N/A: Esta es la primera parte de mi threeshot de Life is Strange "The End". Aquí narro lo que le sucedió a Nathan, antes, durante y después del tornado. Hay detalles de la historia que se desarrollarán en las otras dos partes siguientes que son las de Max y la de Jefferson. Aviso que este fanfic es CAULSCOTT (Max x Nathan) por si a alguien no le gusta la pareja ¡Gracias por leer! :D


SILENCE


El cuerpo de la chica se sentía tan preocupantemente liviano entre sus brazos que Nathan podía moverse fácilmente entre los escombros de lo que no hacía muchas horas supo ser el pequeño pueblo costero de Arcadia Bay. Llovía, la brisa estaba densa y cálida y aún se podían oír, muy a lo lejos, el tronar de las ramas de los pocos árboles que quedaban en pie.

No sabía con certeza si Max aún respiraba y tampoco lo quería comprobar: prácticamente hacía aquello por inercia. El encontrarle tumbada inconsciente al lado del faro había sido una casualidad luego de que ella no hubiese sido muy específica al contarle "toda la mierda extraña" que había visto y vivido en los últimos días. Era de esperarse. No hay lugar para charlas cuando la muerte viene pisándote los talones.

Habían pasado sólo un par de horas desde que habían dejado atrás el cuarto oscuro y cuando ambos se subieron a la camioneta con él al volante casi rozando una sobredosis y ella con los párpados pesados y el cuerpo débil, francamente no sabían si iban a salir de allí con vida. A duras penas se había puesto el sol por detrás del horizonte y una imponente tormenta se hacía presente por el este tiñendo de un gris oscuro la tonalidad rojiza del cielo otoñal.

Encendió el motor y respiró hondo. Antes de poner el pie en el acelerador la miró: allí estaba Max, desparramada como una muñeca de trapo en el asiento del acompañante, respirando con dificultad, tratando de devolverle la mirada pero sin poder elevar sus orbes azules, las cuales estaban pálidas como las de un cadáver. Con la mirada nublosa, Nathan tomó a tientas el cinturón de seguridad tratando de no perturbar demasiado a la muchacha y aunque tardó solo un par de segundos en abrochar el cinturón alrededor de las pequeñas costillas de Max, para él y seguramente para ambos, se sintió como una eternidad.

Aceleró. La todoterreno roja se tambaleó un poco haciendo un par de peligrosos zigzags en la rudimentaria carretera rural pero se alejó con éxito del granero donde habían vivido las peores pesadillas. Al recordar esto, no pudo evitar apretar el volante con tanta furia que las puntas de sus dedos comenzaron a dolerle. Esos hijos de puta del recientemente fallecido Mark Jefferson y su padre, Sean Prescott se las habían arreglado muy bien para lograr cagar todas las vidas inocentes que pudiesen. Pero ya no lo harían más.

–Déjame en la costa – la indicación de Max salió de su boca de una forma tan débil que por un momento Nathan lo confundió con un sollozo de agonía, pero luego agradeció internamente que aún estuviese viva. Jefferson había dosificado de más a la diminuta adolescente y no era de extrañarse que muriera de la misma forma que lo había hecho Rachel.

Rachel.

Por una extraña razón, Max le recordaba demasiado a Rachel. Si bien ambas eran totalmente opuestas física y mentalmente, Rachel era –Nathan odiaba referirse de ella en tiempo pasado– social y carismática por naturaleza algo que hizo que fácilmente, sin mayor impedimento, pudiese acercarse al heredero de los Prescott y entablar una amistad sincera con él.

Nathan tenía con Rachel el tipo de amistad que nunca había podido terminar de construir con Victoria. Si bien la blonda de pelo corto conocía algunas internas de la familia más rica de Arcadia así como el infierno que Nathan tenía que sobrellevar día a día, nunca había podido abrirse completamente. Pensándolo bien, quizás si lo hubiese hecho pero no de la misma manera que con Rachel. Ésta última había calado en su corazón y en el silencio, había sido uno de los soportes más importantes de su vida. Y ahora estaba muerta.

El haberse enterado de su muerte recién la noche anterior encendió en su pecho la ira y la impotencia de no haber podido hacer nada en aquel momento para evitar su muerte. Estaba asquerosamente drogado, de la misma manera que en ese momento. Ajeno a todo pero a su vez siendo un partícipe indirecto, desconociendo que en su regazo descansaba el cuerpo sin vida de su mejor amiga, creando una escena siniestra que Mark Jefferson retrató con el placer que sólo un psicópata podía sentir. Volvió a apretar el volante.

