible que yo te sueñe y vos me sueñes? – Preguntó él sorprendido.

- No lo sé. – Respondió ella con sinceridad.

La niña no le dijo su nombre, pero aceptó jugar con él. Se hamacaron, saltaron la soga, jugaron a la mancha y corrieron carreras. Killian se divirtió como no lo hacia desde hace muchísimo tiempo. Killian admiro la convicción y seguridad de la niña al no querer decirle su nombre, en la manera en que jugó y usó habilidosamente sus fortalezas en las competencias. Pero también pudo dar cuenta de que en muchas de sus expresiones podía leer dolor, desconfianza, soledad y tristeza.

Soñar con esa niña había empezado a devolverle algo de su felicidad.


Emma era una niña feliz. Su familia y su casa eran pequeñas, pero estaban llenas de afecto. Sus papás trabajaban mucho, pero siempre se hacían un tiempo para ella. Su momento favorito del día eran los desayunos y las historias antes de ir a dormir, ya que eran los ratos del día que estaban todos juntos.

Cuando Emma tenía cuatro años, aprendió que George y Ruth Swan no eran sus verdaderos padres. George no era su papá y Ruth no era su mamá. Emma había sido adoptada cuando era una bebé. George y Ruth iban a tener un hijo de verdad, no uno adoptado como ella. George y Ruth no podían mantener a más de un hijo, y como ella no era en verdad su hija, la devolvieron al sistema de adopciones.

Emma aprendió lo que era un hogar para niños huérfanos. Un hogar lleno de niños como ella, que no tenían padres. Algunos no tenían padres porque ellos habían muerto, otros porque los habían abandonado. Ella no sabía cual era la historia de sus verdaderos padres, cuando le preguntó a su trabajadora social ella no quiso responderle y Emma no volvió a animarse a insistir en el asunto. En verdad no era tan importante lo que había pasado, lo que importaba es que estaba sola.

Cuando Emma tenía seis años no pudo soportar más la incertidumbre, entró a la oficina y robó sus expedientes. Misterio resuelto, ella había sido encontrada a días de su nacimiento abandonada en la ruta. Sus padres la habían abandonado. ¿Si sus padres no la habían querido, quién iba a quererla? A partir de ese entonces se sintió derrotada, pero meses después una nueva familia la adoptó. ¿Qué iba a pasar? ¿Iban a quererla o iba a abandonarla como sus padres y los Swan?

Emma tenía siete años cuando empezó a soñar con un niño de cabello oscuro y ojos azules como el cielo y el mar. Emma no entendía porque soñaba con él, pero lo hacía todas las noches. El niño insistía en hablarle y en jugar, pero ella no aceptaba. El niño era un extraño y Emma había aprendido desde hace tiempo que no podía confiar en nadie. El niño seguía apareciendo en sus sueños una y otra vez, así que Emma finalmente decidió ceder y jugar con él. ¿Qué tan malo podía ser? Después de todo eran simplemente sueños. Killian, el niño se llamaba Killian y le dijo que él también soñaba con ella. Emma no entendía como era posible que ambos puedan soñar lo mismo, pero a partir de que aceptó jugar con él, se dio cuenta que sus sueños no eran malos. Soñar se empezó a volver algo lindo para Emma, de hecho eran lo único que hacía que su instancia en la casa de la familia Smith sea soportable.

Emma tenía ocho años cuando comenzó a sentirse a gusto en la casa de los Smith. El Señor y la Señora Smith no eran del todo amables y atentos con ella, pero tampoco eran malos ni agresivos como las historias que había escuchado en el hogar de niños sobre muchas familias adoptivas. Los niños del colegio habían dejado de hacerle bromas y por primera vez se había hecho dos amigas, Elsa y Ana. Por las noches seguía soñando con Killian. Cada noche la pasaban en un lugar distinto, ya que habían descubierto que el primero que se dormía era quien controlaba el lugar donde ocurrían los escenarios de ellos.

Emma había sido elegida para actuar en la obra de teatro del colegio. Estaba contenta y ansiosa por contarlo a los Smith. Quizás con esa noticia puedan sentirse orgullosa de ella, quererla, y hasta incluso querer ir a verla. Bajó del autobús escolar y estuvo a punto de entrar a su casa, cuando escuchó una conversación que los Smith estaban teniendo sobre ella.

- Tenemos que devolverla al sistema. – Dijo Mark seriamente.

- Pero no entiendo, fue tu idea la de adoptar un hijo. – Dijo Jane sin entender el cambio en su esposo.