Ni bien lo supo por las propias palabras de Jefferson, intentó auto convencerse de que era una mentira malévola, de esas que el profesor formulaba con tanta facilidad para manipularle y utilizarlo como él quería. Llamó a su padre inmediatamente desde el celular secundario ya que el suyo había desaparecido misteriosamente. Obviamente, Sean Prescott no le contestó. Algo estalló en su interior.

Rachel había muerto satisfaciendo la saciedad enfermiza de dos adultos que se hacían llamar a sí mismos normales cuando estaban peor de la cabeza que él. Sí, Nathan estaba enfermo pero no lo suficientemente como para permitir esas atrocidades.

Su mejor amiga ya no estaba. Ya no había posibilidad de que regresase algún día. Se había rebelado contra lo que le imponían como siempre supo hacerlo y el hijo de puta de su profesor, el cual supo mantener una obsesión para con ella, la dosificó más de lo normal. Le puso más mierda en su cuerpo para volverla dócil e ingenua como a Mark Jefferson le gustaba.

No iba a dejar que Max Caulfield pereciera de la misma manera: sobredosis. Algo le decía que a diferencia de su difunta amiga, la chica de rostro pecoso jamás en su vida había tenido contacto con sustancias ilegales y eso hacía a su organismo aún más débil en momentos como aquel. Sí, Jefferson estaba muerto ahora, pero no iba a darle el placer de arrebatar otra vida y encima, esa vez, una vida que podía salvar muchas otras vidas según las propias palabras de Max.

La carretera se mostraba tranquila para ser un viernes. Nathan nunca había creído en un Dios pero en aquel momento se alivianó al notar que milagrosamente estaba llegando a la costa sin interrupciones y sin matar a nadie. Ya tenía sus manos manchadas de sangre y quería cumplir con la voluntad de la chica, la cual había estado callada desde entonces.

Estacionó abruptamente a un lado de la costanera y los frenos chirriaron un poco. Se bajó de la camioneta y el suelo bajo sus pies se le movió. Si bien el instinto de supervivencia había mantenido sus sentidos más alerta de lo normal, aún no estaba sobrio y faltaba bastante para que lo estuviese. Las drogas le habían ayudado para tomar la valentía que necesitaba para enfrentarse a aquel monstruo disfrazado de profesor, pero en un momento como aquel, ya no necesitaba más el sentirse así. Maldijo para sus adentros y se insultó a sí mismo mientras se ayudaba apoyado en el capó de la todoterreno, dirigiéndose hacia la puerta del asiento del conductor ya que notó que Max aún ni siquiera intentaba bajarse, es más, ni siquiera se movía.

Abrió la puerta y la chica se sorprendió abriendo sus ojos como platos y mirándolo directamente con terror. Nathan dedujo que su consciencia aún se encontraba en el cuarto oscuro, posando para el enfermo de Jefferson, rogando que se detuviera. Los músculos de su cara perdieron la tensión cuando luego de unos segundos Max reconoció a su compañero. La chica alzó un poco sus brazos sin decir nada pero él entendió el mensaje: quería que le ayudase a bajar.

Nathan rodeó con sus también debilitadas manos a la delgada chica y la ayudó a salir del vehículo. Ni bien tocó tierra no pudo mantenerse en pie, abalanzándose sobre él mientras éste intentaba sostenerla. De un momento a otro, los cabellos de Max estaban pegados a él y daban un poco de escozor en el cuello, pero no le molestaba. Pudo percibir como ella intentaba colocar las piernas de una manera correcta pero no se movió de allí. Para Nathan, fue extraño. Era el primer contacto físico que tenía con la chica y más allá de la gravedad de la situación, se sintió calmado.

La respiración derrotada de Max chocaba contra la piel de él, cercana a sus clavículas, y le quemaba un poco.

–Gracias, estaré bien aquí. Creo que me siento mejor –dijo mientras se apartaba de su pecho algo incómoda– Tengo que llegar a un lugar –acotó.

–¿A dónde? Te llevo –Nathan se mostró persistente y por el silencio que se hizo luego, pudo entender que no era un asunto suyo.

–No puedo decirte más, lo siento –se disculpó la chica mientras intentaba enderezar su espalda tratando de parecer estable.

El chico elevó sus ojos y observó el cielo. No sabía cuánto había pasado desde que habían salido del granero pero ya estaba totalmente nublado y la oscuridad de la noche comenzaba a imponerse de forma violenta. El mar frente a ellos había cubierto las ballenas encalladas y el oleaje empezaba a aumentar. ¿Sería cierto lo que Max le había dicho? ¿De verdad había podido avistar una catástrofe natural viniéndose sobre ellos?

Max comenzó a arrastrar sus pies con la intención de caminar y sin decir nada se alejó un poco de Nathan. Él se sintió inseguro por un momento, al notar como la presencia de la muchacha, la calidez de su respiración agotada iba desapareciendo. Se preocupó cuando ella tropezó pero una puntada en la cabeza de él no le permitió emitir palabra. Los latidos de su corazón sonaban fuerte contra su esternón y supuso que estaba muriendo.

Según por cómo se sentía y por todo lo demás, debía dejar que Max hiciera su trabajo aunque eso implicase que uno de los dos, o ambos, dejase de existir en el trayecto. Comenzó a sentirse arrepentido por malgastar tiempo valioso odiando a una persona tan noble como la chica pero ya era muy tarde para ir tras ella y pedir perdón. Estaban en una situación límite donde las palabras eran innecesarias. Debían dejar de ser humanos por ese momento y hacer lo que debían de hacer.

Para Max esto último era tratar de salvar la ciudad, en cambio para Nathan, era el hecho de encontrar un lugar apto para morir en paz y con dignidad: si su propio cuerpo o la tormenta no se lo llevaba, lo haría el mismo. No podría soportar más miserias.

La chica se perdió entre algunos árboles que comenzaban a danzar con las ráfagas cada vez más fuertes que se hacían presentes y él, aún apoyado en su camioneta pudo oír un trueno. Había llegado la hora. Quedaba partir hacia la carretera interestatal y aumentar la velocidad en un acto suicida, hasta llegar a los bosques más cerrados Oregon, a unos kilómetros de allí, esperando cualquier cosa.

En efecto, aquello fue lo que hizo. Condujo por casi cuarenta minutos tratando de mantenerse lúcido hasta que pudo divisar un montón de árboles. Sería bajo uno de esos pinos donde se pondría a dormir para siempre, hasta que alguien se dignase a encontrar su cadáver.

La carretera estaba igual de vacía que las calles del pueblo por lo que no vio la necesidad de preocuparse por nada más. Aumentó la velocidad y descarriló hacia el bosque. Pudiendo chocar un par de veces no lo hizo y algo más tranquilo se bajó de la camioneta roja. Cuando iba en dirección al árbol que había elegido como tumba, un golpe de razón le dio en la nuca. Éste apareció al darse cuenta que el viento era tan fuerte que el pino comenzó a sacudirse desde sus raíces.

Nathan Prescott había sido un cobarde toda su vida y estaba haciendo lo que hasta aquel momento supo hacer: huir. No. No iba a huir esa vez. Si podía evitar que Max muriese se sentiría mucho mejor. Después de todo, la culpa de haberla arrastrado hasta tal situación seguía presente y sentía que le debía a aquella chica –y a Rachel– el hecho de ser valiente por la única y última vez en su vida. Se puso de pie y comenzó a caminar con ligereza. Subió a su camioneta por enésima vez en el día, con el fin de regresar a Arcadia Bay, rogando que no fuese demasiado tarde.

Lamentablemente, si lo había sido. Fracasaba de nuevo.

Una punzada de dolor le paralizó la pierna izquierda, como si un cuchillo la atravesara de lado a lado, y fue entonces cuando tuvo que salir de sus pensamientos y detenerse. No sabía cuánto había recorrido mientras recordaba lo que había sido ese fatídico día. Lo único que sabía era que Max seguía siendo liviana aunque esta vez el peso de sus ropas mojadas por la lluvia comenzaba a hacer eco en el cuerpo cansado y herido del muchacho.

Colocó a Max de forma delicada contra un par de escombros a un lado de la calle principal del irreconocible pueblo. Todo había sido arrasado y la lluvia seguía cayendo con la misma fuerza que en un principio con la diferencia de que esta vez los ya desaparecidos fuertes vientos no hacían que las gotas se clavasen en la piel como agujas congeladas.

Aquella agua fría era un tanto relajante y contrastaba extrañamente con el aire húmedo y caliente. Todo a su alrededor olía a mar y el asfalto destruido emitía una extraña melodía cada vez que las gotas chocaban contra él.