- Estoy teniendo problemas en el trabajo. – Confesó Mark. – Aparte Emma es una niña muy cerrada y tímida, no nos quiere. Quizás le vaya mejor en otra familia. – Justificó para minimizar la decisión que estaba tomando.

- Pero, ¿No crees que esto la afectará? – Pidió saber Jane. – Los niños como ella suelen ser problemáticos, es normal que no sea fácil con nosotros. – Explicó lo que pensaba.

- Jane vos nunca quisiste tener hijos. – Le recordó Mark. - ¿Acaso cambiaste de idea? ¿Sentís que Emma es nuetra hija? – Cuestionó.

- No, no cambie de idea. – Respondió Jane con sinceridad.

- Entonces devolvámosla al sistema, yo no puedo seguir haciendo esto. No podemos seguir teniendo una niña en esta casa que no es nuestra hija, y menos cuando posiblemente pierda el trabajo. – Dijo Mark.

Emma sintió que su corazón se partió en mil pedazos al escuchar esa conversación. ¿Cómo había podido pensar que los Smith iban a quererla? Era claro que nunca nadie la iba a querer. Nunca nadie la iba a querer porque sus verdaderos padres no la habían querido, entonces ella no era lo suficientemente buena para ser querida por otros. Emma se durmió llorando esa noche.

Emma estaba llorando desconsoladamente cuando escuchó a Killian preguntarle que le pasaba. Emma se había olvidado que se iba a encontrar con Killian en sus sueños. El estar llorando la hizo sentir expuesta y vulnerable, y escondió su cabeza entre sus piernas y brazos para que él no pueda verla. Ella pensaba que él se iba a dar por vencido y se iba a mantener lejos hasta que alguno despierte. Pero él hizo todo lo contrario. Killian se sentó a su lado y la abrazó. Emma se dejo abrazar, hace tanto tiempo que nadie la abrazaba, que se había olvidad la contención de ese contacto y lo bien que podía sentirse. Emma dejó que Killian la contenga y descargó todo el dolor que había tenido acumulado durante ese día.

- ¿Mejor? – Preguntó él cuando notó que ella había dejado de llorar.

- Un poco. – Respondió ella con sinceridad. – Gracias. – Agradeció avergonzada.

- Nada que agradecer, para eso estamos los amigos. – Aseguró él.

- ¿Somos amigos? – Preguntó ella mirándolo con cierta ilusión.

- Si. – Asistió él.

- Pero ni siquiera sabes mi nombre. – Le recordó ella.

- Pero nos soñamos todas las noches, creo que eso es más que suficiente para ser amigos. – Explicó él. - ¿Puedo saber por qué estas tan triste? – Pidió saber él mientras le acariciaba el cabello.

- El Señor y la Señora Smith van a devolverme al sistema de adopciones. – Respondió ella dando un largo sistema.

- ¿El sistema de adopciones? – Preguntó él confundido.

- Soy huérfana, mis papás me abandonaron cuando era un bebé y las familias adoptivas nunca me quieren, por eso siempre termino en hogares para niños. – Intentó explicar ella lo mejor que pudo.

- Yo tampoco tengo padres, ellos murieron hace un par de años en un accidente. – Confesó él, sintiendo la necesidad de revelar algo de su dolor al escuchar el de ella.

- ¿También estás en el sistema? – Preguntó ella mirándolo con curiosidad.

- No, vivo con mi tío y mi primo. – Contestó él. – También tengo un hermano, pero no lo veo mucho porque está en la marina. – Agregó algo triste al recordar lo mucho que extrañaba a su hermano.

- Emma. – Dijo ella después de un largo silencio.

- ¿Qué? – Preguntó el confundido.

- Mi nombre es Emma Swan. – Respondió ella.

Killian comprendía lo que era estar solo. Sus historias y experiencias eran muy distintas, pero podían entender el dolor del otro. Hace tiempo que Killian se había ganado su confianza, cada noche haciendo de sus sueños una linda experiencia. Emma se sintió aliviada al tener a Killian para contenerla con todo lo que había pasado con los Smith. Quería agradecerle todo lo que había estado haciendo por ella desde que empezaron a compartir sus sueños, así que hizo algo que tendría que haber hecho desde hace mucho tiempo, le dijo su nombre.

Emma abandonó la casa de los Smith y volvió al hogar de niños huérfanos. A pesar de todo, Emma sintió un pequeño rayo de esperanza. Todas las noches seguía soñando con Killian, ese era el pequeño hecho de su vida que era un constante y esperaba no se acabe.