Ya sentado a un lado de Max, a Nathan le tomó un par de minutos darse cuenta de que el lugar en donde se encontraban en ese momento, era en donde una vez estuvo el tan famoso comedor Two Whales Diner en el que, irónicamente, Max y él habían tenido una ligera discusión. Trató de disimular su asombro pero algo se le removió dentro. No quedaba nada de Arcadia Bay y no había signos de vida allí. Se había estacionado la extraña y lúgubre calma que aparece luego de un tornado y aunque no se oía nada en el alrededor era cuestión de segundos a que empezasen a sonar sirenas de ambulancias enviadas por la ciudad más cercana.

–No servirá de nada que envíen ambulancias, ya es tarde –dijo Nathan mientras se arremangaba un poco el pantalón para apreciar la profunda herida que tenía en la pierna izquierda.

Mientras intentaba llegar al faro en busca de Max, un árbol había caído justo encima de él y aunque el muchacho pudo evitarlo con una sorprende agilidad una de las gruesas y filosas ramas se clavó con presión en su pantorrilla, perforando el pantalón, la piel y parte del músculo, provocando así un grito de dolor que se perdió en la tormenta.

Los ojos del chico se dirigieron a Max. No había dicho nada. Esperaba que ella respondiese a su premisa pesimista asegurándole que la ayuda estaba en camino y que había más gente viva aunque se estuviese mintiendo a sí misma, aunque se sintiese culpable por no poder detener la tormenta. Pero nada paso. Ninguna palabra salió de su garganta, ni siquiera un suspiro.

Su flequillo estaba empapado al igual que el resto de su cuerpo y algunos mechones se habían pegado a sus pecosas y pálidas mejillas. Max tenía los ojos cerrados plácidamente como si estuviese durmiendo pero internamente, Nathan sabía que no lo estaba. Estaba muerta.

Estaba muerta desde que la encontró tirada a un lado del faro derrumbado del pueblo. Estaba muerta cuando la tomó en brazos y también estaba muerta mientras la llevaba consigo por todo el pueblo, como si fuese su carroza fúnebre, con el fin de encontrar algo que le convenciera de lo contrario.

El rostro del chico estaba tan invadido de gotas de lluvia que de la única manera que se dio cuenta que estaba llorando fue porque sus ojos se sintieron cálidos gracias a las lágrimas hirvientes. Algo le pesó en los hombros: estaba reconociendo que ella ya no estaba allí, que había perdido a otra persona más de todas las que pudo perder ese día y que Mark Jefferson ganaba una vez más.

Comenzó a golpearse a sí mismo en la cabeza balbuceando entre dientes palabras de odio e insultos. Un par de veces rasguñó su rostro penetrando aún más en la cicatriz que Max le había hecho hacía unos días. Abrió la herida y comenzó a sangrar.

Entonces pudo sentir un peso en la parte trasera de su pantalón y recordó lo que llevaba allí desde que salieron del granero: el arma de Jefferson. El arma con la que el hombre había puesto una bala entre ceja y ceja a Chloe y con la que Nathan le había puesto una bala en la sien a él. No lo dudó un segundo y la tomó: el metal lucía brillante y pulcro como todas las pertenencias de aquel hijo de puta y el agua se dispersaba sobre éste de una forma elegante.

Miró a Max una vez más, parecía dormida. Nunca le había visto de esa manera pero algo le decía que le hubiese fascinado y que hubiese sido sanador para él. Nada le hubiese gustado más que pasar más tiempo con la chica que parecía ser un magnífico ser y que ella le contara un poco más sobre su extraño "don" para así no sentirse sólo en todo lo que conllevaba ser distinto a los demás.

Colocó el arma bajo su mentón e inhaló. Volvió a mirar al cielo nuevamente, por última vez. Aún llovía pero comenzaba a cesar de forma lenta, las nubes oscuras se deslizaban con rapidez sobre el firmamento y todo seguía igual o más silencioso que antes.

–Gracias, Max –fue lo último que se permitió y sin preguntarse a sí mismo porqué se lo agradecía a ella, apretó el gatillo.

El asfalto debajo de los jóvenes se tiñó de un rojo fuerte, el cual fue alivianado por los charcos de agua. Éste tinte no tardó en dirigirse rápidamente hacia la ropa de ambos a la vez que las gotas de lluvia comenzaron a disiparse, siendo cada vez menos continuas, menos violentas.

Mientras tanto, más allá de los bosques en los que Nathan había preferido no pasar sus últimos momentos, se acercaban a luces a toda velocidad junto con un montón de sirenas que por primera vez en la noche, quebrantaban el silencio.